Tras una enloquecida travesía junto a Neal Cassady, retornó en auto a la ciudad de México a principios del siguiente diciembre.
Burroughs apenas alcanzó a despedirse de ellos; se iba a Florida y luego a Panamá.
Cassady se quedó únicamente un par de días, embriagándose. Luego compró una buena dotación de marihuana y se regresó manejando a la Unión Americana.
Solo, Jack rentó y se instaló en un cobertizo de la azotea en el mismo 210 de aquella avenida.
El mínimo habitáculo le pareció bien para escribir otra novela. Sin embargo, no resistió la desolada situación en la que se encontraba y borracho partió rumbo a Nueva York antes de la Navidad.
*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
Con el disco Live ’91 el multiinstrumentista, cantante y músico africano Manu Dibango había encantado a la escena musical jazzística del mundo con su anexión al vanguardismo dentro del género denominado «acid jazz». Live ’91 (magnífico ejemplo interpretado en vivo de tal momento musical) fue grabado en compañía del rapero británico MC Mell’O. Con tal álbum, realizado durante sus presentaciones en el Olympia de París de ese año, Dibango sacó vapor del público con sus energéticas composiciones como «Wema» o «Bolingo City», haciéndose acompañar por la Soul Makossa Gang y el mencionado Mell’O. Live ’91 es un álbum clásico que resulta imprescindible para aquellos que quieran ponerse al corriente de lo que sucedía con el avant garde del afro jazz.
VIDEO: Manu DIBANGO – La Javanese, YouTube (Manu DIBANGO)
BXXI-557 PROTAGÓNICOS Y OTROS
Del año 2020, en el que todos vivimos en peligro (pero algunos no lograron superarlo), hoy recordamos los nombres de aquellos que se fueron por entonces de manera silenciosa, sin recibir el obituario justo debido a la densidad mortal que distrajo de ello. Los recordamos, así como a las canciones que ya no pertenecen únicamente a la historia del género, sino que de manera protagónica o incidental forman parte de nuestro ser musical, igual que los cambios de humor que han provocado en nosotros. Son esos nombres y temas que vuelven y que acaban conformando una familiaridad que a unos y a otros les van gestionando la memoria y las emociones. Este pequeño homenaje es para todos ellos.
VIDEO: The Spencer Davis Group – Somebody Help Me (Beat Beat Beat – 1966), YouTube (John1948TwelveA)
BXXI-558 BOB DYLAN 80-12 (CANTOR NAVIDEÑO)
Los festejos navideños desde principios del siglo XX dejaron de ser religiosos en exclusiva para transformarse en culturales, en general. Hoy abarcan diversos aspectos que se han enriquecido a través de la historia con infinidad de expresiones culinarias, literarias, pictóricas y musicales. Las manifestaciones de esta última cumplen casi un siglo de aparecer puntualmente con la temporada. Un producto de consumo que a veces se crea bajo conceptos estéticos con mayores pretensiones y de esta manera alcanza el grado de clásico. El rock no se ha sustraído a ello y cuenta en su repertorio con muchos ejemplos en este sentido. El de Bob Dylan, es uno de los sobresalientes, por varias razones.
VIDEO: Bob Dylan – Must Be Santa (Official Video), YouTube (Bob Dylan)
BXXI-559 ROOMFUL OF BLUES
De cualquier forma, no existe una palabra precisa que defina la música de Roomful of Blues: una mezcla embriagante de muchas cosas. Se percibe el fraseo del jazz, el lamento del soul, la forma del blues y el beat del rock. Llámenlo rhythm and blues, si quieren, pero sólo se habrá rascado la superficie. Entonces, ¿de dónde viene tal esencia? De dentro, del alma que le ponen; ¿de dónde más? La suya es una música con sentimiento. El grupo, asentado en Rhode Island, se ha mantenido unido en una forma u otra desde hace cincuenta y tantos años, y ha trabajado con otros artistas como Fats Domino, Professor Longhair, Count Basie, Lou Rawls, B.B. King, Los Lobos y muchos más.
VIDEO: Roomful of Blues with Rick Derringer March 1988 late night The Performance, YouTube (BetaGems)
BXXI-560 BERTRAND TAVERNIER
Empapado por el cine estadounidense de los años cincuenta surgió el gusto estético del director francés Bertrand Tavernier (nacido en Lyon en 1941 y fallecido el 25 de marzo del 2021). Él fue un director con título de ejemplar, que se mantuvo cercano a la realidad social durante toda su carrera cinematográfica. Siempre realizó filmes en este sentido. “Nunca he trabajado a partir de problemáticas sociales, sino de personajes. Una situación social nunca puede ser el tema de una película”, aseguraba. Por ello se le identifica detrás de muchos de sus personajes: perplejos ante la realidad, llenos de contradicciones, sobrevivientes tercos y sin tregua contra sistemas deshumanizados. El filme ‘Round Midnight, es el más destacado ejemplo.
