El primer disco del Velvet Underground es un hito en la historia del rock, el cual se adelantó por años luz a su época. La obra se basa en un material oscurísimo, con guitarras rítmicas escandalosas, la viola atonal de Cale, la batería minimalista de Tucker y el canto hablado de Lou Reed y el frío de Nico, quienes se encargan de producir la atmósfera única de este álbum: nihilista y melancólico. El subterráneo puro. The Velvet Underground & Nico resultó un álbum impresionante.
Velvet Underground despreciaba el lenguaje simbólico y abstracto de sus contemporáneos, prefería un estilo realista, revelador y extraía sus temas del entorno inmediato, al que matizaba con el efecto hipnotizador de la repetición minimalista. Tenía afinidad con las fuerzas primitivas del rock y sus tres acordes. Rendía tributo a lo sombrío de la vida metropolitana, con un sonido esquizofrénico que sin advertencia pasaba de un rock de garage engañosamente inocente a un remolino apocalíptico y noise.
La influencia de los Velvets neoyorquinos se hizo patente de inmediato en otros puntos de la Unión Americana. The Underdogs, un cuarteto surgido de un estado que endurecía sus sonidos a diario, Michigan, retomó para sí mismo el estilo saturado y garagero del Velvet, al igual que el tono lírico con intenciones poéticas. Curiosamente grabaron su primer sencillo para una subsidiaria del sello Motown, que por entonces gozaba de la supremacía en el soul.
A un mes de haber aparecido la grabación del Velvet Underground, en Los Ángeles brotó de la radio una canción muy peculiar que daba la espalda a todo lo que por entonces se escuchaba en la región californiana, plagada de sol, alimentos sanos y paz y amor. Pertenecía a un grupo llamado The Music Machine, que hacía alarde de la fiereza del fuzz de sus guitarras, del bajo profundo y ampuloso y de sus letras enfermizas pero bailables.
Una de las realizaciones de la agrupación The Human Expression, asentada en Los Ángeles, también buscó el camino del subterráneo más oscuro con su tema titulado “Optical Sound”. En él, los efectos de la escucha de los neoyorquinos velvetianos se hizo constar en las reverberaciones, los efectos tonales del fuzz, en la bizarría de su atmósfera y en lo críptico de sus letras. Los tentáculos sombríos estaban presentes en la Costa Oeste.
El garage punk primigenio que se cocinaba en los rumbos del estado de Iowa, mezcló las más crudas influencias del rhythm and blues británico (representado por los Rolling Stones y los Yardbirds), con la melodiosidad de Paul Revere & The Raiders y la sonoridad de los neoyorquinos bajo el nombre de Gonn, un quinteto de malos muchachos que fermentaba en los pastizales del Medio Oeste norteamericano.
En 1967, la gente común de la superficie lidiaba con los adoradores de la luminosidad del sol, de la vida: los hippies. Los Beatles les resultaban confusos. Sin embargo, la voz pública se horrorizó cuando surgieron los seres del subterráneo. El rock, con sus fuertes raíces acendradas en la extravagancia marginal, se había nutrido también de la oscuridad de la vida, de sus sonidos, hasta que llegó el momento de emerger y de exponer sus criaturas más desarrolladas: Velvet Underground.
VIDEO SUGERIDO: Gonn – Black Out Of Gretely. (lyrics) (1967)*****, YouTube (tasos epit)
Esta es la historia de un mecánico ordinario, llamado Frank, que secuestró a una preadolescente llamada Sally. Cuando fue atrapado dos años después no supo explicar su acción al juez, hasta que conoció a Humpert Humpert en la penitenciaría. Entonces tuvo cuatro décadas para entenderse, pero luego nadie quiso escuchar su explicación.
La fascinación que ejercen las adolescentes con sus frescos cuerpos femeninos es compleja, muchas veces placentera, otras tantas angustiosa, pero a todas luces innegable.
La sensación que se tiene deseándolas, soñándolas, imaginándolas, es la de vivir al borde del abismo, y esa sensación nos domina por completo, porque sin lugar a dudas lo que en el fondo de sus ojos entrevemos no es cierta distancia, sino el abismo de verdad.
La atracción que ejercen estos sugestivos seres es pues la del vértigo, la del abismo perturbador. Como todas las fascinaciones hechiceras, consiste en que no podemos apartarnos de ellas y mucho menos la mirada, la posibilidad de un instante de vida deslumbrado.
En el vértigo la mirada no puede apartarse del abismo precisamente porque en él no hay nada, quizá un blando colchón de placer, probablemente el duro corazón del drama.
Pero, ¿cómo empieza todo eso; a amarse la pertenencia al enigma de un ser con quien sólo podemos tratar bajo la dudosa luz de las significaciones?
La imposibilidad de comprensión ante el embeleso se manifiesta de dos maneras: lo primero que se nos ocurre es aislar la circunstancia del minuto aquel en que fuimos atrapados por cualquier detalle. Así, intentamos una y otra vez saber con certeza cuál es el momento que hay que vivir. Pero los minutos lo lanzan a uno de aquí para allá sin que ninguno se revele como el de la significación primera.
