MIKE KELLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

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 IMAGEN DEL UNDERGROUND

 Muchos instantes y épocas enteras han hablado del andar de lo underground (una palabra o concepto que se emplea para decir que algo es subterráneo, clandestino o alternativo, así como también hace alusión a lo marginal, en movimientos culturales o artísticos) y lo han hecho en un giro continuo de la espiral evolutiva del arte en cualquiera de sus manifestaciones.

Y éste, con su enfoque libre y determinado, se ha significado como pensamiento comunitario (por muy fragmentario que sea) frente a filosofías de gobierno y cultura oficial o mainstream: realismo socialista, nacionalismo folk, propaganda nazi, maoísmo campirano, comunismo caribeño, capitalismo puritano, neoliberalismo bruto y la muy posmodernista filosofía de “lo políticamente correcto”.

Al ubicarse contra el pensamiento estatal, tal escena –con valores intrínsecos de historia y contexto— se ha alejado de las consecuencias predecibles: ortodoxia y conservadurismo, así como de la demagogia populista de “un arte cercano al pueblo”, el cual siempre ha tendido a lo acrítico y aséptico, como común denominador.

Lo underground (como contracultura) se ha practicado dentro del contexto social influido por los deseos de pequeñas comunidades domésticas y/o ajenas coincidentes, pero las decisiones del cómo y del por qué (incluso de su muerte o desaparición) quedan a cargo, por lo general, de los individuos, de cada uno de los exponentes con sus expresiones artísticas particulares.

En el caso de Mike Kelley confluyeron todas esas particularidades para hacer de él un artista underground. Su vida y desarrollo fue tan congruente con ello como su muerte. Él nació en 1954, en Michigan, y fue un extracto de la clase proletaria de la industriosa y provinciana ciudad de Detroit. Y se movió en dicho ambiente durante su infancia y adolescencia pandilleril.

Supo de la pobreza y la marginalidad, de la ignorancia y del agobio. Aprendió que en la pobreza no hay nada digno, virtuoso, ni glorificante o heroico, al contrario. Que efectivamente hay la lucha de clases, pero que la baja la perdió desde un principio y nunca la va a ganar y que la sociedad en general la usa para remitir ahí sus peores pesadillas, decepciones y trapos sucios.

Al tomar conciencia de ello y aceptarse como artista en tal submundo y en un medio por completo refractario a ello (donde se decía que el arte era cosa de comunistas). Su instinto lo llevó a huir del lugar, a relacionarse con otros semejantes y a desarrollar una existencia interdisciplinaria para manifestar sus certezas al respecto de la cultura en la que había nacido.

De algún modo logró ingresar a la universidad pública de Michigan en 1973 e integrar un grupo de rock al que llamó Destroy All Monsters, entre cuyos integrantes estaban Jim Shaw, Lynn Rovner (alias Niágara) y Cary Loren. La agrupación funcionó hasta 1976, actuando en fraternidades y convenciones sin mucha aceptación y hasta rechazo debido a su estilo y actitud.

Estaban influenciados por Sun Ra, Velvet Underground, el cine de serie B, la Generación Beat y el futurismo. Su sonido era experimiental, psicodélico y de humor negro. Utilizaban instrumentos modificados y materiales como violines, saxofones, latas de café, juguetes descompuestos, teclados baratos, tambos y aparatos electrónicos defectuosos.

Su única producción fue un cassette de una hora distribuido a través de una revista marginal de la época (Lightworks). Sólo tuvieron una presentación formal en la fiesta de Halloween en la Universidad de Michigan, donde fueron abucheados.

KELLEY (FOTO 2)

En 1976 Kelley y Shaw dejaron la banda (aunque ésta siguió funcionando hasta entrado el siglo XXI, con más de una decena de discos, y a la larga incluso volvieron a reunirse para alguna performance) y viajaron a Los Ángeles para intentar graduarse en la escuela CalArts. A partir de ahí ambos hicieron carrera como artistas plásticos.

Kelley con la idea de inspeccionar con rigor la repugnancia que le producía la cultura popular estadounidense, las estructuras de poder en las que se cimentaba el país, así como su aversión al sistema educativo. Para ello echó mano de herramientas como el marxismo, la psicología freudiana, las cuales  liberaron sus traumas y recuerdos reprimidos.

VIDEO SUGERIDO: Destroy All Monsters – Bored (single 1979), YouTube (PunkMikko)

Entre los mentores, amistades e influencias de Kelley se pueden mencionar a John Baldesari (artista conceptual simbolista, multidisciplinario dadaísta y reconocido pedagogo surrealista), Laurie Anderson (compositora, artista avant-garde, cineasta, pionera de la  tecnología experimental y estudiosa del lenguaje y sus vericuetos ideológicos), Paul McCarty y Raymond Pettibon (artistas que se dedicaban a “indagar en lo nauseabundo con más ironía que desesperación”).

Con este bagaje Kelley se dedicó a establecer las antípodas de Andy Warhol. Si éste había encumbrado al underground, Kelley lo sumiría en el estrato más bajo posible, en las alcantarillas, en la sima más canalla. Y lo hizo con poderosas metáforas visuales, performances brutales, ensamblajes rompedores, collages sombríos, fotografías chocantes, videos provocativos y todo medio que se le pusiera enfrente.

Su activismo y punto de vista pronto tuvo admiradores. Thurston Moore había seguido a su antiguo grupo musical, mientras que Kim Gordon lo hacía en lo artístico. Ambos eran los miembros fundadores de Sonic Youth (grupo de rock noise, alternativo, experimental, post punk, hiperactivo y multidisciplinario también). La amistad que mantuvieron hizo que Kelley colaborara con ellos con performances, videos y con la celebrada portada de su disco Dirty (de 1992).

