RITA REYS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 PRIMERA DAMA DEL JAZZ EUROPEO

 La cantante neerlandesa Rita Jacobs nació en Rotterdam en 1924. Sin embargo, nadie la conoce por ese nombre. Rita Reys continúa siendo su apelativo artístico; y «Primera Dama del Jazz Europeo» el título ganado dentro del ambiente sincopado.

El padre de Rita María Everdina Reys fue músico. Tenía una orquesta que tocaba en las salas cinematográficas antes de empezar las películas y en casa siempre se la pasaba escuchando música o tocando algún instrumento. Así pasó la infancia de Rita. Ella cantó desde niña y a los 15 años formó parte de una orquesta de baile. A partir de entonces la música fue su mundo, en el que el padre colaboró enseñándole la teoría.

Habla Rita:

“Mi padre era músico. Tenía una orquesta que tocaba en las salas de  cine antes de empezar la proyección. Era director. Siempre se escuchó música en la casa. Mi madre era bailarina; mi padre tocaba el violín y el saxofón alto. Tocaba música ligera, pero el jazz lo volvía loco. Le encantaba Mel Tormé. Cuando apareció Charlie Parker, compró todos sus discos. Yo cantaba todo el tiempo. En la primaria y en la secundaria. A los 15 años me metí a cantar en una orquesta hawaiana. A partir de entonces me dediqué a la música. Mi padre me enseñó un poco de teoría musical. Luego me casé con Wessel Ilcken, un baterista de jazz. Él me ‘convirtió’ por completo al jazz.

“En 1960, con el grupo de mi marido, tocamos en el festival de jazz más importante de Francia. Todos los grandes del mundo estuvieron ahí. Sorprendentemente nos proclamaron el mejor grupo del continente y a mí me dieron el título de ‘Primera Dama del Jazz Europeo’. Puesto que aún no llega otra, parece que el título sigue siendo mío. ¿Pasárselo a alguien? No sabría a quién. Yo tuve que ganármelo. Que se lo gane quien venga después de mí. Eso sí, no se consigue estando sentada.

“Hasta ahora, no ha aparecido ninguna candidata a ‘First Lady’, tampoco en las clases que doy en el Conservatorio de Rotterdam. Suena exigente y presumido, pero es la verdad. Cuando yo tenía la edad de las niñas de mi clase, cantaba para bajar las estrellas del cielo. Entre los 18 y 20 años empecé en serio con el jazz. Las muchachas de ahora imitan todas a alguien: Sarah Vaughan, Billie Holiday o Ella Fitzgerald. Yo no hacía eso. Me fijaba en las improvisaciones de los músicos. Charlie Parker, Miles Davis, en todos los grandes. Nadie hace eso ahora.

“Hay otra cosa. No me lo tomen a mal. Por supuesto me da gusto que cambien los tiempos. Pero la gente ya no tiene la misma motivación. Aunque no tenga trabajo, come bien. En mis tiempos no conocíamos eso. Estábamos obligados a movernos. Vivíamos en un cuartito minúsculo arriba del club Sheherazade. Costaba tres florines la semana. Las chinches caminaban por las paredes. Teníamos que presentarnos a tocar y cantar, pues de otro modo no teníamos qué comer. Eso les falta ahora. Aquella fuerza, ese deseo de imponerse. No quiero decir que todas sean deficientes ahora. Definitivamente hay voces muy hermosas. Pero les falta el carisma, la irradiación de fuerza. No tienen cuerpo ni alma.

“Cuando trabajé con la Banda Universitaria Holandesa de Swing tendría unos 16 años. Cantaba, por ejemplo, una vieja canción que nadie conocía. Pero a los jóvenes se les ponía la carne de gallina. Siempre tuve el swing. Creo que los estudiantes de canto de ahora saben muy bien sobre qué cantan, pero se les olvida el texto. Hay que presentar el texto. Si uno canta sobre el amor, hay que sonar tierno. No ponen atención a ello. Una cantante en realidad es una actriz, tiene que hacer vivir el texto.

“En 1956, grabé en Nueva York un disco con Art Blakey y los Jazz Messengers. Estábamos trabajando en el Sheherazade de Amsterdam con el grupo de Wessel. Una noche el director de la CBS estadounidense llegó a escucharnos. Le gusté tanto que me invitó a Nueva York. Ahí canté con Zoot Sims, Gerry Mulligan, Chico Hamilton, todos ellos. En determinado momento me preguntaron si quería hacer un disco. No tenía la menor idea con quién hacerlo, y Wessel me dijo que con los Jazz Messengers. Fue todo un escándalo, pues se trataba de un grupo negro. No fue sencillo. Tampoco para los muchachos. A los músicos tampoco les interesaba tocar con una blanca. Como sea, tuvimos que empezar en algún momento. Y una vez que nos pusimos a trabajar, poco a poco se convencieron y todo encajó. Trabajé muy bien con ellos, sobre todo con Horace Silver, un hombre único.

