CAETANO VELOSO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 VITALIDAD ALTERNATIVA

El temperamento adolescente de Caetano Veloso lo ha vuelto a hacer. Si en los años sesenta creó el tropicalismo brasileño para escándalo de los sambistas ortodoxos, cuando emuló a Bob Dylan al aceptar el rock y la adopción de algunos de sus procedimientos dentro del nuevo estilo carioca, en la decena inicial del siglo XXI lo volvió a hacer, a llevar la contraria ahora a sus puristas: cambió el tropicalismo por el rock alternativo.

El cantautor Caetano Veloso (nacido en Bahía en 1942), que renovó la música brasilera  hace medio siglo, junto a Gilberto Gil, Gal Costa y su hermana Maria Bethania, con el atrevido movimiento denominado “tropicalismo”, en el último lustro le dijo adiós a los violines, las violas, chelos y tampoco se escucharon ya los tambores bahianos.

A sus inminentes 70 años de edad volvió a cruzar las fronteras genéricas y a practicar, con un nuevo modelo, su irremediable originalidad.

En la actualidad, a los 77, sale al escenario acompañado por tres músicos de la edad de su hijo, el cual ahora también se ha convertido en su productor. Es una banda de rock típica: Pedro Sá (guitarra), Ricardo Dias Gomes (bajo y piano) y Marcelo Callado (batería).

Con ella presentó primero su trabajo denominado , una forma coloquial de decir vocé, tú, en portugués. Y luego Zii e Zie (algo así como chavos y chavas). Una manera muy contemporánea de convocar tanto a su público más abierto como de hacerse de uno nuevo, más joven.

Si, su álbum número 40, rezumaba sexo y ganas de crear problemas con la realidad del tiempo;  Zii e Zie, el siguiente, puso más énfasis en las cuestiones políticas y sociales que han afectado al mundo recientemente.

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Es como si el veterano autor hubiera descubierto de nueva cuenta la vida. Ya no es el trabajo de un crooner elegante, ni el de un refinado cantante latino. Ahora en sus conciertos manda el rock de perfil indie.

Es una forma de confirmar lo que hace mucho se sabía: que nunca hace lo que de él se espera. Aunque ya había dado aviso en sus discos anteriores al incluir temas de Elvis Presley, Talking Heads y Nirvana.

Hoy, a quien se lo pregunte, a Caetano Veloso lo destaca la importancia y el potencial creativo del rock alternativo, y reconoce que para la realización de y Zii e Zie obtuvo la inspiración durante la escucha de un concierto que los Pixies dieron para la BBC.

VIDEO SUGERIDO: Caetano Veloso Cê Ao Vivo – Deusa Urbana, YouTube (Alecaxito)

Oyó la música reducida a lo esencial. Concisa y cruda. Y debido a ello comenzó a planificar, como nunca antes, la sonoridad de cada canción desde el mismo momento de escribirla.

El material del primer disco se lo presentó al que sería el guitarrista principal del grupo, Pedro Sá, con los arreglos delineados para dicho instrumento, luego con la ayuda de él y de su hijo, Moreno, reclutaron al bajista y al baterista de entre los amigos de este último.

Influenciado, pues, por esta generación, Caetano Veloso se enroló en la hechura de una obra completamente inmersa en la corriente indie y alternativa.

Los temas que componen ambos discos son totalmente inéditos tras seis años de no acceder a los estudios de grabación. Y en ellos la envoltura va de la samba al rock, el blues y el punk, con el objeto de cantarle al sexo, al desamor, a la política y a la cotidianidad.

El resultado ubica a Veloso –un cantautor consagrado del siglo pasado— como artista vigente y casi atemporal. En una nueva apuesta por la música brasileña pero buscando  sonoridades y mezclas distintas.

Si las pieles sudorosas, pezones, erecciones, orgasmos, toda una poética corporal con imágenes y metáforas lúbricas, son los contenidos de las canciones de .

Los mensajes políticos de la era pre-Obama, así como las duras historias de desconocidos, rotos y marginados, pobres y  yonquis, son los de Zii e Zie.

Y el rock como principio, porque según las propias palabras del autor: “El rock es más sexo que amor, es una expresión de energía”. Pero también está incluida la política social que rechaza los populismos: “Me parece reaccionario justificar lo injustificable y venerar regímenes horrendos como el de Fidel Castro, por ejemplo. Esa forma de izquierdismo amenaza mis sueños de armonía, dignidad y justicia”, ha dicho Veloso.