Con este disco la banda inauguraba la década de los noventa para sí, completaba una trilogía extraordinaria (junto a Daydream Nation y Goo), definía el noise (y revisitaba la herencia punk) como otra gran herramienta del rock (con su crudeza, aspereza, distorsión y potencia), y se erigiría en influencia del subgénero que explotaría a continuación: el grunge (el productor del Nevermind de Nirvana, Butch Vig, ejerció también su oficio en el álbum).

Pero no sólo eso, con este disco el art-rock se adhirió conceptual y estéticamente con el arte subterráneo representado por Kelley, manifestando la ironía en su tratamiento de la temática política. La obra de Kelley quedó impresa en la portada e interiores del álbum. En él colaboró con fotos de su serie Half a man, que tenía como protagonistas a peluches y muñecos de trapo realizados entre 1987 y 1992.

De ella Kelley dijo en su momento que surgió no tanto por una necesidad de sumarse a los asuntos de género como de plantear una crítica al capitalismo y a su falta de escrúpulos a la hora de convertir el arte en mercancía”. Éste había sido uno de los temas que lo obsesionaron como artista, por eso realizó durante años un tipo de obra basado en el trabajo manual, poco sofisticado, en oposición a la impecable factura industrial del minimal y en la tradición punk del DIY (hazlo tú mismo).

A su vez, Kim Gordon explicó en el video “Bull in the Heather”, de Sonic Youth, que había querido entablar esta relación artística porque el trabajo de Mike Kelley  era uno de los que más la habían influenciado a lo largo del tiempo. “Quizá porque hablaba mi mismo lenguaje y yo era consciente de ello. No sólo me sentía identificada, sino que veía retratada en él a toda una generación, una ideología, una manera de vivir: punk, grunge, G-X, cultura indie, underground…”, explicó.

El caso es que con esta obra Kelley entró a formar parte de otra generación, reafirmó su amor por el rock y a él en su continuada labor como un provocador altanero, punk y post punk, melancólico a la carta, ríspido rebelde, crítico mordaz, agitador modélico y artista excesivo, con tendencia  a lo siniestro y un creador total y multidisciplinario.

Kelley reafirmó al underground como una manera de vivir (y sobrevivir); como una confirmación simbólica de fuerza individual, desde las orillas, al margen, de la inercia del consumo cultural y el comercio con el mismo; como un discurso paralelo y siempre contracultural.

VIDEO SUGERIDO: Mike Kelley by Stedelijk Museum Amsterdam, YouTube (ARTtube)

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JOHNNY CASH

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA ROCKOLA DE CARONTE

Este fue un pequeño homenaje con motivo del que hubiera sido el 80º aniversario del nacimiento del hombre que cruzó las líneas de los géneros y con ello rompió esquemas y purismos. Mostró que el origen es destino al caminar del lado oscuro de la vida y con la soledad del outsider. Su nombre Johnny Cash…

Mientras escucho, puedo ver cómo Rick Rubin camina hacia Johnny, que se encuentra sentado y silencioso en aquel sillón. Lo toma del brazo y lo lleva delante de sus responsabilidades, frente a su guitarra, al micrófono, la consola de grabación, frente a su vida y su muerte. Frente a un espejo enmarcado por luces apagadas.

Nada invita a la ensoñación y es como si la dignidad que rodea al cantante consistiera en un edificio recién bombardeado, con cascajo amontonado y hierros retorcidos. El paisaje para después de la batalla. En esta ocasión —la última— el músico no cantará sólo sus piezas, algunas serán ajenas en autoría, no así en identificación.

La guitarra suena y Johnny canta franca y sinceramente en sus discursos vitales lo que alberga su corazón al final del día. La puesta en escena del productor Rubin es la necesaria: dentro de la iglesia episcopal St. James se lleva a cabo este oratorio.

Quienes lo rodean se miran a los ojos y la tensión está a tope. Ya saben lo que va a suceder. Las cartas están echadas y conocen el desenlace. Johnny, al igual que su antiguo camarada Elvis, también abandonará el edificio tras la función de este postrer escenario.

Todos quieren saber más cosas sobre él, no únicamente las leyendas y tópicos cinematográficos. Cosas que no se saben y que ahora pondrá en la mesa. Su serenidad y aplomo impresionan y alborotan la inquietud colectiva.

Hablará en cada tema de sus obsesiones, adicciones y de cómo caminó siempre por la fina línea abismal que ahora se borra al estar cara a cara con esa presencia oscura, intangible y determinante.

Escuchamos cada track como un réquiem de cuerpo presente. Asistimos al anticipado funeral de Johnny cantado por Cash. La cuarta y final entrega de su testamento musical se llama The Man Comes Around.

Johnny tiene ganas de enfatizar, de manifestar sus sentimientos de manera fuerte y contundente. En fila, una tras otra, surgen entonces 15 canciones enmarcadas de una forma tan seca, espartana y orgánica como sólo lo puede hacer Rick Rubin (un ecléctico productor discográfico de amplia paleta que sabe sacar el oro de las canteras más duras, enraizadas y escurridizas).

VIDEO SUGERIDO: Johnny Cash – Personal Jesus, YouTube (isodradek)

Se trata de un conjunto tan bello como turbador. La belleza de la herida no deja de sorprender. El mismo Johnny, tan curtido en las idas y vueltas al infierno, aún es capaz de admiración por ese sonido que le asignó Rubin.

De esta manera el propio Cash ha plasmado su necrología, quizá para aliviar el dolor. Todas esas imágenes reunidas vienen del camino ¿de dónde si no? Y todas tienen características en común. Todas están impresas en blanco y negro, mejor dicho en diferentes tonos de gris, como ya poco se estila, y por lo tanto todas están desprovistas de color.

Son documentos hermanos para testimoniar los vuelcos y revuelcos de un cantante country que siempre supo transformarse para continuar. Y lo hace hasta con su propio fin.

