Suecia, uno de los países escandinavos, vuelve a ser importante en el año 2004 para el rock de garage con las aportaciones de dos grupos que se han destacado a lo largo de la década: Mando Diao y The Hives. El quinteto Mando Diao, nombre surgido de una sugerencia onírica tras el poco exitoso Butler, es una banda con gusto por el garage de los sesenta al que le añaden la confitería del pop y el indie actual de aquellos lares.
El ríspido frío procedente de los aires del norte europeo se desvanecen entre las cuerdas de este grupo, considerado en el 2004 como una de las mejores bandas del año. Su primer disco y los subsecuentes aparecen desde entonces en cuatro ediciones distintas: para el continente europeo, otra para el Reino Unido, los Estados Unidos y una especial para el gran número de fans japoneses. Garage melódico sin escatimar fuerza alguna.
The Hives es el otro gran grupo procedente de Suecia. Su lugar de origen es la ciudad de Fagersta e interpretan un garage enriquecido con punk-rock, indie y elementos del alternativo. Desde su formación en la década de los noventa, este quinteto ha destacado por sus enérgicas actuaciones en vivo y por su estética del blanco y negro. Desde el comienzo del siglo aparecen en las listas de todo el mundo.
Al comienzo de su historia The Hives firmaron con un sello tendente al Skate punk, sin embargo pronto mostraron su real orientación e influencias de grupos como The Fleshtones, Rolling Stones, Stooges, Devo, Cramps, Ramones y Sex Pistols, entre otros. Su dinámica, velocidad, energía y cuidada lírica los han mantenido en el gusto popular por más de una década y hay Hives para rato.
El 2004 es el tiempo de separación de una de las bandas de garage británicas más influyentes, no sólo en el Reino Unido sino en el rock en general y en los estilos de muchos grupos en el mundo. El núcleo creativo del grupo estuvo formado por Carl Barat (voz y guitarra) y por Pete Doherty (voz y guitarra rítmica). Ambos egresados de escuelas de arte inglesas. Uno con estudios de arte dramático, el otro de literatura inglesa.
El cuarteto de Barat y Doherty se bautizó como The Libertines, nombre tomado de una obra del Marqués de Sade. Lanzaron su primer disco en 2002 y el segundo y último en 2004 con la producción del ex Clash, Mick Jones. Lírica potente y aguda, producto de dos mentes con talento y estudiosas, plena de referencias, lo mismo que la música evocadora de los Kinks, Tha Jam, Oasis, Sex Pistols, Clash, Smiths y The Cure. Egos y los problemas de drogas y legales de Doherty acabaron con el grupo.
A pesar de la fugacidad de Libertines el hipermodernismo del garage mostró del lado británico los fundamentos seminales del futuro.
VIDEO SUGERIDO: The Libertines – Up The Bracket, YouTube (Rough Trade Records)
Ser mordido por una bestia salida de la tumba del cementerio al que su abuelo lo llevó para quitarle el miedo, es sólo una de las tantas experiencias semejantes que Chester Burnette vivió durante su infancia, allá en el Delta del Mississippi, pero también es la historia de cómo adquirió el sobrenombre que lo identificaría ante el mundo: Howlin’ Wolf, así como el talento para la música.
Chester se salvó, gracias a ella, de una muerte prematura y brutal e hizo de la misma (de su compañerismo, de su crudeza o calidez, de su lenguaje para explicar la existencia) una causa humana enfundada en el blues. Como Howlin’ Wolf, su propio vocero, se transformó así poco a poco en el bluesman más electrizante, poderoso, enérgico y profundo que haya vivido.
Dotado, además, de tremendas cualidades físicas (1.90 m de estatura, 120 kilos de peso, amén de ese tipo de voz que le había valido el apodo) siempre puso a éstas de manifiesto en sus extravagantes actuaciones plagadas de piezas que contaban de algún modo las peripecias y tormentos de ser licantrópico (los padecimientos y experiencias de un hombre reconvertido, que le aullaba a la luna para paliar su condición bipolar).
Su historia y narraciones se volvieron modélicas e ilustrativas para las siguientes generaciones de músicos y escuchas, que interpretaron sus canciones, desde entonces, como una forma de brindarse refugio a sí mismos (contra el dolor de la vida y sus vericuetos), por misterioso que ello resultara.
Ejemplo de tal situación es el tema “Moanin’ at Midnight”, contenida en el álbum del mismo título, que quizá sea su mayor decálogo.
