MIS ROCKEROS MUERTOS (2020)

Por SERGIO MONSALVO C.

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(ABRIL-JUNIO)

La pandemia que ha azotado al mundo durante el 2020 remite al tema de la fragilidad de nuestro cuerpo. Hemos vivido en todos estos días, semanas y meses, en un pronunciado riesgo de muerte, y a pesar de ello aún se continúa  desperdiciando buena parte de la existencia en futilidades. Pero, ¿cuál es la causa de ello, la de desaprovechar el tiempo y/o a malgastarlo?

El ser humano sigue teniendo esa vana idea de vivir como si lo fuera a hacer siempre y no dispusiera ni de un instante, ni del espacio, para reflexionar sobre la mortalidad, una realidad que en estos días ha aflorado cada vez con más potencia y nitidez. Un poeta como Rilke sí lo hizo en su momento, y se planteó tanto la pregunta como la respuesta: “¿A qué viene la gente al mundo? Yo diría que viene a morir”.

Y ello le tocó a otro puñado de músicos, que en orden de desaparición comenzó con Hal Willner (7 de abril). Willner, un talentoso y poliédrico productor, nacido en Filadelfia en 1956, que supo hacer del sonido una paleta de pintor. Y con ella pintó la evocación y el tributo, el testimonio y la legitimación. Y lo hizo a través de diversos medios y géneros musicales: la grabación de estudio, la cinematografía, la televisión y los eventos en vivo. La lista de su trabajo es amplísima y variada. La cultura del rock le debe varios de sus tesoros más preciados:  ​la interacción con William Burroughs, Lou Reed, Marianne Faithful, Lucinda Williams, Laurie Anderson, Allen Ginsberg, Todd Rundgren, entre ellos.

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Así se pudo leer: “Con la desaparición de Christophe –el 16 de abril– la canción francesa pierde una parte de su alma, pero el azul agridulce de sus canciones es indeleble”. Con este mensaje en su cuenta de Twitter, el ministro de Cultura francés, Franck Riester, despidió a uno de los ídolos musicales de su país. Christophe nació en Juvisy-sur-Orge en 1945 y Daniel Bevilacqua fue su verdadero nombre.

“Como cantante Christophe estuvo por debajo en índice de popularidad de compatriotas como Johnny Hallyday, Sylvie Vartan o Serge Gainsbourg. Sin embargo, únicamente por su canción Aline, este personaje ya tiene su página relevante dentro de la canción popular europea. Publicada en 1965, Aline vendió un millón de ejemplares y fue número uno en Francia y Bélgica”. En el resto del mundo sirvió para aprender francés en las clases del idioma.

lorian Schneider (flautas, sintetizadores, violín eléctrico), por su parte, murió el 30 de abril. Él, junto con Ralf Hütter (órgano eléctrico, sintetizadores), creó Kraftwerk en 1969 en Düsseldorf. En aquel tiempo tal zona industrial por excelencia de Alemania se ubicaba lejos de los centros de influencia de la psicodelia o del country rock, por lo que el grupo no tardó en ponerse a experimentar con las primeras cajas de ritmos, así como con los primeros sintetizadores.

En este grupo, los instrumentos se mezclaron con un entramado electrónico denso y áspero hasta transformarse por completo, en temas largos que formaron texturas y ambientes ideales. El grupo ha propuesto desde su fundación una proyección a futuro, sin religiosidad y sin noción de viaje galáctico. Sólo una correcta utilización de la moderna tecnología. Su música es rítmica, directa, mecánica y repetitiva, con elementos de collage al modo expresionista. Adiós Florian y que reencarnes en robot.

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Tony Allen, nacido en Nigeria en 1940, fue piedra fundamental en el ritmo del afrobeat, casi más un pálpito que un mero compás, “Esa música era inconcebible sin él”, dijo Fela Kuti el fundador de ese movimiento que revolucionó la música africana en los años setenta y la redimensionó para siempre. Este baterista, murió en París a los 79 años, el 30 de abril.

Fue uno de los músicos más virtuosos y admirados no sólo en el continente africano, sino entre jóvenes rockeros de toda estirpe. Formó parte de The Good, The Bad and The Queen junto a Damon Albarn (Blur), Paul Simonon (Clash) y Simon Tong (ex del grupo The Verve). El grupo capturó el zeitgeist de una Inglaterra aún ensombrecida por la guerra de Irak y a punto de sumergirse en la recesión económica, Folk inglés contemporáneo, lo definieron. Allen fue parte importante de ello.

A todos ellos: Gracias.

