ARTE-FACTO: ALBERT WERTHEIMER (EL TESTIGO)

Por SERGIO MONSALVO C.

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Con el surgimiento del rock & roll, casi por azar, sin premeditarlo siquiera, dio comienzo una larga y fructífera relación entre el género musical y las imágenes de sus artistas, mismas que fueron a parar a las paredes, libros y cuadernos de adolescentes ávidos de identificación o de enfrentar a sus propios ídolos contra los de sus mayores.

Muy poco tiempo después se pudo apreciar al ex camionero de Tupelo, Mississippi, Elvis Aaron Presley, mover la cadera frente a cientos de histéricas jovencitas por todo el sur de la Unión Americana (imagen -pero en movimiento- que fue censurada a la postre en el programa de Ed Sullivan de la televisión estadounidense).

De este modo inició una difícil y, en ocasiones, azarosa especialidad estética que continúa hasta nuestros días y que consiste en la captura, por medio de la fotografía, de las imágenes propiciadas por los artistas del rock. Mucho tiempo ha transcurrido desde esos tiempos heroicos y, a través de ellos, la relación entre la imagen y el rock se ha ido sofisticando y estrechándose conforme la tecnología avanza y la capacidad de asombro de la gente disminuye.

La que una vez fue informal y poco estilizada se ha convertido en una actividad ritualizada, plena de controles, de elementos técnicos, y el reto para producir imágenes memorables cada día es mayor. Es por ello que ahora resulta impensable el lanzamiento de un disco, de un tema como sencillo del álbum, sin el apoyo visual.

Desde los comienzos de esta actividad ligada al género, el fotógrafo que ha logrado estar en el lugar justo, en el momento justo, ha sido capaz de atestiguar escenas que han trascendido en el tiempo y puesto su nombre en la historia de la música, tal es el caso de Alfred Wertheimer.

En junio de 1956 este artista de la lente era un hombre de 28 años que desarrollaba su labor como freelancer. Su trabajo en las revistas Life (con imágenes de Joel Grey) y en Paris Match (con las de Arthur Ruubinstein) le había valido un llamado de la compañia discográfica RCA Víctor para cubrir gráficamente las andanzas de una estrella naciente: Elvis Presley.

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“Yo era sólo un nombre en la lista de fotógrafos que tenían. Pero fui el freelance que contestó al teléfono cuando llamaron de la compañía discográfica RCA. El único que estaba disponible para el 17 de marzo. Ese trabajo, al final, se ha convertido en el encargo más largo de mi vida. Dura ya más de sesenta años”, ha dicho Wertheimer al respecto.

Wertheimer no había escuchado nada de él hasta ese momento, como muchos en el medio, pero según confesaría después  sintió una corazonada y aceptó el trabajo. Lo llamaron para fotografiar al futuro Rey del rock, que visitaba Nueva York para hacer su debut en la televisión nacional. Aún era un cantante de moderado éxito. Un provinciano del sur estadounidense, mal visto en la gran ciudad. “¿Elvis qué?”, preguntó Wertheimer cuando le dijeron su nombre. Jamás había oído hablar de él.

Cuando conoció a Elvis supo que la labor no sería una asignación más. “La primera vez que lo vi estaba en una habitación, antes de actuar en televisión. Se miraba con atención la mano izquierda. Le dije: ‘Elvis, vengo a hacerte fotos, si no te parece mal’, pero ni me oyó. Siguió fijándose en sus dedos. Entonces vi que llevaba un anillo con una cabeza de caballo de oro rodeada de diamantes. Lo había encargado y estaba decidiendo si se lo quedaba.

VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley – Hound Dog 1956, YouTube (sool1975 ful)

“Se concentraba mucho en cada cosa que hacía. Daba igual que estuviera peinándose, ligando o cantando. No le importaba lo que pasaba a su alrededor y eso le hacía perfecto para mi forma de entender la fotografía. Me gusta volverme invisible. Llegó un momento en el que podía estar a 90 centímetros de él, y ni siquiera se daba cuenta. Pensé: ‘Este hombre es especial, es único. Así que pégate a él’. Tenía cualidades que nunca había visto en nadie».

Rápidamente el fotógrafo logró la confianza del cantante e hicieron amistad.

Él era el objeto de su lente. Solo eso. “No soy un crítico musical ni un psicólogo, soy un testigo. Lo que intento hacer es desaparecer para que el fotografiado aparezca. Para mí Elvis tenía dos grandes virtudes. Permitía que me acercara y hacía a las chicas llorar con su presencia. Tenía poder, era increíble, era distinto. Por eso aquella tarde decidí viajar con Elvis si conseguía su permiso”.

Lo consiguió y paso varias semanas a su lado desde aquel 17 de marzo hasta los primeros días de julio. Haciendo fotografías en cualquier momento. Elvis rasurándose y en el escenario. En trenes, hoteles o en un set de televisión. Tras esos meses, su fama lo aislaría del mundo, pero entonces viajaba casi solo, sólo con su primo Junior como consejero, al poco tiempo se le uniría su manager, el siniestro Coronel Parker.