Caetano dijo en cierta ocasión que sus canciones siempre eran autobiográficas, porque “hasta las que no son, lo son”.

En estos álbumes está lo mismo el sufrimiento por la separación de sus ex mujeres que la condena a las cárceles clandestinas. Hay mucho de rabia en esos temas, una que hace referencia a los tratamientos de lo mismo por Lou Reed o Bob Dylan, del que declara sentirse más apasionado que nunca. “Me gusta como escribe, tanto sus canciones como sus textos autobiográficos”.

Por eso estos son discos diferentes dentro de toda su discografía. Cuando uno escucha las canciones con esta formación rockera comprende por qué Caetano se siente tan vivo ahora, tan redescubridor de pasiones, a las cuales les aplicó además la experimentación.

Esa misma que le recuerda su paso por Os Mutantes, agrupación que puso a Brasil en el mapa de la progresión psicodélica del mítico 1967.

Pedro Sá y él crearon específicamente a la banda rockera para la realización de estos álbumes, pero las canciones son tan maleables que podrían estar es un disco con arreglos de bossa nova.

En ellos autor y acompañantes lograron establecer un diálogo con la historia del rock y el postpunk. Apostaron por las mezclas como enriquecimiento, contraviniendo a los snobs que defienden la pureza de los géneros.

Caetano Veloso va con los tiempos. Está en contra de la idea de autenticidad, no le interesa para nada la pureza en general, porque sabe y lo dice: “No hay nada en el continente de América que sea totalmente puro”.

Y  comprobó estar en lo correcto cuando recibió tras la aparición de estos discos la siguientes líneas de un intelectual y antiguo amigo: “Abandonaste  los tambores de Bahía y las cuerdas, esos sonidos que nos encantaban, ahora has hecho discos con una formato de rock. Y, paradójicamente, creo que me gustan más”.

VIDEO SUGERIDO: Caetano toca música inédita “Falso Leblon”, YouTube (obraprogresso)

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GRACE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (JEFF BUCKLEY)

A través de las épocas ha habido en la cultura del rock (en todas sus vertientes, recovecos y rincones) algunas historias que parten con el promisorio inicio de una caminata –al parecer larga— para luego detenerse tras del primer paso, dejando perdido para siempre el resto de su andanza, atónitos a todos los esperanzados y abierta la leyenda.

Esos momentos, dejan latentes infinidad de dudas y sólo la certeza de un encuentro fugaz con un émulo prometéico. Tales instantes ocupan un sitio quebradizo en dicha cultura musical dando lugar a lecturas superficiales, cuando en la realidad esas apariciones tenían un pozo profundo. Esos flashazos de intensidad, de genialidad se dejan ver y algunos no tardan tiempo en ser identificados.

Ciertas veces son un one hit wonder, otras un hito discográfico, o un fantasma del camino. Metafóricamente son como tardes imprecisas, pedazos de un collage fantástico o los restos de un paraíso no identificado. En fin, son espacios del instinto donde habita una intimidad (como la de Jeff Buckley, por ejemplo), con la que se llenan conexiones a contratiempo.

En eso se ha convertido su único ábum, Grace (de 1994), en un paréntesis musical que cumple 35 años ya, y que ha tenido mucho qué ver con esa idea de ensalzar la vida, contrariarse con la muerte prematura de su autor, contener una versión superlativa de una canción canónica (“Hallelujah” la  más aclamada de todos los tiempos, al conseguir hacer suya y competir incluso con la original del propio Leonard Cohen), y propiciar una pequeña revolución genérica con su publicación.

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Ese disco, al que indudablemente se le pueden aplicar distintas acepciones al adjetivo de único, trae a colación aquella máxima musical de que un momento decisivo siempre está en transcurso. Es un work in progress artístico en movimiento cuya explicación se expande con el tiempo, con sus influencias e inspiraciones a través de los años.

Su importancia radica tanto en lo que es en concreto como en el número de interrogantes sobre cómo se ha escrito su historia. Y como en una de las buenas, todo parte de quien lo creó para poder definir su más entera presencia. La de Jeff Buckley es una que siempre puede explicarse de otra forma, según la nueva arista que se le descubra o en una diferente revisita.

