BLUES: DOCE HITOS DEL SIGLO XX (BESSIE SMITH)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BESSIE SMITH (FOTO 1)

 

(LA EMPERATRIZ)

 

Salvo muy contadas excepciones, el blues de principios del siglo XX había sido un terreno mayoritariamente masculino. En la región del Delta del Mississippi, las mujeres que practicaban este género musical lo hacían en privado o cantando en las iglesias composiciones que posteriormente pasarían a formar parte del repertorio gospel.

Sin embargo, a las mujeres negras les atraía el blues sin remedio, ya que sus intérpretes eran hombres con un fuerte atractivo «diabólico» fomentado por las leyendas populares, los sermones dominicales, por el sonido de sus guitarras y armónicas y por el hecho de que siempre llevaban en los bolsillos algún dinero con el que podían invitarles un antojo o hacerles un regalo. En resumen, era un grupo de hombres que destacaba sobre lo que ellas acostumbraban ver en las plantaciones, su único entorno.

En comparación con los blueseros las desventajas para la mujer que cantaba en público eran abundantes. Ellos no sufrían las agresiones sexuales por parte de sus admiradores, podían cantar en las esquinas de las calles o al fondo de las barras en una cantina, y por supuesto podían tener una disipada vida sexual sin problemas, ya que sus continuos desplazamientos les permitían pasar desapercibidos.

En otro aspecto, pocas mujeres del Delta cantaban y componían el blues, ya que obviamente no tenían la facultad de vivir las experiencias de los hombres, y por lo tanto de «vivir» el blues.

Además, el hecho de que una mujer tocara el violín o la guitarra —instrumentos que inspiraban semejanza con el cuerpo de una mujer, complementado con un mástil como símbolo fálico— no era en absoluto bien visto… hasta que llegó la década de los veinte con Mamie Smith, Ma Rainey y desde luego con Bessie Smith, el arquetipo del bluesero encarnado en una mujer.

La existencia de Bessie Smith fue un conjunto de desastres. Ganó mucho dinero, pero lo gastó todo en los hombres a los que amó, en darlo a la gente que lo necesitaba o la engañaba con ese argumento, y en la bebida, que fue la encargada de proporcionarle innumerables problemas, los cuales reflejó en sus canciones.

Bessie nació en 1894, en un pueblo de Chattanooga, Tennessee. Nadie se hizo cargo de ella ni de sus hermanos tras quedar huérfanos, así que todo lo tuvo que aprender sola y muy rápidamente. En el poquísimo tiempo que le quedaba libre luego de trabajar en los campos, junto con sus hermanos se ponía a cantar para entretenerse. Clarence, el mayor de ellos, gracias a esta práctica se pudo enganchar en un show itinerante y nunca más lo volvieron a ver.

Sin la aportación económica de Clarence la familia zozobró, así que Bessie a la edad de ocho años, junto con Andrew, otro de sus hermanos, se lanzó a las calles con el objeto de ganar algún dinero para comer. Él tocaba la guitarra mientras ella bailaba y cantaba. El sentimiento que imprimía a sus interpretaciones era inusual para su edad, y tras dos años de andar en estos menesteres fue contratada por Ma Rainey, quien la escuchó y adoptó para su espectáculo. Rainey descubrió el soplo artístico que con el andar del tiempo cobraría fuerza y plenitud.

Fue Ma Rainey quien introdujo al blues a Bessie, a sus técnicas, le perfeccionó el estilo y la llevó con ella en largas giras por todo el sur de los Estados Unidos. Así que cuando cumplió los doce años ya era una cantante experimentada que buscó un lugar para sí misma fuera de la protección de Rainey.

Al abandonar la compañía de Ma Rainey, Bessie se incorporó a diversos conjuntos de variedades y cantó durante mucho tiempo en circos y espectáculos ambulantes por pueblos y ciudades también del sur de la Unión Americana. Corría el año de 1923 cuando fue «descubierta» por Frank Walker, director de grabaciones de la compañía Columbia Records, en un insignificante cabaret de Sela, en el estado de Alabama, y la hizo firmar un contrato de grabación.