Elvis empleaba en esos momentos su carisma para la seducción, ya fuera en masa durante sus apariciones públicas, o en privado, en la constante caza de presas. “Una de mis fotos favoritas es la de él con su primo en un restaurante. La mesera les pregunta que van a pedir. Junior está pensando en el menú. Elvis está fijándose en ella. Minutos después de que tomé aquella imagen él ya la estaba abrazando”.

Wertheimer fue el único fotógrafo al que el joven Elvis (de 21 años) permitió acceder a la cocina de su mamá, a su habitación; al único que dejó capturar con su lente los momentos de algunos de sus encuentros con jóvenes fans, como la famosa “Foto del beso”, hoy clásica y muy valorada, tanto comercial como estéticamente. La cual confirmaba lo dicho por el fotógrafo al principio: tener la suerte de estar en el lugar preciso en el momento preciso.

«En aquel momento –el 30 de junio de 1956–, yo me había instalado en el rincón de uno de los pasillos del Teatro Mosque, en Charlotte, Virginia, detrás del escenario antes de una actuación. Esperaba a Elvis que vendría de los camerinos y subiría por la escalera del backstage. Me recargué en el barandal aguardando.

“En el momento que subía apareció una fan también y le dijo: “Hey Elvis, apuesto a que no me puedes besar, ¿eh?” y se le quedó mirando retadora. Yo ni siquiera sabía si se conocían o no. Preparé mi cámara al mismo tiempo que pensaba que probablemente Elvis se enojaría conmigo si la tomaba. La imagen funcionaba visualmente así que ya no me importó nada más.

“En mi imaginación ella era una femme fatale, lo demás no me interesaba. Soy una persona visual. Mi única preocupación era conseguir la imagen. Entonces él le contestó “Apuesto a que sí”. Se le acercó la abrazó y le dio un beso de lengua para la historia. Minutos después se presentó ante tres mil fanáticas a las que puso histéricas. Por cierto, ella se llamaba Bobbi Owens, y tenía 20 años”.

Elvis no le puso reparo alguno a Wertheimer e incluso le permitió tomar algunas escenas caseras junto a su madre y padrastro. Esas imágenes en blanco y negro son el mejor registro que  existe de la metamorfosis de un simple mortal en un mito.

Wertheimer disparó más de 2,500 fotografías en aquel breve lapso de tiempo. Tiempo en el que se erigió en testigo de la vida de un Elvis de carne y hueso, cotidiano, humano y cuyos registros gráficos (espontáneos, sin artificio, inocentes, naturales), son el mejor testimonio de una época y un momento histórico para la música.

Esto sucedió hasta que el manager de Elvis, el tenebroso Coronel Parker, viendo la mina de oro que tenía en las manos le cerró la puerta de la casa y el camerino y le negó al fotógrafo todo acceso al artista. A partir de entonces, todas las imágenes de Elvis fueron cuidadosamente pensadas y seleccionadas para ser difundidas por los medios de comunicación, hambrientos de  todo el material que generaba el nacimiento de un gigante icónico.

Alfred Wertheimer nunca pudo volver a fotografiar a Elvis, pero dichas fotografías adquirieron con el paso de los años un status mítico, así como los relatos sobre las mismas que finalmente –tanto éstos como aquellas-  fueron compiladas en un libro muy apreciado por la crítica, los coleccionistas y los fans: Elvis ’56: In the Beginnen.

Varias de estas fotos aparecen también en un disco compilatorio homónimo que nació igualmente como un clásico instantáneo: Elvis 56. Ése que antologa todos los éxitos de Elvis durante aquel año, su año.

VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley – Live 1956, Tupelo’s Own (Complete – 6 Tracks – 13…), YouTube (technohater)

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PLUS: TROVADORES (EL ESPÍRITU MUNDANO)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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La historia conocida del poeta y trovador en la Europa occidental fuera del ámbito grecorromano se remonta casi dos mil años atrás. Los músicos andantes de aquel tiempo, sucesores de los mimi e histriones de la antigüedad mediterránea, cumplían con la importante función de preservar las culturas autóctonas ante los esfuerzos uniformadores de la Iglesia cristiana. Un sinnúmero de concilios y sinodales, sermones, cartas y otros documentos se pronunciaron contra esa música «satánica» y sus ejecutantes. En el fervor de la lucha contra los paganos, los ritos precristianos y las canciones y los bailes populares fueron combatidos con igual saña por los misioneros y las autoridades religiosas.

 

Sin embargo, dicha posición de intransigencia estaba condenada. Poco a poco fue creciendo el número de representantes de la Iglesia que aprendió a disfrutar los cantos ejecutados en los idiomas vernáculos por los músicos andantes. Éstos contaban, además, con el apoyo del poder secular ejercido por las cortes locales. Eran requeridos no sólo para ritos como bodas y exequias, sino también para acompañar banquetes, recepciones, coronaciones y otros eventos, e incluso para proporcionar terapia musical contra las enfermedades mentales.

