SONORIDADES: STOP MAKING SENSE

Por SERGIO MONSALVO C.

STOP MAKING SENSE (FOTO 1)

(JONATHAN DEMME)

Los efectos de la explosión punk en la segunda mitad de los años setenta se multiplicaron polarizándose y dando la bienvenida a nuevas voces, sonidos e ideas. Irrumpieron grupos que, en términos generales, tenían el propósito de rescatar al rock de la excesiva formalidad en que había caído y de enfrentar a la música Disco con la inteligencia y la pasión expresiva.

A este movimiento renovador se le conoció como “New wave”, cuyas distinciones se hicieron cada vez más borrosas con el paso del tiempo, aunque hubiera surgido por igual de los diversos ambientes underground de las principales metrópolis del mundo.

Nueva York, obviamente, contribuyó desde un principio con grupos como Ramones Television, Blondie y sobre todo con Talking Heads, quienes con el transcurrir de su desarrollo hicieron olvidar las definiciones genéricas (minimalismo, art rock, avant-garde, etno rock, etcétera) hasta convertirse en un grupo de características multinacionales, y con un líder que reveló un talento creativo que rebasó la música para interrelacionarse con otras artes como el teatro, el performance, la danza y el cine.

Por todo ello, Talking Heads se erigieron como un grupo innovador y cosmopolita que siempre se encontró en transformación y reinventándose a sí mismo. Negándose a ser convertidos en una fórmula, por más de una década trabajaron con un contenido temático poco ortodoxo y una progresión estilística continuamente adelantada a su época.

Como muchas de las más importantes formaciones de los sesenta (Beatles, Rolling Stones, Who, etcétera), los Talking Heads emergieron de una escuela de arte, lo cual les proporcionó una perspectiva abierta que los convirtió en músicos nada convencionales. Fue un grupo que se movió con una mística común para explorar al mundo impulsado por un artista excepcional: David Byrne.

Dentro de la mitología rocanrolera de todos los tiempos, David Byrne ocupa un importante lugar debido al ilusionismo desplegado en la escena musical con su multifacética personalidad. Gracias a ella ha dado expresión, desde entonces, a voces urbanas que no habían sido tomadas en cuenta; a caras de la humanidad que no por ocultas eran menos inquietantes.

En 1982 lanzaron un álbum doble en vivo denominado The Name of This Band Is Talking Heads. Era su historia musical y un escaparate de sus actuaciones en vivo: un recuento. A fines de ese mismo año se reunieron para la producción de Speaking in Tongues. En él incluyeron al guitarrista Alex Weir, con vista a una distinta dirección musical.

El producto fue una clara muestra del talento rítmico de todos y de la fascinación que Byrne siente por la palabra expresada por los predicadores en trance. El disco apareció en 1983 y se lanzó como sencillo la canción “Burning Down the House”.

Para la gira Byrne decidió poner a prueba nuevas ideas en el escenario. Pensó en el asunto como una puesta teatral, haciendo de todo ello una experiencia visual más emotiva. Incorporó elementos escenográficos, coreográficos y de vestuario (adaptando a su estilo el enorme traje blanco inspirado en el teatro Noh japonés). La transformación de Byrne fue completa y el espectáculo se convirtió en uno de los mejores de la escena rockera.

Entusiasmados por el resultado de la gira, buscaron hacer una película con tal presentación. Contrataron al director Jonathan Demme para su realización. La película captó las sensaciones que el grupo, y Byrne en particular, quería transmitir y se convirtió en más que una filmación de un concierto de rock. La película resultante, Stop Making Sense, se estrenó en abril de 1984 y al mismo tiempo se editó el disco con el soundtrack.

VIDEO SUGERIDO: Talking Heads – Once In A Lifetime (Stop Making Sense, 1984) (HQ), YouTube (Regenbogenkotze)

STOP MAKING SENSE (FOTO 2)

Por otra parte, el director de la cinta, Jonathan Demme, con esta película (Stop Making Sense, un film musical extraordinario), así como la siguiente Something Wilde (Novia peligrosa, comedia) mostraron al mundo a un cineasta que siempre se había distinguido del criterio promedio en sus respectivos géneros.

Demme dio comienzo a su carrera en 1974 con un filme en el que desempeñan un importante papel los barrotes: Caged Heat. Por encargo de Roger Corman, el rey de las películas de serie B, Demme rodó una clásica producción de “mujeres tras las rejas”. En ese entonces ya colaboraba con el camarógrafo Tak Fujimoto. Y la ambición de los dos debutantes se concentraron en hacerlo todo un poco diferente.  La música de John Cale acompañó unos cortes de edición.

Después de otros trabajos por encargo, como Asesinato à la carte, Persígnate y vete al infierno; una minicarrera como actor (Saludos del planeta Saturno) y un éxito apreciable con Melvin y Howard, llegó la gran sorpresa: en 1984 Stop Making Sense se convirtió en el primer ejemplo de un concierto puesto en escena en su totalidad para la cámara. 

También fue valiente la interpretación presentada por Demme del género documental: Swimming to Cambodia muestra durante 87 minutos a un hombre sentado a una mesa y hablando, no aburre nunca.

Stop Making Sense y Swimming to Cambodia fueron altamente reconocidas por los críticos y la gente del medio.  Lo que le faltaba a Jonathan Demme era el público.

“Es maravilloso haber escapado del monstruo de la comedia ─declaró Demme en su momento─.  Ya no tengo que preocuparme por el timing o la expresión visual de los gags. Puedo concentrarme en lo que sucede entre los personajes”.

Y así lo hizo con el thriller The Silence of the Lambs (El silencio de los inocentes, 1991) el que llevó este hecho por primera vez a la conciencia del público en general.

Jodie Foster, en el camino a su primera misión verdadera como agente del FBI,  paso por paso recorre el largo corredor de un reclusorio.  La cámara muestra lo que ven sus ojos: barrotes a mano derecha e izquierda, detrás de ellos las celdas con los criminales. Los comentarios obscenos son lo más inofensivo que se le brinda en la oscuridad tras las rejas. Al final del pasillo se encuentra una sección especial de seguridad para un solo ocupante: Dr. Hannibal Lecter. 

