JIM EN PÈRE LACHAISE

Por SERGIO MONSALVO C.

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Y LA MUERTE NO LE DIO FIN

(I)

Los encuentros se dan en momentos insospechados, ¿verdad, Jim?  El primero fue en aquel salón escolar, entre clase y clase, rodeado de espíritus adolescentes –y en plena punzada– que admirados escuchaban sin pronunciar palabra aquel “Light My Fire” en el tocadiscos portátil de uno de ellos.  Siluetas de nuevas criaturas acogiendo los sueños húmedos de ángeles enfangados.

Luego, en ese tiempo de hitos y mitos. La calle de Insurgentes en la Ciudad de México. Noche de nerviosa espera por tu arribo con los Doors. Las palabras haciéndose fuertes: ellos tienen los rifles, pero nosotros tenemos el rock.  Ir y venir de voces, de paseos cortos, de risas. Congregación de oficiantes pránganas que sólo tienen la oportunidad de un breve vistazo al lagarto ebrio, entre el coche que te trajo y la puerta de ese Fórum. La ceremonia comenzó y nos quedamos ahí, en la calle, con los bolsillos vacíos, los oídos aguzados, la acera que se acurrucó a nuestros pies como un perro en busca de simpatía, con la magia.

Y ahora aquí, en Père Lachaise, París, donde la leyenda dice que reposas. Ella y yo penetramos en el camposanto donde las criaturas se encuentran con los viajeros hacia la eternidad.  Los signos (graffiti) en las lápidas conducen sin tropiezos: Morrison Hotel →.Y caminamos por los terriblemente bellos y sugerentes pasillos de este cementerio fresco y quieto que alberga a otros huéspedes ilustres: Colette, Marcel Proust, Oscar Wilde, muchos más que murmuran a nuestro paso. En una parte del sendero coincidimos con los discípulos de Allan Kardec que sombríos rodean su cripta misteriosa.

Los avisos no se equivocan y por fin desembocamos al espacio que te corresponde.  Los símbolos y las citas de las lápidas alrededor testifican el fluir constante de peregrinos que vigilan tus sueños de poeta. Unos interpretan música, depositan flores, otros beben vino, algunos dejan sus mensajes en una botella. Yo quiero hacerlo en la piedra. Nada como las largas frases de las tumbas circundantes. Algo breve, como la fugacidad de tu existencia: “Lo hizo todo, incluso renunciar a la resurrección”.

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(II)

La tumba de Jim Morrison en el cementerio Père Lachaise de París es lugar de peregri­nación. Comienza con la llegada a las puertas del inmueble, donde el guardia con un solo vistazo al visitante descubre el objetivo de su presencia. Le vende un mapa, EL MAPA, para lle­gar a ella. Está escondida, oculta entre otras de mayor ta­maño, pero aun sin tal orientación se pueden seguir las seña­les dejadas por peregrinos anteriores. Exvotos y milagrería que habla de religiosidad, de iluminaciones individuales.

Tal guía mística señala de esta manera los perfiles del poeta, del histrión rocanrolero. Sus inclinaciones por el blu­es —un personaje mítico no puede desligarse de sus raíces—: la mención del “Backdoor Man” en la piedra inmortal. Las afi­nidades selectivas, el teatro cabaretil alemán: Kurt Weil y la anunciación oportuna: “I Tell You, We Must Die…”

La epístola de la reunión de los apóstoles: Ray Manzarek, Robbie Krieger y John Densmore. El encendido del fuego en la eclosión: “Light My Fire”. El desfile sublime, un Soft Parade del exceso y el desborde de la vida; un aviso de renta de cu­artos en el Morrison Hotel, anotado en la mismísima lápida de Oscar Wilde. La devota L.A Woman que ha llorado en la tumba.

Uno tras otro los signos para ser descifrados por el iniciado. Hasta llegar al lugar y descubrir a otros feligreses en ritos particulares, en ceremonias colectivas. Ése que lee, lee versos de An American Prayer, aquel que interpreta en la guitarra “Roadhouse Blues”: “I woke up this morning and I got myself for beer…”. La poesía y el canto, la vida y la muerte. Un mito contemporáneo en plenitud de desarrollo.

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(III)

Su admiradora más talentosa, Patti Smith, realizó también un peregrinaje a esta tumba parisina en Père Lachaise. Pegó la foto Polaroid que tomó en uno de sus famosos cuadernos y escribió ahí mismo una sentencia aduladora: “Mira esta tumba. (¡Qué monumento tan visitado!) ¿Por qué los estadounidenses no honramos así a nuestros poetas? Mi mente se movió antes que mi boca. Finalizó el sueño. La piedra se desintegró y él se alejó volando. Limpié las plumas de mi impermeable y contesté a esa pregunta: ¿Por qué no miramos atrás?”.

*Textos escritos para las publicaciones El Nacional, Ovaciones y La Mosca, entre los años 1990 y 2000 (S.M.C.).

 

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JERRY LEE LEWIS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 THE KILLER INSIDE

A los 75 años de edad, tras una vida llena de altibajos, desenfrenos, alcohol, drogas, estados demenciales, discursos de conservadurismo, violencia extrema, colección de esposas, muertes,  graves enfermedades y mucho rock & roll, la familia de Jerry Lee Lewis decidió tomar las riendas de su vida y canalizar los restos de la explosiva energía que aún poseía y guiar de la manera menos confusa y estridente los últimos años en activo del llamado “asesino” del piano (actualmente tiene 83 años).

Las reducidas entrevistas o conferencias de prensa desde esos tiempos ya no han aportado casi nada y sólo alguna arrepentida confesión, tal como les gusta oír a los puritanos estadounidenses.

