CANON: SONIC YOUTH

 

Por SERGIO MONSALVO C.

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CONTEXTUALIZACIÓN Y OÍDO

No hay movimiento sin banda sonora. Es decir, ninguna corriente sociopolítica, ninguna acción cultural, ningún levantamiento de voz en el ámbito que sea tendrá significancia o trascendencia si no es acompañado, envuelto y avalado por una música característica.

Toda época histórica, todo ísmo artístico, se apoya en las notas que abstraen sus ideas y lo divulgan con cantos y composiciones que lo definen en el oído.

El contextualismo es una tendencia de vanguardia que surgió con los años ochenta del siglo XX y que buscó, desde el inicio, la integración de nuevos conceptos dentro de un ámbito tradicional ya prestablecido.

Es un movimiento cultural que abarca desde la arquitectura hasta la escultura urbanita, pasando por la plástica, el arte digital, video, cine y literatura. Es un movimiento que cuenta la novedad en función del lenguaje.

La música ha participado de todo ello con muchos ejemplos a través de las últimas décadas. Uno de sus estilos más representativos es el noise rock, que tuvo al grupo Sonic Youth como uno de sus máximos exponentes.

Dicha banda sostuvo su preponderancia con la participación estética de la ciencia del sonido, la cual desarrolló de manera notable con una mezcla de géneros, tecnología y tradición. La tradición del contexto que le dio origen: la ciudad de Nueva York.

El noise es un género derivado de la música experimental que utiliza sonoridades compuestas por elementos musicales heterodoxos, y carece de estructuras como la armonía y el ritmo.

A ello se incorporan todo tipo de elementos no musicales con un volumen fuerte y/o disonante, ruidoso. El noise rock, subdivisión de aquél, suma a su vez elementos del punk y el metal a las calidades abrasivas del noise puro.

El noise rock, emparentado con el no wave, el avant-garde y el progresivo, es descendiente directo del art rock, un género que comenzó sus andares y tradición en los subterráneos de la ciudad de Nueva York.

El primer paso con el grupo Velvet Underground (y el álbum White Light/White Heat) y reafirmó su identidad con Metal Machine Music, el disco como solista de unos de sus integrantes: Lou Reed, entre otros referentes.

John Cale, otro importante elemento del Velvet ha dicho lo siguiente del contexto en el que se materializó dicha música: “Fue una tradición extraña la que surgió en Nueva York. No estuvo basada en la adulación del pasado ni en la interacción con otros hacedores, sino más bien al contrario. El progreso se dio por medio del rechazo. La originalidad de esta propuesta aderezada con la autocrítica despiadada, que distingue la vida de esta ciudad, mantuvo vivo el fuego y lo continuará en el futuro”.

El futuro profetizado por Cale continuó su desarrollo con Sonic Youth en las mismas calles neoyorquinas, en las mismas aulas de sus universidades y escuelas de arte, en el mismo rechazo al mainstream.

VIDEO SUGERIDO:  Sonic Youth – Antenna (Live Jools Holland 2009) HQ, YouTube (BillieJeanls)

Sonic Youth nació como descendiente de aquel underground sesentero y como hijo putativo del punk, pero solo en la actitud, ya que en cuestión de sonido no admitió comparación con nada.

Su música como la de sus antecesores, sacudió los cimientos de la escena de manera irreversible.

El fundamento contextualista de esta agrupación neoyorquina se basó en la creación de ambientes aparentemente caóticos, pero controlados en lo absoluto por sus habilidades como instrumentistas.

En sus conciertos se dejaban llevar por la imaginación y usaban desarmadores, alicates, el rasgueo de las cuerdas con materiales diversos, utilizan hasta veinte guitarras con distintas afinaciones.

Todo era necesario en dicho concepto. De esta manera dieron cátedra durante tres décadas.

SONIC (FOTO 2)

Cuando la mayoría de los grupos se queda sin nada qué decir o se disuelven por las ansias megalómanas de sus integrantes, en Sonic Youth sucedió lo contrario. No perdieron la frescura porque su éxito artístico no se basó en una innovación puntual, sino en la experimentación constante y las tensiones internas entre sus miembros eran inexistentes: todos tenían uno o varios grupos paralelos y actividades dentro de otras disciplinas.

Las funciones estaban repartidas: Kim Gordon llevaba el peso del apartado intelectual, mientras Lee Renaldo, Thurston Moore y Steve Jay Shelley lo hacían con el complejo aparataje musical.

De esta manera a lo largo de su desarrollo y evolución Sonic Youth encantó y sorprendió, ensordeció y musicó, divertido y polemizado a una audiencia que vio cómo a lo largo de los años muchas agrupaciones se iban alimentado de sus inventivas, como el noise pop, por mencionar alguna.

El noise pop es un estilo musical ubicado dentro del rock alternativo o indie que se caracteriza por el uso que hacen los grupos inscritos en él de la guitarra eléctrica, incorporando ingredientes del experimentalismo, el post punk, el no wave y el noise.

Esto se evidencia en la materialización de sus distorsiones, en las afinaciones disonantes, en los acoples, en el feedback y otros efectos sonoros generados por las guitarras eléctricas.

Las bandas enlistadas en dicho estilo también se caracterizan por emplear una contundente base rítmica heredada del punk y del hard y por la utilización selectiva de melodías inspiradas  en el pop clásico y en el arcón de la new wave.

El grupo que dio origen a todo ello, el que puso las pautas, fue Sonic Youth con sus afinaciones originales y hasta entonces nunca empleadas en el rock. Su enfoque conceptual y bases arty, ejercieron y ejercen una influencia que continúa contextualizándose, a pesar de su disolución en el 2011. No por desacuerdos musicales o artísticos, sino paradójicamente por el cliché matrimonial más antiguo del mundo: el cambio por una pareja más joven.

VIDEO SUGERIDO: Sonic Youth – I Love Your Golden Blue (2005/06/03), YouTube (ICAndrei)

SONIC (FOTO 3)

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LIBROS CANÓNICOS: THE DOORS OF PERCEPTION (ALDOUS HUXLEY)

 

Por SERGIO MONSALVO C.

