JIM MORRISON

Por SERGIO MONSALVO C.

JIM MORRISON (FOTO 1)

 LA INOCENCIA PERDIDA

En cierta crónica anónima de 1966 (en un periódico underground angelino), de una presentación de los Doors en el club Whisky A Go-Go, el autor esbozó en unas cuantas líneas la esencia de su puesta en escena musical y estética: “La iluminación del escenario es fría. El fondo musical funerario, sutil: la guitarra afinada como una sítara hindú; el órgano espasmódico y suave, la batería lanzando su advertencia de complicidad, y delante de todo ello un pálido, esbelto y drogado vocalista se contonea, colgado del micrófono esperando su momento”.

Y el momento era para definir intuitivamente caminos inexplorados por el rock, para rebatir los supuestos y las convenciones en las que había basado su etapa clásica: glorificación de la juventud, celebración de la energía, rechazo al tedio y a la educación formal.

Sí, Jim Morrison y los Doors le dieron un giro de ciento ochenta grados a esa forma de pensamiento, y todo ello quedó plasmado en su primer álbum, The Doors.

Éste fue el summum conceptual practicado hasta el cansancio en ensayos íntimos, de integración y conocimiento, así como en presentaciones en vivo forjadas a pulso en el fuego del ritual con el público; en experimentaciones con diferentes drogas y efluvios filosóficos provenientes lo mismo de Oriente que de Occidente.

La lírica de Morrison no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto no definía a la juventud sino que redefinía su YO constantemente, según lo dictaran sus razonamientos.

Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. En sus dos libros publicados en vida (The Lords and the New Creatures, de 1969 y An American Prayer, de1970), así como en los póstumos (Arden lointain, edition bilingüe, de 1988), Wilderness: The Lost Writings Of Jim Morrison, de1988, y The American Night: The Writings of Jim Morrison, de 1990) está bien plasmada la suya. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.

JIM MORRISON (FOTO 2)

La aspiración por la muerte era su credo: clímax de la experiencia humana, concreción de la creatividad en la apoteosis de la pureza instintiva. Por eso al cabo de su vida murió como Marat, y de esta manera se garantizó para sí mismo el Pantheon eterno.

Pero mientras eso le llegaba, Jim Morrison utilizó su intuición como criterio personal y subjetivo. El centro y límite de este universo basado en la intuición debía ser el YO y sólo el YO. Y tal universo era disímbolo: temible, antagónico, pero también gozoso. Un universo del pensamiento.

“Mi realidad es cierta porque pienso”, dijo Jim en alguna ocasión. Y sólo por esa frase se alejaba de las cimientes de la época: diversión, paz y amor. Eso lo volvió igualmente “raro” ante el mundo hippie y ante el mundo convencional.

VIDEO SUGERIDO: The Doors – The End (1967), YouTube (bezo1981)

El rock con él y los Doors ya no fue sólo diversión como antaño. Perdió su inocencia. Ya no había un rechazo al tedio producto de la falta de diversión constante, sino una argumentación al hartazgo de la existencia misma; una explicación a la pelea entre el pensamiento y el propio reflejo mundano. Intuición pura esgrimida con palabras justas, precisas, y lo más notable de todo, adecuadas a la lírica del rock.

Y para llegar a ese diestro manejo del lenguaje revirtió ese otro supuesto adjudicado al género: el odio hacia la educación formal. Tanto Morrison como cada uno de los integrantes del grupo contaba con una educación universitaria, con una cultura vasta, con conocimientos de la literatura, el cine, el teatro, la música (ragas hindús, jazz, de cabaret, clásica y del blues, por sobre todas ellas).

Los integrantes de los Doors nunca rechazaron lo que su condición social clasemediera les había otorgado, al contrario. Con esas herramientas retaron seriamente al ambiente de aquellos días. Resaltaron la desesperanza y le dieron legitimidad al rock y a su poesía, con una imaginería terrible y desoladora.