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“Al principio de los noventa apareció el álbum Swing and Sweet. Fui la primera holandesa que grabara con la legendaria compañía discográfica estadounidense Blue Note. La primera europea con Blue Note. Todo se grabó junto, sin overdubs. No puedo trabajar en un estudio frío con músicos imaginarios. Eso no inspira para nada. Justo por las excelentes cuerdas o el hermoso estribillo del saxofonista. Eso es lo mejor, entonces canto bien. Pero no con una cinta muerta en la cabeza.

“En la casa rara vez toco mis discos. Me encanta la música clásica. Mozart. Pero también me fascina la música intermedia, un buen concierto de rock o de pop. Me gusta mucho escuchar, por ejemplo, a U2 y Whitney Houston. En cuanto al jazz, antes me gustaba Al Jarreau, aunque últimamente se ha dejado manipular demasiado por sus mánagers, que además son quienes se quedan con la mayor parte del dinero. Ahora hace una música muy pulida, muy estrecha. Pero Mel Tormé todavía lo hizo muy bien hasta su muerte. Y no tenía mi edad. No es necesario buscar lo comercial ni hacer tonterías. Mel Tormé seguirá siendo siempre muy bueno.

“Antes, cuando uno iba a una obra musical, de Cole Porter o quien fuera, diez o veinte canciones se quedaban en la memoria. Todos los clásicos actuales del jazz han salido de las obras musicales. Pero cuando ahora se va a ver Cats, por decir algo, sólo una pieza se queda en la memoria: ‘Memories’. En realidad es muy pobre. Además, no hay buena música. Es increíble cómo les falta imaginación y creatividad a los compositores. Evita también produjo sólo una canción, «Don’t Cry For Me, Argentina». En las obras de jazz que ahora hacen, como Cotton Club, cantan pura música vieja. Se escriben muy pocas cosas buenas ahora. Hay mucho relleno. Stevie Wonder ha escrito muy buenas piezas. Yo sigo cantando «You Are the Sunshine of My Life'». Ha escrito mucho que no es posible traducir a un ritmo jazzístico, y muy pocas cosas suyas me sirven a mí. Pero cuando se le escuchan a él mismo es muy bueno. Es alguien de ahora que tiene los ritmos de ahora en la cabeza. Y puesto que yo no los tengo, no puedo cantar sus piezas.

“¿Por qué no canto scat? No lo sé. Me parece que eso no es para una voz humana. Sólo una se aproximaba a dominarlo, y ésa era Ella Fitzgerald. Pero en realidad ella tampoco. También se ponía a cantar licks de un saxofonista o trompetista que surgían en ella al azar. Se soltaba agradablemente, siguiéndolos, pero a mí eso no me gusta. No obstante, Ella siempre fue mi gran ídolo. No la imité, pero creo que sí adapté la alegría y la brutalidad con las que cantaba. A mi manera.

“Cuando Wessel Ilcken, mi primer esposo, falleció en 1957, pensé que tendría que olvidarme del jazz. Era madre de un bebé de dos años y tenía que alimentarnos. Pim Jacobs entonces formaba parte de la orquesta de Wessel. Con él me puse a interpretar canciones francesas. Las reseñas me despedazaron. Dijeron cosas como: ‘zapatero a tus zapatos’.

“También hice cosas completamente comerciales. Fui muy solicitada para hacer anuncios comerciales, y los hice. Tenía que acostarme en una farmacia, por ejemplo, y afirmar que mi piel seguía joven. Puras tonterías. También me parecía terrible que Pim, que se convirtió en mi segundo esposo, fuera a presentar juegos a la televisión. Bueno, el jazz quedó relegado al segundo plano en aquel entonces porque había que comer. A mí esa época me pareció espantosa”.

A la postre y en medio de las presentaciones, Rita Reys dio clases en el conservatorio de Rotterdam sobre su materia: el canto. Los últimos años (falleció el 28 de julio del 2013) los dedicó a dar conciertos por el continente europeo acompañada por los músicos del grupo de su segundo marido, Pim Jacobs, recién fallecido también. El título de Primera Dama del Jazz Europeo le pertenece ad infinitum.

George Avakian, el reputado crítico musical de la Unión Americana, dijo que pocas cantantes, incluso estadounidenses, poseyeron tal swing, tanto gusto y personalidad como los tuvo Rita Reys. Su acento mismo en el inglés era sorprendente, sobre todo si se tiene en  cuenta que jamás vivió en los Estados Unidos, ni tomado clases del idioma. En un ámbito en que la competencia era escasa, Rita se mostró como la mejor cantante de jazz fuera de la tierra del Tío Sam.

