CHRISTMAS IN THE HEART

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (BOB DYLAN)

 Benvenuto Cellini, aquel escultor, orfebre y grabador italiano del Renacimiento, dijo que nadie de menos de cuarenta años debería escribir la historia de su vida.  Estaba seguro de que nadie debía molestar al público con detalles personales antes de que hubiera hecho algo espléndido que justificara leer su travesía vital.

Bob Dylan, el cantautor, rockero y Premio Nobel de Literatura, poseedor de una extraordinaria sensibilidad, tomó para sí dicha consigna y desde sus seriadas Bootleg Sessions nos ha dado a través de estas grabaciones el palpable movimiento de su espíritu; la búsqueda intensa de su personalidad por diversos caminos que le proporcionaron las experiencias para expresar mejor sus emociones, con una voz significativa y universal de vaso comunicante auténticamente humano. Dentro del mismo concepto entra la que es su única grabación (hasta el momento) de temas navideños, los que él recuerda memorioso como parte del festejo.

Curiosa época ésta en que los inmortales y extraordinarios signos de vida y contundencia permanente del rock provienen, en buena parte, de la activa presencia y ausencia de los que ya han hecho historia y leyenda en él: Lou Reed, David Bowie, Neil Young, Iggy Pop, Rolling Stones, Bob Dylan.  Un Dylan, en este caso, que saca un disco prácticamente cada seis meses, como si todavía estuviéramos en 1965, como si el rock se le desbordara incontenible.

Su contribución al imaginario navideño, Christmas in the Heart (2009), tuvo el mérito añadido de suscitar la curiosidad y la sorpresa tras la aparición del soberbio disco Together Through Life, del mismo año. La noticia del nuevo álbum con temas de temporada fue recibida con mucho escepticismo mediático, y hasta con cierta condescendencia, el cual suponía un producto standard, realizado sin grandes ideas, pocos recursos y hecho a la carrera.

Luego de escuchar los primeros compases de “Here Comes Santa Claus” (el  primer track del álbum) supieron cuán equivocados estaban quienes habían dudado del producto. Dylan nunca hace lo que se espera, así como nunca se sabe cómo será su siguiente obra o de qué humor estará constituida. Por eso siempre sorprende, por eso siempre provoca el análisis, por eso siempre ha estado en la cresta de la ola.

Christmas in the Heart, para empezar, fue grabado con el mismo grupo que lo acompañó en su reciente producción de estudio (David Hidalgo –integrante de Los Lobos, en el acordeón, guitarra principal, mandolina y violín– y Phil Upchurch, guitarrista y bajista de jazz, blues y rhythm and blues; así como por el contrabajista Tony Garnier –acompañante de Dylan desde 1989, su más antiguo colaborador, que ha fungido a veces como director musical–, por ejemplo).

De tal forma, el álbum navideño suena igual de emocionante que el disco anterior, al cual se agregan las voces de Amanda Barrett, Bill Cantos, Randy Crenshaw, Abby DeWald, Nicole Eva Emery y Walt Harrah, Robert Joyce, en los coros que adornan los temas.

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De entrada, la canción mencionada, “Here Comes Santa Claus”  (de la autoría de Gene Autrey) es una alegre sorpresa que invita al movimiento con una introducción nívea de cascabeles, balanceada justamente por George Recile en la batería, el cual sacude sus escobillas a lo largo del track mientras los coros afianzan la casi susurrada voz de Dylan, el dobro de Hidalgo y el contrabajo de Upchurch, para ofrecerce en pleno.

En “Must Be Santa”, como ejemplo diametral, el regocijo salta a la luz, el soplo y la urgencia del zydeco reencontrados por una voz desollada y pícara que lanza las palabras juguetonas dentro del embrujo del ambiente pantanero creado por el acordeón y el bajo. Y así la fiesta sigue por “Christmas Island” y “Silver Bells”, o los tempos medios y lentos de “I’ll Be Home For Christmas”, “The Christmas Blues” o “The Christmas Song”,  que combinan los esfuerzos del grupo entero.

En Christmas in the Heart está la imaginería que Dylan puede despertar en cada uno de nosotros acerca de la época decembrina y algo más. Con este disco el propio Dylan vuelve a recordarnos lo que significa el fulgor del canto rockero en cualquiera de sus vertientes, y que sigue viento en popa.  Al fin y al cabo, a él siempre le pedimos más, aunque no sea necesario.