 

HUXLEY (FOTO 1)

 

(ALDOUS HUXLEY)

Aldous Leonard Huxley fue un escritor británico que nació en julio de 1894 en el condado de Surrey. Era miembro de una familia de prominentes intelectuales que emigró a los Estados Unidos. Estudió en la Universidad de Oxford donde se graduó en Medicina, aunque nunca la ejerció debido a una enfermedad visual que lo dejó ciego durante algún tiempo. Entonces comenzó a escribir poesía y a colaborar con diversas revistas hasta que pudo vivir por completo de la literatura.

La obra literaria de Huxley fue inmensa y variada. Escribió cuentos, libros de viajes, tratados filosóficos, guiones para cine y narrativa. Numerosos libros que revelan una vasta cultura y gran curiosidad intelectual. En sus comienzos poéticos influyeron los simbolistas franceses (Rimbaud, Baudelaire y Lautréamont). Igualmente ejerció como crítico social y se interesó por la parapsicología y la filosofía mística. Se le considera hoy un puntal del pensamiento moderno.

Huxley se atrevió a explorar en lo que no percibimos de la realidad cotidiana. A principios de los años cincuenta del siglo XX, se entregó a la experimentación con la mescalina, un alcaloide psicoactivo del peyote. El nuevo paisaje perceptivo que amaneció en su mirada lo intentó recrear luego en su trascendental obra de 1954: The Doors of Perception (Las puertas de la percepción).

HUXLEY (FOTO 2)

Huxley ya había iniciado el camino en pos de la realidad que es y nos rodea a través de la imaginación literaria. En los años treinta, escribió la célebre novela Un mundo feliz en la que la droga denominada soma es virtualmente el personaje crucial de la obra.

Huxley sospechaba que la farmacología se acercaba a la elaboración de una sustancia que liberaría al hombre de sus miedos. Pero a la vez presentía que el Estado se opondría a tal sustancia emancipadora, reemplazándola por un mecanismo capaz de perfeccionar el control estatal y universal sobre libertad la individual y particular. Esta hipótesis aflora en Un mundo feliz, obra cercana en sus visiones futuristas de hipercontrol social a 1984 de George Orwell.

En su última obra La isla, su pluma talló una atmósfera cultural apabullada por la neurosis de la guerra. Sólo una aislada minoría que vive en una isla cultiva una sabiduría trascendental. Sus miembros practicaban la costumbre de ingerir unas setas durante la experiencia de la muerte. Según Huxley, en el instante del tránsito al otro lado, el ser humano debe hallarse especialmente lúcido. Fiel a esta prédica, cuando le llegó el tiempo de morir (en 1963), Huxley le pidió a su esposa que le suministrara 100 mg de LSD.

En Las puertas de la percepción, Huxley expandió su poder sensitivo ante la rica creatividad del mundo que en silencio nos acompaña. Fuente inspiradora de su travesía exploratoria fue William Blake, el visionario poeta y grabador inglés del siglo XVIII. El nombre del ensayo vivencial de Huxley procede de un conocido verso de Blake perteneciente a Las bodas del cielo y el infierno: “Y cuando las puertas de la percepción se abran entonces veremos la realidad tal cual es: infinita”.

VIDEO SUGERIDO: 13th floor Elevators – Levitation (1967), YouTube (sirPUNKsir)

Tras abrir estas puertas, Huxley meditó en la experiencia visionaria y en el arte creador como una fuerza que nos restituye la urdimbre iridiscente y polimorfa de la realidad que nos abraza. El viaje que la inteligencia sensitiva de Huxley trazó en el libro ejerció una fuerte influencia en el movimiento contracultural de la generación beat de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, apadrinada por William Burroughs,  y  a la postre en la de los años sesenta con la experiencia psicodélica y en el interés por explorar los estados alterados de la conciencia.

En las temáticas del texto Huxley construye su nueva percepción de lo cotidiano bajo el efecto de la mescalina, la transfiguración de lo habitual en pliegues más profundos y completos de vitalidad. Expone la recuperación de las cosas como irradiación de Eternidad y del otro mundo. Reflexiona sobre Oriente y Occidente y sus formas de fusión con el espacio. Y, finalmente, traza una aguda crítica de la tendencia de nuestra cultura a reducir lo real al ámbito de lo verbal, de lo decible.

El autor asume que la mente humana, el acto de la reflexión y las conexiones del sistema neurológico que dan forma a la lucidez —para muchos una de las drogas más poderosas, sin lugar a dudas— son los filtros para asumir la realidad, evitando de tal suerte el arduo trabajo de procesar todas las imágenes e impresiones que nos llegan. Para Huxley la droga neutraliza ese cedazo, y funciona para abrir las puertas de la percepción. De este modo se puede relativizar el espacio y el tiempo y hacer maleables las impresiones.

La experiencia de Huxley dará nuevos bríos a aquellos que sospechan o perciben que la realidad es un valle extraño y enigmático, que siempre huye de nuestra estrecha mirada humana. En la música sus ensayos y visiones fueron columna vertebral del rock psicodélico, caracterizado por su misticismo, improvisación compositiva y relación con las drogas alucinógenas como el cannabis, la psilocibina, los hongos, el peyote  y sobre todo con el LSD.

Iniciado en la década de los sesenta, la larga sombra de dicho estilo de rock (Jefferson Airplane, Grateful Dead, Pink Floyd, Donovan, Electric Prunes, 13th. Floor Elevator, etcétera.) llega hasta nuestros días (pasando por la bisagra de Psychic TV) con el reggae, el triphop, el dub, el soul psicodélico, el acid folk y en la electrónica con el trance, el space rock, new age, psybient, ethereal wave y breakbeat psicodélico, entre otros derivados a los que se han agregado la ketamina y el éxtasis.

(Actualmente un racimo de grupos continúa en el ejercicio de emparentar al rock occidental con la psicodelia –que hunde sus raíces en el Oriente–, el surrealismo o el misticismo. Una alucinante etapa —nunca mejor dicho— de estos años recientes en las que estas bandas, ofrecen nuevas sensaciones a un público sediento de experiencias: Animal Collective, Tame Impala, Grizzly Bear, MGMT, The Paperhead, White Fence, Ariel Pink’s Haunted Graffiti, Temples, Maston, Foxygen o Melody’s Echo Chamber, por mencionar algunos cuantos ejemplos.)