Dimensionaron al género con el yang de temas como “Break On Through”, “Light My Fire”, “End of the Night”, y de manera inconmensurable con “The End”, antes de que apareciera el yin del Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band de los Beatles.

El YO de los Doors –que fue el de Jim– se tornó en un gran concepto. “Conozco al mundo como a mí mismo, como sentimiento e instinto, como pensamiento y raciocinio”. Dicho más precisamente, conozco al mundo porque me conozco a mí mismo, y bajo la tutela de este sentimiento Morrison tenía visiones cósmicas, pero por medio de estas visones alcoholizadas, drogadas, no sólo expandió al rock sino que le dio trascendencia.

Jim mostró al mundo su formación académica (en poesía, cinematográfica, en sus teorías filosóficas y en sus catarsis; en su teatralidad; en el conocimiento chamánico y en la indiferencia; en el rito de la comunicación y en sus ideales inalcanzados) lo mismo que sus genitales. Y por ambas expresiones fue condenado.

Las imágenes de sexo y muerte contenidas en sus manifestaciones musicales  nunca fueron bien vistas por las fuerzas vivas: “I Tell You We Must Die…” (parafraseando a Weill); “Mother… I Want to Fuck You” (cantándole al Edipo errabundo y al freudiano). Todo contenido desde su primer álbum, The Doors, y hasta el último: L.A. Woman.

Así que de Jim Morrison se pueden decir muchas cosas, pero con la postrer convicción de jamás poder definir a un ser tan contradictorio como congruente como él. Un poeta, a final de cuentas.

VIDEO SUGERIDO: Jim Morrison Last Performance 1971, YouTube (MRMOJORISIN)

JIM MORRISON (FOTO 3)

 

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THE DOORS

Por SERGIO MONSALVO C.

THE DOORS (EN MÉXICO) FOTO 1

 (EN MÉXICO Y CON PROFETA DE FONDO)

Los encuentros se dan en momentos insospechados, ¿verdad, Jim?  El primero que tuvimos fue en aquel salón escolar, entre clase y clase, rodeado de espíritus adolescentes –y en plena punzada– que admirados escuchaban sin pronunciar palabra aquel “Light My Fire” en el tocadiscos portátil de uno de ellos.  Siluetas de nuevas criaturas acogiendo los sueños húmedos de ángeles enfangados.

Luego, en ese tiempo de hitos y mitos.  La calle de Insurgentes en la ciudad de México. Noche de nerviosa espera por tu arribo con los Doors. Las palabras haciéndose fuertes: ellos tienen los rifles, pero nosotros tenemos el rock y tú la magia poética por terrible que sea.

(La lírica de Morrison con los Doors no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Eso era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto no definía a la juventud en años sino en emociones. Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.)

Avenida Insurgentes y el lugar. Ir y venir de voces, de paseos cortos, de risas. Afuera una congregación de oficiantes pránganas que sólo tenemos la oportunidad de un breve vistazo al lagarto ebrio, entre el auto que te trajo y la puerta de ese Fórum. La ceremonia comenzó y muchos nos quedamos ahí, en la calle, con los bolsillos vacíos, los oídos aguzados, la acera que se acurrucó a nuestros pies como un perro en busca de simpatía. Dentro estaban los otros.

Así lo leí al siguiente día en el periódico El Heraldo de México, en una crónica del denominado “Profeta de Celaya”.

Domingo 29 de junio, página 1D. Título: “La salud mental de los jóvenes mexicanos triunfó sobre la proyección sórdida y angustiosa de Morrison y The Doors” (Crédito: reportaje de Raúl Velasco)

“La juventud dorada de México acudió en pleno a rendir pleitesía al mito de The Doors. La imagen que se tenía de ellos a través de sus discos era maravillosa, pero se fue deteriorando conforme avanzó en su actuación, que finalizó con un aplauso tibio, desconcertado, de aquellos increíbles jóvenes mexicanos que estaban ahí, bebiendo limonadas, porque no necesitan de mayor estímulo para sentirse eufóricos.