VIDEO SUGERIDO: Rita Reys with Oliver Nelson, YouTube (Peer fiftyseven)

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GARAGE/37

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA ERA DEL RECHAZO

La década de los noventa arrancó con los fuertes ecos del garage revival en los subterráneos. Entre los grupos que pugnaban por él estaban los Funseekers y sus dejos de la Ola Inglesa.

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Los fundamentos del garage estadounidense como el del surf rock también estaban a buen recaudo con alineaciones como las de los Mummies.

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Kurt Cobain, un adolescente flemático que se crió en un parque de cámpers como  prototipo del rebelde sin causa aburrido hasta la médula, empezó a hacer música con un amigo, Chris Novoselic, en un garage. Ambos vivían en Aberdeen, un pueblucho intrascendente cerca de Seattle. En 1988 el dúo conoció al baterista Chad Channing y formaron un grupo llamado Skid Row, Bliss y al final con David Grohl el definitivo Nirvana.

Con Nirvana emergió el llamado sonido de Seattle: producto de jóvenes blancos de la clase obrera hartos, apáticos, desencantados, con trabajos miserables o bien desempleados. Insatisfechos ante la vida de los centros comerciales, del materialismo y de los suburbios. Cuando Cobain vociferaba sus letras, se trataba de gritos de desesperación, agresividad y la furia del “quiero escapar de esto”, de una existencia a la deriva.

El heavy metal, el punk, el noise y el pop se amalgamaron en Nirvana para conformar el grunge. Los momentos más destacados de su álbum clásico de 1991, Nevermind, mezclaron el dinamismo de los Pixies con los riffs al estilo de Black Sabatth, melodías pop y toda la angustia adolescente. Nevermind fue el nuevo manual de reglas del rock, el álbum de los noventa y un cambio en el mundo. El grunge fue un virus que Nirvana inyectó al mainstream. El noise se proyectó a las alturas.

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La era del grunge cundió como reguero de pólvora entre los grupos subterráneos y ejércitos de éstos emergieron a la superficie con sus potentes rechazos, deseos y posturas frente al mundo. En Los Ángeles la banda L7, integrada por mujeres, fusionó la cruda vitalidad punk con riffs electrificantes y salvajes a cargo de sus fundadoras: Donita Sparks y Suzi Gardner.

El aporte femenino de L7 hizo que las incluyeran en la lista de bandas indispensables de escuchar para entender la década de los noventa. Apoyadas por el productor Jack Endino y el sello Sub Pop, su disco Smell The Magic mostraba sus influencias de género (Joan Jett), las de Seattle y las fuertes raíces en la Ola Inglesa. Nuevas mujeres para la nueva década.

El rechazo a las formas de vida, a los papeles predeterminados y al materialismo incombustible, fueron los objetivos del áspero sonido emergente al comienzo de los años noventa.

VIDEO SUGERIDO: L7 Fast and Frightening, YouTube (L7JETT)

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GARAGE 37 (REMATE)

LOS LOBOS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 AULLAR LA QUINTAESENCIA

Hace 30 años publiqué el libro La canción del inmigrante (Tinta Negra Editores‑As de Corazones Rotos, 1989). En él busqué abarcar parte de la historia chicana, de su cultura y del rock surgido de la población de aquellos lares, desde los antecedentes más remotos hasta llegar al grupo que ha retratado social y musicalmente –con un espectro sonoro que va del huapango al rock duro, experimentalismo y viceversa– la forma más cara del ser chicano: Los Lobos.

En el libro desarrollé su cronología artística iniciando con su formación en la Highschool californiana hasta el lanzamiento del álbum La pistola y el corazón (1988). A partir de ahí con estos músicos siguieron sucediendo cosas; y las más de ellas, notables.

En los años cuarenta del siglo XX la ciudad de Los Ángeles se convirtió en el centro neurálgico de una comunidad emergente: la mexico-norteamericana. Durante los cincuenta, y a medida que la población crecía, dicha comunidad se mostró cada vez más insatisfecha con los papeles limitados e inferiores que la sociedad estadounidense le asignaba socialmente.

En los sesenta y setenta, al expresar su disgusto por la discriminación, el prejuicio, la desigualdad de oportunidades en la educación y el empleo, comenzó un movimiento en pro de sus derechos civiles. Un nuevo sentido de valor étnico se enarboló con el término “chicano”. El chicanismo (término ideológico de solidaridad que buscó abarcar a todo estadounidense de ascendencia mexicana) se manifestó no sólo en la arena política sino también en el arte.

El movimiento inspiró al muralismo, al teatro, al periodismo, la literatura y la música, actividad esta última donde ha jugado un papel importante en la historia de las mezclas y fusiones actuales.

