ONE PLUS ONE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL CRACK Y CÓMO LOGRARLO

El año de 1968 emergió como un enorme NO a la sociedad y a sus manejos. Aspiró a la permuta en todos los órdenes de la vida, y en todo aspecto fue fundamental encontrar idearios que respaldaran en teoría las realizaciones concretas de cada campo.

El del arte no fue una excepción. La pintura, el teatro, la literatura, el cine y la música cubrieron sus horizontes con dicha constante. El real pensamiento revolucionario-musical fue de conceptos totales. Los que buscaban una nueva visión del mundo. Los que fundamentaran el cambio. Algunos resultaron fallidos.

Todos esos instantes hablaron de revolución y lo hicieron en un giro constante de la espiral evolutiva de la música popular por excelencia: el rock, como protagonista y como soundtrack de fondo. Con su enfoque artístico nuevo, libre e indeterminado, el rock se significó como pensamiento comunitario frente a las filosofías de los distintos partidos y gobiernos.

Al ubicarse contra las políticas estatales, tal música –con valores intrínsecos de historia, contexto, calidad interpretativa y de composición— se alejaron de las convencionalidades y de sus consecuencias predecibles: ortodoxia y conservadurismo.

La revolución en la música popular se practicó dentro del contexto social influido por los deseos comunitarios domésticos y globales coincidentes, pero las decisiones del cómo y del por qué quedaron a cargo, por lo general, de los grupos y de cada uno de los exponentes con sus expresiones artísticas particulares. Muchas veces interrelacionadas con otras disciplinas. Como con el cine, por ejemplo.

En aquel tiempo, la cinematografía francesa era la que llevaba la vanguardia. Había dialogado con el free jazz y con el muy fresco estilo bossa nova en tiempos recientes. Pero aún no lo hacía con el rock. El mayo del 68 le proporcionó la oportunidad a través de uno de sus heraldos: Jean-Luc Godard.

En la década que va de 1958 a 1968 se demostró que la cultura tenía ideología, que no era un asunto aséptico o puro. En Francia dicha cuestión nació de los individuos y de su circunstancia. El país salía de una desgastante guerra colonial con Argelia y los hechos motivaban cambios. Los palpables y estructurales se dieron en el terreno cultural.

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El presidente De Gaulle nombró como ministro de Cultura a André Malraux. Un escritor cuya biografía era soluble con su obra y viceversa. Este excombatiente favorable a la República durante la Guerra Civil española y fogueado documentalista —que preludió en L’Espoir. Sierra de Trauel al neorrealismo italiano y abogó por las cualidades del expresionismo alemán— se propuso mezclar la política prestigiosa, a la que él representaba como intelectual, con la obra social de trascendencia.

Además de mantener el diálogo con los artistas, creó las casas de cultura y le concedió créditos importantes y una legislación proteccionista al cine de calidad, a los nuevos valores y a la Cineteca francesa. Esto se tradujo en el aumento en la colección de películas y en la instauración de cineclubes por doquier. En esas salas de entre 60 y 260 butacas se fundamentaron carreras y cinefilias y se conocieron a los futuros directores del nuevo cine francés, al que la prensa comenzó a llamar “la Nouvelle Vague”: Francoise Truffaut, Jacques Rivette, Eric Rohmer, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard, entre otros.

Reunidos en torno a la prestigiosa revista Cahiers du Cinéma, bajo la dirección de André Bazin, estos realizadores, anteriores críticos y  guionistas se lanzaron contra las condiciones que la cinematografía institucional imponía —ahora con un Malraux anquilosado en el gaullismo— y postularon innovaciones conceptuales y técnicas: el uso de cámaras de 8 y 16 mm, locaciones e iluminación naturales y la corta duración del rodaje para reducir costos; la renovación el lenguaje fílmico con cámaras al hombro y estilo de reportaje, tomas largas, fotografía en blanco y negro, actores emergentes y guiones e interpretaciones con grandes dosis de improvisación. Cantos a la espontaneidad, al deseo liberador desde la óptica del espíritu joven.

En ello iba implícita la libertad de expresión, que tuvo como piedra de toque el realismo ontológico con el que reducían al mínimo las intervenciones manipuladoras y artificiales. Era un cine muy personal, “de autor”, y alejado de las modas comerciales. Por lo tanto, también era muy crítico con su entorno y momento histórico. Con una visión muy desoladora de la vida.