Los temas escabrosos como su racismo rampante; el intento de entrar ebrio y armado a Graceland (la casa de Elvis Presley) para retarlo; los arrestos por amenazas con armas de fuego, maltrato y hasta por sospecha de asesinato tras la muerte de una de sus esposas; el casamiento con Myra –su prima de 13 años–, así como sus constantes tribulaciones religiosas con respecto a su actividad musical y a la interpretación del rock en particular, estaban vetados  para los periodistas. La vida anterior del pianista quedaba así únicamente para el mito y la leyenda.

El ego de todos los pilares del género (Elvis, Little Richard, Chuck Berry)  siempre afectó sus carreras y relaciones, sin embargo el desmesurado de Jerry Lee Lewis le taladró el espíritu y la mente. Soportaba mal la bebida y una vez ebrio sacaba de los profundo de sí la corrosión que le causaba el éxito de los demás en su propio detrimento.

La fama de Elvis sobre la suya nunca pudo soportarla y esa quizá haya sido su mayor enfermedad, la que lo consumía como un cáncer desde el final de los años cincuenta.

La personalidad dividida, entre el energético e incandescente músico encima del escenario y el patán provinciano debajo de él, jamás lo abandonó, aunque los seguidores del género le agradeceremos eternamente su legado en piezas clásicas como “Whole Lotta Shakin’ Goin’ On”, “Great Balls of Fire”, “Breathless” o “High School Confidential”, ejemplos inmortales del mejor quehacer rocanrolero y piedras fundamentales del mismo.

Jerry Lee Lewis, Rock & Roll Singer(Date Unknown/Possible 50s)

VIDEO SUGERIDO: Jerry Lee Lewis – Whole Lotta Shakin’ Goin’ On (Steve Allen Show – 1957), YouTube (John1948SIxC)

 

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JANIS JOPLIN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ARDER HASTA CONSUMIRSE

Para hablar de Janis Joplin se requiere hacerlo a partir de tres premisas: la primera, saber que la historia del rock son sus mitos; segunda, que el blues se interpreta en carne viva; y tercera, que para escucharla se necesita mucho, pero mucho, corazón. Una vez alertados, destapemos el velo de esa definitiva presencia conocida como “La Bruja Kózmica” por el público y “Perla” por sus amigos cercanos.

Janis Lyn Joplin nació el 19 de enero de 1943 en Texas, como la primogénita de una familia de clase media. A la luz de su biografía posterior resulta difícil imaginarla en ese ambiente. Ella misma no lo hizo.

Creció durante los años cincuenta, con la adolescencia recién descubierta en los Estados Unidos: violenta, ingenua, plena de incontrolables energías. Tal época trajo a James Dean y su sueño de juventud eterna que iba a permear poco a poco al establishment, bajo la consigna de vivir rápido, morir pronto y dejar un cadáver resplandeciente.

Asistió a distintos colegios superiores para estudiar arte. En todos se mostró con una actitud rebelde y con maneras que la alejaban de la forma de ser tradicional de una mujer. Externaba de manera abierta sus opiniones sobre las cosas al igual que su contundente liberación sexual, antes de que las feministas siquiera pensaran en ello. Su peinado, su estrafalaria vestimenta y su lenguaje callejero pronto la hicieron notable y repudiada.

En 1961, descontenta con su entorno, viajó a Los Ángeles, donde trabajó de telefonista. Regresó a Port Arthur en 1962 y comenzó a cantar en público. Retornó varias veces a California y actuó en diversos sitios. En 1963, la Costa Occidental de la Unión Americana atestiguó el brote del movimiento hippie. Janis por supuesto fue absorbida por él.

En San Francisco, Venice Beach fue su segundo hogar y ahí se inició en el camino de la incandescencia: “Quería experimentarlo todo, ingerirlo todo, y lo hice. Todo lo tomé, lo chupé, lo lamí, lo fumé, me lo inyecté, lo tragué, me enamoré de ello” —confesó tiempo después— y mucho alcohol. En 1965 regresó por una breve temporada a Port Arthur con su familia. Y si bien trató de readaptarse al ambiente del poblado muy pronto se dio cuenta de que no sería posible hacerlo.

Por aquel entonces, Chet Helms, un tipo al que había conocido en los bares de Texas, se convirtió en el publicista y mánager de un grupo de San Francisco: The Big Brother and The Holding Company. Andaban en busca de un o una cantante, así que Helms les recomendó a Janis. Aceptaron la idea y Helms la convenció de mudarse a la bahía, que en esos momentos florecía como utópico paraíso juvenil y bohemio.

A este lugar llegó Janis Joplin el 4 de junio de 1966. Surgía la comuna urbana conocida como Family Dog y sus eventos fantásticos; el nombre de Bill Graham se asociaba a los mejores conciertos en el Fillmore Auditorium; Ken Kesey promovía sus pruebas de ácido con LSD y Chet Helms dirigía el Avalon Room, donde Big Brother era el grupo de casa.

En dicho ambiente de alucine irrumpió Janis y comenzó a dar vida a una leyenda en medio de otras; a una mitología particular inmersa en un Shan-gri-la generalizado. Había depurado su estilo y el blues la abrazaba de la cabeza a los pies. Con Big Brother inició el fluir de canciones trabajando en el Avalon y algunos bares de alrededor. Soltó las amarras de su voz de torbellino y aprendió a fusionar el blues con la fuerza eléctrica de los amplificadores de una banda de rock. Cantó libre y salvajemente.