El grupo musical que mejor ha sintetizado toda esta historia y representado al ser chicano (bicultural y bilingüe) son Los Lobos, quienes durante 45 años desde su fundación y 40 de grabaciones y conciertos han dado cuenta del devenir de una comunidad que se ha desarrollado entre dos formas de ser y de pensar.

Calificarlos únicamente como intérpretes de un sólo género sería un gran error, ya que son un grupo de sonido multidimensional. Ellos (David Hidalgo, César Rosas, Louie Pérez, Conrad Lozano y Steve Berlin) tocan polkas, corridos, huapangos, boleros, música ranchera, norteña, de la Huasteca, valses y demás expresiones mexicanas (al igual que cumbias y son caribeño) con los instrumentos originales y con la misma naturalidad y entrega que lo hacen con la música estadounidense de raíces.

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Los Lobos tienen el impulso fundamental de sus tempranos días como banda de garage, apareado a la calidad artística producto de la madurez y de la inmersión en el patrimonio musical de la Unión Americana: desde el blues más crudo, pasando por el country, jump blues, tex-mex, rockabilly, rhythm and blues, zydeco, soul, gospel, cajun, rock and roll, funk, boogie, folk-rock, americana, latin-rock, cow-punk, heartland rock, pop y rock experimental.

Todo lo tocan ellos mismos y nunca renuncian a la experimentación sonora. Concepto que se puede constatar desde sus primeras grabaciones: Sí se puede! y Just Another Band from East L.A. (1976-78), hasta el disco de estudio más reciente, Gates of Gold (2015), así como en sus diversos proyectos como solistas: Latin Playboys de David Hidalgo y Louie Pérez (con el álbum homónimo y Dose), Soul Disguise (de César Rosas) o las producciones de los Super Seven (a cargo de Steve Berlin).  Es por ello que la obra de Los Lobos se sustenta en la confianza en sí misma.

VIDEO SUGERIDO: Los Lobos ‘Come On, Let’s Go’ 1987 La Bamba Party, YouTube (Steve M)

El hecho de que en temas como “A Matter of Time”, del disco How Will the Wolf Survive?, por ejemplo, resuenen las esperanzas y los temores de todas las canciones de inmigrantes —desde los spirituals de los esclavos negros hasta las de extracción judía— les proporciona universalidad (la pieza, mientras tanto, se ha convertido en un clásico interpretado por músicos de diversos géneros).

Como chicanos saben lo que el sistema estadounidense opina de los inmigrantes (y de los ilegales, sobre todo), y actualmente aún más dada la xenofobia trumpiana. Por otro lado, pueden hablar del gobierno mexicano y de cómo no vela por su propio pueblo cuando éste tiene que cruzar la frontera para buscar una vida mejor. Ambas cosas son un gran problema para quienes las sufren y un motivo de preocupación para quienes como ellos han visto padecer o padecido tales circunstancias.

Por eso como autores de canciones no se detienen en cuestiones como las reiteradas “nuevas estrategias” de ambos gobiernos. No. Sus rescates son otros, pero no por eso menos políticos. Hay un hilo conductor que comunican con sus composiciones. Todas hacen énfasis y recalcan las presiones impuestas a las familias chicanas, a sus formas de vida y a los cambios que cualquier ley produce en sus vidas cotidianas, separándolas o desarraigándolas.

No ondean banderas ni pancartas. No son panfletarios. La simple idea de que sean un grupo musical chicano o mexico-norteamericano y hagan lo que hacen es ya una declaración política en sí.

Los Lobos son un grupo de miras amplias y abiertos horizontes. Con su veintena de discos de estudio (entre ellos Kiko, considerado hasta el momento su obra maestra), varias antologías (Just Another Band from East L.A., El Cancionero, Ride This: The Covers, Wolf Tracks), exitosos soundtracks (La Bamba, Desperado) y discos en vivo (Live at The Fillmore, Acoustic en Vivo y Disconnected in New Yok City).

 Asimismo han hecho colaboraciones con otros músicos (Bob Dylan, Paul Simon, Lalo Guerrero, John Lee Hooker, Tom Waits, Roomful of Blues, entre otros); han sido invitados para diversos tributos y antologías (Fats Domino, Doug Sahm, Chris Gaffney, Sublime, Walt Disney Music) y a escribir temas para soundtracks, así como sus ya mencionados proyectos como solistas.

Con todo ello han ganado premios y creado sólidos cimientos como contribuyentes de la música contemporánea a nivel mundial, causa muy especial para ellos como parte que son de extracto de la cultura chicana.

¿De dónde sacan Los Lobos las ganas de cambiar con cada álbum desde su debut discográfico? Ya establecidos con un estilo que ellos prácticamente inventaron, cada uno de sus discos posteriores ha sido un nuevo intento transformado, otra experiencia, un territorio adicional explorado por ellos por medio del sólido bagaje que cargan.

