Dentro del ambiente musical jazzístico hay un elemento omnipresente, asumido, que habla de la finitud de las cosas. Se trata de la fugacidad. Hay amores, momentos y amistades fugaces. El alimento evanescente de los músicos se da justo ahí. En el jazz es aún mayor la constante por tratarse de la esencia misma de sus contenidos. Los amores quedan casi siempre inscritos en los nombres de las piezas; en la selección de los materiales a interpretar; los momentos se reflejan en el estilo, en las formas, mientras que las amistades producen discos, obras, interpretaciones memorables algunas veces. El caso de Angel of Scissors, del Olivia Revueltas Trio, es de estos últimos.
La historia de este trío tiene una parte trágica pero también la gloria de la fugacidad productiva. Representó el contacto de una leyenda del jazz como Billy Higgins con un virtuoso como Roberto Miranda y el espíritu sensible y luchón de Olivia Revueltas. Baterista estadounidense, bajista de origen puertorriqueño y pianista mexicana, una combinación sui géneris provocada por los vasos comunicantes de la música y la amistad. La reunión se dio en 1998 en el World Stage, un lugar en el que el mundo se aglutina para escuchar la música de los exponentes del barrio afroamericano de Los Ángeles, California. Ahí tuvieron el primer contacto y se entrelazaron en la eternidad. Las manos en los tambores, en las cuerdas, sobre las teclas, hablaron y se reconocieron en la música, en el jazz. “¡Hagamos un disco!”, fue la sugerencia emocionada de Higgins. Y los hicieron, porque fueron dos.
*Fragmento del texto Olivia Revueltas, publicado por la Editorial Doble A.
Con los conceptos que trajo la novela negra, las posibilidades del género comenzaron a expandirse en las más variadas direcciones, y a ofrecer imágenes que encarnan la mentalidad de un universo pleno de miedos. Uno de ellos resulta del sueño de la evasión heroica contemplado por las novelas de espionaje que aparecieron durante la Guerra Fría.
A los viejos elementos que constituyen la novela policiaca clásica se les agregaron otros: el clandestinaje, la crueldad y la rebeldía. Nuevos atractivos para proporcionar nuevas emociones. Los mecanismos del género pueden dar cabida casi a cualquier conjunto de creencias políticas, precisamente porque éstas sólo constituyen una delgada capa, presentada dentro del campo ideológico de una determinada sociedad en un momento determinado. En este contexto, sobresalen autores como Ian Fleming, Peter Chayney y John LeCarré.
Por otro lado, autores como Friedrich Dürrenmatt (1921-1990) introdujeron al género el azar, que desbarata cualquier trabajo de investigación y en el cual no se puede prever la conducta de una persona. El racionalismo de la historia detectivesca se enfrenta con una filosofía pesimista en la cual el proceder metódico no puede esperar nada.
La casualidad es elevada a la categoría de providencia sustitutiva «para demostrar –según el investigador R. Waldmann– la debilidad del hombre y de su razón […] para colocar al hombre en la posición de impotencia absoluta frente a Dios”. El propósito cripto-religioso ha sustituido al cliché racionalista por la irracionalidad casi absoluta.
La novela policiaca avanza así por caminos intrincados, en los que el hecho criminal y sus consecuencias se hallan en medio de una sociedad que es vista como una densa red de relaciones demenciales, en las cuales la complejidad irresoluble del suceso se presenta al lector como fatalidad colectiva dentro de la cual inocentes y culpables están unidos como condenados. Los intentos moralistas de ordenación no valen, y menos manteniendo simples alternativas de Bien y Mal. El lector finaliza la novela no con categorías estabilizadas, sino estremecido por la realidad con la que se acaba de encontrar.
Patricia Highsmith aportó al género criminalístico su interés por la génesis, la realización y las consecuencias del hecho. La autora planteó en sus obras la pregunta de cómo un hombre aparentemente inocuo llega a convertirse en asesino, y por eso lo investiga dentro de un marco psicoindividual que busca dar cuenta de un proceso de transformación que se inicia con una historia de traumas, debilidades, deseos y miedos causados por las cargas y los desafíos de un hostil medio ambiente.
La normalidad constituye el punto de partida original, pero ésta resulta engañosa durante su devenir: nunca se restablece. Según esto, la conducta humana debe juzgarse de otra forma. Tiene un lado social adaptado, pero también tiene otro que está oculto y en frecuente contradicción. Después de todo, «¿no existimos constantemente en distintas personalidades parciales, y no nos desgarran las contradicciones?» La psicología se ha convertido en un nuevo campo para las aventuras y se explota en la consecución de placer. Estamos dentro de un territorio en el cual uno puede ser sorprendido por lo inesperado durante el proceso de transformación del hombre común en asesino.