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Se percibe en las canciones la espesura que envuelve las dos orillas del río: la de la vida, agridulce, densa y plagada de dudas, y las de la desoladora nada: “Conozco la muerte —dice un personaje de La montaña mágica de Thomas Mann—, salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas”. Cita confirmada por el cantante.

¿Pero, qué es lo maravilloso de todo este cuadro? El hecho de que Cash, bajo las circunstancias en que se encuentra (con la parca rodeándolo por doquier, con 70 maltratados años a cuestas, entre drogas, alcohol y otros excesos; el reciente fallecimiento de su llorada esposa June y enfermo de neumonía con varias recaídas durante las sesiones de grabación), haya percibido claramente los signos de otros músicos que saben quién es quién, pero que —en el imaginario colectivo— tienen poca relación entre sí, para armar su repertorio de canciones de despedida.

Porque eso es lo que quería, un disco de despedida y no uno póstumo. Uno para el que se preparó durante la última década con la serie American.

Cuatro discos que convocaron géneros diferentes al igual que sus características, pero que esencialmente se erigen en la defensa de un conjunto de valores que se saben extintos y marcados en definitiva por la personalidad de su intérprete.

En la cuarta entrega aparecen temas de Paul Simon (“Bridge over Troubled Water”), Sting (“I Hung My Head”), Ewan McColl (First Time Ever I Saw Your Face”), The Beatles (“In My Life”), The Eagles (“Desperado), Hank Williams (I’m So Lonesome I Could Cry”) y sobre todo el sarcasmo de Martin Gore (“Personal Jesus”) tornado en creencia inquebrantable, así como “Hurt” de Trent Reznor y sus razones sobre la autodestrucción.

Metáforas, declaraciones, reafirmaciones, confesiones, luchas con fantasmas y manifiestos hechos por un intérprete transgenérico, como reclaman los nuevos tiempos y los nuevos públicos, ante la resignación del último aliento.

Los enigmas del arte, en la frontera de la vida, asomaron las orejas e hicieron a Johnny más sabio por diablo que por viejo.

A los demás nos queda escuchar de qué manera alguien como él, que permeó su género por medio siglo a base de baladas mórbidas y marginales, hace mutis del foro volviéndose a transformar.

Y esa transformación se escucha de forma tan impactante (vía la producción tecnológica) y conmovedora (vía la lírica rockera), con las palabras de otros hechas suyas, acercadas a su terreno, y con una voz en primer plano llena de la autoridad y verosimilitudes, que permite oír y saberla muy real y humana. Así cantó para despedise el Hombre de Negro.

VIDEO SUGERIDO: Johnny Cash – In My Life, YouTube (mawrazen)

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (1964)

 En 1964, Lyndon Johnson fue electo presidente de los Estados Unidos.

Martin Luther King fue designado Premio Nobel de la Paz.

Leonid Brezhnev sustituyó a Krushev como líder del Partido Comunista Soviético.

Se estrenaron las películas Yeah, Yeah, Yeah de Richard Lester y Doctor Insólito de Stanley Kubrick.

La Ola Inglesa llegó a las costas de América y cundió la beatlemanía. Los Beatles iniciaron su gira por la Unión Americana y colocaron dos número uno en las listas. El primero de ellos fue «I Want to Hold Your Hand».

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Tras el primer embate de la Invasión Británica a cargo de los Beatles, los Rolling Stones y Manfred Mann, entre otros, apareció una segunda ola encabezada por los Kinks, un grupo del norte de Londres liderado por el brillante compositor Ray Davies. Su tema «You Really Got Me», basado en los compases de «Louie Louie», alcanzó rápidamente la cima y mostró que esta agrupación había llegado para quedarse.

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Después de haber ganado un concurso de talentos, los Zombies, un grupo de Saint Albans, Inglaterra, fueron contratados por la compañía Decca. Su primer sencillo, «She’s Not There», tuvo un éxito relativo en la Gran Bretaña, pero vendió más de un millón de ejemplares en los Estados Unidos. Destacó de ellos su orquestación y el talentoso tecladista Rod Argent.

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Por la época en que The Animals comenzaron a grabar, estos oriundos de Newcastle habían ampliado su horizonte y estaban experimentando con versiones eléctricas de canciones folk estadounidenses y el blues.

Un tema incluido en el primer disco de Bob Dylan, «The House of the Rising Sun», fue retomado por ellos para su primer sencillo, que se convirtió al instante en número uno a ambos lados del Atlántico.

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 La beatlemanía y el resto de la ola inglesa prendieron en la Unión Americana aún con mayor fuerza que en la Gran Bretaña, hasta el punto que durante la primera mitad de 1964 los discos más vendidos eran todos de los Beatles y grupos afines, y por esta vía llegó la pasión por todo lo que fuera británico. Una nueva cultura se generó a través del mundo entero. El universo del rock otra vez estaba rebosante de salud y el horizonte se llenaba de promesas.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – NME – 1964 LIVE, YouTube (silvertwin7)

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PULSOR 4x4 (REMATE)

INSTANTÁNEAS DEL METRO

Por SERGIO MONSALVO C.

ÉRASE UNA VEZ EN EL D F (FOTO 1)

 (CRÓNICA)

 “ENCUENTRO FUGAZ”*

Se encontraron frente a frente, pero no echaron mano a sus fierros como queriendo pelear. No. Ambas se pararon en los extremos de la puerta del carro del metro que no tardaría en abrirse.

Primero vieron sus imágenes respectivas en el vidrio de la puerta. El espejo negro. Una acomodó la postura y el collar que se había ido de lado. Intentó una sonrisa ante sí de complacencia pero se contuvo. A cambio dio dos mascadas a su chicle para disimular la mueca.

