El autobús iba sobre la avenida rumbo al centro de la ciudad, con los asientos y pasillos repletos, pero curiosamente reinaba en él un insólito silencio de palabras. El autobús es el tipo de transporte donde, según los antropólogos más avezados, menos brota el arte de la comunicación humana.
Tras detenerse en una parada obligatoria se oyó la voz de un anciano, sentado atrás: «Está bien, voy a darte algo, pero no sigas haciendo esto. Es indigno andar pidiendo dinero. Yo a tu edad ya me sobaba el lomo trabajando». Le dio el dinero de tal manera que el muchachito aquél lo recibió con desgana.
El anciano, dirigiéndose al pasajero que tenía al lado, le dijo: “¿Vio eso? ¡Así está la juventud! Viviendo de lo que le dan los ingenuos como yo…Este país no tiene remedio –agregó–. La culpa la tiene el gobierno por solapar a los huevones».
El muchachito, a quien no pareció interesarle la crítica al gobierno, buscó a otro posible donador. “¿A dónde?», le preguntó éste al escuchar el nombre de la lejana provincia. «Soy de allá. Quiero regresarme, pero todavía no completo para el pasaje». El hombre buscó en su pantalón y le dio unas monedas.
“¡Ja! Ése cayó también», dijo el anciano. «Pero le apuesto que a las señoras no les pide nada: las mujeres no son tan generosas como uno, sólo se apiadan de los lisiados, con tal de que se alejen rápido de ellas». Efectivamente, el muchachito pasaba por alto al personal femenino y sólo contaba su historia a otro representante del sexo masculino.
De esta manera fue recorriendo todo el autobús. Una vez que lo hubo hecho regresó por el pasillo en busca del timbre y la puerta para bajar. El rostro lo mantenía impasible. El camión se detuvo y el muchachito bajó.
«Estoy seguro de que ahora va a subirse a otro transporte para repetir el truco con la misma historia», afirmó el anciano nuevamente al vecino. «No me cabe la menor duda», asintió éste, un tanto fastidiado por tener que abrir la boca, y por no atreverse a pensar que quizá de verdad el joven pedigüeño regresaba a dicha provincia, tal vez para cuidar ovejas, estudiar para abogado y volverse presidente de la República.
Por cuestiones contractuales los integrantes de Soft Machine (a pesar de sus discrepancias) tuvieron que volverse a reunir para grabar el Volume Two que, no obstante, también se convirtió en modelo de tal música (con la influencia de Frank Zappa); por lo mismo, ambos títulos (el anterior Volume One y éste segundo) siempre han aparecido juntos en sus diversas ediciones a través de los años.
VOLUME TWO
SOFT MACHINE
(ABC Prove)
Soft Machine, con una gran variedad de integrantes, siguió actuando hasta los años ochenta y de sus muchos componentes han derivado infinidad de agrupaciones.
Personal: Robert Wyatt, batería y voz; Kevin Ayers, guitarra, bajo y voz; Mike Ratledge, órgano y piano; músico adicional: Hugh Hopper, en el bajo. Portada: Diseño de los artistas gráficos de la compañía.
VIDEO SUGERIDO: SOFT MACHINE- Volume Two – 11 – As Long As He Lies Perfectly Still – Prog Rock – (1969), YouTube (Aspros Pavilis)
Graffiti: «La libertad es la conciencia de la necesidad«
“Desde hace siglos, la melancolía ha proyectado una sombra gigante sobre el arte. La poesía, escultura, pintura, novela, música han creado monumentos impresionantes a tal sentimiento, con toda una corriente subterránea dirigida a exaltar la tristeza de este mundo: el weltschmerz romántico, como lo atestigua el concepto estético que declaró al dolor espiritual como parte esencial de lo poético.
“Hoy en día, quizá ellos —los hacedores de los géneros musicales del dark wave, ethereal, illbient, gótico, bluepop, spiritual trance, ambient retro, simphonic metal o alguna variedad de la música atmosférica, entre otras— se asuman en el eco, en la súplica poética por la vida extraterrena, en el anhelo irrestricto y exigente de otra realidad sobrenatural.