Lo más lejos que se puede llegar es a comprender que todos los minutos son en cierto sentido el mismo. Que para todos los tocados por el viento de esa ala cada uno de aquellos minutos es el minuto del amor, y que éste comenzó con el encuentro. La figura de la carne joven, jovencísima, a primera vista tienta siempre la imaginación. Pero ¿no implica ello que en realidad amábamos ya a ese ser antes de conocerlo? La oscuridad envuelve el nacimiento mágico del amor y por el de una de estas desenfadadas sílfides aún más.
«Hay que ser un tipo infinitamente melancólico –escribió Vladimir Nabokov–, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida, para reconocer de inmediato la llegada del toque de dicha ala, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar–; para reconocer al pequeño demonio mortífero entre el común de las adolescentes; y allí está, no reconocida e inconsciente ella misma de su fantástico poder”.
Fue difícil no conmoverse con la información sobre las muertes de David Jones (acaecida el 29 de febrero del 2012) y la de Peter Tork (21 de febrero del 2019) sobre todo porque en el romántico universo de la memoria hasta donde se sabía, eran inmortales. “La muerte de un eterno siempre debería detener los engranajes del mundo”, escribió un amigo mío. Vaya, pues, este texto y programa como stand by para ese engranaje, en recuerdo de dos monkees caídos.
El año de 1966 fue un año fantástico para el rock y para la cultura popular en general. Aparecieron en escena Frank Zappa y sus Mothers of Invention con el disco Freak Out!, Bob Dylan con Blonde On Blonde, The Beach Boys con Pet Sounds, Donovan con Sunshine Superman, Jefferson Airplane con Jefferson Airplane Takes Off, los Beatles con Revolver (hoy discos clásicos todos ellos).
Es decir, la música popular contemporánea (el rock básicamente) alcanzó ese año emociones y objetivos profundos. Hizo visible una manera de expresión mediante la cual se habló de cómo afectaban las cosas a una generación diferente.
Tal música abrió un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Esos discos contenían el espacio del placer estético con obras de dos o tres minutos de duración, a los que se había denominado como singles o sencillos.
Ejemplos de esas fechas fueron: “Good Vibrations” (de los mencionados Beach Boys), “96 Tears” (de Question Mark and the Mysteryans), “Monday Monday” (de The Mamas and The Papas), “These Boots Are Made for Walking” (de Nancy Sinatra), «The Sounds of Silence» de Simon and Garfunkel, «These Arms of Mine» de Otis Redding; «When a Man Loves a Woman» de Percy Sledge o «Dirty Water» de los Standells, pero quienes seguían dominando las listas eran los Beatles.
En 1966 la música respondía así a la incertidumbre de la Guerra Fría, a la posibilidad bélica, a la homogenización de la vida, con la transición y fogocidad lúdica de una generación que daba los últimos coletazos a una infancia, inquieta, auténtica, espontánea y llena de retos (en “tiempos de candores virginales, de goces de lo inmediato”).
El instante justo antes de pasar a una adolescencia crítica, con profundos conflictos existenciales y en la búsqueda de una razón de ser, que abrevaría en la filosofía y las religiones orientales; conocería los excesos y la apertura de la conciencia cósmica y comunitaria (vía la psicodelia).
En ese resquicio temporal surgió una propuesta musical distinta, original, bien construida entre la fresquísima cultura pop y el añejo absurdo, y que se haría de un lugar a base de calidad entre aquellos gigantes que nacían a la escena de la rock-era.
En 1966, la cápsula espacial soviética Venus 3 se posó en el planeta Venus, convirtiéndose en el primer objeto fabricado por el hombre que alcanzaba otro planeta. El segundo objeto sería, sin lugar a dudas, el proyecto denominado: The Monkees.
La leyenda dice que este proyecto se ideó para enfrentarlo a los Beatles y a la “desmedida” popularidad que habían adquirido en la Unión Americana, en detrimento del mainstream doméstico (es decir, las ventas del producto local decrecían drásticamente). Y que la industria estadounidense lo apoyó con la mejor arma con que contaba: la televisión.
Eso en cuanto a la leyenda. Los datos duros amplían mejor dicho cuadro. La idea primordial había surgido al comienzo de los sesenta ante la popularidad de los Beach Boys. Sin embargo, la industria televisiva en aquellos momentos estaba más interesada en los solistas que en un grupo de rock. Así que el dueño de la idea (Bob Rafelson) la guardó para esperar mejores tiempos.
Éstos llegaron al comenzar la segunda mitad de aquella década. La historia versaría sobre un cuarteto de jóvenes que integraban un grupo de rock y las peripecias como tales (una comedia de situaciones). El ejemplo de la película de Richard Lester (A Hard Day’s Night) sobre los Beatles dotó de anécdota al proyecto, además de dos conceptos extra: el humor y la ambientación pop.