El caso es no olvidar su nombre y lograr que en la memoria vaya adoptando un perfil más diáfano. El de un cantautor que puso en conexión a variadas generaciones de artistas que se les cruzó en el camino con un solo trabajo, con ese único y ejemplar paso y con una decena de piezas vitales que derraman su savia entre los surcos de una música sin mácula.

Buckley fue un cantante destacado por haber sido un intérprete virtuoso, por su potente paleta vocal de cuatro octavas y media. Y su disco, Grace, “como obra maestra de todos los tiempos, especialmente por su sensibilidad interpretativa única, siendo reconocido tanto por la crítica como por músicos adalides” como Bob Dylan, Tom Yorke (de Radiohead) o Matthew Bellamy (de Muse), por mencionar algunos.

Es decir, en él muchos encontraron la experiencia teórica más importante de su vida, con esas diez canciones que son lecciones duraderas para la sensibilidad. Con ellas el eco creció y se retroalimentó en las últimas tres décadas, hasta convertir el nombre de su compositor en una figura clave para la transición entre algunas genealogías de la historia musical contemporánea: el folk y el rock alternativo.

La exposición de su obra responde a una forma de tributo, a un catálogo de cabecera. Decisivo y cómplice. Y en ello radica también su proeza. Hacer extensiva su estética. Ciertos artistas en los que ha influido desde entonces, saben que cada icono como él tiene dos seres en sí: uno entero y otro roto, y que se debe conocer al primero, su obra, para poder llegar al segundo, su esencia.

Jeffrey Scott “Jeff” Buckley nació en Anaheim. California, el 17 de noviembre de 1966 y lo hizo como hijo de otro legendarios músico, Tim Buckley (1947–1975, versátil compositor de folk y jazz, soul y psicodelia muy destacado y muerto por sobredosis a la edad de 28 años). Es decir, nació con el estigma del padre desaparecido, pero también con el gen artístico.

Su infancia transcurrió en la vida itinerante de su madre y padrastro por varias urbes californianas antes de trasladarse a Los Ángeles para estudiar en el Musician’s Institute de la ciudad. Ahí aprendió los rudimentos de la música y formó parte de grupos variopintos, que le proporcionaron alguna experiencia escénica.

Cumplidos los veinte viajó a Nueva York para asentarse en dicha urbe, meca para los cantautores.  Su debut público lo hizo en la iglesia de St. Ann y lo dedicó a honrar la memoria de su padre. A la postre se afanó en tocar en principio cada lunes en el café Sin-é. Un diminuto y acogedor lugar bohemio del Village, en el que no había ni siquiera un escenario. Lo hacía mientras el público platicaba y bebía café. Algunos comensales le prestaban atención, otros no, la audiencia se podía contar con los dedos de las manos.

Sin embargo, aquellos que sí lo escuchaban lo hacían interesados. Y no sólo eso, sino que comenzaron a difundir oralmente su nombre acompañado de los mejores calificativos. De esta manera el conglomerado que formaba parte de tal escena empezó a crecer y a sentirse afortunado por presenciar el nacimiento de un talento singular al inicio de los años noventa.

Ante dicho clamor se presentaron algunos buscadores de la compañía Columbia Records, quienes lo instaron a grabar un Ep durante sus actuaciones en dicho café. Ante el resultado decidieron que lo hiciera con un disco completo y con piezas de su autoría. De esta manera, acompañado de su amigo el guitarrista Gary Lucas y su banda Gods & Monsters.

Así apareció en 1994 el disco Grace. De inmediato adquirió notoriedad por su atmósfera de calidez, por el maleable registro vocal de Buckley y sus conmovedores falsetes, así como por su expresión emotiva, tanto como por su sensibilidad en las composiciones y particular y novedosa manera  interpretativa. Todo ello elevó al disco a la categoría de obra magna.

De “Mojo Pin” a “Dream Brother”, los diez temas se encuentran entre lo más selecto del subgénero indie y desde su aparición los músicos no han dejado de mencionarlo como una de sus grandes inspiraciones. Dylan, por ejemplo, le dedicó la pieza “Mississippi” de su álbum Love And Theft, en donde Bob maneja la idea de pasear con él un día antes de su muerte, por ahogamiento en el Wolf, una vertiente de dicho río. Bono, a su vez, dijo que  “Jeff Buckley era una gota pura en un océano de ruido”.