Un ex psiquiatra que se ha convertido en un caso clínico y que ha pasado a la historia criminal (y la prensa amarillista) como “Hannibal, the Cannibal”. Asesinó a toda una serie de personas, mutiló a sus víctimas y comió algunas partes de sus cuerpos.

Jodie Foster entra a la sección del Dr. Lecter y encara al monstruo de frente. La celda está perfectamente iluminada y no hay barrotes que se interpongan a la vista.  La diseñadora de la producción, Kristl Zea, dio la solución: vidrio. La cámara elabora sin obstáculos el eje principal de la película: la relación entre la agente y el inteligente loco (una actuación excelente de Anthony Hopkins). 

Ella busca informaciones de su tiempo como psiquiatra. A cambio, él le pide detalles íntimos de su vida. El silencio de los inocentes ocupó durante varias semanas el primer lugar en las listas cinematográficas en todo el mundo.

La lista de películas importantes dirigidas por Demme no ha dejado de crecer desde entonces: Philadelphia, Beloved, The Manchurian Candidate… y un par más donde el rock vuelve a jugar un papel importante: Neil Young: Heart of Gold y Ricki and the Flash, entre ellas.

VIDEO SUGERIDO: Talking Heads – Girlfriend Is Better (from Stop Making Sense), YouTube (Lucaas)

STOP MAKING SENSE (FOTO 3)

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SONORIDADES: HIGH FIDELITY

 SERGIO MONSALVO C.

HIGH FIDELITY (FOTO 1)

 ¿POR QUÉ ME GUSTA?

1.- Hay escritores con los que te identificas de manera perdurable; que con su visión del mundo te vuelves cercano y empático con ellos, porque expresan de forma inmejorable emociones que has sentido. Con Nick Hornby me sucede eso, y desde que lo descubrí –tiempo ha—suelo seguir su pista literaria tanto como la adaptación cinematográfica de la misma. Este escriba británico me ha producido grandes y pequeños placeres con su obra. Y de entre ella, High Fidelity destaca sobremanera por las afinidades que siento.

2.- Este año se cumple un cuarto de siglo de su publicación. Es un retrato plagado de gracia y ternura hacia algo tan triste como la ruptura sentimental y lo que sigue: el desconcierto, la pérdida, el temor a la intemperie y la desolación que pueden sobrevenir tras el quiebre amoroso. De ella, además de lo mencionado, lo que me enganchó fue que tenía a la música como principal protagonista, al rock en específico, y al individuo que la porta como un quijote contemporáneo. Hornby es rockero en cuerpo y alma y aquí proporciona una de sus grandes muestras.

3.- La cultura del autor inglés en este libro tiene raíces claras con diversos mentores como Umberto Eco, el primero, quien anotó que mucha gente da por hecho que de proponérselo el mundo entero cabría en una sola lista por imposible que esto pudiera parecer (Borges sería uno de ellos, y por eso es otra de las raíces de Hornby). Desde los comienzos de la escritura, la obsesión humana por registrar las cosas, de la que surge toda clasificación u ordenamiento, ha sido algo perseverante en ella. Los primeros ejemplos de esto fueron las tablas de arcilla de los sumerios. High Fidelity es una lista vital. Hacer una lista obliga a reflexionar.

4.- Marcel Proust es otra conexión escritural y estética. Tal autor señaló que la única forma de saborear las impresiones vividas, en cualquier sentido (en este caso el amoroso), es la de intentar conocerlas más completamente. Ir ahí donde se encuentran, es decir, dentro de uno mismo, y volverlas claras hasta en sus profundidades. Con el fin de darnos cuenta de que las resurrecciones de esas impresiones en la memoria evocan las sensaciones de otro tiempo y, de forma semejante, provocan el surgimiento de una verdad nueva.

Las verdades nuevas, las ideas sobre nuestras emociones actuales, son pues sucedáneos de las penas pasadas. Porque recordar el dolor por el que hemos pasado nos obliga  a entrar profundamente en nosotros mismos. Y esa es una imagen del pasado que se intenta descubrir con los mismos esfuerzos que los necesarios para recordar tales momentos, y así saber o descubrir que nuestros conceptos sobre lo que somos, porque sentimos, están contenidos en aires de música (que las ha envuelto y acompañado) que nos vienen a la mente y que nos esforzamos por escuchar para identificarnos una vez más.

5.- La filmografía de Woody Allen es una filia más. Play it Again, Sam. Annie Hall, Hanna y sus hermanas, Manhattan…le ha hablado a Hornby, como a nosotros, de las relaciones de pareja, de sus complejidades y misterios, de sus búsquedas y cuestionamientos, de las respuestas jugando al escondite. La imaginación es una máquina que el sufrimiento pone en marcha, y con ello a las personas (en este caso mujeres) que posan para nosotros como representación de aquello que nos ha sucedido y nos conceden sesiones tan frecuentes (y algunas veces humorísticas) como si fueran un taller de compostura, que está en nuestro interior, y al que recurrimos en un nuevo periodo amoroso.

HIGH FIDELITY (FOTO 2)

6.- Me gusta el libro (y la película) porque también recurre a un gurú, como lo hace Allen en Play it Again, Sam. La figura de Humprey Bogart aparece como modelo para darle indicaciones al personaje, Alby, sobre como lidiar con las mujeres. Hornby utiliza tal recurso pero desde una evocación musical: Bruce Springsteen. Porque The Boss representa la autenticidad rockera, la quintaesencia del ser y estar como tal. Porque sus canciones (literalmente) le han salvado la vida a infinidad de personas. Por eso tal aparición en la película es medular. Es la enunciación del espíritu rockero.

7.- Me gusta la película basada en el libro (dirigida por Stephen Frears en el 2000 -hace 20 años-, con John Cuzak en el papel principal) porque Hornby no le puso pero alguno e incluso vertió buenos comentarios sobre ella. Cosa nada usual entre escritores y adaptadores. También le gustó porque mantiene el prurito de hablar de la música todo el tiempo, de manera significativa y puntual. Porque no es un musical, sino que la presencia del género es natural y no impostada. Por el bagaje que se percibe, que se siente en cada frase, en cada escena, en cada monólogo o diálogo.