Personaje sobresaliente de aquella primera escena sesentera fue Jim Morrison, un joven Apolo, culto, complejo, incandescente, lector ávido, egresado de la Universidad Estatal de Florida y de la UCLA de Los Ángeles, que leyó los oráculos de Huxley como parte de su formación como poeta, cineasta y dios rockero. Fue integrante de los Doors, grupo que tomó su nombre del escrito de Huxley, y un experimentador con los psicotrópicos para “pasar al otro lado y que todo apareciera ante el hombre tal cual es”.

El espacio en el que se desarrollaron las canciones y los libros de Morrison representa el punto de fuga, el devenir, el hallazgo, al cabo de una elección que sólo es auténtica si va la vida en ella. El suyo es un nihilismo creativo que incendia al ser en medio de un clima de orgasmo místico y tanático. La muerte inevitable llegará bailando al ritmo de la música y más allá no habrá nada, pero la vida tendrá sentido precisamente incendiándola sin esperanzas.

VIDEO SUGERIDO: Tame Impala – Feels Like We Only Go Backwards (Official Video), YouTbe (Tame Impala)

HUXLEY (FOTO 3)

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LIBROS: LAS LLAVES DEL GARAGE

Por SERGIO MONSALVO C.

 

LAS LLAVES DEL GARAGE (PORTADA)

 

ORIGEN ES DESTINO*

 

La historia del rock son sus mitos. Y los que contiene el del garage son de los más grandes. La serie “Las Llaves del Garage”, trata del rock como música y como idea. Vale la pena apuntar que como música no es más sencillo que como idea.

El rock de garage es la música más disponible de nuestra cultura global —una cultura más homogénea de lo que por lo común se quiere admitir—, pero disponible no es sinónimo de fácil. Aquí cabe apuntar que como idea surge de los veneros del romanticismo filosófico.

El rock y su mitología son profundamente románticos. Le otorgan el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada y víctima circunstancial del mundo circundante.

Y su constante es la necesidad del descubrimiento, de lo dinámico y de lo evolutivo. El papel que sus intérpretes y seguidores le asignan a la música se acerca mucho al de un credo pagano, por cuanto tiene la misión de hacer visible la intuición absoluta y su revelación.

La serie “Las Llaves del Garage” define la cualidad musical de un rock al que es imposible imitar por parte de quienes no comparten el espíritu del género, y explica el mundo y pensamiento en el que viven sus hacedores desde su primera manifestación hace varias décadas, un mundo literalmente impensable, que avanza a toda velocidad y en retrospectiva cuidando su precioso arcano contra viento y marea.

 

 

*Fragmento de la introducción al libro Las Llaves del Garage de la Editorial Doble A. La primera emisión fue trasmitida a finales de la primera década del siglo XXI (los años cero) a través de Radio Educación (México). La segunda, por entregas online en el blog Con los audífonos puestos en el año 2019.

 

 

Las Llaves del Garage

(Origen es Destino)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”/

Con los audífonos puestos (Blog)

The Netherlands, 2019

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ROCK AND ROLL LXX: AÑOS 10’s (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

R & R LXX VII II (FOTO 1)

 

70 AÑOS DEL ROCK (10’s/II)

 

SEGUNDA PARTE

Desde hace tiempo la democracia ha consistido en la revuelta contra los vencedores del capitalismo global. Dichas acciones se han repetido en muchos lugares del mundo en este último lustro para no olvidar lo que para Whitman significaba esto: una actitud ética y social que implica actuar con responsabilidad, asumiendo la obligación social compartida de cuidarnos mutuamente en fraternidad, camaradería e igualdad.

Ese fue el meollo del primer lustro: la desilusión. Y uno de sus señalados síntomas: el consumismo. Una tendencia quizá apuntalada por el desencanto sobre el futuro que plantearon los neocons y que no ha llegado aún. El aspecto futurista del mundo contemporáneo justo desde la mitad de la década estaba en cosas tan fascinantes como triviales, como la última generación de teléfonos celulares, de Tablets, de relojes digitales, de videojuegos, el entretenimiento como única forma de estar  (on line) en el mundo.

Y ello puso en peligro a la cultura misma. El unívoco interés por el universo del espectáculo que se mueve entre lo frívolo, lo deportivo y lo político, por la banalidad de estos tiempos que ya forma parte del comportamiento (¿o no, Instagram?), esa perturbadora diferencia entre lo visto y lo difundido (sea mentira, posverdad o fake news). La impostura de quienes masivamente no han visto casi nada y opinan de todo a botepronto en cualquiera de sus cuentas en la red, y si lleva la firma de un famosillo se vuelve el trend topic del momento, el cual cambia con el siguiente.

Walter Benjamin decía que uno articula el presente no cómo ha sido sino como uno lo recordará en un instante de peligro, como el de ahora en que la salud, la economía, la cultura en general, lo está. Se lee menos (los mínimos  caracteres han cooperado a eso), se escribe menos (y si es con caligrafía personal una rareza), la música se escucha generalmente a través del teléfono o la Tablet, donde los tonos bajos ya casi han sido eliminados, lo mismo que la voluntad o libertad para seleccionar qué oír porque los gustos personales están bien clasificados y enlistados tecnológicamente (Spotify).

Donde en esos sistemas de comunicación se olvidan voluntariamente de las palabras en favor de los símbolos y las caritas en un retorno a las cavernas; donde se hacen menos películas interesantes o para adultos y más sagas de Marvel, de blockbuster o remakes para público adolescente; o donde el arte de la conversación prácticamente ha desaparecido en favor del chateo multitudinario y anónimo, aun estando juntos; donde los recuerdos personales son relegados para remitirse mejor a un aséptico Internet.

Mientras tanto, el rock con su amplia, expansiva y omnipresente cultura aún les causa escozor a los conservadores ideológicos de toda ralea. Comenzó hace 70 años exactamente con el rock & roll clásico, el cual fincó los pilares y hoy hay que sanear dicha verdad y el ambiente que la rodea desde la composición hasta las listas de éxitos, a fin de investigar en sus fundamentos para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.

La revaluación de la importancia que tiene el r&r es quizá el compromiso cultural con mayor sentido en estos momentos, cuando todo impulso parece relegado a las máquinas, al criterio de los DJ’s, a los raperos sin bagaje, a las coreográficas boy bands o vedettes del pop y al flagelo de lo transitorio.