VIDEO SUGERIDO: The Monkees – (I’m Not Your) Steppin’ Stone, YouTube (TheMonkees608)
Los productores hollywoodenses reunieron en torno a sí a buenos guionistas, directores y realizadores con argumentos y técnicas estilísticas novedosas y a una poderosa batería de noveles compositores de canciones procedentes de la reputada máquina creadora de hits llamada Brill Building. Para el final del armado dejaron a los integrantes del ficticio cuarteto californiano.
A través de dos revistas especializadas (Daily Variety y The Hollywood Report) convocaron un casting. A éste acudieron cientos de jóvenes músicos (entre los que se contaron a Stephen Stills, futuro miembro de Buffalo Springfield y Crosby Stills, Nash and Young; a Dewey Martin, posteriormente famoso de la escena de Nashville con The Dillards o a Danny Hutton, integrante luego de Three Dog Night, por ejemplo).
No obstante, los productores se inclinaron por cuatro carismáticos jóvenes seleccionados entre aquellos cientos de aspirantes: Mike Nesmith, Mickey Dolenz, David Jones y Peter Tork. La leyenda dice que cuando fueron reunidos inicialmente para realizar la comedia televisiva ellos no cantaban ni tocaban los instrumentos, cosa que harían músicos de estudio.
La realidad era que Dolenz era hijo de un actor y ya contaba con alguna experiencia en series televisivas donde trabajó de niño y ya tocaba la batería y cantaba. Nesmith, por su parte, tocaba la guitarra y era compositor en ciernes. Jones, de origen inglés, había sido jinete de caballos de carreras y tenía tablas en el teatro musical de su país, y Tork era un multiinstrumentista que se había ganado la vida en los clubes de folk del prestigiado Village neoyorkino. A la larga ellos mismos serían los instrumentistas en las grabaciones.
De esta manera todo estuvo listo para el estreno. The Monkees TV Show comenzó a trasmitirse el 12 de septiembre de 1966 a través de la cadena NBC, que también acababa de lanzar Star Treck (Viaje a las estrellas, en español), para tratar de competir por la popularidad con Batman y Misión Imposible, de sus rivales ABC y CBS, respectivamente.
Las muy bien escogidas canciones [incluso contaban con una rúbrica original: (Theme From) The Monkees] y el estudio de todos los detalles (vestimenta, casa y bohemia playera, logotipo, automóvil, absurdo sentido del humor, innovaciones fílmicas, etcétera) dieron como resultado una auténtica receta para el éxito.
Los Monkees se convirtieron al instante en el grupo más popular del mercado más grande del mundo: los Estados Unidos y de la infinidad de países que retrasmitieron la serie. (En México, tan dado a la polarización, fue imposible no sustraerse al manido “¿Por cuál votas?: Beatles o Monkees” de la radio.)
Hoy, generalmente cuando se habla sobre él se hace como si fuera tan sólo un grupo prefabricado de música juvenil (se les llegó a llamar los Prefab-Four) y para derramar nostalgia sobre tiempos idos. Esto implica tratarlo sin la importancia que merece, no reconocer la trascendencia cultural que tuvo como parte de la historia del género, de los medios y del pop como movimiento estético, así como de implicaciones sociales en todos los ámbitos.
Los Monkees fueron producto de la ficción de la época, una época prebélica. Respondieron con su presencia a una atmósfera depresiva plagada de prejuicios convencionales y persecución (macartismo) que llegaba a su fin. Era también el fin de una infancia social que curiosamente quedó señalada con el fallecimiento de Walt Disney ese mismo año.
Por otra parte, al tener como eje central las canciones que lograron el primer lugar en las listas de popularidad de los años que estuvieron activos (de 1966 a 1968), se debe hablar del contexto en el que fueron creadas, así como de su anécdota en particular, mostrando el sonido que las hizo características así como su enriquecimiento lírico y musical. Para ello se contó con las composiciones de gente como Carole King, Neil Sedaka, la dupla de Tommy Boyce y Bobby Hart y, sobre todo, Neil Diamond.
Las canciones que ellos crearon e interpretaron los Monkees, además de proporcionarles grandes triunfos, resultaron piezas que (además de los registros en los primeros puestos de las listas de popularidad) se transformaron con el paso del tiempo en clásicos inmortales: “Last Train to Clarksville”, “I’m a Beliver”, “(I’m Not Your) Steppin’ Stone”, “A Little Bit Me, A Little Bit You”, “Daydream Beliver” “She”, “Look Out”, etcétera.
El significado mayor de una canción se obtiene cuando ésta entra en la historia por sus méritos estéticos y sociales. La manera en que una pieza hace historia produce un significado y un valor agregado a la misma. Por eso las de los Monkees cuentan con la trascendencia atemporal de una dimensión y un valor que las ha hecho únicas e independientes o no (según para qué se las cite) de los ecos de una sociedad concreta en un momento concreto.