“La noche fue de los jóvenes mexicanos (comenzaremos nuestra crónica conforme a los cánones periodísticos: por orden de importancia de los factores), que se volcaron materialmente en El Fórum. Nunca en la historia del espectáculo nocturno mexicano habíamos visto tantos chamacos juntos, vestidos a la moda, con cabelleras abundantes, pero limpias y bien peinadas, dispuestos a entregarse a sus ídolos musicales.

“Javier Castro no hizo negocio con la cantina, los meseros pasaban a nuestro lado con las charolas repletas de limonadas; si hubieran servido leche malteada también hubiera tenido gran demanda, porque sí (y lo decimos con gran satisfacción) ¡sí es cierto!, que todos estos jóvenes no necesitaban del alcohol para estar contentos. Su entusiasmo por la música era suficiente.

“Se erizaba la piel de ver tanta cara sonriente y de percibir la corriente de vitalidad que generaban todos esos chamacos cuyas edades fluctuaban entre los 15 y los 20 años. Mario Olmos presentó en primer término un espectáculo fotográfico con las transparencias sobre las actuaciones de The Doors, unas fotos increíbles que fueron disfrutadas por el público juvenil. Vimos miles de rostros jóvenes en la pantalla, cabelleras rubias, rostros negros, imágenes de niños. El mundo de los jóvenes se volcó en la pantalla con música de fondo de The Doors, pero en disco.

EL DESCENSO AL AVERNO

“¡Y llegó el momento esperado de la noche! Jim Morrison y The Doors estaban sobre el escenario (“cierren las puertas”, “apaguen las luces”, “sí, también ésa de la cocina”, se escuchó la voz de Mario Olmos y el sonido local). Algunas chamacas gritaron jubilosamente y el aplauso fuerte se hizo escuchar para dar la bienvenida al conjunto.

“Luces azules y rojas iluminaron tenuemente a Jim Morrison y los demás músicos desaparecieron como por encanto, en la obscuridad, dejando escuchar únicamente las voces de sus instrumentos a través de los potentes altoparlantes (48 bocinas, ni más ni menos). Morrison era una especie de pirata Barbarroja, mezclado con Fidel Castro Ruz y el jorobado de Nuestra Señora de París. Con imaginación hasta podríamos verle un parche en el ojo.

“En medio de los reflejos de las luces rojas y moradas se veían de repente al baterista y al guitarrista, también de aspecto siniestro y la cabellera rubia, de brillo increíble, resbalaba sobre la cara del organista, una cascada cuando él la agitaba graciosamente. Sin embargo, en sus movimientos había algo que nos recordaba al Monje Loco. Sería tal vez que se contraía, que se cimbraba con dolor, con angustia, al sacar la música del órgano.

Y MORRISON COMENZÓ A GEMIR

“Sí, Jim Morrison comenzó a gemir, a gritar, a adoptar la conducta de un esquizofrénico. Era evidente que estaba trastornado y que nos invitaba a su mundo de pesadillas. Sí, la música era estridente, pero no penetraba al sentimiento, sino que aturdía. Había desconcierto en la sala, porque el mito de The Doors estaba latente.

“Había algo que no gustaba, pero la gente, los jóvenes, no sabían qué era, no lo descifraban en ese momento, y los ánimos se iban enfriando. Se enfriaban conforme avanzaba la esquizofrenia de Morrison, quien cantaba para sí mismo, tambaleándose sobre el escenario, totalmente mareado, embriagado en su mundo sórdido de pesadillas. De repente adoptaba la figura de un contrahecho y escondía la mano en la manga de su camisa, paralizaba sus dedos y se jalaba las barbas como el ogro del cuento que acababa de devorar a su víctima y la paladeaba, lengüeteando los restos que quedan sobre sus bigotes.