BESSIE SMITH (FOTO 2)

El 17 de febrero de dicho año registró su primer disco, que incluyó dos temas que se han convertido en clásicos de clásicos (“Yellow Dog Blues”, “Down Hearted Blues”), los cuales se volvieron un éxito sensacional apoyado por las ventas de 800 mil discos. A partir de ahí Bessie llegaría a realizar 160 grabaciones y a conseguir de esta forma salvar de la bancarrota a la Columbia con las ventas de sus discos (durante su estancia con dicha compañía vendió más de 10 millones de copias). Por esa razón recibió el merecido título de «Emperatriz del Blues».

Apoyada por su éxito profesional y financiada por su creciente economía, Bessie se casó el 7 de junio de 1923 con Jack Gee, un patrullero de Philadelphia, donde había fijado su residencia. Poco después se trasladó a Nueva York para hacer su presentación en el Park Place y en el Kit Kat Club, dos lugares de prosapia en la vida nocturna de la Urbe de Hierro.

Transcurridos un par de años, tomó parte en la comedia musical titulada Pansy, representada en el teatro Belmont. En 1929 intervino en varios shows de Broadway, inclusive en el que subió a escena al amparo de su propia compañía denominada Midnight Steppers.

Durante esta década, el cinematógrafo reflejó su recia estampa en el cortometraje St. Louis Blues de 1927, dirigida por Duddley Murphy, y cuyo registro sonoro se trasladó luego al disco fonográfico. En 1928 grabó «Empty Bed Blues», acompañada del trombonista Charlie Green, canción que fue vetada en la ciudad de Boston por considerarla obscena.

Bessie Smith tenía una voz algo ronca que enfatizaba con una profunda tristeza incluso en las canciones más frívolas y humorísticas, y disfrutaba de una increíble facilidad para los compases vocales cortos. Cantaba como una figura representante de lo que su pueblo había vivido a través de siglos de esclavitud —de hecho mantenía una fuerte tradición afroamericana— y de las situaciones de marginalidad que experimentaron incluso después de la Guerra de Seseción. Es ahí donde su voz se hacía más desagarrada, con un toque de sentimentalismo en los momentos de mayor expresión.

A pesar de su disipada vida era una mujer con profundas creencias religiosas, creencias que solía trasmitir a su audiencia. En una época en la cual la gente no discernía claramente entre el spiritual y un blues, Bessie finalizaba cada una de sus interpretaciones con la palabra «Amén».

Porque algunos maderos se asomaron en alguna parte

bajo ajadas litografías burdeleras

con rostros de muñecas en el paraíso

Y porque hubo aquellos miedosos

que temían al escuadrón de la policía.

Porque hubo en alguna parte un hombre con camisa de seda,

grácil y peligroso como un jaguar,

y porque una mujer gemía para él bajo una penumbra de 60 watts

Y después lloraba

por su Amor Infiel Amor Traicionero Amor Indiferente e Irritante,

Porque ella salía al escenario con sus collares de perlas,

surgida como un gustoso panorama

Y su sonrisa dorada era un destello

Y cantaba

Porque ella salía al escenario con sus plumas de avestruz

y raso bordado de cuentas,

Y dirigía sobre nosotros el brillo de su sonrisa

Y cantaba

El ocaso de esta artista se inició al comienzo de los años treinta, lo cual coincidió con la ruptura de su matrimonio y su nueva vida al lado de Richard Morgan, un conocido gángster y contrabandista de alcohol.

En 1933 dejó de grabar debido a la escasa repercusión que habían tenido sus últimos discos. Luego se fue a cantar a algunos de los grandes teatros del norte del país. En 1936, junto con el pianista Fats Waller y la cantante Edith Wilson, figuró en el reparto de la comedia musical Connie’s Hot Chocolate. Entre sus últimas actuaciones dignas de mención se contó con su trabajo en los minstrels que realizó en Carolina del Norte durante 1937. Siempre volvió con sus giras a donde había comenzado, al profundo sur rural de los Estados Unidos.