VIDEO SUGERIDO: The Vaccines – Teenage Icon, YouTube (TheVaccinesVEVO)

Por eso la irrupción de The Strypes, Jim Jones Review, The Vaccines, The Black Keys, en el mundo discográfico y en el escénico hace que la esperanza del viaje a la semilla brote gloriosamente. Y, como la vida misma que el género representa, lo que uno encuentra en estos grupos es riesgo, voluntad y actitud.

Actitud es la palabra clave. El r&r es un lugar increíble para hacer todo tipo de preguntas, precisamente porque nadie espera encontrárselas ahí. Tal música sigue planteándose las mismas cuestiones esenciales. Como la de la identidad, por ejemplo.

R & R LXX VII II (FOTO 2)

Los nuevos grupos han vuelto a echar mano del sonido primigenio, pero también del rhythm and blues y el blues eléctrico de Chicago y rinden tributo a los emblemas del rock and roll clásico, a la escuela del blues-rock británico, al pub-rock y al punk. Escuchar a estas agrupaciones es oír el latido vital de la libertad y la excitación de un género que desde hace seis décadas y media es un disparador contra la uniformidad cotidiana.

Con ellos se dilucida cómo ha sido su paseo por la genealogía del género para llegar a lo que hoy viven: la experiencia sonora del origen,  extendida horizontalmente en una concatenación hipermoderna. Una experiencia que, repetida a lo largo de las épocas por otras agrupaciones, es paradójicamente única (una vez más).

Tales bandas son hoy, en este momento, la verdadera extensión entre lo ya hecho y la construcción de un nuevo carácter interpretativo. Son actores como estos los que hacen que la función del r&r, a pesar de ser la misma, al final sea tan diferente. Sería una falta grande perderse este universo cultural vivo desarrollándose genuinamente.

Su punto de partida a la hora de escribir las letras responde a las preguntas de siempre: el amor, la soledad, la fragilidad, los desencuentros, la necesidad de ser amado y el humor. Y su música es de la memoria y de la solidaridad histórica con ella.

El secreto de estos jóvenes músicos está en hacer aquello que los quema por dentro, que nace de la necesidad de reconocerse en el origen, ahí está el latido de la auténtica actitud; la del Homo sapiens rocanrolero que busca anticipar el futuro en nombre de la supervivencia y rebusca en el pasado en honor de su identidad.

Esta celebración de la vida, sin embargo, se desarrolla en medio de la inquietud sanitaria y sociopolítica global. El segundo lustro de la década de los años diez del siglo XX ha finalizado de manera horrible: con una epidemia generalizada (el Corona virus, causante de un sinnúmero de muertos en el mundo y sin perspectivas de finalizar), con el racismo rampante, con miedo a la recesión económica, al presente que ha dejado de ser lo que era y al futuro inmediato y mediato.

Sin embargo, hay que seguir adelante con la ceremonia de la música, por ejemplo, un mensaje desafiante ante la incertidumbre y dejar en claro que, pese a todo, se seguirá celebrando la vida, como ahora con los 70 primeros años del rock y de su cultura.

VIDEO SUGERIDO: The Black Keys – Go (“Let’s Rock” Tour Rehearsals), YouTube (The Black Keys)

R & R LXX VII II (FOTO 3)

ROCK AND ROLL LXX (ILUSTRACIÓN)

LIBROS: BOB MARLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BOB MARLEY (PORTADA)

 BOB MARLEY

PULSOR DEL TERCER MUNDO

(A 40 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO)*

Todo cambió en el planeta tras la Segunda Guerra Mundial. La posguerra aceleró el desmoronamiento del imperio británico, que se hallaba en proceso de desintegración desde antes del conflicto. Ante la presión ejercida por los pueblos colonizados, Inglaterra empezó a conceder la independencia a sus antiguos dominios.

En 1962 tuvo inicio el autogobierno en Jamaica —uno de aquellos dominios—, aunque el país no abandonó la Commonwealth. La cultura popular jamaicana, y de manera particular la música, reflejó estos cambios. En el mismo año nació un nuevo género, el ska, para expresar las aspiraciones de los recién liberados.

Tal fue el contexto en el que creció y maduró el joven Bob Marley. En su caso, dicho proceso de independencia culminó de manera imponente: llevó sus canciones al mundo entero. Marley fue, sin duda alguna, un artista dotado y consciente, dueño de un talento que le permitía traducir los hechos particulares de la existencia en el ghetto jamaicano a términos de significación universal.

*Fragmento del libro Bob Marley, de la Editorial Doble A, publicado de manera seriada online en el blog Con los audífonos puestos, bajo esa categoría.

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Bob Marley

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

 

 

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ELLAZZ (.WORLD): ANDREA PARKER

Por SERGIO MONSALVO C.

 

ANDREA PARKER (FOTO 1)

 

LA CHEF DE LOS SONIDOS

A finales de los noventa, la escena de lo que los ingleses llamaban música electrónica parecía estar en su máximo apogeo. Orbital, The Future Sound of London y Andy Weatherall eran en la machine music el equivalente a ídolos pop. Eran seres con nombre, imagen asociada y discos que empezaban a vender cantidades respetables.

Se seguía afinando la sensación de ingravidez en álbumes maxis que ponían a muchos en un altar. La industria ya veía como público objetivo a los electronic heads más interesados en el techno de sofá que en el house, e incluso se creaba una subcultura asociada e implantada en los hábitos de club.

El sello Wo’Max inició la vía de material de baile que difícilmente se podía bailar, y cualquier comprador sabía que un disco diseñado por tal marca (líneas discontinuas, objetos a un paso de la abstracción, motivos plateados, geometría difuminada) acabaría sonando a lo que buscaba: electrónica en cuatro dimensiones para alimentar la cabeza. Chef de tal restaurante sonoro era Andrea Parker.

En la primera mitad de la década de los noventa un nuevo sonido se consolidaba. Sellos y tiendas especializadas como Ambient Soho y Fat Cat, surtían a un público que consumía house durante la noche y otras hierbas durante el día. Pero aun así, el intelligent techno cuadriculado había nacido como alternativa al maremágnum rave que vio como el patito feo de la cultura dance (a la vez el más activo) se lo estaba tragando sin problemas. El ambient por sí sólo no jalaba tanto a los creadores a menos que fuera en un área estrictamente experimental o asociado al emergente post-rock.