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THE LION FOR REAL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (ALLEN GINSBERG)

Este poeta, también fotógrafo y crudo maestro supradimensional, fue por igual el tipo que grabó música con Bob Dylan, Clash y The Fugs, y que continuó impresionando, junto con sus amigos William Burroughs (fallecido el mismo año que él), Jack Kerouac, Gregory Corso, Timothy Leary y Lawrence Ferlinghetti, a varias camadas de escritores, poetas, músicos clásicos y rocanroleros como Patti Smith, Richard Hell, Laurie Anderson, Tom Waits, Johnny Thunders, Gavin Friday, Kurt Cobain, entre muchos otros.

A fines de 1990, para celebrar su cumpleaños número 60, grabó un disco con lecturas de sus poemas que lleva el nombre de The Lion for Real. En él se hizo acompañar con un fondo de jazz desestructurado que interpretaron los músicos de Tom Waits: Marc Ribot y Michael Blair y los jazzistas Bill Frisell y Steve Swallow, pero ésta no fue su primera aventura recitativa apoyada por una creación musical concebida ex profeso para la ocasión.

En su primera incursión al acetato, denominada William Blake’s Songs of Innocence and Experience Tuned by Allen Ginsberg, la lectura fue acompañada por Elvin Jones y Don Cherry.

En total, fueron once discos de colección los que grabó durante su vida; entre ellos la buscadísima y agotada joya con el nombre de First Blues, un álbum doble que apareció bajo el auspicio de la compañía de John Hammond y que constituye el clímax de una prolongada colaboración con Bob Dylan.

De éste, Ginsberg dijo que fue el primero en soñar con meter la poesía en el rock and roll. “En los setenta me enseñó a tocar los tres acordes del blues. Yo no conocía casi nada de esta música, aunque el bluesman Leadbelly me impresionó mucho en mi juventud. Una vez que regresé de la India, le escuché a Dylan piezas como ‘Hard Rain’ y ‘Masters of War’, y tuve en verdad la sensación de hallarme frente a esa institución poética eterna y profética de la que habló alguna vez Kerouac.

Por otra parte, Dylan me confesó que Kerouac tuvo una enorme influencia en él, sobre todo con Mexico City Blues, poema con el cual por primera vez tuvo la sensación de que se trataba de poesía escrita en su idioma.

“Es evidente que una frase como ‘the motorcycle black madonna two-wheeled gypsy queen and her silver-studded phantom’ constituye una deflagración de imágenes al estilo Kerouac –dijo Gingsberg–. No es de sorprender que me sepa a Dylan de memoria. Todo mundo se sabe un poco de Dylan de memoria. En eso radica su grandeza.”

En los noventa, Allen Ginsberg, el mismo hombre de aquella encrucijada en la vida intelectual y artística de los Estados Unidos en los sesenta y setenta, continuó “aullando” con el ya mencionado The Lion for Real, que contiene 16 textos producidos por Hal Willner. Son 16 los poemas seleccionados, escritos a lo largo de 40 años y acompañados por excelentes músicos.

Y también lo hizo con Howl, U.S.A. en 1996, junto al siempre propositivo cuarteto de cuerdas Kronos Quartet, en donde puso al día el famoso poema de 1956, su sonido y sus imágenes.

Allen Ginsberg fue el apóstol de la Generación Beat. Encarnación viva de los valores de tales congéneres y del humor priápico que giraba sobre esta especie de profesor alegre y didáctico que murió al cumplir los 71 años, pero aún continúa su viaje por todos lados en espíritu, llevando consigo kilos de manifiestos: contra la censura, contra la guerra, a favor de la universidad budista donde dio clases (en Colorado), de la contracultura, de la poesía contemporánea, los cuales distribuyó a diestra y siniestra.

En 1997 con la muerte de Ginsberg se selló también una amistad de 34 años con Bob Dylan. Cuando le pidieron a éste un comentario al respecto, dijo lo siguiente: “En la vida sólo he conocido a dos personas sagradas para mí. Una de ellas fue Allen Ginsberg, mi amigo, mi hermano mayor”.

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PIRATAS Y ROCKEROS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ¡AL ABORDAJE!

El mar sigue yendo y viniendo con sus olas y mareas en su incesante servicio a los hombres. Se encuentra pleno de sus recuerdos y de los barcos que los han conducido a través de él. Éstos son como piedras preciosas que brillan en la noche de los tiempos bogando con sus redondeados cascos llenos de tesoros.

Han trasportado reyes y personajes con innumerables títulos, así como donnadies que querían ser algo en cualquier gigantesca aventura. Todos empeñados en ellas, con sus fulgores y esperanzas y en muchas otras, plagadas de oscuridades, de las que muchos jamás han vuelto.