Lo cual forjó un estilo plagado de referentes, tributos y que redescubrió la “mirada” de la cámara y el poder del montaje. Con dicho bagaje Truffaut obtuvo éxito con Los 400 golpes. Pero fue Godard fue quien impuso el auténtico manifiesto con Sin aliento. En ella introdujo digresiones y los lenguajes verbal (cartesiano) y cinematográfico (discursos entrecortados, fundidos, movimientos de cámara y miradas fijas) como provocación.

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En esa línea se mantuvo hasta el filme La China y el fin de la Nouvelle Vague. A la postre vendría su radicalización ideológica al servicio del marxismo-leninismo. Situación que lo convertiría en un paria justo a la llegada del Mayo del 68 y en la búsqueda de salidas a su ideario. El rock fue la respuesta.

Godard no era un aficionado rockero ni mucho menos, pero durante el movimiento a nivel mundial se dio cuenta del eco que tenían las acciones y declaraciones de sus artistas más representativos. Tenían posturas extramusicales. Siguió con detenimiento el hecho de que Mick Jagger se involucrara ese año en una gigantesca manifestación en el flemático Londres para protestar ante la embajada estadounidense por lo sucedido en Vietnam.

Dicho evento —en el que como notas destacadas se hablaba del hecho inédito, de la rara y multitudinaria participación juvenil y de la mezcla de los sectores participantes (de pacifistas a anarquistas ultra)—  terminó en violencia callejera y con una dura represión policiaca.

Los Rolling Stones se encontraban en el centro del huracán polémico por el lanzamiento del sencillo “Street Fighting Man”, que recogía de alguna manera las experiencias que Jagger había sacado durante aquella revuelta. El tema se había convertido en un himno a nivel global y cada movimiento, independientemente de su particular reclamo, lo usaba como estandarte sonoro: “¿Qué puede hacer un muchacho pobre/ excepto cantar en una banda de rock and roll?/ Porque en el aletargado Londres/ no hay lugar para un manifestante callejero”.

Con ello los londinenses participaban de manera directa en el espíritu del momento —al igual que con declaraciones en la prensa—, a diferencia del Cuarteto de Liverpool, que se había ido en masa a escuchar el adoctrinamiento del Maharishi Mahesh Yogui.

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Los Stones estaban dando los últimos toques a su nueva producción (Beggars Banquet) y entrarían al estudio a grabar el remate: “Sympathy for the Devil”. Godard vio entonces ahí la posibilidad de apoyar su mensaje. Hizo las llamadas justas para poder filmar al grupo durante la hechura de la canción y tejer con aquellas imágenes su discurso político.

Sintió que el grupo sería un excelente emisor de sus recientes experiencias: en la trasmisión de un ideario con el que había participado durante el mayo francés junto a otros intelectuales, cuya línea política fluctuaba entre el marxismo-leninismo y el maoísmo; y con la creación del colectivo “Dziga Vertov”, que filmaba en 16 mm cintas influenciadas por el cine soviético: “películas revolucionarias para audiencias revolucionarias”. Con tal objetivo llegó para dirigir One plus One.

Cuando al cine, previo a su creación, se le asigna una función fuera de su naturaleza (contar historias con una cámara), pierde su valía, su esencia, y languidece. Esto le sucedió a Godard con esta película. Con ella quiso adoctrinar y perdió la excelencia revolucionaria de la que había gozado con Sin aliento. En ésta había sido innovador y crítico, libre.

En One plus One comprometió su cine por la determinación de intereses ajenos a la propia creación. No fue más que propaganda. Sin embargo, permaneció en la parte que la salvó del olvido eterno. Y por eso a la cinta se le conoce por su otro nombre: Sympathy for the Devil: la documentación precisa y minuciosa de la grabación y, ésta sí, en estado de gracia creativa de los Rolling Stones.

La canción ha perdurado por sí misma como una cuestión de fe rockera en la crítica libre de su entorno. La verborrea con la que Godard quiso envolverla (cuyo discurso e ideología el tiempo desfasó) sólo sirvió para ponerla aún más en relieve: El NO a la sociedad trasmitido por la imagen cinematográfica sonorizada, frente al “no” del libelo totalitario.

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THE LAST WALTZ

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL TIEMPO ENCANTADO

La justicia poética los hizo encontrarse en el momento exacto para ambas partes. En la madurez más que brillante del director Martin Scorsese y en el reto fáustico que tenía el grupo The Band con el tiempo. El resultado: un retrato de la inmortalidad en el escenario. En las décadas transcurridas desde su filmación y el postrer estreno de The Last Waltz, el cine y el rock no han dejado de mirar la obra e intentado asimilar sus enseñanzas.