La contraparte de ello es el punto de vista de la víctima, en el que fracasan todos sus esfuerzos por descifrar el enigma y así se convierte el objeto del crimen. Esto también ha creado otro conducto de la novela policiaca, cuya teoría y modelos proceden de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, y en la que Sebastien Japrisot ha proporcionado interesantes ejemplos.
Escriben los primeros: «Se es víctima porque uno busca inútilmente la verdad y porque ciertamente la verdad con que se tropieza no es la auténtica, y así sucesivamente […] y uno se equivoca más cuanto más reflexiona. La novela policiaca, en lugar de registrar el triunfo de la lógica, tiene ahora que solemnizar la bancarrota del pensamiento y, por eso, su héroe es la víctima”. La tensión que surge de ello es la expectativa hacia algo cuya naturaleza no se conoce y en el cual el desciframiento se convierte en un proceso que se va volviendo fantástico y escalofriante, pero que se desarrolla en medio de la realidad cotidiana, embrujándola poco a poco y conduciendo al lector, junto con la víctima, a los límites de la inteligencia y la realidad.
En los ejemplos de esta teoría (Trampa para Cenicienta, Los muertos deben callar, Los rostros de la sombra, Departamento para un suicida, Maleficios, etcétera) el personaje principal es —al mismo tiempo— detective, testigo, autor y víctima o incluso un espacio abierto para la construcción de una vida según los intereses discrecionales.
De esta manera, los autores deben demostrar que todo ha sucedido conforme a la realidad, pero igualmente la novela tiene que mantener, incluso después de la solución del enigma, el aura poética que debe a ese enigma. Según los autores, el lector exige de los escritores «una combinación de sueño y realidad para una suprarrealidad […] el mundo real debe mezclarse con fenómenos inexplicables.
A través de la novela debe soplar el aliento de lo maravilloso emparejado al desconcierto y al miedo”. De esta forma, la identidad se convierte en el punto de ataque preferido, se descubren nuevas situaciones para desarrollar la desaparición de toda certeza, y se abren nuevos y grandes espacios para incrementar la experiencia literaria.
*Fragmento de la introducción al libro El Lugar del crimen, de la editorial Times Editores, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
El lugar de crimen
(Ensayos sobre la novela policiaca)
Sergio Monsalvo C.
Times Editores,
México, 1999
ÍNDICE
Introducción: La novela policiaca, vestida para matar
Edgar Allan Poe: La poesía en el crimen
Arthur Conan Doyle: Creador del cliché intacto
Raymond Chandler: Testimonio de una época
Mickey Spillane: Muerte al enemigo
Friedrich Dürrenmatt: El azar y el crimen cotidiano
Patricia Highsmith: El shock de la normalidad
Elmore Leonard: El discurso callejero
La literatura criminal: Una víctima de las circunstancias
Miles Davis fue el creador del jazz moderno. Sus exploraciones musicales comenzaron en los cincuenta y prepararon la escena para la explosión vanguardista de las siguientes décadas.
Fundó varias de las corrientes importantes aparecidas en el jazz y logró con su música y visión atraer, instruir y engendrar a un número sin precedentes de jazzistas de las generaciones recientes.
Su sonido se caracterizó por el tono solitario, amortiguado e introspectivo de la trompeta, el estilo neobop rápido y furioso y el gradual alejamiento de las progresiones y armonías tradicionales hacia un sonido modal más abierto, siendo el primero en usar éste dentro de un marco de improvisación completamente libre.
Asimiló las influencias del rock y comenzó a utilizar instrumentos eléctricos dentro del jazz para cimentar el nuevo estilo conocido como jazz-fusión y modificar todo el espectro del jazz actual.
Integró igualmente excursiones polirrítmicas con tendencias hacia el funk duro. Para él, los músicos debían tocar los instrumentos que reflejaran mejor los tiempos que vivían, aprovechar la tecnología capaz de darles lo que querían oír.
Con el tiempo hizo que el sonido de su trompeta se fundiera con diversos géneros y era lógico que abrazara también el hip hop. Un paso acorde con su desarrollo musical.
Miles tuvo fe ciega en la música sin fronteras ni límites hacia dónde crecer o dirigirse. Nunca existieron restricciones para su talento. La buena música se distingue, sin importar el tipo. Por eso odió las categorías cerradas, sabía que no deben tener lugar en la música.