 

HÉROE, JUGLAR Y ERUDITO

De esta manera, el músico profesional llegó a gozar de grandes honores. El cantante con el arpa en la mano era una figura sagrada, compañero de reyes y dioses. En los pueblos nórdicos se le llamaba thul; entre los germanos orientales, skald; las tribus germanas occidentales lo denominaban skop; los celtas, bardo. Su arte le adjudicaba una elevada posición social entre godos y carolingios. Cantaba las hazañas de los antepasados, los mitos y las historias de los pueblos. Era el único depositario de una cultura e historia que la Iglesia se empeñaba en erradicar de la memoria.

 

Alrededor del año 1000, los cantantes heroicos empezaron a perder importancia. Su repertorio fue modificado, sustituyéndose al santuario cristiano por los héroes de la antigüedad. Entonces hizo aparición el juglar.

 

La presencia del juglar se prolongó durante los siglos X al XIII. Su imagen era semejante a la del mimus en las provincias romanas: músico y mago, estafador que recorría los caminos acompañado por una tropa de mujeres fáciles. Sólo él se encargaba de llevar de una ciudad a otra las noticias de interés. Y pese a que hubo conventos y obispos que mantenían a un juglar, la norma era calificarlos de «siervos del diablo».

 

El siglo XIII presenció la llegada de los goliardos, exestudiantes que preferían la libertad de la vagancia. Al dominar el latín como lingua franca, fueron los primeros músicos andantes verdaderamente internacionales en Europa. Su manejo simultáneo de las culturas vulgar y refinada les adjudicó un papel especial en el acercamiento y la difusión de elementos musicales y poéticos extraídos de ambas. Elevaron a una posición de mayor reconocimiento e importancia a la música popular y trasmitieron a ésta la influencia de los cantos litúrgicos, evidente en la estructura de los versos populares, que empezó a acusar marcadas semejanzas con las melodías gregorianas.

 

PROFUNDIDADES DEL CORAZÓN

 

Otro género de poesía y música que floreció en la Europa del siglo XII al XIV fue el arte del trovador, que debió su auge a varios factores. Entre ellos figuran el fortalecimiento de la monarquía francesa durante el siglo anterior y el consecuente refinamiento de la cultura de las cortes, la adoración mariana cultivada sobre todo en Saint‑Victor de París, el interés por escritores de la antigüedad como Ovidio y posiblemente también las elaboradas costumbres árabes propagadas por las cortes ibéricas.

 

El canto era improvisado y las melodías se trasmitían en forma oral. La mujer era el tema predilecto, no como amada personal sino en forma más alegórica, muchas veces como alabanza a las virtudes de la esposa del respectivo mecenas. Otros temas podían ser lamentos sobre la decadencia moral de los tiempos o sobre la muerte del príncipe del cual dependía el músico, las aventuras eróticas de caballeros con pastoras, la separación trágica de amantes e incluso cuestiones filosóficas tratadas en forma de diálogos.

 

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Así como los temas admitían la experiencia personal, también se le exigía más al músico como artista. Ya no debía dedicarse sólo a entretener y a narrar, sino a expresar una inquietud propia. Uno de los trovadores más destacados, Bernart de Ventadorn, por ejemplo, comentó lo siguiente: «De poco sirve el canto si no brota de lo más profundo del corazón.»

 

Hacia el final del siglo XIII, las canciones de los trovadores empezaron a ser registradas por escrito. Fue la primera manifestación musical popular de Europa de la que existen notaciones formales. Miles de piezas fueron conservadas y difundidas desde sus territorios originales en Francia y Alemania hacia Italia y España. La invención de la imprenta en el siglo XV terminó por «industrializar» el ejercicio de la música. Surgieron los primeros compositores profesionales.

 

El fortalecimiento general de la burguesía incrementó el número de músicos profesionales sedentarios y cambió radicalmente el ejercicio musical. Así, el arte oral e improvisado de los trovadores perdió su razón de ser y desapareció.

 

LA EXPANSIÓN CULTURAL

 

Sin embargo, la influencia del trovador no se limitó a las sociedades cristianas europeas. Desde mucho tiempo antes de la expulsión de los judíos de la península ibérica al final del siglo XV, los rabinos se quejaban de la popularidad que gozaba esta música en sus comunidades. En el exilio, los judíos españoles siguieron recibiendo la influencia musical española a través de los «marranos». Al mismo tiempo, la música de su nuevo entorno, en el norte de África y el imperio otomano, empezó a manifestarse en las tradiciones sefardís.