El caso es que Buckley por todos esos motivos parecía señalado a erigirse en un referente generacional (decenas de músicos lo citan como influencia), no obstante, se truncó su destino con una  extraña muerte por ahogamiento en aquel río de Memphis, lugar al que había ido para la realización de un segundo álbum, que nunca se llevó a cabo.

Al anochecer del 29 de mayo de 1997 fue a dicho río junto con un miembro de su banda para tocar la guitarra y escuchar música. Para pasarla bien. Sin embargo, Jeff se metió al agua mientras entonaba una pieza del Led Zeppelin. Instantes después, su acompañante lo perdió de vista y hasta ahí. Su cadáver apareció días después y el forense no encontró rastros de alcohol ni de drogas. Con ello dejó abierta la posibilidad para la leyenda.

VIDEO SUGERIDO: Jeff Buckley – So Real, YouTube (Jeff Buckley Music)

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WIR SIND HELDEN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LOS HÉROES COTIDIANOS

David Bowie ha sido una enorme influencia para infinidad de grupo en diversas épocas. Sus temas son iconos culturales de los que han partido corrientes, reflexiones, géneros, carreras y vidas. Una de estas piezas es, sin lugar a dudas, “Heroes” cuya poética y contenido han sido diseccionados una y mil veces en todos los idiomas en busca tanto de la identificación como del conocimiento personal, íntimo. Es la piedra de toque que invoca el prurito romántico de la confirmación del yo en el mundo frente al universo.

En el idioma alemán apareció una versión de la misma en el 2007 a cargo del grupo Apocalyptica con la voz del cantante invitado Till Lindermann (de Remmstein). El hecho conllevó al nacimiento (como debe serlo todo encuentro cultural), con aquella semilla, de nuevos frutos en esas geografías.  La profundidad de dicha versión en clave de canto dramático en lengua germana hizo surgir a una banda que retomaría tal reafirmación existencial como razón de ser de su estética musical: Wir Sind Helden.

La aparición de aquella versión me hizo recordar la cita de Napoleón Bonaparte con respecto a tal lengua: “Cada frase de ese idioma es como un latigazo”. Para él no podía ser de otro modo, la importancia que cobraba el romanticismo en su época tenía como abanderados a los poetas y pensadores alemanes a los que él detestaba tanto como temía por sus ideas y conceptos sobre el hombre en general, cuando él encarnaba y pugnaba por ensalzar sólo al epopéyico.

El Napoleón conquistador buscaba en sus escritores afines que contaran las hazañas de los personajes como él; que contaran acerca de sus victorias, pero no sobre las derrotas. Los románticos alemanes (Goethe, Schiller, los hermanos Schlegel, Hoffman, Heine, Hölderling, Novalis, etcétera) se interesaban por lo que sucedía con los otros y sus heroicas proezas interiores de sobrevivencia. Por eso escuchar aquel idioma era para él una afrenta, un latigazo directo a la carne de su racionalismo megalómano.

La postura de dichos escritores es lo que encarna el grupo Wir Sind Helden (Somos héroes) en la actualidad matizada a través de la visión de Bowie. El rock es producto directo del romanticismo y tanto el británico como estos teutones lo confirman con su obra. La del primero es una harto conocida; la de los últimos –que tomaron uno de sus versos como nombre– es una que abarca ya varios álbumes: Die Reklamation (del 2003), Von hier an blind (2005), Soundso (2007) y Bring mich nach Hause (2010) entre ellos.

Este cuarteto está integrado por Judith Holofernes (voz y guitarra), Jean-Michel Tourette (guitarra y teclados), Pola Roy (batería) y Mark Tavassol (bajo). La formación es originaria de Berlín, pero a comienzos del siglo XXI decidieron cambiar su residencia a Hamburgo. Su estilo fluctúa entre el pop rock, el rock alternativo y el post-rock, con el uso del idioma alemán y las herramientas de la metáfora poética para hablar de la realidad del mundo actual: materialismo, consumismo, la simulación, la vigilancia de Estado.