8.- Eso nos conduce directamente al soundtrack escogido. Es un muestrario ecléctico en cuanto a épocas, subgéneros e intérpretes. Escuchar a los 13th Floor Elevators, con “You Gonna Miss Me” abre la brecha entre todo ello, y de esta manera transitan por ahí los Kinks y John Wesley Harding, Velvet Underground y Love, Bob Dylan y The Beta Band, Elvis Costello & The Attractions y Stereolab, al igual que Sheila Nichols, Smog o Royal Trux. Lo mismo que la versión que hace Jack Black (Barry en la cinta) del clásico del soul “Let’s Get it On” de Marvin Gaye.

9.- Por lo mismo, estoy igualmente de acuerdo cuando este último personaje, Barry (tumultuoso dependiente de la tienda de discos de Rob –Cuzak),  encarnando al rockero nato, al ejemplo de actitud, al que no va a tomar prisioneros ni pactar, manda al diablo, sin chistar, al cliente que entra en el establecimiento para pedir el disco que contiene la canción “I Just Call to Say I Love You”, pieza suprema de lo edulcorado, de lo melifluo en que se puede convertir un tema, un cliché de la cursilería, como si fuera tarjeta de Hallmark Cards.

10.- Me gusta el libro (y la película), pues, porque los personajes (Rob, Barry y Dick –Todd Louiso) hacen antologías personales de música (en esa época en cassettes, hoy mixtapes) para mostrarse, para definirse, para expresarse, como obsequio máximo para personas seleccionadas por cada uno de ellos (por amistad, por seducción, por amor). Lo cual es, quizá, uno de los mejores regalos que se le pueden hacer a alguien, debido a que en ello va implícita la sinceridad, la emoción, el sentimiento y el mensaje, que se quiere dejar claro. Es, valga el símil, una carta afectuosa escrita a mano. La música habla por uno.

11.- High Fidelity es una cinta (y libro) con el que me he identificado desde que apareció. Por afinidades electivas. Porque soy rockero de corazón, porque tal música ha estado presente en mi vida desde que la escuché por primera vez, porque es parte importante de mi oficio, porque hago listas constantemente con ella, porque es parte fundamental de mi memoria profesional, porque la he recibido y obsequiado como algo especial, porque me ha acompañado y con ella puedo definir a las personas, porque no hay momento alguno de mi existencia que no evoque alguna pieza.

12.- Me gusta High Fidelity porque soy coleccionista de discos, en varios formatos, y sé lo que significa adquirirlos, transportarlos, abrirlos y escucharlos (con toda su ceremonia), apreciarlos y mantenerlos en buen estado. Pero también porque sé lo que significa lidiar con ellos, con su carga histórica, emocional y física, acomodarlos en taxonomías particulares, secretas e íntimas, en nichos personales y cuidada selección. Por todo ello me identifico en varios aspectos con el filme y sus diversos niveles de lectura, porque los tiene. Es una gran película.

VIDEO SUGERIDO: “High Fidelity (2000” Theatrical Trailer, YouTube (Forever Cinematic Trailers)

HIGH FIDELITY (FOTO 3)

 

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SONORIDADES: CONTROL

Por SERGIO MONSALVO C.

CONTROL (FOTO 1)

 (ANTON CORBIJN)

La oscuridad de los días invernales (los donkere dagen) es característica de Strijen, una ciudad surgida durante el Medioevo (1167) en el oeste neerlandés. En aquella región se reúnen tres grandes ríos: Schelde, Maas y Rijn, creando con ello infinidad de charcas, pantanos y lagos de aguas bajas. El invierno es opresivo por su falta de luz y color. Lo plomizo del cielo apenas se distingue del confín bajo, acuoso y terreno.

No obstante, es el lugar que han elegido para estacionarse de manera inmemorial animales migrantes como los gansos y la espátula común. Son aves que volando o en el agua salpican el horizonte del níveo móvil que plasma su plumaje. Provocan un impactante contraste, como si fuera un paisaje emborronado por un autor expresionista.

En esa zona de la provincia de Zuid Holland nació (en mayo de 1955), y se crió, Anton Johannes Gerrit Corbijn van Willenswaard, mejor conocido en el mundo artístico como Anton Corbijn. La influencia que tuvo la atmósfera de su terruño ha quedado patente en su trabajo como videoasta y director cinematográfico, así como en el de fotógrafo.

El niño que fue Anton y que se inició fijando aquellas imágenes sombrías con la cámara Polaroid de su padre, se convirtió con el paso del tiempo en la intención adolescente de acuñar una imaginería semejante pero con los intérpretes de la música que más le gustaba: el rock. Comenzó a los 17 años en su país, fotografiando al grupo Solution durante su actuación en el Festival Grote Mark de Groningen en 1972.

De formación autodidacta, pronto su interés por la fotografía se centró en el retrato. Su principal fuente de inspiración fueron los artistas y, en concreto, los músicos (aunque en el trascurso de los años frente a su objetivo ha desfilado gente como Jodie Foster, Robert De Niro, Cameron Diaz, Johnny Depp, Clint Eastwood o Martin Scorsese).

A partir de ahí y de su trabajo en la revista OOR, donde comenzó a publicar, Corbijn ha engrosado su muestrario y establecido un estilo (a través de publicaciones como New Musical Express, Vogue, Rolling Stone o Harpers Bazaar, entre muchas otras) que lo ha convertido en un reconocido hito de la plasticidad artística, con marca de autenticidad.

Sus imágenes, tanto fijas como en movimiento creadas a lo largo de casi cuatro décadas –de Art of Noise a Tom Waits en decenas de videos o fotos– y que incluyen dos largometrajes laureados: Control (biopic de Ian Curtis) y The American (con George Clooney), le han conferido el título de “Maestro del arte oscuro” en tres diferentes medios que se caracterizan, además, por sus miles de oficiantes en competencia.

Pero, ¿qué es lo que convierte a Corbijn en maestro tanto videoasta (con ejemplos como el de “Personal Jesus” de Depeche Mode, “One” de U2 o “Heart Shaped Box” de Nirvana), como fotógrafo (lo mismo retratista –no sólo de músicos sino también de otras disciplinas— que como hacedor de portadas de discos: U2 o Depeche Mode le deben su mejor look) o cinematográfico (con las ya mencionadas cintas)?

