Al escritor ruso Alexander Solyenitsyn le concedieron el Premio Nobel de Literatura.
En 1970, el panorama del rock padeció la resaca producida por los disolutos años sesenta. Exponente máximo de tal circunstancia fue el cantante inglés Joe Cocker, quien en ese año llevó a cabo una apoteósica gira denominada The Mad Dogs and the Englishmen, con 40 personas en escena. Como resultado de todo ello, Cocker quedó endeudado de por vida con el fisco inglés y con su ex mujer. El alcohol y las drogas fueron un paliativo que también cobró su parte en la vida del extraordinario cantante.
——-
De entre las filas del bullente underground británico surgieron grupos como Van Der Graaf Generator, Atomic Rooster y Medicine Head. Ninguno de ellos triunfó tanto como Free, el cual alcanzó la fama con el magnífico hit «All Right Now». A lo largo de tres años, en los que no cesaron de separarse y unirse, editaron cuatro álbumes que se situaron entre los diez primeros de las listas. Su turbulenta historia llegó al fin cuando en 1973 el cantante Paul Rodgers y el baterista Simon Kirke formaron Bad Company.
En 1970, los hermanos Allman, Gregg y Duane, formaron una sólida banda de blues-rock con seis componentes, la cual inició el subgénero del Southern rock. Con una gran audiencia en el sur de los Estados Unidos, se dieron a conocer en aquel el país y luego en Europa con el tema «Statesboro Blues». El guitarrista Duane Allman colaboró con Eric Clapton, y justo cuando se reconocía su genio interpretativo murió en un accidente de motocicleta. Un año después, el bajista del grupo, Berry Oakley, falleció en un accidente idéntico. La banda se disolvió a mediados de la siguiente década.
——-
T Rex, compuesto por Mark Bolan y diversos acompañantes, se convirtió en un gran creador y en puntal del denominado glitter rock, con una manifiesta ambigüedad sexual y un rock muy marcado y sensual. El tema «Get It On» se situó en el primer lugar de las listas tanto de los Estados Unidos como de la Gran Bretaña, de donde era oriundo Bolan. Éste se erigió en el trovador inglés por antonomasia durante gran parte de la década, con sus letras poéticas que rendían culto a Walt Whitman.
——-
1970 comenzó en forma vacilante, pero noticias como la muerte de Jimi Hendrix y Janis Joplin, así como la de Brian Jones y Alan Wilson, lo estremecieron fuertemente. Fue el año en que también Paul McCartney confirmó oficialmente la disolución de los Beatles. De cualquier forma, la música continuó y en ese año aparecieron el Southern rock, el glitter y sobre todo el rock progresivo, que contaba por entonces con exponentes como King Crimson y el recién formado Emerson, Lake and Palmer, quienes dieron cuenta de autenticidad a la mezcla del rock con la música clásica.
VIDEO SUGERIDO: Marc Bolan – Bang A Gong (Get it on), YouTube (SamaMarcChannel)
El universo es sostenido por una armonía mágica perceptible para los sintonizados con sus buenas vibraciones, y las buenas vibraciones deben sentirse por instinto. Vivir no significa respirar sino actuar, usar nuestros órganos, nuestros sentidos y facultades, todas las partes de nosotros mismos que nos dan el sentimiento de existencia.
El hombre que más ha vivido no es quien cuenta con el mayor número de años sino aquél que más ha sentido la vida. Arthur Rimbaud fue uno de éstos, porque cada parte de su cuerpo le dolió de tanto deseo de vivir.
Odiaba el sueño de la razón, porque la razón duerme cuando el sentimiento que le inspira vida es atado por las estrechas categorías del intelecto y el orden. La disyunción se volvió entonces su regla dominante.
De esta manera el yo rimbaudiano se redefinía continuamente, según lo dictaran sus sentimientos e instintos. Por todo ello la poesía de este francés universal (nacido hace más de 150 años) no es tierra para ancianos, ya que busca la juventud perpetua mediante la experiencia dinámica del yo, en la apoteosis de su pureza instintiva. Su meta es la de abrazar al universo y volverse Dios.
Rimbaud define la juventud no en años sino en emociones. Su poesía nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí por siempre. Conserva su plenitud al renacer todos los días (con cada lectura de Le Bateau Ivre, El Barco ebrio; Une Saison en Enfer, Una temporada en el infierno o Les Illuminations, Iluminaciones) La lucha que engendra el cambio es su elixir vital, porque sólo el cambio eterno garantiza la juventud eterna.
Y en eso Rimbaud vibró con la armonía universal: Il faut être absolument moderne (“Hay que ser absolutamente moderno”). Su legado mágico de eterna juventud. El rock es heredero directo del mismo.
*Fragmento del ensayo Arthur Rimbaud: El Rock, su legado espiritual, publicado en la Editorial Doble A, como parte del volumen Librock’s (Canon 1).