Joseph Conrad, que sabía largamente del asunto, escribió que “los barcos son muy semejantes los unos a los otros y el mar siempre es el mismo, pero no hay nada misterioso para el marino fuera del propio mar, que es el amor de su vida y tan inescrutable como el destino”.

A su vez, otro enterado como Samuel Johnson explicó que un barco tiene la desventaja añadida de ponerte en peligro y que a “esos hombres a los que llega a gustarles la vida en el mar es porque no son aptos para vivir en tierra”. De ahí las fascinación que siempre han despertado cualquiera de sus historias, de sus andanza y de sus cantos.

De ahí que la literatura las haya recogido a lo largo de las épocas, con perlas surgidas de las plumas de Jules Verne, Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari, Joseph Conrad, Herman Melville y tantos otros. Creadores de una narrativa que ha colmado la imaginación de millones de lectores.

Pero tales relatos, verídicos o ficticios, han saltado de sus páginas también a las pantallas cinematográficas y desde el comienzo de esta forma de arte hay películas cuya vinculación con el mar ha sido interesante, divertida y eterna.

No es el caso de Piratas del Caribe. Esa saga ideática fabricada por el actor Johnny Depp. Desde que se estrenó la primera entrega, La maldición de la perla negra (2003), ya se preludiaba el esperpento en el que se convertiría al estar fundamentada en un parque temático de Disney.

Pero no sólo por eso, las expectativas eran demasiado grandes dado el tiempo que había pasado desde la última buena película del género pirata y del de aventuras en general (la última de Indiana Jones ya quedaba lejos). Es decir, la espera por un pirata con carisma, digno y trascendente resultó en una decepción de tintes colosales, la cual crece con cada nueva entrega.

A pesar de la aplastante publicidad, propaganda y comercialización con cada una de ellas, no logran tapar su patetismo: un ridículo capitán con una espada sin filo hace que el encanto que pudiera despertar tal personaje en la imaginación se evapore; que la aventura naufrague en el aburrimiento y que, por primera vez en la vida, los niños sientan vergüenza con soñar en ser piratas.

Dicho fracaso tiene dos causas y la misma: Johnny Depp, como actor y como seleccionador de guiones. O sea que Jack Sparrow no sabe ni leer. Depp hace mucho que se bajó del tren que lo llevaría a convertirse en el actor que todos creían que llegaría a ser, incluso él mismo. El camino del exceso no lo ha llevado al palacio de la sabiduría, al contrario.

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Su persona es más citada por sus digresiones de nota rosa que por su obra artística. A cambio, un efecto colateral. Su amistad con rockeros y escritores se ha convertido en su mayor gracia. Y el mejor título y legado de la saga Piratas del Caribe no es fílmico sino sonoro, gracias a ello.

El nombre de las aventuras: Rogue’s Gallery y Son of Rogue’s Gallery. Dos enormes antologías de “baladas piratas, canciones sobre el mar y cantos marineros”, que son un auténtico tesoro en más de un sentido: cultural, testimonial, de aglutinamiento talentoso y una herencia más del rock al mundo que le ha tocado vivir.

VIDEO SUGERIDO: Gavin Friday: Baltimore Whores, YouTube (wolfgpunkt)

Así que olvidémonos del Jack Sparrow cinematográfico y concentrémonos en el Johnny Depp rockero, productor de discos, de alma musical, guitarrista amateur y con la capacidad (finalmente le queda alguna) para reunir en torno a sí a la gente adecuada para realizar un proyecto magno.

Del barco ebrio que era Depp en el 2006 y en compañía del director Gore Verbinski, que quizá también lo estaba, al fondo de un vaso de ron encontraron afinidades y gustos selectos: las canciones sobre el mar y las cantadas tradicionalmente por los marinos.

Finalmente estaban en eso, en narrar las aventuras de aquellos hombres turbios que preferían ser marginales, outsiders, oportunistas y arriesgados, en un tiempo en el que los imperios se repartían y expoliaban las tierras lejanas bajo su férula. ¿Por qué no beneficiarse con aquello también?

Y recordaban aquello de “Ladrón que roba a ladrón…” y se embarcaban en barcos de nombres épicos, dirigidos por capitanes que no lo eran menos, bajo la bandera de la calavera y los huesos o las espadas. Las promesas eran todas (tesoros, riquezas, estilos de vida diferentes), los resultados imprevistos.

Viajaban salidos de los puertos británicos y en el Océano Atlántico, islas caribeñas y Golfo de México, forjaban sus destinos (otros lo hacían en las aguas de Indochina), peleaban sus batallas y se enfrentaban con temor a un amor común: el mar.