VIDEO SUGERIDO: Wir Sind Helden – Guten Tag, YouTube (emimusic)

Pero tanto el amor como la falsedad artística ocupan también un papel preponderante en su lírica. E igual que su estilo musical, oscilan entre el sentido del humor y la gravedad distópica. Por eso mismo, en este época de siglas, se les ha incluido en la escena de la Neue Neue Deutsche Welle (una importante corriente musical derivada de los años ochenta que los ha  puesto en la cresta de dicha ola contemporánea en lengua germánica, a la que también se pueden añadir bandas como Silbermond y Juli).

Las canciones reunidas y trabajadas por Wir Sind Helden tienen un marco referencial. Son imágenes sin nombre de gente sin nombre que guardan, sin embargo, la memoria del retratado y de cuanto vieron sus ojos. Por eso sus letras esquivan el informe sociológico y apuntan a un tiempo irremisiblemente fugaz, el del individuo como tal. De ahí que hagan pensar. Más que abrir entornos sugieren los de quien actuó y padeció siendo uno: vemos su figura, ignoramos su hacer y su decir, pero no su sentir.

La evolución de los preceptos del grupo nunca ha agotado el potencial de su primigenia voz narrativa, es como si el cuarteto dominara su capacidad de fabulación lírica en favor de lo testimonial. La magia de estos alemanes consiste en dibujar un territorio de la mente y hacer vivir en él para siempre a un héroe sin edad, astuto y vacilante que siempre tiene algo de nosotros.

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Quizá sea este el punto de las piezas. No está en las historias mismas, sino en su elección. Y junto a los sentimientos y emociones expresadas en ellas revive la complicidad entre el escucha y ellos (los autores). Nada sabemos de los personajes que retratan, pero como músicos sugieren ese espacio, ideal e irrepetible, trazado por la inteligencia en las canciones. Sus álbumes  son así un compendio, no de hechos y objetos, sino de imágenes y gestos anónimos que en sus manos logran el heroísmo de la vida cotidiana.

Esos discos son una especie de viaje a la realidad y, al mismo tiempo, a la antigua dualidad que oponía aquella a la ficción o la vida al arte. Wir Sind Helden ha compuesto para tales álbumes canciones que fluyen misceláneas y errabundas al igual que la vida, en un dejarse llevar liberador para quien está acostumbrado  al trabajo de urdir con soltura y dando prioridad a la acción diaria, sin epopeya. El resultado de la liberación son unos fragmentos de vida en donde se pasa sin cortapisas de la reflexión a los hechos.

En las andanzas por sus tracks es posible cavilar sobre un episodio cotidiano o ir a una lectura de la suerte para luego ofrecer una sentencia arquetípica: “Moriré y nada sabré, pero me habré preguntado qué haré conmigo hasta que eso suceda”. Son simples divagaciones por las que en algún momento hasta se disculpan: “Perdóname escucha si estoy mezclando los temas, pero mi mente no deja de trabajar”. Su mezcla resulta grata y rica, quizá por la cohesión que le procuran con los elementos extraídos de sus influencias.

En estos retratos del día a día, en la vida de una de ficción musical hecha con retazos de la realidad contemporánea de fondo, nos van mostrando poco a poco imágenes de lo que alguien, cualquiera, ha querido ser y de lo que es.  “Sueño con una vida que me convierta en heroína” canta ella. Mientras el grupo entero arropa su imaginación y con la música sacian su sed de aventuras al mostrarle el entorno, su accionar, su permanencia y su lucha entre lo útil y lo poético en el trajín del ahora.

Perspicaces son sus ideas sobre cómo fueron y cómo serán los héroes. En esencia, la música de este grupo trata sobre qué actos hacen civilización y los que pueden destruirla.

Wir Sind Helden representa el romanticismo de quien tiene fe en el lenguaje como salvaguarda humana. Un reconocimiento de que a los hombres no nos es dado saberlo todo, lo que hace del misterio vital algo ineludible. Y ello da frutos paradójicos y oraculares. “No estamos preparados para la vida, y somos seres imperfectos”. Pero entre tantas dudas asoma la certeza de que la música –hecha con esas emociones– es un bien necesario para examinar nuestra humanidad, la de todos los días, la heroica.

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IF I WERE A CARPENTER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 TRIBUTO ALTERNATIVO

El pop de los años setenta sólo conjugó un verbo: edulcorar. Y lo conjugó como suele hacerlo el mainstream, la corriente más comercial: exageradamente. Lo hizo al arrullo de la única formación cuyo sustento exclusivo era ése: The Carpenters.

