ADAGIOS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (PARA EL SIGLO XXI)

Un adagio es la imagen del futuro en el horizonte, con todo lo que representa como metáfora. Ésta siempre irá acompañada de música en la imaginación, de la música que a cada uno le provoque esa fantasía.

Un adagio es un término musical que tiene varias acepciones. Como referencia a una indicación del tempo o al movimiento de una pieza musical, cuyo tempo es lento (por lo general se llama así al segundo o tercer movimiento de una sinfonía o un concierto).

Entre los ejemplos más famosos de tal término en épocas pasadas están, por mencionar algunos: la Sonata para piano Núm. 14 en do sostenido menor de Beethoven; el Concierto para piano núm, 2 en do menor op. 18 de Rachmaninoff o el Concierto para piano en sol de Ravel.

En el rock las muestras de adagios para el presente siglo aparecen en los discos de Chris Isaak, Always Got Tonight; The Raven, de Lou Reed; Illinois de Sufjan Stevens, el primer álbum de los Fleet Foxes; The Rising de Bruce Springsteen, Essence de Lucinda Williams o Some Old Man de John Hiatt, entre muchos otros.

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En el caso del jazz, quienes quisieron expresarse sobre  ello escogieron a tres representantes cuyo talento había superado los límites del género e introducido referencias nuevas en él. Se trató de Bill Frisell, Don Byron y Astor Piazzolla (ya desaparecido), mismos que aportaron a estos adagios elementos como la evolución, los acentos trágicos, la melancolía, redefiniciones de conceptos como “fusión” o “raíces”, y sobre todo la maestría para irradiar luz a la naciente centuria.

Así nació Adagios Siglo XXI, una compilación hecha para el sello Nonesuch en el primer año de tal siglo. En ella aparecen algunos grandes de la música clásica contemporánea como Philip Glass, John Adams, Steve Reich, Samuel Barber o Henryk Górecki, además de los ya mencionados. Están juntos en una producción integrada por obras que serán, para las nuevas generaciones, el estandarte del nuevo milenio.

El material ofrece acentos trágicos, armonizaciones con el minimalismo, el blues, el jazz, así como soundtracks de música majestuosa, envolvente, impregnada de misterio y por un distintivo mosaico sonoro de marcada intensidad, al que se agregan el Kronos Quartet, Gidon Kramer (y su violín vanguardista) o la soprano Daen Upshaw.

Sí, en los albores de la centuria aparecieron todos estos adagios, para el absoluto placer de todos los escuchas.

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LO CONTEMPORÁNEO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ¿HAY ALGUIEN AHÍ?

Escuchar lo contemporáneo es ir a contracorriente de lo que permea la actualidad; lo retro, el revival, lo reciclado o el más bajo común denominador musical (reguetón, por ejemplo). ¡Repámpanos! Oír lo que se hace hoy, fuera de las modas es ser un tipo contracultural. Un espécimen raro en el mundo de lo homogéneo. Muy peligroso. Un off-Spotify que anda suelto por ahí.

¿Y qué es lo contemporáneo? ¿Las músicas visuales, la música total, la que alude a la sonoridad que se involucra con la investigación de fenómenos o la de la percepción, que provoca imágenes?

¿El cosmic-prog que conecta el conocimiento y la imaginación con el big bang y la investigación espacial? ¿El ethno trance, dance o avance, que fusiona elementos de la cultura musical tradicional de diferentes países con las inmensas posibilidades que ofrece la música electrónica?

¿Lo electroacústico o la integración armónica de lo acústico y lo electrónico que surge como resultado de una ardua labor de investigación y experimentación que han venido realizado en todo el mundo músicos de extensa trayectoria profesional y reconocido prestigio?

¿La música atmosférica que crea espacios psicoacústicos o la que se involucra con todos los derivados de la biología, el ADN animal, vegetal o mineral y los cambios que su manipulación pueden provocar?

¿O, qué decir de la música astrológica de Holst y la interpretación indie del neofolk británico, que abandona el unplugged en favor de popularizar las partituras encontradas en una cueva de Nueva Zelanda, o el eco-rock de los millennialistas y sus manifiestos proNatura?

En fin, lo contemporáneo  se compone de un sinnúmero de células nuevas, con grandes dosis de información sobre el presente, con una rítmica polisémica y el dinamismo del lento aprendizaje. Un elitismo flotante en el enrevesado mar de lo común.

Células unidas en su conjunto por sutiles y determinantes lazos y por su actitud cambiaria en cuanto a las relaciones del ser humano con la música. Esos sutiles lazos de los que hablo se sostienen indisolubles en el hoy, en su cuestionamiento.

Porque cada uno de los intérpretes de tales músicas está consciente de que cualquier transformación que pudiera producirse, debe provenir de la música misma para ponderar todo quehacer humano.

Desde el arte de los ruidos primitivos hasta la electrónica indie experimental de Björk o Radiohead, por ejemplo, lo contemporáneo se concreta por fin en esta época, se le descifra no para revolucionar –concepto que ha perdido uñas y colmillos– sino para desmenuzar nuestra actualidad.