La fugacidad, el vigor, el encanto, la intensidad y el magnetismo emanado por sus imágenes y secuencias son al final mucho más que música. Los historiadores, la crítica y los fans, jamás la han sacado de los primeros lugares del canon rockero y del documento musical y han llenado miles de páginas cubriendo hasta el más mínimo detalle de su contenido y hechura.

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Scorsese es un artista, un gran creador cinematográfico y un melómano culto. Es decir, tiene y proyecta conceptos estéticos, los ha plasmado en películas y documentales maestros y, en el último rubro, siempre ha estado abierto a todas las manifestaciones musicales que lo emocionen y que interpreten sus sentimientos. Para ello cuenta con un oído privilegiado, heterodoxo y con un profundo gusto musical.

Un ejemplo contundente bastará para ilustrar lo mencionado. Despabílate mi estimado lector o escucha. Dirígete hacia donde tienes guardada tu colección de películas. Extrae de ahí el título Mean Streets. Colócalo en el reproductor que tengas a tu alcance y oye con los ojos bien abiertos cómo las imágenes de esa Urbe de Hierro se magnifican y adquieren otra dimensión con la pieza “By My Baby” de las Ronettes y el muro de sonido de Phil Spector. ¡Wham!

Helm-Cancer

 

 

A Scorsese le gusta esuchar música barroca por las mañanas, cuando sale el sol (Bach, Purcell…). Pero cuando llega la hora del trabajo y luego el ocaso, se decanta por el rock, siempre. Su biógrafo, Peter Biskind, ha escrito que a Scorsese le sobra el amor por esta música: “Puede pasarse días enteros despierto hablando de cine y de música. Tiene el rock metido en la cabeza desde muy joven, se sabe todas las letras, todos los títulos. Y comprende que la música es un componente fundamental del espíritu de la época”.

El rock es un mundo que atrae y fascina al director. Es música con sensaround para él. Le dibuja sensorialmente los guiones que quiere escribir, las películas que necesita iluminar. Los elementos característicos de su obra encuentran su sonido en él y le masajean la creatividad. La naturaleza perturbadora y el arte que han sabido expresar los Rolling Stones o Bob Dylan en sus canciones es, en otros ejemplos filmados, el sonido de la calle, la excitación cotidiana, el desafío que he querido para sus cintas.

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Ha dicho que muchas de estas cuestiones del rock le han hablado en déjà vus y epifanías de manera personal: “Hay cosas que es imposible que desaparezcan. Puedes intentar controlar el coraje, aunque es muy importante que exista, debe estar presente en tu obra. La ira es curiosidad, es rebelión contra la injusticia, ya sea humana, de la naturaleza o la divina. Y el tiempo es eso: una injusticia.”, ha comentado.

Esa ira y misterio de los tiempos son enigmas que ha tratado de preponderar en sus películas (Taxi Driver, Gangs of New York, The Wolf of Wall Street, etcétera) y de descifrar en documentales desde Woodstock (en el que participó en el montaje y edición); en Medicine Ball Caravan (un viaje con músicos hippies), No Direction Home (biopic sobre Dylan), The Blues: “Feel Like Going Home” (serie de TV) y en The Last Waltz (la despedida de The Band).

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Scorsese busca resaltar su papel en las historias que han fundamentado los mitos del rock, la provocación y el desafío que proponen; de interpretar la potencia y el efecto de sus mensajes. La ira y el misterio con su magia inherente son la sabia del género. Sus claves secretas como espejos del tiempo. Así nació y así trata con la vida y con la muerte.

Shine a Light, su documental del 2008, con los Rolling Stones —con medio siglo en el rock & roll— encarnó para Scorsese un reto al tiempo en el éxtasis del poder en la madurez. Mientras que en The Last Waltz, de 1978, la energía crepuscular de un grupo con 16 años on the road, se manifestó como  un canto hacia la vida y una muestra de respeto hacia la muerte.

[VIDEO SUGERIDO: The Band, The Weight, YouTube (watanokni Ono)]

Robbie Robertson (uno de los integrantes de The Band) lo dijo de diversas maneras a lo largo del filme, como argumento para disolver al grupo: “La carretera no es un sistema de vida…Imposible vivir así”.Y la realidad le dio la razón a ese presentimiento.  Unos años más tarde, y con la necedad de por medio, el resto de los integrantes se volvieron a reunir sólo para ir falleciendo uno tras otro en breves lapsos de tiempo. Comenzando con Richard Manuel que se suicidó durante la gira del comeback.