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El grupo pronto recibió ofertas para grabar. Tras un conflictivo periplo con una compañía fraudulenta firmaron con la Columbia. Luego vino la mítica aparición en el Monterey Pop Festival de junio de 1967. Ocasión para presentarse en plan grande junto a luminarias como Otis Redding, The Who, Animals, Jimi Hendrix y Jefferson Airplane, entre otros muchos.

La interpretación que hizo Janis de “Ball and Chain”, un tema de Big Mama Thornton, con su ruda y áspera voz, hizo polvo a todos los concurrentes. Se erigió en la nueva figura femenina con los sentimientos fluyendo en forma total, candente, veraz y profunda. Fue el nacimiento de una estrella con aura.

Todo mundo se preguntó quién era esa mujer y así surgió la información importante: una vocalista que vivía lo que cantaba; una estudiosa que hacía esfuerzos por poner al día la tradición de la bluesera clásica, tan olvidada, con Bessie Smith como materia prima de la cual abrevar; era una mujer liberada que le entraba duro al alcohol y a la pasión, dándole con ello un matiz propio a la era psicodélica; era una bebedora famosa en medio de una cultura consumidora de ácido.

VIDEO SUGERIDO: Janis Joplin – Ball And Chain (Amazing Performance at Monterey), YouTube (RollingStones50yrs)

A la par de esto, su cabello orgullosamente largo y revuelto, ropa de segunda mano y emociones a flor de piel la convirtieron en una heroína prefeminista. Pero, sobre todo, su voz denotaba un dolor auténtico y el deseo de comunicarse con su público.

En enero de 1968 Janis y Big Brother firmaron con el empresario Albert Grossman. Estaban listos para viajar. Sus giras incluyeron los más importantes auditorios de la Unión Americana. Janis era una auténtica bluesera que no dejaba de gritar su doliente herida empapada de whisky, agitando las plumas, los collares y otros adornos. Era todo un espectáculo.

Cantar es tomar un sentimiento y convertirlo en algo terminado, bien hecho, que luego pasado por las cuerdas vocales trate de crear un sentimiento igual en la gente que te ve y oye”, comentaba al respecto. Con esa idea fundamental entró al estudio con el grupo para grabar un disco que llevaría por nombre Cheap Thrills, con portada de Robert Crumb y cuatro temas incombustibles, memorables y definitorios de su carisma: “Ball and Chain”, “Piece of My Heart”, “Turtle Blues” y Summertime”. Se convirtió en Álbum de Oro y a la postre en un clásico.

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Las críticas a las capacidades musicales de Big Brother resultaron definitivas para separarse del grupo a favor de una integración más profesional para dar una actuación fantástica en Woodstock y luego grabar el segundo LP I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama!, con  otras cuatro joyas: “One Good Man”, “Kozmic Blues” y las versiones superlativas de “To Love Somebody”, “Little Girl Blue”.

La gente espera que las cantantes de blues agonicen en cada pieza. Yo lo hago con cada una de ellas. A este paso no voy a llegar a los 28 años. Tengo diez de cantar al máximo, pero prefiero eso que vivir hasta los setenta frente a la televisión”, declaró tras la salida del álbum.

En mayo de 1970 Janis formó otra banda, la Full Tilt Boogie, que logró un sonido cumplidor. Entraron al estudio. Para septiembre casi habían terminado de grabar el álbum previsto, el cual incluía dos canciones escritas por ella: “Move Over” y “Mercedes Benz” (a capella).

Así llegó la fatídica madrugada del 4 de octubre, de hace 45 años, cuando sorpresivamente Janis murió de una sobredosis de heroína en el Motel Landmark de Hollywood. El disco titulado Pearl —sobrenombre de Janis— salió a la venta de manera póstuma con dos tracks instrumentales para los que no tuvo la oportunidad de grabar la voz. Uno de ellos era la composición premonitoria “Buried Alive in the Blues” (Enterrada viva en el blues). El LP llegó al número uno de las listas y el sencillo “Me and Bobby McGee” (tema de Kris Kristofferson) también lo fue.

Se le lloró mucho. Su cuerpo fue cremado y sus cenizas esparcidas sobre la costa californiana, según sus deseos. Su voz encarnó la pasión de una época y desde entonces no ha tenido rival. Janis entró al Salón de la Fama del Rock en 1995. Su imagen permanece fija como personificación del espíritu sesentero: sensual, joven, fiero y delirante, acompañada de sus sueños y fantasmas. Aún se le considera la mejor cantante de blues blanca de todos los tiempos.

Cuando comencé con esto de la música me fijé un objetivo: jamás mentir con mis canciones”, dijo en entrevista unos cuantos meses antes de su fallecimiento. A Janis dicha música le sonaba por todo el cuerpo, en la torturada canción de su existencia.

El blues te da por el deseo de algo. En mi caso la necesidad de compañía, de amor. Cuando no lo tienes eres infeliz, sientes un agujero, el vacío, quizá por eso bebo”. Pero esa sed no se trataba sólo de alcohol, sino que ella bebió también la inspiración de otro ser semejante: Bessie Smith.

Y como ésta siempre fue una mujer unicelular, extrema y radiante, que rehacía al mundo para sí en los instantes que pasaba en el escenario, tratando de estirar ese tiempo al máximo. Vivía y moría al cantar. Como lo hicieron las mujeres de verdad hace mucho tiempo.

En 1970, pocos días antes de su propio deceso, Janis Joplin pagó la lápida que no había tenido nunca la tumba de Bessie Smith. Las fantasías de Janis sobre ella, la identificación que armó, venía de muchos años atrás. Bessie por supuesto fue una de sus mayores influencias y Janis se empeñó desde la adolescencia en adentrarse en su vida.