VIDEO: Dexter Gordon – ‘Round Midnight, YouTube (Tzazilas)
Ry Cooder (nacido en Los Ángeles, California, en 1947) es una especie de antropólogo de la música popular contemporánea. Es un explorador que gusta de aventurarse por horizontes ignotos para el mainstream. Busca tesoros ocultos, estudia sus orígenes, se involucra en sus historias, descubre gente, pasados, héroes, leyendas, tradiciones, falsedades, injusticias, epopeyas y desventuras. Y luego de hacerlo reúne, graba, promueve y proyecta sus descubrimientos a través de compañías selectas, independientes, a las que acuden luego hambrientas las gigantescas trasnacionales hastiadas de lo mismo.
Esto lo ha hecho siempre, desde su temprana juventud allá por los años sesenta, cuando se adjudicó el compromiso artístico de la independencia, las causas perdidas y los caminos alternativos. Se forjó como un caminante solitario y justiciero (la cinematografía misma le ha pedido sonorizarla: Paris, Texas, Streets of Fire, Crossroads o Geronimo: An American Legend, como exégesis) al que le gusta poner las cosas en su sitio (acción que conlleva en sí la crítica del observador profundo y la obra fecunda).
Así ha sucedido, como ejemplo, con el blues autóctono, de raíces country, al que casi nadie le prestaba atención en la Unión Americana. En 1964, junto con el intérprete de folk blues Henry St. Claire Fredericks, Jr., que artísticamente se hacía llamar Taj Mahal, formó un grupo al que llamó Rising Sons y grabaron un disco con suerte fatal.
Durante un periodo en que el blues solía ser interpretado principalmente por músicos blancos con solos que duraban horas, Mahal se entregó, con energía chispeante, a diversas formas de blues y del ragtime emanados de los años veinte y treinta del siglo XX.
Sus primeras grabaciones le dieron la reputación de ser el último gran innovador del blues rural. Una comparación de rigor era con Ry Cooder, con el que a mediados de los años sesenta fundó el grupo The Rising Sons.
Esto sucedió en Cambridge, Massachusetts, en 1964. El joven intérprete escuchó a un guitarrista llamado Jesse Lee Kincaid y quedó admirado por su técnica. Kincaid lo convenció de ir con él a California, con la idea de presentarlo a un amigo llamado Ryland Cooder, otro fenómeno de la guitarra. La intención de ambos era tocar el blues rural combinado con las piezas originales de Kincaid.
Al trío se agregó Gary Marker, un bajista de jazz que asistió a la Berklee School of Music de Boston con una beca de la revista Down Beat. Marker a su vez los conectó al baterista de jazz Ed Cassidy, quien participaría en sus primeras sesiones de grabación antes de unirse al grupo que lo haría famoso, Spirit. Lo sustituyó a la postre Kevin Kelly.
Tras varias presentaciones en pequeños clubes y haciendo circular los demos, Allen Stanton de la Columbia Records contrató al grupo en junio de 1965. Las sesiones de grabación se extendieron hasta 1966. Una y otra vez la Columbia pareció a punto de invertir una cantidad fuerte en el grupo, pero esto nunca se materializó.
Todo un álbum fue mezclado y preparado para editarse, cosa que finalmente no sucedió: las cintas fueron a la bóveda de la Columbia, donde permanecieron durante 25 años. Hasta 1992, en que se editó Rising Sons featuring Taj Mahal and Ry Cooder, el cual contiene 18 cóvers de diferentes blueseros (Robert Johnson, Willie Dixon, Jimmy Reed, entre otros) y cuatro temas originales de Kincaid.
Las grabaciones hechas para tal compañía discográfica probablemente nunca hubieran llegado a la luz del día de no representar los Rising Sons los primeros esfuerzos de Taj Mahal y Ry Cooder a la cabeza de un grupo propio, ya que se trata de dos de los artistas más interesantes, excéntricos y eclécticos de la escena musical estadounidense. La ola inglesa y su versión del blues aún no habían despertado de su letargo a los ejecutivos de las compañías discográficas de este lado del Atlántico.
Desde entonces Cooder se pasea entre la periferia y el centro de la música estadounidense y la popular excéntrica de otras partes del mundo, con la devoción de un artesano ilustrado. Trátese de blues, gospel, alt country, rock, son, tex-mex, americana, música hawaiana o clásica hindú, el guitarrista recorre todos los géneros y los toca como propios. No le interesan las tendencias, las modas ni la industria.