EL LENGUAJE INTERNO

“Eso que la gente no sabía definir era el lenguaje interno, el verdadero, el que no permite deformación ni engaño, porque es el lenguaje del sentimiento y que tiene su expresión a través de ondas invisibles y también de objetos tangibles como la ropa, el peinado y la actitud externa, y Jim Morrison estaba hablando y hablando muy fuerte, muy ácido.

“Jim Morrison nos hablaba de angustia, de miedo, de evasión. ‘Todo es horrible… hay fantasmas, demonios… Vengan conmigo a los infiernos, sufran, retuerzan sus cuerpos y griten, ¡ayyy!, ¡uggggg!, ¡gaagggagag!”, recibíamos la onda de The Doors. Y la guitarra eléctrica vibraba y metía sus sonidos en los oídos aturdidos.

ESTABLECER DIFERENCIAS

“Vamos a diferenciar para que podamos ser mejor comprendidos, poniendo en la otra esquina a Eric Burdon y Los Animales. Eric irritó a los adultos, pero enloqueció a los jóvenes en el cine Metropolitan, porque su lenguaje interno es positivo. Él nos comunicaba muchas cosas vitales, nos decía que había que amar, que había que luchar para mejorar el mundo que nos gustaba, que teníamos que acabar con las prohibiciones, porque el hombre necesitaba ser libre. Ese mensaje tan hermoso llegó limpiamente, porque Burdon se presentó limpio en el escenario. Si mal no recuerdo, su camisa era blanca, su cara no tenía barba, y hubo un momento en que se quedó con el torso desnudo, como mayor estampa de pureza.

“En cambio, Jim Morrison apareció con camisa roja y círculos blancos, con barba cerrada, melena abundante y sucia y nunca miró a su alrededor. Cuando se retiró se tropezó con el pedestal del micrófono, lo derribó y salió huyendo en señal de desprecio a quienes lo rodeábamos. Un artista que desprecia a sus semejantes no puede generar amor, ni admiración, sino eso mismo: desprecio.

“Pero la fuerza positiva de los cientos de jóvenes que anteanoche fueron al Fórum fue superior a la negativa generada por Morrison y la noche fue para ellos, porque demostraron que siendo jóvenes tienen madurez y capacidad de juicio y no son presas fáciles de influencias negativas.

“El éxito es también para el empresario Javier Castro, por traer a México espectáculos como éste. Porque el hecho de que no nos haya gustado no quiere decir que estemos en contra de que se vea, sino todo lo contrario. Los jóvenes necesitan ver todo para que puedan diferenciar. Ya demostraron su capacidad de juicio al no entregarse (hubo aplausos, pero no hubo entrega, aclaramos) al mundo de pesadilla de Mr. Morrison y se irán volviendo más exigentes y de gusto más refinado conforme vayan confrontando a los músicos del mundo que solamente habíamos escuchado en discos”.

Pues sí, tal como lo leen. Así escribió El Profeta aquel año de 1968, aunque ustedes no lo crean.

 

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68 rpm/65

Por SERGIO MONSALVO C.

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En cierta crónica anónima de 1966, de una presentación de los Doors en el club Whisky A Go-Go (en un periódico underground angelino) el autor esbozó en unas cuantas líneas la esencia de la puesta en escena musical y estética de este nuevo grupo: “La iluminación del escenario es fría. El fondo musical funerario, sutil: la guitarra afinada como un sitar hindú; el órgano espasmódico, suave e inquietante, la batería lanzando su advertencia de complicidad ante lo que vendrá; y delante de todo ello un pálido, esbelto, drogado o alcoholizado vocalista se contonea, colgado del micrófono esperando su momento”.

Y el momento era para definir intuitivamente caminos inexplorados por el rock, para rebatir los supuestos tópicos y las convenciones en las que el género había basado su etapa clásica: la glorificación de la juventud, la celebración de la energía, el rechazo al tedio y a la educación formal.

Sí, Jim Morrison y los Doors le dieron un giro de ciento ochenta grados a esa forma de pensamiento, y todo ello quedó plasmado desde su muy celebrado primer álbum homónimo, pasando por Strange Days –una secuela del anterior, hasta el tercero recién publicado y de alguna manera diferente por la apertura sonora que expresaron en él: Waiting for the Sun.

