“HEAT OF THE MOMENT”

Por SERGIO MONSALVO C.

HEAT OF THE MOMENT (FOTO 1)

(ASIA)

Sucedió una mañana mientras me dirigía a Coney Island. Iba con la intención de pasar el día en la playa tomando el sol, leyendo un libro o la de pasearme por el boardwalk mientras me bebía unas cervezas. Sin embargo, no hice más que la última cosa.

En realidad estuve pensando en la escena que había vivido en aquel chirriante Metro neoyorquino sentado en una banca frente al mar, y luego escribiendo sobre lo que saqué al respecto de ella.

Por fortuna al subirme en aquella ocasión, me había tocado asiento. Lo celebré, pues el trayecto sería largo hasta la mencionada terminal. Así que estaba regodeándome en mi buena suerte, cuando las vi subir al carro: un par de adolescentes de unos trece o catorce años de edad. Una, a pesar de ser bonita no destacaba en lo más mínimo, pero la otra sí.

Era igual de bonita, pero además de eso tenía un aura especial, emanaba otra vibración literalmente. No podía apartar los ojos de ella. Pero no sólo yo, sino el resto de los hombres, jóvenes y adultos, que íbamos en esa parte del carro.

Era como un imán del que no podíamos despegarnos. Vestía chamarra y pantalones de mezclilla, una camiseta blanca sin lema o imagen alguna, y unos zapatos tenis blancos, gastados. Con ellos fue que la escena, ya de por sí inquietante, adquirió una dimensión extra.

El tipo que estaba sentado a mi lado se levantó y fue hacia ella. Al llegar a unos centímetros suyos se inclinó, puso las rodillas en el piso y comenzó a abrocharle la agujeta que estaba suelta de uno de dichos zapatos. Lo hizo pausada y esmeradamente, como si estuviera realizando un rito.

Ellas, estaban sorprendidas y mirándose entre sí, a punto de la carcajada. Los observadores, asintiendo y un tanto envidiosos. Él, al terminar su labor, se levantó, la miró con una sonrisa de agradecimiento y se bajó en la estación a la que habíamos llegado.

Ellas, riendo, comentaban lo sucedido. El resto de los pasajeros se quedó ensimismado, como yo, que me mantuve así hasta que llegamos a la última estación y a la playa, donde me puse a hacer lo mismo: pensar, para luego ponerme a escribir lo que había vivido, mientras en mi cabeza no dejaban de sonar las notas de “Heat of the Moment”, nunca mejor evocadas.

La fascinación que ejercen las adolescentes con sus frescos cuerpos femeninos es compleja, muchas veces placentera, otras tantas angustiosa, pero a todas luces innegable.

La sensación que se tiene mirándolas, deseándolas, soñándolas, imaginándolas, es la de vivir al borde del abismo, y esa sensación nos domina por completo, porque sin lugar a dudas lo que en el fondo de sus ojos entrevemos no es cierta distancia, sino de verdad el abismo.

La atracción que ejercen estos sugestivos seres es pues la del vértigo, la del abismo perturbador.  Como todas las fascinaciones hechiceras, consiste en que no podemos apartarnos de ellas y mucho menos la mirada, la posibilidad de un instante de vida deslumbrado.

En el vértigo la mirada no puede apartarse del abismo precisamente porque en él no hay nada, quizá un blando colchón de placer, probablemente el duro corazón del drama.

Pero, ¿cómo empieza todo eso; a amarse la pertenencia al enigma de un ser con quien sólo podemos tratar bajo la dudosa luz de las significaciones?

La imposibilidad de comprensión ante el embeleso se manifiesta de dos maneras: lo primero que se nos ocurre es aislar la circunstancia del minuto aquel en que fuimos atrapados por cualquier detalle. Así, intentamos una y otra vez saber con certeza cuál es el momento que hay que vivir. Pero los minutos lo lanzan a uno de aquí para allá sin que ninguno se revele como el de la significación primera.

Lo más lejos que se puede llegar es a comprender que todos los minutos son en cierto sentido el mismo. Que para todos los tocados por el viento de esa ala cada uno de aquellos minutos es el minuto del encanto, y que éste comenzó con el encuentro. 

La figura de la carne joven, jovencísima, a primera vista tienta siempre la imaginación.  Pero ¿no implica ello que en realidad anhelábamos ya a ese ser antes de conocerlo? (Proust, afirmó que sí).

La oscuridad envuelve el nacimiento mágico de la infatuación y por el de una de estas desenfadadas sílfides aún más.

“Hay que ser un tipo infinitamente melancólico –escribió Vladimir Nabokov–, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida, para reconocer de inmediato la llegada del toque de dicha ala, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar–; para reconocer al pequeño demonio mortífero entre el común de las adolescentes; y allí está, no reconocida e inconsciente ella misma de su fantástico poder”.

Y se explaya el escritor: “Puesto que la idea de tiempo gravita con tan seductor influjo sobre todo ello, el que la mira no ha de sorprenderse al saber que debe existir una brecha de varios años –nunca menos de diez, diría yo, veinte o treinta por lo general, entre la mujercita y el hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de tal nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite”. Hasta aquí Nabokov.

“Me he topado con la ráfaga, y yo con las alas marchitas”, dijo el escritor  Alberto Moravia alguna vez cuando habló de su fascinación por una adolescente romana que lo trajo por la calle de la amargura.

No obstante, la desventura del italiano ante lo aciago de un sentimiento incontrolable produjo para la literatura una obra inolvidable y llena de emotiva poesía: “¿Por qué he de sentirme desolado? ‑‑escribió tal autor a un amigo–. En el fondo ella nunca será mía; cuando mucho una ficción, siempre una niña dorada, como una foto de Lewis Carroll, pero igualmente habrá valido la pena vivir por el hecho de haberla conocido y anhelado, por la calidez que dejó en mí para siempre tal momento”.

Exlibris 3 - kopie

“ROCK AND ROLL NIGGER”

Por SERGIO MONSALVO C.

ROCK AND ROLL NIGGER (FOTO 1)

 (PATTI SMITH)

La irreductible confrontación, que se inició en la era de Elvis Presley y Alan Freed, entre los rocanroleros y la sociedad respetable (el stablishment), fue producto del encuentro cultural entre las versiones sobre el primitivismo de la población negra (afroamericana) que se esgrimían socialmente por entonces. Según ambas posturas la esencia de la negritud provenía de la selva libidinosa. En eso concordaban. Sin embargo, diferían en el criterio al enfrentarla y lo siguen haciendo.

