LE LOUP GAROU

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (LOBO-HOMBRE)

Boris Vian no fue “únicamente” el padrino del rock and roll francés sino también el escritor galo que más alargada influencia ha tenido sobre el género a nivel internacional (con el jazz hizo otro tanto). Sus poemas pronográficos, sus novelas negras, sus cuentos de humor oscuro, sus canciones perfectas e imperfectas, han sido el combustible para numerosos grupos alrededor del mundo. Desde Andy Chango (en Argentina) hasta los videoclips hechos para Björk por parte de Michel Gondry, pasando por La Unión (con su “Lobo-Hombre en París”, uno de los escasos aciertos del rock español), Metallica, Duran Duran, Megadeth o Willy DeVille. La lista es grande.

Todos ellos siempre han reconocido su deuda con Vian y adoptado en sus canciones las maneras del dandy insolente de aquél, sus muchos hallazgos,  sus juegos de palabras, sus caprichos lingüísticos y otras florituras textuales.

Vian (1920-1959), que era toda una leyenda en el mundo bohemio parisino y del europeo en general, por su polivalente creatividad artística, se le conocía como trompetista, crítico de jazz, traductor, cantante, director artístico de dos compañías discográficas, inventor, autor de canciones y espectáculos musicales, pintor, periodista, poeta, animador, cuentista y autor de teatro.

Pero además, como exitoso novelista aún bajo pseudónimo (Vernon Sullivan), actor, guionista de cine, diplomado en ingeniería y (Equarrisseur) Descuartizador de Primera Clase del Colegio de Patafísica (movimiento artístico relacionado al surrealismo y creado por Sainmont, Saillet, Quenau y otros intelectuales como homenaje a Alfred Jarry y de la cual Vian llegaría posteriormente a ser Gran Sátrapa), entre algunos de sus oficios.

Los textos de Vian, impregnados del humor único que lo caracterizaba, dejaron estupefacta a mucha gente en aquella época, mientras que a los iniciados en su literatura los divirtieron con sus malabares con las palabras y el manejo de la temática sexual (como lo había hecho con La espuma de los días, El Otoño de Pekín y La hierba roja, o bajo seudónimo con la exitosa novela Escupiré sobre sus tumbas, que primero le acarreó una multa de 100.000 francos por obscenidad y, tras recurrir la sentencia, quince días de cárcel).

Si Vian aparece tan fecundo y elocuente es que en él convergieron todas las pistas de la centuria. Fue una personalidad profunda de su época, y esa época tuvo talento.

BORIS VIAN

(Licantropía invertida)

Con “Le Loup Garou” (El Lobo-Hombre), dio ejemplo. Es un cuento en el que Vian rompió con la tradición literaria de la licantropía (personas que se transforman en lobos en noches de luna llena) y volteó al revés el mito popular.

“El lobo se llamaba Denis. Vivía en el bosque de los Falsos Sosiegos. Carente de ferocidad, manso y vegetariano, de pelaje negro y grandes ojos rojos, tenía la costumbre ingenua de observar a los impacientes enamorados que se internaban en la espesura del bosque. Un día, en una de estas incursiones, el mago del Siam muerde a Denis mientras aquél intentaba seducir a la joven Lisette. El lobo, tras la mordedura, comienza a sufrir una extraña fatiga, hasta que la metamorfosis le convierte en un ser humano”.

Así comienza el relato escrito entre 1945 y 1953 y que estaría inserto en los cuentos que integrarían el libro con el título homónimo.

Pero la historia de “El lobo-hombre” continúa. Denis viaja mutado en hombre hacia un París oscuro y noctámbulo. Conoce y se acuesta con una prostituta, se enfrenta con sus proxenetas. Cansado de la ruindad de los hombres, angustiado por la inminencia de su retorno al cuerpo de lobo, se topa con un policía que le da el alto y le impide su regreso al bosque.

Ahí explota el significado que Vian le otorga al relato: el enfrentamiento de la ingenuidad con la autoridad, lucha que devine en un final abierto: Denis, de nuevo en su condición de lobo, siente la cólera, la inquietud de lo que se presume es un sentimiento de venganza del animal contra la maldad del hombre.

Tal fábula ha dado mucha tela de dónde cortar a los rockeros (pero también a los intérpretes del pop que sólo se han dedicado a copiar lo hecho por el rock; en la literatura está la muestra de la novela Howling Mad de Peter David, con semejante argumento). De cualquier forma la temática licántropa ya le venía de lejos al rock, desde las raíces de su tradición bluesera.

En los pantanos de Louisiana, regados por el río Mississippi, existe la magia (negra y blanca, el vudú) en muchas manifestaciones y de sus lodos han surgido infinidad de leyendas, como la que dio origen a uno de sus hijos predilectos: Howlin’ Wolf. La historia del rock son sus mitos y el de Wolf es uno de los más pintorescos.

Chester Burnett era un niño negro que nació en 1910 en el Delta de tal río. En sus años mozos alternó el trabajo del campo con el de la música. Su mayor influencia por entonces era Charlie Patton con el cual llegó a tocar, lo mismo que con Robert Johnson, ambos con sus propios y particulares mitos. De su andanza musical obtuvo el apodo que lo daría a conocer y a influir en generaciones de músicos de blues y de rock.

Chester tenía un abuelo al que le gustaba contarles historias de terror  a sus nietos. Chester, por entonces, era muy impresionable como niño y temeroso de tales historias, así que su abuelo quiso enseñarle a manejar el miedo y prepararlo frente a la azarosa vida que lo esperaba ya. Lo hizo de la manera más brutal que encontró. Cierta noche lo llevó al cementerio local y le ordenó que permaneciera ahí hasta el amanecer.