Este tríptico fue el summum conceptual de aquellos primeros años de existencia, practicado hasta el cansancio en ensayos íntimos, de integración y conocimiento, así como en las presentaciones en vivo forjadas a pulso en el fuego y el hierro del ritual con el público y bajo el ojo vigilante de las fuerzas vivas, en experimentaciones con diferentes drogas, alcoholes, puestas en escena y efluvios filosóficos provenientes lo mismo de Oriente que de Occidente.

68 RPM 65 (FOTO 2)

WAITING FOR THE SUN

THE DOORS

(Elektra Records)

La lírica de Morrison no hacía la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Eso hubiera sido demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto no definía a la juventud sino que redefinía su YO constantemente, según lo dictaran sus razonamientos inspirados en el conocimiento.

Por eso la poesía de este rockero, de la que se nutría la música del grupo, ya no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.

La aspiración por la muerte era su credo: clímax de la experiencia humana, concreción de la creatividad en la apoteosis de la pureza instintiva. Por eso al cabo de su vida murió como Marat y de esta manera se garantizó para sí mismo el Pantheon eterno.

Pero mientras eso le llegaba, Jim Morrison utilizó su intuición como criterio personal y subjetivo. El centro y límite de este universo basado en la intuición debía ser el YO y sólo el YO. Y tal universo era disímbolo: temible, antagónico, pero también gozoso.

Un universo del pensamiento: “Mi realidad es cierta porque pienso”, dijo en alguna ocasión. Y sólo por esa frase se alejaba de las cimientes de la época: diversión, paz y amor. Eso lo volvió igualmente “raro” para el mundo hippie como ante el mundo convencional.

El rock con él y los Doors ya no fue sólo diversión, como antaño. Perdió su inocencia. Ya no había un rechazo al tedio producto de la falta de diversión constante, sino una argumentación al hartazgo de la existencia misma; una explicación a la pelea entre el pensamiento y el propio reflejo mundano.

Intuición pura esgrimida con palabras justas, precisas y, lo más notable de todo, adecuadas a la lírica del rock. Waiting for the Sun mostró todo eso con otras notas que en su debut, con unas que esgrimían su rico bagaje.

Tanto Morrison como cada uno de los integrantes del grupo contaba con una educación universitaria, con una cultura vasta, con conocimientos de la literatura, el cine, el teatro, la música (ragas hindús, jazz, de cabaret, clásica y del blues por sobre todas ellas).

Con esas herramientas retaron seriamente al ambiente de aquellos días. Resaltaron la desesperanza y le dieron legitimidad al rock y a su poesía con una imaginería terrible y desoladora (“Summer’s Almost Gone”, fue la cereza de este pastel).

En este disco redimensionaron al género con la oscuridad de temas como “Not to Touch the Earth”, “My Wild Love”, “Yes, the River Knows” y de manera inconmensurable con “Five to One” o “The Unknown Soldier” (tema del que incluso hicieron el video). El sonido dejó de ser tan duro (hubo cuerdas, piano, voces a capella y hasta una guitarra acústica en “Spanish Caravan”), pero ganó en profundidad y emociones.

El YO de los Doors –que fue el de Jim– se tornó un gran concepto. “Conozco al mundo como a mí mismo, como sentimiento e instinto, como pensamiento y raciocinio”. Dicho más precisamente, conozco al mundo porque me conozco a mí mismo, y bajo la tutela de este sentimiento Morrison tuvo visiones.

Por medio de ellas no sólo expandió al rock (en sus catarsis, en su teatralidad, en el conocimiento, en la indiferencia, en el rito de la comunicación, en sus imágenes de sexo y muerte y en sus ideales inalcanzados) sino que también le dio trascendencia.