Pero no se espanten, esta entrada no estará dedicada a ellos sino a quienes los evocaron, una década después de su desaparición escénica, rindiéndoles el mejor homenaje posible: modificándolos. Transformando su popular legado de azucarado extremo en materia prima agridulce, para la exposición de una emergente corriente musical: el rock alternativo.

Los hermanos Carpenter fueron uno de los fenómenos musicales más comerciales en los Estados Unidos en la década de los setenta.
Su música, ligera y relajada, era un pop de fácil consumo y escucha (easy listening) para audiencias comunes, jóvenes y adultas, sin mayores exigencias. La dupla consiguió llegar a ese público masivo, gracias a sus lustrosas melodías, los pulidos arreglos y a una cristalina voz femenina.

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Este dúo formado por los hermanos Karen y Richard Carpenter, que comenzó sus andanzas  en 1969 y desapareció en 1983 – tras la muerte de Karen -, mantuvo (y mantiene) con su música una arraigada relación con la cultura promedio del país. Así como el blues y el folk son el espíritu de la Unión Americana profunda y el funk y el hip hop son la savia de los ghettos, el sonido Carpenter y su influencia son el soundtrack de Suburbia en la tierra de las barras y las estrellas, donde vive la mayoría de la población.

O sea habitantes de la casa de ensueño con su césped y cerquita blanca al frente, dos niños jugueteando por ahí y un automóvil nuevo estacionado en el garage. Insertada en una comunidad aislada, repleta de restaurantes fast food y malls. Tales suburbios evocaban cierto estilo de vida, el típicamente estadounidense de la clase media con su recreación del American Dream.

Zonas tranquilas, con ligas deportivas de aficionados y centros comunitarios; áreas suburbanas tediosas y uniformes en las que los vecinos se conocían debido a la cercanía de sus casas, y caminaban juntos desde la estación de tren a sus hogares, en aceras limpias y perfectamente alineadas.

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Ahí, durante los años setenta, cuando alguien se sentaba frente al televisor a ver series como “Los Ángeles de Charlie”, o a beber una copa de Martini al regresar del trabajo (él) y tras los preparativos de la cena (ella), la música Carpenter los acompañaba. El presidente Richard Nixon –quien odió hasta el paroxismo la década anterior– dijo que eran la mejor expresión de la juventud norteamericana y hasta los invitó a la Casa Blanca.

Era el sonido de la urbanización sin tráfico ni contaminación, que se movía (poco) y se iluminaba con la escucha de sus nada inquietantes canciones  y la vista de su impoluta imagen mediática, mientras las ciudades hervían con las de los Rolling Stones, Led Zeppelin, Black Sabbath, Funkadelic, et al.

El dúo logró su éxito a partir de una mezcla de piezas propias, versiones de éxitos consolidados y un estilo musical pulcro y aséptico, como su imagen (“Close To You”, “We’ve Only Just Begun”, “Yesterday Once More”, “Rainy Days and Mondays”, “Superstar”, “For All We Know”, “Top of the World”, etcétera). Karen tenía una voz prístina, de contralto, sobre la que ejercía un dominio admirable. Su hermano, Richard, hacía los arreglos musicales que armonizaban perfectamente con la voz y creaban un sonido distintivo, limpio, suave y arrulladoramente melódico.

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Este imago dulzón fue puesto en perspectiva, veinte años después, por una generación que estaba conformando su quehacer musical a través del entramado del rock alternativo, su actitud y sus diversas ramificaciones. Tal generación, ubicada en la década finisecular, mostraba asimismo el espíritu de la época, su pathos y sus sensibilidades.

El rock alternativo reflejaba, en ese entonces, su pasión en el descubrimiento de los sonidos diversos que componían la realidad, y trasmitía información sobre las expresiones artísticas, en este sentido, que se creaban en el underground, tras los límites o al margen de los canales más comerciales, y que representaban otras elecciones estéticas. Era “alternativo” en su afán por la expansión de las fronteras, sin restricciones y con una propuesta lejana a los lugares comunes de la escena musical.

La perspectiva dentro de tal subgénero tenía, entre muchas otras expresiones, la idea de recrear en profundidad la posición relativa de los objetos de pleitesía de dichos lugares, para mostrar otras sensaciones sobre la misma experiencia sonora: con situación y distancia. E igualmente, por analogía, también con perspectiva al conjunto de circunstancias que rodeaban al observador y que influyen en su percepción.