Al respecto de esta pieza, grabada en 1951, uno de los más destacados investigadores sobre el blues, Ted Gioia, escribió lo siguiente: “En una época de empalagosas baladas y canciones para bailar, este vibrante himno al trastorno mental difícilmente podría convertirse en un éxito”. Y, tal como lo pronosticó, eso no sucedió.
Sin embargo, con el devenir de las épocas y los estudios sobre el interior de las personas, el tiempo le dio su real medida al músico: por su manera de expresar el sentimiento de la angustia de una manera tan contundente, tal como lo haría también una pintura como “El Grito”, de Edvard Munch.
En la actualidad, los trovadores modernos se han vuelto profesionales del canto. Sus estilos van del alt country al folk rock, de la dark americana a la world music, entre otros estilos. En ellos se deposita la poesía que intenta explicar lo cotidiano, mientras que los juglares contemporáneos son los músicos callejeros que repiten los versos de aquellos en toda instrumentación y folklor populares.
El Quartier Latin o Barrio Latino del quinto distrito de París es en la actualidad un lugar privilegiado para saturarse de las interpretaciones de los músicos callejeros procedentes del mundo entero. Su tradición, como se ha visto, tiene imán y data de la Edad Media, de cuando la zona estaba inundada de estudiantes de La Sorbona y por lo tanto tenían una gran influencia en la vida cotidiana de la capital francesa. El canto y otras extravagancias amateurs han sido un espectáculo regular en aquel barrio desde entonces.
Ahí es donde llegó Madeleine Peyroux a los quince años de edad, fugada con su madre de un reciente divorcio y de todo el patetismo que lo rodearon. Era el año de 1989 y había abandonado Nueva York, el sur de California y su natal Athens, en los Estados Unidos, para cambiar de aires y ver el mundo por primera vez.
Y aunque su ciudad también contaba con una larga tradición estudiantil debida a la Universidad de Georgia ubicada en su demarcación, la información oral que había recibido de quienes habían ido a Europa la había interesado en el viaje y ante las circunstancias familiares se decidió a realizarlo.
Ahí descubrió el Barrio Latino y a sus cantantes callejeros. Decidió que eso era lo que quería hacer siempre. Recordó que cuando vivió en Nueva York había conocido a Moondog, un personaje que la había impactado cuando niña, mientras paseaba por sus calles.
(Moondog fue un músico callejero que voluntariamente decidió ser un homeless. Deambuló por las calles de la Urbe de Hierro durante veinte de los treinta años que pasó en la ciudad. Vestía exclusivamente ropa que confeccionaba él mismo basándose en su propia interpretación del dios nórdico Thor, por lo que fue conocido durante años como «el vikingo de la Sexta Avenida». Se convirtió en uno de los más célebres músicos callejeros de dicha metrópoli, cuya música y el talento no fueron apreciados hasta los últimos años de su vida.)
Una vez cumplida la mayoría de edad, convenció a su madre que partió de regreso a la Unión Americana. Se quedó a vivir en París y eso le cambió la vida. Y así mientras tomaba clases de francés en el Centro Georges Pompidou, en cuya plaza se reunía una gran variedad de artistas urbanos, se pasaba el resto de las horas viendo sus espectáculos.
El jazz y el blues habían sido las músicas favoritas de Madeleine y sentía a las grandes divas de tales géneros como sus influencias primordiales en el canto (Billie Holiday, Bessie Smith, Ella Fitzgerald…), así que sin meditarlo más se unió, con lo intermitentes que podrían ser, a distintos grupos compuestos de diversas nacionalidades que ahí se juntaban.
En general eran agrupaciones formadas con músicos que practicaban la música callejera para alcanzar mayor perfección en su área frente al público y también con la intención de ganarse la vida de manera temporal con dicho oficio.
Y con ellas se forjó Madeleine bajo la filosofía de hacerle llegar al público su música, ganarse unas monedas y al mismo tiempo proporcionarle a la gente un momento agradable durante el día, en su ir y venir por la ciudad. Así lo hizo frente al Palacio de Luxemburgo, el Teatro Odeón, el Boulevard St. Michel o La Place St. André des Arts.
Compartió la actividad con gente que lo hacía por hobby, con profesionales que así ensayaban, con viajeros fugaces, con los inmigrantes exiliados por las persecuciones, las guerras y la intolerancia, con los homeless (sin techo) desechados por el sistema.
Pero también con activistas sociales que de esta manera hacían propaganda a sus ideas, con desempleados o lúmpenes o mendigos poseedores de algún instrumento para hacerse de algún dinero para comer. En medio de esto ella cantaba sobre el amor y su búsqueda.