Una nueva electrónica post rave, surgida del hardcore, influida por el jungle y con un filo avant garde ya había tomado el relevo. Fue entonces cuando se hizo techno con breaks veloces y sonidos raros, algo realmente avanzado. A partir de ahí se abrieron las puertas hacia nuevas posibilidades y nombres como el de Andrea Parker.

Andrea Parker es uno de los fenómenos musicales contemporáneos más creativos en un mundo afortunadamente plagado de ellos. Esta mujer multifacética nació en 1976 y creció en Yalding, Kent, un pueblo rural inglés ubicado en las afueras de Londres. Empezó a experimentar con la música a los 16 años de edad luego de recibir cierta enseñanza clásica, incluyendo la práctica del cello y lecciones de canto operístico. Sin embargo, no tardó en desarrollar una profunda afición por el jazz, primero, y luego por la música electrónica.

De adolescente Andrea solía ir a Londres los fines de semana para asistir a las jams del hip hop. Ahí fue donde en realidad descubrió el funk y el uso de la improvisación como elemento base. Con el tiempo se fue a radicar a tal ciudad y entró a trabajar a la tienda de discos Fat Cat. Gracias a esta labor pudo incrementar su colección de discos de efectos de sonido, por los que estaba (y sigue) muy interesada, y de igual forma practicar su aplicación en todas las maneras posibles, de acuerdo a lo que le permitía la grabación en cuatro tracks.

Al decidirse a seguir la carrera musical de tiempo completo, Parker unió sus fuerzas con Alex Knight en la formación conocida como Inky Blackness, y a la postre con David Morley en el dúo Two Sandwiches Short of a Lunchbox, además de colaborar en los discos de otros intérpretes.

Su obra temprana fue absolutamente experimental, con fundamentos conceptuales matizados de interés político. Su proyecto despertó el interés de la influyente y vanguardista compañía Mo’Wax, quien la contrató en 1995 y con la cual lanzó ese mismo año el tema “Melodius Thunk”, su primer sencillo.

Con esta música llamó la atención de la poderosa escena underground británica, que la encumbró en 1996 a los primeros lugares con otro sencillo: “Rocking Chair”, una pieza vocal que le abrió paso entre los fanáticos de la música electrónica con tintes jazzísticos. En 1998 fue invitada a colaborar en la ya legendaria serie DJ Kicks de Kruder & Dorfmeister, en la que incluyó su amplia paleta sonora de mezclas, desde Depeche Mode hasta Doctor Octagon, y desplegó su afecto por el electro, el hip hop y el techno.

A la postre salió a la luz su álbum Kiss My Arp, un disco que llevaba cuatro años cocinándose y que realizó en Baviera, Alemania, en el estudio de David Morley, su excompañero. En él demuestra que se conoce al dedillo la tecnología actual y que ella es una auténtica fanfarria del mundo de la electrónica. Se presenta como productora, remezcladora, DJ, buena improvisadora, cellista y cantante. Un perla del género. El título del CD se debe a que Parker utiliza los ya raros sintetizadores análogos ARP 2600 y ARP 2500 en los doce tracks que lo componen.

ANDREA PARKER (FOTO 2)

Kiss My Arp es un álbum oscuro, profundo, intenso y a veces rayando en lo depresivo. Sin embargo, es también a todas luces muy interesante. Andrea Parker destaca por poseer una gigantesca colección de discos de efectos (más de tres mil) y por la utilización que hace en su propia obra de los sampleos de ruidos comunes y corrientes de la vida cotidiana.

Ejemplo de esto es la pieza “Sneeze”, donde se escuchan estornudos en loops de cuatro compases. Otros efectos son los coches en un autolavado, llantas sobre el asfalto, aparatos eléctricos de la cocina, etcétera. El primer exitoso sencillo “Melodius Thonk”, con su electro jazzeado, sólido, pesado y primario y ocasionales beats funky, es la guía de este disco sobresaliente.

A veces hay que buscar el lado científico de la música, y en eso consiste la obra de Andrea Parker, en el equilibrio entre lo serio y lo divertido. Los propios dueños de Mo’Wax bautizaron tal estilo como braindance, una manera mental de entender la música de baile, opuesta a la arrogancia de lo que se denominaba IDM (Intelligent Dance music) y partidaria del desfogue: “el caso era devolver la diversión a la música seria sin resultar intelectual”, opinó la propia Andrea.

Así nació una lista de artistas y entidades individuales que en la mayor autarquía posible, operan la música sin necesidad de intermediarios: de su cabeza al ordenador y al vinil. La generación de lo que se conoce como bedroom producers —artistas que componen en su estudio doméstico, sin salir de su habitación— es la que ha permitido la proliferación de música con una alta dosis de personalidad, ajena a los canales habituales de la industria.

Una vez terminado el material se envía a la compañía discográfica tal como se hace y así se queda. Normalmente es el propio artista el que  autoedita su propia música. “Tener tu propio estudio en tu casa es importante: ahorras dinero, tu música gana en personalidad y no pierdes el tiempo, todo es más rápido, más relajado aunque muchos acusen a este estilo de antisocial”, ha recalcado Andrea, una de las mejores bedproducers en saltar a la palestra.

Al llegar el hip hop a Inglaterra, también lo hizo esta forma de electro que no contó con el mismo arrastre. Los oásis del género para sobrevivir fueron escasos, ya que el house y más tarde el marco rave acapararon las líneas maestras de la música de baile, aunque su influencia permaneció latente en una juventud que inventó el bleep y más tarde, depuró el break dentro del contexto posterior.

Los primeros discos de electro, por ejemplo, se regían por un patrón sonoro deformado y solapado por melodías, atmósferas y efectos. La cuestión sonaba tan bien que algunos británicos optaron por tal proyección, la cual a fin de cuentas fue la que definió la estética más depurada y personal de un techno inteligente que, de hecho, no tenía tanto de techno y sí mucho de improvisación, el espíritu rector del jazz.