En primer lugar quitándole el artificio glamouroso a la fotografía tradicional de los retratados, para que queden patentes “el dolor y el drama” implícitos en la creación. Para ello busca representar al sujeto como una figura seria, que carga el peso de su propia celebridad, fotografiándolos o filmándolos en espacios neutros y amplios, alejados del bullicio de la fama. Intentando captar, así, el lado humano y emociones naturales del que fotografía, creándoles una atmósfera sin abandonar su deslumbrante sequedad visual.

Rebobinando: En el momento en que un miembro de una disciplina artística distinta del cine, el mejor compendio de todas las artes, decide cruzar la línea y experimentar con un lenguaje que en principio no tiene por qué dominar con comodidad, al menos se le debe exigir que mantenga las constantes propias que le dieron el prestigio.

CONTROL (FOTO 2)

Anton Corbijn, reputado fotógrafo y realizador de videoclips, dio el salto en el 2007 con Control, biopic sobre Ian Curtis, cantante del grupo Joy Division, quizá el filme más adecuado para internarse con brillantez en el género cinematográfico puesto que se trató de una cinta rodada en blanco y negro, como la mayoría de sus fotografías en torno a las figuras del rock y el cine, y teniendo a la música como primer elemento dramático.

En julio de 1979, un amigo le presentó el álbum Unknown pleasures, el debut discográfico de Joy Division. “La primera vez no me impresionó mucho, la verdad. Sin embargo, volví a escucharlo y entonces sí me absorbió su magia”. Corbijn entonces, y tras un lustro de hacer fotografías en conciertos por su país, se trasladó a Londres.

Retrató en Manchester ese mismo otoño a Joy Division. “Lo había convertido en una misión particular”, ha explicado el artista. La imagen quedó elevada a la categoría de mítica tras el suicidio, seis meses después, de su cantante, Ian Curtis.

En el tiempo que siguió, Corbijn dirigiría casi un ciento de videoclips, publicaría una docena de libros con su obra gráfica y transformaría la imagen de grupos como Depeche Mode y de U2, aún en la cima de su popularidad. Se convertiría en el gran retratista del rock en blanco y negro; en una estrella multimediática que se elevó a la bóveda celeste, proyectando al firmamento, a aquel hijo de  pastor protestante rural que hacía fotos con la cámara de su padre.

Años después, Joy Division volvió a su vida; a Corbijn le propusieron rodar Control, un biopic sobre Curtis. “Tuve que respirar profundamente y calmarme. Joy Division me hizo mudarme de Holanda y comenzar a construir al tipo que hoy soy. Primero rechacé el proyecto, pero al final me di cuenta de que tenía que aceptarlo”.

En el ínterin apareció la edición de Touching from a distance, la biografía escrita por Debbie Curtis, la viuda de Ian, en la que se basó el guión de la cinta Control. Y luego vino el filme de Corbijn, estrenado en el 2007. El gran reto fue elegir a un actor casi desconocido, Sam Riley, de hipnótica similitud al Curtis original, que baila con sus mismos movimientos espasmódicos.

A la postre se reeditó, en Warner y Rhino, toda la obra discográfica -escasa- de Joy Division: los dos álbumes oficiales (Unknown pleasures, de 1979 y el póstumo Closer, de 1980) a los que se añadieron tomas inéditas de conciertos en vivo), y Still, la recopilación de rarezas y versiones de la época que sirvió de puente para que Joy Division, muerto Curtis, se convirtiera en New Order.

Corbijn explicó tras el estreno que no había hecho un filme musical, sino “una historia de amor con gran música de fondo”. Control se nutre de dos horas en blanco y negro (“así es como recordamos a Joy Division”, dijo el autor), una vibrante inmersión visual en la miserable vida de Curtis, un tipo culto que odiaba su creciente estatus de figura del rock,

El director lo conoció: “Era un tipo agradable y a la vez un bastardo en el amor. Intenté ser neutral con las dos mujeres con las que estaba involucrado  y con él. Quería incidir en que era un maniaco del control, probablemente por la vergüenza que le daban sus ataques epilépticos –explicó Corbijn–. Rodé en la misma casa en que vivió. Tuvimos que reconstruir los interiores en el estudio porque su hogar era muy pequeño, oscuro. Es increíble que alguien pudiera vivir allí”.

E igualmente morir. El 18 de mayo de 1980, a los 23 años, Curtis vio en la televisión la película Stroszek, de Werner Herzog, luego puso The idiot, un disco de Iggy Pop, y finalizó el día ahorcándose en la cocina, aprovechando que su ex esposa no estaba. “Creo que fue culpa de su epilepsia y de la mezcla de alcohol y medicinas, a lo que se agregó el divorcio y la sensación de bloqueo que le provocó el amor por dos mujeres…”.

VIDEO SUGERIDO: Official Control Trailer (Anton Corbijn), YouTube (IsolationIsolation)

CONTROL (FOTO 3)

 

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THE BOAT THAT ROCKED

Por SERGIO MONSALVO C.

THE BOAT THAT ROCKED (FOTO 1)

 ROMANTICISMO PIRATA

Por increíble que pueda parecer es cierto. En la década de los sesenta, en plena irrupción de bandas como los Beatles, Rolling Stones, The Who o los Kinks, la estación oficial británica de radio no emitía su música.

En 1966, sin duda alguna la época del mejor rock inglés, la BBC sólo trasmitía dos horas de rock a la semana (sólo la lista de éxitos pop). Pero la radio pirata inundaba el país con rock y pop 24 horas al día. Y 25 millones de personas, más de la mitad de la población, escuchaba cada día a los piratas”.

Así se inicia la sinopsis de The Boat that Rocked, una película protagonizada, entre otros, por el grandísimo actor Philip Seymour Hoffman (fallecido en el 2014), que narra las peripecias de un productor y un grupo de locutores fanáticos del rock, que deciden enriquecer la vida de sus conciudadanos montando una radio pirata a bordo de un barco anclado en aguas internacionales.

Un historia que su creador (el director y guionista Richard Curtis) dice no estar inspirada en hechos reales, pero que tiene mucho parecido con la hazaña de Ronan O’Rahilly, aquel loco irlandés  que durante décadas surcó los mares a bordo de embarcaciones ya legendarias dentro del mundo del rock como la Frederica, Mi Amigo o el Ross Revenge, haciendo llegar las emisiones de su Radio Caroline a millones de británicos –y no sólo– ansiosos por escuchar la buena música que se estaba generando en el Reino Unido y con ello una nueva cultura.