Tras la aparición de este disco, de Jim Morrison se pudieron decir muchas cosas (a favor o en contra), pero con la postrera convicción de jamás poder definir a este ser tan contradictorio como congruente. Un poeta, a final de cuentas.

68 RPM 65 (FOTO 3)

Personal: Jim Morrison, voz; Ray Manzarek, teclados; Robbie Krieger, guitarras y coros; John Densmore, batería y coros. Portada: Fotografía Paul Ferrara; diseño de William S. Harvey.

VIDEO SUGERIDO: The Doors – Five to One, YouTube (Ama Lia)

Graffiti: “Sean realistas, exijan lo imposible

JIM EN PÈRE LACHAISE

Por SERGIO MONSALVO C.

PERE LACHAISE (FOTO 1)

Y LA MUERTE NO LE DIO FIN

(I)

Los encuentros se dan en momentos insospechados, ¿verdad, Jim?  El primero fue en aquel salón escolar, entre clase y clase, rodeado de espíritus adolescentes –y en plena punzada– que admirados escuchaban sin pronunciar palabra aquel “Light My Fire” en el tocadiscos portátil de uno de ellos.  Siluetas de nuevas criaturas acogiendo los sueños húmedos de ángeles enfangados.

Luego, en ese tiempo de hitos y mitos. La calle de Insurgentes en la Ciudad de México. Noche de nerviosa espera por tu arribo con los Doors. Las palabras haciéndose fuertes: ellos tienen los rifles, pero nosotros tenemos el rock.  Ir y venir de voces, de paseos cortos, de risas. Congregación de oficiantes pránganas que sólo tienen la oportunidad de un breve vistazo al lagarto ebrio, entre el coche que te trajo y la puerta de ese Fórum. La ceremonia comenzó y nos quedamos ahí, en la calle, con los bolsillos vacíos, los oídos aguzados, la acera que se acurrucó a nuestros pies como un perro en busca de simpatía, con la magia.

Y ahora aquí, en Père Lachaise, París, donde la leyenda dice que reposas. Ella y yo penetramos en el camposanto donde las criaturas se encuentran con los viajeros hacia la eternidad.  Los signos (graffiti) en las lápidas conducen sin tropiezos: Morrison Hotel →.Y caminamos por los terriblemente bellos y sugerentes pasillos de este cementerio fresco y quieto que alberga a otros huéspedes ilustres: Colette, Marcel Proust, Oscar Wilde, muchos más que murmuran a nuestro paso. En una parte del sendero coincidimos con los discípulos de Allan Kardec que sombríos rodean su cripta misteriosa.

Los avisos no se equivocan y por fin desembocamos al espacio que te corresponde.  Los símbolos y las citas de las lápidas alrededor testifican el fluir constante de peregrinos que vigilan tus sueños de poeta. Unos interpretan música, depositan flores, otros beben vino, algunos dejan sus mensajes en una botella. Yo quiero hacerlo en la piedra. Nada como las largas frases de las tumbas circundantes. Algo breve, como la fugacidad de tu existencia: “Lo hizo todo, incluso renunciar a la resurrección”.

PERE LACHAISE (FOTO2)

(II)

La tumba de Jim Morrison en el cementerio Père Lachaise de París es lugar de peregri­nación. Comienza con la llegada a las puertas del inmueble, donde el guardia con un solo vistazo al visitante descubre el objetivo de su presencia. Le vende un mapa, EL MAPA, para lle­gar a ella. Está escondida, oculta entre otras de mayor ta­maño, pero aun sin tal orientación se pueden seguir las seña­les dejadas por peregrinos anteriores. Exvotos y milagrería que habla de religiosidad, de iluminaciones individuales.