Los Lobos confirman con cada nueva obra su poderío sonoro y su riqueza musical. Su dinámica intergenérica, intercultural y bilingüe les ha proporcionado una perspectiva distinta y única frente a las músicas que interpretan. Y se han dado cuenta cabal de que el rock es un cruce de diferentes culturas y que ellos, como chicanos, han  colaborado  a su engrandecimiento con algo semejante.

Destilan un inconfundible idioma personal con todas sus influencias y el perfeccionamiento de su estilo ecléctico, contextual e instrumental. Culturalmente le han agregado las cualidades de la soltura del mestizaje.

VIDEO SUGERIDO: Los Lobos (Don’t worry baby), YouTube (Ant Varandonis)

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“RIGOR MORTIS”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (RELATO)

Lo habré soñado una decena de veces, para mi fortuna con mucho espacio entre ellas. En dicho sueño, lo terrible es que me doy cuenta de que maté a alguien. No es un sueño en el que asesine y me ponga a contemplar la escena. No. Sino que me doy cuenta de que ya lo hice pero no veo el cadáver. Luego me voy a dormir y empiezo a soñar con ello tendido en mi cama.

 

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“THROW IT AWAY” (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 POEMA

 THROW IT AWAY (I)*

 (para Greetje Bijma)

 Tras el silencio frío: el fuego de la emoción

tras la agonía silenciosa: el clamor por la vida y sus llantos

con el silencio inicia y termina el mundo

es nada y retumbo / trueno y paciencia

camino que busca una razón de ser

tercero en discordia entre el artista y su voz

siempre a su lado

con explosiones sordas de torres mudas

pasan por él todos los sitios de la Tierra

y el tenue mullido de lo cotidiano

para que luego el aire vibre con el canto

 

*Este texto es parte del libro Amsterdames, publicado por la Editorial Doble A.

 

 

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JAMES SALLIS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (DRIVE/DRIVEN)

“Los productores llamaron a mi agente. Querían saber si era verdad que estaba escribiendo una secuela. Respondí que por supuesto que no, colgué el teléfono, atravesé dos habitaciones, encendí la computadora y empecé a teclear el título [Driven, El regreso de Driver, en español] y la primera página”.

“Nunca he previsto escribir secuelas, ni siquiera con el personaje Lew Griffin, al que dediqué seis novelas. Ocurre que si los personajes no me abandonan, tengo que volver a ellos otra vez. Así que con Driver hubo más historia. Esa es toda su vida”, ha dicho el escritor James Sallis, creador de Drive.

Sin embargo, aún no se sabe sí habrá una segunda película. Entonces cabría preguntarle al autor: ¿No lo influyó la imagen del actor Ryan Gosling en la cinta mientras escribía la segunda parte?

“No. Tengo una imagen muy precisa de Driver en mi cabeza desde el primer libro, aunque creo que el actor, el fotógrafo y el director fijaron el libro en la gente. Sin embargo, cuando escribo sólo estamos el libro y yo, en una burbuja. He escrito durante casi medio siglo: dos docenas de libros, un centenar de cuentos e innumerables ensayos, poemas y críticas. Y he sido recompensado con grandes lectores. Pero desde la película recibo a diario e-mails de gente que me cuenta que la vio, se compró el libro y ahora está leyendo alguna de mis otras obras. Ningún escritor puede pedir más”.

Tanto Drive como Driven son libros contundentes, secos, duros, de pocas palabras, que acaban con finales grandiosos a medio camino entre la mítica y la épica.

“Mi idea inicial era escribir una versión contemporánea de las novelas baratas de tapa blanda que costaban 50 centavos (de dólar) en las estaciones de autobús y los supermercados (pulp fiction). Pero durante su escritura me di cuenta de que también era un western contemporáneo, y eso me llevó a plantearme, mientras iba avanzando en su redacción, cómo iba a terminarla. Y justo cuando llegué ahí, me percaté de que Driver (el personaje) debería cabalgar hacia el atardecer y convertirse en una figura mítica”.

Señor Sallis: usted lo consiguió.

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ADAGIOS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (PARA EL SIGLO XXI)

Un adagio es la imagen del futuro en el horizonte, con todo lo que representa como metáfora. Ésta siempre irá acompañada de música en la imaginación, de la música que a cada uno le provoque esa fantasía.

Un adagio es un término musical que tiene varias acepciones. Como referencia a una indicación del tempo o al movimiento de una pieza musical, cuyo tempo es lento (por lo general se llama así al segundo o tercer movimiento de una sinfonía o un concierto).

Entre los ejemplos más famosos de tal término en épocas pasadas están, por mencionar algunos: la Sonata para piano Núm. 14 en do sostenido menor de Beethoven; el Concierto para piano núm, 2 en do menor op. 18 de Rachmaninoff o el Concierto para piano en sol de Ravel.