La otra no hizo un solo movimiento. Quedó estática ante lo retratado por el cristal, quizá ni veía la figura, sólo el rápido paso de las paredes de aquel túnel.

Las dos voltearon al unísono y unos breves instantes les sirvieron a ambas para recortar el cuerpo entero que las confrontaba y para tratar de hacerse una idea, totalmente inútil, del mundo habitado por aquel ser.

Una: joven, con una apretada minifalda roja de piel, medias o pantimedias negras, botas Doc Martens  igualmente negras, blusa del mismo color de la que cuelgan infinidad de collares con distintos motivos y de materiales diversos; a ello lo acompaña un chaleco negro con hebilla en la espalda y grecas en el frente, de tonos rojizos.

Pelo castaño con elaborado crepé y un moño sujeto a ése. De las orejas le cuelgan un par de aretes largos, labrados por los artezánganos de algún mercadillo. Maquillaje recargado en párpados y pestañas dentro de la corriente gótica, con tenues sombras negras bajo los pómulos. La boca es definitivamente roja. Las muñecas lucen una calidoscópica colección de pulseras de fantasía de chispeantes colores.

La otra es muy joven también. Se encuentra bajo una blusa blanca abotonada hasta el cuello, un pequeño crucifijo cuelga del mismo. Un suéter azul marino abierto. Falda de azul marino más intenso y larga, larga. Unos zapatos toscos y negros acompañan el atuendo monjil.

No hay atisbo de maquillaje ni aretes. El pelo muy corto y peinado hacia atrás, quizá con algunas gotas de naranja. Una bolsa de plástico con dos asas, como de mandado, cuelga de una de sus manos. La mirada es velada, curiosa y huidiza. Las puertas abiertas repentinamente interrumpen la mutua contemplación. Salen del convoy y parten hacia rumbos diferentes.

*El presentado aquí es uno de los dos textos míos que se incluyeron en el libro antológico Érase una vez en el D.F. bajo el título de Instantáneas del Metro (el otro es “Una bolsa de París”)

 

 

“Instantáneas del Metro”

Sergio Monsalvo C.

ÉRASE UNA VEZ EN EL D. F.

Crónicas, testimonios, entrevistas

y relatos urbanos de fin de milenio

Carlos Martínez Rentería (compilador)

Tu ciudad/arte literario

Publicación del Comité Editorial

del Gobierno del D.F.

México, 1999

 

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MIS ROCKEROS MUERTOS

Por SERGIO MONSALVO C.

MIS ROCKEROS MUERTOS 2019 (FOTO 1)

 (ABRIL-SEPTIEMBRE 2019)

 Ubiquémonos primero. Estamos en 1958, en el tiempo en que Elvis tuvo que ingresar al ejército y faltaban cinco años para el primer hit de los Beatles. Los Estados Unidos eran acosados por estrellas pop higiénicamente limpias y aptas para toda la familia. Sin embargo, en la población surcaliforniana de Balboa se sacudía el Rendevouz Ballroom con el primer concierto del guitarrista Dick Dale.

El público estaba formado por los amigos con los que Dale salía a surfear todos los días. «¡Oye! –le dijeron al terminar la presentación–. Eres lo máximo, ¡el rey! ¡Eres el rey de la guitarra surf!» Le gustó el título y se lo quedó. Dos meses después ya atraía al lugar alrededor de 4 mil personas. Así nació el sonido surf.

El guitarrista en realidad se llamaba Richard Anthony Monsour. Llegó a California con un carácter huraño y gustos musicales nada comunes. Por su padre libanés-egipcio estaba muy familiarizado con la música del Oriente Próximo; debido a la influencia de su madre polaca tampoco desconocía la animada polka.

El músico argumentaba que la música era sexo. Y su guitarra, el rugido del puma y el murmullo del océano. El sonido de la naturaleza salvaje. Eso era lo que buscaban los jóvenes surfistas del sur de California, bronceados aficionados a tal naturaleza que buscaban el contacto con los elementos y su rugido sonoro. Su música era producida por en un alto volumen debido a que Dale buscaba emular el sonido del océano y lograr que «los oídos de la audiencia sangraran». Así lo hizo (favorecido en las últimas décadas por su inclusión en el soundtrack de Pulp Fiction) hasta que lo sorprendió la muerte el 16 de marzo del 2019, a la edad de 81 años de edad. Su legado continúa vivo.

VIDEO SUGERIDO: Miserlou – Dick Dale, YouTube (dreamcast1212)

Otra baja en el medio la significó su también contemporáneo Ray Sawyer, vocalista del grupo Dr. Hook & The Medicine Show. Reconocible rockero por su parche en el ojo (que había perdido tras un accidente automovilístico) y su destartalado sombrero de cowboy (ambas cosas le sirvieron de atuendo para emular al personaje de una película de John Wayne). Pero no sólo por eso. Siempre será recordado por su canto en la canción “The Cover of Rolling Stone”, el hit que encumbrara en 1972 a la banda y su humor mordaz.

MIS ROCKEROS MUERTOS 2019 (FOTO 2)

Sawyer nació igualmente en el año de 1937, en Alabama, adquirió tablas en el circuito rockero de la carretera. Se unió luego al grupo que lideraba el cantante Dennis Locorriere, Dr. Hook & The Medicine Show, con el que se volvió famoso por la mencionada canción además de otras como “Sylvia’s Mother”, “Only Sixteen”, «When You’re in Love with a Beatiful Woman” o “Sexy Eyes”. Desde los años ochenta se escindió del grupo y se enroló en el campo de la nostalgia bajo el nombre de Dr. Hook featuring Ray Sawyer, en el que se mantuvo hasta su deceso la madrugada del uno de enero del 2019, también a la edad de 81 años.

