EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO

Por SERGIO MONSALVO C.

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO (FOTO 1)

 (RELATO)

El paraíso puede ser un parque. Lo es, seguro, cuando se tiene entre uno y diez años de edad:  están los columpios, las resbaladillas, el sube y baja, el volantín, los juegos para trepar, la tierra para hacer lodo, la fuente, el pasto para jugar al futbol (las cáscaras) o para echar maromas, los circuitos para las bicicletas, los patines, la patineta, etcétera.

Lo es en la tierna adolescencia, cuando se pasea por ahí como si fuera la primera vez, con la jovencita que nos ha “hecho ojitos”:  disfrutar de la paleta, el helado, el algodón, el chicharrón con chile, la jícama, el pepino, el jabón para hacer burbujas, la tomada de la mano, el besito tímido…

Puede serlo todavía –ya mayor– con la novia en turno. Al sentarse en una banquita mientras oscurece y comentar los ajetreos de la jornada, desmenuzar lenta y sabrosamente el amor que se siente en ese momento, preguntarse mutuamente las más nimias significancias en torno al mismo, arreglar el último malentendido, justificar el devaneo que alguna amiga descubrió por casualidad, reconciliarse con abrazos y besos que hablan de la pasión inspirada, más pasión y más besos y abrazos apretados…

No es el paraíso cuando –iguales circunstancias de por medio–, en el clímax de la demostración amorosa, ahí recargado en el árbol amigo, al romeo de 17 años lo agarran con las manos en la musa un par de policías que, en lugar de cuidar a los niños de los proxenetas que deambulan por estos sitios, se dedican a sorprender a las parejas de enamorados que escogieron el lugar a falta de otro mejor o de dinero para un hotel.

La sombra de la gorra policiaca producida por la luz de algún poste cercano apenas dio tiempo de sacar las manos del recoveco, de subir algún cierre.  Vino la detención, la asquerosa relación de los hechos por parte de los uniformados, la lista de cargos por faltas a la moral, las penas de la ley por semejante delito, la amenaza de llamar a la patrulla, ir a la delegación, el citatorio a los padres de ambos, por ser menores de edad.

Luego el aplomo de Romeo para dialogar ‑‑ qué clase de diálogo se puede tener con un par de ígnaros polizontes: “¿Cuánto trais?” Muestra la cantidad de dinero. “Es poco”. Señala sus libros.  “¡No mames!”. Ante el apremio, la última opción: “Bueno, el relojito ese que trais puesto”. Ni modo, dejar la prenda (regalo especial del abuelo) y alejarse con la amada Julieta lo más rápido posible hacia cualquier parte, lejos del paraíso.

 

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