En resumen, la buena cosecha de canciones de este grupo representó un impacto potente y directo sobre el sonido sesentero en su continuo flujo de géneros. La influencia de los Monkees fue manifiesta en muchos sentidos (la televisión se ha surtido de la fórmula desde entonces con mayor o menor fortuna, con los Osmond, The Brady Bunch o la larga lista de nombres de Disney Chanel como muestra).
En lo musical algunos de sus temas fueron retomados por los grupos de garage para interpretarlos o como referente dentro de sus propios repertorios, como en el caso de los texanos The Sparklees con “No Friend Of Mine”, por ejemplo. Y pasando por el tamiz del pop, de las décadas consecuentes, se puso en evidencia el pálpito de una definida sensibilidad por la monkeemanía más básica.
La música de los Monkees, en plena transición, se expandió hacia todos los puntos cardinales de la cultura pop más naive y juguetona. Se enriqueció con todos ellos y logró con esto la inmortalidad que las mentes más lúcidas, de una generación tras otra, renuevan con votos de reconocimiento.
VIDEO SUGERIDO: The Monkees – She, YouTube (TheMonkees608)
Dada la escasa información que hay sobre Paul Biegel, un importante escritor holandés, me gustaría escribir lo siguiente al respecto. Biegel nació el 25 de marzo de 1925 en Bussum, una pequeña localidad hacia el este de Ámsterdam utilizada regularmente como ciudad dormitorio y como lugar para acampar, como el benjamín de una familia de nueve hermanos.
Al terminar el bachillerato quiso ser pianista, pero reprobó reiteradamente los exámenes de entrada al conservatorio. Durante una breve estancia en los Estados Unidos de la posguerra, publicó algunos artículos sobre la experiencia bélica en los Países Bajos en el Knickerbocker Weekly. De regreso en Holanda trabajó como editor de la revista Avrobode.
Dejó este empleo para dedicarse a escribir tiras cómicas para la editorial Marten Toonder. La concepción de tramas para la tira Kappie lo involucró de lleno con la escritura. Debutó como autor de literatura infantil con dos cuentos incluidos en una antología titulada Een heel bont boek (Un libro muy colorido), compilada por Harriet Laurey.
Sus primeros dos libros, De gouden gitaar (La guitarra dorada) y Het grote boek (El gran libro), fueron más bien ejercicios literarios. Sin embargo, sirvieron para que la editorial Uitgeverij Holland lo contratara como joven promesa. Desde entonces (1962) han aparecido en ella regularmente sus textos.
Obtuvo su primer éxito con Het sleutelkruid (La llave de hierba), por el cual ganó el Premio de Literatura Infantil de su país. En 1972 recibió La Pluma de Oro –mayor distinción literaria en Los Países Bajos– por el libro De kleine kapitein (El pequeño capitán) y varias menciones honoríficas por De twaalf rovers (Los doce bandoleros, 1971), mismo libro que al año siguiente obtuvo el Premio Nienke van Hichtum.
En 1973 recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil y posteriormente otros reconocimientos por Het olifantenfeest (La fiesta de los elefantes, 1974) y por Haas (Liebre, 1982). Debido a su popularidad varios de sus libros han sido adaptados en el país nórdico para series de televisión o radionovelas.
Además de escribir libros para niños, Paul Biegel también los traduce de diversos idiomas al holandés. Actualmente es padre de dos niños y vive a las orillas de un canal en Ámsterdam. La extensa obra de este escritor se distingue por su preferencia hacia lo bizarro, fantástico e inesperado; por su interés en los animales; su énfasis en detalles casi monstruosos y su originalidad en el uso del lenguaje.
En su obra, la antigua sabiduría del cuento de hadas se funde con elementos tomados del mundo moderno, en un nuevo tipo de cuento infantil. Condimentados con sentido del humor, un discreto espíritu burlón, una chispa de romanticismo y una pizca filosófica, sus libros muchas veces pueden ser disfrutados también por los adultos.
Biegel afirma no escribir conscientemente para niños. Se concentra en reproducir lo mejor posible la impresión que determinadas imágenes despiertan en él. El hecho de que sus cuentos atraigan principalmente a los niños se debe, según él, a su forma –el cuento de hadas–, que en la cultura occidental suele reservarse en exclusiva a ellos.
«La esencia del cuento de hadas muchas veces radica en la más profunda realidad humana –ha dicho–. La naturaleza del niño no está en el ser pequeño sino en el crecimiento. Nosotros no debemos acercarnos a ellos, sino ellos a nosotros. Entre más rodeamos a los niños con cosas de su propio tamaño, más frenos estamos poniendo a su desarrollo».
Los personajes de la obra de Biegel se acercan a las figuras clásicas de los cuentos de hadas: enanos, gigantes, princesas, pero sobre todo animales, muchas veces dotados de habilidades sobrenaturales. Hay que trazar paralelos inevitables con la obra de Tolkien, los hermanos Grimm y Andersen. Asimismo, es evidente la influencia de los mitos y las leyendas de todo el mundo, con aportaciones imaginativas y novedosas que poseen muchos puntos de contacto con la experiencia y la realidad, con los miedos y tensiones infantiles.