El mundo moderno, dicen los tecnócratas, ya no requiere de poetas andantes. Los medios de comunicación llevan cualquier manifestación cultural hasta el otro lado del globo en forma instantánea. La expresión creativa personal a través de la música, iniciada por los trovadores, ha alcanzado extremos absolutos en la celebración exclusiva que muchos artistas practican de su intimidad muy particular.

El poeta y músico, dicen  los integrados digitales, ya no hacen falta para comunicar noticias ni para registrar el paso del tiempo en el mundo. Pero los bardos siguen existiendo a pesar de las adversidades o a causa de ellas. Y algunos insisten en retratar historias, vivencias y leyendas, pensamientos y festejos. Quizá porque intuyen que la misma velocidad puede saturar la conciencia y hacer olvidar lo importante.

O porque saben que la música, a pesar de toda la explotación y comercialización de que ha sido objeto, es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro navideño entre seres humanos, sin prejuicios, ideologías ni conceptos implícitos e inherentes, a través de villancicos, himnos y canciones populares alusivas al momento.

 Y éste le ha dado pie a un bardo como Bob Dylan para dos cosas importantes:

La primera, sacar a la luz una colección de temas alusivos con su personal punto de vista musical (donde no falta su particular sentido del humor y con los acompañantes pulidos), y donde queda plasmada, además, su oxidada voz, que le da el valor agregado a lo grabado, por lo vivido y por la experiencia añosa.

Y en segundo término, donar los beneficios de las ventas del disco a organizaciones caritativas como Feeding America, en los Estados Unidos, Crisis en el Reino Unido y la World Food Programme, una institución internacional de la ONU, la cuales buscan paliar el hambre en el mundo.

 

¡FELICES FIESTAS!

 

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Must Be Santa (Video), YouTube (Bob Dylan)

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BEST COAST

Por SERGIO MONSALVO C.

BEST COAST (FOTO 1)

 LA SENCILLEZ DEL CORAZÓN

Hace mucho tiempo conocí a un tipo, poeta y traductor laureado, que se definía a sí mismo como un “eterno adolescente enamorado” cada vez que era invitado a una mesa redonda sobre algún tema de su competencia o a la presentación de un libro.

Quemaba, por otro lado, el prestigio obtenido dentro del medio cultural en favor del desahogo económico que le proporcionaba trabajar en el campo de la publicidad.

Era poco o nada afecto a la música popular, pero cuando se sentía apremiado en alguna conversación al respecto, y ya con dos o tres tragos encima, confesaba que había llegado tarde al rock, no lograba entenderlo.

Sostenía que detestaba, por ejemplo, a los californianos Beach Boys por exaltar todas aquellas emociones y relaciones “tan juveniles”. Vaya, me decía yo, este pretender no es tan eterno, ni tan adolescente ni se enamoró realmente cuando lo fue.

Se perdió del lado soleado de la música y de apreciar la transformación de lo sencillo en arte.

Hoy, de escucharlo, tal personaje estaría muy compungido con la aparición en el panorama musical del grupo angelino llamado Best Coast, un extracto de esencia costera, que en las antípodas de aquellos barrocos muchachos playeros se limita a lo elemental para crear un pop desde el lado minimal.

Un buen pop, eso sí, con sensibilidad hacia la problemática emocional de los corazones imberbes.

La agridulce realidad de quienes empiezan con su educación sentimental se da cita en los textos de este dúo formado por Betty Consentino y Bobb Bruno.

 A dicha realidad plasmada en su disco debut, Crazy for You,  y en el segundo, titulado The Only Place, la han arropado con una repetitiva estructura musical a la que los especialistas aún no terminan por encontrarle un nombre concreto: Twee pop, bubblegum-noise, surf-pop, noise-pop, fuzzy pop…

En fin, tras la nomenclatura en la que se inserte la música de este binomio está la claridad del mediodía que entra por el ventanal del escaparate y deslumbra con sus tonalidades luminosas que dan forma y volumen a las cosas que dicen, que sienten, que trasmiten, con una textura muy precisa y siempre austera.

Proponiendo una analogía pictórica yo diría que son equiparables a los cuadros de Edward Hopper. El pintor de las soledades compartidas, de las miradas perdidas. Artista interesado en contar la vida cotidiana de las primeras emociones, de los universos iluminados por esos misteriorsos estados de ánimo.

