LA POÉTICA DEL NOMBRE (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

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“ANNA”

Arthur Alexander fue ejemplo de individuos solitarios, compositores sensibles, pero sin esperanza. Reflejaba el carácter particular del artista natural pero contenido y despreciado por un ambiente espeso, hundido en medio de una población provinciana, rural, con fenómenos sociales añejos, acendrados y quizá insolubles, como el aislamiento (y sus consecuencias culturales), la discriminación racial y de clase, el conservadurismo que permeaba cualquier forma de desarrollo colectivo y, por supuesto, la pobreza.

Alexander nació en un medio infame, en Florence, Alabama, en mayo de 1940. Un estado en el que los negros sólo podían aspirar a ser pobres, ligeramente por encima de la indigencia. Así creció Arthur como hijo de un músico y cantante de blues y góspel, que no quería lo mismo para su vástago. Pero el joven se empapó con aquella música que hacía su padre y con la que escuchaba en la radio (hillbilly y country). Sin estudios, tuvo que ganarse la vida en trabajillos diversos por las mañanas y cantando en bares durante las noches.

De esta manera se encontró un día con Rick Hall, un joven productor independiente que acababa de montar un estudio de grabación (FAME) en un viejo almacén de tabaco en la cercana localidad de Muscle Shoals. Alexander le confesó que tenía algunas canciones y Hall le pidió que le cantara algunas de ellas. Fueron al bar del hotel, Hall les dio una propina a los músicos de la casa para que acompañaran a Alexander. Cuando éste terminó de cantar “Anna” El productor se quedó callado para luego afirmar: “Tenemos un éxito”.

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Ahí, en el corazón de Muscle Shouls se acababa de inventar el country soul, el soul sureño. “Anna” fue una de las primeras grandes baladas soul, incluso está más cerca de un tiempo-medio que una balada lenta. Al igual que varias de las canciones de Alexander, llegaría a ser más famosa en versiones  hechas por otros artistas que en su propia interpretación original. Aunque en realidad tuvo cierto éxito cuando se publicó por primera vez en 1962, llegando al lugar 68 en las listas pop y en el 10 en las de R&B.

La derrama artística de Arthur Alexander, sin embargo, va más allá de las versiones que grandes estrellas hicieron de sus canciones, su legado se muestra en la influencia que tuvo en esos grupos y cantantes y en la propia historia del soul sureño. Su estilo era cálido y acogedor. “Sus canciones parece que te arropan como una manta suave durante una noche fría”, dijo alguien sobre él.

Con el uso de esta materia prima, el rock británico aprovechó la oportunidad  para su propia fundamentación. Integró su versión de ambas músicas con base en los conceptos particulares sobre ellas y su cotidianeidad. No habría rock en la Gran Bretaña sin la música negra.

Y esa deuda sus adalides la han pagado con divisas ontológicas en forma de referencias, citas y mágicos cóvers. Históricos, la mayoría de las veces. Que exponen sus raíces, sus emocionados descubrimientos y apegados acercamientos estilísticos para luego encarar su propio desarrollo.

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Los Beatles, lo hicieron con esa pieza. “Anna” era uno de los temas favoritos de John Lennon, de tal manera que formaba parte del repertorio regular de sus actuaciones de fogueo tanto en Hamburgo como en Liverpool. Como consecuencia estaba pulida en el estilo beatle y por ello fue grabada e incluida en su álbum debut, Please Please Me.

 La pieza escrita e interpretada originalmente por Arthur Alexander había sido lanzada como single en septiembre de 1962. La versión realizada por el Cuarteto de Liverpool fue grabada en febrero del siguiente año, casi enseguida. Resaltó su valor como un excelente y auténtico cóver. Uno que evidenció con su revisitación el cambio de época.

“Los Beatles estábamos buscando nuestro sonido y ahí apareció el rhythm and blues lleno de soul. Eso es lo que solíamos escuchar entonces y es lo que queríamos hacer. Estábamos fascinados por esa música negra y para nosotros la cima de todo aquello fue Arthur Alexander”, confesó Paul McCartney.

George Harrison se encargó del riff, Ringo lo hizo con un fuerte beat y John Lennon llevó la voz cantante en ella (le añadió un dolor tortuoso que no está en el tema original). El crítico musical Ian MacDonald dijo, a su vez, que sonaba como “un joven apasionado intentando dominar con su voz una canción de hombre”.

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Arthur Alexander, el creador de la canción (en la que volcó todas sus influencias), se convirtió en el primer cantante de Alabama en entrar en las listas de éxitos y en un cantautor prestigioso que escanciaría su talento en un sinnúmero de piezas memorables.

Tanto que pocos meses después los Beatles harían su versión, como ya se vio, y con el paso del tiempo infinidad de intérpretes. Entre ellos destaca la que hizo Roger McGuinn (nacido en Chicago como James Joseph McGuinn III el 13 de julio de 1942, y conocido a la postre como Roger McGuinn) para el tributo que el sello Razor & The Music antologó con material del compositor.

McGuinn era un músico de folk formado en su ciudad natal, que antes de intentar una carrera por su propia cuenta interpretaba canciones de los Beatles en los cafés neoyorquinos del Greenwich Village. 

Inspirándose en George Harrison por su innovación en el tema “A Hard Day’s Night”, McGuinn decidió entrar al mundo del rock con una guitarra eléctrica de 12 cuerdas. Y lo hizo con The Byrds, los cuales inauguraron una nueva corriente rockera, el folk-rock, y se constituyeron en una incomparable agrupación que denotaba la influencia evidente de Bob Dylan, el estilo de los Beatles, el country and western y el rhythm and blues, con lo cual originaron lo que se denominaría el nuevo rock estadounidense.