En las expediciones sonoras que lo sacaron de los caminos musicales estadounidenses se ha dejado guiar por una certera intuición y gusto musicales. «Algunos artistas emanan una fuerza individual increíble —ha comentado—. Tocan lo que sea y uno queda fascinado al darse cuenta de estar escuchando a un músico único. Así me sucedió con Gabby Pahinui, por ejemplo. Hay muchos buenos músicos en Hawai, pero Gabby es el mejor. Su sentido de la poesía y la belleza se trasmite con su música. No tiene nada qué ver con la técnica”.
Cooder ha colaborado también con el acordeonista de tex-mex Flaco Jiménez en el disco Chicken Skin, del cual salió el tema “Hell Had to Go”, el único que se ha convertido en hit dentro de las listas estadounidenses; con el hindú V. M. Bhatt (guitarrista clásico de Rajasthán en el norte de la India, en una grabación de improvisaciones que se concretó en una iglesia de Santa Barbara en California) y con Ali Farka Touré, de Malí en el occidente africano, entre una larguísima lista de colaboraciones.
VIDEO SUGERIDO: TAJ MAHAL & RY COODER – By & By (Poor Me), YouTube (MoebiusCrononauta)
*El ensayo “El Nacimiento de las Raíces” forma parte del libro Ry Cooder (El Outsider Justiciero) de la editorial Doble A, y ha sido publicado online de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
Jack Kerouac llegó por primera vez a la Ciudad de México a fines de mayo de 1952, con el objetivo de encontrar motivación para escribir un nuevo libro. Arribó a la casa donde vivía de tiempo antes William Burroughs, en el número 210 de la calle de Orizaba, en la colonia Roma —una zona urbana europeizada en su arquitectura (art noveau, neo-colonial y funcionalista) que en aquella década era un revoltillo populoso cuya vida se enriquecía con los intercambios entre inmigrantes libaneses, judíos, gitanos y de las propias clase media y provincia mexicanas.
Antaño Burroughs había sido su mentor y Jack aún lo consideraba como tal, por su espíritu clarividente y una cosmovisión definida por el hecho supremo de la muerte. Aquél, desde sus distintos lugares de residencia, siempre ejerció como Sumo Augur. Enfundado en ello manifestaba su rebeldía contra un sistema opresivo que presagiaba el auge del totalitarismo.
Sus visiones hablaban de estallidos de violencia urbana, de la fractura del establishment y de la juventud como punta de lanza en la instauración de cambios sociales. A todo ello lo nutría con el experimento yonqui, con la anarquía interzonas y con la alienación del individuo atrapado por las constataciones de la finitud a las que él no quiso rendirse jamás. Las bases de su lucha estaban en el ansia de transformación y en el fluir de una conciencia epicúrea, retrofuturista, discordante y tóxica.
Este Burroughs le dio entonces la bienvenida al que tomaba como un talentoso escritor y elemento pertinente de esas huestes trasgresoras. Jack se instaló y comenzó a disfrutar de las arengas agrias e ingeniosas de su anfitrión mientras fumaba marihuana y mecanografiaba el texto de Visions of Cody. A la postre, se lo envió a Allen Ginsberg, su «agente» literario por ese entonces. Drogado y tranquilo conversaba con su anfitrión y gurú y se encamaba con prostitutas.
Las drogas fueron una fuente recurrente de estimulación durante su estancia. La morfina la tenía al alcance de la mano gracias a un permiso de la Secretaría de Salubridad que le concedía a Burroughs siete gramos al mes, que le costaban 30 dólares. Ambos también comieron peyote y elucubraron tremendos diálogos. Sin embargo, tal atmósfera no duró. Un amigo de Burroughs fue arrestado por posesión y fue a dar a la cárcel. La paranoia se apoderó de él y ordenó a Jack que no fumara hierba en la casa.
Burroughs mantenía una fundamentada relación paranoica con el mundo. Se sentía vigilado por esas organizaciones gubernamentales que permiten a los estados policiacos ofrecer una fachada democrática detrás de la cual acusan a cualquiera que se oponga a la maquinaria de control (la CIA en primer lugar). «Vivo con la amenaza constante de ser poseído y con la obstinada necesidad de escapar de ello, del control —confesaba—. La muerte de Joan [Joan Volmer, su esposa, a quien durante una reunión etílica disparó y mató accidentalmente al estar probando su puntería, en la misma ciudad de México en septiembre de 1951] me puso en contacto con el invasor, y me condujo a una eterna lucha en la que no he tenido otra alternativa que la de escribir mi propio escape».