Pero, volviendo a la cuestión del mito, de la ira y el misterio contenidos en el género, ¿dónde materializaban tales grupos ese poder? Obviamente en el escenario, que es el lugar donde el director neoyorquino quería retratarlos. Y así lo hizo. Centró ahí todos los colores, las luces, sombras y movimientos de las leyendas convocadas al baile final, al de la despedida.

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Muddy Waters, Ronnie Hawkins, Neil Young, Joni Mitchell, Bob Dylan, The Stapple Singers, Eric Clapton, Emmylou Harris, Neil Diamond, Dr. John, Paul Butterfield, Van Morrison, entre otros invitados a participar en el concierto, aparecen con sus gestos, poses y miradas, ésos que los han hecho seres especiales. Con ello los eternizó.

The Band: un nombre nunca mejor asumido, por lo que significó de respaldo y como conjunción de músicos en igualdad de circunstancias, de camaradería, de participación en las anécdotas, en las vivencias del camino. Palabra y concepto este último que se repite una y otra vez durante las entrevistas que se adjuntan en el documental, como una asistencia, tan presente e intensa como inquietante.

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Todo ello lo percibió Scorsese desde la primera vez que los oyó, cuando hacía sus pininos en el cine en el primer lustro de los sesenta, y ellos (ya como The Band) acompañaban a Bob Dylan en su periplo hacia lo eléctrico y sus enfrentamientos consecuentes con el dogmatismo imperante en el folk, y penetró en él su vibración sonora que a la postre se selló cuando los vio y escuchó ya como grupo independiente tras su debut con el disco homónimo y sobre todo con Music From Big Pink, el álbum que los elevó a la lista de los grupos importantes y respetados.

Sí, respetados por el espíritu artístico con el que se sentían comprometidos sus integrantes, a contracorriente de los estilos que estaban en boga, lejos de la psicodelia, de lo progresivo y de cualquier atisbo pop. Al contrario: inauguraron con su música un fresco emocionado y atemporal donde las raíces y la modernidad se daban la mano. Aportaron canciones sobrias y una imagen fuera de la moda: «Era música plantada en la tierra, sin las alucinaciones de aquella época”, definiría Robertson, al respecto.

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Scorsese los atrapó a su manera en imágenes virtuosas en el teatro Winterland de San Francisco, el día de Acción de Gracias estadounidense de 1976 (25 de noviembre), durante un concierto ex porofeso de despedida, el último de la existencia de la banda completa. Con 18 cámaras y fotógrafos artistas de renombre: Michael Chapman, Lazslo Kovaks, Vilmos Zsigmond, David Myers, Bobky Byrne, Michael Watkins e Hiro Narita.

El director personalizó las tomas sobre cada uno de los cinco integrantes de The Band (Robbie Robertson, Levolm Helm, Richard Manuel, Rick Danko y Garth Hudson) en los estudios Shangri-La, durante las entrevistas, así como sus interpretaciones en vivo en aquel auditorio: “Fue la observación de un Rembrandt sobre los músicos y sus instrumentos, puros planos preciosos”, aseguró Neil Young, creador de sus propios biopics.

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Scorsese utilizó cientos de kilómetros de cinta con el objetivo de filmar cinco horas de compulsiones misteriosas, de vidas sometidas a un proceso constante de comprensión (con todo e imágenes de archivo) en medio de voces fuertes y música sólida que encerraron todas las emociones del mejor espectáculo que existe hoy por hoy: el rock

 The Last Waltz es un rockumental pleno de talento visual, de montaje virtuoso, de técnica apabullante, de matices a granel, de la ficisidad que capta las tensiones y de la energía que ensalza el inmarchitable encanto de las canciones y las presencias, colocando al espectador en la mejor posición posible. El resultado es un Scorsese mayúsculo, una obra maestra, que trasmite el delirio de su propia admiración por aquella música.

[VIDEO SUGERIDO: The Band: I Shall Be Released (The Last Waltz), YouTube, Héctor Colorado)]

 

Ex Libris

68 rpm/9

Por SERGIO MONSALVO C.

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 Los Rolling Stones enfrentaron de manera explícita la realidad social de entonces. Beggars Banquet, su disco de aquel año, se convirtió en un triunfo artístico. Desde la extasiante “Sympathy for the Devil”, pasando por la energía pura de “Street Fighting Man” y la malevolencia hipnótica de “Stray Cat Blues”, el grupo recorrió su universo musical con pasos llenos de autoridad. Brian Jones, apático, se quedó muy al margen.