VIDEO SUGERIDO: Dr. Hook – The Cover of The Rolling Stone (and the Medicine Show: Live), YouTube (Eagle Rock)

MIS ROCKEROS MUERTOS 2019 (FOTO 3)

A mediados de 1966, Peter Tork (tras una temporada a la playa, antes de regresar a la universidad) fue llamado para comenzar a actuar en un proyecto televisivo nuevo para el que había hecho un casting. Era un show con propuestas fílmicas diferentes, avant-garde, para poner en la pantalla chica toda la nueva estética pop.

Tork había sido uno de los elegidos para integrar esa serie sobre un ficticio grupo de rock: The Monkees Show. La aparición de éste y del grupo en cuestión, el 12 de septiembre de 1966, resultó todo un fenómeno mediático que enriqueció los acervos de la cultura popular a perpetuidad.

Tork fue miembro de tal grupo (seleccionado de entre 400 aspirantes), que para finales de ese año ya contaba con dos éxitos musicales que con el tiempo se volverían clásicos: “Last Train to Clarksville” y, sobre todo, “I’m a Believer”, que cerró dicho maravilloso calendario como inconmensurable número uno.

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Lo de Keith Flint fue la imagen poderosa, ante todo. Ahí estuvieron sus piercings, su cuerpo tatuado, su pelo puntiagudo y teñido, sin embargo fue la mirada lo que más resaltó de él, tanto como su actuación escénica, apoyada por una voz estridente y plena de fuerza. Todos esos elementos convirtieron a Flint en el vocalista de Prodigy, uno de los grupos más admirados de la escena musical británica desde los años noventa.

En una rave party se conocieron Flint y Liam Howlett, intercambiaron materiales sonoros y de ahí surgió la idea de fundar un grupo, que adoptó el nombre de uno de sus sintetizadores favoritos. Con ello surgieron para una puesta en escena  del nihilismo autodestructivo, obsesionados en la búsqueda de una expresión original y auténtica a base de electrónica, techno y breakbeat hardcore, mezcla que fue su conducto transgresor. De esta manera Prodigy vendería 30 millones de discos a través de su historia. Una que pudo haber quedado truncada por el suicidio de Flint el 4 de marzo a los 49 años.

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Dr. John, quien antes de graduarse en medicina vudú fuera Malcolm “Mac” John Rebennack Jr., nació en 1940 en Nueva Orleáns con el sonido de la música como fondo omnipresente: barrelhouse, junkie blues, funky butt, gut bucket y todo el jazz. Así creció este buen galeno, de día y de noche por las calles y los subterráneos llenos de prostitutas, proxenetas, ladrones y adictos, asimilando y consumiendo lo que aquel ambiente le ofrecía. Luego prefirió emigrar a California para evitar a la policía, llevándose el corazón y alma de Nueva Orleáns consigo.

Resultó natural, por lo tanto, que su disco debut Gris Gris, grabado en Los Ángeles, con un productor y músicos también nativos de su puerto natal, sirviera para llevarnos a él y a nosotros, sus escuchas, de regreso a sus raíces, pero con el añadido en su realización de una fuerte carga psicodélica muy ad hoc con los tiempos aquellos.

En cierto sentido se trató de la historia condensada de sus raíces. A partir de ahí y su postrer regreso, se pudo encontrar algo exclusivo de aquella ciudad en cada una de las piezas de todos sus álbumes (zydeco, rhythm and blues, blues, medicine shows, ritos vudú y el Mardi Gras, entre otros elementos), aderezado por los alcaloides lisérgicos y opiáceos que le proporcionarían nuevas rutas –interiores éstas– a una música ya de por sí viajera.

La música de Nueva Orleáns, tan sencilla como realista, se desarrolló así como la interpretó Dr. John en forma natural y gozosa en esos discos que se han convertido en clásicos de todos los tiempos. Dr. John falleció el 6 de junio del 2019  y su obra se ha convertido en un documento importante, además de testimonial.

Otros rockeros desaparecidos en estos meses del año fueron: Daryl Dragan (de Captain and Tennille), Paul Steven Ripley (The Tractors), Eric Haydock (The Hollies), Lorna Doom (The Germs), Chris Wilson (Crown of Thorns), Reggie Young (músico sesionista), Pepe Smith (músico filipino), Phil Western  (Download), Mark Hollis (Talk Talk), Scott Walker (The Walker Brothers), Wowaka (músico japonés), Roky Erickson (13th. Floor Elevators), Dave Batholomew (compositor), D. A. Pennebaker (cineasta y documentalista rockero) Daniel Johnston (rockero, cantautor, artista plástico), Eddie Money (cantautor), Ric Ocasek (líder de The Cars), Robert Hunter (poeta, letrista de Grateful Dead).

A todos ellos, gracias.

VIDEO SUGERIDO: The Prodigy – Firestarter (Official Video), YouTube (The Prodigy)

 

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JIM MORRISON

Por SERGIO MONSALVO C.

JIM MORRISON (FOTO 1)

 LA INOCENCIA PERDIDA

En cierta crónica anónima de 1966 (en un periódico underground angelino), de una presentación de los Doors en el club Whisky A Go-Go, el autor esbozó en unas cuantas líneas la esencia de su puesta en escena musical y estética: “La iluminación del escenario es fría. El fondo musical funerario, sutil: la guitarra afinada como una sítara hindú; el órgano espasmódico y suave, la batería lanzando su advertencia de complicidad, y delante de todo ello un pálido, esbelto y drogado vocalista se contonea, colgado del micrófono esperando su momento”.

Y el momento era para definir intuitivamente caminos inexplorados por el rock, para rebatir los supuestos y las convenciones en las que había basado su etapa clásica: glorificación de la juventud, celebración de la energía, rechazo al tedio y a la educación formal.

Sí, Jim Morrison y los Doors le dieron un giro de ciento ochenta grados a esa forma de pensamiento, y todo ello quedó plasmado en su primer álbum, The Doors.