La puesta en dicha cinta es la historia fabulada (aglomerada, alegre y sucinta) sobre una radio pirata y libre, Radio Caroline, que durante décadas tuvo en jaque a la BBC y al gobierno británico a base de rock and roll.

VIDEO SUGERIDO: The Boat That Rocked Trailer (HD-Best Quality), YouTube (TheTrailerSiteDOTcom)

THE BOAT THAT ROCKED (FOTO 2)

 

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MONTEREY POP FESTIVAL

Por SERGIO MONSALVO C.

MONTEREY FOTO 1

 CUNA DE DEIDADES

En junio de 1967 se llevó a cabo el Festival Pop de Monterey, en California, origen de una nueva cultura (que desplazaba los focos de atención de la emprendida en Inglaterra, con el Swinging London, unos años antes) y asimismo epicentro de la contracultura (así fue de determinante tal periodo en el péndulo histórico).

El Monterey International Pop Music Festival (su nombre oficial) fue el primer festival masivo de rock que se realizó en el mundo. Ese solo hecho bastaría para anotarlo en la bitácora el acontecer humano, sin embargo la efeméride fue más allá de la anécdota. Fue el pico de una época que se conocería más tarde como el “Verano del Amor”, la plenitud de la revolución hippie y la plataforma de despegue de la experiencia psicodélica.

Al evento —que fue todo un happening, un carnaval, una fiesta multitudinaria y alegre— asistieron cotidianamente alrededor de 50 mil personas, en un suceso que duró tres días (del 16 al 18 de junio). Cabe señalar que este festival lo tuvo todo para encumbrar a quienes participaron en él.  Fue la primera gran reunión de este género que se salió del simple cuadro musical para convertirse en un fenómeno sociológico: el punto climático de un modo de vida, de otro sentido de las cosas.

La película del evento armada por D.A. (Don Alan) Pennebaker –considerado el mejor documentalista de su tiempo– fue el cartapacio de diversos comienzos, uno de ellos fue la perspectiva a futuro de los organizadores al tomar la decisión de filmar y grabarlo todo.

Para ello llamaron también a Wally Heider (poseedor del mejor equipo técnico de entonces) quien capturó las actuaciones con su estudio móvil con cintas de ocho pistas. Los álbumes editados de aquel momento, además de su ejemplar testimonio sonoro, han contribuido a dar a ese vasto acontecer el valor de un suceso planetario.

Algunos grupos participantes en ese momento se vieron elevados de golpe al rango de mitos mayores; y las piezas de mayor éxito sobre su escenario se convirtieron en himnos obligatorios reeditados durante años para brindar su propio festival a los que no estuvieron ahí.

El Monterey Pop Festival significó la presentación y consolidación de varios artistas legendarios a la postre (tanto ingleses como de la Unión Americana): Luminarias como Otis Redding (en una de sus últimas actuaciones pues moriría tiempo después, ese mismo año), el hindú Ravi Shankar, los ingleses The Who y The Animals compartieron el estrado con otros 25 grupos y solistas (The Asociation, Simon & Garfunkel, Paul Butterfield Blues Band, el africano Hugh Masekela, Laura Nyro, etcétera), repartidos entre los días que duró el acontecimiento.

MONTEREY FOTO 2

Fue la ocasión justa para los anfitriones franciscanos de presentarse en plan grande junto a quienes ya eran artistas reconocidos: The Mamas and the Papas al frente con John Philips, el creador de “San Francisco (Be Sure to Were Flowers in Your Hair)”, Canned Heat (con su modernizado blues de raíces), Grateful Dead (la agrupación emblemática del movimiento), Moby Grape (y el experimentalismo psicodélico), Quicksilver Messenger Service, Country Joe & The Fish y demás.

 VIDEO SUGERIDO: Monterey Pop Official Trailer, YouTube (Pennebakerhegedus)

Todos ellos dieron vida a leyendas en medio de otras, a una mitología particular inmersa en un Shan-gri-la generalizado, que musicalmente llegó a su cénit en dicho verano con tal Festival. A la fiesta multitudinaria asistieron personas venidas de todos los rincones de los Estados Unidos, pero también de Canadá, Europa, Latinoamérica y hasta de Nueva Zelanda y Australia (la creación de una población instantánea y fugaz, hecha de qué: ¿vagabundos, peregrinos?)

Sin embargo, nadie de los que estuvieron presentes, o de quienes hayan visto la película del evento posteriormente, podrá olvidar jamás las escenas de las presentaciones de Janis Joplin, Jefferson Airplane y Jimi Hendrix.

En ese momento de su historia el rock cimentaba su mitología posclásica con la aparición de mujeres en su cosmogonía. Eran émulas de Atenea (aquella diosa griega de la sabiduría que había sabido manejar a las Furias a base de rituales únicos), mujeres duras cuya divinidad irradiaba comportamientos distintos.

Se trataba de Janis Joplin (con el grupo The Big Brother & The Holding Company) y de Grace Slick (con el Jefferson Airplane), diosas nacidas del rock y de la contracultura. Ningún protagonista mitológico está completo sin la provocación de otros estilos iguales en fuerza, pero contrastantes. El rock ácido de los sesenta produjo a dichas deidades opuestas.

Jimi Hendrix, a su vez, construyó ahí su propia imagen. Él hizo de “Wild Thing”, por ejemplo, su versión; un novedoso espacio discursivo y contextual que nunca se volvería a relacionar con los Troggs ni con Chip Taylor.

Con ella Jimi se proyectó a la velocidad de la luz al Olimpo del rock, y agradeció el momento sacrificando una parte de sí mismo, creando una versión apocalíptica del tema, en cuyo final cacofónico derramó gasolina sobre su guitarra, para luego incendiarla en una mezcla de rito vudú y orgasmo cósmico.

Esas llamas electrizantes cobraron fuerza mitológica y el tiempo dejó de significar algo para él (viajero cósmico en el Año Internacional del Turismo). Se hizo inmortal, lo mismo que el Monterey Pop Festival. Epítome del Verano del Amor.

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VIDEO SUGERIDO: Jimi Hendrix Wild Thing Guitar Sacrifice, YouTube (ashutoshjohn)

 

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TINA

Por SERGIO MONSALVO C.