Todos esos instantes musicales hablaron de revolución y lo hicieron en un giro constante de la espiral evolutiva de la música popular por excelencia: el rock, como protagonista y como soundtrack de fondo. Con su enfoque estético nuevo e indeterminado se significó como pensamiento comunitario frente a los dogmas de partidos y gobiernos.

Se practicó dentro del contexto social influido por los deseos comunitarios domésticos y globales coincidentes, pero las decisiones del cómo y del porqué quedaron a cargo, por lo general, de los grupos exponentes con sus expresiones artísticas particulares, muchas veces interrelacionadas con otras disciplinas. Como con el cine, por ejemplo.

En aquel tiempo, la cinematografía francesa era la que llevaba la vanguardia. Había dialogado con el free jazz y con el muy fresco estilo de la bossa nova, en tiempos recientes. Pero aún no lo hacía con el rock. El mayo del 68 le proporcionó la oportunidad a través de uno de sus personajes: Jean-Luc Godard.

Éste no era un aficionado al rock ni mucho menos, pero durante el movimiento a nivel mundial se dio cuenta del eco que tenían las acciones y declaraciones de sus artistas más representativos. En sus declaraciones mediáticas sostenían posturas extra musicales.

Siguió con detenimiento el hecho de que Mick Jagger se involucrara ese año en una gigantesca manifestación en el flemático Londres para protestar ante la embajada estadounidense por lo sucedido en Vietnam. Dicho evento terminó en violencia callejera y con una dura represión policiaca.

“Street Fighting Man”, el sencillo que preludiaba al disco, recogió de alguna manera las experiencias de Jagger durante aquel hecho. El tema se convirtió en un himno a nivel global y cada movimiento, independientemente de su particular reclamo, lo usaba como estandarte sonoro: “¿Qué puede hacer un muchacho pobre/ excepto cantar en una banda de rock and roll?/ Porque en el aletargado Londres/ no hay lugar para un manifestante callejero”. Con ello participaban de manera directa en el espíritu del momento.

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 BEGGARS BANQUET

ROLLING STONES

(Decca)

El grupo estaba por esos días dando los últimos toques a su nueva producción (Beggars Banquet, hoy una obra clásica) y entrarían al estudio a grabar el remate de tal álbum: “Sympathy for the Devil”. Godard vio entonces ahí la posibilidad de apoyar su mensaje. Hizo las llamadas justas para poder filmar al grupo durante la hechura de la canción y tejer con aquellas imágenes su discurso político marxista-leninista. Con tal objetivo llegó para dirigir One Plus One.

Cuando al cine se le asigna una función fuera de su naturaleza (contar historias con una cámara), pierde su valía, su esencia, y languidece. Esto le sucedió a Godard con esta película. Con ella quiso adoctrinar y perdió la excelencia de la que había gozado con Sin aliento, en la que había sido innovador y crítico, libre.

En One Plus One comprometió su cine por la introducción de intereses ajenos a la propia creación. No fue más que propaganda. Sin embargo, la cinta se salvó del olvido gracias a la documentación precisa y minuciosa de la grabación –esa sí, en estado de gracia creativa– de los Rolling Stones. Por eso se le conoce por su otro nombre: Sympathy for the Devil.

La canción ha perdurado como una cuestión de fe rockera en la crítica libre de su entorno. La verborrea con la que Godard quiso envolverla (con un discurso que el tiempo desfasó) sólo sirvió para ponerla aún más en relieve: el NO a la sociedad trasmitido por la imagen cinematográfica sonorizada, frente al “no” del libelo totalitario de su director.

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Personal: Mick Jagger, voz y coros, armónica; Keith Richards, guitarras eléctrica, acústica y slide, bajo, voz (en “Salt of the Earth”) y coros; Brian Jones, guitarras slide y acústica, melotrón, armónica, sitár y coros (en “Sympathy for the Devil”); Charlie Watts, batería, tabla y coros; Bill Wyman, bajo, maracas y coros. Músicos invitados: Nicky Hopkins, Rocky Dijon, Ric Grech, Dave Mason, Watts Street Gospel Choir. Portada: lfotografía de Barry Feinstein y es la imagen de un sanitario público sucio con numerosos graffiti en la pared. Lenne Allik realizó el diseño. Hubo escándalo y censura por todos lados.

[VIDEO SUGERIDO: 1968: “Street Fighting Man” (Rolling Stones), YouTube (OSKAR19141939)]

Graffiti: «Nixon ama a Mao» y «El sueño de Bob Dylan”, de la portada misma.