El status quo la ha tratado de resistir (en combates ideológicos provocados por el conservadurismo derechista), mientras que el rock la asumió de todo corazón:

 Baby era un oveja negra

Baby era una puta

Baby creció y sigue creciendo

Baby consiguió algo y busca más

Baby era una negra del rock and roll

Soy una negra, negra, negra, del rock and roll.

 “Rock and Roll Nigger”, una composición de Patti Smith, es tanto una canción como una declaración de principios al mismo tiempo de parte de la autora. En donde equipara lo que el racismo detesta de la negritud con las fuerzas de la vida más preciadas por el género musical: “La tormenta que daña también engendra fertilidad”, afirma el tema.

Jimi Hendrix era un negro

Jesucristo y mi abuela también

Jackson Pollock era un negro

Negro, negro, negro…

Patti Smith
Patti Smith live on stage in New York City

Para el rockero, según la Smith, el negro representa el ideal de “la naturaleza irrefrenable  con su energía original”, misma que ensalzaba el poeta estadounidense por antonomasia: Walt Whitman. Antes de que la Iglesia llegara a modificarlas para su interés, las enseñanzas de Jesucristo surgían de esta energía primaria, aseguran las reflexiones del romanticismo.

La vida sana e impremeditada de los ancestros, de los abuelos, es alimentada por las fuerzas semejantes y fecundas y que produjeron el virtuosismo guitarrístico de alto voltaje de Jimi Hendrix. Eso es parte de la mitología ontológica rockera, la cual se conecta con la tradición poética del romanticismo.

La canción “Rock ‘n’ Roll Nigger” acierta al incluir a Jackson Pollock en el mismo párrafo. Por algo Patti Smith se erigió en La Primera Dama del rock neoyorquino y en la poeta insuperada del género hasta la fecha. Ella acudía a las fuentes de la cultura para arropar su talento.

Se nota que asistió al Museo de Arte Moderno y aprendió las lecciones que la pintura le dio. La obra de Jackson Pollock ocupó un destacado lugar en la exposición El Primitivismo en el arte del siglo XX montada por el museo.

Pollock era un devoto de los arquetipos primitivos, de las máscaras tribales y las pinturas rupestres. Había leído las obras influyentes sobre lo primitivo publicadas en diversos ensayos a través de las décadas, los cuales vinculaban la exploración de la mente subconsciente en la “excavación del pasado racial primordial”.

Tanto Pollock como Smith descubrieron y aprendieron sobre el primitivismo gracias a Pablo Picasso cuyo interés, permanente en las manifestaciones aborígenes, al parecer fue despertado por el arte negro que conoció en el Museo de Etnografía de París en 1907.

Picasso afirmaba que las máscaras tribales eran “armas para evitar que los espíritus gobiernen a las personas, para ayudarlas a liberarse”. A partir de esta meditación sobre África, Picasso comprendió de qué se trataba la pintura: se convirtió en dueño de un aplomo primitivo que emanó sexualidad; uno que poseyó la dignidad primaria de la selva.

Si la fusión efectuada por Patti Smith entre la energía original y las virtudes del “negro del rock and roll” sonó cruda en su canción, lo fue así, pero con una crudeza con paralelos sumamente respetables en el moderno arte romántico.

“Rock and Roll Nigger” es la versión que presentó la mejor música popular de los años setenta acerca de lo primitivo, nacida no de los artefactos y máscaras africanas, sino del mito acerca de los negros afincados en el Delta del río Mississippi, cuna del blues y del rock.

El romanticismo moderno considera la unión de la música popular negra con el romanticismo blanco como un acto natural y espontáneo: una nueva modalidad del sentimiento y su exteriorización.

En uno de los líbros más leídos en los Estados Unidos durante el siglo XIX, Los piratas de Penzance (obra de teatro original del dramaturgo británico Sir William Schwenck Gilbert, que se estrenó en 1879), uno de los protagonistas entra a la capilla de su finca para orar ante las tumbas de sus ancestros. Uno de sus amigos, que está junto a él, le dice: “Creo que olvidaste que esta finca la compraste hace apenas un año, éstos no son tus muertos”. A lo que el protagonista responde: “En esta capilla hay ancestros, eso no lo puedes negar. Yo, junto con la finca adquirí la capilla y su contenido. No sé de quién hayan sido estos ancestros, pero sí sé de quién son ahora”.

El protagonista se convirtió en el “descendiente por adquisición”. Exactamente la misma relación que existe entre el romanticismo rockero y la música negra.

El rock and roll tuvo por fuerza que iniciarse en la Unión Americana, de manera específica en el Sur de ella, no sólo porque esa negritud estaba ahí con su música, sino porque existía la cepa del romanticismo blanco, la cual hubo de entrar en reacción con la música negra para producir el rock. Patti Smith lo sintetizó de manera ejemplar en su poema-canción, contenido en el disco Easter.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – Rock ‘N’ Roll Nigger (with Babelogue intro), YouTube (Steelyman08)

ROCK AND ROLL NIGGER (FOTO 3)

 

Exlibris 3 - kopie

HISTORIA DE UNA CANCIÓN

Por SERGIO MONSALVO C.

AMERICAN PIE (FOTO 2)

 “AMERICAN PIE”

 (DON MCLEAN)

Existe un tipo de canto surgido en los años treinta que proviene de los negros afroamericanos: el folk blues. Esta forma fue retomada y trabajada a la postre por los cantautores blancos de la época. Se presentaba por lo general acompañado de guitarra o banjo (y a veces con grupo), y el ejecutante soltaba frases mordaces, incisivas o de reflexión.

Desde sus inicios, el folk blues se convirtió en un medio de protesta o denuncia contra situaciones sociopolíticas que afectaban a la mayoría de la población.

En el caso de los Estados Unidos, la psicosis creada en los jóvenes sesenteros por la guerra de Vietnam (con el hecho no tan simple de morir a temprana edad) fue un gran motivo para la proliferación de tal canto, con diversos resultados.