Siempre prefirió realizar dicha actividad en el exterior y no en el Metro. Prefería los espacios abiertos, donde las personas se tomaban el tiempo de escuchar con atención, sin tener que correr para alcanzar un vagón o con el estrés de la aglomeración en horas pico.
Todo el aprendizaje se reflejó en la música y en sus interpretaciones. A la postre quiso ampliar sus horizontes y se unió a la Lost Wandering Blues & Jazz Band con la que realizó viajes por Europa durante varios años.
En ese inter se convirtió en una cantante de excepción, compositora y muy buena ejecutante de la guitarra. Y lo mejor de todo es que se creó un estilo a su medida. Mismo que descubrió la compañía Atlantic Records, por medio de uno de sus rastreadores de talento, la cual la contrató para grabar Dreamland, un debut sorpresivo y venturoso que en 1996 puso en ascuas al mundo sobre ella.
Su estilo está fundamentado en una técnica depurada y seductora en el canto, en un timbre satinado y bello (que se parece al de Billie Holiday, pero hasta ahí la comparación) y una sencillez interpretativa plena de sutilezas y sensualidades.
Con tales elementos no necesitó desgarrarse la voz, ni gritar con histrionismo pretencioso, no. Lo suyo está en la creación del escenario para el sentimiento, para la emoción; en la seguridad para alcanzar ambas cosas con la colaboración del oído atento del escucha.
Éste debe poner todo de su parte en el invite erótico que su canto representa, y un instante antes de caer en la explosión del encuentro consumado darse cuenta del disfrute del que goza y saborear lo que sucederá un segundo después en plena conciencia dentro de la pasión.
Eso es lo que caracteriza la personalidad de Madeleine Peyroux y eso es lo que se brinda en cada uno de sus nueve discos de estudio hasta el momento. Ella ha pasado por el éxito inusitado, con la promoción de la gigante discográfica. Pero también por la limitación de sus libertades (al ser estrella de un sello grande que buscó controlar todos sus quehaceres), lo cual la llevó a la reflexión y a la renuncia de dicha compañía.
Dejó pasar el tiempo para recuperar la libertad creativa (ocho años), pagar su deuda con las independientes (Waking Up Music, con la que publicó Got You On My Mind en el 2004), y con plena madurez aceptar incorporarse al sello Rounder con el productor Larry Klein, quien supo entender justo lo que necesitaba la Peyroux (con discos como Careless Love, Half Perfect World o Bare Bones, con acompañamientos, orquestación y conjunta elección de los materiales) y luego con el sello Verve en sus siguientes grabaciones, para deplegar su arte en pleno, cual romance de juglar callejero.
VIDEO SUGERIDO: Madeleine Peyroux – I’m All Right, YouTube (nshields)
«Algunas veces está bien simplemente regresar la banda al garage», dijo Dave Grohl cuando declaró que los Foo Fighters, al finalizar el 2012, se tomarían un receso tras casi dos décadas de existencia. Lo que el músico hizo no fue más que utilizar una metáfora totalmente rocanrolera que apela a su ontología fundamental: el retorno a la búsqueda de sus principios.
Ciertamente, el objetivo de este espacio no es dicho grupo sino el surgimiento de uno nuevo: The Vaccines. Pero la declaración de aquel músico es sintomática y pertinente con los tiempos que corren: los del tejido interpretativo, más que creativo, y que tienen su hogar en el garage.
El rock de garage al que en esencia pertenece la flamante banda Vaccines, que lanzó su esperado y determinante cuarto álbum (Combat Sports, 2018), se distingue de cualquier otra música a causa de una ideología compartida que atraviesa todas sus divisiones internas y evoluciones cronológicas, la misma que conocen los aventureros desde las épocas mitológicas: la del Ulises viajero cuyo destino siempre será volver a sus orígenes.
Lo que existe ahora o vaya a existir en el futuro en esta música es inherente a lo ya sucedido desde tiempos consecutivos en aquella mítica cochera, el lugar de la creación (de ideas musicales, movimientos, corrientes y géneros) y del desfogue (para reproducir lo oído, hacer cóvers, piezas originales o demos).
Este género lleva en el candelero más de medio siglo de existencia, con ciclos constantes donde se renueva la plantilla, se mezclan los aprendizajes recientes (técnicos, sonoros y de actitud) y se vuelve a prestar juramento al espíritu del rock and roll a través de manifestaciones como el garage puro sesentero y el post-punk revival de la segunda década del siglo XXI, pasando por el proto-punk, el psycho, el garage underground y demás derivados.