 

Según el historiador Joseph Nehama, «la música profana…se alimenta de todas las melodías de la región…de lo que se está acostumbrado a escuchar todos los días en los labios de los vecinos griegos, búlgaros, turcos, árabes e incluso persas. La gente suele ignorar la influencia exterior. Las cree suyas, porque vuelan de boca en boca. Y a pesar de la reprobación de los rabinos…se entonan muchas canciones de taberna.»

 

SIGLOS XX-XXI

El mundo moderno ya no requiere de poetas andantes. Los medios de comunicación llevan cualquier manifestación cultural hasta el otro lado del globo en forma instantánea. La expresión creativa personal a través de la música, iniciada por los trovadores, ha alcanzado extremos absolutos en la celebración exclusiva que muchos artistas practican de su intimidad muy particular. El poeta y músico no hace falta para comunicar noticias ni para registrar el paso del tiempo en las comunidades.

 

Pero los bardos existen. Y algunos insisten en retratar historias, vivencias y leyendas, pensamientos e influencias. Quizá porque intuyen que la misma velocidad con la que ahora se trasmiten las noticias deforma la experiencia humana al sacarla de su contexto, al saturar la conciencia con hechos inconexos y manejar las palabras a su antojo. O porque saben que la música, a pesar de toda la explotación y comercialización de que ha sido objeto, es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro primigenio entre seres humanos, sin prejuicios, ideologías ni conceptos implícitos e inherentes.

 

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JAZZ: DOCE HITOS DEL SIGLO XX (ORNETTE COLEMAN)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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VIII

«El bebop era ya una cuestión de ‘dame los acordes y yo hago el resto’. Lo que yo hago exactamente es lo contrario: llegar a los acordes desde la melodía. Si lo piensas de lo que trata la labor del músico es de obtener la melodía a partir de un instrumento y nada más. Eso es la música», ha dicho Ornette Coleman con respecto a su oficio.

Sin embargo, el suyo ha estado nutrido y mucho de esa circunstancia, y también de la controversia y de la genialidad inventiva. En todas las épocas desde que el mundo es mundo, a los innovadores o se les sigue o se les ataca, «no hay de otra», como dijera el mismo Coleman. Un lunático o un iluminado. Así ha sido tratado este músico, quien será recordado por siempre por sus conceptos propositivos en la teoría harmolódica y el free jazz.

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Músico y hombre de su tiempo, Ornette ha reflexionado no sólo sobre el arte de la música sino también sobre el arte de ser humano, y el resultado de su pensamiento lo ha definido en breves palabras: «La música es básicamente lo que no está en el papel. No es la palabra ‘música’ la que crea el concepto. Es la gente la que crea la música».

El jazz de Coleman es una música llena de la sustancia de la vida, y el free jazz la contiene más que ninguna interpretación. Las posibilidades polifónicas de Ornette parten de donde Monk las dejó al morir. Eso lo ha convertido en un artista apasionado e imaginativo que utiliza un lenguaje propio, fresco, libre y, por qué no, también fragmentado.

Sus ideas no invitan al caos melódico y armónico sino hacia una música metódica, en combate contra el egocentrismo; en busca de la improvisación modal, inspirada y sobre todo colectiva.

 

 

VIDEO SUGERIDO: Ornette Coleman Sextet – Free Jazz (1 of 3), YouTube (Bob Hardy)

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LIBROS CANÓNICOS: BELOVED/JAZZ (TONI MORRISON)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Hay un aforismo que me gusta mucho recordar: “La libertad es ese lugar donde puedes amar y decir lo que se te antoja, donde no necesitas permiso para desear”. Eso lo plasmó Toni Morrison, la escritora que narró y enseñó con maestría técnica y el mejor lenguaje lo que fue la esclavitud (y la negritud), un segmento esencial y trágico de la historia de la Unión Americana, del que aún continúan las secuelas.

Esa artista, murió a los 88 años de edad en el pequeño pueblo neoyorquino de Grand View-on-Hudson, el 5 de agosto del 2019. Había nacido el 18 de febrero de 1931, con el nombre de Chloe Ardelia Wofford. Luego creció en Lorain, Ohio, una comunidad obrera racialmente integrada. Se agregó el nombre de “Anthony” después bautizarse a los 12 años.

Al convertirse en escritora adoptó el nombre literario de Toni Morrison, usando el apócope de su apodo familiar y el apellido de su marido, el arquitecto Harold Morrison, con quien estuvo casada (de 1958 a 1964) y fuera padre de sus dos hijos. Fue egresada de tres universidades y con una carrera que abarcó más de cinco décadas, fue autora de once obras de ficción, así como de varias colecciones de ensayos y libros infantiles, dedicados a la exploración de la vida afroamericana, y en particular la condición de las mujeres negras, en los Estados Unidos.