No obstante, las drogas más duras conservaron su popularidad en aquel domicilio. La casa de Orizaba se convirtió en lugar preferido para muchos personajes residentes y de paso. Un saxofonista llamado Wig —que había tocado con Art Pepper y Shelly Manne— era cliente. Un yonqui generoso que aportó dinero y una rica colección de discos de jazz (que como protagonistas aparecerían después en Mexico City Blues). Jack, por su parte, se daba sus escapadas al bar de una mujer llamada Lola, pero también entretejía la trama de su nueva obra, Dr. Sax, de la cual Burroughs era personaje.
Mientras le duró el dinero, Jack asistió a los burdeles de la calle Órgano, donde un acostón le salía a 36 centavos de dólar. En la casa de Orizaba escribía en medio de nubes de marihuana. Aquélla era la segunda vez que intentaba hacerlo drogado y conservó el control para hacer del Dr. Sax una de sus mejores obras. Por aquel entonces tan impublicable como el resto de sus libros, y éste más a causa de su estilo surrealista.
Su situación de inédito lo tenía completamente deprimido. Sólo contaba con 60 centavos en el bolsillo de sus deslavados jeans, una vieja bolsa para dormir; una esposa, en los Estados Unidos, que intentaba refundirlo en la cárcel por no recibir la pensión para una hija que él no quería ni ver; tres libros que nadie quería publicar (su primer y único título hasta el momento —La ciudad y el campo— había aparecido en 1950); le habían robado el impermeable y diez dólares enviados por su madre, y con Burroughs tenía constantes roces a causa de su papel de gorrón.
A este último casi todo el dinero se le iba en gastos judiciales (se encontraba en pleno proceso por la muerte de su esposa). Frenético, Jack le escribió a Carolyn, la esposa de Neal Cassady, para pedirle un préstamo. Éste nunca llegó. Mientras tanto, Burroughs preparaba un viaje a Panamá y a Perú, en busca de una droga llamada yage, la panacea, según él. Jack, por su parte, estaba malhumorado, paranoico y fumando marihuana sin parar.
Sintiéndose abandonado, se refugió en la cercana iglesia de la Sagrada Familia —evocando su infancia católica—. Ebrio, gritó dentro implorando ayuda a todos los santos. Los famosos vitrales italianos Talleri del templo resistieron su andanada de dolorosos aullidos y los oídos del padre Pro (muerto durante el conflicto Cristero y cuyos jesuitas restos moraban en el bautisterio como tesoro beato) no dieron indicaciones de acusar recibo del hecho.
Sin embargo, los feligreses atónitos que por ahí se encontraban no dejaron de mirarlo durante toda su vociferación, hasta que abandonó el recinto silenciosa y erráticamente. De regreso a la casa le pidió prestados veinte dólares a Burroughs para el boleto de autobús. Éste refunfuñó y todo, pero se los prestó. A fines de junio, Jack viajó de vuelta hacia los Estados Unidos.
*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
Bob Dylan es un clásico contemporáneo. Un autor necesita pasar por las manos de varias generaciones para alcanzar tal condición. Es alguien cuyas obras se han convertido en referencias perdurables y a las cuales se revisita una y otra vez para realizar nuevas lecturas sobre ellas. Él, por su parte, ha sido un creador generoso en cuanto a las perspectivas desde las cuales estudiarlo. En lo referente a sus raíces musicales, en las letras de sus canciones, ha proporcionado el quid para ubicar las semillas que le dieron origen.
A lo largo de su trayectoria, el cantautor ha utilizado las baladas, los cantos outsiders (de temáticas “fuera de la ley”), el folk, las elegías (himnos religiosos y profanos de tradición campirana), los espirituales, las canciones de contenido social y de protesta y el rock, entre lo más recurrente. Y como soporte impulsor de todo ello el country blues.
Evidentemente las influencias han sido variadas. Sin embargo, se pueden quintaesenciar en dos personajes clave: Charlie Patton (en la raíz negra) y Woody Guthrie (en la blanca). Patton —oriundo de Mississippi— en diversos sentidos resumió, a su vez, los modelos musical y social que constituyeron el blues del Delta de las primeras tres décadas del siglo XX.
Cuando el 19 de marzo de 1962 apareció el álbum debut de Bob Dylan, con su nombre como título, el cantautor tenía apenas veinte años de edad y uno de haber llegado de la provincia a la ciudad de Nueva York. Llegó cargado de esa cantidad de antecedentes: el country blues de Patton, la temática social de Guthrie y el vasto legado musical de la campiña estadounidense. Con ese bagaje y algunas experiencias discursivas en los cafés del barrio bohemio del Greenwich Village, de la Urbe de Hierro, entró a los estudios de la CBS.