VIDEO SUGERIDO: Hector Zazou – Youth, YouTube (fida le rebbec)
Todos aquellos conjuntos, los Teddies, los Goldene Sieben, la banda de Arndt Robert, la de Heinz Wehner y muchas más, por supuesto contaron con la influencia del gran número de grabaciones estadounidenses en discos que seguían apareciendo en gran volumen con marca alemana.
Las ediciones mensuales de las compañías disqueras alemanas ofrecían los álbumes de swing estadounidenses e ingleses más recientes. Muchos de los primeros músicos alemanes eran compradores y coleccionistas de estos discos, puesto que deseaban estudiar el hot jazz original.
También contaron con la influencia de los conjuntos de baile y de swing extranjeros que no tenían restricciones en sus países de origen y que presentaban su repertorio normal en Alemania. Entre 1936 y 1937 llegaron muchos a tocar al país, entre ellos los daneses Kai Ewans y Aage Juhl-Thomsen, el sueco Arne Hülpher, el inglés Jack Hylton, el suizo René Schmassmann y el belga Fud Candrix.
En 1937 debutaron dos grupos alemanes que muy pronto se darían a conocer, erigiéndose en los conjuntos clásicos de los años treinta del siglo XX: las orquestas de Max Rumpf y de Kurt Hohenberger. La primera era una auténtica big band al estilo estadounidense, con la siguiente integración: 3 trompetas, 2 trombones, 4 saxofones y 4 miembros del grupo rítmico. Max Rumpf y sus arreglistas Funk y Grammatikoff lograron darle al grupo un sonido anglosajón. Se caracterizaba por ello algo «ronco» y el ritmo más marcado que en la mayoría de los grupos alemanes. El conjunto contó con buenos solistas como Claus Krüger (trompeta y guitarra), Alexander Grammatikoff (clarinete, saxofón y arreglos) y Walter Fleischer (piano), en tanto que Rumpf se encargaba de la batería.
Ciertas inseguridades del grupo fueron compensadas por su entusiasmo al tocar. Desde 1937 hasta su disolución en 1939, la Max-Rumpf-Orchester conservó un buen nivel e incluso fue mencionado favorablemente en la prensa especializada extranjera. Se presentaba en Berlín en el Moka-Efti y el Delphi, entre otros lugares, mismos que sólo contrataban a los mejores.
A partir de octubre de 1937, hicieron grabaciones regulares para Imperial y Kristall, ambas marcas de Lindström, entre las cuales destacaron Azure, Caravan, The Dipsy Doodle, Two Dukes on a Pier, Hick Stomp, Boston Tea Party y las composiciones originales Oh! Marie-Lou, Cocktail Party, Blue Swing y Along the Night.
Por su parte, el grupo fundado a principios de 1937 por el trompetista Kurt Hohenberger, ex miembro de la Oscar Joost, era un septeto. El sonido y el concepto musical eran discretos. Hohenberger solía tocar una trompeta reservada con sordina y el sonido del grupo ya poseía una especie de «modern sound». Así, Kurt Hohenberger und seine Solisten hallaron un inconfundible estilo propio que los convirtió en bestsellers en el acetato.
Hohenberger había aprendido a tocar la trompeta en forma autodidacta desde los siete años. A principios de los años treinta colaboraba con diversos grupos de estudio, y a partir de 1935 se integró como miembro regular al conjunto de Oscar Joost, donde permaneció hasta 1937. Además realizó numerosas grabaciones de discos con diversos grupos, sobre todo los Goldene Sieben, los Original Teddies, Kurt Engel y otros.
En la primavera de 1937 presentó a su propia banda, la cual se actuó por bastante tiempo en el Quartier Latin de Berlín y no tardó en darse a conocer. Aparte de los buenos arreglos de la música de Hohenberg, también contaba con excelentes solistas de hot. Los miembros originales fueron, además de Hohenberger en la trompeta, Ernst Höllerhagen (clarinete, saxofón alto y violín), Helmuth Friedrich (saxofón tenor y clarinete), Fritz Schulz(-Reichel) (piano y celeste), Hans Korseck (guitarra), Rudi Wegener (contrabajo) y Hans Klagemann (batería).
A principios de 1938, Friedrich fue reemplazado por Detlev Lais; Wegner, por Paul Henkel; y Klagemann, por Willi Kettel. En el otoño de ese año Höllerhagen se pasó completamente con Teddy Stauffer y fue sustituido por Herbert Müller. A partir de 1939 hubo otros cambios de personal, pero el sonido del grupo siguió siendo el mismo. Hohenberger de vez en cuando tocaba el fagot, también para las grabaciones.
El del rock es un mundo fetichista, una ceremonia musical dedicada al deseo, una parábola del sufrimiento también.
El género poco a poco se apropió de todos los signos y símbolos tradicionales del sexo prohibido. Desde el inicio quedó establecido el patrón: el cantante crucificado y desgarrado sufre mil muertes en el escenario.
Hasta la llegada de los años sesenta prácticamente nadie leía al Marqués de Sade o a Bram Stocker, pero la cultura popular comenzó a abrevar en ellos.
El rock tenía que ser rebelde, extravagante, y se nutrió de esas imágenes. Los sesenta fueron así: soltar el freno a la continencia, explotar la vena y sacar todo a la luz pública.