Por lo mismo está más vivo que nunca, con felices descubrimientos arqueológico-musicales (revivals) o grupos olvidados de un solo hit o de fugaz existencia a los que se les reconocen sus aportaciones, así como con grandes representantes en cada una de sus épocas.
En el rock de garage que interpretan The Vaccines está el germen de la cadena biológica del rock, el que señala su ADN (con alma incluida).
En la actualidad, el género, está en una de sus crestas pinaculares con nombres como Jet, D4, The Retard, The Horrors, Two Door Cinema Club, The Drums, Mona o Surfer Blood (por mencionar unos cuantos), los cuales deconstruyendo sus sonoridades son modelos del hipermodernismo (por sus variados aderezos sonoros de lo más indie, urbanos, eclécticos, con tendencia folk).
Es importante conocer su cosmogonía, su devenir y sus claves, dada la fuerte influencia que ejercen los hacedores de dicha corriente en la música popular en general.
VIDEO SUGERIDO: The Vaccines – Teenage Icon, YouTube (VEVO)
The Vaccines se enfrentaron al difícil reto del segundo álbum con Come of Age y consiguieron, tras su primer trabajo, What Did You Expect from the Vaccines? (2011), y el tercero (English Graffiti, 2015) una atención mayor de la que muchas otras bandas podrían aspirar a recibir en toda su carrera.
Ellos tienen fuertes lazos de sangre con el género. Comenzaron su escucha oyendo a los Strokes y la continuaron con la influencia directa de The Horrors, uno de cuyos miembros, Tom, es hermano mayor de Freddie Cowan, guitarrista de la banda. También participan en ella Justin Young, como compositor, cantante y líder; Pete Robertson en la batería y el islandés Árni Hjörvar en bajo.
Con The Horrors mantienen un feroz antagonismo (como todos los buenos hermanos ingleses), mientras que de los primeros, los Strokes, que al inicio del siglo redefinieron el sonido de la década siguiente, Albert Hammond Jr. (su guitarrista) ya les produjo algún material.
The Vaccines inició su andar (en el 2010) con una gran carga: la BBC los predijo como triunfadores en el comienzo mismo de la segunda década. Y los nombró como la gran esperanza musical británica.
Es un cuarteto londinense que suena a todo lo mejor y reconocible, desde Phil Spector a The Clash y Vampire Weekend (y sus referencias literarias).
Sus temas son cortos, sencillos, directos y pegajosos. Con una clara evolución en el sonido y un salto de los acordes mínimos a otra fase melódica; con infinidad de ganchos vociferables en cualquier lugar y circunstancia; con la debida lírica épica para entablar alianzas tanto en los estadios como en el bar.
Con ellos se tiene la sensación de que han conseguido canciones redondas, tracks eternos, que revitalizan con su vacuna (post-punk revival) la sangre del género, con su buffete de afinidades selectivas: del canto dylanesco a la fuerza mod y brit; de la energía de Blondie a la actitud y el humor ramonescos, la ira stroke…
En fin, mientras otros entran al garage a regenerarse, ellos salen del mismo con la frescura de lo aprendido y el omnipresente espíritu salvaje y primitivo, con todas las ganas de divertir(se) portando el emblema de su nombre.
VIDEO SUGERIDO: The Vaccines – Post Break-Up Sex/ Wreckin’Bar (Glastonbury 2011), YouTube (XDFH12)
La cosecha de grupos del 2003 que contaban con uno o más elementos del rock de garage resultó excelente. El primero de ellos y ya clásico es Franz Ferdinand, oriundo de Escocia y cuyos miembros adoptaron tal nombre como homenaje al histórico emperador austrohúngaro que se caracterizó por implementar la cultura en todos los niveles durante su reinado. El grupo surgió de las escuelas de arte escocesas.
Esta banda de Glasgow es ya un referente de época y a su indie rock lo han complementado con sus influencias del garage rock sesentero, el sonido new wave, el post-punk y los ecos de algunos grupos británicos de la década de los noventa. Gang of Four, Talking Heads, Duran Duran, The Fall y Joy Division, están dentro de la mezcla, es decir, todo un bagaje ecléctico diseñado para trascender.
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Nueva Zelanda es mucho más que los paisajes y sitios inhóspitos de exótica naturaleza que ha presentado la literatura y el cine contemporáneos. Los sonidos urbanos del rock de garage con énfasis en el hard, se han hecho sentir en todo el mundo gracias a la presencia del grupo The Datsuns, un conjunto originario y original de la ciudad neozelandesa de Cambridge que compone sus propias piezas.