Woodie Guthrie, el primer gran representante del género entre los blancos, dijo que “era necesario un hombre atribulado para interpretar canciones atribuladas”. Así, esta música popular se desparramó por aquella nación y, en casos como el de Don McLean, por todo el mundo.

McLean (quien nació el 2 de octubre de 1945, en el estado de Nueva York) es el autor de la canción “American Pie”, un folk blues elegíaco sobre los años sesenta con tintes epopéyicos y baladísticos, que enmarca una historia un tanto críptica de ocho minutos y 27 segundos de duración.

Es una canción llena de referencias tanto personales como generacionales. Una de ellas es con respecto a Buddy Holly, uno de los héroes y víctimas del primer rock and roll, quien murió el 3 de febrero de 1959 en un avionazo junto a Ritchie Valens y Big Bopper. De ahí el estribillo que proporciona el leit motiv al tema: “The day the music died…” (El día que murió la música).

McLean ha declarado que Holly fue la única persona a la que idolatró de niño: “A la mayoría de mis amigos les gustaba Elvis Presley. Pero a mí me interesaba más Holly porque sentía que los temas de sus canciones hablaban de lo que en realidad me pasaba a mí”.

Efectivamente, la música que hacía Buddy Holly simbolizó algo más profundo que otros cantantes del momento. Su canción “That’ll Be the Day” (Ese será el día) ponía énfasis en las emociones ambivalentes y desconcertantes de un joven preocupado por su existencia.

Asimismo, el grupo de Holly, los Crickets, patentó un sonido limpio, sólido y pleno de armonías inéditas. De esta manera se erigió en prototipo dinámico de un concepto instrumental y vocal que a la larga sería utilizado y llevado a su clímax por los Beatles, por ejemplo.

NAMES MCLEAN

“Holly se convirtió en una metáfora perfecta de la música e historia de mi juventud”, comentó McLean para referirse a su propia canción “American Pie”, en la que también aparecen menciones a Bob Dylan, a los Rolling Stones y a los Beatles.

Originalmente “American Pie” resultaba demasiado larga para caber en un solo lado de un disco sencillo, así que se dividió en dos partes para lanzarse como disco de 45 rpm. Por otra parte era un tema muy fuerte como para abreviar sus ocho minutos y pico de duración, y las estaciones de radio no tuvieron más remedio que trasmitirlo en su versión completa.

De esta forma entró a las listas de popularidad con el número 69 el 27 de noviembre de 1971. Siete semanas más tarde (el 15 de enero de 1972) alcanzó el número uno en los Estados Unidos (donde permaneció por cuatro semanas) y el segundo lugar en Inglaterra.

El álbum debut de McLean, Tapestry, fue rechazado por 34 sellos discográficos antes de que Mediarts lo editara al fin en 1970. Cuando United Artists Records compró Mediarts, Don McLean se convirtió en su artista nuevo de mayor éxito con el álbum American Pie, y dentro del medio artístico en el creador de una obra maestra.

La cantante Roberta Flack se inspiró en dicha canción para componer a su vez la pieza “Killing Me Softly with Your Song”, y más recientemente Madonna se apuntó otro hit al realizar un cover de “American Pie”. Sin embargo, no le hizo justicia al original y su resultado estético es desastroso, ya que en aras de la comercialización retomó el tema de manera edulcorada y con una edición que lo descontextualizó por completo.

VIDEO SUGERIDO: Don McLean – American Pie, YouTube (OLD TAPES)

Music File Photos - The 1970s - by Chris Walter

 

Exlibris 3 - kopie

“SUSIE Q”

Por SERGIO MONSALVO C.

SUSIE Q (FOTO 1)

 BABY, I LOVE YOU

 Nunca deja de sorprenderme la capacidad que tiene una canción para sintetizar una experiencia, un sentimiento, una emoción. Pero más sorpresa causa que pueda hacerlo en el corto plazo de dos o tres minutos.

Aquellos que se hayan enamorado alguna vez, sabrán del cúmulo de cosas que se desprenden de esa visión que causa la imagen de otro ser, sus movimientos, sus expresiones. Una experiencia que puede ir de una sacudida existencial hasta el más primitivo de los deseos carnales. Así de amplia es la gama de un momento dado.

Cuando una canción nos habla de ello en el breve lapso de su duración, y reconocemos en el transcurso de sus surcos dicho instante, esa pieza pasará inmediatamente al almanaque de nuestro soundtrack particular, y esa melodía nos acompañará por el resto de nuestra vida. Igualmente, cuando muchos reconocen en ella situación semejante, entonces dicha canción pasará a la psique colectiva y se volverá inmortal.

No importará si está compuesta con un ejemplar lenguaje poético o con la simpleza del habla cotidiana. A final de cuentas quedará instalada en el nicho de la sonoridad emocional humana. Y así como está conectada a ella, también lo estará, por fuerza, con otras manifestaciones, principalmente las artísticas y las mediáticas. El arte rockero se relaciona con todo.

El rock inició su andar con la radio, al mismo tiempo que con el cine. Desde entonces sus historias han sido tan largas como productivas. Todo fanático legítimo del género comienza su biografía emocional, su educación sentimental, sus afinidades electivas, con la escucha de la radio, en cualquiera de sus épocas. Las historias sobre esta relación llenan páginas y páginas en el devenir de tal música.

SUSIE Q (FOTO 2)

La historia que hoy nos convoca tiene que ver con ello; la narración sobre las andanzas de una canción en tres tiempos. Primeramente, la del adolescente que la creó en un momento de exaltación para luego, tras la euforia ser esquilmado por los detentadores de la industria. Este joven se llamaba  Delman Allen Hawkins, pero era conocido como Dale.

Nació el 22 de agosto de 1936 en Goldmine, Luisiana, zona de granjas pobres y una de las regiones más deprimidas y apartadas de la Unión Americana (plagada de pantanos y caimanes y de las que la Gran Depresión había hecho polvo). Durante la infancia, en su choza familiar, creció escuchando en la radio (la única diversión que había) antiguas baladas de los inmigrantes franceses, el góspel de la iglesia y el canto bluesero de las plantaciones cercanas.