La cultura del rock no iba a limitarse a rehabilitar los objetos de culto o sólo a manosear sus tabúes y prohibiciones, sus flores del mal. Surgió entonces el escenario sadomasoquista.
Se vio a Iggy Pop cantando “I Wanna Be Your Dog”, lacerado, devorado: “Estoy listo para cerrar los ojos / estoy listo para cerrar la mente / para sentir tus manos / para perder el corazón sobre lo ardiente / Quiero ser tu perro…” La estética S&M se constituyó así en una parte integral del rock.
Bajo esta iluminación fue que se fundó el grupo Iggy and The Stooges, con Iggy como cantante y compositor. Su filosofía sería la que Antonin Artaud divulgó con el Teatro de la Crueldad: “Más aún que de la muerte, soy dueño de mi dolor”.
Así él reivindicaría el derecho inalienable a decidir su existencia sin que nadie más pretendiera conocer su situación real y sus necesidades. Iggy puso manos a la obra y lo más significativo fueron sus presentaciones, que desde el inicio adquirieron fama y magnitudes legendarias. Mostraba una realidad a sus audiencias mientras él se contorsionaba.
Hizo de su cuerpo un objeto de culto. Se convirtió en un junkie, en un loco que con botellas rotas se cortaba la carne del pecho; que se revolcaba en las colillas encendidas; que con los labios ensangrentados cantaba una y otra vez “I Wanna Be Your Dog”; que jalaba a sus fans del pelo; que se vomitaba sobre el escenario; que se punzaba y hería el torso con las baquetas rotas de la batería. Fue el primero que quiso suicidarse en público.
Cada espectáculo era una exhibición realizada frente a una asamblea de vouyeuristas. Con imágenes y actos extremos Iggy Pop cautivó al espectador, con ellos le descubrió un universo distinto en los conciertos.
Iggy y los Stooges ponían en escena una especie de teatro impregnado de poesía bizarra y motivado por la pasión. En él jugaban con la atracción y la repulsión.
O como dijera el ya mencionado Artaud: “La crueldad como espíritu de anarquía profunda, que es la base de toda poesía. Crueldad en el sentido de apetito de vida, de rigor cósmico y de necesidad implacable por devorar todas las tinieblas”.
Para este fin el cantante recurrió al cuerpo, a la voz y a las imágenes. Esto sirvió para llevar la música ante un público que tuvo que aprender una nueva forma de escuchar; una manera de descubrir cosas diferentes en los planos no sólo musicales, sino también en las formas literarias y visuales de sus propias fantasías.
Es obvio decir que dicha conducta fue combatida por los medios de comunicación, mientras Iggy y The Stooges lo hacían contra la industria: no concedían entrevistas y se negaban a promover sus discos o a hacer música comercial.
Se convirtieron en el lado oscuro del espectáculo rockero. Él y su grupo vivían como marginales. Nunca tenían dinero. Lo único que consumían eran drogas, y por supuesto la diversión no estaba en su diccionario. Fueron en su momento el underground vivo.
Por supuesto, tal situación no podía durar indefinidamente. Iggy tuvo que ingresar a un hospital para curarse la anemia y las adicciones. Ahí permaneció por espacio de dos años. Los dedicó a la pintura y a escribir una especie de novela autobiográfica a la que le puso el título de Necesito más. Y vendría más…
VIDEO SUGERIDO: Iggy Pop – I Wanna Be Your Dog (Subtitulada en Español), YouTube (hugo’s sba)
Sentirse triste es una de las cosas que unifican a los seres humanos. Es un elemento indiscutible de la vida que todo mundo ha experimentado o lo hará en algún momento. La cantante de jazz Karrin Allyson decidió enfrentar tal hecho, y no sólo revisitarlo sino también regodearse en las diversas facetas de la tristeza en el álbum In Blue, su obra de mayor éxito hasta el momento.
In Blue fue la muy esperada secuela del disco Ballads-Remembering John Coltrane, que en el 2001 estuvo nominado a los Grammys en varios casilleros. El disco muestra la exploración musical de otro territorio de la música por parte de Allyson. La selección, tanto ecléctica como imaginativa, de las piezas que lo integran abarca desde clásicos del soul jazz hasta baladas y blues moderno en combinación con cierto pop atemporal. Cada canción es un relato que ilustra un estado emocional en particular y así se atienden en forma debida el dolor, la soledad, el arrepentimiento, el enojo sin tapujos, la tristeza e incluso la amargura, pero también la ironía, el humor y la picardía, es decir, la escala completa de los sentimientos que componen al blues.
El concepto de la tristeza atrajo a la cantante estadounidense por varios motivos, pero de forma básica porque: “El blues es tan universal que resulta difícil mantenerse impávido ante la exposición de sus elementos. Resulta catártico cantarlo tanto como escucharlo”. Al compilar el material para la obra, Allyson eligió temas de algunos de los compositores y letristas más admirados del siglo pasado, incluyendo a Mose Allison, George e Ira Gershwin, Joni Mitchell, Abbey Lincoln y Oscar Brown, entre otros. Con la mezcla de piezas creó un set multifacético que se erigió en un magnífico escaparate para su alcance vocal e interpretativo.