Los neozelandeses firmaron contrato con la compañía V2 y grabaron un disco homónimo que en varios lugares del planeta fue catalogado como el futuro del rock. Mientras tanto el excéntrico grupo permeó todos los países de habla inglesa, se hizo producir por el ex Led Zeppelin John Paul Jones y ha acompañado a grupos fuertes y mediáticos como Ozzy Osbourne, Korn, Marilyn Manson y Metallica.
A la cosecha del 2003 los Estados Unidos aportaron a los Kings of Leon. Agrupación musical del sur de la Unión Americana. El muy tradicional estado de Tennessee lanzó a esta banda integrada por los tres hermanos Followill y su primo Matthew, del mismo apellido. Lo suyo es un rock de garage mezclado con el Southern rock y el indie de extracción británica. Rápidamente cobraron fama con su estilo campirano.
Las raíces de esta familia montañesa se remiten a su pasado infantil, cuando viajaban incansablemente por la región sureña acompañando a su padre, un predicador religioso y a su educación en los caminos transitados. Independizados de la influencia paterna se trasladaron a Nashville, el corazón musical de la zona, formaron la banda con dichas influencias y adquirieron éxito mundial al acompañar a U2 en sus giras.
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El contexto planetario, el latir del nacimiento de una nueva época, los sonidos interrelacionados y el vaciado cultural de las corrientes en fundidos varios determinan al garage supramodernista del primer lustro del siglo XXI.
VIDEO SUGERIDO: Kings of Leon – Red Morning Light (VIDEO), YouTube (Kings of Leon)
En 1964, Lyndon Johnson fue electo presidente de los Estados Unidos.
Martin Luther King fue designado Premio Nobel de la Paz.
Leonid Brezhnev sustituyó a Krushev como líder del Partido Comunista Soviético.
Se estrenaron las películas Yeah, Yeah, Yeah de Richard Lester y Doctor Insólito de Stanley Kubrick.
La Ola Inglesa llegó a las costas de América y cundió la beatlemanía. Los Beatles iniciaron su gira por la Unión Americana y colocaron dos número uno en las listas. El primero de ellos fue «I Want to Hold Your Hand».
Tras el primer embate de la Invasión Británica a cargo de los Beatles, los Rolling Stones y Manfred Mann, entre otros, apareció una segunda ola encabezada por los Kinks, un grupo del norte de Londres liderado por el brillante compositor Ray Davies. Su tema «You Really Got Me», basado en los compases de «Louie Louie», alcanzó rápidamente la cima y mostró que esta agrupación había llegado para quedarse.
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Después de haber ganado un concurso de talentos, los Zombies, un grupo de Saint Albans, Inglaterra, fueron contratados por la compañía Decca. Su primer sencillo, «She’s Not There», tuvo un éxito relativo en la Gran Bretaña, pero vendió más de un millón de ejemplares en los Estados Unidos. Destacó de ellos su orquestación y el talentoso tecladista Rod Argent.
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Por la época en que The Animals comenzaron a grabar, estos oriundos de Newcastle habían ampliado su horizonte y estaban experimentando con versiones eléctricas de canciones folk estadounidenses y el blues.
Un tema incluido en el primer disco de Bob Dylan, «The House of the Rising Sun», fue retomado por ellos para su primer sencillo, que se convirtió al instante en número uno a ambos lados del Atlántico.
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La beatlemanía y el resto de la ola inglesa prendieron en la Unión Americana aún con mayor fuerza que en la Gran Bretaña, hasta el punto que durante la primera mitad de 1964 los discos más vendidos eran todos de los Beatles y grupos afines, y por esta vía llegó la pasión por todo lo que fuera británico. Una nueva cultura se generó a través del mundo entero. El universo del rock otra vez estaba rebosante de salud y el horizonte se llenaba de promesas.
VIDEO SUGERIDO: The Beatles – NME – 1964 LIVE, YouTube (silvertwin7)
Ubiquémonos primero. Estamos en 1958, en el tiempo en que Elvis tuvo que ingresar al ejército y faltaban cinco años para el primer hit de los Beatles. Los Estados Unidos eran acosados por estrellas pop higiénicamente limpias y aptas para toda la familia. Sin embargo, en la población surcaliforniana de Balboa se sacudía el Rendevouz Ballroom con el primer concierto del guitarrista Dick Dale.
El público estaba formado por los amigos con los que Dale salía a surfear todos los días. «¡Oye! –le dijeron al terminar la presentación–. Eres lo máximo, ¡el rey! ¡Eres el rey de la guitarra surf!» Le gustó el título y se lo quedó. Dos meses después ya atraía al lugar alrededor de 4 mil personas. Así nació el sonido surf.