VIDEO SUGERIDO: Miles Davis – Kind of Blue – All Blues, YouTube (bprmartins)
Una de las aportaciones del rock a la cultura ha sido la de conectar a quienes trabajan en toda actividad estética y con ello creado sonidos, canciones o álbumes afines y alianzas artísticas en todo el mundo. Y lo ha hecho ya sea en un disco, en un track en particular o en la escenografía de un concierto. Ha conectado con aquellos que se han pasado la vida resolviendo sus misterios o belleza en alguna de sus formas, dentro de sus disciplinas individuales o conjuntas (humanistas o científicas), ya sea influyéndolos o siendo influido por ellos.
El resultado de tal encuentro ha producido sonoridades capaces de sacar al escucha de sí mismo y conducirlo a diversas dimensiones mentales, reflexiones existenciales o sensaciones en movimiento. Las obras creadas en este sentido son Arte-Factos culturales, aventuras en el microtiempo, las cuales requieren de la entrega a un flujo musical que enlaza una nueva expansión del quehacer humano con la experiencia auditiva en las diferentes décadas, desde mediados del siglo XX hasta el actual fin de la segunda decena del XXI.
El arte es la utopía de la vida. Los músicos rockeros de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de tales adecuaciones. La indagación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera búsqueda expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales, rizomáticas, en relación con sus exigencias estéticas y vivenciales.
Acompañando tales conceptos he creado las fotografías para que fungieran como ilustraciones en las portadas de los diferentes volúmenes. A éstas las he publicado de manera seriada e independiente bajo el rubro “Arte-Facto” de la categoría “Imago” del blog Con los audífonos puestos.
*Introducción al volumen Arte-Facto (VIII), de la Editorial Doble A, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos Puestos bajo esa categoría.
El cine y el jazz se desarrollaron como géneros artísticos desde los primeros años del siglo XX. Entre el final de la I Guerra Mundial y el inicio de la era sonora en el cine la época estuvo marcada por el jazz y otras músicas sincopadas, que desempeñaron un papel persuasivo e influyente en el trastorno social que sacudió la cultura estadounidense.
Su terreno eran los speakeasies, clubes nocturnos que pertenecían a los gangsters y eran frecuentados por ellos, además de los casinos, tabernuchas, burdeles y salones de baile baratos. Se le consideraba bajo en lo social y lleno de implicaciones eróticas, vulgar, agresivo y poco estético. Pero, igualmente fresco, liberador y desinhibido.
Asimismo, se le veía como un aspecto fundamental del nuevo espíritu de la época y se convirtió en el perfecto acompañamiento musical de los años veinte, que al poco tiempo se conocieron como la «era del jazz». Por lo tanto, resultaba natural que el cine se remitiera al género a fin de corresponder al nuevo estado de ánimo de su público. Hollywood percibió de inmediato el potencial de las películas que lo reprodujeran…
*Fragmento extraído del libro Cine y Jazz, de Ediciones sin nombre.
Aunque el instrumento y su nombre descendía del África Occidental (fabricado generalmente con madera de Senegal) y había viajado en los barcos negreros en su forma primitiva, arraigándose en el sur de la Unión Americana —de donde proceden sus más remotas referencias escritas en el siglo XVII, y donde se industrializó hacia 1880–, el banjo era identificado con los opresores blancos en los años entre siglos.
Esta situación se debía a que al ser introducido en los montes Apalaches se convirtió en el emblema de la música hillbilly y el bluegrass, con el que en aquellos tiempos se cantaban baladas insultantes contra los niggers entre los campesinos y los montañeses blancos.
El instrumento perdió con esto gradualmente su popularidad entre los negros afroamericanos, y a pesar de que llegó a participar en las primeras agrupaciones de dixieland y en las jugbands no partió a la postre con los músicos en su periplo de la alborada del siglo pasado.
Con la evolución del jazz y del blues, el banjo quedó arrinconado en la zona de la historia donde aún se festejaban las piezas de Stephen Foster (“Oh Susanna”) y sus versos discriminatorios o en los minstrel shows donde los actores blancos se tiznaban caras y manos con corcho quemado para parodiar las conductas y cultura negras con su tañido.
Los músicos negros que se fueron del Sur, a principios del siglo XX, llevaron al blues y al jazz rumbo a las ignotas tierras norteñas sin tal instrumento, sin su imaginería ni uso oprobioso y canalla. Lo abandonaron a pesar de ser sólo un instrumento “inocente”, víctima de las circunstancias. Pero abandonaron por igual toda la cauda infinita de sus sonoridades.