“El blues entró en mi vida a muy temprana edad, a los 16 años, pero no fue porque me haya sucedido algo grave o penoso, no. Sino porque lo vi encarnarse en un músico mientras tocaba. Mis papás me llevaron a un concierto de jazz al que yo, por supuesto, no quería ir. Fui de mala gana y obligada, dispuesta con toda mi voluntad a aburrirme de manera soberana y a hacerlo sentir a ellos. Sin embargo, en un momento de la actuación del grupo, el saxofonista como que entró en trance y sus notas me penetraron limpia y profundamente. Lo demás fue la presentación pura, viva, de un sentimiento desconocido para mí”.
La de Karrin es una voz exquisita, pulida y sensual que se ve reflejada en los temas que interpreta; con su carga de desenfado erótico o de suavidad matizada en los standards. En todos ellos personifica con su canto el quebranto amoroso y el abandono conmovedor. En una vena ligera, la cantante puede lamentar la vida del músico itinerante o despedirse de una aventura amorosa breve.
“Recuerdo que el grupo entró al escenario, pero sin el saxofonista. Decidieron comenzar con una pieza conocida en tono de blues, a tiempo medio y en Sí bemol, con un ritmo suelto, desahogado, con groove. Mientras tanto yo veía tras bambalinas cómo el miembro faltante sacó el sax de su estuche, lo armó y se fue aún más atrás para calentar en silencio. Antes de dirigir su atención al escenario puso la boquilla y la templó. Vi su perfil a contraluz, una silueta que sostenía delicadamente el sax delante de sí. Sentí, por primera vez, que algo había despertado en mi interior y comenzaba a exigir sus derechos. Noté que una gran calidez presagiaba algo en mi pecho”.
Allyson cuenta con el apoyo de un grupo de músicos con los que se nota la empatía. Forman una sección rítmica sólida y llena de emoción, abierta a los diferentes grooves. El pianista Mulgrew Miller le hace fácil la exposición. El guitarrista Danny Embrey, por su parte, ha sido un colaborador y compañero musical constante de Karrin desde hace casi tres décadas, cuando apareció el primer disco de la cantante, I Didn’tKnow About You (de 1992). Peter Washington, en el bajo, agrega el toque y sentido perfecto del timing, al igual que el baterista Lewis Nash, quien aporta las percusiones precisas a la mezcla. El saxofonista Steve Wilson redondea al grupo (al que se unió desde el 2001). No hay una sola nota superflua en sus ejecuciones y escoge sus spots con mucho cuidado, agregando colores y texturas a cada uno de los temas.
“El saxofonista comprendió que su momento había llegado, por lo que se encaminó hacia el podio. Pensé de repente que de algún modo ya existía una relación importante e incluso fundamental entre mí y los músicos de jazz. Una música a la que nunca había oído, pero que estaba segura de odiar. La sección rítmica era impresionante y le tendió al saxofonista un camino hasta ellos. Éste oyó que el baterista daba un golpe de platillo muy sencillo que le abrió un campo infinito de tiempo y espacio; que el bajo se hundía en el abismo arrojando dardos de oscuridad sobre el ritmo y que los acordes del pianista, a pesar de su volumen, le proporcionaban fuerzas e ideas desde el primer compás.
“Comenzó su solo con unas manchas de sonido, violentas, casi rudimentarias, que se mantuvieron dentro del marco de rigor de un blues de doce compases. Escuché que alguien del público gritó ‘¡Yeah!’, lo cual a mí me pareció del peor mal gusto y fuera de lugar: los adultos no debían exclamar así y menos aún manifestar sus emociones en público, eso sólo era para nosotros, los jóvenes. Pero, sorprendentemente, al saxofonista le dio ánimos. Cada nota le salió perfecta, formada y acabada, como si la hubiera trabajado en un torno. El sax me empezó a parecer cada vez menos un instrumento musical para asemejarse cada vez más a una especie de aparato de joyero, algo que podría utilizarse para tallar una piedra preciosa.
“Quizá también era como un tubo de pintura al que se continúa exprimiendo el sonido de su interior hasta que se agota, y luego, una vez extendido el empasto expresionista, empezar a extraer de él líneas que pasaban a mi lado de manera borrosa, como fuegos artificiales o relampagueantes ambulancias nocturnas. A continuación, como si quisiera capear el temporal que acababa de levantar, pasó a algo más próximo al blues convencional con el que había comenzado, pero no del todo: las convenciones, al igual que las notas, habían quedado torcidas, desangradas y consumidas. Eran como casas destruidas, ciudades incendiadas, puertas arrancadas, vidrios rotos, vidas reventadas.