Éste fue el summum conceptual practicado hasta el cansancio en ensayos íntimos, de integración y conocimiento, así como en presentaciones en vivo forjadas a pulso en el fuego del ritual con el público; en experimentaciones con diferentes drogas y efluvios filosóficos provenientes lo mismo de Oriente que de Occidente.

La lírica de Morrison no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto no definía a la juventud sino que redefinía su YO constantemente, según lo dictaran sus razonamientos.

Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. En sus dos libros publicados en vida (The Lords and the New Creatures, de 1969 y An American Prayer, de1970), así como en los póstumos (Arden lointain, edition bilingüe, de 1988), Wilderness: The Lost Writings Of Jim Morrison, de1988, y The American Night: The Writings of Jim Morrison, de 1990) está bien plasmada la suya. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.

JIM MORRISON (FOTO 2)

La aspiración por la muerte era su credo: clímax de la experiencia humana, concreción de la creatividad en la apoteosis de la pureza instintiva. Por eso al cabo de su vida murió como Marat, y de esta manera se garantizó para sí mismo el Pantheon eterno.

Pero mientras eso le llegaba, Jim Morrison utilizó su intuición como criterio personal y subjetivo. El centro y límite de este universo basado en la intuición debía ser el YO y sólo el YO. Y tal universo era disímbolo: temible, antagónico, pero también gozoso. Un universo del pensamiento.

“Mi realidad es cierta porque pienso”, dijo Jim en alguna ocasión. Y sólo por esa frase se alejaba de las cimientes de la época: diversión, paz y amor. Eso lo volvió igualmente “raro” ante el mundo hippie y ante el mundo convencional.

VIDEO SUGERIDO: The Doors – The End (1967), YouTube (bezo1981)

El rock con él y los Doors ya no fue sólo diversión como antaño. Perdió su inocencia. Ya no había un rechazo al tedio producto de la falta de diversión constante, sino una argumentación al hartazgo de la existencia misma; una explicación a la pelea entre el pensamiento y el propio reflejo mundano. Intuición pura esgrimida con palabras justas, precisas, y lo más notable de todo, adecuadas a la lírica del rock.

Y para llegar a ese diestro manejo del lenguaje revirtió ese otro supuesto adjudicado al género: el odio hacia la educación formal. Tanto Morrison como cada uno de los integrantes del grupo contaba con una educación universitaria, con una cultura vasta, con conocimientos de la literatura, el cine, el teatro, la música (ragas hindús, jazz, de cabaret, clásica y del blues, por sobre todas ellas).

Los integrantes de los Doors nunca rechazaron lo que su condición social clasemediera les había otorgado, al contrario. Con esas herramientas retaron seriamente al ambiente de aquellos días. Resaltaron la desesperanza y le dieron legitimidad al rock y a su poesía, con una imaginería terrible y desoladora.

Dimensionaron al género con el yang de temas como “Break On Through”, “Light My Fire”, “End of the Night”, y de manera inconmensurable con “The End”, antes de que apareciera el yin del Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band de los Beatles.

El YO de los Doors –que fue el de Jim– se tornó en un gran concepto. “Conozco al mundo como a mí mismo, como sentimiento e instinto, como pensamiento y raciocinio”. Dicho más precisamente, conozco al mundo porque me conozco a mí mismo, y bajo la tutela de este sentimiento Morrison tenía visiones cósmicas, pero por medio de estas visones alcoholizadas, drogadas, no sólo expandió al rock sino que le dio trascendencia.

Jim mostró al mundo su formación académica (en poesía, cinematográfica, en sus teorías filosóficas y en sus catarsis; en su teatralidad; en el conocimiento chamánico y en la indiferencia; en el rito de la comunicación y en sus ideales inalcanzados) lo mismo que sus genitales. Y por ambas expresiones fue condenado.

Las imágenes de sexo y muerte contenidas en sus manifestaciones musicales  nunca fueron bien vistas por las fuerzas vivas: “I Tell You We Must Die…” (parafraseando a Weill); “Mother… I Want to Fuck You” (cantándole al Edipo errabundo y al freudiano). Todo contenido desde su primer álbum, The Doors, y hasta el último: L.A. Woman.

Así que de Jim Morrison se pueden decir muchas cosas, pero con la postrer convicción de jamás poder definir a un ser tan contradictorio como congruente como él. Un poeta, a final de cuentas.

VIDEO SUGERIDO: Jim Morrison Last Performance 1971, YouTube (MRMOJORISIN)

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GARAGE/44

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DISTINTOS CAMINOS

En el cedazo de los cientos de grupos formados en el comienzo de la primera década del siglo XXI destacan, en el rock de garage, los hipermodernistas Black Rebel Motorcycle Club del 2002.

Los humos de la psicodelia unidos al exuberante rock alternativo, son los elementos de la banda australiana de garage conocida como The Vines.

Los también australianos The Walkmen causan impresión con su aparición en el campo del post rock influenciado por el garage-rock.

The Warlocks, un nombre bastante recurrente en la historia del rock, aparece como referente de la corriente psicodélica en el nuevo siglo.

Nueva York, una vez más, aporta su cuota de calidad con el garage punk representado por la onomatopéyica banda de los Yeah Yeah Yeahs.

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La música de este grupo neoyorquino es una mezcla de estilos retro complementados con el fuerte apoyo de las guitarras punketas.

El fuerte guitarreo, los sonidos sintéticos y chillones, desvariados y la voz melancólica caracterizan el garage punk de esta banda líder.

El Indie rock, el rock alternativo, la psicodelia y el punk, adornan con sus salpicaduras de brocha gorda los nuevos caminos del garage.