Lo hizo desde su primera novela The Bluest Eye (Ojos azules, 1970), hasta la última, God Help the Child (La noche de los niños, 2015). Sin embargo, fueron textos como Beloved y Jazz (de 1987 y 1992, respectivamente), donde alcanzó, con la majestuosidad de su lenguaje la calidad de obras maestras, en las que la trasmisión de su mensaje, emociones y sentir llegaron a todos los confines del mundo. Para luego recibir el Premio Nobel en 1993. Un triunfo para la negritud, para el blues, para el jazz y para los escritores afroamericanos. A todos ellos los elevó con las palabras.

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Beloved (1987), pues, ha sido uno de sus libros más celebrados. La novela está ambientada en la Guerra de Secesión estadounidense, y su trama se basa en la vida de la esclava afroamericana Margaret Garner, que escapó del estado esclavista de Kentucky en enero de 1856 y su fatal periplo.

Con esta obra surgió una leyenda en las letras de la Unión Americana; una que obtendría el máximo galardón de las letras internacionales un lustro después; alguien que hablaba de una noche que crece dentro de la noche; alguien que poblaba el silencio con su voz y asentaba en la literatura el gemido de una raza. Ella fue Toni Morrison.

En el libro Beloved, la narrativa de la escritora deja asentado que en los Estados Unidos –así como en muchas otras partes del mundo–, los negros, además de tener que usar la cabeza para salir adelante, cargan con el peso de toda la negritud. Se necesitan dos cabezas para eso.

Muchos blancos racistas hoy, como en épocas pretéritas, creen que al margen de su educación y modales, debajo de toda piel oscura, hay una selva. El desarrollo de esta idea a través de la vida y fatalidades de un grupo de negros en busca de su razón de ser deja patente el compromiso social y artístico de esta galardonada autora.

El motivo para este texto le surgió a Morrison de un viejo recorte de periódico, en donde una noticia contaba la tragedia de una esclava que había matado a su hija para evitar que también ella fuera objeto de la esclavitud. Con el tiempo, ese viejo recuerdo se convirtió en la idea base, obsesiva y recurrente, que dio sentido a la novela.

 

En el año 2006, el periódico The New York Times recabó la opinión de 200 expertos en literatura, entre los que figuraba un nutrido número de novelistas, pidiéndoles que identificaran los títulos de las obras de ficción más importantes publicadas en los Estados Unidos durante los 25 años anteriores. La novela que obtuvo más votos fue Beloved, de Toni Morrison.

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A aquella impresionante obra le siguió Jazz (1992), que narra la peculiar historia de amor de una pareja negra que deja atrás los campos de trabajo y los abusos a los que son sometidos por patronos blancos y llega a Nueva York.

“Jazz” es una palabra con legitimidad de tiempo y en él ha sido principio de impulso creativo. Razón de ser y destino de experiencias sabias, crudas y cotidianas, musicales y líricas. Ha estado en el corazón mismo de nuestra época desde un siglo y ha sido testimonio (en lo lírico con la sublimidad de Toni Morrison, que sin plasmarla, está omnipresente en su novela).

“Jazz” ha sido desde su nacimiento una palabra que habla del mito y sus oscuridades en una realidad entonada con la voz, el sax, la trompeta, el piano, los tambores, los teclados, las computadoras o las letras (cantadas o escritas).

Es el sonido de lo cierto en la intimidad de un solo o en la de un texto. Una palabra libre para todos y espontánea; estallido de músicos, DJ’s, mezcladores, ilusionistas, diseñadores sonoros apasionados o escritores iluminados, que derraman su energía frente al micrófono, en los instrumentos, los aparatos, la máquina de escribir o en la computadora buscando la expresión conmovedora en la improvisación.

Melancólica e introspectiva o alegre y danzarina, la palabra centenaria se inspira no sólo en un ideal abstracto, sino en el mismísimo sonido de la voz humana. Con su realidad doliente, relajada o festiva, con su ritmo y sensualidad propias. Así, el latido y la vivencia le dan a esa voz otra posibilidad de difundir su mensaje. Con ello trabajó Morrison siempre.

Alguien improvisa con el relato de su vida y el sonido se alarga interminable, desatando cantos o relatos sucesivos y mezclados con otros terrenos, con otros semejantes, sin distancia. Mientras el instante reclama libertad y la dignidad del ser humano. El sonido de tal palabra se escucha porque simplemente viene de dentro e invade no sólo el espacio, el lenguaje, sino también el tiempo. De Toni Morrison son tales logros escriturales.

El concepto de la negritud, que ella trató incansable y pujantemente en sus libros, surgió en el preciso momento en que el primer ser humano negro fue esclavizado por los blancos colonialistas y arrancado de su lugar de origen: África. Un siglo pasó en ese estado en la Unión Americana, sometido a una brutal servidumbre y sin expectativa alguna.

Hubo robo de vida, de libertad, imposición de trabajo y hacinamiento; hubo latigazos en la espalda, cadenas en los brazos y piernas, carnicera ejecución si disentía; destrucción de su familia; violación de sus mujeres; venta de los hijos; así como otros muchos actos destinados, principalmente, a negarle cualquier derecho, por mínimo que fuera.