TINA (FOTO 1)

 VESTIDA DE BLANCO, ALMIDONADA Y COMPUESTA

De antemano, la película Tina (What’s Love Got to Do with It, 1993) de Brian Gibson parecía una empresa condenada al fracaso. ¿Acaso la bien portada Hollywood iba a abordar de lleno la sulfurosa relación sadomasoquista y permeada de cocaína de la pareja Turner? ¿Qué actriz sería capaz de producir suficiente violencia para encarnar la emanación sexual de Tina Turner?

Al ver la cinta, las dudas se confirmaron ampliamente. Por una parte, Hollywood, al pasar a su heroína por el molinillo de lo “políticamente correcto”, la privó de todo poder de fascinación y la redujo, a la manera de un filme de televisión con contenido social, a una buena madre de familia caída en las redes de un marido abusivo (Ike, quien a fuerza de ser “el malo” se convierte en el único personaje real de la película).

Por otra parte, la actriz Angela Bassett, lamentable clon salida del gimnasio fisiculturista, si bien hacia el final logra imitar los gestos de la Turner ochentera, no se acerca ni por medio segundo a la sexualidad primitiva que emana la Turner setentera, mezcla arrolladora del talento total y de un odio irremediable.

En estas circunstancias resulta inútil precisar en qué momento la cinta se tornó una hagiografía insípida y simple, al no buscar nunca realmente establecer un vínculo entre el talento de la cantante y la vida de la mujer, sino que se contenta con relatar cronológicamente los hechos, endulzados, apoyándose desesperadamente en una producción suntuosa. La píldora no se traga.  Sobre todo si uno ha tenido oportunidad de ver, sin aliento, extractos de los conciertos dados por la dama en otras épocas.

En 1993, Tina Turner ya no abría su show con la frase ritual “¿Are You Ready for Me?” Por desgracia parecía que el mundo estaba tan listo para recibirla que ya la había momificado, transformada para la historia y para nuestros descendientes en icono tieso: el de la Redención.

TINA (FOTO 2)

La mujer golpeada, la mujer honesta, la mujer eterna, sumisa y complaciente que huyó de su destino ya trazado para regresar a triunfar sobre el hombre negro y su genio artístico, sobre el hombre blanco y su genio comercial. Tras una buena década de éxitos y 30 millones de álbumes vendidos, Tina, la ex furia negra, el ex epítome del soul y el sexo, de la “música negra” en la que ella fue lo más sensual, blanqueada por la acción concentrada y libremente elegida de los dólares, los grandes costureros y los hombres de negocios, Tina esbozó un testamento. También blanqueado.

La película salió firmada por Touchstone, la división “adulta” de Walt Disney, sinónimo de limpieza y de gran público. Sin duda fue realizada con cuidado y todos los recursos hollywoodenses. No se escatimó en los accesorios, los vestuarios de la época fueron recreados hasta en los menores detalles, el material de época, los autos, los decorados, en fin todas estas cosas.

Por este motivo y pese a la puesta en escena de tipo escolar, afanosa, es posible ver la película sin aburrirse demasiado. Forzosamente uno se mantiene a la espera del detalle y de la anécdota y se enerva con las golpizas que le ponen. Disney no acepta ciertos detalles de la realidad, porque hay que determinar bien el campo: buenos o malos. Y las muchachas buenas no hacen ciertas cosas.

Las buenas no cantan “I’ve Been Loving You Too Long” transformando el micrófono con ciertas partes del cuerpo humano. Las buenas no se dejan embarazar por el saxofonista de la Ike Turner Revue aun antes de sucumbir a los encantos del patrón. Todo está concertado y la película pasa por alto en demasiadas ocasiones la realidad en beneficio del mito de la pobre mujer, víctima enamorada de su verdugo.

VIDEO SUGERIDO: Ike & Tina Turner – River Deep Mountain High 1971 (icluding intro), YouTube (thedudesupreme)

TINA (FOTO 3)

 

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ANTON CORBIJN

Por SERGIO MONSALVO C.

CORBIJN FOTO 1

 IMAGEN CON FONDO MUSICAL

La oscuridad de los días invernales (los donkere dagen) es característica de Strijen, una ciudad surgida durante el Medioevo (1167) en el oeste neerlandés. En aquella región se reúnen tres grandes ríos: Schelde, Maas y Rijn, creando con ello infinidad de charcas, pantanos y lagos de aguas bajas. El invierno es opresivo por su falta de luz y color. Lo plomizo del cielo apenas se distingue del confín bajo, acuoso y terreno.

No obstante, es el lugar que han elegido para estacionarse de manera inmemorial animales migrantes como los gansos y la espátula común. Son aves que volando o en el agua salpican el horizonte del níveo móvil que plasma su plumaje. Provocan un impactante contraste, como si fuera un paisaje emborronado por un autor expresionista.

En esa zona de la provincia de Zuid Holland nació (el 20 de mayo de 1955) y se crió Anton Johannes Gerrit Corbijn van Willenswaard, mejor conocido en el mundo artístico como Anton Corbijn. La influencia que tuvo la atmósfera de su terruño ha quedado patente en su trabajo como videoasta y director cinematográfico, así como en el de fotógrafo.

El niño que fue Anton y que se inició fijando aquellas imágenes sombrías con la cámara Polaroid de su padre, se convirtió con el paso del tiempo en la intención adolescente de acuñar una imaginería semejante pero con los intérpretes de la música que más le gustaba: el rock. Se inició a los 17 años en su país, fotografiando al grupo Solution durante su actuación en el Festival Grote Mark de Groningen en 1972.

De formación autodidacta, pronto su interés por la fotografía se centró en el retrato. Su principal fuente de inspiración fueron los artistas y, en concreto, los músicos (aunque en el trascurso de los años frente a su objetivo ha desfilado gente de diversas especialidades).

A partir de ahí y de su trabajo en la tradicional revista especializada OOR, donde comenzó a publicar, Corbijn ha engrosado su muestrario y establecido un estilo (a través de publicaciones como New Musical Express, Vogue, Rolling Stone o Harpers Bazaar, entre muchas otras) que lo ha convertido en un reconocido hito de la plasticidad artística, con marca de autenticidad.