El guitarrista en realidad se llamaba Richard Anthony Monsour. Llegó a California con un carácter huraño y gustos musicales nada comunes. Por su padre libanés-egipcio estaba muy familiarizado con la música del Oriente Próximo; debido a la influencia de su madre polaca tampoco desconocía la animada polka.
El músico argumentaba que la música era sexo. Y su guitarra, el rugido del puma y el murmullo del océano. El sonido de la naturaleza salvaje. Eso era lo que buscaban los jóvenes surfistas del sur de California, bronceados aficionados a tal naturaleza que buscaban el contacto con los elementos y su rugido sonoro. Su música era producida por en un alto volumen debido a que Dale buscaba emular el sonido del océano y lograr que «los oídos de la audiencia sangraran». Así lo hizo (favorecido en las últimas décadas por su inclusión en el soundtrack de Pulp Fiction) hasta que lo sorprendió la muerte el 16 de marzo del 2019, a la edad de 81 años de edad. Su legado continúa vivo.
VIDEO SUGERIDO: Miserlou – Dick Dale, YouTube (dreamcast1212)
Otra baja en el medio la significó su también contemporáneo Ray Sawyer, vocalista del grupo Dr. Hook & The Medicine Show. Reconocible rockero por su parche en el ojo (que había perdido tras un accidente automovilístico) y su destartalado sombrero de cowboy (ambas cosas le sirvieron de atuendo para emular al personaje de una película de John Wayne). Pero no sólo por eso. Siempre será recordado por su canto en la canción “The Cover of Rolling Stone”, el hit que encumbrara en 1972 a la banda y su humor mordaz.
Sawyer nació igualmente en el año de 1937, en Alabama, adquirió tablas en el circuito rockero de la carretera. Se unió luego al grupo que lideraba el cantante Dennis Locorriere, Dr. Hook & The Medicine Show, con el que se volvió famoso por la mencionada canción además de otras como “Sylvia’s Mother”, “Only Sixteen”, «When You’re in Love with a Beatiful Woman” o “Sexy Eyes”. Desde los años ochenta se escindió del grupo y se enroló en el campo de la nostalgia bajo el nombre de Dr. Hook featuring Ray Sawyer, en el que se mantuvo hasta su deceso la madrugada del uno de enero del 2019, también a la edad de 81 años.
VIDEO SUGERIDO: Dr. Hook – The Cover of The Rolling Stone (and the Medicine Show: Live), YouTube (Eagle Rock)
A mediados de 1966, Peter Tork (tras una temporada a la playa, antes de regresar a la universidad) fue llamado para comenzar a actuar en un proyecto televisivo nuevo para el que había hecho un casting. Era un show con propuestas fílmicas diferentes, avant-garde, para poner en la pantalla chica toda la nueva estética pop.
Tork había sido uno de los elegidos para integrar esa serie sobre un ficticio grupo de rock: The Monkees Show. La aparición de éste y del grupo en cuestión, el 12 de septiembre de 1966, resultó todo un fenómeno mediático que enriqueció los acervos de la cultura popular a perpetuidad.
Tork fue miembro de tal grupo (seleccionado de entre 400 aspirantes), que para finales de ese año ya contaba con dos éxitos musicales que con el tiempo se volverían clásicos: “Last Train to Clarksville” y, sobre todo, “I’m a Believer”, que cerró dicho maravilloso calendario como inconmensurable número uno.
Lo de Keith Flint fue la imagen poderosa, ante todo. Ahí estuvieron sus piercings, su cuerpo tatuado, su pelo puntiagudo y teñido, sin embargo fue la mirada lo que más resaltó de él, tanto como su actuación escénica, apoyada por una voz estridente y plena de fuerza. Todos esos elementos convirtieron a Flint en el vocalista de Prodigy, uno de los grupos más admirados de la escena musical británica desde los años noventa.
En una rave party se conocieron Flint y Liam Howlett, intercambiaron materiales sonoros y de ahí surgió la idea de fundar un grupo, que adoptó el nombre de uno de sus sintetizadores favoritos. Con ello surgieron para una puesta en escena del nihilismo autodestructivo, obsesionados en la búsqueda de una expresión original y auténtica a base de electrónica, techno y breakbeat hardcore, mezcla que fue su conducto transgresor. De esta manera Prodigy vendería 30 millones de discos a través de su historia. Una que pudo haber quedado truncada por el suicidio de Flint el 4 de marzo a los 49 años.