Durante una de aquellas giras surcaba su automóvil la oscura noche de Mississippi cuando fue embestido por otro vehículo. Uno de sus brazos quedó casi desprendido del tronco. Durante largo tiempo, su cuerpo desangrante yació sobre la fría tierra del camino, hasta que por fin alguien la llevó a un hospital cercano. Pero era un hospital para blancos así que no la quisieron atender. Hubo que llevarla hasta Memphis en busca de un nosocomio donde se cumpliera con la obligación de salvar la vida de un ser humano que agonizaba. Era un hospital para negros, pero ya era tarde. En el camino, una de las mayores artistas populares que haya nacido en los Estados Unidos fallecía. Fue el 26 de septiembre de 1937, a los 42 años de edad.

Bessie Smith fue un símbolo. Una mujer negra que no sólo se hizo millonaria con su propio trabajo, sin que nadie le regalara nada en una sociedad dominada por hombres blancos. Fue una mujer que se dio el lujo, además, de ser explosiva, independiente, arrogante, bebedora, violenta, sexualmente promiscua, y sobre todo que se dio a sí misma la posibilidad de convertirse en cantante de blues: la más importante de la era clásica.

 

 

 

VIDEO SUGERIDO: Bessie Smith – St. Louis Blues (1929), YouTube (vintage video clips)

BESSIE SMITH (FOTO 3)

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PRIMERA Y REVERSA: PET SHOP BOYS

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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A pesar de ciertos momentos un tanto kitsch y de una tendencia a la repetición melódica, el grupo Pet Shop Boys merece ser considerado como una ramificación del más puro pop inglés, que tiene a los Beatles como modelo.

La búsqueda de la riqueza armónica, de la experimentación orquestal, de la sencillez perfecta en los temas para lograr un éxito ejemplar (a veces) en materia emocional (háyase o no convertido en un hit la respectiva pieza).

Estos intérpretes del pop siempre han declarado que la dance music (en continua evolución) fue lo que los empujó a tocar. Y en ello radica la razón por la cual aún no han empezado a repetirse de manera incansable (como Depeche Mode, por ejemplo).

El disco del grupo, Behaviour (EMI, 1990), marcó el momento en que abandonaron un Hi-Energy pegajoso, para producir un pop frágil con ligeros toques de house.

De esta manera, en canciones como «To Face the Truth», «Only the Wind», «So Hard» o «Jealousy» probaron que no estaban sordos a lo que pasaba a su alrededor (anteriormente ya habían retomado con eficacia «It’s Allright» de Sterling Void, un magnífico himno pacifista procedente del mero Chicago).

Lo curioso fue observar hasta qué punto se les seguía ninguneando en muchos lados, como si se les reprochara su éxito comercial. Por el contrario, en la Gran Bretaña, donde gozan de una enorme popularidad desde hace años, siguen siendo considerados como extraños y manipuladores: porque no sonríen nunca; porque hacen videoclips diferentes al común denominador y, lo más importante, porque no se han tomado en serio.

Aunque inmersos en el bestial manierismo del pop bailable, estos dos tipos que se hacen llamar Pet Shop Boys producen dentro de esta corriente una música sensible que ha podido sobrevivir a los embates del tiempo.

VIDEO SUGERIDO: Pet Shop Boys – It’s A Sin (Official Video) (HD REMASTERED), YouTube (Pet Shop Boys)

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CARTAPACIO: «PARIENTE CERCANA DEL TERCER TIPO»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(RELATO)

El personaje es una señora, no por cualidad sino por longevo físico. Usa el pelo color zanahoria que hace, en comparación, verse distinguido a cualquier personaje de comic, y un maquillaje que la convierte por derecho propio en la hermana gemela del legendario Gerónimo, en pie de guerra. La voz que acompaña a la distinguida dama es la de una soprano, pero más tipluda y aguardentosa.

La señora llega al trabajo pasadas las diez de la mañana ‑‑concesión especial por tratarse de un pariente cercano del Oficial Mayor de una Secretaría de gobierno–. Recibe un sueldo superior a su categoría de secretaria y su hora de salida es a la una de la tarde, llueva o truene. Por si fuera poco, el pariente le ha conseguido otro trabajo, donde cobra una suma similar y al cual ni va.