Y entre una y otra cosa cantaban y contaban infinidad de historias, deseos, fantasías, experiencias tabernarias, prostibularias, portuarias, de mar y tierra adentro. Pagadas o no sus cuentas al porte de espadas, cuchillos, miembros amputados, pólvora y sabor a sal. Con esa sed eterna del marinero que regresa, cuando lo hace.

De eso hablaban Depp y Verbinski con una botella de ron semivacía y Johnny sacó no su espada blandengue sino su teléfono y marcó el número de un amigo rockero y éste le dio el nombre secreto: Hal Willner, el hacedor de milagros sonoros, capaz de buscar y extraer tesoros de todas las playas.

Willner ya lo había hecho con los tributos a Kurt Weill, Leonard Cohen, Nino Rota o Thelonious Monk o el cancionero de Disney o producido álbumes de William Burroughs, Allen Ginsberg o del mismísimo Lou Reed). Puros doblones de oro en el cofre de tal convocado.

Así que el añoso Hal escuchó la propuesta, se mesó la barba, escupió alguna maldición y se entusiasmó como un viejo capitán al que le ofrecen una nave, con artillería pesada, gran velamen y la posibilidad de armar la tripulación a su gusto y discreción. No habría límites entre el rock y el mar.

Entre el barco, un espacio angosto, opresivo y lleno de violencia −larvada y tangible− por un lado, y el mar infinito, por otro, está el tercer elemento en juego, los hombres y su eterna lucha entre el bien y el mal, azuzada por deseos insatisfechos e inconfesables o expresos y literales.

¿Y qué hacen éstos mientras tanto?: contarlo mientras cantan, de manera llana y lisa, cruda y aprehensiva o jocosamente. Todo este material reunido por los años y la trasmisión oral es estudiado por Willner, Depp y Verbinski, seleccionado y designado a los músicos pertinentes.

Es especialmente extraordinaria la dupla compuesta por Tom Waits y Keith Richards, quienes interpretan “Shenandoah” (una canción tradicional que se hizo popular entre los marinos a finales del siglo XIX), una melodía crepuscular que ilumina con su terror unas aguas que parecen tranquilas.

Pero igualmente extraordinarios son los retratos de aquello que componen voces reclamadas para el llevar a cabo el trabajo: Nick Cave (“Fire Down Below”), Gavin Friday (“Baltimore Whores”), Jack Shit (“Bonnie Was a Warrior”) y Jarvis Cocker (“A Drop of Nelson’s Blood”), en el primer y segundo volúmenes de Rogue’s Gallery (ese antiguo fichero policiaco con fotos y antecedentes de los criminales más buscados).

En ellas suena lo torturado de lo intrínsecamente maligno o melancólico, más víctima de tales sentimientos y experiencias que de las conclusiones cínicas de un mero desalmado. Los temas transmiten lo espontáneo sin imposturas, con humor negro (en ocasiones) y cargando las tintas cuando es necesario.

Y si en esa primera colección destacan además de los ya mencionados, Richard Thompson, Brian Ferry, Sting, Bono o Lucinda Williams, entre otros, que entreabren muy bien ese interior pirata poblado de zonas de sombra, también lo hacen, por otro lado, con su asoleada y atemorizante apariencia exterior.

Willner lo adorna todo con el fulgor de sus estrellas, sin esconder turbiedades. Todos están asociados en este avistamiento y abordaje y acaban compartiendo un vocabulario exclusivo, compuesto de historias, palabras y melodías.

Lo que acentúa su condición de triángulo (mar-barco-filibusteros) que encierra destinos entrelazados y llamados a enfrentar cualquier tormenta. Y lo hacen también en la segunda entrega (del 2013) denominada Son of Rogues Gallery.

 En los dos volúmenes que la componen hay cerca de 40 tracks en donde se dan cita nombres como Shane MacGowan, Robyn Hitchcock, Iggy Pop, Patti Smith, Michael Stipe, Dr. John, The Americans, Courtney Love o Todd Rundgren.

Todos ellos han venido a redimir los pecados pasados de Piratas del Caribe −y a aliviar los posibles futuros− con unas antologías fantásticas y llamadas a perdurar largo tiempo en la memoria.

Los músicos y productor mencionados, y todos los demás que las componen, no solo han sorteado la amenaza de ahogarse con Depp, sino que han mantenido la obra en general muy por encima de la línea de flotación, y al público atento a cuanto cantan, justo donde el mar se hace más profundo.

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VIDEO SUGERIDO: Son Of Rogues Gallery – “Shenandoah”, YouTube (antirecords)

 

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