Su melancolía, padecimientos y experiencias las expresó a través de la única cosa que pudo llevarse consigo al ser desarraigado: la música. La llevó dentro de sí. Aquellas raíces interiores se fueron entrelazando y fundiéndose en el sitio de implante con la diversidad de otros semejantes hasta convertirse en una manifestación fuerte y concentrada.

La música que contenía la principal esencia de aquella negritud (primero el blues y luego el jazz), nació así durante el turbulento periodo que siguió a la Guerra Civil estadounidense, al enfrentar los negros del sur del país –la mayoría– un cambio total en los fundamentos de sus vidas bajo el duro yugo de la esclavitud, a causa de su repentino cambio de status y sus ajustes con una libertad otorgada sólo en el papel.

En muy poco tiempo, descubrieron que un sistema de opresión simplemente había sido reemplazado por otro, en última instancia no muy distinto de la anterior servidumbre física. En algunos aspectos era mucho peor, al surgir una serie de presiones –económicas, psicológicas y culturales– que no estuvieron presentes, en el mismo grado o con las mismas implicaciones, durante el tiempo de la esclavitud.

En Jazz la historia no es el pasado, sino el presente. El discurso sobre el racismo sigue tiñendo las diferencias en los Estados Unidos. Al igual que ayer, al igual que siempre. Es un país que no aprende. Toni Morrison nunca quitó el dedo del renglón, y lo hizo con la profundidad del verdadero arte.

VIDEO: Remembering Toni Morrison, An Iconic American Author – NYT News, YouTube (The New York Times)

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STANDARDS: «I’VE GOT YOU UNDER MY SKIN» (COLE PORTER)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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STANDARD VI

 

Desde el comienzo del siglo XX, y hasta hoy, el standard es una canción o pieza que constituye parte obligada de todo repertorio; tema ampliamente conocido, al que se re­curre con frecuencia como base para improvisar sobre seguro.

Dentro del repertorio de todos los géneros, pop, jazz, rock, soul, funk, hip hop, etcétera, hay temas que se han incor­porado al idioma de todos ellos, como «Misty», «When the Saints Go Marchin’ In», «Perdido», «Ornithology», «Take Five», «‘Round Midnight», «How High the Moon», entre otras. No obstante en el Top Ten de tales cantos destaca una que ha trascendido todas las épocas: “I’ve Got You Under My Skin”.

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Hacia comienzos de la década de los veinte del siglo pasado, Cole Porter comenzó a aparecer como figura de primer plano en la llamada “era del jazz” en la Unión Americana. Sus obras habían sido representadas profesionalmente en Broadway mucho antes que las de Gershwin, Henderson o Rodgers, compositores todos de gran prestigio. Sin embargo, esos primeros esfuerzos fueron recibidos en forma desalentadora.

Luego, Porter pasó varios años en Europa. Regresó al final de los veinte e inmediatamente disfrutó de dos exitosos musicals: Fifty Million Frenchmen (o sea, “50 millones de franceses”) y Paris, cuya partitura incluía el tema “Let’s Do It” (“Hagámoslo”). Estas obras y sus partituras reflejaban el propio mundo sofisticado de su autor.

La obra Born To Dance, por su parte, presentaba la innovación, dentro de la comedia musical, de que Irving Aaronson y su banda de diez músicos, los Commanders, aparecían en el escenario en vez de estar en el foso de la orquesta. Born To Dance fue escrita en 1936, y su tema principal “I’ve Got You Under My Skin” se convirtió desde el mismo momento del estreno en una pieza clásica.

El romance y el encanto que desplegó Porter en sus letras quedó a su vez impreso en la mente de generaciones sucesivas, con trazos que evocan una estética con su implícita mezcla de night club y naive.

Muchas canciones han motivado versiones; las menos, su estandarización. Y poquísimas la sublimación de su plumaje blanco al cruzar por dicha estandarización.

El caso de Cole Porter y “I’ve Got You…” es, sin lugar a dudas, un suceso para la canción popular. Ésa que trasciende, evoca y motiva más allá de sus circunstancias.

Cole Porter capturó con sus notas y melodía la ligereza la sencillez de una pequeña obra clásica, que soporta cualquier versión, en cualquier género, como en el caso de la de Neneh Cherry, quien la inscribió en el hip hop dentro del disco Red, Hot & Blue, de 1990.

VIDEO SUGERIDO: Frankie Valli & The Four Seasons – I’ve Got You Under My Skin Subtitulada en español, YouTube (Miguel Mephistopheles)

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MY BACK PAGES: ON THE ROAD TO FREEDOM (ALVIN LEE)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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En1974, fecha en la cual apareció el último disco de Ten Years After, ya Alvin Lee se encontraba a la búsqueda de otros intereses, principalmente de una carrera como solista. Antes de abandonar oficialmente al grupo grabó Alvin Lee and Mylon LeFevre en 1973 y al año siguiente, apoyado por integrantes de la banda Kokomo, editó un álbum doble en vivo: In Flight, seguido de un trabajo titulado Pump Iron.