Con la resonancia de la Rickenbancker de 12 cuerdas de McGuinn, también cantante principal, y una compleja armonía instrumental y vocal los Byrds marcaron un nuevo sonido y se dieron a conocer al mundo. La belleza de cuerdas y canto está presente en la versión de “Anna”, el tributo que McGuinn le brindó a Artur Alexander.

VIDEO SUGERIDO: Anna (Go To Him), YouTube (Te Beatles)

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ARTE-FACTO: REVOLVER (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DISPARO AL INFINITO (II)

 Revolver, pues, fue un disco rizomático. Independientemente de las experimentaciones místico-instrumentales, las hubo en igual medida con las psicotrópicas, musicales, tecnológicas y estéticas. La psicodelia había iniciado su andar a principios de ese año (1966, el 3 de enero, con el acid test que llevó a cabo Ken Kesey en el auditorio Fillmore de San Francisco). Durante la gira que hicieron por California, los Beatles se empaparon de la gestación del movimiento hippie y de la contracultura, de la que el LSD formaba parte.

El contacto con éste por parte del cuarteto, propiciado por el odontólogo de Harrison, John Rilley, quien se los dio a probar con el café durante una cena en su casa (y al que “homenajearon” con el tema “Doctor Robert”), fue el causante de la creación de canciones y letras de las mismas, inspiradas por las exploraciones de los músicos con el ácido.

Están: “I’m Only Sleeping”, “She Said She Said”, “And You Bird Can Sing”, por parte de John Lennon, cuyo tema “Tomorrow Never Knows” es quizá el mejor modelo en tal corriente y que tiene como vaso comunicante la lectura del libro The Psychedelic Experience, de Timothy Leary, un manual basado en el Libro Tibetano de los Muertos.

A su vez, Harrison, con la ya mencionada “Love to You”, pero también con la pieza anti-sistema “Taxman”, que abre el disco y “I Want to tell You” (un enfrascamiento con el lenguaje), y Paul McCartney en el lado melódico y atenuado con “Here, There and Everywhere”, “Good Day Sunshine”, “For No One”, “Yellow Submarine” (con la voz de Ringo Starr) y con “Got to Get You Into My Life”.

Sin embargo, la cereza de tamaño pastel cultural,  fue “Eleanor Rigby”. Este tema (cuyo antecedente musical fue “Yesterday”), del mismo McCartney, se significó en un aparte por dos aportaciones fundamentales para el género. Primero por encumbrar a una de sus más altas cimas al pop barroco (con tan sólo un lustro de existencia); y por hacer evidente que el rock había rebasado otra frontera, mostrando a plenitud su desarrollo como un organismo vivo de cultura en expansión, hacia todos lados.

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Los usos de esta música en el disco son una prueba fehaciente de ello. El grupo, en plena explosión creativa utilizó, remodeló e innovó al género en varias de sus formas: el hard rock, el folk-rock, la balada amorosa, el pop de vaudeville, el rock psicodélico, el retro-pop, el rock sinfónico y el ya mencionado pop barroco. Los estilos se convirtieron en arcilla para este séptimo álbum beatle, en el que el rock pasó a un nivel superior en todos sus aspectos: en la forma de concebir la música, en la manera de grabarlo, en la forma de escucharlo.

Ello se debió a la madurez que habían adquirido como entes creativos y que como tales exigieron un trato diferente a la compañía EMI. Y lo primero de todo fue la libertad artística para realizar su obra, a lo que la empresa no pudo negarse dados los resultados. Se acabarían las giras y las presentaciones en vivo y tendrían más tiempo para grabar. El productor sería George Martin, quien los había acompañado hasta entonces, pero ahora como realizador independiente y tendrían los mejores estudios a su disposición, no como una oficina, sino como un instrumento más.

Martin fue el elemento ecualizador en la ebullición artística beatle. Puso a su disposición su refinamiento, su experiencia en diversos géneros, su conocimiento de la música, su oído, su visión, su capacidad y su genio al mando de los controles de grabación. Los Beatles lo retaron a la experimentación y él recogió el guante para hacer historia.

En la hechura de Revolver se emplearon 300 horas para grabar los apenas 35 minutos que dura el disco (el triple de lo que usaron para hacer Rubber Soul). Algo inusitado en dicha época. Como inusitado fue el resultado. Usaron las más altas tecnologías que había por entonces y al quedarles cortas inventaron  nuevas. Hicieron de la palabra distinto algo concreto y de las palabras de sus canciones objetos de estudio. Las portadas de los discos fueron importantes para expresar el contenido (ésta  a cargo de Klaus Voorman) y se facturó una obra maestra que reunió el talento de todos en un momento único.

 

 VIDEO SUGERIDO: The Beatles – Tomorrow Never Knows (Subtitulada Español) HD, YouTube (TheUniversomerodea)

 

 

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ARTE-FACTO: REVOLVER (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DISPARO AL INFINITO (I)

 En el mítico canon del rock, el álbum Revolver de los Beatles ocupa un sitio incólume entre los diez primeros lugares. Desde el momento de su lanzamiento (agosto de 1966) hasta hoy (54 años después) se erigió de facto en una de sus obras maestras (y clásicas a la postre), por más de una razón. Marcó un antes y un después musical, el rock elevó sus pretensiones genéricas, significó un cambio de era y mostró una vía de desarrollo no sólo artística sino también humana.

En el arte lo importante no es ofrecer respuestas sino brindar preguntas, crear cuestionamientos, y entre más, mejor. Con el disco Revolver, el Cuarteto de Liverpool lo hizo a granel. “¿Y, en estas canciones, dónde está el rock?”, fue una de ellas, sobre todo por parte de quienes se habían quedado en su melodiosa época de la beatlemanía y con la imagen de sus apariciones en vivo en 1965 (del Shea Stadium, de Nueva York al Cow Palace, en San Francisco).