Aquello acabó cuando su padre, un músico de bluegrass, falleció en un incendio, quedando huérfano. Fue enviado a un orfanatorio en otra localidad, a orillas del río Rojo, donde por las noches sintonizaba la estación local de radio, la cual trasmitía las primeras canciones de Elvis Presley. Vivió de esta manera el nacimiento del rock & roll, entre la fatalidad, la pobreza y los ritmos locales (swamp, blues y country).

Al cumplir los veinte años Hawkins ensayaba con una guitarra que se había comprado con lo que había ahorrado vendiendo periódicos en la calle, cuando conoció a Susan Lewis, quien se acercó a escucharlo. Verla caminar y escucharla hablar hicieron que se prendara de ella. Le escribió una canción en clave de rockabilly y quiso grabarla en el estudio Jewel/Paula, del padre de Susan.

Éste, ante la oportunidad exigió que lo pusieran como coautor ya que su hija había inspirado la letra y también que anotaran entre los nombres de los créditos a Eleanor Broadwater, esposa de un DJ que la programaría en su estación de radio, como payola. Además le cobró los 25 dólares de cuota por grabarla.

Joven e inexperto, Dale Hawkins sólo quería escuchar la canción en un disco y lo demás no le importó. “Susie Q” se convirtió en seguida en un éxito desde su aparición en 1957. La inocencia erótica de aquel flechazo y su grito extasiado (“Me gusta como caminas / Me gusta cómo hablas / Mi Susie Q”), fue el inicio de la descripción poética de tal momento, que aún continúa efectúandose por doquier.

Pero Dale jamás vio un centavo de regalías. Todas le fueron birladas por el dueño de aquél estudio. Y lo único que le quedó fue el reconocimiento del medio por su síntesis de los estilos sureños de Louisiana, por el solo de guitarra y riff de Jim Burton y por su contribución al legado del rock (el swamp rock), debido a ello con el tiempo fue ungido al Salón de la Fama del mismo y la canción inscrita entre las 500 históricas que lo formaron.

VIDEO SUGERIDO: Dale Hawkins – Susie Q LIVE, YouTube (hepcat68’s)

En noviembre de 1967, una década después, surgió Creedence Clearwater Revival (antes The Golliwogs) con un nuevo comienzo de tocadas, bailes y demos. Por ese tiempo el grupo participó gratuitamente en un concierto de apoyo a una huelga de programadores de radio de la cadena KMPX, así que cuando John Fogerty le presentó su material más fresco —una versión del clásico “Susie Q” de Dale Hawkins—, al asesor de programación Bill Drake, éste escuchó la versión, lo entusiasmó y la recomendó a todas las estaciones de radio que atendía a pesar de su larga duración (8’36”). Los DJ’s de la cadena californiana la programaron sin parar en retribución a su apoyo huelguístico.

Creedence File Photos

Los distintivos sonidos de un poderoso y sugerente estilo, tan diferente de lo que se escuchaba por entonces, una mezcla de rock sureño con psicodelia (el sonido del vibrato extendido en la guitarra está presente en el tema, al igual que las versiones blueseras largas y reflexivas, donde su largueza recrea atmósferas y permite el viaje mental del escucha).

Además de un brillante trabajo de producción y uso del estudio, fueron las cosas que permearon los aires primaverales de una Bahía acostumbrada al nacimiento de todo lo imaginable y se extendió vigorosamente por el resto de la Unión Americana. Tan rápido que pronto el tema llegó al Top Twenty para sorpresa de los ejecutivos y el nuevo dueño de la compañía que no estaban preparados para el fenomenal acontecimiento.

No tenían listo un LP completo del grupo. El éxito de “Susie Q” los obligó a incluirla en el rápido ensamblaje del álbum en su versión completa, tal como se trasmitía en la radio, y para ello la dividieron entre el lado A y B del mismo. Así apareció Susie en el homónimo primer disco, Creedence Clearwater Revival (en julio de 1968), que la incluyó entre sus ocho temas, que pusieron al sonido Bayou en primera plana.

Y así como esta canción surgió de una inocente atracción, pasó luego a ser emblema, hasta llegar a ser usada, otra década posterior, como banda sonora de la barbarie, de la exacerbación de los bajos instintos, los salvajes y más primitivos. Esos que son soltados como arma arrojadiza durante un enfrentamiento bélico para mantener excitados a los combatientes. Así la plasmó Francis Ford Coppola en la película Apocalypse Now.

A una base militar en Vietnam llega un helicóptero con un grupo de Playmates, como parte de una operación de entretenimiento para los soldados. En cuanto el aparato toca el escenario los músicos comienzan a tocar “Susie Q”. Las muchachas, con diferentes y brevísimos disfraces, descienden e inician el espectáculo de su baile. La soldadesca (alcoholizada y drogada), con meses o años sin salir de aquella jungla, enloquece, vocifera, chifla y lanza frases y gestos canallas hacia ellas. En turba se lanzan enardecidos al podio sin que la policía militar pueda contenerlos. Hay peleas, granadas de humo y un tumulto generalizado que hace que las “conejitas” huyan. Se van con el espectáculo al siguiente campamento entre las notas finales de la pieza…

Cada canción importante es poliédrica y cuenta con infinidad de historias en su haber, como “Susie Q”. De eso trata el canon musical de un género, de cómo unas letras, unas notas, una melodía, presentan a las personas o sus emociones en cualquiera de sus extremos. Nunca dejan de ofrecer otras lecturas, como lo deben hacer los clásicos.

VIDEO SUGERIDO: Suzie Q – Creedence Clearwater Revival, YouTube (Creedence Clearwater Revival)

SUSIE Q (FOTO 4)

 

Exlibris 3 - kopie

THE TROGGS

Por SERGIO MONSALVO C.

THE TROGGS (FOTO 1)

 EL AMOR DE LOS TROGLODITAS

Reg Presley falleció el 4 de febrero del 2013 en su natal de Andover (Inglaterra). Era el vocalista de The Troggs, de auténtico nombre Reginald Ball, tenía 71 años. El nombre de su grupo era un derivado de “trogloditas”, el cual retrataba su estilo inicial: tuvieron impacto con lúbricas proclamas como “Wild thing” o “I Can’t Control Myself”.

Los Troggs eran un cuarteto como tantos otros, que enseguida supo adaptarse a aquellos tiempos acelerados que fueron los años sesenta. “Wild Thing” venía firmada por el neoyorquino Chip Taylor, que también les proporcionó otro éxito, “Anyway that you want me”.