“Quizá ellos lo perciban, y lo hacen por esa sombría avenida donde como músicos deambulan mascullando sus tristezas. Quizá de cualquier manera tengan que emprender la vagancia imaginaria alrededor de sus desiertos cotidianos, gritando su desesperanza. A veces juegan a la música distrayendo la pena. La certeza de que la vida no significa nada, de que todas las cosas hechas por ellos en el intento de parecer productivos no tienen ningún valor en la vida, los llevó, armados de un fuerte nihilismo, a una búsqueda interior, para explorar quiénes son y quiénes desean ser…”
*Fragmento del libro La Muerte y sus Criaturas, publicado en la Editorial Doble A. El CD que acompaña este texto se compone de la versión sonora que hizo Will Lagarto sobre el mismo, con su proyecto musical Las Brujas.
Ella venía de París, tenía 19 años y yo nada que objetar. Cierta noche en que llovía y llovía se acurrucó junto a mí y expresó su deseo: “Cuéntame un cuento, pero que sea en francés”. “¡Tres bien!, le contesté, mientras mentalmente acomodaba a Proust, un Cognac Hennessy VSOP y una baggette con Camembert. Una vez hecho eso puse manos a la obra.
Érase que se era una muchachita llamada Caperucita (pero en francés), que vivía en una ciudad francesa y era parte de una familia francesa muy musical. Su abuelo había organizado al mejor coro de la comarca y su padre era un compositor reconocido y buscado por enormes intérpretes franceses, muy masculinos.
Ese rasgo familiar ella lo extendió hacia el canto y con encanto (enchantement, debo decir). Por mediación paterna logró presentarse en un programa muy popular de televisión (Salut les Copains, que era el jardín y vivero del movimiento ye-yé, traducción al francés del Yeah! británico) a los 16 años de edad, con un tema de su progenitor, que no era de su agrado.
VIDEO SUGERIDO: France Gall Ne Sois pas si bête 1964, YouTube (Daniel. Michel Berger. Balavoine)
La canción no tuvo éxito pero ella sí. Su imagen caperuchesca enamoró a la audiencia, con su voz infantil, su flequito aquél, marca de la casa, y su estampa de lolita nabokoviana. Pero no sólo a dicha audiencia sino también a una bestia solitaria que vivía en las profundidades del bosque cercano y se hacía llamar El Lobo Feroz.
Éste, ni tardo ni perezoso, le envió anónimamente muestras de su verdadero y anhelado oficio. Escribía canciones y vio en ella a la intérprete ideal. Quería que las cantara y se hiciera famosa y él por ende (para poder salir del clóset como compositor). Ella recibió el material y el hecho resultó decisivo. Dos canciones suyas la pusieron en el mismo ramillete (perdón, bouquet) en el que estaban otras flores de aquel jardin des plantes (el jardín, vamos).
La popularidad de Caperucita era tal que fue nombrada para representar a su país en un festival que reunía a todo el continente. El Lobo le envió su más reciente creación (igualmente de manera anónima) para que la cantara en dicho evento. Y como lo que tenía que pasar pasó ganó el concurso y se hizo archifamosa, pero no nombró a su compositor anónimo para nada. El Lobo se enfadó muchísimo y dejó de enviarle material.
Pasó todo un año y ella no conseguía un buen repertorio. Repetía los mismos temas en sus presentaciones. Necesitaba algo nuevo, aunque aún seguía siendo la Lolita de todos los galos, con su coqueto lunar abajo del ojo derecho y ese flequito sexy.
(Acotación sociológica profundamente francesa: aquellos años, con sus cantantes adolescentes, que eran personajes de fantasía, con su temática ad-hoc, minifaldas y botas de colores, revolucionaban al mismo tiempo la escena musical y a la sociedad de su tiempo, las muy pícaras).
“Quiero que me quieran”, expresó Caperucita en una entrevista. Y el Lobo se apiadó de ella (nunca hay que soslayar el poder de los medios, ¿eh?). Le envió su más reciente composición. Ella no estaba segura de que fuera el mismo admirador anónimo, así que decidió ir a visitar a su abuelita para saber que le recomendaba (era muy sabia la señora).
Así que salió de la Gran Ciudad y se fue caminando por el bosque infinito, rodeada de animalitos que la seguían y revoloteaban a su alrededor, hasta que en un momento dado se esfumaron y se hizo el silencio. Apareció el Lobo.