En la propia oscuridad de su corazón surgió el encantamiento por el estilo de Bessie: beber brutalmente, sufrir por sentirse sola, ser una perdedora en el amor y víctima de una muerte temprana. Todo se le cumplió a Janis.

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VIDEO SUGERIDO: Janis Joplin – Kozmic Blues (live 1970), YouTube (Michael Martins)

 

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TALKING HEADS

Por SERGIO MONSALVO C.

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PARADIGMA DEL CAMBIO

Los efectos de la explosión punk en la segunda mitad de los años setenta se multiplicaron polarizándose y dando la bienvenida a nuevas voces, sonidos e ideas. Irrumpieron grupos que, en términos generales, tenían el propósito de rescatar al rock de la excesiva formalidad en que había caído y de enfrentar a la música Disco con la inteligencia y la pasión expresiva.

A este movimiento renovador se le conoció como “New Wave”, cuyas distinciones se hicieron cada vez más borrosas con el paso del tiempo, aunque hubiera surgido por igual de los diversos ambientes underground de las principales metrópolis del mundo.

Nueva York, obviamente, contribuyó desde un principio con grupos como Ramones Television, Blondie y sobre todo con Talking Heads, quienes con el transcurrir de su desarrollo hicieron olvidar las definiciones genéricas (minimalismo, art rock, avant-garde, etno rock, etcétera) hasta convertirse en un grupo de características multinacionales, y con un líder que reveló un talento creativo que rebasó la música para interrelacionarse con otras artes como el teatro, el performance, la danza y el cine.

Por todo ello, Talking Heads se erigieron como un grupo innovador y cosmopolita que siempre se encontró en transformación y reinventándose a sí mismo. Negándose a ser convertidos en una fórmula, por más de una década trabajaron con un contenido temático poco ortodoxo y una progresión estilística continuamente adelantada a su época.

Como muchas de las más importantes formaciones de los sesenta (Beatles, Rolling Stones, Who, etcétera), los Talking Heads emergieron de una escuela de arte, lo cual les proporcionó una perspectiva abierta que los convirtió en músicos nada convencionales. Fue un grupo que se movió con una mística común para explorar al mundo impulsado por un artista excepcional: David Byrne.

Dentro de la mitología rocanrolera de todos los tiempos, David Byrne ocupa un importante lugar debido al ilusionismo desplegado en la escena musical con su multifacética personalidad. Gracias a ella ha dado expresión, desde entonces, a voces urbanas que no habían sido tomadas en cuenta; a caras de la humanidad que no por ocultas eran menos inquietantes.

En la escuela de arte de Providence, en Boston, Byrne se toparía con Chris Franz y su mutuo interés por el rock los motivó a intentar juntos una aventura musical. Reclutaron a otros miembros, que cambiaban según las necesidades del calendario escolar, pero siempre bajo el mismo nombre: The Artistics. Su sonido era fuerte y un tanto mesiánico.

Durante un concierto escolar estrenaron la canción “Psycho Killer”, que Byrne había escrito en colaboración con Franz y la novia de éste, Tina Weymouth (guitarrista). El tema era un ejercicio de enfoques en la mente de un asesino que reunía una antología de clichés para que todo mundo pudiera identificarse con ella y resaltar así un auténtico desorden social.

Tiempo después Byrne se mudó a Nueva York a fin de conectarse con la escena musical de aquella ciudad. Tras graduarse, Tina y Chris se le unieron. La dificultad para conseguir un bajista hizo que Tina comprara un bajo para agregárseles. Como trío iniciaron los ensayos en 1975, bajo la consigna de la originalidad ante todo.

Buscando esto se deshicieron del artificio del espectáculo y Byrne utilizó en sus canciones un lenguaje cotidiano, directo y una música sencilla y básica. Nada de vestuario especial, nada de solos de guitarra o batería, nada de movimientos en el escenario.

El nombre para el grupo lo sacaron de la guía de televisión. “Lo seleccionamos porque no hacía referencia a ningún tipo de música, pensamos que el grupo definiría al nombre: Talking Heads”, –explicaron-. Ya con éste, pidieron una oportunidad en el club CBGB. Comenzaron como teloneros de los Ramones. Su canción fuerte era “The Girls Want to Be With the Girls”, con la cual se hicieron de un círculo de seguidores.

El punk como fenómeno musical provocó que la industria discográfica abandonara el artificioso producto de la música Disco, para ver lo que el underground estaba creando en las diferentes urbes. De esta manera se forjó el nombre “New Wave” (la primera derivación de aquél) para clasificar a una serie de grupos cuya diversidad sólo les permitía compartir un lugar en el tiempo y el deseo de mejorar las cosas para el rock.

VIDEO SUGERIDO: Talking Heads – Life during wartime LIVE – Stop making sense 1984 HQ, YouTube (warholisover)

El club CBGB comenzó a cobrar fama y los grupos que ahí tocaban se volvieron clásicos del movimiento: Ramones, Television, Blondie y los Talking Heads. Desde un principio, estos últimos abordaron su participación de una forma diferente. Se dieron a conocer como un grupo cambiante, sin formulismos y nunca negaron los estudios artísticos que les proporcionaban acceso a mundos distintos al de su trabajo.

En 1976 desarrollaron estos conceptos. Hicieron demos para diferentes compañías. Por aquel entonces, Byrne, quien no había querido la inclusión de un cuarto miembro, reconsideró el asunto, ya que musicalmente el trío comenzaba a ser limitante.