Cuando los compañeros de oficina tienen la suerte de contar con su presencia, éstos deben aguantar desde que llega los gritos destemplados sobre lo imposible que está el Metro, los apretones, empujones y masacres de los que ha sido objeto; los chismes que recogió en las escaleras o elevador; las interrupciones que impone para que se le escuche y compadezca.

Así pasa el tiempo, yendo de un lado para otro sin hacer absolutamente nada, como gallina sin pollos. Si alguien tiene la desgracia de necesitar su ayuda para algún trabajo secretarial, los argumentos para no hacerlo lo sepultarán, o si lo hace el infeliz tendrá que volver a repetirlo por tanto error.

Pero eso sí, ay de aquél que ose utilizar su máquina de escribir, sentarse en su silla o hacerle una broma. Inmediatamente llamará por teléfono al secretario de su pariente ‑‑el Oficial Mayor– para que éste, iracundo, se comunique con el director del organismo para someter al orden al personal.

En fin, lloriquea, chismea, se queja, uno o dos días por semana no asiste argumentando deberes maternos, afea el recinto, amenaza, grita, fuma como loca, pero eso sí, a la una en punto se despide, esperando siempre la respuesta cordial:  «Que descanse, Carmelita…»

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ROCK Y LITERATURA: LA CASA DEL POETA (RAMÓN LÓPEZ VELARDE)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Según percibo, los estilos gótico y dark, son el soundtrack ideal para la enajenación, la frustración, el anhelo y deben escucharse de noche, cuando las distracciones del mundo sean mínimas; cuando sea posible lograr un estado más puro de la emoción. Decir que este concepto es como una mezcla de opresividad ontológica es sólo el principio.

Con el dark y sus derivados ambientales ha llegado el tiempo de preparar el espíritu y el corazón para escuchar el sonido en una de sus manifestaciones más puras: la bruma gótica.

En estos subgéneros musicales los teclados tortuosos son inundados por las guitarras, que abrazan a una profunda y susurrada voz, quizá demasiado sensual para expresarse con palabras. La pulsación sensual sombría no es una pulsación intensa y apaciguadora. Es una sensación desesperada y trágica.

Su placer no es éxtasis, es frenesí. Y la satisfacción de los deseos no proporciona plenitud, sino ansiedad. Una ansiedad que el escucha comparte con los músicos. Es el escenario de placeres malditos envueltos en una magnífica aura musical.

El atractivo de esta tenebrosidad sensual es espectral y exige al escucha cierto grado de imaginación, y capacidad para desasirse de la vida común. Con su extraño haz de fantasía inunda los rincones oscuros de la cabeza más saturada. Por eso siempre he pensado que para los góticos y darkies, la lectura de la poesía de Ramón López Velarde es obligada. Deben perdonar sus arrebatos patrios e ir directamente a la espesura de Zozobra, donde encontrarán palabras afines a su naturaleza e incorporarán ese nombre a su oscuro canon.

Ese poeta llenó su casa con un fantasma arrastrado de fuera. Tanto lo deseaba, que terminó por cederle el lugar completo. Se conformó con un pequeño habitáculo de la parte superior. Una cama sencilla donde en solitario amasiato derramaba la parte del hombre que aún contenía. Un espejo que ya no devolvía imágenes; un ropero modesto cuyo contenido jamás supo del color. La luz de velas resignadas acompañaba su deambular por los pasillos, escaleras y recovecos donde susurraba el nombre aquél como rosario sin fin.

La nostálgica búsqueda se convirtió en rito pleno de ocios y profundidades. Subir y bajar de fiebres y remembranzas: «Nuestra casa habría tenido…el cerco azul de las montañas y los caminantes fatigados, así como los Artagnanes a caza de aventuras…» Le comentaba al fantasma indiferente, sin indulgencias para con sus intenciones hogareñas y románticas. En silencio el poeta incubaba una querencia con sonido de crinolinas ajerezadas, de una risa de bucólicas fragancias. Sólo el eco de una luz desvanecida testificaba el andar sin horizonte.