El grupo comenzó en 1965 haciendo temas propios y Presley decidió insistir. Compuso una canción pegajosa, “With a Girl Like You”, que a la postre sería su único número uno en el Reino Unido; y también un himno propio de 1967, “Love is all around”. Se trataba de una visión de fraternidad universal que a la larga garantizaría la longevidad de su carrera: el cine y la publicidad han recurrido frecuentemente al repertorio de los Troggs.

Como protegidos del grupo estadounidense REM hubo un relanzamiento de su carrera a principios de los noventa, con producción de Mike Mills y Peter Buck, grabaron Athens Andover. Sting, por su parte, los contrató como animadores de su boda con Trudie Styler. Hasta se celebró su obra en un libro minucioso, Rock’s wild things: The Troggs files. La demanda por su indestructible cancionero no se redujo: el grupo tocó hasta principios del 2012, cuando las dolencias de Reg impusieron su retiro.

THE TROGGS (FOTO 2)

VIDEO SUGERIDO: The Troggs – Love Is All Around, YouTube (jthyme)

 

Tornamesa

“LOUIE LOUIE”

Por SERGIO MONSALVO C.

LOUIE LOUIE (FOTO 1)

 TÓTEM DEL GARAGE

 Hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie” es una pieza que la vida transformó en estandarte, himno, y un clásico del cóver de todos los tiempos. Su creador original fue Richard Berry, quien escuchaba “Havanna Moon”, un tema de Chuck Berry (sin parentesco) del que le encantaba la atmósfera y el ritmo.

Richard Berry fue un cantante y compositor de rhythm and blues que nació en Nueva Orleáns, pero que en 1955 decidió cambiar del estilo doo-wop, que lo caracterizaba, al rock and roll y compuso la pieza “Louie Louie” inspirada en aquella vieja tonada de Chuck Berry.

La canción original trataba acerca un marinero jamaicano que le platica al cantinero de un bar, de nombre Louie, sus penas amorosas. Un tema naive con un ritmo pegajoso que fue un éxito local y luego pasó al olvido. Hasta que en 1963 lo retomaron los Kingsmen y todo explotó.

LOUIE LOUIE (FOTO 2)

The Kingsmen, originarios de Oregon, hicieron un cóver con el sonido del garage primigenio –sección rítmica muy marcada, enfático riff y un solo de guitarra enloquecido- y adaptaciones fugaces a las letras con dobles sentidos de carácter sexual.

El asunto inmediatamente atrajo a las audiencias adolescentes como oyentes e intérpretes de la misma. Pero no sólo a ellos. Al FBI le pareció obscena e inmoral. La investigación duró 30 meses, pero nunca pudieron enjuiciar a nadie porque las interpretaciones cambiaban de una a otra y a cual más incomprensible.

La censura, la jocosidad de sus intenciones y las ambiguas conclusiones del expediente, unidas al pegadizo tema, lo catapultaron como emblema e himno contestatario al que cada cantante o grupo a partir de ese instante pudo incluirle o cambiarle los versos a discreción.

A “Louie Louie” se le han insertado temáticas políticas, sexuales o sociales de cualquier índole, dependiendo del momento y las intenciones particulares, manteniendo la estructura de la canción. La sencillez de la misma permite la improvisación lírica y musical. Eso ha hecho de “Louie Louie” el pilar por excelencia del rock de garage.

Lo dicho: hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie”, al que se le han hecho 1800 versiones registradas. Una pieza que nació inocente y se transformó en un clásico inmortal.

Shock, horror: the Kingsmen performing live, possibly singing Loui Louie.

(VIDEO SUGERIDO: Louie Louie The Kingsmen (Stereo), YouTube (Smurfstools Music Time Machine)

 

Exlibris 3 - kopie

WHEN I’M SIXTY FOUR

Por SERGIO MONSALVO C.

WHEN I'M 64 FOTO 1

 DÍGITO HISTÓRICO

La numerología es una materia con la que el rock & roll (su cultura, su música) ha tenido que ver a lo largo de su existencia. Tanto sus fans como sus detractores la han usado para explicarlo. En la actualidad la red está plagada de sitios relacionados con ello. Básicamente por los extremistas religiosos que terminan perorando sobre su andar satánico y por los esotéricos que no escuchan un disco sin consultarla.

Sin caer en tales estulticias y remitiéndose a lo exclusivamente pitagórico, es curioso encontrar cómo tras las canciones con números en sus títulos existen historias muy interesantes, que alumbran el quehacer artístico del género: plantear dudas sobre la existencia en general, de manera puntual. Ejemplos sobran: “Zero”, “One”, “Song 2”, “Two Minuts to Midnight”, “Three Imaginary Boys”, “Five to One”, “Kicks After Six”, “Eight Steps”, “Revolution # 9”, “21 Guns”, “Question 67 & 68”, etcétera.

En los anales mismos de su desarrollo podemos vislumbrar que son dos asuntos sobre los que se busca discernir en el cruce entre tales materias: Eros y Thanatos.

En lo tanático lo que sobresale hasta el momento es la relación de los números y la muerte de algunos de los intérpretes musicales. Y por ello han cobrado importancia números como el 17 (años con los que murió Ritchie Valens y que marcan el mínimo común denominador), el 27 (que ya ha formado incluso un club honorario: Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Amy Winehouse, et al).

También, en ese sentido, está el 40 (con los que falleció John Lennon) y el 42 (cuando hizo mutis Elvis Presley). Este último número marcaba, hasta entonces la fecha, a la que se le podía llamar de facto la última barrera mortal de los rockeros icónicos. Sin embargo, con el fallecimiento de Chuck Berry, a los 90 años, el dato cambió. Aún no desaparecen varios de los pioneros fundamentales del género (Little Richard o Jerry Lee Lewis) que pondrán en su momento la señal en otra cifra.

Eros, por su parte, como cuestión de instinto de supervivencia y pulsión amorosa.  Concentrándolos ambos, un ejemplo que salta a la vista es el que nos convoca a esta emisión con efeméride de por medio: el cumpleaños número 64 del rock & roll en el 2016 (nació y fue registrado con ese nombre en 1951). Y para celebrarlo nada fue mejor que la pieza de los Beatles que contiene tales dígitos: “When I’m Sixty Four”.