Las principales tiendas de discos de Londres empezaron a editar discos. Fat Cat, que era donde trabajaba Andrea, cerró como tal y se reconvirtió en sello de post-rock y de material de experimentación. Pusieron sobre el tablero de juego metronómicas perversiones de electro, collages concretos construidos con samplers de objetos cotidianos, ya fueran hojas de periódico o una bolsa de papas fritas. El caso era crear nuevos sonidos para trabajar o recuperar los comunes y corrientes con el objeto de transformarlos en integrantes de las atmósferas contemporáneas.

Como parte de esa efervescencia se apuntaron a la abstracción electrónica sellos como Warp y Mo’Wax. Este último muy pronto consiguió fichar a Andrea Parker, como ya se mencionó, la autora del mejor vinil de 12 pulgadas del género. Ella aportó al desarrollo de la corriente unos bajos de intensidad extasiante y una oscuridad opresiva que no tardó en formarse un círculo de seguidores que la tienen como objeto de culto. Un culto muy merecido gracias a los muy agudos planteamientos sobre cómo se escucha la vida de hoy en día.

La escena textural, de la que resulta fundamental esta artista, es una fuente inagotable de ideas y audacia, un magma creativo que alcanzó uno de sus cenits entre músicos electrónicos y creadores de otras áreas del jazz, la vanguardia académica y de la música clásica. Todas las barreras se rompieron, se abrieron las mentes y entraron los DJ’s que lo mezclaron todo. El camino que Andrea Parker planteó puede hoy fabricar y destruir estilos, y entre sus herramientas una ha destacado sobre el resto: el dub, la ciencia del bajo.

Muchas veces se ha hablado del dub como de un virus cibernético capaz de infilrtarse en la música y contagiarla de profundidad tridimensional, de provocar mutaciones nunca esperadas y siempre fascinantes. Y si en los ochenta vivió días más o menos puros hasta su toma de contacto con el hip hop en Bristol, de donde salió el trip hop, en los noventa y principios del nuevo siglo esta pulsión rítmica es la auténtica pócima mágica para revolucionar y transformar el sonido.

Ha sido semilla del drum’n’bass, partícula capaz de hacer del remix un arte en sí mismo y, por supuesto, motor de transformación del ambient. Es un vehículo muy útil para la vanguardia: del post-rock a la electrónica angulosa o para lo que venga mañana.

Andrea Parker ha conseguido labrar un sonido más personal dentro de la corriente electrónica que se enriquece con elementos jazzísticos, centrado en la belleza más irreal posible. La suya es una apuesta por estructuras aparentemente impenetrables que cuajaron sobremanera en el casi industrial disco Kisss My Arp: un reto del sonido.

Lo importante de la música de Parker, sin embargo, no es su evolución en sí impecable, coherente y siempre en busca del más difícil todavía sin perder entidad emocional y complejidad formal, sino el hecho de que su modus operandi ha sido el germen de un subgénero copiado y reproducido por decenas de artistas posteriores que, por lo mismo la han convertido en un clásico contemporáneo.

VIDEO SUGERIDO: Andrea Parker – Melodious Thunk (vinyl), YouTube (edNbo)

ANDREA PARKER (FOTO 3)

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BOB DYLAN 80 (XII)

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL CROONER

Cumplir 75 años no era una cuestión baladí. Acceder a ellos en el mundo del rock aún menos y más raro. Muchos no lo han logrado. Bob Dylan es un dios contemporáneo (omnipresente y ubicuo, pero no a la usanza de Zeus y demás colegas sucedáneos, sino uno completamente humano, insondable) que encarnó como artista y que como tal, a esa edad provecta, afrontó otro reto ante la posibilidad de quedarse afónico para siempre.

Como en Locarno, Suiza, mientras actuaba con Tom Petty y los Heartbrakers y de repente se quedó sin voz (momento en que experimentó una epifanía, según cuenta en el libro Cronicles Vol. 1, y decidió iniciar la Never Ending Tour, con un grupo fijo, y con la cual lleva 30 años). Circunstancia  que lo condujo a plantearse nuevas rutas como el ente moderno que es, como el veinteañero que habita en él desde hace una eternidad, aunque ésta no exista.

Uno de dichos objetivos era hacer un disco con los standards estadounidenses que más le habían gustado a lo largo de su vida, y que había cantado Frank Sinatra en su etapa con la Columbia Records. Un creador como Dylan nunca deja de sorprender y siempre estará inaugurando caminos, extendiendo  o deconstruyendo los ya andados, sin importarle nada más.

Este icono contemporáneo, a los setenta y cinco años (festejados el 24 de mayo del 2016) y con más de cinco décadas en la escena musical, decidió que era buen momento para hacer algo diferente, en una vía ignota para él: como crooner.

Escogió tal sendero por un sólo motivo: el ajuste de cuentas. Primero por una cuestión histórica y luego por un capricho estético. El Dylan adolescente que escuchaba en los años cincuenta la radio en su natal Duluth, Minnesota, y se extasiaba con Elvis Presley, Little Richard y Jerry Lee Lewis, escuchó al locutor de aquel desierto paraje provinciano repetir las palabras que Frank Sinatra acababa de pronunciar con respecto al naciente rock and roll: “Es la forma de expresión más brutal, nauseabunda, desesperada y viciosa que he tenido la desgracia de escuchar. Lo que me consuela es que en seis meses habrá desaparecido”. 

Esa espina se le quedó clavada como a millones de jóvenes, a quienes el género mismo ha resarcido de aquella estúpida declaración durante siete décadas con una interminable lista de nombres y obras que lo han encumbrado y acallado aquella tontería. Lo mismo con la fatua definición de que él (Sinatra) no vendía voz sino estilo.

Así, Dylan, el más conspicuo habitante del Olimpo rockero, con tres cuartos de siglo de vida encima decidió que era hora de entrar en aquellos terrenos de la memoria histórica para saldar cuentas con la misma herramienta de marras: el estilo. Esa característica que distingue a un autor de otro.