La capacidad poética de este autor se ha manifestado tanto en los innumerables versos y canciones contenidos en sus cuentos como en sus rimas infantiles que publicó, con ilustraciones del artista checo Adolf Zabransky; debido a todo ello se ha convertido en un clásico de la literatura holandesa, con una producción de más de 30 novelas e infinidad de cuentos publicados en diversas antologías. Su obra ha sido traducida a 12 idiomas, incluyendo el español.
El de 1968 no fue un año semejante para los países en los que hubo fuertes movimientos sociales. Ni en Berkeley, estadounidense, ni en Tokio, ni en Berlín, ni en París, ni en la ciudad de México, por mencionar algunos de ellos, estuvo en juego el poder político ni su ocupación entraba realmente en las expectativas de quienes llenaron las calles con sus protestas.
La única excepción real fue la capital checoslovaca, en donde un proyecto revolucionario exigía los cambios desde el poder mismo, consensuado por el pueblo.
A ese proceso se le conoció históricamente como La Primavera de Praga y comenzó el 5 de enero del ’68. Con ella el gobierno pretendió que el socialismo evolucionara hacia formas democráticas con el apoyo libre y voluntario de la ciudadanía.
Esto de ninguna manera estaba en concordancia con los intereses totalitarios del Soviet Supremo que, dirigido desde el Kremlin, envió el 20 de agosto a 200 mil soldados del Pacto de Varsovia y 5 mil tanques para invadir al país y poner fin de manera brutal a la intentona independentista.
Comenzó entonces la cacería de los que llamaron “agentes desestabilizadores”. Hubo juicios sumarios, asesinatos, detenciones, desapariciones y huidas al exilio de quienes corrieron con mejor suerte.
Entre estos últimos figuró la familia de Ivan Kral, la cual luego de una fuga casi cinematográfica pudo llegar a los Estados Unidos, establecerse bajo nuevos parámetros y enriquecerlos con los propios, traídos de su experiencia tras la Cortina de Hierro. Ivan llegó con 20 años de edad.
Su vida en la Unión Americana comenzó justo cuando estaban en su momento más álgido los disturbios estudiantiles en Berkeley, circunstancia que le permitió establecer comparaciones —un ejercicio que había aprendido de sus padres, artistas e intelectuales— y marcar sus criterios estéticos a futuro.
Se dio cuenta de que mientras en las capitales del Occidente europeo se gritaban eslóganes dirigidos contra el capitalismo, el imperialismo yanqui y la sociedad de consumo; en Checoslovaquia lo hacían contra el imperialismo soviético, no el americano; y en la propia Tierra del Tío Sam lo hacían contra la guerra de Vietnam, por los derechos civiles y con un enfoque contracultural.
Fue con este último que estableció su particular parámetro sobre el fenómeno mundial de 1968 y en él descubrió el elemento del cual todos se sustentaban: la juventud. Esa generación tenía un lenguaje común: el rock (el blues-rock en el Occidente europeo; el progresivo en el Oriente del mismo continente y el psicodélico en Estados Unidos). Así es que hacia esta música se encaminó.
VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – Dancing Barefoot (1979) Germany, YouTube (PretzelFarmer)
Ivan entró a la universidad a estudiar Sociología y Literatura Angloamericana, y se involucró luego de unos cuantos años en la rompedora escena neoyorquina de los años setenta, que culminó con el surgimiento del punk. Se convirtió en habitué del CBGB’s y a la postre en amigo y colaborador de la pionera del novel movimiento: Patti Smith.
Con ella, David Byrne y John Cale, entre otros —es decir, la inteligencia pura de los nuevos tiempos—, se embriagó de palabras, quizá la mejor y más bella forma de embriaguez. Se unió al Patti Smith Group como multiinstrumentista y compositor y de aquella unión surgieron temas clásicos como “Dancing Barefoot”, “Godspeed” o “Space Monkey”.
Cuando la Smith abandonó sorpresivamente los escenarios a finales de los años setenta, Ivan se uniría a Tom Verlaine y luego a Iggy Pop, con el que saldría de gira por el territorio norteamericano.
Empapado con toda esta experiencia energética volvería en los años ochenta a su natal Praga para hacer cine, grabar soundtracks, producir discos, convertirse también en fotógrafo y participar artísticamente en la Revolución de Terciopelo, el deslinde checoslovaco de la Unión Soviética.
Luego de la Perestroika de Gorbachov, la intelectualidad y el estudiantado checoslovaco pugnaron por la liberación de su país y la caída del régimen pro soviético. El movimiento culminó en 1989 con una huelga general con la cual el Partido Comunista abandonó el poder y el escritor Vaclav Havel accedió a la presidencia al frente del Foro Cívico. Un par de años después, la independencia se traduciría en el nacimiento de dos repúblicas, la Checa y Eslovaquia, como producto de la evolución política.