Dr. John, quien antes de graduarse en medicina vudú fuera Malcolm “Mac” John Rebennack Jr., nació en 1940 en Nueva Orleáns con el sonido de la música como fondo omnipresente: barrelhouse, junkie blues, funky butt, gut bucket y todo el jazz. Así creció este buen galeno, de día y de noche por las calles y los subterráneos llenos de prostitutas, proxenetas, ladrones y adictos, asimilando y consumiendo lo que aquel ambiente le ofrecía. Luego prefirió emigrar a California para evitar a la policía, llevándose el corazón y alma de Nueva Orleáns consigo.
Resultó natural, por lo tanto, que su disco debut Gris Gris, grabado en Los Ángeles, con un productor y músicos también nativos de su puerto natal, sirviera para llevarnos a él y a nosotros, sus escuchas, de regreso a sus raíces, pero con el añadido en su realización de una fuerte carga psicodélica muy ad hoc con los tiempos aquellos.
En cierto sentido se trató de la historia condensada de sus raíces. A partir de ahí y su postrer regreso, se pudo encontrar algo exclusivo de aquella ciudad en cada una de las piezas de todos sus álbumes (zydeco, rhythm and blues, blues, medicine shows, ritos vudú y el Mardi Gras, entre otros elementos), aderezado por los alcaloides lisérgicos y opiáceos que le proporcionarían nuevas rutas –interiores éstas– a una música ya de por sí viajera.
La música de Nueva Orleáns, tan sencilla como realista, se desarrolló así como la interpretó Dr. John en forma natural y gozosa en esos discos que se han convertido en clásicos de todos los tiempos. Dr. John falleció el 6 de junio del 2019 y su obra se ha convertido en un documento importante, además de testimonial.
Otros rockeros desaparecidos en estos meses del año fueron: Daryl Dragan (de Captain and Tennille), Paul Steven Ripley (The Tractors), Eric Haydock (The Hollies), Lorna Doom (The Germs), Chris Wilson (Crown of Thorns), Reggie Young (músico sesionista), Pepe Smith (músico filipino), Phil Western (Download), Mark Hollis (Talk Talk), Scott Walker (The Walker Brothers), Wowaka (músico japonés), Roky Erickson (13th. Floor Elevators), Dave Batholomew (compositor), D. A. Pennebaker (cineasta y documentalista rockero) Daniel Johnston (rockero, cantautor, artista plástico), Eddie Money (cantautor), Ric Ocasek (líder de The Cars), Robert Hunter (poeta, letrista de Grateful Dead).
A todos ellos, gracias.
VIDEO SUGERIDO: The Prodigy – Firestarter (Official Video), YouTube (The Prodigy)
En cierta crónica anónima de 1966 (en un periódico underground angelino), de una presentación de los Doors en el club Whisky A Go-Go, el autor esbozó en unas cuantas líneas la esencia de su puesta en escena musical y estética: “La iluminación del escenario es fría. El fondo musical funerario, sutil: la guitarra afinada como una sítara hindú; el órgano espasmódico y suave, la batería lanzando su advertencia de complicidad, y delante de todo ello un pálido, esbelto y drogado vocalista se contonea, colgado del micrófono esperando su momento”.
Y el momento era para definir intuitivamente caminos inexplorados por el rock, para rebatir los supuestos y las convenciones en las que había basado su etapa clásica: glorificación de la juventud, celebración de la energía, rechazo al tedio y a la educación formal.
Sí, Jim Morrison y los Doors le dieron un giro de ciento ochenta grados a esa forma de pensamiento, y todo ello quedó plasmado en su primer álbum, The Doors.
Éste fue el summum conceptual practicado hasta el cansancio en ensayos íntimos, de integración y conocimiento, así como en presentaciones en vivo forjadas a pulso en el fuego del ritual con el público; en experimentaciones con diferentes drogas y efluvios filosóficos provenientes lo mismo de Oriente que de Occidente.
La lírica de Morrison no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto no definía a la juventud sino que redefinía su YO constantemente, según lo dictaran sus razonamientos.
Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. En sus dos libros publicados en vida (The Lords and the New Creatures, de 1969 y An American Prayer, de1970), así como en los póstumos (Arden lointain, edition bilingüe, de 1988), Wilderness: The Lost Writings Of Jim Morrison, de1988, y The American Night: The Writings of Jim Morrison, de 1990) está bien plasmada la suya. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.
La aspiración por la muerte era su credo: clímax de la experiencia humana, concreción de la creatividad en la apoteosis de la pureza instintiva. Por eso al cabo de su vida murió como Marat, y de esta manera se garantizó para sí mismo el Pantheon eterno.