Con la nueva obra de los Fab Four se hizo evidente que el rock era un espíritu omnipresente y su figura lo contemplaba todo. Se expandía por doquier y en él cabía lo inimaginable. Ya no sólo era una manifestación juvenil, sino que en su dinámico crecimiento se incluían las preguntas por el Ser y Estar de cada uno en el mundo, por la existencia del Otro, por la vida interior y exterior, y debido a estas cuestiones se experimentó para averiguarlo y la música fue la compañera de viaje y la vocera principal de sus bitácoras, con expresiones, lenguajes y sonidos ignotos.

Revolver contenía dentro de sí, entre otras aportaciones, el hecho de un fenómeno cultural de enorme trascendencia. George Harrison escuchó el sonido del sitar indio interpretando un tema de los Beatles para el sountrack de Help! Ese sonido entre terrenal y proveniente de lo alto fue lo que llamó la atención del oído de George y firmó con él un magnífico pero muy limitado antecedente (“Norwegian Wood” en el disco Rubber Soul). Ese sonido, penetrando en el cerebro del músico, fue también el momento de una síntesis social (anglo-hindú) y el primer paso al conocimiento del Otro.

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Ese otro era el hemisferio oriental descubierto a partir de entonces por una generación que buscaba respuestas y proyecciones místicas de la existencia. A Harrison le picó la curiosidad, se compró un instrumento y buscó a alguien que lo instruyera. En una cena de la comunidad artística londinense conoció a Ravi Shankar, el virtuoso indio del sitar, y lo convenció de enseñarle los rudimentos. Ravi aceptó, y con ello George se adentró en un camino que no sólo experimentaría él sino, a la postre, todo el Occidente.

Con el conocimiento del sitar vino también el de las ciudades indias como Cachemira, el principio de la inevitabilidad…: en fin, el de otra cultura. Por ese entonces la experimentación agregaba el elemento químico como instrumento del conocimiento interno. George realizaba de manera regular viajes con LSD y en ellos descubrió que el paisaje mental que la droga le producía era uno que ya había contemplado en la India, con sus seres y sonidos misteriosos.

Tales aventuras aseguraron la contribución que haría al legado beatle y que se imprimiría por primera vez en el disco Revolver de manera contundente: “Love You To”. Una pieza que abriría el camino hacia las Indias Orientales. Así, George Harrison se convirtió en el Marco Polo del rock.

A partir de entonces el Oriente ha ejercido una influencia más que significativa para el género, sobre la base de que el hombre oriental se identifica sobremanera con las fuerzas primarias. Para la imaginería del rock, el Oriente se erigió en una tierra de sensibilidades expansivas. Con Revolver, por un lado, los rocanroleros recurrieron a la música y filosofía de la India como una ruta convincente hacia la unidad primitiva del universo, cuyo hogar es el eterno ahora, concepto del que el rock se ha nutrido desde un principio.

Por otro, el punto fundamental del álbum radica en que es un icono de la transculturación. Al ser escuchado por primera vez la pregunta general fue: ¿Qué instrumento es ese que suena en “Love You To”? La cuestión condujo a una travesía en la que muchos se embarcaron. Algunos buscaron en ese viaje respuestas y proyecciones místicas: la ley del karma, el budismo, Abraxas, la conversación con santones (como discípulos de diversos Maharishis o gurús instrumentales). Otros se fueron por el lado de la literatura (con las lecturas de Hermann Hesse, Carl Jung y de clásicos como el poeta Alfred Tennyson) y por el de la música, con su atrayente exotismo.

 

 VIDEO SUGERIDO: Eleanor Rigby – The Beatles, YouTube (Canal de vitor021298)

 

 

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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(1967)

En 1967 estalló la Guerra de los Seis Días entre árabes y judíos (y aún no tiene trazas de acabar).

Ese año tuvo lugar el Festival Pop de Monterey, el primer concierto masivo de rock en la historia.

El Dr. Christian Barnard y sus colaboradores africanos (relegados a un  discretísimo y racista tercer plano) llevaron a cabo el primer trasplante de corazón.

En 1967, el rock y la industria de la alta fidelidad se complementaron para llevar a los álbumes a vender más que los discos sencillos. Al frente de la revolución se encuentraron los Beatles con Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, piedra angular que dio paso al disco conceptual, al rock como arte (musical y gráfico), al virtuosismo instrumental y al uso del estudio de grabación como un instrumento más.

El año 1967 fue también en el que, con el uso de las drogas, se inició el rock psicodélico. Fue de rigor para todo músico que se preciara de serlo, reflejándose en buena parte del rock que se hacía, en especial si provenía de la capital de la psicodelia: San Francisco. Nueva estafeta para la contracultura.

Junto con Grateful Dead y Country Joe and the Fish, Jefferson Airplane fue el grupo de más importancia en el sonido de San Francisco. Llevó dos temas a las listas de las diez grandes: “Somebody to Love” y “White Rabbit”, un clásico. Los catalizadores del grupo eran la cantante Grace Slick y el guitarrista Jorma Kaukonen.

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En poco tiempo, la cultura de la droga influyó también en la música que se hacía en Los Ángeles. Los Doors (que habían adoptado dicho nombre por la obra sobre exploración psicodélica de Aldous Huxley, The Doors of Perception), capitaneados por el poeta Jim Morrison, firmaron con el sello Elektra, especializado en música folk pero que quería probar fortuna en el rock.