CORBIJN FOTO 2

Sus imágenes, tanto fijas como en movimiento creadas a lo largo de casi cuatro décadas –de Art of Noise a Tom Waits en decenas de videos o fotos– y que incluyen dos largometrajes laureados: Control (biopic de Ian Curtis), The American (con George Clooney), Linear (film basado en la idea y música del disco No Line On The Horizon, de U2) o A Most Wanted Man (una de las últimas películas del actor Phillip Seymor Hoffman) le han conferido el título de “Maestro del arte oscuro” en tres diferentes medios que se caracterizan, además, por sus miles de oficiantes en competencia.

Pero, ¿qué es lo que convierte a Corbijn en maestro tanto videoasta (con ejemplos como el de “Personal Jesus” de Depeche Mode, “One” de U2 o “Heart Shaped Box” de Nirvana), como fotógrafo (lo mismo retratista –no sólo de músicos sino también de otras áreas— que como hacedor de portadas de discos: U2 o Depeche Mode le deben su mejor look) o cinematográfico (con las ya mencionadas cintas)?

En primer lugar quitándole el artificio glamouroso a la fotografía tradicional de los retratados, para que queden patentes “el dolor y el drama” implícitos en la creación.

VIDEO SUGERIDO: U2 One – Anton Corbijn Version, YouTube (U2VEVO)

Para ello busca representar al sujeto como una figura seria, que carga el peso de su propia celebridad, fotografiándolos o filmándolos en espacios neutros y amplios, alejados del bullicio de la fama. Intentando captar, así, el lado humano y emociones naturales del que fotografía, creándoles una atmósfera sin abandonar su deslumbrante sequedad visual.

Sus monumentales retratos en blanco y negro mezclan la austeridad con la estética y llaman la atención por la forma deliberada en que capturan el carácter de los retratados. Sus fotografías son admiradas por su lucidez y su estilo elegante y bien compuesto, hecho que no es de extrañar, dada su fascinación desde pequeño por la iluminación (como la de los grandes maestros de la pintura holandesa).

Suele utilizar la luz solar como instrumento, sobre todo al amanecer o en el ocaso, y nunca usa tripié. El blanco y negro o sepia son los tonos que predominan en su obra, aunque cuando le entra al color su trabajo ha sido igual de bueno.

Estoy convencido que no hay conexión alguna entre la celebridad y sus imágenes. Ha sido mi trabajo crearla, aunque sea a punto de contraste”, ha dicho. Anton Corbijn es un retratista que tiene a la imagen como primer ingrediente dramático en la composición de una historia romántica que, generalmente, contiene una gran música de fondo.

Por otro lado, ha publicado casi dos decenas de libros hasta la fecha que recogen su obra: Famouz, Everybody Hurts, U2 & I, In Control, Inside The American y Waits|Corbijn, entre ellos. Además, su labor también puede verse en alrededor de 100 portadas de discos.

Asimismo, las exposiciones de Anton Corbijn han sido un gran acontecimiento en diversos continentes y su obra puede apreciarse en museos y galerías, donde se exponen exitosamente los retratos de algunos de los artistas favoritos de Corbijn, entre ellos Gerhard Richter, David Bowie, Alexander McQueen, Mick Jagger, Richard Prince, Iggy Pop, Anselm Kiefer, Damien Hirst, Tom Waits, Peter Doig, Bruce Springsteen o Lucian Freud, por mencionar algunos.

En los cuales muestra, con creatividad e ingenio, los resultados de su misión: presentar a la gente con la imagen que emana esencialmente. Proyectar desde la experiencia individual los claroscuros del ser humano artístico y sus emociones.

VIDEO SUGERIDO: ArcadE Fire – Reflektor, YouTube (ArcadeFireVEVO)

CORBIJN FOTO 3

 

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WEST SIDE STORY

Por SERGIO MONSALVO C.

WEST SIDE STORY (FOTO 1)

CORAZONES INMIGRADOS

West Side Story (Amor sin barreras, según los tituladores al español) es originalmente una tragedia musical fincada libremente en la obra shakespereana Romeo y Julieta (con base en la idea del afamado coreógrafo Jerome Robbins), con el guión de Arthur Laurents, la música de Leonard Bernstein y las letras de Stephen Sondheim.

Está ubicada en la ciudad de Nueva York de los años cincuenta, cuando los enfrentamientos entre las pandillas juveniles comenzaban con sus agresiones y muertes. West Side Story convirtió a los Montesco y los Capuleto de la obra clásica en bandas rivales, los Jets y los Sharks, una de ellas compuesta por puertorriqueños recién llegados y la otra, por neoyorkinos blancos (white trash).

El libro La Sociedad de las esquinas, del académico William Foote Whyte fue un precursor ejemplo de estudio sociológico de tal fenómeno pandilleril. Con el fondo de un barrio de clase baja donde había bastante población de inmigrantes, con alta tasa de desempleo y delincuencia a principios de los años cuarenta del siglo XX.

Whyte se convirtió en observador y, al mismo tiempo, promovió la reflexión sobre dicha problemática. “La mejor manera de conocer las cosas es hablar sobre ellas”, dijo el investigador en aquel libro señero.

Pero no solamente la Psicología Social se involucraba en el asunto del pandillerismo. El cine, por un lado, la música (el rock en específico) y el teatro lo harían una década después. El primero con una mirada temerosa (The Wild One, Blackboard Jungle y Rebel Without A Cause), y la segunda ya no en voz de un académico sino con la de los grupos de rock.

Y la tercera, el teatro musical, con West Side Story, que es la trama muy coreografiada que cuenta la historia del amor entre María, una joven inmigrante puertorriqueña, y Tony, nativo de un barrio bajo citadino, quien al tratar de impedir una pelea callejera mata al hermano de aquélla y finalmente muere él también. La partitura de Bernstein figura entre las más brillantes de este compositor y Sondheim, en ésta su primera obra importante para Broadway, reveló un talento extraordinario que ha florecido desde entonces.

La producción original de Broadway se estrenó en 1957 con la dirección y coreografía de Robbins. El tono sombrío de la pieza, sus elaboradas melodías y escenas de baile, y el planteamiento de uno de los problemas sociales de la época marcaron un antes y un después en el teatro musical estadounidense.