Mientras tanto, Ivan Kral había vivido la transición como profundo admirador del cineasta Milos Forman, como estudioso de sus compatriotas Franz Kafka y Milan Kundera y como divulgador de la conciencia rockera que pugnaba por un renacimiento espiritual, en la que había participado en la Unión Americana.
Al ser un ente creativo, como lo era, Ivan comenzó a expresar en la música y en las imágenes el ciclo que había vivido durante un cuarto de siglo en el exilio y en la recuperación de su país. Al cual llevó la actitud de los blueseros negros y el mensaje de Luther King, la música de la contracultura estadounidense y algunos de los nuevos parámetros de tal movimiento: cuestionar siempre cualquier enunciado y la inclinación por el lirismo poético.
Todo ello lo condujo a filmar documentales, escribir la música de películas como Foxfire (con Angelina Jolie como protagonista), el biopic The Story of The Ramones, Babe Wire y All Over Me, entre otras; a apoyar en la producción y composición a grupos como Lucie, The Mission, Telephone, Alias, The Destillers y al checo Miro Zbirka; a integrarse a bandas como Eastern Bloc y la de Noel Redding and Friends, y a grabar álbumes como solista.
Actualmente, Ivan Kral, alterna todas estas actividades entre Europa y los Estados Unidos, donde se ha construido un estudio doméstico en Ann Arbor, Michigan. Estéticamente, con su obra de más de una docena de discos, mantiene para sí aquellas consignas que enarboló junto a Patti Smith: evitar que el rock pierda su razón de ser, que caiga en manos sobrealimentadas o que se revuelque en un lodazal de aparatosidad, consumo y vacua complejidad técnica.
VIDEO SUGERIDO: Ivan Kral – Winner Takes All, YouTube (IvanKralVEVO)
A pesar de todas las restricciones que impidieron por mucho tiempo el acceso mayoritario de las mujeres a la escena jazzística mexicana, el amante de esta música puede encontrar una lista sobresaliente de féminas que han participado en el jazz desde la última parte del siglo pasado. Actualmente, ellas interpretan el jazz, lo graban, dirigen a grupos, componen, hacen arreglos musicales, producen álbumes, administran grupos y presentan conciertos, es decir, están involucradas en todo el proceso creativo.
Ejecutantes y compositoras. Aparecieron desde la segunda parte del siglo XX, pero, ¿quiénes son esas mujeres a las que desde entonces se reconoce dentro de la escena?
El jazz con ellas como protagonistas ha estado en el corazón de nuestro tiempo, en una realidad entonada con la voz o el piano primordialmente. Es el estallido de artistas apasionadas que han derramado su energía en tales instrumentos buscando la expresión conmovedora en la improvisación.
Uno escucha sus discos no tanto para saber cómo argumentan, sino para disfrutar con su transcurso en la construcción del argumento. Esta es una manera de defender un género, desde su esencia, que en general debe enfrentarse al anodino gusto mayoritario por otras músicas más conservadoras. Y buscar en él diversos ángulos en el panorama creativo. Es decir, las mujeres tienen en el jazz el mismo problema que los hombres en México: la necesidad de un público.
¿Quiénes son esas mujeres? Seres tratando de expresar sus emociones y sentimientos. Si hay algo que las haya caracterizado en él es su pronunciado individualismo, su dedicación y su deseo de que se les trate como lo que son: músicos profesionales. Las representantes contemporáneas siguen pidiendo que simplemente se les escuche.
La incertidumbre del fin de siglo y comienzos del nuevo, parece afectarlo todo. El jazz, por supuesto, no se abstrae de ello. En este periodo han cambiado radicalmente las condiciones económicas, sociales y hasta ambientales del mundo. Las artísticas también, por supuesto. Ante la dispersión de los elementos y la mediatización de los gustos, se impone un cambio en la forma de entender al jazz, con la mente abierta a los nuevos sonidos. Ellazz (.mx) es un libro que reúne sus palabras, conceptos sobre el género, sus iniciaciones, su devenir, sus historias, y con él he buscado participar en la divulgación de dichos conceptos.
*Esta es la introducción al libro Ellazz (.mx), que aparece en la Editorial Doble A y cuyo contenido seriado he publicado periódicamente en este blog.
En 1967 los Monkees estaban en el pináculo de su fama. El productor Don Kishner había fabricado a este grupo angelino para enfrentarlo a los Beatles y su desmedida popularidad en detrimento del mainstream doméstico. Lo hizo con las armas de la televisión (con un show semanal), el humor y con los mejores compositores del Brill Building: Carole King, Neil Diamond, Tommy Boyce y Bobby Hart, entre otros. El éxito se dio durante dos años.
La influencia de los Monkees fue manifiesta en muchos sentidos. En lo musical algunos de sus temas fueron retomados por los grupos de garage para interpretarlos o como referente dentro de sus propios repertorios, como en el caso de los texanos The Sparklees.