“El pianista mientras tanto, ejecutó un último bloque de acordes y dejó de tocar. Los otros músicos respondieron uniendo su sentido del tiempo de forma aún más indisoluble, e imprimieron al ritmo tal urgencia que por un instante pensé que aquello iba a terminar en un desastre, pero no. Había solidez, sabían lo que hacían y se manejaban con desenvoltura, Una especie de respeto hacia quienes tocan el jazz quedó instalado en mi mente y en mi corazón. Estaba impresionada con sus capacidades, por el volumen diferente con el que interpretaban la música, su música, Todas habían sido cosas inesperadas para mí. Creo que empecé a tener ideas diferentes, peregrinas, producidas por sonidos que no había oído ni por casualidad.
“Comencé a tener presente lo que estaba en el exterior. Quizá la gente reunida ahí hasta tenía algo relevante e inspirado qué decir. Tal vez hasta le preguntaría a mi padre su opinión sobre el concierto. Los brincos del sax, por aquí y por allá, estaban moviendo mi mente por igual. Mi cabeza estaba dividida en muchas escenas, diálogos, disputas, paisajes, sueños, temores, sensaciones nuevas, emociones distintas, ¡qué locura! Creo que me di cuenta de la iluminación que había recibido y de las necesidades frescas y golosas que ahora sentía. Pensé en mí, en mi propia canción. ¿Cómo era posible que me estuviera interesando en tales cosas?
“Entonces, antes de que pudiera percatarme de ello, el saxofonista bajó el instrumento e hizo ademán de abandonar el escenario. Al parecer su solo había terminado. El problema era que yo veía que quería continuar. Incluso se llevó el sax a la boca, pero noté que lo detenía el hecho de haber terminado lo que tenía que hacer y punto. ‘Ya cumpliste con tu obra’, le dijo su espíritu, y con una docilidad impropia hizo un gesto de asentimiento y abandonó el escenario. Yo había sido iniciada en el rito y la ceremonia de la música. A la postre decidí convertirme en jazzista y que la voz sería mi instrumento”.
En términos musicales netos el blues tiene formatos específicos, ya sea el típico de 12 compases, el blues en tono menor, el puenteado, etcétera. Es un género que tiene tantas formas como personas hay en el mundo. Así de universal es. In Blue no es un disco tradicional del género sino más bien una colección de piezas amadas por una artista como Karrin Allyson, que tienen que ver con los sentimientos independientemente del formato.
Los nombres en el rock siempre varían, los detractores no. Siempre son los mismos. Es una tara que han pasado de abuelos conservadores a hijos conservadores y nietos conservadores. Así que ahora les toca a estos últimos decir que el género vive una crisis, aunque nadie, ninguno de ellos, define con certeza de qué tipo.
Económica no puede ser, porque los estadios se siguen llenando, sus grupos aparecen en todos los carteles de los festivales alrededor del mundo, siguen grabando discos, así que tampoco es una crisis de creatividad. De ninguna manera.
Y así como peroran sobre ello, sin argumentos, tampoco a lo largo de los años han sabido realmente definirlo: un género musical “degenerado”, una moda, una costumbre… en fin, la necesidad de definirlo les urge porque lo que digan de él, en general, buscarán que repercuta en todo aquello que se le parezca, que pretenda serlo o lo que algún neocon defina como tal. Y lo que haga uno de los individuos mezclados en él de cualquier manera, buscarán que tenga eco en el rubro entero.
Cuando eso sucede, principian los prejuicios, los desconocimientos, el rechazo, la descalificación, no ya por los atributos creativos sino por lo público. Se habla más de la vida personal de los intérpretes que de sus aciertos artísticos.
Por lo tanto hoy, al final de la segunda década del siglo XX, al rock hay que definirlo teóricamente, desde esa plataforma, y recurrir a ella como un concepto que no dé lugar a equívocos; recurrir a su historiografía y desarrollo hasta la actualidad, como labor artística, como industria y como cultura viva.
Una actualidad en la que en ha logrado convertir algunas de sus obras en discos del año (Alabama Shakes, Courtney Barnett, Vaccines, Ty Segall, et al) con todas las cualidades intrínsecas que eso conlleva. Tapando con ello las bocas que hablan de crisis cada vez que aparece la palabra “rock” en el horizonte.
Entre dichas obras está la que cerró los años del 10 al 20, a cargo de The Black Keys, uno de esos grupos evangelistas que no han cejado en su labor: Let’s Rock. Una cita de los orígenes mismos del género, que tuvo a Chuck Berry como su hacedor. Toda una declaración de principios a cargo del binomio constituido por Dan Auerbach y Patrick Carney.
La expansiva y omnipresente cultura del rock –desde su ontología centenaria, hasta su amplio tenderete sociológico– comenzó con el rock & roll primigenio, el cual fincó los cimientos. Una verdad de Perogrullo pero que hay que repetir una y otra vez porque la actualidad pasa por un ignorante negacionismo.
Airar dicha verdad y el ambiente que la rodea a fin de investigar en sus fundamentos no es de ninguna forma una mala idea y sirve para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.