Ella no sabía qué era un lobo. Nadie le había hablado de él. Así que dejó que se acercara y platicó largo y tendido con él hasta llegar al punto que la tenía inquieta. “¿Cómo saber, cómo continuar?”. Entonces el Lobo le dijo que tenía muchas canciones escritas para ella, pero para mostrárselas tenía que ir con él a su cueva (dijo “casa” para no espantarla). Entonces ella lo acompaño y, efectivamente, había muchas canciones escritas por él. Éste le aseguró que la canción que había recibido a vuelta de correo era de él y que seguro le iba a dar los resultados esperados.
El Lobo en realidad no tenía interés culinario alguno por aquella ninfeta, lo que él quería era ser reconocido como brillante escritor de canciones. Eso de andarse comiendo a la gente que encontraba en el bosque ya había perdido su chiste para él.
Caperucita le agradeció efusivamente el regalo y le aseguró que la cantaría en la siguiente oportunidad que tuviera. Pero antes debía visitar a su abuelita en su casita del bosque. El Lobo le señaló que era una buena muchacha y le deseó bon voyage y mandó saludos a la abuelita.
Caperucita continuó su camino (otra vez rodeada de animalitos) hasta llegar a la susodicha residencia. Tocó la puerta y exclamó: “¡Oh, My God!”, se me olvidó el pastel. Ni modo, pero mi abuelita que es muy buena me lo va a perdonar”. Oyó algunos ruidos en el interior y volvió a tocar.
(Mientras tanto el Lobo se había zampado a la anciana para evitar cualquier pero al futuro de su composición. Forcejeó un poco con la mujer, pero no mucho. De un solo bocado se la comió y rápido se metió en la cama. “¡Entra Corazón!”, le gritó a Caperucita. Ésta entró y vio a su abuela cubierta hasta los ojos por las cobijas. “¿Cómo supiste que era yo?”, le preguntó curiosa. “¡Ah!, es que tengo las orejas muy grandes y reconocí tus pisadas”, escuchó.
“Pero no sólo las orejas, también los ojos los tienes muy grandes”, señaló la adolescente. “Sí…sí”, tartamudeó la abuela. “Son para verte mejor”. “Y también tienes una boca muy grande”, continuó aquella. El Lobo ya mosqueado por la conversación le espetó: “Mira niña, si nada más viniste a criticarme mejor es que te vayas por donde mismo”.
Caperucita muy apenada le dijo que no, que la perdonara, que no había querido ser grosera (en francés sonó muy bien aquella disculpa). “Vine a visitarte para que me dijeras cómo continuar con éxito mi carrera como cantante en la Gran Ciudad, pero me encontré al señor Lobo y me obsequió una pieza escrita por él para interpretarla (obvió toda la historia anterior) y creo que está muy bonita. ¿Tú qué opinas?” Le extendió el papel.
El Lobo hizo como que leía y al final le dijo que aquello era una maravilla y que seguramente le iba a ir muy bien, pero que no se la enseñara a su familia para que resultara una sorpresa. “¡Qué buena idea!”, respondió Caperucita, le lanzó un beso a su abuelita y salió rumbo a la Gran Ciudad.
Al llegar no fue a su casa, sino directamente a los estudios para realizar la grabación de aquel tema, “Les Sucettes” (Las lolipops). El productor la revisó y le preguntó si la habían leído sus padres. “No –respondió–. Quiero que sea una sorpresa para ellos”. El productor levantó los hombros y lanzó un “¡Adelante!”.
(Tampoco era cosa de meterse entre la chica, su familia y el detonante sicalíptico aquél)
“¿Y cómo se llama el autor?”, preguntó el mismo. “Es El Lobo Feroz”, contestó alegremente Caperucita, “Pero me dijo que lo llamara Serge”, añadió.
Hicieron la grabación y el productor le sugirió que debía interpretarla en la siguiente emisión del programa de TV al que había sido invitada. “¡Qué buena idea!”, gritó Caperucita muy entusiasmada por el futuro promisorio.
Efectivamente, el estreno en TV fue todo un éxito, con una muy atinada escenografía, llena de esculturas de enormes paletas de dulce, que enmarcaban su inocente interpretación. (Mientras, todo el personal del estudio reía entre dientes o en silencio, para sí mismos)
Los padres de Caperucita llegaron corriendo a los estudios de TV y se encerraron con ella en su camerino. Su madre le habló al oído sobre el significado de lo que acababa de cantar. Caperucita se enojó muchísimo y gritó que nunca más volvería a aceptar una canción del Lobo Feroz.