The Human Beinz fue una banda psicodélica formada en Ohio por el cantante y guitarrista Richard Belley, y que saltó a la fama realizando versiones de los grupos de la Ola Inglesa como los Them, Yardbirds y los Who. Su logro mayor ocurrió con la adaptación que hicieron de un tema de los Isley Brothers: “Nobody But Me”.
Strawberry Alarm Clock fue un producto netamente psicodélico de 1967. Con un futuro prometedor se conformaron únicamente con un one-hit wonder que llegó a las listas de pop singles a fines de año. De cualquier modo quedaron para la historia en dos películas notables: Psych-Out de Jack Nicholson y El Valle de las Muñecas de Russ Meyer.
De la localidad de Los Altos, en California, fue la Chocolate Watchband, un grupo de garage punk muy influenciado por el rhythm and blues británico (Rolling Stones, Animals, Yardbirds) y por la psicodelia reinante en aquella zona. Sus enérgicas actuaciones en vivo les valieron gran cantidad de fans y la grabación de tres LP’s para la posteridad.
Music Explosion, grupo de garage de la ciudad de Mansfield, Ohio, se inició en la música como remedo de la Invasión Británica. Luego se convirtieron en masa moldeable para los productores de la corriente conocida como Bubble Gum. Los compositores John Carter y Ken Lewis les arreglaron la versión de ·Little Bit O’ Soul” que llegó a las listas.
La corriente hoy conocida como garage proto punk tuvo en aquel 1967 muy buenos representantes. Uno de ellos fue Unrelated Segments, surgidos de la metrópoli que daría más de que hablar en este sentido: Detroit, Michigan. El salvajismo y la exuberancia sonora que caracterizarían a dicha ciudad están presentes en tal grupo.
Otra banda de garage proto-punk y pop psicodélico fue The Electric Prunes, procedente de la ciudad de Los Ángeles. Su música se caracterizó por sus originales experimentaciones lisérgicas, su pesadez rítmica y sentido de la melodía. Pieza fundamental para el grupo fue el productor Dave Hassinger, quien había trabajado para los Rolling Stones.
En la actualidad a algunas manifestaciones del rock de garage sesentero se les considera como proto-punk, ya que influenciaron de manera definitiva a los grupos punk de las siguientes décadas, con su poco elaborada música compensada con mucha distorsión, pasión y energía.
VIDEO SUGERIDO: The Chocolate Watchband – Sweet Young Thing, YouTube (garageband66)
Contar la hilazón de un disco a partir de anécdotas lo coloca a uno muchas veces en el reverso de cualquier relato al respecto. Los pequeños detalles se convierten en puntos cardinales capaces de reorientarnos en el más adverso de los terrenos, hasta legar al origen de todo.
El conglomerado Superorganism (que se define a sí mismo como “un colectivo artístico que se ha juntado para hacer cosas creativas”) habita en dicho reverso desde antes de su fundación como tal, cuando empezó a tantear con el lenguaje artístico ese lado inmaterial que tienen las cosas por Internet: lanzar una idea, esperar su asimilación, colaborar a larga distancia, asentarse en un sitio, cambiar de piel, poseer el tiempo con un nuevo nombre.
En esta era digital ya es posible andar incluso antes de haber nacido. Así lo demuestra este colectivo. A través del intercambio de materiales sonoros entre internautas multinacionales (Reino Unido, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda) se configuró lo que primero sería el grupo The Eversons. Entre sus miembros estaban Mark Turner (Emily), Christopher Young (Harry), Timothy «Tim» Shann (Tucan), Blair Everson (Robert Strange), B, Ruby y Earl Ho (Soul).
Un grupo, que sin conocerse en persona, intercambiaba canciones y otras sonoridades por la red, hasta que un día decidieron que tenían que verse. Tras ello fundaron tal aglomerado y tomaron la decisión de mudarse todos juntos a la capital inglesa en el 2015, lugar que les brindaría mayor exposición.
Han confesado que se mueven bien en la Web por su alta capacidad de conectar con el lado abstracto del mundo y las pequeñas revelaciones que circulan por él. “Cuesta un poco verlas, pero si te concentras en lo tuyo las encontrarás”, dijeron. Circunstancias que tuvieron un ancla en la realidad y otra en la memoria de sus PC’s, y que les funcionó como una brújula.
Así fue. Tuvieron mayor exposición. Con un pop sin mayores expectativas reunieron en torno a sí a un buen número de fans, el cual creció con su gira por Japón. Uno de los beneficios de ésta fue la de reunirse con otra internauta que había mantenido conversaciones con ellos desde hacía tiempo: Orono Noguchi (luego OJ), quien le ponía voz y otros detalles a sus composiciones.
Le dieron la opción de unirse a ellos, lo cual aceptó. De tal manera surgió el nuevo camino con el nombre de Superorganism. Y como una comuna del siglo XXI, ubicada en un lugar entre la Factory (“Everybody Wants To Be Famous”), sin sus oscuridades, y el San Francisco sesentero, con sus psicodelias (“Something For Your M.I.N.D.”), comenzaron a vivir juntos en Londres y a armar el material que los daría a conocer.