Porque asombra el modo radical en que ellos, al igual que el pintor, prescinden de grandilocuentes anécdotas narrativas para contar la realidad y quedarse sólo con unos cuantos rasgos sustanciales, dejando “oscura la historia y clara la pena”, para exponer las fronteras visibles e invisibles entre las personas y sus relaciones, por más jóvenes que sean.

VIDEO SUGERIDO: Best Coast – Crazy For You (OFFICIAL VIDEO), YouTube (mexicansummer)

Las canciones de Best Coast son, así, emblemas y resúmenes emocionales, unos que se ubican entre los pliegues de la segunda década de cualquier vida, y que en esta época son más homogéneos de lo que se pudiera pensar.

Sin pretensiones y suavemente, o de forma ostentosa y con despliegues distorsionados, el dúo nos cuenta historias tristes o de inquieta ensoñación, de finales ambivalentes, hablándonos de euforias y soledades; del silencio en ambientes soleados, de actitudes y sentimientos que aún no son familiares y pasmados ante ellos.

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Con tal arranque discográfico el grupo busca trasladarnos, con breves canciones y guiños, a toda la escena musical de ambas costas de la Unión Americana (en las que ha vivido la cantante) y que ha dejado sus huellas por doquier en los últimos tiempos.

Su inerte noise prepara al escucha para una atmósfera muy retro, a lo girly groups, que será la escenografía de un frenético garage lo-fi interpretado en calidad de amateur pero con aires surf y pop que se manifiestan principalmente en las melodías.

La voz de Consentino logra abarcar al cien por ciento el cuadro de la duración de los discos, al incorporar sus coros en toda introducción o intervalo. Ella tiene la misión de construir sobre estos instantes ante una base de guitarras cristalinamente noisy, si cabe el oxímoron.

El tributo a los Beach Boys es manifiesto, así como las similitudes con The Wavves, The Raveonettes o She & Him, entre otros, las cuales se atenúan y matízan cuando uno descubre el sello propio de su música.

Bethany Consentino es una californiana veinteañera, que ya ha tenido tiempo para mostrar sus talentos: creó la banda Bethany Sharayah y, justo cuando iba camino a convertirse en la siguiente estrellita teenager, salió en su propia defensa con un proyecto de pop tribal llamado Pocahaunted y así sucesivamente.

Best Coast es, pues, la enésima reencarnación de esta joven precoz que, siguiendo la estela de Dum Dum Girls, emplea al noise-pop como trampolín para abalanzarse sobre los temas pegajosos que componen los dos álbumes hasta ahora.

En la composición, bajo y arreglos la acompaña Bobb Bruno (sobre el cual han querido tejer la leyenda de que fungió como babysitter de Beth en alguna época), Ali Koehler (de Vivian Girls, en el primero) y Jon Brion (en el segundo) como bateristas invitados para la grabación de ambos volúmenes (Brion también toca los teclados, la guitarra de doce cuerdas la Lap Steel y el bajo en The Only Place).

El álbum con el que debutaron, por su parte, apareció luego de lanzar una serie de temas en 7 pulgadas con varios sellos indie (PPM Recordings, Black Iris, Art Fag, Group Tightener, entre ellos).

Consentino y Bobb Bruno pactaron hacer pop, exclelente pop. Del simple, del breve, del que llega y hace repetir sus estribillos ad eternum. le agregan unas buenas capas de reverberación, bajos saturados (cuando los creen necesarios), armonías bien armadas, un par de guitarras limpias y algo más que la distorsión en las buscadas impurezas sónicas que ayudan a edificar canciones memorables.

Con todo ello logran construir un puente entre el lo-fi y el surf pop con maestría y bastante más accesibilidad que otros colegas suyos. Con tal obra crean vicios con esos esquemas que funcionan, gustan y crecen con las repetidas escuchas hasta la adicción.

En los cantos de Best Coast todo entra y sale del corazón de la manera más sencilla, para entendimiento de los auténticos eternos adolescentes enamorados: un modo explícito de ser, un manera de estar en el mundo, que hace del amor/desamor, en una atmósfera veraniega, la suma esencial de la sublime inmadurez.

VIDEO SUGERIDO: Best Coast – The Only Place – David Letterman 5-16-12, YouTube (IdolXfactor)

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