El primer sencillo de los Doors fue el turbulento “Light My Fire”, y llegó al número uno, pero sus posteriores creaciones no subieron tanto, porque las anárquicas letras de Morrison y su imagen marcadamente sexual no eran del agrado de los programadores de las radiodifusoras. No obstante, el grupo se convirtió en una de las mayores atracciones del mundo.

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Procol Harum, grupo que trepó desde las entrañas del club UFO de Inglaterra, donde compartían el escenario con el rock espacial de Pink Floyd, y con el estrambótico mundo de Arthur Brown, llegó hasta el primer lugar en cuestión de días. Su canción “Whiter Shade of Pale”, que ensalzaba el éxtasis de la mente abierta, acabó vendiendo seis millones de discos.

Formado a partir del disuelto grupo The Paramounts, intérpretes del R&B, Procol Harum basaba su música en el peculiar estilo que tenía su pianista Gary Brooker, de cantar las melodías que él mismo creaba para las crípticas letras de Keith Reid.

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La figura cumbre de esta etapa del rock fue el insuperable guitarrista Jimi Hendrix. Descubierto por Chas Chandler, bajista de The Animals, éste lo convenció de trasladarse a la Gran Bretaña donde podría desplegar todo su potencial. Sus extraordinarias dotes quedaron claramente patentes. El productor le consiguió el acompañamiento de dos músicos ingleses (Mitch Mitchell en la batería y Noel Redding en el bajo) y el impacto fue inmediato con dos temas: la espectacular versión del blues “Hey Joe” y el tema que se convertiría en el emblema de la época, “Purple Haze”.

VIDEO SUGERIDO: Jimi Hendrix – Hey Joe (live), YouTube (PriestJudasPriest)

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PULSOR 4x4 (REMATE)

TOKIO BLUES

Por SERGIO MONSALVO C.

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(HARUKI MURAKAMI)

Haruki Murakami es el autor de un texto canónico cuyo personaje –Watanabe– recibe, con mucha jiribilla, el explosivo “regalo” de los recuerdos cuando escucha las notas de “Norwegian Wood” de los Beatles, en la magnífica novela Tokio Blues.

Una jiribilla que tendrá que ir descubriendo paulatinamente y que trae consigo la carga de emociones, lo mismo que de inquietudes, angustias, vacilaciones o la reinvención de los gestos cotidianos que vienen aparejados al recuerdo –como ya  constató Borges al respecto memorioso–.

La memoria de cada uno es su pasado reconstruido. ¿Qué tanta injerencia puede tener, entonces, el sonido de unas notas en un recuerdo personal? Esto sólo se puede descubrir a la manera de Marcel Proust: describiéndolo. Es lo que hizo el doliente personaje de Murakami en su romántico periplo interno.

Y ese hilo vuelve a encontrar quien lo teja cuando la música acompaña a una imagen, que exalta, a su vez, la palabra para crear un recuerdo en la escritura de Hanuki Murakami, quien busca en un tiempo perdido salvar un instante.

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Un instante de comunión entre dos seres jóvenes confundidos por la vida y sus extravíos, bajo el influjo de una canción memorable: “Norwegian Wood”. Las piezas de la música popular contemporánea, del rock en particular a partir de mediados del siglo XX, han alcanzado emociones y objetivos profundos. Han hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas.

Han abierto un nuevo espacio para el conocimiento de “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. La gente utiliza desde entonces la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Han sido –y son–, además, el espacio del placer estético contenido en una obra de dos o tres minutos.

Asimismo, tales canciones dan forma a la memoria personal, son parte del soundtrack de cada vida particular. Organizan “nuestro” sentido del tiempo y la intensificación de la experiencia del presente en cualquier época. Una de las consecuencias más obvias de todo ello resulta clave para recordar las cosas pasadas, desencadenan las asociaciones más intensas de tiempos idos.

Por estas muchas razones Murakami (uno de los mejores escritores contemporáneos) escogió “Norwegian Wood” como leitmotiv para una de sus obras, porque ésta es una de las piezas mejor construidas, redondas y exitosas de la época que evoca. Mediados de los años sesenta. Momento en que unos “nuevos” Beatles, sus creadores, propiciaban un gran cambio cultural con el disco Rubber Soul, que presentaba el tema.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – Norwegian Wood (Super Rare Version), YouTube (Johnny Bleed)

Los cambios incluían la apertura mental, la experimentación sonora, instrumental, genérica, visual y lírica. Sintetizado todo ello en la unidad artística, en la muda de formato del EP al LP, del single a lo conceptual. El hecho psicológico obligó al mundo a ampliar sus horizontes (conocimiento del Oriente, del Otro) y sus vocabularios (musicales, sociales, étnicos).

Asimismo, a documentar el paso de la adolescencia a la madurez a través de letras más profundas, introspectivas, serias, complejas y misteriosas. Éstas ya no sólo servirían para transmitir celebraciones o lamentos de amores primerizos, sino también información íntima, antagonismos, experiencias colectivas y sensaciones personales.

En “Norwegian Wood” no hay  obviedades sino sugerentes indicaciones de ambientación, referencias evocadoras, seducción, rechazo y hasta la idea de venganza por lo mismo.

Murakami con el libro Tokio Blues, aprovecha la experiencia de aquella canción, la rememoranza que provoca, el instante de vida que retiene, para ubicar al lector en un lugar desde el cual asomarse a las grietas del espíritu humano joven, ante el umbral de la madurez (con sus relaciones amistosas, las responsabilidades que acechan, sus inquietudes amorosas y sexuales, los lados oscuros de la conciencia, los límites entre la razón y la locura, los diversos planos de la percepción, con la omnipresente música que lo acompaña todo: Beatles tendiendo hacia el Oriente, Murakami, hacia el Occidente).