VIDEO SUGERIDO: Björk ‘Notget VR’, YouTube (Björk)

La variedad de estilos es infinita, como ya mencioné, y ciertamente hoy día el músico posee miles de máquinas de las que puede sacar infinidad de sonidos diferentes. Con la incesante multiplicación de la tecnología digital estos sonidos se transforman a su vez en diez, veinte o treinta modalidades diversas.

Se recupera también para estas instancias el uso de utensilios e instrumentos de los tiempos primigenios del hombre o el más reciente invento sonoro.  El pasado y el futuro se dan la mano para provocar el placer del escucha y el ejercicio de lo imaginativo, como condiciones permanentes. Combinación perfecta para desatar la fantasía artística.

Por fortuna, el ensayo histórico nunca se ha detenido y gracias a ello y a la ardua labor de los músicos involucrados auténticamente con su escena, con su estética, con su entorno en todo el mundo, se ha logrado extender los horizontes.

Han sido ayudados también por el desarrollo tecnológico y la aplicación inteligente de ese recurso escénico llamado YouTube, que cuando se usa así, con muchas neuronas de por medio, es una herramienta de lo más eficaz para difundir conocimiento y placer.

Lo contemporáneo actual es tan diferente del que se produjo desde los sesenta hasta fines de los noventa que hipermoderno, probablemente, sea la denominación mejor para llamar al producido en las primeras décadas del siglo XXI.

Por otro lado, no existen hilos que conecten a estos grupos o solistas con algún movimiento social. Éstos ya no existen, solo individualidades y fines en sí mismos. Los usos tecnológicos, la real preocupación apocalíptica, la decadencia comunitaria con sensación de pérdida y el ostracismo social a que todo ello conduce se han erigido en los pilares que los arman.

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Su presencia es avalada por la diversidad de estilos musicales y sus razones de ser. La demarcación más sensible dentro del sentimiento pos (que lo abarca todo) probablemente sea entre el trabajo experimental (ruidos, atmósferas, collages) y los muchos sabores de la música industrial de baile.

En estos tiempos, la información (falsa, acomodaticia, posverdadera o de facto) prevalece sobre el sonido.  La señal y el sonido han cambiado de lugares en las últimas décadas. Vivimos en una dimensión sin valores, en un agujero negro de valores desarmados e ideologías deshechas.

La música industrial de los comienzos de los noventa contempló este páramo cultural y decidió hacer música con él.  Hoy, en el devenir del tiempo, los contemporáneos han descubierto otras posibilidades para el “ruido artístico”.

Ellos exploran los límites de la música y la antimúsica, el orden y el caos, el terror y la dicha, la belleza y la bestialidad. Si la era de los imperios murió a fines de los ochenta, la música contemporánea es la encargada de actualizar su herencia y reescribir sus obituarios, evitando el selfie.

El arte es la utopía de la vida. La música es todavía una búsqueda de la utopía. Los músicos contemporáneos de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de adecuaciones culturales.

La experimentación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera indagación expresiva, sino persecución de horizontes culturales diversos para un público escaso y en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales a sus exigencias estéticas y existenciales.

De ahí el encuentro con latitudes interculturales y universos sonoros diferentes: electroacústicos, extremadamente techno, cantos gregorianos, música árabe, hindú, china, amerindia, popular y académica de todo tipo. Voces de mil clases. Para estos músicos su universo es lo audible.

Asimismo, una de las propiedades más notables de tal espacio musical es su apertura al infinito del mundo. No hay más que escuchar, por ejemplo, la manera en que el ruido del entorno está integrado en él, modulado y extendido.

Y también expuesto hasta lo amorfo, creando y englobando líneas de fuerza, eléctrica, electrónica o mecánica, redes de comunicación multimedia, arquitecturas y naturaleza exteriores, lazos de todo tipo, hasta con los restos y fragmentos de alguna civilización en crisis.

La decadencia, las injusticias que corroen, la dureza de la vida, la omnipresencia de la muerte, la miseria humana, el ser en la urbe, la ira, el nihilismo, el veneno que respira, la acidez de los mensajes, la máquina en hermandad con el hombre, el hedonismo a ultranza, los estados alterados, el goce…

Todo eso y más en continua manifestación dentro del contexto cultural, multidisciplinario y difícilmente explicable sin la aplicación de términos que ubiquen, que hablen de su impacto e influencia.

Lo contemporáneo musical es, pues, un arte posindustrial, hábil, desparpajado, cínico, elegante, teatral, mercantil a veces u underground, las más. Juguetón, voluntarioso, sincrético…en definitiva, un conjunto de hechos y cualidades muy acordes al espíritu de la época. Un goce solitario en medio del tráfico internetario y la muchedumbre que puebla las redes.

VIDEO SUGERIDO: These New Puritans – Fragment Two (Official Video), YouTube (Creators)

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