Y con ello, además, matar varios pájaros de un tiro: primeramente, la estulticia del conservador cantante y, en segundo término, las críticas a su propia forma de cantar desde que empezó en esas andanzas, por parte de muchos escribas de la prensa especializada y otros tantos colegas de la escena. A fin de cuentas, su propia forma interpretativa.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – The Night We Called It A Day, YouTube (BobDylanTV)

Él no sería un crooner a la usanza. No quería serlo, ni vestirse como tal, ni atender las instrucciones del productor para confeccionar el disco. No. Él era Bob Dylan y lo haría a su manera, como siempre (a fin de cuentas la palabra crooner, proveniente del inglés tiene connotaciones semejantes a trovador).

Con el apelativo crooner se define a los cantantes masculinos que interpretan piezas clásicas del ámbito conocido y standards (término que suele aplicarse a las canciones sur­gidas del ámbito pop, cuyo interés ha rebasado el momento de su lanzamiento original y, en muchos casos, la muerte de sus compositores. Con frecuencia se trata de piezas tomadas de obras musicales, del Tin Pan Al­ley, del cancionero popular, del teatro, del cine o recientemente del Top Ten). Dicho cantante suele poseer una voz grave, magnífica, aterciopelada o sedosa, seductora, y normalmente se hace acompañar por una orquesta o una big band.

Dylan usó dos medios para su construcción como tal. Uno, el musical, con el particular repertorio de Sinatra (el crooner por excelencia) y dos, con la palabra, su bagaje más contundente. Para la respuesta musical creó un disco con 10 tracks, acompañado de un quinteto y un grupo adicional de alientos (directo, sin overdubs ni sobreproducción y en el que incluso se le oye respirar).

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El título: Shadows in the Night. Su trigésimo sexto álbum de estudio y segundo, en 50 años de grabaciones, en el que se comprometió con canciones que no eran de su autoría (el anterior fue de canciones navideñas, Christmas in the Heart del 2009, hecho con fines benéficos).

El repertorio (“I’m a Fool for Want You”, “Some Enchanted Evening”, “Autumm Leaves”, “What’ll I Do?”, standards de Sinatra, Rogers & Hammerstein, Prévert e Irvin Berlin, respectivamente, entre ellos) interpretado con el modo crepuscular del Dylan actual, con el desgaste de la voz a causa de la existencia misma y bajo el conjuro de cada palabra y su peso al decirla, más que cantarla.

Puesto que esa reconocible voz nasal, terrosa, incisiva y que obliga a prestarle atención, ajusta las piezas escogidas a su intrincada modulación. La cual a veces suena sufrida, frágil, pero digna y contundente al mismo tiempo. El insospechado Dylan festejó los 50 años de sus discos canónicos, Bringing it all back home y Highway 61 revisited, con esta boutade como ejercicio de estilo.

Shadows in the Night (de sonido bello y delicadamente triste) es el disco dylaniano del ecuador de su séptima década vital. Lleva, como muchos otros suyos, una enorme lista de acotaciones para explicarlo y, entre ellas, la sutileza no señalada de dedicárselo a los críticos, a los que dice despreciar pero a los que no deja de seguir para cotejar sus propios argumentos (ya sea en las canciones, en las pocas entrevistas que concede o en los manifiestos que lanza de vez en cuando), verse reflejado y continuar redefiniéndose como desde el principio, como lo hizo al recibir el Premio MusiCares Person of Year 2015, por ejemplo.

Porque de eso se trata la carrera y el arte de Dylan: del diálogo consigo mismo. Y no importa en qué fecha se le ubique, en qué género trabaje o el espacio en vivo en el que se le capte: interpretará quizá una canción familiar pero ésta será otra porque consistirá en lo que ella diga de él o para él, no al revés. Mientras Bob, a su vez, ya estará en otro tiempo, el suyo. “Soy un artista del trapecio”, dijo en 1965, para mayor señalamiento esencial.

Esto conlleva una verdad clara: como buen artista Dylan no explica nada, esa es labor de quien lo oye, a él no le gustan los escuchas ociosos. Shadows in the Night le ha servido una vez más para ello (al igual que el siguiente álbum: Fallen Angels, en la misma tesitura). “Mis canciones son música personal; no son comunales. Lo que un músico tiene que conseguir es que la gente sienta sus propias emociones”.

Aquí habría que citar pertinentemente al poeta T.S. Eliot quien argumentó de manera semejante, con respecto al trabajo y al estilo: «Pongo mis sentimientos en palabras para mí. Y para todos debe ser el equivalente a lo que he sentido».

Yo, por mi parte, diría que el estilo consiste en hablarle al papel, a la materia plástica (o al micrófono, en este caso) con la misma franqueza con la que hablamos con nosotros mismos. Dylan lo hizo con este ejercicio estilístico a los 75 años, como expresión estética y, como siempre, a su manera.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Fool Moon And Empty Arms (Audio), YouTube (BobDylanVEVO)

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LIBROS: JAZZ Y CONFINES POR VENIR

Por SERGIO MONSALVO C.

 

JAZZ Y CONFINES POR VENIR (PORTADA)

 

INTRODUCCIÓN*

 

El jazz, la World music y la electrónica comparten de cara al futuro el lenguaje común de la improvisación y la flexibilidad armónica y rítmica, al experimentar con las ideas de diversos lares. Su conjunción representa una de las propuestas creativas más emocionantes en el mundo del jazz actual, un mundo que aguarda mayores exploraciones y menos purismos anodinos.

Asimismo, hoy, en lo que posiblemente sea una indicación de lo que vendrá, hay en el jazz un sentimiento nuevo, una voluntad fresca. Más allá de las razas, en el sentido de una música individual pero plena de valores humanos básicos —en la que blancos, negros, amarillos, cafés y demás colores pueden funcionar libres y de igual forma—, se han dado las free forms de los músicos jóvenes. La razón de esta posibilidad es que ya todos abordan la situación en igualdad de circunstancias gracias a la expansión o disolución de las fronteras musicales.

De tal forma y como respuesta a la diversidad cultural que los distingue, los jazzistas no negros (europeos, asiáticos) también tocan de acuerdo a su propia verdad e inspiración. Algunos han sido absorbidos por grupos afroamericanos o bien pueden actuar bajo la batuta de un líder de cualquier nacionalidad, más allá de apologías o inhibiciones de todo tipo. Por otro lado, así como un día el jazz se fundió con el rock, hoy, algunos años más tarde, lo reencontramos como acid jazz, Nu jazz o jazz electrónico, en una mezcla con el hip hop (jungle, drum’n’bass, trip hop, hardcore, etcétera).