Tal guía mística señala de esta manera los perfiles del poeta, del histrión rocanrolero. Sus inclinaciones por el blu­es —un personaje mítico no puede desligarse de sus raíces—: la mención del “Backdoor Man” en la piedra inmortal. Las afi­nidades selectivas, el teatro cabaretil alemán: Kurt Weil y la anunciación oportuna: “I Tell You, We Must Die…”

La epístola de la reunión de los apóstoles: Ray Manzarek, Robbie Krieger y John Densmore. El encendido del fuego en la eclosión: “Light My Fire”. El desfile sublime, un Soft Parade del exceso y el desborde de la vida; un aviso de renta de cu­artos en el Morrison Hotel, anotado en la mismísima lápida de Oscar Wilde. La devota L.A Woman que ha llorado en la tumba.

Uno tras otro los signos para ser descifrados por el iniciado. Hasta llegar al lugar y descubrir a otros feligreses en ritos particulares, en ceremonias colectivas. Ése que lee, lee versos de An American Prayer, aquel que interpreta en la guitarra “Roadhouse Blues”: “I woke up this morning and I got myself for beer…”. La poesía y el canto, la vida y la muerte. Un mito contemporáneo en plenitud de desarrollo.

PERE LACHAISE (FOTO 3)

(III)

Su admiradora más talentosa, Patti Smith, realizó también un peregrinaje a esta tumba parisina en Père Lachaise. Pegó la foto Polaroid que tomó en uno de sus famosos cuadernos y escribió ahí mismo una sentencia aduladora: “Mira esta tumba. (¡Qué monumento tan visitado!) ¿Por qué los estadounidenses no honramos así a nuestros poetas? Mi mente se movió antes que mi boca. Finalizó el sueño. La piedra se desintegró y él se alejó volando. Limpié las plumas de mi impermeable y contesté a esa pregunta: ¿Por qué no miramos atrás?”.

*Textos escritos para las publicaciones El Nacional, Ovaciones y La Mosca, entre los años 1990 y 2000 (S.M.C.).

 

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RUBÁIYAT

Por SERGIO MONSALVO C.

RUBAIYAT FOTO 1

 LA REFERENCIA PERSA

La milenaria cultura persa contribuyó de manera importante al desarrollo de la civilización en general. Además de sus señaladas cuotas a la agricultura, el comercio y la urbanización, los persas crearon el concepto de arte imperial desde la llegada al poder de Ciro II, allá por el año 559 a. de C.

Dicha manifestación fue expansiva, incluyente y organizada. Toda expresión cultural, emanada tanto de lo propio como de los territorios que fue conquistando dicho imperio (que abarcó lo que hoy conocemos como Irán, Paquistán, Afganistán, Uzbekistán, Turquía, Rusia, Chipre, Siria, Líbano, Israel, Palestina y parte de Grecia y Egipto), fue absorbida para estructurar una cultura común dirigida por los sucesivos gobernantes del mismo.

Tal característica inclusiva sirvió para fomentar una cosmovisión que reflejaba la esencia de la vida en todo el territorio. Esta capacidad para mezclar tradiciones, creencias y relatos locales de tan vasto conglomerado sirvió sobremanera para cohesionar a todas aquellas etnias y proporcionar unidad y poderío al imperio persa.

Uno de los ejemplos más sobresalientes emanados de tal experiencia cultural fue la vida y obra de Omar Jayam, personaje que nació en Jorasán –actual Irán— quien cultivó entre diversas materias las matemáticas, la astronomía y la poesía. Fue un sabio en toda la extensión de la palabra, que con sus estudios y observaciones dio lustre a la cultura mencionada.

A pesar de sus varios logros en las ciencias naturales (sus tratados sobre álgebra aún son consultados al igual que sus observaciones y reformas para el calendario astronómico persa), su nombre estará asociado definitivamente al arte de las letras, sobre todo. Dentro de este campo escribió una obra que hoy se incluye en los cánones de la literatura universal, y a la que su biógrafo y traductor británico, Edward Fitzgerald, al reunirla le dio el título de Rubaiyat, una colección de sus poemas (un millar de ellos).