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Dentro de aquella casa el hombre se consumía de amor inconfesado. Era una tumba de construcciones modernas, acorde con los tiempos. Una bella edificación en un nuevo escenario urbano hacia el alba del siglo XX. El movimiento revolucionario aún no decidía a sus mártires postreros, pero comenzaba a juntar los pedazos de una posibilidad. Generales, aristócratas, licenciados, cortesanas prominentes, los comercios de la actualidad, pululaban alrededor de esa casa y esa nueva colonia Roma. La vida estaba fuera y el poeta abandonó al hombre para tomar su ración de lo cotidiano.

Trenes, luces eléctricas, cables, anuncios, ideas corrían por aquella calle de amplio camellón. Los paseos no desbordaban sus límites en un ir y venir vespertino. Un helado, quizá, en La Bella Italia, mientras leía las sorpresas del devenir histórico en los periódicos. Salía después a las aceras para respirar el aire de los cambios, el destello de las emociones mundanas. Luego se dirigía puntualmente a la cita en el café con los correligionarios, que le decían Ramón. Tomaba los modernísimos expresso y capuchino que salían de aquellas máquinas fantásticas y sabía al beberlas que los sabores descubiertos necesitaban otro lenguaje para manifestarse.

La tertulia del café, probablemente también con tres anises, ha dejado al poeta henchido de alabanzas al hoy, y con esas reflexiones se encamina a la casa para habitar al hombre abandonado. La odisea culmina en escritos sorprendentes, semejantes a la revuelta de puertas afuera. Asomado al balcón, recoge la noche como una cosecha fértil, para a la postre asumirse en el ser huérfano que prende, una vez más, las velas en sus candeleros y se lanza a la aventura de enamorar a las sombras, a los recuerdos.

El hombre murió sin conocer aquella avenida que daba fe del paso del tiempo. Dejó al poeta encargado del idilio. La casa albergó lo etéreo, pero quedó deshabitada y poco a poco fue deteriorándose y dando cabida a otros personajes, a otros ámbitos. Durante muchos años se instalaron en aquel cascarón los desechos humanos de una sociedad «en vías de desarrollo». Invasores. Seres que sin oficio de fantasmas ubicaron su residencia y talleres en patios y traspatios del derruido inmueble.

Ahí, de manera constante fue creciendo una pústula de casuchas de lámina, ladrillos y materiales diversos que cobijó a docenas de parias pertenecientes a un clan de nebulosas interrelaciones, a quienes visitaban en sus mejores días los tripulantes de una patrulla que religiosamente pasaban por su cuota o los dueños de dudosas refaccionarias automotrices.

El clan hizo de aquel rumbo, con arbotantes, fuentes, esculturas, adoquín, edificios de oficinas y un sinnúmero de restaurantes, su coto de caza. Del espíritu poético, romántico, sólo impregnaron sus diarias raterías. Por algún indescifrable misterio, no invadieron la casa, respetaron las habitaciones y mantuvieron intocadas sus ruinas. Sólo ella se atrevió a entrar. Por el futuro museo se paseó sin hermetismos de revelación.

La casa era un secreto a voces. Y ella lo escuchó y arrastró sus pies chuecos por los pasajes y escalinatas. Su cerebro confundido por herencias promiscuas supo del eco y la súplica a la amada de otros días: «…ven al castillo del silencio, para que vaguemos bajo sus bóvedas seculares; para que descansemos a la sombra de sus corredores, nunca profanados con el menor bullicio, y para que en la alta noche nos asomemos a los balcones abiertos del infinito y podamos percibir la sorda palpitación de la eternidad.»

Quizá no lo supo, pero lo percibió, y por eso vagó por los pasillos de esa casa con los puños apretados, la risa babosa e insufrible y los ojos perdidos. Pero también lo hizo por esa avenida donde el poeta caminó, prófugo de penas amorosas y admirado por su mundo. Ella sólo sabía del grito «¡Lárgate!» y del golpe en consecuencia. Eso aprendió del exterior de la casa: el dolor.