La revaluación de la importancia que tiene el rock & roll es quizá el compromiso cultural con mayor sentido en estos tiempos, cuando todo impulso musical parece relegado al criterio de intrascendentes DJ’s, a los raperos sin bagaje, a las coreográficas boy bands y vedettesurban del pop y al flagelo de lo transitorio.
Por supuesto el rock and roll no se ha modificado como forma –como el blues del que proviene–. Es como un libro, un artilugio perfecto al que no importa que agregados se le hagan, siempre mostrará su forma original, pero precisamente por ser tan natural deja mucho espacio al quehacer de la imaginación y al conocimiento. De ahí el reto para los músicos, tanto bisoños como veteranos, que deben aprender a tocarlo desde sus raíces e impulsarlo constantemente a lo largo de su carrera.
Por eso la reincorporación de The Black Keys al mundo discográfico y al escénico hace que la esperanza del viaje a la semilla del género brote gloriosamente de nuevo. Este grupo, desde su fundación en el 2001, se ha convertido en adalid de una avanzada del siglo XXI que sabe que origen es destino. Y, como la vida misma que tal ritmo representa, lo que uno encuentra en este grupo es riesgo, voluntad y actitud.
Actitud es una palabra clave y sus integrantes siempre lo han sabido: que el r&r es un lugar increíble para hacer todo tipo de preguntas, precisamente porque nadie espera encontrárselas ahí (“Eagle Birds”, “Walk Across the Water”). Dicha música sigue planteándose las mismas cuestiones esenciales. Como la de su identidad, por ejemplo.
The Black Keys, con Let’s Rock, han vuelto a echar mano de su sonido primigenio, pero también del rhythm and blues y del blues procedente de los lodos del Mississippi y hasta de las lumbreras del eléctrico de Chicago (“Get Yourself Together”, “Sit Around and Miss You”, “Fire Walk With Me”); lo han hecho para rendir tributo también a los emblemas del género y a la escuela del blues-rock británico (“Shine A Little Light”) y del rock de garage (“Go”).
Este grupo, que ha transitado desde el circuito de clubes hasta los grandes festivales, probándose como músicos y forjándose un sonido particular y una presencia escénica, han puesto el summum de su fogueo en tal álbum que marca su retorno (su última grabación databa del 2014, Turn Blue), así como el limado de asperezas entre sus integrantes). Y en el cual, a través de las doce canciones (número clásico en un antiguo disco de vinil) que lo componen, dan cuenta de sus saberes, de sus certezas y de su compromiso rocanrolero.
Cuatro años después de aquella abrupta separación, el beat totémico volvió a reunir a The Black Keys, banda que con discos como Brothers o El Camino, se convirtió en la última década en un gigante musical como los de antaño. Un grupo que lo acaparaba todo: las portadas de las revistas, los llenos de auditorios y estadios y era cabeza principal de todos los festivales internacionales de su momento. Una historia de éxito, sin lugar a dudas, que necesitaba un receso, abrir las ventanas, distraerse en otros proyectos, para luego retornar recargados y extra vitaminados.
Escuchar Let’s Rock es oír el latido vital de la libertad y la excitación de un género que desde hace casi siete décadas es un disparador contra la uniformidad cotidiana. Todo dentro de una exposición implacable. Así es la propuesta de estos tipos. Su presencia es ejemplo y estímulo para muchos grupos noveles que buscan modos de salir a escena y de florecer.
Tras la impactante sorpresa de la primera escucha del álbum vienen la segunda y la tercera y así, una y otra vez, hasta dilucidar cómo ha sido su paseo por la genealogía del r&r para llegar a lo que hoy viven: la experiencia sonora del origen, entendida como una concatenación hipermoderna. Experiencia que, repetida a lo largo de las épocas por unos y otros semejantes, es paradójicamente única (una vez más): Let’s Rock!
VIDEO SUGERIDO: The Black Keys – Go (“Let’s Rock” Tour Rehearsals), YouTube (The Black Keys)
La puerta del cementerio estaba abierta y supo entonces que habían salido a mover la cuerda. Ahí, justo a la vuelta de la esquina, donde terminaba el camposanto. Le intrigó saber cuál sería el mensaje cifrado en esta ocasión y cómo lo interpretaría para sí. No le serviría el I Ching, ni consultar a una médium espiritista. Eran idiomas diferentes, lo intuía. Era el lenguaje de un no-vivo (o casi), que buscaba a su propio interlocutor, que quizá no era él o sí, Who knows?
De cualquier manera, el asunto ya llevaba semanas así, los meses del invierno, que en esta ocasión había sido crudo y más oscuro de lo habitual, con temperaturas de -10 bajo cero, con nieve y viento. Esas que obligan a ponerse una desmesurada cantidad de ropa extra y aditamentos. Tenía la chamarra adecuada, pero tuvo que comprarse gorra, bufanda, guantes, underweare largo y botas impermeables. Todo ello para volvérselo a quitar a la hora de hacer ejercicio en aquel gimnasio y luego ponérselo de nuevo. Ridículo.