La pieza tuvo un enorme éxito, vendió millones de copias e hizo más famosa a Caperucita. Sin embargo, cuando volvió a tener una crisis como intérprete volvió a dirigirse al bosque…
A la larga Caperucita creció, cambió de estilos, se volvió seria, seria, tanto que ya no acudió al Lobo Feroz sino a su marido para suministrarle las canciones y se mantuvo varios peldaños abajo del pináculo anterior. No obstante su larga trayectoria, para el público nunca dejó de ser la encarnación del pop galo, hasta su fallecimiento a los 70 años.
El Lobo Feroz ya había muerto años antes. No a causa de los cazadores, sino de su propia vida disoluta. Dicen (en francés) que murió riéndose de sus maldades.
Fue en Nueva York donde nació el punk, eso nunca hay que olvidarlo, y su cuna fue el club CBGB’s.
Éste último fue un lugar sagrado para el rock, en general, y para el punk y la New wave, en particular. Su sede estuvo ubicada en Nueva York, en el 315 de Bowery entre la 1ª & 2ª Calle en el Lower East Side de Manhattan. Sus iniciales significan Country, bluegrass and blues, debido a los estilos que allí se interpretaban inicialmente. Además llevaba como subtítulo el lema “Other music for uplifting gormandizers”, cuyo significado era «Otra música para nacientes consumidores».
Su dueño, Hilly Kristal (193-2007), fue quien cristalizó el naciente movimiento. Era un tipo curtido en los circuitos de jazz en el momento en que abrió el club (diciembre de 1973), con la intención de programar blues y country. Esta zona de la ciudad tenía entonces poco que ver con su actual aspecto cosmopolita: sus calles eran oscuras y tenía mala fama (“Hay que entrar con el cuchillo bien apretado con los dientes”, se decía). Para atraer algo de clientela, Kristal comenzó a contratar grupos de rock locales. Pero les impuso una condición: no podían hacer versiones.
Esto se materializó en varios efectos colaterales positivos: De esta manera, él no pagaba derechos de autor y, al mismo tiempo, los grupos podían crear su propio estilo y evolucionar. Esa fue la diferencia con respecto a otros antros. Los Ramones debutaron en ese lugar, con escenario minúsculo y lleno de ratas, en agosto de 1974.
A partir de ahí comenzaron a tocar bandas tales como Blondie, Television y los Talking Heads. El lugar tornó a ser reconocido como un local alternativo: atrajo a una clientela particular como Andy Warhol y toda su corte, así como a los hacedores de las revistas y fanzines igualmente nuevos y alternativos.
Así que en la Urbe de Hierro apareció Patti Smith con su poesía alucinatoria y visceral, inspirada por igual en los beats, los simbolistas franceses, los Rolling Stones y Jim Morrison. Procedía de una tradición de poetas, artistas y bohemios y siempre trató de tender un puente entre la literatura y el rock.
Con Patti a la cabeza del grupo, sus letras mezclaban oscura poesía mística y visionaria, imaginería sexual y política populista, y las interpretaba con una voz rasposa que contenía más furia y abandono de los que cualquier rocanrolera se hubiera atrevido a manifestar jamás. Plagada de referencias sus letras y música que asombraron a una nueva generación.
Los efectos de la explosión punk se multiplicaron polarizándose y dando la bienvenida a otras voces, sonidos e ideas. Nueva York contribuyó, además, con el fuego de grupos como Television, quienes con el transcurrir de su desarrollo hicieron olvidar las definiciones genéricas hasta convertirse en bandas de características abiertas. Television poseía un estilo distintivo provocado por el entrelazamiento de las guitarras y voces de Tom Verlaine, Richard Lloyd y Richard Hell.
El punk nació, pues, en el club CBGB’s, y de ahí tomó vuelo hacia el futuro. Este lugar, como ya se dijo, se convertiría en la plataforma giratoria del punk neoyorquino (ése que daba más importancia a la música que a otra cosa, a la música como factor de todo y curación de todo).
Los Ramones fueron los primeros evangelizadores. Ellos solos anunciaron la vuelta al rock de garage (piezas cortas, baladas mínimas), pregonaron el nuevo espíritu de los tiempos (nihilismo, velocidad de ejecución) y sacudieron los cimientos con su «Blitzkrieg Bop». El grupo fue (es) un hecho establecido: encarnó la esencia del rock en bruto. Y por futil que haya parecido, se tornó en un asunto serio.