El disco no reflejó de manera fehaciente lo que el propio Dylan era, porque evolucionaba a toda velocidad. El material era antiguo, basado en sus fuentes tempranas, pero con las que seguía trabajando durante sus presentaciones. Sin embargo, como artista comenzó a madurar, a crecer. Los cambios entre su primer álbum y los siguientes fueron manifiestos.
Del material rústico pasó a la interpretación de poemas personales de altos vuelos brechtianos, a las profecías y a los himnos absolutos para el movimiento protestatario de los sesenta. En medio de todo ello hubo canciones de amor agridulce, romanticismo folk (incluso inauguró un nuevo género, el folk-rock) y country blues de músico vagabundo. El Dylan que se inició como un simple cantante folk contó con la suficiente personalidad para romper con la tradición y adoptó el rock para sus objetivos.
Desde entonces se convirtió en la figura más importante en el mundo de la canción popular (circunstancia legitimada por la obtención del Premio Nobel de Literatura), lugar que mantiene hasta la fecha. En el almanaque de sus canciones la observación es un aporte fundamental. Él trazó una nueva dimensión de lo cotidiano y refutó los prejuicios que juzgaban toda poesía sólo en términos de sentimiento y contenido, como si en el mundo del lamento existiera únicamente el lamento y no también todo lo que lo produce.
Y henos aquí, a los 80 años de edad de Bob, decenas de discos oficiales y más de medio siglo después en el punto del reencuentro entre las dos corrientes que engendraron la música popular de los Estados Unidos. El lamento y el relato, la sensualidad y lo jovial, la provocación y el rezo en ambos casos, y el soplo libertario gutural y lírico, sacudido por pulsaciones primitivas y regocijadas.
Las canciones de Dylan representan la lucha librada por un individuo para aportar un significado a la experiencia; de un artista en busca de una voz personal capaz de expresar una emoción y un tiempo, de esa voz que se alza para decir lo que necesita decir. Y son un auténtico curso sobre las raíces.
Dylan pasó de ser un músico folk y de protesta a un poeta de trascendencia universal; a uno que como los de la antigüedad canta y que, como los bardos de siempre, remueve la imaginación de quien lo escucha. Es un narrador que observa con agudeza y un adivinador que absorbe y envuelve con sus palabras, mismas que se ubican dentro de melodías cautivadoras y ritmos sencillos.
*Fragmento extraído el libro Bob Dylan 80, de la Editorial Doble A. Publicado de manera seriada a través del blog Con los audífonos puestos, entre los años 2019-2021.
Los libros que cito en esta serie y las canciones que han acompañado su lectura, reseña y ligazón, han construido una buena parte de lo que es el rock en su concepto. No es una ocurrencia del momento presentarlos unidos, sino como una muestra del legado que lleva encima y que tiene que ver con sus contextos, afinidades electivas y sus pasiones.
Para cada género musical hay libros y discos (películas, obras de teatro, pinturas, cómics, etcétera) en los que se puede hallar goce, satisfacción, instinto o identidad.
Encontrar esos libros y demás, poco a poco, a lo largo de la vida del rock y establecer con ellos una relación duradera, asimilarlos gradualmente y retener su savia, ha constituido para el género (y para sus seguidores más avezados) un acto esencial en el círculo de sus placeres y por ende en el de la creación de su espíritu, su ser y estar en el mundo, participando así en el flujo de la cultura de su tiempo y, por ende, en el de la memoria de la especie.
*Fragmento de la introducción al volumen LibRock’s (Canon I), de la Editorial Doble A, cuyo contenido se ha publicado a través de la Serie “Libros Canónicos” como parte del blog Con los audífonos puestos.
LibRock’s
(Canon I)
Sergio Monsalvo C.
Editorial Doble A
Colección “Ensayos”
The Netherlands, 2020
CONTENIDO
Iluminaciones (Les Illuminations) – Arthur Rimbaud
Frankenstein – Mary Shelley
Hojas de Hierba (Leaves of Grass)– Walt Whitman
Moby Dick – Herman Melville
El Cuervo (The Raven) – Edgar Allan Poe
El lobo estepario (Der Steppenwolf) – Hemann Hesse
Hambre (Hunger) –Knut Hamsun
Manhattan Transfer – John Dos Passos
En el camino (On the Road) – Jack Kerouac
El Guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye) – J.D. Salinger