Crea con ello un universo activo e hipnótico a la vez, sin terminar de verle el fin y con la sensación de haber tocado el sentimiento perfecto por un momento, para luego perderse.

Con este libro (y en general con su obra), Murakami abre al lector a las grandes preguntas y lo sitúa ante las grietas emocionales y éticas. Entre las preguntas está la de la identidad cultural de manera muy esencial (“Nací y crecí en Japón, hablo japonés, como comida japonesa y hago todas las cosas que hacen los japoneses pero me gusta el jazz y la literatura occidental desde Dostoievski hasta Stephen King, ¿qué es oriental y qué es occidental?”).

Es, pues, un escritor acorde con el espíritu de los tiempos: cosmopolita sin complejos, mezclador de géneros entre lo real y lo onírico, evocativo y melancólico, con sensibilidad artística ante lo universal y ecléctico, de variado iPod musical, con humor y oscuridades.

Tiempos en los que estamos en un momento de derrumbe y reconstrucción, en los que es necesario retomar cosas para explicar el presente y cuestionar su habilitación.

Tiempos en que la intimidad es una utopía, el personalismo  una patología, lo cotidiano un tema a flor de piel, con atracción por el diálogo y la compartición sin presencia, tarareando un blues en Tokio o en donde sea y  hacia las identidades cambiantes, sintiéndose perdido por la traducción y plenamente ensimismado.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – Norwegian Wood Take 3 Accoustic Is This the Last Take?, YouTube (Amnestyvíahuh’s channel)

TOKIO BLUES FOTO 3

 

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GARAGE/13

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DE “SHE LOVE’S YOU” A “SHE’S NOT THERE”

En 1964 las cosas cambiaron radicalmente en los Estados Unidos. Súbitamente el surf dejó de vender. Para enfatizar la crisis y los cambios por venir Brian Wilson, el alma de los Beach Boys, sufrió un colapso nervioso, dejó de acompañar al grupo en las giras y empezó a pulir su visión a futuro de un “pop de cámara”. Tras el flashazo de los Trashmen y “Surfin’ Bird”, sólo una velita iluminó aquel año las listas de popularidad: un tema llamado “Penetration” fue el último en llegar a ellas.

¿Pero qué es lo que había pasado? En febrero de ese año, tras la aparición de los Beatles en el Show de Ed Sullivan en la televisión ante 75 millones de espectadores, la cultura popular estadounidense y por ende la del mundo, cambió por completo y al instante. Se convirtieron en un hito no sólo de la música, sino de todas las cosas de la vida a partir de ese momento: el panorama quedó abierto para la Invasión Británica u Ola Inglesa y todos sus sonidos e influencias.

Cuando los adolescentes escucharon a todos aquellos ingleses tocar su propio y olvidado rock and roll, su oscuro rhythm and blues, el apartado soul, no lo podían creer y fue cuando en todas las casas norteamericanas los muchachos se lanzaron a comprar los nuevos y los viejos discos. Y entonces el rock resurgió en este lado del Atlántico como modo primitivo de expresión de emociones y como forma de entretenimiento. Se escuchó y bailó de nuevo a los Isley Brothers.

Y entonces los jóvenes compararon las canciones originales y las versiones inglesas y dijeron: ¿Por qué nosotros no? Y rompieron otra vez sus alcancías y fueron a comprarse los instrumentos más baratos que encontraran en las casas de empeño o de segunda mano y regresaron a sus casas y se preguntaron ¿y ahora dónde? Y voltearon hacia todas partes y se detuvieron en el coche familiar y corrieron a abrazarlo y darle las gracias por existir y fueron a pedirle a su papá las llaves del garage.

Y así, además de los Premiers, aparecieron uno tras otros grupos de cada zona estadounidense, como los Charlatans de la bahía de San Francisco, quienes hibridizaron el folk, el blues, la jug band y el contry and western; o los Gestures, de Mankato, Minnesota, quienes seguían los pasos de los Trashmen con la reververación, velocidad y licks en la guitarra surfera, cuando descubrieron las melodías del Merseybeat, y crearon un fugaz One Hit Wonder para la posteridad antes de disolverse.

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Pero 1964 también arrojó a las playas norteamericanas a los acompañantes de los Beatles en aquella primera oleada venida de Albión. Entre aquellas huestes estaba el grupo llamado Manfred Mann. De esta banda británico-sudafricana destacaba la poderosa voz de su cantante, Paul Jones, quien bebía de las fuentes del blues y la orquestación del tecladista Manfred Mann, fundamentada en sus querencias jazzísticas y del rhythm and blues. La combinación produjo un número uno en ambos lados del océano.

El abanico británico abarcaba del pop más meloso al blues más oscuro. Y los extasiados oyentes asimilaban y asimilaban el caudal de música que desembarcaba en sus costas y enriquecía sus oídos, como fue el caso de una banda con poca fama pero mucha influencia posterior, gracias a sus complejos arreglos musicales, a la armonía de sus voces y a su semillero de instrumentistas: The Zombies.

Y aquello corrió como un reguero de pólvora porque en el fondo había salida para el poder sexual que había contenido en todo ello, y hubo ritos y momentos de trance, porque los jóvenes machos humanos sintieron fluir los poderes y rabia de su espíritu y las jóvenes hembras humanas sintieron que podían expresar su sensualidad e ira, contenida por mil y un reglas.

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VIDEO SUGERIDO: THE ZOMBIES – She’s not there (1964), YouTube (pipovac zlatko)

 

GARAGE 12 (REMATE)

68 rpm/67

Por SERGIO MONSALVO C.

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Según la mitología griega existió en el planeta Tierra un tiempo dominado por los Gigantes, una raza de criaturas humanas que surgió (según el relato de Homero) en la zona hoy conocida como Europa occidental. Se distinguían por su gran estatura, salvajismo y fuerza excepcionales.