De cualquier forma le gustaba emprender la vagancia cotidiana alrededor de la manzana. Le gustaban los muchachos, le gustaba tocarlos. A ellos no. Los desconcertaba, asustaba o ponía de malas si ya la conocían. Con gruñidos, más que risas, corría luego de darse el gusto. A veces jugaba a cosas sin sentido con los niños de su familia. Sin embargo, prefería errar sola por esa calle llena de movimiento y personas y retornar al anochecer a la casa, cuando ya no había transeúntes, cuando intuía las palabras del poeta que buscaba el descanso en la sombra de sus corredores, en la amada de otros días.

Todo terminó con un temblor. Ella quedó desecha bajo los escombros de lámina y tabiques, el hogar paterno. La casa permaneció. Remozada como museo recibe múltiples visitas. El poeta duerme en sus habitaciones, procurando sonidos extraños.

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BABEL XXI-629

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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KEVIN AYERS

(UN ERRANTE ESOTÉRICO)

 

 

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/629-kevin-ayers-un-errante-esoterico/

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ARTE-FACTO: BEIRUT

Por SERGIO MONSALVO C.

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VIENTOS DE MELANCOLÍA

 

Zach Condon era, en ese momento, un veinteañero multiinstrumentista (nacido en Nuevo México en 1986) que había terminado sus estudios de bachillerato en un instituto de su estado natal y, ante la perspectiva de unas largas vacaciones por delante antes de entrar a la universidad, decidió lanzarse con rumbo a Europa para ampliarse el horizonte, tanto culturalmente como para reflexionar sobre sus expectativas a futuro.

Condon estaba involucrado hasta las cachas con la rítmica de su época. Como quinceañero había realizado ya grabaciones caseras de música electrónica lo-fi con el nombre de Real People (las que en el futuro se conocerían como The Joys of Losing Weights). Sin embargo, dichas cintas no habían visto aún la luz, lo mismo que otras con aires de doo-wop que retomaban su admiración por el malogrado cantante Frankie Lymon y su grupo The Teenagers.

En semejante situación estaba también el EP Small Time American Bats con el misterioso apelativo de “1971”, que permanecería oculto a la espera de su momento.

Zach era un adolescente inquieto y con gustos intelectuales, así que eligió París para permanecer el mayor tiempo de aquellas vacaciones.

En sus andanzas callejeras descubrió a las bandas musicales de inmigrantes balcánicos que tocan durante el verano en las plazas de aquella capital (y del resto del continente). Los sonidos de los oboes, las mandolinas, los acordeones y los instrumentos de viento (trompas, tubas, trombones, etc.) lo impactaron.

Al regresar a la Unión Americana quiso plasmar musicalmente –disciplina artística por la que optó– lo que ya le daba vueltas en la cabeza y pugnaba por salir: todas aquellas influencias de la Boban Markovic Orchestra o de Goran Bregovic, entre otras.

Quería fundir el folklore del sudeste europeo (de los valses a las marchas balcánicas festivas o funerarias), matizado con sonidos agitanados y la pianola, y combinarlo con la canción contemporánea y melancólicas baladas del occidente norteamericano.

Era otro beat de la globalización el que buscaba plasmar. Argumentar con sonidos distintos y palabras familiares las emociones, melodías y ritmos que rebosaban sentimiento en su particular sensibilidad.

El resultado de su trabajo con tal combinación se llamó Gulag Orkestar, un disco del 2006 que marcó el debut de Zach Condon con el nombre de  Beirut.

BEIRUT (FOTO 2)

 

La infame leyenda de los “gulags” soviéticos y sus “campos correctivos de trabajo” le sirvió de leitmotiv, al igual que las fotografías de Sergey Chilikov. Esta obra lo dio a conocer a nivel mundial por su originalidad conceptual y sencillez compositiva.

Para la realización del álbum Condon tocó diversos instrumentos en un estudio de Albuquerque, acompañado de músicos de distintas agrupaciones como Neutral Milk Hotel o A Hawk and a Hacksaw (representantes del indie rock y psych folk), a los que convocó para apoyarlo en su proyecto.

A la postre se embarcó en una larguísima gira con otros músicos (los que participaron en el disco ya tenían compromisos con sus respectivas bandas), durante la cual tuvo que ser hospitalizado por fatiga extrema debida a su hiperactividad.