Quienes se presentaban en dicho club querían hacer una música que no fuera progresiva; devolver la energía al rock; salvarlo sometiéndolo de nueva cuenta a la única ley que vale: el retorno hacia el origen.
En los Estados Unidos a casi todos se les ignoró (quizá menos a Blondie). Era el tiempo de la música Disco (¡Uuugghh!). Inglaterra los comprendió mejor. Los futuros miembros de los Sex Pistols, Damned y Clash sí captaron el mensaje.
El club permaneció activo hasta el 2006, y en el ínterin pasaron por el foro bandas como: Sonic Youth, B52’s, Suicide, Guns n’Roses, Joan Jett & The Blakhearts, Johnny Thunders, Damn, Police, Dead Kennedys y decenas de grupos más.
Según los comunicados oficiales y periodísticos, una deuda de 75 mil dólares y la operación limpieza, que emprendió el alcalde Rudolph Giuliani en la ciudad, llegó hasta Lower East Side y obligó a su cierre, a pesar de ser realmente un centro cultural importante. «Somos una institución. El CBGB forma ya parte del patrimonio cultural de la ciudad y hemos sido una parte de la vida de nuestro barrio, pero todo eso puede quedar en nada si nos obligan a cerrar las puertas», aseguró Kristal ante la situación.
El CBGB’s finalmente fue cerrado el 15 de octubre del 2006 por las deudas y el aumento de la renta y a pesar de la intensa campaña popular para salvarlo.
El concierto final fue estelarizado por Blondie (con Debbie Harry) y el Patti Smith Group. La estación de radio Sirius Satellite realizó la transmisión en vivo. Blondie hizo un concierto acústico con temas tanto suyos como de los Ramones, y al inicio de su turno Patti Smith enumeró a los muchos de los músicos que ya habían muerto y habían tocado en el CBGB. Para finalizar la banda tocó la mítica versión de “Gloria”, alternada con estribillos de “Blitzkrieg Bop”.
El término “vanguardia” se aplicó a lo largo del siglo XX a un grupo de precursores o a quienes sostuvieran las tendencias más avanzadas en cualquier movimiento artístico. En cuanto a la música tal vocablo se asoció con aquello que resultara nuevo a los oídos, ya sea que se tratara de una inspirada innovación, del producto de un trabajo de investigación (individual o colectiva) o de la representación de una realidad dada en el universo sonoro de dicha centuria.
La vanguardia en el rock fue uno de los grandes estandartes en la música de la década de los sesenta y subsecuentes, y con ella se respaldaba y volvía a confirmar la aseveración visionaria de uno de los filósofos más revisitados en aquella época, el griego Platón, quien había escrito lo siguiente:
“El espíritu del cambio se insinúa muy fácilmente por medio de la música, penetra de forma gradual por las costumbres y, reforzado, pasa a la vida privada, luego a las leyes y a la cosmogonía humana en general. Con grandeza debe sonar para transformarlo todo”.
Con dicha aseveración se alimentaba una gran parte de la producción musical de 1968. Entre ella se encontraban las corrientes y los subgéneros que nacían bajo el signo de la fusión: el rock progresivo y el jazz-rock. Ambos utilizaban como uno de sus elementos primordiales el sondeo con lo psicodélico.
La fusión de entonces era, pues, una combinación del jazz con el rock, adicionada en ocasiones con música india y, sobre todo, con la clásica. En una de las vueltas del tiempo, las expresiones popular y clásica se volvían a encontrar y a cruzarse para crear una manifestación musical diferente, llena de expectativas y de lo más propositiva.
VOLUME ONE
SOFT MACHINE
(ABC Prove)
Para la mejor comprensión del surgimiento y de las diversas direcciones que tomó el rock progresivo en sus inicios, hay que remontarse al segundo lustro de los años sesenta, justo cuando algunos rockeros se sintieron atraídos artísticamente por el jazz y la música clásica y de manera cuidadosa empezaron a ensayar con ellos.
La mezcla combinó la libertad y complejidad del jazz, el academicismo de lo clásico y el carácter directo y poderoso del rock y sus experimentaciones con el LSD y otras alquimias.
En el aspecto comercial los resultados fueron ambivalentes, debido a la exigencia referencial que requería su escucha. Sin embargo, esta música tuvo éxito entre el público culto del rock creando así su propio nicho y seguidores.