Al buscar a un tecladista, los Talking Heads tuvieron la oportunidad de escuchar un demo de Modern Lovers. Se interesaron por el trabajo de Jerry Harrison en él. Luego de tocar y hacer unas presentaciones juntos el resultado satisfizo a todos, pero Harrison pidió tiempo para pensarlo.

A finales de 1976, grabaron en forma independiente la canción “Love Goes to Building on Fire”. La compañía Sire, por entonces, les ofreció un buen contrato y en diciembre entraron a grabar un sencillo con el productor Tony Bongiovi.  Éste contenía las canciones “New Feeling” y al reverso la que ellos habían hecho independientemente.

En 1977 el trío inició una pequeña gira por Toronto, Nueva York y Boston. Al regresar, Harrison se les unió definitivamente. En mayo del mismo año comenzaron las grabaciones de su primer L.P. El productor sería de nuevo Bongiovi, en colaboración con ellos. El proceso fue interrumpido por una gira con los Ramones, luego por el casamiento de Tina y Chris y otra gira con Bryan Ferry. Después de todo eso volvieron para terminar Talking Heads: 77, el cual apareció en septiembre de aquel año.

El disco ofreció una música muy sencilla y textos bizarros que hacían la apología de la vida cómoda de la gente que vive en los suburbios y trabaja en las oficinas. El ritmo tenso resaltó la nerviosa voz de Byrne, que dio un filo mordaz a lo que cantaba. Los temas que destacaron fueron “Psycho Killer” y “Don’t Worry About the Government”.

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Cabe destacar que desde un principio la presencia de Tina Weymouth no fue nunca utilizada por el grupo en forma sexista, sino tratada como uno más de los músicos, lo cual se mantuvo durante la existencia de la banda.

Para su segundo disco trabajaron en la producción con Brian Eno (ex Roxy Music). Sus métodos sin formalismos proporcionaron al grupo libertad de experimentación, el aprovechamiento de su energía instintiva y espontaneidad. More Songs About Buildings and Food se editó en julio de 1978, con muy buenos dividendos.

Realizaron una gira por Europa y Norteamérica; el sencillo con la canción de Al Green, “Take Me to the River”, se convirtió en éxito y la crítica especializada lo calificó como uno de los mejores discos del año. Fiel a su consigna cambiante el sonido del grupo se modificó, lo mismo que su estructura musical, el enfoque de las letras, y comenzó a insinuarse su interés por la música negra.

En el transcurso del siguiente año, los Talking Heads cimentaron su reputación. La suya era una alternativa del rock bailable con letras que trataban de enfrentar la problemática de la vida moderna y que sabían cómo retratar las angustias universales en términos simples y juveniles. Por eso mismo, el grupo quería seguir adentrándose en nuevos terrenos sin hacer una música que requiriera de muchos entendidos, pero tampoco una que sólo buscara el beneficio de la popularidad.

Otra vez con la producción de Eno, el nuevo L.P., Fear of Music, fue el producto de la lectura sobre cierto tipo de epilepsia causada por la música y dado a conocer en agosto de 1979. Obtuvo una nominación para los premios Grammy. En esta ocasión el ritmo ocupó un primer plano con las canciones “I Zimbra” y “Life During Wartime”, como ejemplo. El giro significó un avance grande en sus perspectivas musicales.

La naciente década de los ochenta descubrió al grupo en la búsqueda de nuevas secciones musicales y polirritmos. Durante el proceso invitaron a otros músicos, como el guitarrista Adrian Belew, el bajista Jerry Jones y la cantante Nona Hendryx, para conseguirlos.

El resultado fue Remain in Light (1980). Un disco lleno de misteriosas sensaciones. Eno volvió a colaborar en este salto que contenía fuertes influencias funk y africanas que se fundían con la electrónica y las ideas sociales de los textos. El carácter del álbum fue la suma de todas sus influencias y de una actitud diferente a la del común en el rock de la época.

En el siguiente año lanzaron un álbum doble en vivo denominado The Name of This Band Is Talking Heads. Era su historia musical y un escaparate de sus actuaciones en vivo: un recuento. A fines de 1982 se reunieron para la producción (ya sin Eno) de Speaking in Tongues. En él incluyeron al guitarrista Alex Weir, con vista a una distinta dirección musical.

El producto fue una clara muestra del talento rítmico de todos y de la fascinación que Byrne siente por la palabra expresada por los predicadores en trance. El disco apareció en 1983 y se lanzó como sencillo la canción “Burning Down the House”.

Para la gira Byrne decidió poner a prueba nuevas ideas en el escenario. Pensó en el asunto como una puesta teatral, haciendo de todo ello una experiencia visual más emotiva. Incorporó elementos escenográficos, coreográficos y de vestuario (adaptando a su estilo el enorme traje blanco inspirado en el teatro Noh japonés). La transformaciá¢án de Byrne fue completa y el espectáculo se convirtió en uno de los mejores de la escena rocanrolera.

Entusiasmados por el resultado de la gira, buscaron hacer una película con tal presentación. Contrataron al director Jonathan Demme para su realización. La película captó las sensaciones que el grupo, y Byrne en particular, quería transmitir y se convirtió en más que una filmación de un concierto de rock. La película resultante, Stop Making Sense, se estrenó en abril de 1984 y al mismo tiempo se editó el disco con el soundtrack.

A fines de 1985 fue lanzada su nueva producción, Little Creatures. En ella desaparecieron las capas polirrítmicas y surgieron los arreglos ralos, melodiosos y armónicos de un suave country y rhythm and blues, enriquecido en algunas partes con metales. Con este L.P. volvieron al grupo básico, al uso de instrumentos acústicos y a la ingenuidad de las primeras composiciones de Byrne.