Desde ya todos apuntan en la misma dirección, buscan el mismo objetivo: el arte. Y su música presenta todas las condiciones para la permanencia en el porvenir.

 

 

*Fragmento de la introducción al libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto ha sido publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo esa categoría.

 

 

Jazz

y

Confines Por Venir

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

© Ilustración: Sergio Monsalvo C.

 

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

I.- EXPLORADORES DEL CONTINENTE NEGRO

          Manu Dibango: guía del afropop camerunés

          Hugh Masekela: el arte y el compromiso

          Les Têtes Brulées: exotismo bikusi

          Youssou N’Dour: un faro señero

II.- ELLOS VIENEN DEL LEJANO (Y CERCANO) ORIENTE

          Rabih Abou-Khalil: crisol de la musicalidad árabe

          Aziza Mustafa Zadeh: herencia de dioses

          Cuong Vu: aventurero y posmodernista

          Monday Michiru: vibraciones del sol naciente

III.- LA FRESCURA DEL VIEJO MUNDO

          Nils Petter Molvaer: el escandinavo ecléctico

          Jazzkantine: el beat germano

          Hans Dulfer: el holandés volador

          Saskia Laroo: trompetista del jazzdance

          Courtney Pine: nueva generación británica

          Rebirth of Cool: la idea como acción

IV.- LOS SOBRINOS DEL TÍO SAM

          John Zorn: proyector del hiper-collage

          Medeski, Martin & Wood: los mosqueteros del groove

          Guru: el proyecto Jazzmatazz

          Me’shell N’Degeocello: pasión por la negritud

Steve Coleman: la sonoridad del mito

 

 

 

 

Jazz y Confines Por Venir (remate)

LIBROS: LA CANCIÓN DEL INMIGRANTE (DE AZTLÁN A LOS LOBOS)

Por SERGIO MONSALVO C.

La canción del inmigrante (Foto 1)

 

LA CANCIÓN DEL INMIGRANTE

DE AZTLÁN A LOS LOBOS*

“La Canción del Inmigrante, es una excelente investigación histórica, para tener la oportunidad de escribir acerca de uno de los grupos más representativos de la ‘Raza’, que surge como movimiento contracultural localizado al Este de la Ciudad de Los Ángeles, California. Me refiero a Los Lobos; sí, esos que hicieron parte de la música de la película La Bamba, basada en uno de los iconos de la década de los cincuenta: Ritchie Valens.

“El libro inicia relatando la mítica migración de Aztlán, que al parecer el autor la ubica en aquella zona de California. Este primer capítulo hace un recuento exacto de las crónicas que sitúan al mítico Aztlán, al que muchos mencionan, pero que arqueológicamente, no se ha podido localizar.

“El segundo capítulo nos hace un recuento de las hazañas de algunos aventureros del S XVI, entre ellos Cabeza de Vaca, en las que mencionan a Chicomoztoc, lugar de las siete cuevas, lo cual abrió más el apetito a otros aventureros que incursionaron hacia el norte de la Cuenca de México en busca de las ciudades que ‘brillaban de tanto oro’.

“En ese mismo capítulo nos hace un balance rápido de la historia del México en la Guerra de Independencia, el Primer Imperio, la lucha entre conservadores y liberales por establecer una república, hasta llegar a la apropiación de los EU de una buena parte del territorio de México.

“En muchas ocasiones, cuando imparto alguna clase de Historia de México y vemos esa época, les preguntó a los alumnos cuál sería su reacción, si de un día a otro, dejarán de ser mexicanos y se despertaran con la noticia que deben entonar otro himno y honrar otra bandera. Pues eso es exactamente lo que les sucedió a los mexicanos de mediados del S XIX, que tuvieron que resistir en un principio y sucumbir después, al expansionista gobierno de los EU.

“A finales del siglo XIX, el crecimiento de California permitió el establecimiento de muchos, ya en ese momento México-Norteamericanos, que aunque no entendían el lenguaje, las leyes y las costumbres, prefirieron quedarse en EU, que migrar a su país de origen, que después de la invasión norteamericana, se vio envuelto en una guerra civil, una invasión francesa, un segundo imperio, una restauración de la república y una dictadura.

“Ya en el siglo XX, como parte de la consolidación de una nación poderosa, esos México-Norteamericanos han adoptado muchas costumbres que van fusionando con las propias. Una de las más importantes es la devoción por la Virgen de Guadalupe, como símbolo de resistencia (así como lo hizo Hidalgo en la guerra que inicio en 1810); como un icono que no permite otras ideas religiosas que no sean las que permanecían al momento de sucumbir durante la expansión estadounidense, pero sobre todo que privilegian su procedencia y sus raíces mexicanas.

“El recuento histórico sigue, para tener las bases e ir definiendo los movimientos contraculturales en Los Ángeles en las décadas anteriores y posteriores de las dos guerras mundiales, y que darán pie a personajes de origen ‘chicano’, dedicados a la música, al cine, al teatro, a la plástica, a la literatura, etc. y de donde se desprende la historia de Los Lobos, con ese estilo Chicano Power, que nos lleva desde una balada tradicional, y nos demuestra que con ese estilo México-Norteamericano, un huapango, un blues, un corrido, un boogie, un rock, suenan muy bien.

“Dejaré unas ligas para que Usted, estimado lector, pueda escuchar a este magnífico grupo pero, sobre todo, consiga el libro y lo pueda disfrutar. Dejo aquí también la liga de la biografía de Sergio Monsalvo C., para que tenga la oportunidad de conocerlo. Gran escritor, analista musical y colaborador de una infinidad de publicaciones, en las que normalmente escribe de música y músicos”.

 

 

*Reseña escrita por Luis Humberto Carlín Vargas (arqueólogo, ingeniero, profesor y músico) con el título “La Canción del inmigrante (1989) de Sergio Monsalvo C.”, en la publicación Zona Franca, de León, Guanajuato, el 8 de julio del 2019.

 

 

La canción del inmigrante:

De Aztlán a Los Lobos

Sergio Monsalvo C.

Tinta Negra Editores‑As de Corazones Rotos

México, 1989

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