Su bagaje contenía nombres de virtuosos y universos varios cuya estela quedó reducida territorialmente. La orfandad lo obligó a desprenderse del lastre racista que lo había confinado y reducido a una vida de paria, lo mismo que a aprender de todas las influencias estilísticas locales, a estudiarlas e incorporarlas a su repertorio.
La experiencia lo enriqueció con el paso de los años y hoy, cien años después, su uso se ha extendido a diversos géneros y mantenido abiertas las puertas a nuevas incorporaciones. La música tradicional estadounidense, con The Carolina Chocolate Drops, lo ha encumbrado artísticamente y hasta dotado de premios y reconocimientos.
El ejemplo más reciente donde el banjo lleva el papel protagónico, acompañado de vecinos instrumentales típicamente norteamericanos (como el fiddle o el kazoo), es el de este grupo, que con un ingenioso juego de palabras en su nombre (el lugar, el color de la piel y su goteo) expresan y ubican su quehacer contemporáneo.
The Carolina Chocolate Drops es un conglomerado de intérpretes jóvenes afroamericanos que han puesto a géneros como el bluegrass, old country, jug, dixie, country blues, “jass”, jug music y folk tradicional (de origen europeo), en la proyección hipermoderna del siglo XXI, una época en la que conviven y se retroalimentan sin cortapisas distintas eras.
Por otro lado, está Béla Fleck, quien se ha creado su propio nicho en el mundo de la música como líder de los Flecktones. Es virtualmente el único banjoísta que interpreta una mezcla de fusión, jazz de vanguardia y bluegrass.
Desde 1989, con la fundación de los Flecktones, ha tendido más hacia el jazz. Hoy por hoy está recreando el papel del banjo en la misma forma en que Charlie Parker redefinió el del saxofón. Fleck está a la par con el resto de su innovador cuarteto: Howard Levy extrae semitonos cromáticos de su armónica, Victor Wooten toca cadencias de banjo en el bajo y Roy «Future Man» Wooten interpreta un sintetizador guitarrístico con máquina de ritmos. A pesar de toda la pompa no hay grandes pretensiones: el oficio extraordinario del grupo garantiza que el producto sea accesible y que todo mundo pueda seguir la melodía sin perder un gramo de la admiración.
VIDEO SUGERIDO: Béla Fleck – Round Rock (live), YouTuve (Béla Fleck)
La amplia, expansiva y omnipresente cultura del rock –cuya ontología romántica arranca desde su hace más de dos siglos, prosigue hasta el devenir histórico-instrumental de la guitarra como soporte físico y derivados genéricos, y que les causa escozor a los conservadores ideológicos de toda ralea– comenzó con el rock & roll clásico, el de los años cincuenta,el cual fincó los cimientos.
El rock significa, en primera y última instancia y para siempre, la búsqueda de lo elemental y lo intuitivo en la música. Cuando los jóvenes blancos de los Estados Unidos descubrieron su música en el rhythm and blues negro de aquellos años cincuenta, abrazaron tanto la intuición, como la actitud, y su rítmica como virtud, como la raíz de su historia y mítica genérica. Y lo hicieron de modo voluntarioso, selectivo y con causas como razones, pero con el nuevo nombre de Rock & Roll y con nombres como los de Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Gene Vincent, et al, como estandarte.
*Fragmento de la introducción al libro Mitología del Rock (II), publicado por la Editorial Doble A, e igualmente online a través de varias entregas en el blog Con los audífonos puestos.
VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley – Hound Dog 1956 LIVE, YouTube (TheGeopard00)
Ella era una mujer con ambiciones, poseedora de una belleza que magnetizaba. Alguien también que aparentaba tener un dinero que no poseía, que viajaba en taxis e iba a fiestas elegantes, pero siempre llevaba el mismo vestido negro, aunque con distintos accesorios.
Su nombre: Holly Golightly, una escort (mujer remunerada como acompañante para eventos sociales, es decir, a la que un cliente paga por acudir con él a reuniones, fiestas, salidas a otra ciudad, etcétera. El servicio suele incluir sexo, aunque no siempre, en cuyo caso, se da bajo consentimiento, y no como parte de la contratación. Una forma de prostitución, finalmente. En la mayoría de los casos, el cliente de este servicio busca acompañamiento femenino para acudir a cenas o eventos de negocios. En español se les conoce como “chica de compañía”).
Ésta scort quería subir en la escala social, y sin embargo no prosperaba en tal intención. Ni habiendo dejado atrás su lugar de origen, esposo, familia y nombre original: Lullamae, el cual había cambiado por el más sencillo de Holly.