VIDEO SUGERIDO: Black Tongue – Yeah Yeah Yeahs, YouTube (rjmora86)

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MIEDO AL SAX

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL SWING DEL REICH/ 5

A mediados de los años treinta se fundó el primer club de jazz o Hot Club alemán, más o menos al mismo tiempo que en Inglaterra y Francia surgieron asociaciones semejantes (el Rhythm-Club y el Hot Club de France, respectivamente, por ejemplo). No obstante, la situación y constitución políticas de aquellos países les permitió desarrollarse de manera muy diferente que en Alemania.

Como sea, el primer club de jazz alemán fue fundado en una época en que en los Estados Unidos, la cuna del jazz, ni se pensaba en hacer nada semejante.  Europa estuvo mucho más adelantada al principio en lo que a la «ciencia del jazz» se refiere.

El primer club de jazz alemán importante fue fundado en 1932 por el entusiasmado amigo del jazz Bob Kornfilt. Con la ayuda de un activo gerente de la casa Alberti, Adalbert Schalin, tuvo lugar la fundación formal. Schalin era asimismo editor de la revista Musik-Echo. El club se llamaba entonces Melodie-Club y fue el precursor legítimo del Hot-Club Berlin. Entre sus miembros había amantes del jazz con grandes colecciones de discos, así como varios expertos con un buen conocimiento del jazz para la época.

Fueron los primeros alemanes amantes del jazz que trataron de acercarse de manera más sistemática a la materia, para lo cual recurrieron a la bibliografía extranjera que entretanto había crecido bastante. Eran claves los libros de Robert Goffin (Au frontiéres de jazz) y de Hughes Panassié (Le jazz hot), así como las revistas inglesas Melody Maker y Rhythm.

Organizaban discadas en las que se escuchaban sistemáticamente conjuntos y solistas de jazz, para después analizarlos y debatir. Editaban boletines de información y programas que daban a conocer los sucesos más recientes en el medio del jazz, además de dar cabida a la mención de hechos culturales e interesantes de todo tipo, como por ejemplo buenas películas estadounidenses y libros de interés.

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También se reseñaban los lugares en Berlín en los que se estuvieran presentando grupos que valieran la pena y se hacían los primeros intentos por establecer un registro de los integrantes de los principales grupos de jazz y de swing así como una discografía. Al poco tiempo se estableció contacto con agrupaciones similares en el extranjero y tuvo inicio un activo intercambio de discos entre los diferentes países. De esta manera, los coleccionistas alemanes obtuvieron los discos no contenidos en la producción nacional de aquella época.

Al formarse y desarrollarse el primer club de jazz alemán no sólo se erigió un sólido bastión del jazz en Alemania sino también otro círculo de resistencia moral contra el «Tercer Reich», aunque no siempre existiera una conciencia clara de este hecho. Incluso había nazis interesados en el jazz o el swing. No obstante, la mayoría de los aficionados al jazz no veía con buenos ojos al régimen y se resistía a ser aislada del resto del mundo.

Por este motivo crearon sus círculos de amigos o «clubs» para entregarse, libres de toda coerción, a sus sueños con un mundo mejor y libre, unidos sólo por el fenómeno de la música cosmopolita del jazz. Entre los más importantes y activos miembros del antiguo Melodie-Club figuraban algunos fans del jazz de enorme entusiasmo que desde 1930, más o menos, habían empezado a coleccionar discos y a ampliar sus conocimientos sobre el jazz.

En primer lugar estaba Hans Blüthner, el posterior director del Hot-Club Berlin y un experto en el jazz, así como el «Swing-Doc» Dietrich Schulz (posteriormente Schulz-Köh), sin duda el más emprendedor de la primera generación de amigos del jazz, el cual ya había dirigido un Hot-Club antes en Königsberg.

Dietrich Schulz-Köhn, quien después de la guerra tendría varios programas de radio en la Alemania Federal bajo el sobrenombre de «Doktor Jazz», fue en aquellos años el único que se atrevía a defender el jazz en público. Poseía excelentes contactos con la industria disquera, aconsejándola en cuestiones de jazz y de swing. En el Melodie-Club los «arios» y los judíos se mezclaban tranquilamente sin preocuparse por la palabrería demagógica del partido.

En 1938, al empezar en serio la persecución racial, muchos amigos del grupo emigraron, entre ellos personas claves, como el posterior director del Hot-Club Buenos Aires, Heinz Auerbach, y el cofundador de la mundialmente conocida compañía disquera estadounidense especializada en jazz Blue Note (Nueva York), Francis Wolf.

El Melodie-Club formó el núcleo del posterior desarrollo del jazz en la Alemania de la posguerra, pues muchos personajes importantes del jazz alemán posterior a 1945 salieron de ahí y tuvieron alguna relación, como por ejemplo Olaf Hudtwalker, presidente de la Federación Alemana de Jazz (fundada en 1951).

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PETE SHELLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ADALID PUNK

 Para hablar de Pete Shelley se tiene que hablar necesariamente del punk británico, desde sus orígenes sociales míseros y crudos hasta la conscientización y sofisticación intelectual con respecto a su entorno. Los máximos exponentes de lo primero son obviamente los Sex Pistols, cuyos dudosos y espurios objetivos (convertirse en estrellas vía la trasgresión diseñada como Miley Cyrus, por ejemplo) tuvieron el efecto colateral y opuesto de  despertar las necesidades y los manifiestos estéticos de músicos más preparados como los de Clash o los Buzzcocks, por mencionar algunos.

Fue el líder de estos últimos, Pete Shelley, quien al escuchar de muy joven a los Pistols en una de sus presentaciones (en un pub en 1976) decidió participar en la escena punk desde la provinciana ciudad de Manchester. Dando con ello inicio a lo que a la postre se conocería como el origen del sonido que caracterizaría a dicha urbe.