El historiador Hesíodo los consideraba seres divinos pues habían nacido de Gea (Tierra) para retar a los dioses del Olimpo, aprovechando sus características. El enfrentamiento está descrito en el episodio de la “Gigantomaquia” de tal mitología.

A su vez, el poeta Higinio, en sus fábulas, menciona a los 24 gigantes que se enfrentaron a las deidades olímpicas para vengar a la Madre Tierra por la muerte de sus primeros hijos: los Titanes.

Y así como en aquella época para tal cultura el acontecer cotidiano regía por tales circunstancias la evolución del mundo, en la nuestra la historia del rock está compuesta fundamentalmente por sus mitos y entre éstos, uno de los más grandes ha sido el de los Beatles.

El tiempo exacto en el que existieron como grupo estuvo regido por ellos. Fueron los gigantes de su momento (surgidos en la misma zona) y la estela de sus actos se extendió por todo el planeta.

El fenómeno del Cuarteto de Liverpool hizo que todos los grupos coetáneos (más de 24) se miraran en ese espejo y creciera la creatividad media hasta convertirse en semejantes (Rolling Stones, The Band, Deep Purple, Creedence Clearwater Revival, Moody Blues, Kinks, etcétera).

Pero ellos, los Beatles, también ponían atención a lo que hacían los otros. ¿Una muestra? La tendencia de Lennon por hacer blues-rock a la usanza británica; la admiración de McCartney por los Beach Boys; el toque Byrds en algún tema de Harrison; un punteo al estilo Donovan…

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THE BEATLES (WHITE ALBUM)

THE BEATLES

(Apple Records)

Estos gigantes que también hablaban de Revolución, como todos en la época (aunque Lennon les advirtió a Jerry Rubin y Abbie Hoffman, otros voceros del cambio, que no contaran con él si para ello recurrían a la violencia), sintieron además la necesidad de una vida espiritual. Hacia su búsqueda se encaminaron, mientras el resto del mundo ardía y se manifestaba.

La figura del Che Guevara se volvió, contradictoriamente, un estandarte en las marchas pacifistas, aunque el personaje no se tocara el corazón para asesinar o fusilar en aras de una revolución dogmática, excluyente, solemne y represora.

Al final recibiría el mismo tratamiento y sin una pequeña ayuda de sus amigos. Eso lo diferenció de Lennon, quien regresó de su viaje a la India, como la mayoría de los que fueron con el cuarteto a dicho periplo, desencantado de religiones, gurús, meditaciones, dogmas, embustes y hasta del grupo mismo, pero cargado de canciones para llenar no sólo un disco LP sino uno doble, con el cual continuar una revolución en el propio inicio del ocaso como  cuarteto.

Durante la hechura de The White Album (título dado por el consenso común, pero cuyo nombre oficial es únicamente The Beatles, el apelativo del grupo como si fuera un debut y apenas resaltado dentro de la abstracción del blanco) el mundo cambiaba, los jóvenes exigían transformar lo malo: los occidentales de una manera, los orientales de otra. Los sistemas los combatían, las opciones se enfrentaban. Había muertos y heridos.

“Yo les diré qué cosa anda mal”, comentó Lennon en el disco. “La gente. ¿Y por ello quieren destruirla? ¿Sin compasión? Hasta que ustedes y nosotros no hayamos cambiado esa mentalidad, nada habrá que hacer”. Ahí estaban las diferencias. Ahí estaban las preguntas a responder.

Y en el disco blanco de los Beatles hubo humor, ironía, crítica, narraciones, descripciones, confesiones, reflexiones, peleas, ataques encarnizados, desbandada, egolatría, intrusiones truculentas (de Yoko), talento a borbotones y mucha música, quizá la mejor de su momento, por su oferta, variedad estilística, amplitud de miras, experimentos, caprichos y el bagaje de cada uno de sus miembros.

Utilizaron una variedad de instrumentos ajenos hasta entonces al rock y al estudio de grabación como uno más de éstos; aprovecharon las innovaciones tecnológicas como la estereofonía y el acetato de 33 rpm e inauguraron el término “concepto” para los álbumes, como éste, en los que se desarrollarían ideas musicales.

Fue el Big Bang beatle tras la acumulación de energías, ejercicios espirituales y desavenencias diversas. La propuesta estética de la portada misma es toda una manifestación de principios en la que el cuarteto muestra la plena voluntad de retornar a lo elemental, pero por la vía individual.

La creación de universos particulares carentes de superproducción habla de las expansiones y de toda una profusión de modos que bullían en el ámbito de lo propio. Fue tal el derrame propositivo que se tuvo que editar como álbum doble. Las mentes de los Fab Four trabajando a tope (incluso la de Ringo en “Don’t Pass Me By”).

¿Su obra maestra? Tal vez. Es una cuestión subjetiva. Al igual que escoger una pieza representativa: “Back in the U.S.S.R.”, “While My Guitar Gently Weeps” (y la historia con Eric Clapton), “Happiness Is a Warm Gun”, “Yer Blues”, “Sexie Sadie” (¡Ah, el ascenso y derrumbe del Maharishi!), “Helter Skelter” (y el retorcimiento de Manson), “Revolution 1”…

Sus armonías y lenguaje impregnaron –e impregnan aún– el inconsciente colectivo, primero por su sencillez y luego por su sofisticación y simbolismo. Tal evolución artística fue influyente y presenciada como un fenómeno de comunicación masiva en muchos rincones del mundo.