En Inglaterra, por su parte, surgió una rama muy particular de fusión que, en lugar de las influencias del funk que asumían los músicos en los Estados Unidos, admitía las del jazz de vanguardia.
Entre los grupos a destacar de dicha corriente estaba Soft Machine, el más significativo, poderoso y trascendental de ellos. Robert Wyatt, uno de los integrantes, comenzó su vuelo al inicio de los años sesenta cuando a su casa llegó Daevid Allen con las plumas doradas del jazz, la enseñanza de la batería y otro estilo de vida.
Se unieron entonces para formar un trío y a la postre el grupo Wild Flowers, embrión de un movimiento posterior al que se nombraría como “Escena de Canterbury”.
Esta corriente (emanada de esa ciudad ubicada al sur de Inglaterra, cerca de Londres) es una parte muy importante de la historia del rock. Con ella se denomina a los músicos y grupos que al final de los sesenta y principios de los setenta tuvieron como denominador común una sonoridad, una manera de entender la música: una inteligente mezcla de rock, jazz (la New Thing con John Coltrane, principalmente) y psicodelia.
Entre las bandas más importantes de dicha escena se encontraban Caravan, Henry Cow y la mencionada Soft Machine. Esta brillante agrupación derivó directamente de ex miembros de las filas de Wild Flowers (Wyatt y Allen) a quienes se unirían Kevin Ayers (al que sustituiría Hugh Hopper) y Mike Ratledge.
Soft Machine, que había tomado su nombre de la novela homónima de William Burroughs, dio la pauta para el desarrollo del rock progresivo y del jazz-rock británicos. Fue la era de los descubrimientos, el hervidero de ideas y el juego de las fusiones que embriagaron a los músicos que la conformaron.
En el Volume One, su álbum debut, Wyatt y Ayers le proporcionaron sus voces singulares y distintivas –que dibujaron y conjugaron de manera única, con esos timbres de barítono y falsetto, el recitado confesional de un fascinante mundo sonoro–, así como un selecto cargamento de composiciones.
Su imaginación musical sirvió de reverso empírico y patafísico a la receta psicodélica de entonces en la Gran Bretaña. Asimismo, en el plano instrumental brillaron el correoso bajo eléctrico a cargo de Hopper (y la utilización por primera vez del pedal wah wah), los omnipresentes y musculosos teclados de Ratledge, la sensibilidad y el virtuosismo en la guitarra de Ayers y la fantasiosa batería de Wyatt.
Sin duda alguna aquella era de descubrimientos musicales los embriagó, pero también el exceso de alcohol y drogas que terminó por separar de la banda a los miembros originales tras una caótica gira por Europa y los Estados Unidos, donde grabaron el disco bajo la producción de Chas Chandler y Tom Wilson.
Personal: Robert Wyatt, batería y voz; Kevin Ayers, guitarra, bajo y voz; Mike Ratledge, órgano y piano; músico adicional: Hugh Hopper, en el bajo. Portada: Diseño de los artistas gráficos de la compañía.
“La inclinación definitiva por el jazz se dio cuando llegué a Nueva York –explica Iraida–. Yo audicioné para quedarme en la escuela con ‘Round Midnight’, un tema que me enseñó una pianista amiga que se llama Gussy Celestin. Me dijo: ‘Tú cantas y yo practico cómo acompañar’. Así fue cómo nos conocimos. Luego entré a la clase de Sheila Jordan. Al escucharla, oír su planteamiento vocal y todo su rollo, me dije que eso era lo que yo había buscado en la vida. Ella tenía un alumno alemán de nombre Theo Blatmann que se incorporó a la clase. Lo hizo más como práctica que para aprender, porque ya cantaba increíblemente. Al escucharlo también me dije: ‘Eso es lo que yo quiero en la vida’”.
S.M.: ¿Crees que sea importante la vida académica para un músico de jazz en específico?
I.N.: “Definitivamente lo importante es que hagas buena conexión. El rollo de la música es más bien conectarte con algo más arriba. Siento que la vida académica me ha dado la posibilidad de tener un lenguaje común con otros músicos, y en lugar de llegarles a tararear lo que quiero hacer se los escribo en un lenguaje común. Con él puedo llegar a cualquier parte del mundo y aunque no sepa el idioma la música está ahí, en el papel, y tres, y cuatro, y nos arrancamos y se establece algo. En ese sentido lo académico sí te da un lenguaje, pero saber escribir o no nada tiene que ver con ser músico”.