VIDEO SUGERIDO: Beirut – Gulag Orkestar (Live), YouTube (orchardmusic)

En el ínterin la compañía discográfica 4AD reeditó el álbum agregándole las piezas de un anterior EP de Condon titulado Lon Gisland (que ya había publicado en Europa) y que coincidían con el techno pop del tema “Scenic World” del álbum.

En el 2007, Condon regresó curado de sus males. ¿Y de qué manera lo hizo?: con trabajo, ¿qué más? Publicó The Flying Club Cup, su segunda obra, con arreglos de cuerdas a cargo del canadiense Owen Pallett (el compositor, violinista, tecladista, vocalista y miembro único de Final Fantasy, un proyecto individual de pop barroco y música experimental).

En él, Zach trató de evocar el ambiente de diferentes ciudades francesas en una especie de colección de tarjetas postales musicalizadas. A su new folk le agregó el toque de Jacques Brel y de la chanson francesa.

Entraron también en escena los violines, los saxofones y las percusiones, “para lograr la sensación de esperanzadora grandiosidad que su música evoca”, según la crítica. Asimismo, los videos publicados en su página Web reafirmaron la calidez, la sutileza y el cuidado que este conglomerado musical circulante emana.

En esta etapa fue cuando el cineasta estadounidense Cary Fukunaga lo contactó para que le hiciera el soundtrack de la película titulada Sin Nombre, con la cual haría su debut.

El director cinematográfico quería una musicalización semejante a la de Gulag Orkester para su drama migratorio (de personas de Centroamérica rumbo a la Unión Americana vía México), pero Condon ya andaba en otra sintonía y rechazó el trabajo.

A cambio se metió en el proyecto de un nuevo álbum con Beirut, el cual sería grabado bajo su propio sello Pompeii Records, y que finalmente representaría la amalgama de dos EP’s. Uno, la exposición de su aventura sonora por el Istmo mexicano; y, el otro, la de la propuesta del lejano adolescente que busca su identidad musical. Una arriesgada amalgama de la ubicuidad.

Esta última se llamó Holland y fue grabada bajo el nombre de Realpeople, un trabajo del joven precoz producido totalmente en casa. A los 15 años y como fan del pop de sintetizadores, Condon construyó dicha grabación con más de una veintena de tracks (aglutinados en un secretísimo disco llamado The Joys of Losing Weights, el inédito como tal), de los cuales tomó cinco para integrarlos al nuevo lanzamiento.

Con este EP el músico reveló un aspecto más de su personalidad musical (el del doo-wop había sido otro): la huella de los años ochenta en el apogeo de una house party con beats de computadora a la usanza de la vieja escuela. Material al que no tenía acostumbrado a su público.

Como sí lo estaba con el del otro EP titulado March of the Zapotec. Para ello había viajado a México, a Oaxaca para ser preciso, y nutrido su concepto con los instrumentos de viento empleados por la Banda Jiménez de Teotitlán del Valle, de aquel estado mexicano.

Los metales macizos de este grupo folclórico, integrado por artesanos tejedores del lugar, se embarcaron en una excursión con el joven estadounidense y sus colaboradores (entre los que se incluye a Chris Taylor de la afamada agrupación indie Grizzly Bear) hacia un territorio musical más conocido (el beat de los instrumentos de viento). Sin embargo, la novedad estuvo en los detalles.

El disco comienza con una marcha fúnebre y la banda mexicana le agregó el significativo toque de Pathos a la orquesta Beirut, para luego dejar participar en su celebración al ukulele, las trompetas, el acordeón, las cuerdas, las percusiones y la elegante melodía vocal.

Una propuesta sonora amerindia, plena de vientos centenarios, para acompañar el reconocido sentimiento melancólico de Zach Condon, alias Beirut, quien ha seguido publicando álbumes como The Rip Tide (2011), No No No (2015) y Gallipoli (2019).