El gusanillo de la cinematografía era algo patente en Byrne desde sus pininos con los videos del grupo. Luego de la experiencia con Stop Making Sense, la pasión se hizo manifiesta. Escribió un guión y el grupo se lanzó a la aventura de filmar True Stories, bajo la dirección del mismo Byrne. El disco con las versiones del grupo se puso en circulación antes de la película en 1986. No hubo giras, ya que no llegaron a encontrar forma de presentarlo en el escenario, sobre todo después del éxito con la anterior presentación. Desde entonces ya no ha hubo conciertos de los Talking Heads como tales.

Todo 1987 significó la preparación del nuevo disco, Naked, que apareció en 1988. Con éste el grupo radicalizó más sus búsquedas de los años anteriores. Grabaron en París con un contingente de músicos provenientes del norte de África y con la coproducción de Steve Lillywhite.

En el transcurrir de las muchas semanas de sesiones con marroquís y argelinos, desarrollaron piezas sobre la base de tendencias musicales como la samba, el rai y el zook, ritmos originarios de Brasil y el Caribe. El disco brilla por su impresionismo, soltura, primitivismo y ligereza muy especiales.

Con Naked, se ubicaron como alquimistas del rock. El suyo fue uno de los primeros experimentos en el que tradiciones musicales angloamericanas, caribeñas y norafricanas se fundieron de hecho, para crear un nuevo estilo. Pero también se convirtió en la última grabación del grupo. A partir de entonces los intereses personales fueron cada vez más importantes para cada uno de ellos, hasta que en 1991 la banda anunció oficialmente su separación.

Como colofón se puede acotar que el rock and roll nació con un espíritu aventurero, gozoso, iconoclasta y transformador. Los Talking Heads resultaron ricos herederos de ese espíritu primigenio al conducir el concepto New Wave –con el que surgieron– hacia expresiones musicales indefinibles y expandieron sus fronteras.

David Byrne aportó intelecto a las letras y música, y los cuatro contribuyeron con su sensibilidad rítmica a provocar que el cuerpo disfrutara con el movimiento. De esta forma, Talking Heads representó a la mente y al cuerpo en participación manifiesta, cabal y festiva del espíritu rocanrolero. En el transcurso de una década hicieron mutar al género hasta convertirlo en paradigma de la modernidad del momento.

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VIDEO SUGERIDO: Take Me To The River – Talking Heads, YouTube (droehntanne)

 

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JJ CALE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL HOMBRE QUE SURGIÓ DEL POLVO

Hay músicos y cantautores tan grandes que siempre crearán a otros semejantes. JJ Cale fue uno de ellos. Y no es cosa de clonaciones, sino que de sus diversas lecturas surgieron los Clapton, los Knopfler y otros grandes músicos al fin y al cabo.

Él brotó de un tiempo y un lugar en los que el polvo mandaba en las vidas y en los destinos. Sin embargo, sus alforjas no estuvieron cargadas con la rispidez de ese elemento en bruto sino con la finura pasada por un cedazo único.

Cale nació el 5 de diciembre de 1938 en Oklahoma City, Oklahoma, en el preciso momento en que un fenómeno climático conocido como dust bowl (cuenco de polvo) creaba un desastre natural que afectó a todo el medioeste estadounidense.

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La sequía y el fallido manejo del suelo, aunados a los vientos, levantaron grandes nubes de polvo y arena tan espesas que tapaban el sol por días enteros; a esas polvosas tormentas se les llamó “viento negro”. Ello provocó una severa crisis económica.

El triste momento histórico fue tratado en la literatura por John Steinbeck en la novela The Grapes of Wrath y por las canciones de Woody Guthrie, otro oriundo de Oklahoma.

Y mientras este último, enclenque y hambriento, partía rumbo a California por la recién inaugurada Ruta 66 en Tulsa, la familia de Cale llegaba a esa ciudad del estado por la misma vía para intentar mejorar su vida. JJ (cuyo verdadero nombre es John W. Cale) optó desde muy joven por la música.

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Con Cale apareció el “Tulsa Sound”, una combinación de música popular folclórica rural, polka, dixieland y blues que contenía también el rockabilly, complemento de la ya de por sí rica sonoridad regional.

Desde su primer disco grabado como Johnny Cale, Shok Hop (1958), sus características como músico afloraron: guitarra de solos moderados y ligeros en el punteo, ritmos shuffle relajados con cambios simples de acordes, voces dobladas y letras agudas que reflejaban el acontecer cotidiano. Sencillez y naturalidad sin artificios.

En los sesenta se presentó en el Club a Go-Go con The Leathercoated, uno de los grupos que formó en sus comienzos, pero el dueño del lugar le cambió el nombre de pila por la confusión que podría haber con un miembro del Velvet Underground, John Cale. Así que desde entonces fue apodado “JJ” (sin puntuación).

[VIDEO SUGERIDO: J J Cale – After Midnight, YouTube (colfrbn2001)]

Ahí grabó en 1966 A Trip Down The Sunset Strip. Tras él se convirtió en músico sesionista. Sería hasta cinco años después que arrancaría su carrera como solista con el álbum Naturally. Hasta la fecha de su fallecimiento (26 de julio del 2013) aparecieron 22 discos más bajo su nombre.

El leid-back de JJ Cale fue una técnica difícil de imitar, pero fácil de distinguir por su calidez, feeling y emotividad trasmisoras de quietud y sosiego. Eso mismo le acarreó muchos seguidores, más músicos que público. A ambos los fascinó por ser único, mágico, personal y envolvente.