La leyenda lo ubica como el organizador de un fracasado concierto de su grupo, The Buzzcocks, junto a sus ídolos londinenses (en el Lesser Free Trade Hall), pero cuya resonancia alcanzó niveles míticos. Tanto que la cinematografía quiso testimoniarlo en la película 24 Hour Party People (2002), del director Michael Winterbottom.

A partir de ahí, The Buzzcocks crecieron en importancia lo mismo que su mente maestra, guitarrista, voz y compositor (nacido como Peter Campbell McNeish, en 1955). El grupo fue fundado en aquel año de 1976 con Howard DeVoto (voz y guitarra), Steve Diggle (bajo) y John Maher (batería). El material de sus primeros discos se fundamentaba en las canciones escritas por Shelley durante sus años de estudiante universitario.

En su disco debut, Another Music in a Different Kitchen (1978) –un año antes habían editado un EP de nombre Spiral Scratch–, letras y música sonaron rústicas y tópicas, pero la experiencia sirvió para fijar el rumbo al que quería ir Shelley a partir de ahí. Puso en la palestra su bagaje académico y las canciones adquirieron nuevos y originales matices.

Para ellas el grupo creó una elaborada orquestación –atípica para los cartabones del punk primigenio– que incluía manejo de voces en los coros, influencias musicales del naciente rock alemán, además de una estética derivada  de la  New wave.

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Pero en lo lírico, pues, fue donde más se destacaron incorporando a su repertorio una temática de lo más alejada de las vías del género, gracias a la pluma de Shelley: cuestiones amorosas, de identidad sexual o de clase social. Curiosamente, el subgénero no trataba entonces sobre cuestiones sexuales, ni de relaciones de amor entre la juventud. Por lo mismo Shelley llenó un nicho con sus canciones donde sí hablaba todo aquello, y se hizo de muchos seguidores para el grupo.

En sus siguientes volúmenes el meollo se concentró a medio camino entre la autobiografía y el ensayo sociológico, tratados con levedad y melodiosamente.

Shelley se tomó a sí mismo como sujeto de lo contado para comprender por qué sucedió lo que sucedió con la clase obrera en aquellos setenta-ochenta; para hablar acerca del amor y las relaciones entre sus contemporáneos y para cuestionar ideologías sobre la orientación sexual (se declaró bisexual en aquel tiempo).

VIDEO SUGERIDO: The Buzzcocks Ever fallen in love, YouTube (calowet)

Él era producto de la clase proletaria (con un padre obrero de la minería y una madre molinera). En sus temas ahondó en muchos de los problemas de tal estrato (y que hoy puntualmente vuelven a ser significativos), como el sistema escolar convertido en máquina de reproducción de las desigualdades, la estigmatización de las diferencias sexuales, el destino de las mujeres en dicho ámbito y el auge de la extrema derecha.

“En aquellos años se nos dijo que ya no existían las clases sociales, que todo dependía de la responsabilidad individual. La jodida Thatcher llegó a declarar que los pobres lo éramos porque queríamos, por nuestra propia culpa. Mi familia y las de mis amigos eran entonces de filiación socialista, como casi toda la clase obrera inglesa y combatíamos al gobierno”, recordaba Shelley.

“Pero en treinta años ¿qué pasó en nuestra historia social y política para que las familias de aquella tradición comunista acabaran votando por el Brexit y por la extrema derecha? Es la clase de transhumancia ideológica, de traición,  que me llevó a largarme del país e irme al de mi segunda esposa: Estonia”, declaró el músico al inicio de la segunda década del siglo.

En cuanto a los Buzzcocks (nombre de sugerencias fálicas), éstos sufrieron el abandono de DeVito, pero Shelley los condujo con buen mano durante los siguientes años (dentro de los cauces del punk-pop) y tres discos de buena factura, entre los cuales se encuentra su magna obra Love Bites (1978) y sus sencillos “Even Fallen In Love” y “Love Is Lies”, que los llevaron a las listas de popularidad y al estrato de clásicos.

Sin embargo, Shelley agobiado por todo el trabajo de guiar al grupo y sufriendo de depresiones, decidió disolverlo al inicio de la siguiente década y lanzarse como solista, encaminado a canalizar su afición por el synth pop. No obstante la suerte no le sonrió con aquella decisión y no sucedió nada importante con él en esa época, aparte de pequeñas escaramuzas con la censura.  Así que en 1989 los Buzzcocks se volvieron a reunir.

Se descubrió que no habían perdido la chispa, todos se mantenían en forma y comenzaron a realizar nuevas producciones, a trabajar con cuidado en la selección de sus antologías, del material de sus discos en vivo y a llevar a cabo giras productivas, sin ser mastodónticas o masivas. Mantuvieron desde entonces un perfil discreto pero eficaz que les garantizó, sobre todo a Shelley, llevar a cabo su labor sin presiones.

De esta manera cobraron forma los siguientes siete discos lanzados a lo largo del siguiente cuarto de siglo, entre ellos el que los volvió a conjuntar: Trade Test Transmission (1993), All Set, Modern (con el que entraron al nuevo siglo) y el que lamentablemente fue el último The Way (del 2014), financiado bajo las condiciones del micromecenazgo de parte de sus seguidores. Por ahí también aparece un álbum creado en mancuerna con DeVoto (Buzzkunst).

Harto de la situación política y social de Inglaterra, Shelley que entretanto se había divorciado y vuelto a casar y tenido un hijo, optó por exiliarse en la ciudad de su nueva cónyuge, Tallin, capital de Estonia, desde el 2012. Ahí se mantuvo tranquilo y trabajando hasta su fallecimiento repentino, a causa de un paro cardiaco, el 6 de diciembre del 2018, a la edad de 63 años.

VIDEO SUGERIDO: Buzzcocks – “Promises” (Official Video) HD, YouTube (Alternative Nation)

Photo of BUZZCOCKS

 

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