[VIDEO SUGERIDO: Shonen Knife Top of the World MJ090116, YouTube (celterra2)]

De tal manera, una serie de grupos de esa corriente –catorce ejemplos con sus marcadas variantes incluso internacionales — fueron convocados para realizar el “tributo” de un icono de lo convencional (y fresa, se dice en México) como eran los Carpenters. Matt Wallace y Joe Chiccarelli se encargaron de la ingeniería y producción de tal antología que motivó, a partir de ella, la proliferación de este ambivalente subgénero del álbum tributario.

If I Were a Carpenter, el título de la compilación realizada en 1994, reunió las propuestas que, más allá de las críticas que acusaron al fraterno dúo setentero de blando y cursi –comprensible tras un período en el que la música se había convertido en sinónimo de rebeldía y fuerza—, levantaron con esta referencia un manifiesto de la estética que representaban, sin caer en la broma ridícula evocando dicho material.

La estética musical alternativa mostró en tal circunstancia su amplia denominación estilística que abarcó desde las guitarras distorsionadas y estridentes a los tonos depresivos del grunge; desde la inocencia desaliñada del twee pop, pasando por el britpop, a lo etéreo del dream pop y la experimentación del post- rock. Mostró su lucha interna con la guitarra (sin demasiado protagonismo) y a su mezcla le añadieron teclados, sintetizadores, piano y uno que otro instrumento sinfónico.

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Hubo la debida atención a los sonidos atmosféricos (elementos experimentales, progresivos o del post-punk), con menos armonía, menos melodía, con su toque desgarrador, ritmo lento y carente de todo sonido alegre o festivo (excepto el del trío femenino japonés de Shonen Knife, procedentes del pop-punk). La orquestación y la creación musical de los cóvers se concentró en el cuerpo general, en la obra más que en el lucimiento de un sólo instrumento o músico. Y los vocalistas cantaron a su manera clásica con voz y tono neutros.

De los convocados brillan bandas como Redd Kross, que utiliza el kitsch de la orquestación original para interpretar con espíritu noventero el tema “Yesterday Once More”; The Cranberries, por el grano de la pronunciación irlandesa de Dolores O’Riordan y esos ecos celtas, que remueven la melosa inocencia de “Close to You” o Sonic Youth, que destacan con su elegante versión de “Superstar” (una ironía posmoderna de la cultura pop, que luego mereció el halago de la confrontación dentro de la película Juno).

Pero a aquella “ñoñería comercial” setentera, acompañada de exquisitos arreglos orquestales en aseadas y tranquilas composiciones y refinadas versiones, también se le acercaron en If I Were a Carpenter gente como Sheryl Crow, Matthew Sweet, Johnette Napolitano y grupos como Four Non Blondes, Babes in Toyland, American Music Club, Dishwalla, Bettiee Seervert, Cracker y Grant Lee Buffalo.

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El asunto no era la música o su influencia sino el contexto, el estilo. El disco antológico conjunta cóvers hechos con seriedad en uno muy diferente: con distancia o acercamiento a los originales para mostrar otro punto de vista.

La mayoría de los colaboradores de este proyecto revisionista gira en torno a la temática y a la esencia de la misma. Es un enfoque plenamente justificado si se atiende a la entidad de una obra que ha reflejado una forma se ser y de pensar, la cual representó a una mayoría en una década que tenía al rock luchando contra la música Disco y los Carpenters.

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 If I Were a Carpenter (Si fuera un Carpenter) propició una aproximación al pasado en el que el saber estrictamente histórico se combinó con la utilización del emergente rock alternativo, dando como resultado un álbum  tributo muy estimulante, sin condescendencias ni contradicciones entre sus universos, que de manera precursora abrió camino a la investigación, con la herramienta estética, de una importante parcela sonora del ayer musical.

Proporciona una información adicional con el talento fresco y la propuesta  artística de sus participantes, creando así otra dimensión, que es a lo que llamo el contrapunto: con sus divisiones de gesto, distancia y perspectiva. He ahí, para mí, su gran aportación.

[VIDEO SUGERIDO: Sonic Youth – Superstar, YouTube (SonicYouthVEVO)]

 

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