A músicos como Eric Clapton, por ejemplo, que ha popularizado sus temas “After Midnight” y “Cocaine”, su estilo siempre le ha parecido la mejor técnica que conoce.

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La lista de músicos que le han tributado elogios y hecho versiones de sus canciones es larga e impresionante por los nombres contenidos en ella y va desde The Band hasta Santana, pasando por Tom Petty y los Rhythm Kings de Bill Wyman.

Sin embargo, y a pesar de ser excelentes cóvers, las piezas originales resultan siempre y bajo toda prueba indiscutibles e insuperables. Y la obra de Cale, en general, habla sobre todo de una regularidad inaudita en la escena musical durante 40 años.

La fama fue una de las cosas con las que tuvo que lidiar. Le estorbaba y la rechazaba a rajatabla, le huyó, como cuando abandonó la gira en la que estaba como telonero de Traffic. Lo abrumó la popularidad y optó por marginarse desde entonces.

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Fue un ermitaño que vivió primero en las afueras de Nashville, en una casa-remolque, y luego en el desierto al sur de Los Ángeles, para terminar en un rancho cobijado por la arena del desierto de San Diego al final de lo que fuera la Ruta 66. Rara vez concedió una entrevista.

En su disco Roll On, se encargó de tocar todos los instrumentos y de la producción (hecha en su estudio casero) en la mayoría de los temas.

Así era de independiente uno de los cantautores más importantes y reconocidos de la historia del rock, al que el negocio musical lo tuvo sin cuidado. Grabó sólo 16 discos de estudio en cuatro décadas, con largos periodos de silencio entre ellos.

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JJ Cale vestía regularmente con una camiseta cualquiera (sin leyendas, slogans o marcas) y unos jeans raídos (no de diseñador). Eso y una guitarra era lo único que decía necesitar este hombre que iba y venía del polvo para vivir y ser feliz.

Cuando uno escucha sus discos se lo cree y también se está feliz y relajado con esa voz y el sonido de su guitarra, productos de un sensible tamiz de naturaleza humana.

Discografía selecta: Naturally (1972), Oakie (1974), Grasshopper  (1982), Number 10 (1992), Guitar Man (1996),  Anyway the Wind Blows (1997), Live (2001), To Tulsa and Back (04), The Road to Escondido (06), Roll On (09).

[VIDEO SUGERIDO: J. J. Cale Roll On, YouTube (pecuillian)

 

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THE LAST WALTZ

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL TIEMPO ENCANTADO

La justicia poética los hizo encontrarse en el momento exacto para ambas partes. En la madurez más que brillante del director Martin Scorsese y en el reto fáustico que tenía el grupo The Band con el tiempo. El resultado: un retrato de la inmortalidad en el escenario. En las décadas transcurridas desde su filmación y el postrer estreno de The Last Waltz, el cine y el rock no han dejado de mirar la obra e intentado asimilar sus enseñanzas.

La fugacidad, el vigor, el encanto, la intensidad y el magnetismo emanado por sus imágenes y secuencias son al final mucho más que música. Los historiadores, la crítica y los fans, jamás la han sacado de los primeros lugares del canon rockero y del documento musical y han llenado miles de páginas cubriendo hasta el más mínimo detalle de su contenido y hechura.

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Scorsese es un artista, un gran creador cinematográfico y un melómano culto. Es decir, tiene y proyecta conceptos estéticos, los ha plasmado en películas y documentales maestros y, en el último rubro, siempre ha estado abierto a todas las manifestaciones musicales que lo emocionen y que interpreten sus sentimientos. Para ello cuenta con un oído privilegiado, heterodoxo y con un profundo gusto musical.

Un ejemplo contundente bastará para ilustrar lo mencionado. Despabílate mi estimado lector o escucha. Dirígete hacia donde tienes guardada tu colección de películas. Extrae de ahí el título Mean Streets. Colócalo en el reproductor que tengas a tu alcance y oye con los ojos bien abiertos cómo las imágenes de esa Urbe de Hierro se magnifican y adquieren otra dimensión con la pieza “By My Baby” de las Ronettes y el muro de sonido de Phil Spector. ¡Wham!

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A Scorsese le gusta esuchar música barroca por las mañanas, cuando sale el sol (Bach, Purcell…). Pero cuando llega la hora del trabajo y luego el ocaso, se decanta por el rock, siempre. Su biógrafo, Peter Biskind, ha escrito que a Scorsese le sobra el amor por esta música: “Puede pasarse días enteros despierto hablando de cine y de música. Tiene el rock metido en la cabeza desde muy joven, se sabe todas las letras, todos los títulos. Y comprende que la música es un componente fundamental del espíritu de la época”.

El rock es un mundo que atrae y fascina al director. Es música con sensaround para él. Le dibuja sensorialmente los guiones que quiere escribir, las películas que necesita iluminar. Los elementos característicos de su obra encuentran su sonido en él y le masajean la creatividad. La naturaleza perturbadora y el arte que han sabido expresar los Rolling Stones o Bob Dylan en sus canciones es, en otros ejemplos filmados, el sonido de la calle, la excitación cotidiana, el desafío que he querido para sus cintas.

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Ha dicho que muchas de estas cuestiones del rock le han hablado en déjà vus y epifanías de manera personal: “Hay cosas que es imposible que desaparezcan. Puedes intentar controlar el coraje, aunque es muy importante que exista, debe estar presente en tu obra. La ira es curiosidad, es rebelión contra la injusticia, ya sea humana, de la naturaleza o la divina. Y el tiempo es eso: una injusticia.”, ha comentado.