Pero mientras eso le llegaba, Jim Morrison utilizó su intuición como criterio personal y subjetivo. El centro y límite de este universo basado en la intuición debía ser el YO y sólo el YO. Y tal universo era disímbolo: temible, antagónico, pero también gozoso. Un universo del pensamiento.
“Mi realidad es cierta porque pienso”, dijo Jim en alguna ocasión. Y sólo por esa frase se alejaba de las cimientes de la época: diversión, paz y amor. Eso lo volvió igualmente “raro” ante el mundo hippie y ante el mundo convencional.
VIDEO SUGERIDO: The Doors – The End (1967), YouTube (bezo1981)
El rock con él y los Doors ya no fue sólo diversión como antaño. Perdió su inocencia. Ya no había un rechazo al tedio producto de la falta de diversión constante, sino una argumentación al hartazgo de la existencia misma; una explicación a la pelea entre el pensamiento y el propio reflejo mundano. Intuición pura esgrimida con palabras justas, precisas, y lo más notable de todo, adecuadas a la lírica del rock.
Y para llegar a ese diestro manejo del lenguaje revirtió ese otro supuesto adjudicado al género: el odio hacia la educación formal. Tanto Morrison como cada uno de los integrantes del grupo contaba con una educación universitaria, con una cultura vasta, con conocimientos de la literatura, el cine, el teatro, la música (ragas hindús, jazz, de cabaret, clásica y del blues, por sobre todas ellas).
Los integrantes de los Doors nunca rechazaron lo que su condición social clasemediera les había otorgado, al contrario. Con esas herramientas retaron seriamente al ambiente de aquellos días. Resaltaron la desesperanza y le dieron legitimidad al rock y a su poesía, con una imaginería terrible y desoladora.
Dimensionaron al género con el yang de temas como “Break On Through”, “Light My Fire”, “End of the Night”, y de manera inconmensurable con “The End”, antes de que apareciera el yin del Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band de los Beatles.
El YO de los Doors –que fue el de Jim– se tornó en un gran concepto. “Conozco al mundo como a mí mismo, como sentimiento e instinto, como pensamiento y raciocinio”. Dicho más precisamente, conozco al mundo porque me conozco a mí mismo, y bajo la tutela de este sentimiento Morrison tenía visiones cósmicas, pero por medio de estas visones alcoholizadas, drogadas, no sólo expandió al rock sino que le dio trascendencia.
Jim mostró al mundo su formación académica (en poesía, cinematográfica, en sus teorías filosóficas y en sus catarsis; en su teatralidad; en el conocimiento chamánico y en la indiferencia; en el rito de la comunicación y en sus ideales inalcanzados) lo mismo que sus genitales. Y por ambas expresiones fue condenado.
Las imágenes de sexo y muerte contenidas en sus manifestaciones musicales nunca fueron bien vistas por las fuerzas vivas: “I Tell You We Must Die…” (parafraseando a Weill); “Mother… I Want to Fuck You” (cantándole al Edipo errabundo y al freudiano). Todo contenido desde su primer álbum, The Doors, y hasta el último: L.A. Woman.
Así que de Jim Morrison se pueden decir muchas cosas, pero con la postrer convicción de jamás poder definir a un ser tan contradictorio como congruente como él. Un poeta, a final de cuentas.
VIDEO SUGERIDO: Jim Morrison Last Performance 1971, YouTube (MRMOJORISIN)
En el cedazo de los cientos de grupos formados en el comienzo de la primera década del siglo XXI destacan, en el rock de garage, los hipermodernistas Black Rebel Motorcycle Club del 2002.
Los humos de la psicodelia unidos al exuberante rock alternativo, son los elementos de la banda australiana de garage conocida como The Vines.
Los también australianos The Walkmen causan impresión con su aparición en el campo del post rock influenciado por el garage-rock.
The Warlocks, un nombre bastante recurrente en la historia del rock, aparece como referente de la corriente psicodélica en el nuevo siglo.
Nueva York, una vez más, aporta su cuota de calidad con el garage punk representado por la onomatopéyica banda de los Yeah Yeah Yeahs.
La música de este grupo neoyorquino es una mezcla de estilos retro complementados con el fuerte apoyo de las guitarras punketas.
El fuerte guitarreo, los sonidos sintéticos y chillones, desvariados y la voz melancólica caracterizan el garage punk de esta banda líder.
El Indie rock, el rock alternativo, la psicodelia y el punk, adornan con sus salpicaduras de brocha gorda los nuevos caminos del garage.
VIDEO SUGERIDO: Black Tongue – Yeah Yeah Yeahs, YouTube (rjmora86)