Al abrir los años ochenta, la pista de Lee se difuminó. Dejando tras ella discos poco afortunados como Rocket Fuel, Ride on y Free Fall. Luego, Lee siguió dando conciertos como solista y tocando en salas pequeñas y bares. Ya no hubo futuro promisorio.

 

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Su trayectoria musical de entonces estuvo compuesta por dos decenas de álbumes, incluyendo Detroit Diesel. También, e inevitablemente, cedió al incipiente mercado de la nostalgia, encabezando un trío llamado Ten Years Later (Diez Años Más Tarde).

Hacía 1989, empujados por un promotor alemán, se reunieron los cuatro miembros originales de Ten Years After, para grabar About time. En seguida produjo las colecciones Zoom y Nineteen Ninety-Four, lanzadas en los años noventa.

En 2004 fue lanzado In Tennessee, el cual fue grabado junto a Scotty Moore y D.J. Fontana. Su último álbum, Still on the Road to Freedom, apareció en septiembre de 2012. Alvin Lee falleció el 6 de marzo del 2013 en la ciudad de Marbella, España, donde residía desde hacía varios años.

VIDEO: ALVIN LEE & MYLON LEFERVE – On the Road To Freedon 1973, YouTube (Charalampus F.)

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Tornamesa

BABEL XXI-593

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

 

BEATLES

FOR DUMMIES (II)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/593-beatles-for-dummies-ii/

LIBROS: SOUNDTRACK DE LA REVUELTA

Por SERGIO MONSALVO C.

 

SOUNDTRACK DE LA REVUELTA (PORTADA)

 

68 revoluciones por minuto

(rpm)*

 

El de 1968 fue declarado oficialmente por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el Año Internacional de los Derechos Humanos. Fue un año bisiesto. Sin embargo, para la historia social del mundo y para su memoria fue el año de la revuelta. Ésta se dio por doquier, con resultados ambivalentes en sus diversos escenarios. Dicha circunstancia tuvo en la música su pulso y su sonoridad, su soundtrack: 68 revoluciones por minuto (rpm).

El profesor británico Tony Judt (Londres, 1948-Nueva York, 2010), el más reconocido historiador del siglo XX, a nivel mundial, escribió lo siguiente en su libro Postguerra: “El contenido de la música popular en aquellos años era muy importante, pero su estética contaba aún más. En los sesenta la gente prestaba una atención especial al estilo. La novedad de la época fue que éste podía sustituir directamente al contenido. Se trataba de una música que se rebelaba en su tono, se amotinaba. La música, por decirlo así, protestaba por uno”.

No hay movimiento alguno sin banda sonora, sin soundtrack. Es decir, ninguna corriente sociopolítica, ninguna acción cultural, ningún levantamiento de voz en el ámbito que sea tendrá significancia o trascendencia si no es acompañado, envuelto y avalado por una música característica.

Los discos que a la postre serían clásicos y emblemáticos de ese año de definiciones, estilos, creación de géneros, corrientes, movimientos y revoluciones grandes y pequeñas hicieron de dicho lapso en el tiempo un hecho histórico irrepetible, el cual comenzó en enero con dos buenas noticias: el segundo trasplante satisfactorio de corazón humano realizado en Sudáfrica y en Checoeslovaquia el inicio de La Primavera de Praga.

La revuelta brotaría aquí, allá y en todas partes en el mundo durante los siguientes meses (“El rayo cayó sobre París, pero fue un fenómeno universal. La tormenta venía de lejos y sigue rondando alrededor de la tierra”). La sonoridad de aquellos días aún reverbera en la bitácora humana (SMC).

*Fragmento de la introducción al libro Soundtrack de la Revuelta. La primera edición fue publicada online en el año 2013 en el periódico Expresso de Oriente. La segunda, por entregas, en el blog Con los audífonos puestos, en el 2018, y en la Editorial Doble A con motivo del 50 aniversario del emblemático año de 1968.

SOUNDTRACK DE LA REVUELTA (FOTO 2)

 

 

Soundtrack de la Revuelta

68 revoluciones por minuto

(rpm)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2018

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BRIAN JONES Y EL MITO DE PAN

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BRIAN JONES (FOTO 1)

 

Marrakesh, por algunos momentos de los años sesenta y luego en los noventa, se convirtió en la ciudad capital de lo primitivo en el rock. Veamos el asunto. El orientalismo, por mucho que concuerde con la ideología romántica de la que deriva el rock, sigue siendo el producto de miles de años de introspección y devoción religiosa. Sin embargo, se volvió trascendente para el rock, cuando éste volteó sus ojos hacia allá.