La pieza fue ideada primeramente por Paul McCartney cuando estaba en el umbral de los 17 años de edad y era usada para cubrir algún desperfecto  técnico durante las actuaciones del grupo en The Cavern, en Liverpool. Con el tiempo se convirtió en vehículo de un concepto tanto lírico como musical (cuya genial ornamentación requirió del uso de un trío de clarinetes), que culminó con su presentación como parte del histórico álbum del Sargento Pimienta (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band).

WHEN I'M 64 FOTO 2

McCartney, que inició el tratamiento del tema como un juego escénico al ejecutarla en el piano, la convertiría a la postre en un regalo para su padre (que cumplía esa edad) y luego como vehículo para plantearse preguntas sobre el amor a una edad que a un joven como él le parecía imposible.

La pieza causó primeramente extrañeza entre un público que festejaba el hedonismo y se mantenía lejano de toda cuestión mórbida, para luego ser aceptada como parte de un todo experimental.

VIDEO SUGERIDO: Beatles – When I’m Sixty – Four, YouTube (Club Love)

A mí dicha canción me servirá en esta señalada ocasión para parafrasearla, cambiando al monologante e inquieto personaje del tema y su destinataria (un hombre joven que le pregunta a su amada por la perpetuidad de su amor) por el del rock mismo como protagonista, preguntándole a su seguidor (los fans) la misma cosa: “¿Me necesitarás, me seguirás alimentando cuando tenga 64 años?”

Se sabe que los adolescentes que brindaron a Elvis su primera histérica recepción en la década de los cincuenta, ahora tienen más de 70 años de edad y lo siguen escuchando. Esto significa que quienes eran jóvenes en el nacimiento del rock, no lo han abandonado para cambiarse en masa a las filas de la música clásica o al tango.

Es una situación constatable que el auditorio del rock no desaparece en cuanto sus miembros rebasan la pubertad, al contrario. Es el único género en el que pueden convivir diferentes generaciones y hasta compartir gustos por uno o varios estilos.

Con ello inevitablemente se despierta la pregunta de quién fue el idiota que dijo que el rock era terreno exclusivo para adolescentes o veinteañeros.

El rock mismo ha enseñado a la sociología, a la antropología y a otras ciencias sobre la investigación humana que pese a los esfuerzos por asentar tal cliché, esta visión simplista del género, los hechos resultan subjetivamente más complejos; que el concepto de la edad no se delimita por designio físico.

Para aquellos que torpemente se empeñan en seguir encuadrando a este sonido como “la música de los jóvenes” habría que señalárseles que ni los músicos ni sus auditorios desaparecen con los años. El rock tiene poco que ver con los hechos objetivos del tiempo y la edad, pero mucho con los reinos míticos de la juventud emocional, los cuales se encuentran siempre abiertos a los adolescentes de todas las edades.

El rock define la juventud no en años sino en emociones. Todo radica en lo que uno siente en su interior.Ese es uno de sus fundamentos.

Y ahora que éste cumplió 64 años cabe llamar a colación de nueva cuenta a la numerología para que nos diga que significa tal número. El 64 es signo de creatividad, independencia, originalidad; tiene un gran sentido del yo y es autosuficiente. Es iniciador de acciones, tiene espíritu pionero, coraje, extraordinaria voluntad y determinación de liderazgo. Trabaja mucho y se arriesga mucho.

Por lo que corresponde a su reducción teosófica (6 + 4 = 1) el 1 es un signo que siempre se muestra abierto a lo nuevo, es flexible frente a los cambios, toma la iniciativa y se convierte en una entrañable relación que dura para toda la vida. La pieza “When I’m Sixty Four” vio la luz el 1 de junio de 1967 dentro de aquel disco emblemático.

Todo eso era el rock a los 64 años. Y a cada seguidor le corresponde responder a la pregunta que plantea la canción. Recordando que las verdades profundas se revisten de una melodía cuyo desciframiento es  más cuestión de sabiduría que de erudición. Por cierto, varios de sus representantes cumplen o cumplieron esa edad ese mismo año: Bob Geldof, Sting, Keb Mo, John “Cougar” Mellencamp, Ace Frehley, Jonathan Richman, Max Weinberg, Jimmy Vaughan o Nils Lofgren, entre otros que siguen en activo.

Asimismo, en el listado de las giras más exitosas de tiempos recientes están las de U2, AC/DC, Eagles, Bruce Springsteen, los Rolling Stones y Paul McCartney. Grupos y solistas cuya edad cronológica rebasa en mucho el límite del lugar común y rebate cualquier sentencia sobre la edad de quienes deben escucharlo y de quienes deben de crearlo.

Aquella canción pesarosa que publicó Jethro Tull bajo el nombre de “Too Old to Rock and Roll, Too Young to Die!” es hoy una simple anécdota graciosa, que muchos artistas responden con su sola presencia. Incluso varios pioneros, los padres forjadores del género, siguen vivos, dando guerra a los casi noventa años y eso sí, por siempre jóvenes.

WHEN I'M 64 FOTO 3

VIDEO SUGERIDO: The Band – Forever Young, YouTube (Luka Prutki)

 

Exlibris 3 - kopie

“LIKE A ROLLING STONE”

Por SERGIO MONSALVO C.

LIKE FOTO 1

(REVISITED)

A los 12 años de edad es difícil explicarse muchas cosas. No se cuenta aún con los elementos necesarios para hacerlo. Sin embargo, se puede sentir tan intensamente como si se tuvieran 30 o 40. Hoy tengo 12 y estoy con la frente recargada en la ventanilla del coche de mi padre. Vamos a la escuela. Me encuentro en el asiento trasero y padeciendo una tremenda “cruda” amorosa, si pudiera llamarse así. Me siento bien y mal al mismo tiempo. Tengo el estómago en la boca, la cabeza revuelta y bastante frío. Incluso creo que hasta tiemblo mientras mi frente arde. Por eso busco la frescura del vidrio.

No es una sensación desconocida. Ya le he padecido en algunas otras ocasiones. Siempre al otro día de haber estado con ella. Me emborracho con su sola presencia. Enloquezco realmente y luego ante tanta sensación vivida en esos encuentros, pero sobre todo al no recibir respuesta alguna ante los sentimientos vertidos, me viene una resaca en la que hasta el pelo me duele.