Chester superó la prueba y contó a quien quiso oírlo lo que le había acontecido en aquella ocasión. Tembloroso y hecho un ovillo vio salir de su tumba a medianoche a uno de los muertos. Tenía aspecto de animal feroz y efectivamente, lo mordió. Los temblores cesaron, el miedo desapareció y cuando volteó hacia la luna comenzó a aullarle. Todo su interior se había transformado. Y éste se manifestó en la voz que desarrolló aquel chiquillo: baja, profunda y amenazadora. Lo comenzaron a llamar “Howlin’ Wolf” (Lobo Aullador), apodo con el que a la postre sería conocido.

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Su lobo interior lo dotó de un físico impresionante: casi dos metros de altura y más de 120 kilos de peso. Dicho aspecto correspondía a los cantos emitidos por él. En la década que va de 1951 a l962, fincó su estilo (una forma de hacer música que hallaba su lugar entre lo tradicional y lo innovador), el cual transformó los orígenes del blues del Delta. Wolf había moldeado a sus músicos para incorporarse al sonido eléctrico que en ese momento trasladaba el blues tradicional al dinamismo de la urbe, en Chicago. Habían amplificado sus guitarras y armónica e imponían nuevas formas.

Con su técnica en la armónica y la voz consiguió atraer la atención de la audiencia y hacerla saltar, fórmula que mantuvo con éxito durante los años cincuenta, mismos en los que jóvenes guitarristas del rock de ambos lados del Atlántico lo escucharon, asimilaron y proyectaron en los sesenta: Jeff Beck, Jimmy Page, Pete Townshend, Robbie Robertson, Ronnie Hawkins o Roy Buchanan.

Sin embargo, el discípulo más apegado a él resultó ser todo un personaje, el Captain Beefheart. Este músico irrumpió en el mundo tras la mordedura de dicho lobo aullador (que le inoculó la esencia de la voz profunda, haciendo historia y destilando lo mejor del lenguaje del blues y del rock en nuevos estilos hasta entonces ni soñados, buscando algo más cerca del corazón mecánico e irracional del ruido y de los implacables ritmos de la jungla que parecían representar la esencia tanto de la vida humana como la animal más salvaje.

Víctima hereditaria de tal tradición licántropa resultó ser también Tom Waits, un tipo que la asumió y asimiló y desde entonces es capaz de extraer de su áspera garganta sonidos que otros no logran producir ni por medio de intrincados procesos electrónicos de transformación. Posee el jadeo centenario que convierte canciones buenas hasta la médula en peligrosos monstruos. En sus discos y actuaciones añade otro capítulo a su expedición rumbo a la fábrica de sus propios sonidos y percusiones: hacia la lectura de Boris Vian. Si Howlin’ Wolf fue el modelo del instinto original y Beefheart el de la actitud, Vian fue, para Waits, el de la academia.

Su rock oscuro con garantía de sonido lowlife, tarantella y blues afrocaribeño, fue enriquecido con tal dentellada. Tras su lectura su música se convirtió es la de hombres que no se andan con rodeos y que del mundo no conocen más que el rugir de sus propios instintos. De esta manera Waits sigue los pasos de Wolf y del gran alquimista Beefheart al intentar una transformación lobuna, y de Vian al hacerlo a la inversa, convirtiendo a su lobo en hombre.

A fin de cuentas, el esencial hombre lobo hombre añoso y experimentado que ha transitado por la historia del rock, tiene el perfil del intérprete incómodo para los no iniciados. La realidad que define con la voz y la palabra está en su espíritu de comunión con la marginación; en algunos de sus enigmas y misterios. Éstos pueden ser calmosos o vibrantes, pasan de lo oscuro a lo sobrecogedor o viceversa. Como si fueran mandíbulas y garras poderosas e inquietantes ante las cuales debe uno rendirse, pero a la vez mantener el temple en medio de la fascinación por la dureza de la vida que manifiestan.

La suya es una poética del lamento interior humano, del que ha caído y sabe que todo es una porquería, pero aún así debe continuar, porque siente la cólera, la inquietud de lo que se presume es un sentimiento de venganza del animal contra la maldad del propio hombre.

¿Y por qué Waits añadió a Vian a su herencia, a su naturaleza rockero-licántropa? Porque el escritor galo posee un lenguaje que continuamente se arma y se desarma. Siempre aparece una alteración, algo que ocurre y se pierde al momento. Es como si una imagen pusiera en funcionamiento a la siguiente y viceversa, activando una gramática salvaje que exige revisar códigos y certezas.

¿Qué esconde la palabra compuesta, lobo-hombre, y la noche como momento de confusión, en el que no sabemos si el hombre es el lobo del hombre? Literalmente podría ser que se te haga de noche fuera de tu casa, en la calle, aunque también es un término intervalo, un momento de ambigüedad donde la propia palabra no se decide a serlo.

Un momento en el que tu límite como ser cotidiano, el de las obligaciones, se acaba cuando metafóricamente se pone el sol y se abre un territorio no exento de peligro. Esa franja horaria donde siempre aparece un doble. Algo que encaja con mover la materia de una forma u otra, una relación con lo que estás haciendo que te transforma en el proceso. De eso trata la tradición licántropa en el rock, en la que Vian ha tenido mucho qué ver con sus escritos, al brindar un espacio abierto para que tales cosas se observen y desarrollen.

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VIDEO SUGERIDO: LOBO HOMBE EN PARIS, YouTube (gonsqtv)

 

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