A partir del mito de sus orígenes negros (los ritmos africanos, y el blues que procedió), el rock creó su propia religión politeísta. Por un lado, estaba la surgida del espíritu del río Mississippi, y por otro, una de cuyas vertientes estaba bajo la deidad tutelar de un dios Pan negro, más primitivo, más popular y por lo tanto más atractivo que cualquier oferta filosófica que los puritanos pastores evangelistas, los cultos swamis o los maharishis hindús hubieran podido ofrecer, por ejemplo.

El difunto Brian Jones, el primer líder de los Rolling Stones, de hecho descubrió a Pan para los rockeros, el cual no había muerto a pesar del obituario del filósofo Plutarco y dos mil años de monoteísmo. Pan vivía en los sesenta, entre la tribu marroquí de los joujouka en la provincia de Ksar‑el‑Kebir, donde las faldas del monte Atlas descienden al encuentro de la cultura occidental en la conjunción de los litorales Atlántico y Mediterráneo.

En lo alto de sus refugios de la sierra, la tribu nominalmente musulmana continuó venerando durante siglos a Bou Jeloud, Padre de las Pieles, sin padecer la interrupción de una intrusión civilizada. Una vez al año, a lo largo de ocho noches iluminadas por la luna, los nativos adoraban a Pan con flautas, tambores y cantos incesantes:

«¿Quién es Bou Jeloud? / ¿Quién es él? / El muchacho tembloroso elegido para ser desnudado en una cueva / y cubierto con las pieles tibias y ensangrentadas,/ disfrazado con un viejo sombrero de paja atado sobre su rostro./ Él es Bou Jeloud cuando baila y corre…/ Es el Padre del Miedo. / Es también el Padre de los Rebaños… / La música impulsa a la histeria, el miedo y la fornicación. / Una pelota de risa y lágrimas obstruye la garganta./ Las cosquillas del pánico entre las piernas».

La descripción forma parte de los apuntes que acompañan Brian Jones Present The Pipes of Pan at Jajouka (Point Music, 1995), la grabación del festival jajouka hecha in situ por el músico, y que fueron escritos por el británico-canadiense Brion Gysin, pintor, escritor, poeta del sonido y colaborador de William Burroughs.

Brian Jones agregó una breve introducción al texto de Gysn: “No sé si posea la resistencia necesaria para soportar la presión increíble y constante del festival. La civilización occidental ha convertido a muchos de nosotros en unos débiles en nuestra constitución psíquica. No obstante, el Pan negro nos salvará de nosotros mismos. Es suyo el mensaje esencial del rock”, escribió entonces.

BRIAN JONES (FOTO 2)

Lo que atrajo a Brian Jones al festival jajouka es lo que, según el mito, juntó a los Rolling Stones y a todos los demás grupos de rock. Desde mucho tiempo antes de descubrir a Bou Jeloud, los Stones habían encontrado para sí este primitivismo en la música negra del Delta.

La leyenda de su integración posee una perfección mítica. Dos rebeldes de la clase baja (en la vida real eran de clase media) se descubren el uno al otro en medio de una multitud anónima, mientras la tecnología moderna los transporta a toda velocidad bajo tierra, a través del laberinto de la capital más civilizada de Occidente. Lo primitivo los une. Forman una conspiración panteísta a fin de derrocar el orden establecido.

El legendario viaje de Brian Jones a Marrakesh forma parte del folclor de la contracultura. En julio de 1968, el aún integrante de los Stones se plantó en Yahyuca, con su novia Suki y un ingeniero con micrófonos y un magnetófono Uher. Como guía fungió el mencionado Gysim, amigo también de Paul Bowles y gran personaje del underground de la época.

El objetivo era grabar los ritos paganos de aquel pueblo del Rif. Dos días alucinados que generaron unas cintas que, manipuladas en Londres, se publicaron, cuando Brian ya había fallecido. Y colocaron en órbita a los músicos de Yahyuca. Eran, en una feliz ocurrencia de William S. Burroughs, “una banda de rock ‘n’ roll con 4.000 años de edad”.

A partir de ese disco, Timothy Leary, Ornette Coleman y otros muchos personajes hicieron la peregrinación hasta Yahyuca. Los ya conocidos como Master Musicians of Jajouka grabaron con Bill Laswell y con los Stones en la memorable pieza “Continental Drift”, del álbum Steel wheels. Jagger y compañía convocaron a los músicos en el Palacio Ben Abou de Tánger, donde visitaron también a Paul Bowles.

Lo que atrae del mito de Pan es lo que atrajo a los integrantes de los Stones al formar a su grupo. Bajo la tierra, en los cimientos de las cosas, incluso en nuestro mundo civilizado, se preserva una energía primitiva que une a todos los hombres y todas las cosas en una liga universal que rebasa el tiempo y el lugar. El rock recurrió a esta energía primaria desde sus orígenes.

VIDEO: The Pipes of Pan at Jojouka – Take Me with You My Darling, Take Me with You (Dinamaak A…), YouTube (The Masters Musicians of Jojouka – Tema)

BRIAN JONES (FOTO 3)

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