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Personal: John Lennon, voz, coros, guitarras, órgano Hammond, piano, armónica, armonio, sax, melloton y efectos de sonido; Paul McCartney, voz, coros, percusiones, guitarras, órgano Hammond, teclados, piano, pandereta y timbales; George Harrison, voz, coros, guitarras, órgano Hammond, bajo y percusiones; Ringo Starr, voz, coros, percusiones, batería, piano, maracas, bongós. Además de infinidad de músicos de estudio e invitados. Portada: Idea de Richard Hamilton y diseño de Gordon House.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – Revolution, YouTube (TheBeatlesVEVO)

Graffiti: “La imaginación toma el poder

A HARD DAY’S NIGHT

Por SERGIO MONSALVO C.

UN FILME SEMINAL

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A Hard Day’s Night”: Canción emblema del disco, crónica vivencial y tema principal de la película.

El rock y el cine son, desde el origen de ambos, tanto arte como industria. Ese carácter híbrido (muchas veces bipolar), y el hecho de formar parte de la cultura del entretenimiento, los ha obligado a entretejerse durante años. Desde la década de los cincuenta, la unión entre ellos ha dado lugar a decenas de películas que han contribuido a crear un género propio, con características únicas y cuyo desarrollo ha alcanzado dimensiones insospechadas a lo largo los años.

Parámetro indiscutible de ello ha sido la película A Hard Day’s Night (“La noche de un día difícil”, en español), cuya importancia ofrece muchas lecturas entre las cuales he escogido tres para hablar de un icono cultural que cumple en 2014 medio siglo de haber aparecido: El contexto beatle, la elección de Richard Lester como director de la misma y su esplendoroso soundtrack, transformado en álbum.

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 I Should Have Know Better”: La armónica, uno de los sonidos “beatle” más característicos de los primeros tiempos.

El desembarco de los Beatles en tierras estadounidenses lo revolucionó todo, literalmente. Su presentación el 9 de febrero de 1964 en el célebre programa televisivo Ed Sullivan Show fue vista por más de 73 millones de espectadores, un récord de audiencia nacional en la Unión Americana.

Este acto sirvió de catapulta supersónica para que ese cuarteto de jóvenes sonrientes, caracterizados por sus inéditas melenas y pulcros trajes oscuros, se colara en millones de hogares donde habitaban jóvenes hambrientos de nuevas sensaciones que comenzaban a escuchar compulsivamente sus canciones.

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 If I Fell”: Un tema donde la armonía de las voces alcanza la cima de lo bello ante la franqueza desnuda y el temor del incierto amoroso.

La pieza “I Want to Hold Your Hand” acababa de alcanzar el número uno en las listas de popularidad del Billboard. La histeria que ya se vivía con ellos en el Reino Unido cruzó hacia el otro lado del Atlántico. Fue el disparo de salida a lo que luego se conocería como la “Invasión Británica” (La Ola Inglesa), un fenómeno socio-musical inédito.

Los Beatles lideraron la llegada posterior de jóvenes e irreverentes grupos británicos como The Rolling Stones, The Who, The Animals o The Dave Clark Five, al mercado y a la sociedad estadounidense, cambiando con ello el aspecto y las aspiraciones del rock. Y con las de éste, muchas otras más. De tal forma la “beatlemanía” comenzó la conquista del mundo.

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 I’m Happy Just to Dance With You”: La voz de George como protagonista e inusuales bongós a cargo de Ringo.

La maquinaria de la industria se puso en marcha como nunca antes para exprimir su talento hasta la última gota. En aquel año los Beatles hicieron lo siguiente: una primera visita a los Estados Unidos y una gira extenuante después a lo largo del año (The World Tour o The Beatles’ 1964 World Tour) con cantidad de conciertos en lugares de tres distintos continentes: Dinamarca, Países Bajos, Hong Kong, Australia, Nueva Zelanda, Inglaterra, Suecia (con el baterista Jimie Nicol sustituyendo a un Ringo hospitalizado, por amigdalitis, en parte de dicha gira).

Asimismo, la hechura de dos LP’s (uno que sería para el soundtrack de su primer largometraje entre el 25 de febrero y el 2 de junio y, el otro, Beatles for Sale, entre el 11 de agosto y el 26 de octubre, para finalizar el año), dos EP’s (con “All My Loving y “Long Tall Sally”, en febrero y junio, respectivamente) y la filmación de la película A Hard Day’s Night, durante el verano.

[VIDEO SUGERIDO: The Beatles – A Hard Day’s Night – Official Video, YouTube (TheBeatlesLeo)]

And I Love Her”: El sonido acústico en cuerdas y ritmos como  ropaje de una obra maestra.

Para la realización de ella eligieron al director Richard Lester. Este psicólogo, músico y director cinematográfico, nació en Filadelfia, Estados Unidos, en 1932. Sus inquietudes artísticas lo llevaron con acierto intuitivo hacia Inglaterra para trabajar en la televisión y en publicidad. Fue ahí donde elaboró sus primeros trabajos al comienzo de los sesenta: Idiot Weekly, un espacio televisivo de humor satírico (del que beberían años más tarde los cómicos de Monty Python), un cortometraje (The Running Jumping and Standing Still Film) y una película (The Mouse On the Moon) con el actor Peter Sellers.

Estas muestras de humor fresco, irreverente, cínico y burlón, despertaron la admiración de John Lennon y Paul McCartney, quienes convencieron años después a su mánager de que fuera Lester quien los dirigiera. A pesar de coincidir en tiempo y espacio con el Free Cinema británico (Lindsay Anderson, Jack Clayton, Tony Richardosn, et al), Lester se mantuvo al margen de esta corriente cinematográfica. Su trayectoria artística se dirigió hacia el cultivo de géneros diversos.

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 Tell Me Why”: “Dime por qué lloras y por qué me has mentido”. Preguntas que requieren levantar la voz y mantener el riff.