Desde entonces, West Side Story ha sido puesto en escena en muy numerosas ocasiones a lo largo de todo el mundo y varias de sus canciones (“Gee, Officer Krupke”, “Tonight”, “Maria”,”America” y “I Feel Pretty”) se han convertido en clásicos. El estreno oficial neoyorquino fue el 26 de septiembre de 1957 en el Winter Garden Theatre, con Larry Kert como Tony y Carol Lawrence como María,

Sondheim demostró con tal obra, en forma concluyente, que nadie lo superaba como escritor de letras. No sólo podía manipular exquisitamente las frases de efecto más inesperadas y las rimas internas, sino que sus ideas y sus palabras fluían con una naturalidad coloquial notable que a menudo ocultaba su brillantez. Las canciones más sobresalientes de la obra incluyen canciones eternas (ya anotadas).

Cabe mencionar que la coreografía de Robbins fue un importante factor en la eficacia de West Side Story. En ella se trató y logró unir el ballet y la parte musical en una secuencias coreográfica, que no sólo serviría como divertimento, sino que hacía avanzar la trama; mostró la importancia creciente del baile en la parte musical, no como simple adorno o diversión, sino como parte del argumento dramático.

La coreografía de Robbins fue más allá de los números aislados de baile y abarcó tanto la música como el drama. De esta forma, la síntesis de la obra y la música, en términos vernáculos y populares, alcanzó la calidad de arte.

WEST SIDE STORY (FOTO 2)

Al comienzo de la década siguiente el cine la llevó a sus terrenos con la dirección de Robert Wise, tuvo como protagonistas a Natalie Wood, como María, y a Richard Beymer como Tony; George Chakiris fue el hermano y Rita Moreno la amiga de María. El filme recibió el aplauso de la crítica, muchos Premios Oscar en diferentes categorías y un escaño entre las películas clásicas de todos los tiempos.

En la música existen multitud de álbumes (más de un centenar) interpretados por los elencos de las diferentes producciones que se han estrenado a lo largo de todo del planeta, además del soundtrack de las película de 1961, así como  numerosas grabaciones de estudio.

VIDEO SUGERIDO: Little Richard – I Feel Pretty, YouTube (sixtiesOnly)

En 1996, por ejemplo, apareció el álbum The Songs of West Side Story, un proyecto musical basado en la obra hecha por Bernstein y Sondheim, que tuvo como objetivo principal recabar fondos para tres instituciones que buscaban la preservación de las artes y la educación sobre los legados culturales en la Unión Americana, la BETA Found, Naras Foundation y el Leonard Bernstein Center.

Para la realización de la obra discográfica se contó con la concepción, producción y arreglos de David Pack, y el elenco de artistas invitados incluyó nombres como All 4 One, Brian Setzer con su Orchestra, Kenny Loggins, Bruce Hornsby, Aretha Franklin, Natalie Cole, Little Richard, Phil Collins, e instrumentistas fabulosos como Stevie Vai, Chick Corea, Joe Porcaro y Branford Marsalis, entre muchos otros.

Las 16 piezas que integraron el álbum mostraron arreglos frescos y novedosos; sin embargo, habría que destacar dos temas: “I Feel Pretty”, a cargo de Little Richard, y “A Boy Like That”, interpretado nada menos que por Selena, sí, la flamante occisa chicana, quien fue acompañada por Vinnie Colaiuta en la batería y Sheila E en las otras percusiones, una pieza realmente buena.

VIDEO SUGERIDO: SELENA A Boy Like That, YouTube (Gaston Alvarado)

WEST SIDE STORY (FOTO 3)

 

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DON’T LOOK BACK

Por SERGIO MONSALVO C.

DON'T LOOK BACK (FOTO 1)

 DYLAN/PENNEBAKER

 Donn Ada (D. A.) Pennebaker (Evanston, Illinois, 1925 – Long Island, 2019) convirtió al Rockumentary (el documental de rock) en un auténtico género. Tal cineasta dirigió varias obras maestras de tal vertiente en las que no sólo equilibraba el cine, la música y el retrato del artista, sino que igualmente inscribió en tales obras el espíritu transformador de la década de los sesenta.

Esa estética personal es la que lucen Don’t Look Back (1967) -sobre Bob Dylan-, Monterey Pop (1968) -acerca del primer y mítico festival masivo de rock-, así como Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973), enfocado en la presentación en la que David Bowie se despidió para siempre de Ziggy, su alter ego. Pennebaker, ese rockero fílmico, falleció a los 94 años de edad el pasado 1 de agosto. Vayan estas líneas como pequeño homenaje a su labor.

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 A mediados de los años sesenta Bob Dylan se colocó a la cabeza de la primera generación que había crecido con el rock and roll, pero quería más. Con canciones como “Like a Rolling Stone” defendió la idea de que el mundo se hallaba en el umbral de una nueva era en que todo sería diferente.

El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores al género, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan tomaron al cielo por asalto.

Le dio a la canción, como tal, dimensiones universales y también a la poesía emanada de ella, la parte que le correspondía de una larga tradición artística. Retrató la condición humana con el instrumento de la palabra, con su mejor uso y estilo.

Una obra maestra necesita el paso del tiempo para consolidar su peso, adquirir su suprema estatura y Dylan, con su aura de clásico contemporáneo, su voz raída y sus texturas añejas en blues y folk, se planteó como una novedad tan enigmática, tan individual y tan bien construida, que marcó para siempre la diferencia.

DON'T LOOK BACK (FOTO 2)

En “Like a Rolling Stone” se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida. Y supo que tenía que grabarla, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.

 Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano, el piano y la guitarra impactando con su riff al oyente, para dar finalmente paso a las palabras: “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.

La canción resultó un cataclismo, produjo polémica entre los puristas (el patriarca integrista Pete Seeger pidió furibundo un hacha para cortar los cables que alimentaban aquel “ruido infernal”, cuando Dylan la presentó por primera vez en vivo en el Newport Folk Festival con la Paul Butterfield Blues Band de apoyo, pero ya nada pudo hacer para atajar el cisma). La confrontación se  produjo irremediablemente.

Hoy, cuesta calibrar la profundidad de las pasiones que despertó aquella decisión estética. Pero hay una manera de hacerlo: con el documental Don´t Look Back, con el que D. A. Pennebaker recupera las filmaciones de Dylan en dicho festival de1965, donde aquello sucedió.

 VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan (Like a Rolling Stone (Live@ Newport Festival 1965), dailymotion (toma-uno)

DON'T LOOK BACK (FOTO 3)

 

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