En el rock las muestras de adagios para el presente siglo aparecen en los discos de Chris Isaak, Always Got Tonight; The Raven, de Lou Reed; Illinois de Sufjan Stevens, el primer álbum de los Fleet Foxes; The Rising de Bruce Springsteen, Essence de Lucinda Williams o Some Old Man de John Hiatt, entre muchos otros.

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En el caso del jazz, quienes quisieron expresarse sobre  ello escogieron a tres representantes cuyo talento había superado los límites del género e introducido referencias nuevas en él. Se trató de Bill Frisell, Don Byron y Astor Piazzolla (ya desaparecido), mismos que aportaron a estos adagios elementos como la evolución, los acentos trágicos, la melancolía, redefiniciones de conceptos como “fusión” o “raíces”, y sobre todo la maestría para irradiar luz a la naciente centuria.

Así nació Adagios Siglo XXI, una compilación hecha para el sello Nonesuch en el primer año de tal siglo. En ella aparecen algunos grandes de la música clásica contemporánea como Philip Glass, John Adams, Steve Reich, Samuel Barber o Henryk Górecki, además de los ya mencionados. Están juntos en una producción integrada por obras que serán, para las nuevas generaciones, el estandarte del nuevo milenio.

El material ofrece acentos trágicos, armonizaciones con el minimalismo, el blues, el jazz, así como soundtracks de música majestuosa, envolvente, impregnada de misterio y por un distintivo mosaico sonoro de marcada intensidad, al que se agregan el Kronos Quartet, Gidon Kramer (y su violín vanguardista) o la soprano Daen Upshaw.

Sí, en los albores de la centuria aparecieron todos estos adagios, para el absoluto placer de todos los escuchas.

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AMY WINEHOUSE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA CANTANTE EXPUESTA

Al comienzo de la segunda década del siglo XXI, en plena civilización del espectáculo, el nada misterioso y progresivo “asesinato  colectivo” de Amy Winehouse parecía importar muy poco, al igual que la resolución o la trama (crónica de una muerte anunciada), porque el placer residía en la atmósfera. El hecho se sucedía poco a poco, con espacios regulares en la propia estancia de cada integrante del público en general. Las series de televisión tampoco transcurren en un lugar distinto a la sala de quien las está mirando, ¿verdad?

Esta forma de homicidio es la más tranquilizadora de todas, y ofrece la suficiente dosis de transgresión y resolución que el espectador necesita para dormirse convencido de que es inteligente, al saber de antemano el desenlace. Una vez fenecido el personaje en turno a otra cosa mariposa. Y que pase el siguiente. Sólo cambiará el nombre del mismo.

Así, los medios masivos proclives al amarillismo renuevan la apuesta por la intriga sin intriga, el crimen sin la lógica de ningún programador aleccionado, aunque algunos de los opuestos a ellos, los menos, se preocupen por la evidente sensación de libertinaje mediático.

En los reality shows, en la prensa rosa, en las revistas del corazón, al igual que en los pasquines de nota roja, aunque el papel en que se imprima sea diferente, el meollo siempre será semejante. Ahí les da gusto hablar de arte, cuando corresponde, porque el artista es lo de menos. Está para entretener y ya. Ahí, no es un genio, ni un tipo interesante, ni original, ni tiene ideas, ni teorías, o a lo mejor sí, pero a nadie le importa.

Lo que sí, es constatar y contar sus debilidades, las diabluras de sus demonios, su divertida autodestrucción y reiterar el dogma de la fama como un mantra: “Que hablen de uno, aunque sea mal, pero que hablen…”

Los tabloides y programas televisivos británicos, dedicados al mundillo del espectáculo, se han consagrado a tan gloriosa forma del periodismo más abyecto con verdadera pasión. Y en aquella época, inicios de la década actual, aparecía la figura maltrecha de la reciente “estrella caída”, Amy Winehouse, en una decadencia corporal en la que los lectores y televidentes habían ido reparando conforme sus adicciones hacían estragos.

Era portentoso darse cuenta de cómo dicha decadencia actuaba en relación con el público de masas, ese conglomerado tan curioso y ávido como insensibilizado con la autodestrucción de quienes han sido mejores en alguna forma. A medida que Amy caía, tal público iba exigiendo más y los medios se sofisticaban para satisfacer esa demanda clientelar. A estas alturas una foto de ella bebiéndose un trago en el escenario no valía de mucho.

En cambio una con ella botella en mano y drogada, dando tumbos por la calle, ensangrentada, a punto de desplomarse, o de los improperios por su errática presentación en algún concierto, eran oro molido para paparazzi y el distinguido auditorio. Amy estimuló los bajos instintos de los medios y de sus espectadores. Y su muerte, esperada y sin expectativas, “accidental” (según la investigación judicial), resultó ser el crimen colectivo perfecto y… que pase el siguiente.