En fin. Aquello comenzó cuando cierta madrugada (se acostumbró a ir al gimnasio a esas horas, desde que ampliaron los horarios para atraer clientes) pasó frente al lugar, que estaba en su camino, y la puerta estaba abierta. Cosa rara, por la hora, y no sólo, pues nunca lo había visto así anteriormente. Creía que era un cementerio privado o clausurado, que únicamente admitía visitas con cita previa. Era un sitio extraño, en medio de un barrio de clase media, con nuevas construcciones por doquier.
Como estaba abierto aprovechó para echar una mirada desde la reja. A lo lejos veía una necrópolis al parecer bien diseñada con tumbas, criptas y mausoleos de la más variada índole, pero de las que no distinguía mayor cosa por estar rodeado de sombras (no quiso prender la lámpara del teléfono e iluminar a la distancia para no llamar la atención). Sin embargo, sentía una atmósfera cercana, a la cual decidió volver en otra ocasión, de día, para poder recorrer el sitio con calma, tomar algunas fotos y hasta algún video.
Retrocedió sobre sus pasos, se alejó del panteón y caminó de nuevo por la solitaria banqueta de costumbre, bien iluminada por la luz pública cenital. Llegó a la esquina y ahí se topó con el pedazo de cuerda por primera vez. Estaba sobre una de las tapas metálicas del alcantarillado que permitían la limpieza del desagüe a los camiones cisterna destinados a ello. Era una cuerda ordinaria, de color pardo. Pero lo que llamó su atención fue la figura que formaba, era el signo de interrogación con el que abren o cierran las preguntas (según el lado por el que se le mirara).
Se quedó con dicha imagen el resto del tiempo, incluso mientras se ejercitaba. Era como cuando uno no se puede quitar de la mente una melodía que aparece sin más y se repite hasta el cansancio y la desesperación y que luego desaparece por igual, tal como llegó. Al salir del gimnasio volvió a pasar por la alcantarilla, pero la cuerda ya no estaba. Había desaparecido. La buscó alrededor pero nada, se había ido. Pero no del sueño que tuvo luego de bañarse y meterse a la cama por un par de horas.
Lo sobresaltó el ruido del despertador. Tenía que ir a trabajar, pero se reportó enfermo. Se vistió rápido y salió sin desayunar. La puerta del fosal estaba cerrada, pero la baja altura de las bardas de la entrada le permitió divisar el interior sin problemas. En esta ocasión su mirada se topó con una diminuta caseta (seguramente del guarda o vigilante), que parecía más muerta que los inquilinos del lugar. Tomó nota del descuido, que complementó con algunas fotos. Caronte andaba de vacaciones, al parecer.
Asimismo las tumbas estaban llenas de hojas secas, basura que traía el viento y el lodo que cubría a la mayor parte de ellas. Todo lucía un largo abandono y descuido. No había señal de inhumaciones recientes, sólo espectros funerarios. No obstante, justo cuando había decidido retirarse, vio a lo lejos un montículo de tierra. Rodeó la cerca y comprobó que el agujero para la tumba era reciente, muy bien trazado y listo para el entierro. No había huella del vehículo que las abría ni rastro de alguna pala. Tomó otras fotos de diversos sepulcros y se fue.
Las demás madrugadas fueron semejantes, pero con la cuerda sobre la tapa de la alcantarilla con una forma diferente. Algunas veces era una letra (m, l, v, s, o), otras un signo (como de ampersand, de rayo, flecha o el de interrogación que se repitió varias veces). Lo veía al pasar, pero al regreso había desaparecido. Nunca de sus sueños. Al final de febrero, tras un día particularmente frío, una pesada sesión de ejercicios y un sueño reiterativo, decidió volver a salir y retomar el consabido recorrido.
Se dio cuenta cabal de que de noche las calles siempre son más largas, como las sombras. De que los gatos sustituyen a las personas en su tránsito noctívago por ellas. De que febrero es el peor mes del año porque no perdona la tristeza y de que despertarse, hacer todas las abluciones higiénicas y el ejercicio para mantener el cuerpo o alimentarse, las relaciones mismas, son cosas absurdas y una pesada carga cotidiana. Llegó así a la puerta del cementerio. La puerta estaba abierta. Entró.
Éste fue un pequeño homenaje con motivo del que hubiera sido el 80º aniversario del nacimiento del hombre que cruzó las líneas de los géneros y con ello rompió esquemas y purismos. Mostró que el origen es destino al caminar del lado oscuro de la vida y con la soledad del outsider. Su nombre Johnny Cash…
——-
Mientras escucho, puedo ver cómo Rick Rubin camina hacia Johnny, que se encuentra sentado y silencioso en aquel sillón. Lo toma del brazo y lo lleva delante de sus responsabilidades, frente a su guitarra, al micrófono, la consola de grabación, frente a su vida y su muerte. Frente a un espejo enmarcado por luces apagadas.
Nada invita a la ensoñación y es como si la dignidad que rodea al cantante consistiera en un edificio recién bombardeado, con cascajo amontonado y hierros retorcidos. El paisaje para después de la batalla. En esta ocasión —la última— el músico no cantará sólo sus piezas, algunas serán ajenas en autoría, no así en identificación.