VIDEO SUGERIDO: Beirut – Nantes (live in the streets of Paris), YouTube (luderpinguin)

BEIRUT (FOTO 3)

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LA AGENDA DE DIÓGENES: CONTRA LA CORRIENTE (JOSÉ AGUSTÍN)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Llegando a los cincuenta años, José Agustín (1944) comenzó a voltear hacia el pasado (Who, me? Yes, You), puesto que además de su imprescindible literatura, que abarcaba (en ese momento) desde La tumba (1964) hasta Tragicomedia mexicana (1991), este autor tenía un cúmulo grande de anécdotas personales que forman parte de la crónica de una época fundamental de nuestro acontecer cultural:  los años sesenta y setenta.

Contra la corriente (Editorial Diana, 1991) es una recopilación de crónicas sabrosas sobre el mundo juvenil, que sólo adquirió carta de presentación hasta aquella época.  El rock, los cuates, el lenguaje, la onda, la moral de un gobierno anquilosado, etcétera.

La mirada de Agustín es una «visión autorizada» para hablar de todo ello:  de la génesis de corrientes literarias; el eterno estigma del nonato para el rock mexicano, con sus absurdeces y tragedias particulares.

Pero también unos retratos absolutamente rescatables de autores y personajes de toda esta microhistoria nacional que han dejado su huella patente en el quehacer de las letras, la pintura y la música.

El libro es un recuento de momentos clave en el desarrollo urbano y comunitario, de ahí que una temática aparentemente juvenil trascienda esos límites iniciales y expanda sus fronteras para incluir a varias generaciones.

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JAZZ: STANLEY CLARK

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Stanley Clarke (30/6/51, Filadelfia, Pensilvania) inició su carrera como destacado contrabajista de jazz. Se erigió en un pionero del jazz-rock al colaborar con Chick Corea en el grupo Return to Forever (1972-1976). Ya en el bajo eléctrico, fueron notables su capacidad melódica y original sonido caracterizado por «estallidos» o «chasquidos» secos.

Posteriormente, Clarke colaboró, como intérprete y productor, con artistas diversos, como George Duke, Roy Cuhanan y Paul McCartney, entre otros.

Clarke estudió el violín, el cello y el contrabajo en Filadelfia antes de llegar a Nueva York en 1970. Ahí tocó con Art Blakey, Stan Getz y Gil Evans para después grabar Return to Forever (ECM, 1972) con el tecladista Corea y los músicos brasileños Airto Moreira y Flora Purim.

El éxito de su fusión musical condujo a la fundación de un grupo permanente con el nombre de dicho álbum.  Return to Forever grabó Where Have I Known You Before (Polydor, 1974) con el guitarrista Al DiMeola, y Romantic Warrior (Columbia, 1976), en el cual los alargados solos de las producciones anteriores fueron reemplazados por estructuras más formales.

Stanley Clarke, Return to Forever 1973Fot. discogs.com

Como solista, Clarke firmó con Atlantic y grabó Stanley Clarke (1974), con influencias del flamenco español, Journey to Love (1975), que incluyó el éxito de rhythm and blues «Silly Putty», y School Days (1976).  I Wanna Play for You (Epic, 1979) incluyó colaboraciones de Getz, Moreira, Jeff Beck y Dee Dee Bridgewater en la voz.

El único éxito de las listas de pop logrado por Clarke fue «Sweet Baby» (Epic, 1981), extraído de The Clarke Duke Project, la primera de una serie de colaboraciones con el tecladista Duke. Sus álbumes posteriores como solista incluyeron Time Exposure (1984), Find Out (1985) y Hideaway (1987).

Como productor, Clarke supervisó Loading Zone (1977) de Buchanan, Just Family (1978) de Bridgewater y Marathon (1984) de Rodney Franklin.  Posteriormente fundó el trío Animal Logic con el exbaterista de Police, Stewart Copeland, y la cantante/compositora Deborah Holland, originaria de Los Ángeles, y fueron contratados por la compañía Virgin.

Desde entonces Clarke ha lanzado más de una docena de álbumes, entre grabaciones en estudio y discos en vivo, más alguna recopilación. Se mantiene más activo que nunca.

VIDEO SUGERIDO: Stanley Clarke – Silly Putty, YouTube (aquiarianrealm)

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