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A la británica Amy Winehouse le había tocado en suerte revisitar una música un tanto olvidada y darle la vuelta de tuerca justa para desarrollar una nueva corriente, fomentar un movimiento y hasta iniciar un subgénero. Así es, con el nuevo siglo eso sucedió. Llegó el neo-soul, para refrescar a un género tradicional. Y la Winehouse lo hizo en grande, ayudada por un productor, Mark Ronson, que supo canalizar sus talentos y dotarla del acompañamiento idóneo.

Con esa reciente invasión británica hizo su aparición una adolescente de ascendencia judía, impetuosa y con un rico bagaje de influencias, pero sobre todo con la verosimilitud que requiere la escritura e interpretación de un género semejante. Así nació este estilo musical que recogía el soul clásico y lo ponía una vez más en la palestra con nuevos tonos y significados.

VIDEO SUGERIDO: Amy Winehouse – You Know I’m No Good, YouTube (AmyWinehouseVEVO)

Había escuchado los discos de James Brown, de las Supremes, Sam Cooke, Donny Hathaway, Marvin Gaye, etcétera, y de todos ellos había aprendido algo, los vinculó de alguna manera con sus quehaceres como vocalista, con certificado de autenticidad legítima. Sus letras reflejaban la realidad del hoy y con tal música hizo su traducción al mundo.

Esa es la vibración que supo conseguir y distinguirse así del actual y diluido  rhythm and blues. Ése que sólo exige títeres clonados por los productores para públicos convencionales. Con Amy hubo una verdadera alma expuesta. Con la inestimable ayuda del productor ella hizo converger la elegancia del soul con la poesía callejera y la actitud punk. Su cuerpo parecido al de una niña de 12 años, bajita y flacucha, trasmitía fragilidad.

Sin embargo, tal hecho no sólo era físico sino también mental. El fenómeno mediático la sorprendió sin preparación y sin defensas, lo mismo que el amor del cual fue víctima en varios sentidos; con un padre más interesado en el beneficio personal que en el de su hija, y bajo la férula de una industria que se afinca en la ganancia por sobre la materia prima; el artista.

Cualquiera que haya visto sus últimas actuaciones se preguntará por qué quienes la rodeaban podían permitir el atroz espectáculo de una mujer fuera de sí, incapaz siquiera de sostenerse, ya no de cantar. Semejante coctel produjo a una conflictiva joven cuyos particulares infiernos y desgracias fueron evocados por ella en sus canciones.

De esta forma los medios exploraron, no en la voz ni en la magia desplegada en sus discos, sino en la imagen de una mujer rota que podía estarlo más. Fue desde entonces, en su fugacidad, ese tipo de artista con un talento único al que persiguen todo tipo de problemas, que finalmente le provocan una muerte prematura y trágica a los 27 años.

La Winehouse fue una excepcional cantante y compositora, excéntrica, polémica, rebelde y autodestructiva, a la que musicalmente se le puede comparar con Sarah Vaughan por el timbre de voz. En ella se reunieron el sonido Motown, el de Nueva Orleáns y el carisma que distinguió a las chicas malas del grupo vocal de las Shangri-Las. Ella recogió toda esa herencia  y la hizo suya con unas letras que rebosaron autenticidad, estampas de abandono y melancolía, con guiños al sexo y a los extravíos sin tapujos.

Cuando uno escribe de estas cosas que pasan, no deja de sentir tristeza por una existencia quebrada; soportar que la vida mande siempre en la obra, incluso hasta acallarla. No obstante, esta tristeza ha quedado bien reflejada en el documental Amy (del director Asif Kapadia), que supo ver y repartir culpabilidades en la extinción de una vida fascinante, vivida al límite como artista, novia, hija e ídolo. Es la historia de una persona que tocó los extremos y la de una época que torna la muerte en banal espectáculo.

Por otra parte, nada banal ha resultado la exposición del hábitat natural donde se desenvolvió la Winehouse durante su infancia y adolescencia en Camdem. Lugar y barrio donde nacieron sus canciones y donde atesoraba aquello que la había formado hasta la fecha en que el éxito y la fama le hicieron probar las primeras mieles. El íntimo refugio donde las cosas queridas y coleccionadas se convierten en las voces animistas que cuentan la historia desde el lado luminoso.

Organizada por su hermano Alex, en colaboración con el Jewish Museum de Londres, la muestra A Portrait Family, recorre el mundo para ofrecer la vista interior del habitáculo familiar donde Amy se desarrolló. Yo tuve la oportunidad de visitarla en Ámsterdam, en el museo de la colectividad judía neerlandesa. Ahí puede observar tanto los retratos familiares, sus revistas rosas y comics, su guitarra, así como los enseres del maquillaje y las prendas que formaron el vestuario que la distinguió durante su vida (en el que denotaba su predilección por el estilo vintage).