A Hard Day’s Night estuvo pensada originalmente como un producto comercial para aprovechar el éxito del grupo. Sin embargo, esta increíble comedia musicalizada, hecha como falso documental, tomó vuelo en base a dos puntos: el irrefrenable encanto natural de los Beatles y el espíritu lúdico del director, que los animó a improvisar y a jugar con el humor absurdo. El argumento (con mucha improvisación) sigue al cuarteto durante un día de su atareada vida donde les pasa de todo.

Al seguir el ejemplo de otras estrellas del rock, en especial Elvis Presley, los Beatles firmaron un contrato con la compañía United Artists para aparecer en tres películas. Un nuevo álbum saldría con la banda sonora tras cada una de ellas.

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 Can’t Buy Me Love”: Pieza rockera siempre ligada a la imagen de liberación y recreo. Hasta aquí el soundtrack.

La primera sería A Hard Day’s Night. La compañía no le dio demasiada importancia y su presupuesto quedó lejos de las grandes producciones de aquellos días. De hecho, los beneficios de la cinta fueron 30 veces superiores a los costos de producción (y ello sin contar la edición posterior en video) .

La gracia del filme -aquello que lo ha mantenido fresco- es que se trató de un llamado a la espontaneidad y al uso de un nuevo lenguaje cinematográfico tanto como del lenguaje cotidiano de George, John, Paul y Ringo. Dicha “espontaneidad”  se debe también a Alun Owen, el guionista del largometraje que hizo su trabajo de manera excepcional con el manejo léxico de aquellos jóvenes de Liverpool, incluyendo las expresiones lingüísticas de Ringo que dieron origen al título mismo de la película.

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Any Time At All”: Atender a la secuencia de los acordes para rememorar la raíz de la canción. Inicio del lado B.

A Hard Day’s Night no sólo sacudió todos los cimientos del cine de la época, sino que fue el origen de la estética del video-clip, inventando una fórmula revolucionaria de lograr una conjunción entre la música y las imágenes que todavía sigue vigente después de cinco décadas (un electrizante sentido del ritmo).

Hablar de Richard Lester, a partir de este filme, es hacerlo de un sinónimo de la modernidad que no envejece. De la cultura Pop, dinámica y sin complejos, que ofreció un paso significativo en la renovación del lenguaje, musical, plástico y por supuesto cinematográfico.

I’ll Cry Instead”: Eternamente, la marginada de la película. A cambio de eso: llorar. Muy country.

Esta cinta es divertida, anárquica, moderna, adelantada a su tiempo y deja al espectador entusiasmado y contento. Resistió el tiempo y creció. Recibió excelentes críticas desde su estreno mundial en el London Pavillion en Picadilly Circus (Londres) el 6 de Julio de 1964. El siguiente y veloz paso era la aparición del soundtrack de la cinta. Eso fue cuatro días después: el 10 de julio.

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 Things We Said Today”: Canción escrita por McCartney en un yate en las Islas Vírgenes al lado de su novia. Diálogo del todo acústico.

A Hard Day’s Night fue el disco de la consolidación del Cuarteto de Liverpool como fenómeno musical y social en el planeta. Grabado entre enero y junio de 1964, este tercer trabajo de los Beatles se fraguó de forma extraordinaria en medio del espectacular ajetreo vivido entre aterrizar en los Estados Unidos y la filmación de su primera película. Dos hechos que marcaron un antes y un después en la historia del grupo y, por consiguiente, de la música popular.

When I Get Home”: Manierismo en pleno del sonido del cuarteto. Su garantía de origen.

Presionados por los plazos de la compañía discográfica, se embarcaron en una carrera contrarreloj en la que la grabación del disco en los estudios  Abbey Road competía con la de la película homónima. La compañía invirtió mayormente en la hechura del disco motivada más por las ventas del soundtrack, cuyas canciones se incluyeron en el lado A del álbum.

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 You Can’t Do That”: George toca por primera vez la guitarra de doce cuerdas y John la solista, desafiando al título.

Contenía las siete canciones que aparecían en la película («A Hard Day’s Night», «Tell Me Why», «I’m Happy Just to Dance with You», «I Should Have Known Better», «If I Fell», «And I Love Her», y «Can’t Buy Me Love»). Más cinco temas escritos exprofeso para complementarlo (“Any Time At All”, “Things We Say Today”, “When I Get Home”, “You Can’t do That, “I’ll Be Back”). Asimismo, incluía «I’ll Cry Instead» que, aunque había sido compuesta también para la cinta, finalmente se excluyó de ella en el último momento.

El Álbum (original) y la cinta anexaban también cuatro versiones instrumentales de algunas canciones («And I Love Her»/«Ringo’s Theme (This Boy)», y «A Hard Day’s Night»/«I Should Have Known Better»), acreditadas a George Martin (el productor) y su orquesta.

NPG x137678; The Beatles with Richard Lester by Michael Peto

 I’ll Be Back”: Una delicia acústica para lanzar una promesa: volver aunque te rompan el corazón.

El LP de la banda sonora, fue el primero y único compuesto en su totalidad con canciones originales (sin una sola versión). Conserva la esencia de las primeras piezas (“de-menos-de-dos-minutos-y-medio”), pero al mismo tiempo deja entrever lo que habría de llegar en el futuro inmediato.

Siete meses les bastaron para componer las trece canciones que compondrían la totalidad el disco que se convirtió en un éxito de ventas instantáneo. La fiebre por el grupo ya era patente, una auténtica pandemia a un lado y otro del Atlántico. Un tiempo vivido entre la vorágine y la explosión del talento.

[VIDEO SUGERIDO: The Beatles A Hard Day’s Night Live in Paris 1965, YouTube (John Canant)]