Para el escritor Truman Capote, el creador de este personaje varado en mitad de Nueva York y cuya estela empieza a oler a manjar pasado, Golightly, la protagonista de Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con diamantes, en su versión al español), tenía primeramente el rostro de Marilyn Monroe, y los encargados de su adaptación al cine lo tenían muy claro: Marilyn era la actriz para ello.
Sin embargo, Lee Strasberg (profesor de actuación de la actriz) le señaló a su protegida del peligro que entrañaba encarnar a una mujer semejante. Ella rechazó el papel. Los productores del drama barajaron otros nombres y finalmente, tras descartar a Jean Seberg y a Kim Novak, volaron a Suiza para contratar a Audrey Hepburn.
Ella, por su parte, aceptó el papel, pero pidió el cambio de director. Por lo tanto, adiós a John Frankenheimer (el cual había destacado por la reciente dirección de The Young Savages), y bienvenido Blake Edwards.
Breakfast at Tiffany’s era, para empezar, una novela, muy buena, del mencionado Truman Capote; después fue una excepcional película, un regalo para el cinéfilo, una oda a la belleza de Audrey Hepburn y a su talento. Porque con sólo un bonito rostro, y ella lo tenía, no se puede componer un personaje tan complejo, tan rico en matices y dolor como el de Holly, que empieza a enamorarse de su nuevo vecino, encarnado por George Peppard, un escritor (y gigoló) que, desde luego, no le servirá para ascender.
La novela se desarrollaba en 1943, la versión cinematográfica en los años sesenta, y quien tomara esa decisión para acercar la historia a un tiempo más liberal acertó… aunque el flirteo de Holly con la bisexualidad se borró del guion (al igual que la claridad sobre su trabajo, su aborto, su afición a la marihuana) para someterse a la censura que permeaba en aquel tiempo.
Hepburn históricamente es uno de los rostros más famosos del cine, y Breakfast at Tiffany’s, uno de sus trabajos determinantes. Hoy en día, en la memoria colectiva mundial, además del inicio ante el escaparate de la famosa joyería Tiffany’s, resuenan los ecos de “Moon River”, la canción que Henry Mancini escribió ex profeso para la película: una mujer con una guitarra y el pelo recién lavado en una ventana. Pocas imágenes describen también el desamparo, la soledad y, a la vez, el afán por sobrevivir.
El cine siempre ha recurrido a la música para que expresara, tradujera, exaltara, aclarara lo que le estaba ocurriendo a los sentimientos de los protagonistas o los que flotaran en el ambiente.
Ahí es otoño, con sus nubosidades, sus ambientes ambarinos y sus aromas a calles mojadas. Es una época que estimula la introspección, no tanto quizá como lo hace el invierno, sino con un dejo de suave melancolía. ¿Y qué es el otoño en la vida sino eso mismo? Pero ¿cómo se refleja esto en la música de una película?
Hay canciones de amor que parecen no serlo, sus letras, que gustan por su secreto atisbo de profecía y otras porque copian e iluminan las vivencias de la gente. Unas llegan a las vidas de las personas mucho antes de que descubran, experimenten y comprendan lo que allí se nos cuenta y las otras parecen inspiradas en la propia historia individual.
Al final, las dos formas parecen creadas y cantadas para cada uno de los escuchas. Están ahí, han llegado para quedarse por motivos superiores a todos y forman parte esencial de la banda literaria y sonora de la vida común.
La pieza central del soundtrack, de la banda musical de la película Breakfast at Tiffany’s, es “Moon River”, tema compuesto, arreglado y dirigido por Henry Mancini, con la lírica de Johnny Mercer. Ambos, Mancini y Mercer, reconocidos autores por su trabajo en general, ganaron el Óscar en 1961 a la Mejor Canción Original por dicha canción.
Moon River y Mancini también ganaron el Óscar al Mejor Soundtrack Original. Mancini, a la postre, contó así la historia del nacimiento de tal composición: “Por entonces, había visto la obra musical Funny Face, con Audrey Hepburn. Luego de ver la secuencia en que cantaba ‘How Long Has This Been Going On?’, de George Gershwin, me vino a la mente una melodía que estuviera adoptada a su limitado rango vocal. Cuando la tuve clara me dirigí inmediatamente al piano para tocarla”.
VIDEO SUGERIDO: Breakfast at Tiffany’s (3/9) Movie CLIPS – Moon River (1961) HD, YouTube (Movieclips)