Merodeando, pues, en ese el lado inmaterial de la red, se crearon un espacio y un proyecto. Y lo hicieron con empatía y aceptando la posibilidad de la equivocación o del fracaso, pero sin miedo. Su material expositivo funcionó como un texto nuevo que volvía sobre ideas que habían aparecido entre sus anteriores chats.
Hacer lo que hicieron, pasar de la abstracción de una idea a la materialización de una forma, les vino de su formación tecnologizada, pero con criterio, capacidad de análisis y responsabilidad con lo que iban a crear: pop-art. Realizaron un gran ejercicio de autogestión y de autocrítica y generaron entonces su oportunidad, la de formar parte de aquellos artistas que, al presentarnos obras concretas, proporcionan igualmente herramientas para escuchar parte de la actualidad en la que vivimos (“Nobody Cares”, “It’s All Good”).
Las suyas son precisas, livianas, rigurosas y divertidas (“Reflections on the Screen”). Son artistas volcados en pensar la rítmica entre la palabra y su sonido, con el material más cercano, portátil y económico que existe en una de las vertientes, quizá la más inteligente, de la escena musical más joven.
Su track sencillo, Something For Your M.I.N.D., llegó los oídos de Frank Ocean, figura del hip hop que los divulgó de manera entusiasta por las redes sociales y a través de su programa de radio, lo cual les sirvió de plataforma para llegar a un público numeroso. La masiva exposición los llevó, de tal suerte, a ser elegidos para aparecer en el soundtrack del videojuego FIFA 18. Asimismo en el interés del sello Domino, la compañía discográfica de Arctic Monkeys y de Franz Ferdinand.
Con dicho sello apareció entonces el homónimo álbum Superorganism (en el 2018). En él muestran una obra diferente para el medio en el que están inscritos (indie pop, synth pop), de manera que resulta espaciosa su propuesta. Una decena de piezas en las que el grupo trabaja con varios formatos, enseñando la amplitud de su propuesta.
Lo que a mí particularmente me interesa de este grupo es el procesamiento de los tracks, su manera de extraer la médula de otros formatos y estructuras musicales, y al mismo tiempo su forma de disolverse en la mezcla sin perder personalidad. Superorganism, el disco, es como adentrarse en su laboratorio y con aquella mencionada brújula obtener un punto de partida para discernir su orientación.
Como dije, el álbum se compone de diez piezas cuyos textos se pueden seguir en el booklet anexo, son cápsulas tan diversas como un paisaje urbano, con sus áreas verdes e imaginería desatada. La paleta sonora se recrea en la construcción de pequeñas postales Instagram, ligeras pero estables, hechas con materiales básicos del techno para armar cada contexto de temas como la fama, la indiferencia, las pequeñas pantallas móviles y la noche como campo de diversión. Los miembros, que intercambian su protagonismo, buscan hacerse de un sitio en tal paisaje.
En escena, por otro lado, su presentación es del todo original y expresiva. Aparecen los integrantes, de diversas edades, con los rostros maquillados ostensiblemente y fulgurantes y coloridos impermeables. Lo que sigue es hacer sonar unas campanillas, como si fuera la tercera llamada para una sesión de teatro infantil. ¿Todos listos para la función?
Algunos de ellos, que resguardan sus cabezas bajo las hoodies (capuchas) hacen el papel de coristas y bailarines desaforados, que no dejan de moverse y crear con ello una dinámica ágil y expansiva, e igualmente agitan panderos adornados con tiras multicolores, como si se los hubieran rescatado de una fiesta popular de cualquier esquina del mundo.
Luego se da uno cuenta de que está ahí, sin parecerlo, la figura frágil, aniñada y diminuta de Orono (que en este momento, en esta actuación, la originaria de Tokio, tiene 19 años, pero nadie juraría por ellos), con sus rasgados ojos resguardados tras unos lentes especiales para ver películas en 3D. Todo muy lúdico.
Lo demás es pop del bueno, del hecho con inteligencia, con afanes de más sonido art que el que propicia la caja registradora de otros y otras exponentes del género. Por lo mismo uno disfruta de ellos, de su propuesta, porque en ella hay el encanto de lo fantasioso, de lo multi en varios de sus sentidos: cultural, color, racial, nacional y, sobre todo, con la apropiada dosis de liviandad que pedía Kundera.
Su puesta en escena da para más de una noche de diversión. Su disco para ser visitado una y otra vez y su planteamiento expresivo, para pensar en esas cosas que en momentos de incertidumbre sirven de anclaje para la vida cotidiana. Para sobrellevar el absurdo.
Con ese paraguas, ese impermeable, ese afecto producido por una canción, una atmósfera, alguna niñería, el amor (por supuesto), las gratas memorias, el relajamiento…Porque Superorganism trata de eso: de cómo nos orientamos y habitamos este mundo con una brújula obtenida de una máquina de dulces.
VIDEO SUGERIDO: Superorganism – Something For Your M.I.N.D. (Official Video), YouTube (Superorganism)