Esa ira y misterio de los tiempos son enigmas que ha tratado de preponderar en sus películas (Taxi Driver, Gangs of New York, The Wolf of Wall Street, etcétera) y de descifrar en documentales desde Woodstock (en el que participó en el montaje y edición); en Medicine Ball Caravan (un viaje con músicos hippies), No Direction Home (biopic sobre Dylan), The Blues: “Feel Like Going Home” (serie de TV) y en The Last Waltz (la despedida de The Band).

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Scorsese busca resaltar su papel en las historias que han fundamentado los mitos del rock, la provocación y el desafío que proponen; de interpretar la potencia y el efecto de sus mensajes. La ira y el misterio con su magia inherente son la sabia del género. Sus claves secretas como espejos del tiempo. Así nació y así trata con la vida y con la muerte.

Shine a Light, su documental del 2008, con los Rolling Stones —con medio siglo en el rock & roll— encarnó para Scorsese un reto al tiempo en el éxtasis del poder en la madurez. Mientras que en The Last Waltz, de 1978, la energía crepuscular de un grupo con 16 años on the road, se manifestó como  un canto hacia la vida y una muestra de respeto hacia la muerte.

[VIDEO SUGERIDO: The Band, The Weight, YouTube (watanokni Ono)]

Robbie Robertson (uno de los integrantes de The Band) lo dijo de diversas maneras a lo largo del filme, como argumento para disolver al grupo: “La carretera no es un sistema de vida…Imposible vivir así”.Y la realidad le dio la razón a ese presentimiento.  Unos años más tarde, y con la necedad de por medio, el resto de los integrantes se volvieron a reunir sólo para ir falleciendo uno tras otro en breves lapsos de tiempo. Comenzando con Richard Manuel que se suicidó durante la gira del comeback.

Pero, volviendo a la cuestión del mito, de la ira y el misterio contenidos en el género, ¿dónde materializaban tales grupos ese poder? Obviamente en el escenario, que es el lugar donde el director neoyorquino quería retratarlos. Y así lo hizo. Centró ahí todos los colores, las luces, sombras y movimientos de las leyendas convocadas al baile final, al de la despedida.

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Muddy Waters, Ronnie Hawkins, Neil Young, Joni Mitchell, Bob Dylan, The Stapple Singers, Eric Clapton, Emmylou Harris, Neil Diamond, Dr. John, Paul Butterfield, Van Morrison, entre otros invitados a participar en el concierto, aparecen con sus gestos, poses y miradas, ésos que los han hecho seres especiales. Con ello los eternizó.

The Band: un nombre nunca mejor asumido, por lo que significó de respaldo y como conjunción de músicos en igualdad de circunstancias, de camaradería, de participación en las anécdotas, en las vivencias del camino. Palabra y concepto este último que se repite una y otra vez durante las entrevistas que se adjuntan en el documental, como una asistencia, tan presente e intensa como inquietante.

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Todo ello lo percibió Scorsese desde la primera vez que los oyó, cuando hacía sus pininos en el cine en el primer lustro de los sesenta, y ellos (ya como The Band) acompañaban a Bob Dylan en su periplo hacia lo eléctrico y sus enfrentamientos consecuentes con el dogmatismo imperante en el folk, y penetró en él su vibración sonora que a la postre se selló cuando los vio y escuchó ya como grupo independiente tras su debut con el disco homónimo y sobre todo con Music From Big Pink, el álbum que los elevó a la lista de los grupos importantes y respetados.

Sí, respetados por el espíritu artístico con el que se sentían comprometidos sus integrantes, a contracorriente de los estilos que estaban en boga, lejos de la psicodelia, de lo progresivo y de cualquier atisbo pop. Al contrario: inauguraron con su música un fresco emocionado y atemporal donde las raíces y la modernidad se daban la mano. Aportaron canciones sobrias y una imagen fuera de la moda: “Era música plantada en la tierra, sin las alucinaciones de aquella época”, definiría Robertson, al respecto.

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Scorsese los atrapó a su manera en imágenes virtuosas en el teatro Winterland de San Francisco, el día de Acción de Gracias estadounidense de 1976 (25 de noviembre), durante un concierto ex porofeso de despedida, el último de la existencia de la banda completa. Con 18 cámaras y fotógrafos artistas de renombre: Michael Chapman, Lazslo Kovaks, Vilmos Zsigmond, David Myers, Bobky Byrne, Michael Watkins e Hiro Narita.

El director personalizó las tomas sobre cada uno de los cinco integrantes de The Band (Robbie Robertson, Levolm Helm, Richard Manuel, Rick Danko y Garth Hudson) en los estudios Shangri-La, durante las entrevistas, así como sus interpretaciones en vivo en aquel auditorio: “Fue la observación de un Rembrandt sobre los músicos y sus instrumentos, puros planos preciosos”, aseguró Neil Young, creador de sus propios biopics.

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Scorsese utilizó cientos de kilómetros de cinta con el objetivo de filmar cinco horas de compulsiones misteriosas, de vidas sometidas a un proceso constante de comprensión (con todo e imágenes de archivo) en medio de voces fuertes y música sólida que encerraron todas las emociones del mejor espectáculo que existe hoy por hoy: el rock

 The Last Waltz es un rockumental pleno de talento visual, de montaje virtuoso, de técnica apabullante, de matices a granel, de la ficisidad que capta las tensiones y de la energía que ensalza el inmarchitable encanto de las canciones y las presencias, colocando al espectador en la mejor posición posible. El resultado es un Scorsese mayúsculo, una obra maestra, que trasmite el delirio de su propia admiración por aquella música.

[VIDEO SUGERIDO: The Band: I Shall Be Released (The Last Waltz), YouTube, Héctor Colorado)]

 

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