Mención especial merece su pequeña biblioteca en la que llama la atención su gusto por el thriller (cuentos de Alfred Hitchcock e historias de asesinos seriales), por el realismo bruto de Bukowski o el periodismo gonzo de Hunter S. Thompson (sus videos reflejan en mucho tales mundos).

Me detuve largo tiempo revisando los cofres metálicos donde acomodaba sus discos de vinil y CD’s, entre los que aparecían los nombres de Tony Bennett, Dinah Washington, Aretha Franklin, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Ray Charles, Steve Wonder, y tantos otros relacionados con el soul, el swing, el jazz, el reggae o el doo-wop, influencias musicales todas que se condensaron en su propia y distintiva voz.

Igualmente, leí con detenimiento la lista de canciones que realizó durante su estadía en la escuela de teatro Sylvia Young, en la que a los nombres mencionados se agregan los de Nina Simone, Julie Andrews, Carole King o los temas del Club de Mickey Mouse, pero también los más “nuevos” Offspring, Ben Folds Five y Pearl Jam, que evidenciaron desde siempre su gusto por el pasado.

A la postre, tras las sorpresas y los reconocimientos ahí descubiertos, a ese refugio acogedor lo cubre un halo de tristeza porque a quien le pertenecía y necesitaba se extravió y nadie, absolutamente nadie, se preocupó u ocupó de protegerla de la intemperie a la que estuvo expuesta, por la que se arrastró y que finalmente acabó con ella.

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GARAGE/36

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL PRELUDIO

The Creeps fue un grupo sueco que desató las pasiones a finales de los años ochenta. La muy soulera voz de Robert Jelinek y el sonido de Hans Ingemanssons, primero con su órgano Farfisa y luego con el Hammond, se convertirán en el sello de la casa. Su primer disco, Enjoy The Creeps, se convirtió en una pieza clave del rock de garage de la época. Contiene piezas con aire sesentero y festivo, las cuales crean un ambiente entre psicodélico y esquizofrénico si salir de la cochera.

En 1989 el organista le cedió el liderazgo del grupo a Robert Jelinek, quien tomó la guitarra además de llevar la voz cantante, y este cambio al igual que la adhesión de una nueva sección rítmica y con metales provocó una reacción mágica. Dicha reacción llevó a la fusión del funk-soul con el garage. Toda una sorpersa en la escena musical que se deja fascinar ante la atractiva propuesta que brindan estos «fríos» habitantes de Suecia, con su desquiciante Hammond, guitarras funky y R&B.

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Nick Saloman es un caso de hombre orquesta salido de la Gran Bretaña. En 1988 decidió que iba a hacer la música que escuchaba en su cerebro lisergizado y que no encontraba ya más en otro lado. Así que en su pequeño sótano londinense se puso a interpretar el bajo, la guitarra y la batería, a los cuales les agregó la voz al final. El resultado, The Bevis Frond: una combinación de la imaginería hendrixiana, con el sonido de los Byrds y el distintivo feeling británico emanado de los lejanos sesenta.

La ruta mostrada por Bevis Frond fue seguida por los neoyorquinos integrantes de The Optic Nerve, recién llegados de distintos puntos cardinales de la Unión Americana y frecuentadores del ambiente neo-bohemio del Greenwich Village, que vieron en la propuesta del solitario británico un vehículo ejemplar para introducir el folk-rock al caldo del garage posmoderno. Una vez más la electrificación dylaniana, seguida por la conducción Byrds-Buffalo Springfield-Love conectaba con el hoy.

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Ubicados en Inglaterra hacia el final de la década de los ochenta, nos encontramos con un nuevo eslabón en la gran cadena del garage revival. Se trata del grupo The LA’s, un cuarteto liderado por el guitarrista y cantante Lee Mavors, quien enfoca la lírica y música de la banda hacia su fuente en estos sentidos, el Velvet Underground. La mística que busca Mavors es la combinación del garage callejero con el noise-rock.

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La escena musical de Pittsburgh hacia el final de la década es tan dura como los elementos para la construcción y la industria metalúrgica que se forjan en la región. De esas fábricas aceradas y su ríspido ambiente surge un grupo como The Cynics, unos despectivos punks para quienes lo único que vale la pena en el mundo es el lema inscrito en la piedra: sexo, drogas y rock and roll, una obsesión cruda y garagera que los remite a los Blues Magoos y a los Who.

La década de los ochenta cierra su andar con los frutos del revival, las anexiones del  garage-punk, de los alternativos e independientes que preludian lo que vendrá: el grunge.

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