Es curioso, porque aún no bebo alcohol –como ya dije acabo de cumplir los 12 años– y ya tengo toda la experiencia orgánica de sus efectos. Lo bueno de la situación es que comienzo a conocerme en esos extremos. Lo malo es que carezco de la sapiencia necesaria para darle a conocer lo que siento, del instinto de conservación para esconderlo o para atreverme a dejar de verla.

Mi cruda de hoy tiene una doble causa. Para festejarle los quince años, su familia le cumplió el deseo de viajar. No sé por qué, pero quiso ir a Los Ángeles, California, y se lo hicieron realidad. Así que se pasó en aquella ciudad un mes entero. Un mes en el que no la vi. Un mes en que estuve tranquilo. No obstante, volvió y en cuanto lo supe me apersoné en su casa. Le había comprado un regalito y se me hacía tarde para entregárselo y ver si ahora sí habría una respuesta a la pregunta que nunca le había formulado.

Cuando llegué a su casa afortunadamente estaba sola. La cosa pintaba bien. En realidad nunca había tenido dificultades para conversar con ella sobre cosas que nada tenían que ver con mis sentimientos. Por eso después de un discreto abrazo y beso en la mejilla de bienvenida, me comenzó a platicar sobre sus andanzas: las playas de Malibú, la visita a los estudios cinematográficos de Hollywood, las noches en el Whisky A Go-Go, los nuevos bailes, la forma de vestir de los muchachos, el pelo largo, el volumen de la música. Electricidad, pura electricidad por todas partes.

El viaje la había cambiado. La había vuelto luminosa. Se veía muy bien, pero algo en el fondo de todo ello me comenzaba a inquietar. La escuchaba hablar y mi lógica púber iba acomodando las cosas. Poco a poco, como en una película de terror, la música ambiental fue acentuando la sensación de algo al acecho, a punto de saltar.

El suspense detuvo por un momento su contoneo dentro de mí, cuando ella me dijo que había traído una cosa que me iba a gustar. Me dejó en la sala, acompañado de mi ansia de siempre. Regresó a los pocos minutos y me mostró un tocadiscos portátil, del tamaño de una caja de zapatos. De un compartimento del mismo sacó el cable para conectarlo y luego, de la bolsa en que lo guardaba, un disco.

Era un Extended Play (EP) de 45 r.p.m. En él aparecía un tipo rarísimo con el pelo largo, rizado y revuelto, traía puestos unos lentes oscuros para el sol sobre la nariz ligeramente aguileña. Estaba vestido con un traje negro y de las mangas asomaban los puños de la camisa. El tipo estaba sentado frente al piano, con las manos sobre el teclado. A la altura de su frente sobresalía un micrófono de grabación.

Era un disco sencillo de la CBS y destacaban en la portada las letras rojas con el nombre del artista y el título de las canciones, que no pude leer porque rápidamente sacó el acetato y aventó la portada al sillón. El corazón me dio un vuelco cuando puso el brazo del tocadiscos en los primeros surcos.

En esta época tenía yo las locuras bien señaladas: una era ella y la otra mi afición por los discos, por el rock. Así que cuando aventó la portada por primera vez sentí cierto enojo hacia ella, por su falta de consideración ante un objeto preciado como aquél. No obstante, se borró rápido cuando escuché las primeras notas de la canción.

La batería, el bajo y el piano arrancaron el tema creando una atmósfera extrañísima para mí, a la que se agregó la del órgano Hammond. Sin embargo, eso pasó a segundo plano cuando apareció la voz nasal, urgida y lanzando palabras e imágenes insospechadas: “Once upon a time…”. Había una vez. Era un cuento de hadas pero cínico, venenoso, fascinante.

Algo se movió en mi estómago, en el corazón, pero aún más en mi cabeza. ¿Qué era aquella música? ¿Por qué duraba tanto (6’13”, algo imposible en aquella época en que la radio marcaba los tiempos de la misma)? ¿Por qué decía aquellas cosas impresionantes, brutales, despiadadas y novedosas al mismo tiempo? ¿Quién era ese tipo?:

VIDEO SUGERIDO: Bob Marley – Like a Rolling Stone, YouTube (eduardo andrade rodriguez)

Bob Dylan, decía la portada, con aquellas letras rojas sobre el azuloso tono del resto de la fotografía. Fui a recogerla para leer los títulos de las canciones: “Like a Rolling Stone”, por un lado, y por el otro “Gates of Eden”. Vaya. El mundo comenzó a girar de otra manera para mí, y yo aún no lo sabía.

Estaba tan extasiado con lo que escuchaba, que la plática de ella tardó en penetrar mi conciencia y darme cuenta de lo que había dicho: “Son regalos. El tocadiscos y el disco. De un muchacho al que conocí allá. También andaba de vacaciones. Fuimos juntos a todas partes, a bailar, a nadar, a caminar por todos lados. Nos hicimos novios. Al rato va a venir”.

Nacer y morir. Todo puede suceder en el mismo instante. Ahora estoy recargado en este frío vidrio. Estoy enfermo, desahuciado. Creo que aún traigo enterradas dos o tres de aquellas palabras suyas. La sangre escurre, aunque no se me note. Pero al fondo de mi mente también aparecen esos sonidos, esa voz que rítmicamente me dice “Once upon a time…” Una voz que tendrá más futuro para mí, más imágenes, más poesía. Que aliviará el dolor de hoy y el de otras muchas ocasiones, aunque yo aún no lo sepa.

LIKE FOTO 2

 

 

Lo que hoy sé es que la música es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro primigenio y emocional entre las personas. Y quizá más en una época como ésta en que la voluminosa información mediática y la velocidad en la comunicación varían el sentido y el significado de las cosas, valiosas o no, de un momento a otro y la memoria colectiva acerca de lo importante sufre las consecuencias.

El historiador de la cultura y escritor James Surowiecki asegura que en estos tiempos de Internet una multitud virtual, conformada por mentes creadoras y pensantes, en conjunto puede ser más inteligente (tomar mejores determinaciones) que cualquiera de sus miembros en forma  individual siempre que se den tres condiciones básicas: que la multitud sea suficientemente diversa; que sus componentes puedan pensar de manera independiente, sin manipulación, y que haya algún mecanismo fiable, democrático, para recoger sus opiniones.