S.M.: ¿Cómo fue tu relación con Sheila Jordan?
I.N.: «La verdad, bien cercana. Todavía no me la acabo de que se haya dado esa situación. Había una identificación de entrada muy ‘vibrática’. Ella de pronto me decía: ‘Me recuerdas a mí a tu edad’, y cosas así. Sheila me impulsó mucho. Ella lleva a los alumnos más destacados al Thelonious Jazz Festival que se lleva a cabo regularmente en Nueva York. Nos llevó a Theo y a mí a cantar. Yo canté ‘Ruby My Dear’ y Theo, ‘Straight no Chaser’. Siempre se dio esa relación muy cercana de constante impulso. Incluso ahora, a muchos años de haber estado en Nueva York, recibí un email de mi amiga Gussy en el que me decía que Sheila me mandaba saludar y todo eso. Tengo muchas ganas de verla y de mostrarle las cosas que he hecho. Agustín Bernal y yo hicimos un dúo de ‘Lover Man’, con una versión a lo Sheila Jordan. Ella canta mucho con bajo y voz, y le dedicamos esa versión a ella».
S.M.: ¿Conocías su historia cuando llegaste a estudiar a Nueva York?
I.N.: «Honestamente no. La conocí estando ahí. Me fui haciendo de sus discos. El primer día llegas a audicionar, leve pero a una audición al fin y al cabo. Luego Sheila nos dijo: ‘Ok, se quedan, pero ahora me tienen que improvisar un blues con letra y todo’. Y yo: ‘¡¿Qué?!’. Le dio entonces instrucciones al músico, y uno… dos… tres… y se arrancó con una rolota de blues que tenía que ver con lo que estaba sucediendo en aquel momento con la audición, con lo que íbamos a hacer, y yo me dije: ‘¡WOW!, le están hablando los ángeles al oído’. Fue un impacto muy considerable el que me causó».
*Fragmento de la entrevista que le hice a Iraida, y que salió publicada completa en la Editorial Doble A.
VIDEO SUGERIDO: Iraida Noriega – Los Pequeños Detalles, YouTube (Alberto Cosio)
Gusta de llegar temprano a este antro para cubrir pronto con el monto impuesto. Ella torna movida la noche en dos sentidos. A veces en cuanto aparece le echa el ojo a algún parroquiano y busca trabajárselo por un par de horas hasta lograr que aquél suelte lo necesario o, si le gusta, convencerlo de salirse rápido a cualquier hotel cercano.
Son las que siente sus mejores noches, y aunque ha tratado de identificarlas de antemano no ha podido descubrir los signos que las distinguen. Los hechos entre una y otra no concuerdan, por mucho que se esfuerce.
En otras ocasiones tiene que departir con muchos clientes y andar hueseando lo del guardarropa, su cuota de salida, pues. En esas noches se porta más inquieta, tempestuosa, y no hay quien pueda contenerla por largos minutos. Llega, toma un corto trago del vaso recién servido, sujeta de la mano al cliente más cercano y baila con él una o dos piezas, cobra y sigue su camino hasta la siguiente mesa. Y así con celeridad, para sumar ganancias con la máxima premura.
A las demás compañeras les ha infundido miedo con sus arrebatos. La odian, murmuran, pero le temen y nunca han intentado nada contra ella. A fin de cuentas se esfuma tal y como se presenta.
Algunas secretamente le envidian su forma de trabajar, sobre todo cuando se dedica a un solo cliente. Hacen corrillo para observarla sin comentar los hechos. Estudian su forma de sentarse frente a él, de atraerlo con movimientos inauditos para ellas, de utilizar una agresividad que nunca se le revierte.
Acaricia y besa imprevisible y desconcertantemente, como cumpliendo un largo sueño insatisfecho. Toma una de las manos de él y la dirige hacia su propio cuerpo para que lo recorra, guiándola sin provocar desboques ni brusquedades y, también sin condiciones, le permite conocerlo todo.
Luego, posa una de sus manos justo en la ingle del pasmado tipo y ligerísima le roza la entrepierna, al mismo tiempo que le habla al oído. Un instante después éste se va con ella o le pone los billetes dentro de la tanga. Fin de la jornada. Muchas reprimen el aplauso y mejor se desbandan en busca de la práctica.