La guitarra suena y Johnny canta franca y sinceramente en sus discursos vitales lo que alberga su corazón al final del día. La puesta en escena del productor Rubin es la necesaria: dentro de la iglesia episcopal St. James se lleva a cabo este oratorio.
Quienes lo rodean se miran a los ojos y la tensión está a tope. Ya saben lo que va a suceder. Las cartas están echadas y conocen el desenlace. Johnny, al igual que su antiguo camarada Elvis, también abandonará el edificio tras la función de este postrer escenario.
Todos quieren saber más cosas sobre él, no únicamente las leyendas y tópicos cinematográficos. Cosas que no se saben y que ahora pondrá en la mesa. Su serenidad y aplomo impresionan y alborotan la inquietud colectiva.
Hablará en cada tema de sus obsesiones, adicciones y de cómo caminó siempre por la fina línea abismal que ahora se borra al estar cara a cara con esa presencia oscura, intangible y determinante.
Escuchamos cada track como un réquiem de cuerpo presente. Asistimos al anticipado funeral de Johnny cantado por Cash. La cuarta y final entrega de su testamento musical se llama The Man Comes Around.
Johnny tiene ganas de enfatizar, de manifestar sus sentimientos de manera fuerte y contundente. En fila, una tras otra, surgen entonces 15 canciones enmarcadas de una forma tan seca, espartana y orgánica como sólo lo puede hacer Rick Rubin (un ecléctico productor discográfico de amplia paleta que sabe sacar el oro de las canteras más duras, enraizadas y escurridizas).
VIDEO SUGERIDO: Johnny Cash – Personal Jesus, YouTube (isodradek)
Se trata de un conjunto tan bello como turbador. La belleza de la herida no deja de sorprender. El mismo Johnny, tan curtido en las idas y vueltas al infierno, aún es capaz de admiración por ese sonido que le asignó Rubin.
De esta manera el propio Cash ha plasmado su necrología, quizá para aliviar el dolor. Todas esas imágenes reunidas vienen del camino ¿de dónde si no? Y todas tienen características en común. Todas están impresas en blanco y negro, mejor dicho en diferentes tonos de gris, como ya poco se estila, y por lo tanto todas están desprovistas de color.
Son documentos hermanos para testimoniar los vuelcos y revuelcos de un cantante country que siempre supo transformarse para continuar. Y lo hace hasta con su propio fin.
Se percibe en las canciones la espesura que envuelve las dos orillas del río: la de la vida, agridulce, densa y plagada de dudas, y las de la desoladora nada: “Conozco la muerte —dice un personaje de La montaña mágica de Thomas Mann—, salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas”. Cita confirmada por el cantante.
¿Pero, qué es lo maravilloso de todo este cuadro? El hecho de que Cash, bajo las circunstancias en que se encuentra (con la parca rodeándolo por doquier, con 70 maltratados años a cuestas, entre drogas, alcohol y otros excesos; el reciente fallecimiento de su llorada esposa June y enfermo de neumonía con varias recaídas durante las sesiones de grabación), haya percibido claramente los signos de otros músicos que saben quién es quién, pero que —en el imaginario colectivo— tienen poca relación entre sí, para armar su repertorio de canciones de despedida.
Porque eso es lo que quería, un disco de despedida y no uno póstumo. Uno para el que se preparó durante la última década con la serie American.
Cuatro discos que convocaron géneros diferentes al igual que sus características, pero que esencialmente se erigen en la defensa de un conjunto de valores que se saben extintos y marcados en definitiva por la personalidad de su intérprete.
En la cuarta entrega aparecen temas de Paul Simon (“Bridge over Troubled Water”), Sting (“I Hung My Head”), Ewan McColl (First Time Ever I Saw Your Face”), The Beatles (“In My Life”), The Eagles (“Desperado), Hank Williams (I’m So Lonesome I Could Cry”) y sobre todo el sarcasmo de Martin Gore (“Personal Jesus”) tornado en creencia inquebrantable, así como “Hurt” de Trent Reznor y sus razones sobre la autodestrucción.
Metáforas, declaraciones, reafirmaciones, confesiones, luchas con fantasmas y manifiestos hechos por un intérprete transgenérico, como reclaman los nuevos tiempos y los nuevos públicos, ante la resignación del último aliento.
Los enigmas del arte, en la frontera de la vida, asomaron las orejas e hicieron a Johnny más sabio por diablo que por viejo.
A los demás nos queda escuchar de qué manera alguien como él, que permeó su género por medio siglo a base de baladas mórbidas y marginales, hace mutis del foro volviéndose a transformar.
Y esa transformación se escucha de forma tan impactante (vía la producción tecnológica) y conmovedora (vía la lírica rockera), con las palabras de otros hechas suyas, acercadas a su terreno, y con una voz en primer plano llena de la autoridad y verosimilitudes, que permite oír y saberla muy real y humana. Así cantó para despedise el Hombre de Negro.
VIDEO SUGERIDO: Johnny Cash – In My Life, YouTube (mawrazen)