A un resultado obtenido así Edward Wilson, el biótecnólogo emérito de la Universidad de Harvard, lo llama consilence, esa facultad del conocimiento nacida de descubrir e interpretar las relaciones contemporáneas entre diversas disciplinas. Por su parte, el filósofo Nicolas Bourriaud ha dicho que las opiniones heterogéneas, combinadas y destinadas a formar una inteligencia sólida y fundamental, elaboran una nueva estética: tan diversa, nutricia y compleja gracias precisamente a sus interrelaciones.

Tales tesis, descubrimientos y conocimientos, produjeron resultados positivos cuando una reputada publicación que se ha especializado en dar a conocer, vía ensayística, la bitácora de la cultura popular desde la década de los sesenta, y la más sobresaliente del periodismo académico en este sentido— con motivo de los sesenta años del género del rock realizó una encuesta a nivel mundial para integrar una lista de las canciones más trascendentes del mismo en esas primeras seis décadas.

El cuestionario fue dirigido a miles de destacados artistas y científicos de diversas disciplinas y nacionalidades. Escritores, poetas, filósofos, traductores, cineastas, bailarines, arquitectos, escultores, pintores, actores, directores de publicaciones, músicos, periodistas y críticos, así como matemáticos, físicos, químicos y personas de otras ramas de las  ciencias exactas, crearon dicho listado en el que como respuesta a la pregunta “¿Cuál ha sido la canción que ha cambiado el rumbo de su vida?”, la casi totalidad contestó que “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan.

Dicha encuesta, un experimento sociológico, se ha convertido en un paradigma. Es decir, en el caso de esta canción y de este autor, la inteligenzzia global emitió su consenso sin ningún interés ni presión de por medio. Emociones, experiencias y sensibilidades a corazón abierto, comprobables y citables. ¿Existe un mayor alarde democrático?

Hace más de 60 años se grabó “Like a Rolling Stone” y todo lo anterior fue detonado: el rock, la música, la cultura entera.

En esa canción el cantautor expresaba honestamente su firme aversión contra una manera de ser. Cuando terminó de escribirla sintió que en realidad era ira lo que sentía, era la palabra que expresaba mejor su sentir existencial.

Con la decisión de electrificarse Bob realizo una revolución estética y psicológica, introdujo la poesía en el rock y le proporcionó voltaje a la poesía. Puso en palabras lo contemporáneo, lo retrató. Hacia allá se movía su lenguaje y hacia allá trasladó al mundo. Experimentó con los sonidos conectados al pulso cotidiano y con las raíces al viento. Construyó estilos, rítmica vivencial, nuevas visiones. Creó el folk-rock.

A partir de ahí, se tensó la fibra y el nervio en los oyentes con un irónico sentido férrico y literario: “Había una vez…” (Once Upon a Time…). La protesta y la propuesta. La virulencia de las emociones, un fuego existencial que consumió a seguidores antiguos y le ofrendó nuevos: numerosos, perdurables e interrelacionados. Se introdujo de manera original y permanente en el inconsciente colectivo.

“Like a Rolling Stone” apareció en el disco Highway 61 Revisited de 1965 –considerado uno de los diez discos fundamentales en la historia del rock–. Seis décadas después, los medios electrónicos y analógicos, las revistas canónicas del género de ambos lados del Atlántico la pusieron como la número uno de su listado histórico. La pieza aún impresiona y sigue conmoviendo.

LIKE FOTO 3

VIDEO SUGERIDO: david bowie – Like a Rolling Stone, YouTube (xxpiggystardustxx)

 

Exlibris 3 - kopie

GARAGE/11

Por SERGIO MONSALVO C.

GARAGE 11 (FOTO 1)

 LOUIE LOUIE

Louie Louie” es una pieza que la vida transformó en estandarte, himno, y un clásico del cóver de todos los tiempos. Su creador original fue Richard Berry, quien escuchaba “Havanna Moon”, un tema de Chuck Berry (sin parentesco) del que le encantaba la atmósfera y el ritmo.

Richard Berry fue un cantante y compositor de rhythm and blues que nació en Nueva Orleáns, pero que en 1955 decidió cambiar del estilo doo-wop que lo caracterizaba al rock and roll y compuso la pieza “Louie Louie” inspirada en aquella vieja tonada de Chuck Berry.

La canción original trataba acerca un marinero jamaicano que le platica al cantinero de un bar, de nombre Louie, sus penas amorosas. Un tema naive con un ritmo pegajoso que fue un éxito local y luego pasó al olvido. Hasta que en 1963 lo retomaron los Kingsmen y todo explotó.

Shock, horror: the Kingsmen performing live, possibly singing Loui Louie.

The Kingsmen, originarios de Oregon, hicieron un cóver con el sonido del garage primigenio –sección rítmica muy marcada, enfático riff y un solo de guitarra enloquecido- y adaptaciones fugaces a las letras con dobles sentidos de carácter sexual.

El asunto inmediatamente atrajo a las audiencias adolescentes como oyentes e intérpretes de la misma. Pero no sólo a ellos. Al FBI le pareció obscena e inmoral. La investigación duró 30 meses, pero nunca pudieron enjuiciar a nadie porque las interpretaciones cambiaban de una a otra y a cual más incomprensible.

La censura, la jocosidad de sus intenciones y las ambiguas conclusiones del expediente, unidas al pegadizo tema, lo catapultaron como emblema e himno contestatario al que cada cantante o grupo a partir de ese instante pudo incluirle o cambiarle los versos a discreción.

A “Louie Louie” se le han insertado temáticas políticas, sexuales o sociales de cualquier índole, dependiendo del momento y las intenciones particulares, manteniendo la estructura de la canción. La sencillez de la misma permite la improvisación lírica y musical. Eso ha hecho de “Louie Louie” el pilar por excelencia del rock de garage.

Hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie”, al que se le han hecho 1800 versiones registradas. Una pieza que nació inocente y se transformó en un clásico inmortal.

GARAGE 11 (FOTO 3)

(VIDEO SUGERIDO: Louie Louie The Kingsmen (Stereo), YouTube (Smurfstools Music Time Machine)

 

GARAGE 11 (REMATE)