Rubaiyat en persa significa “cuartetos” o “cuartetas”, que es la forma en que Jayam estructuró los suyos. En este modelo poético el primer verso rima con el segundo y el último, mientras el tercero permanece libre. Tal estilo “es el más poderoso de la poesía cuando la compone un verdadero poeta”, según los entendidos (el portugués Fernando Pessoa y el armenio Jeghishe Charants, hicieron sus propios Rubaiyats).

Su repertorio temático es variado y abarca desde el disfrute del vino, el amor y el erotismo, hasta la crítica a las instituciones (religiosas incluidas). Es decir, hablan del acontecer humano y el de la naturaleza, con todas sus vicisitudes.

El acercamiento a tal concepto (el gozo por la vida y la tolerancia en contraposición al nihilismo y a los prejuicios) es lo que quisieron dejar asentado los hacedores de una compilación conmemorativa de los 40 años de la compañía discográfica Elektra Records, Bob Krasnow y Lenny Kaye, dos de esos tipos que están en las antípodas del perfil de los dirigentes de dicha industria (ignaros, pueriles, buhoneros y malandrines).

Ambos cuentan con un amplio bagaje cultural para corroborarlo (Kaye, por ejemplo, productor y miembro activo de la banda de Patti Smith, así como antologador también del legendario Nuggets –la biblia del rock de garage–, tuvo bajo su cuidado las notas del ilustrativo booklet del álbum).

La premisa para elaborar el álbum compilatorio, denominado Rubáiyat (por los motivos citados), fue de lo más sencillo: explorar el catálogo del antiguo repertorio de la compañía desde su fundación (así como de subsellos como Asylum y Nonesuch) y ponerlo a disposición de sus artistas (de ese momento) para que hicieran sus propias interpretaciones con ese material histórico.

RUBAIYAT FOTO 2

Entre otras muestras del cuádruple vinil y doble CD están las siguientes: Billy Bragg con “Seven & Seven Is” de Love; Gypsy Kings y “Hotel California” de Eagles; Pixies con “Born in Chicago” de la Paul Butterfield Blues Band; Faster Pussycat y “You’re So Vain” de Carly Simon; Kronos Quartet con “Marquee Moon” de Television o The Big F y “Kick Out The Jams” de MC5, por mencionar algunas.

En fin, el Rubáiyat de la Elektra, como la inclusión en la cultura persa trata acerca de congregar, de unir, las diferentes poéticas musicales que la han conformado. Porque para este proyecto, sus hacedores, al igual que concebía Gilles Deleuze, los artistas son interconectores de ideas en diferentes campos, forman parte de un coro, que conforma ese fresco llamado cultura humana.

En el trayecto del work in progress todos aprenden de todos y saben hacia dónde se dirigen. Aquél lanzó una idea, por ejemplo los Doors, y The Cure la va afinando durante el proceso. Una suma de los conocimientos específicos que han ido conformando a cada uno de los grupos. En eso consistió el método para este proyecto: imaginación. Para que la magia, completamente inexistente al principio, aflore con una nueva versión.

“Según cuenta Robert Smith, cantante y compositor de The Cure, en el cuadernillo inserto en su propio compilatorio  Join The Dots, el grupo grabó tres versiones del tema “Hello, I Love You” de los Doors en una sola noche en el estudio The Live House de Launceston (Corwall). Mirando el catálogo de Elektra decidió interpretar el tema de The Doors. Hicieron tres versiones: una ‘versión rara’, una ‘versión estricta’ y una ‘versión loca’. La llamada ‘versión loca’ –“Hello, I Love You (Slight Return)”–, que dura apenas 10 segundos, fue la única que originalmente enviaron a Elektra para el Rubáiyát, aunque luego la ‘versión estricta’ sería la que se incluyera en el álbum recopilatorio. La ‘versión rara’ se encuentra en Join The Dots”.

Desde los persas la cultura se ha erigido así, aglutinando los conocimientos de todos, desde un cincel sobre la piedra hasta la inteligencia artificial. En toda materia eso se llama evolución. El Rubaiyat de Elektra es un gran ejemplo en lo musical.

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