CABARET VOLTAIRE

Texto y fotos de SERGIO MONSALVO C.

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 LA CUNA DADÁ (II)

A más de cien años de la fundación del Cabaret Voltaire (5 de febrero de 1916) y del surgimiento del dadaísmo, la historia nos dice que este movimiento nunca contó en realidad con compositores originalmente inscritos en él (todo lo dejaban al azar, la improvisación y al momento en que tenían que utilizar música, instrumentos o sonoridades como acompañamiento de sus lecturas, performances y happenings antiartísticos), pero a cambio esparció sus olorosas sales por infinidad de géneros y estilos que surgieron a partir de él y cuya influencia fue aceptada y manifiesta a partir de entonces.

El dadaísmo no fue un movimiento sólo plástico, literario o filosófico. Lo fue pero al mismo tiempo su contrario: antiartístico, innovador y provocativo en lo literario, radical en el pensamiento político y filosófico, pero sobre todo travieso y lúdico en lo musical hacia donde se extendió de manera natural.

Para encarar la relación del Dadá con la música hay que remontarse a su contacto con el futurismo (por su idea de conectarla con la realidad, al utilizar ruidos de la vida cotidiana en su búsqueda por enriquecer el sonido y desvincularse del pasado, declarando su rechazo a la tradición, a los limitados timbres de los instrumentos y formas de composición al uso). A partir de entonces el movimiento cobró importancia como preludio de las vanguardias posteriores, como la música aleatoria y la concreta.

Se puede decir subjetivamente que todo comenzó con el futurista italiano Luigi Russolo, pintor, compositor, filósofo de la electrónica y creador de una máquina de ruido llamada Intonarumori. Sus conceptos tuvieron cabida en los ready-made del Duchamp dadaísta, quien con uno de sus alias laborales, A. Klang (Klang significa sonido en alemán), compuso dos partituras: Erratum Musical, para tres voces, y La Mariée mise à un par ser célibataires, même. Erratum Musical para teclado y otros novedosos instrumentos, donde utilizó una notación musical de sólo números y letras.

Estas experiencias fueron prolegómenos a las piezas de Erik Satie, crucial en la posterior formación del surrealismo. Asimismo, con estas obras sin símbolos convencionales de música y con notas explicativas y diagramas se anticiparon tanto Duchamp como Stefan Wolpe a John Cage (quien después rompería con la armonía tradicional, modificaría el sonido del piano e incorporaría el ruidismo a sus composiciones y la dadaísta negación artística: ni etiquetas, ni definiciones).

Por otra parte, en su momento, Edgar Varèse firmó uno de los manifiestos  del movimiento (“Dada soulève tout”) y el poeta Louis Aragon lo describió como el “único compositor” de la era Dadá. Buena parte de su obra instrumental utilizó el lenguaje “maquínico” de éste.

VIDEO SUGERIDO: Cabaret Voltaire – Nag Nag Nag www keepvid com, YouTube (Paul Johnson)

Los fundamentos teóricos y estéticos del movimiento fueron retomados luego por Pierre Schaeffer y sirvieron como inspiración para la Symphonie pour un homme seul, composición creada en colaboración con Pierre Henry con tal ideario como base. A mediados del siglo XX, esta obra fue la culminación de una serie de experimentos sónicos con locomotoras, ollas y torniquetes y fue llevada al ballet por Merce Cunningham (padre de la danza moderna), quien trazó así la nueva ruta para tal disciplina.

Desde entonces muchos nombres de la música académica se han relacionado con el dadaísmo aunque sólo contengan una pizca de él: Poulenc, Honegger, Milhaud, Auric, Durey y Tailleferre (el grupo de Los Seis), al igual que George Antheil, Erwin Schulhoff, Michael Nyman, Arvo Pärt, Wim Mertens o John Tavener, por mencionar algunos.

En el campo de la música experimental y electrónica ha sido piedra de toque  desde hace un siglo en todas sus ramificaciones: concreta, electroacústica, aleatoria, serial, repetitiva, Fluxus, minimalista…, en la primera. En la segunda, con el imperativo lema de que sólo mediante una larga y cuidadosa serie de experimentos, y un continuo entrenamiento del oído, puede hacerse este material desconocido accesible y plástico para las generaciones venideras, y para el arte en general, la lista de nombres tras Luigi Russolo llega hasta la fecha lo mismo en los laboratorios y estudios de grabación que en las pistas de baile, raves y lounges.

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El dadaísmo es hilo conductor de manera total o parcial  en muchos solistas o grupos de música electrónica. Su vigencia sigue siendo importante y enriquecedora. Cabe destacar de ese medio al grupo británico surgido en los años setenta que tomó su nombre de la cuna misma del movimiento: Cabaret Voltaire. Agrupación que se convirtió en uno de los enclaves más prolíficos que fusionaron la New wave, el techno, el house dub y la música concreta, es decir fluctuó entre el post punk y la música de baile con ganas de transgredir, experimentando con la creación y el procesamiento de sonidos.

En palabras de su líder Richard H. Kirk: “No éramos un mero entretenimiento, sino algo más radical y en contra del sistema, en vez de ser parte de élEl papel del artista debería ser desafiar el ‘status quo’. O, como hacían los dadaístas, no confiar en el poder y cuestionar todo lo que viniera de él Para mí es algo que sigue siendo válido«. Hoy, el grupo sigue funcionando, tras parones y muchos cambios de personal. En su propuesta tiene actualmente más importancia lo visual que lo sonoro, como corresponde al espíritu de los tiempos.

En el terreno jazzístico ha contado con la participación de exponentes del free jazz al free style. Del Art Ensemble of Chicago, Sun Ra y colegas a John Zorn y Atomic. La mezcla y el remix, más rabiosamente actuales y techno son descendientes directos del dadaísmo. Y en el rock, su presencia ha sido una constante desde la década de los sesenta cuando el performance, los happenings y algunos grupos, de su lado bizarro, lo convocaron una y otra vez, circunstancia que continuó a través de las décadas y estilos.

El más destacado dadaísta del género comenzó siendo Frank Zappa con sus Mothers of Invention, hasta su muerte en 1993. Los siguientes eslabones de la cadena, a muy grandes rasgos, pasan por Captain Beefheart and His Magic Band, The Bonzo Dog Doo-Dah Band, el Crazy World of Arthur Brown, Pere Ubu, Flying Lizards, Residents, Talking Heads, Sam & Valley, Pixies, Art of Noise,  Atom Tm, Holger Hiller, gran parte de la Neue Deutsche Welle, CocoRosie o Radiohead, hasta llegar al reciente Dengue Fever. Ellos y muchos más han mostrado que el Dadá sigue fresco y sorprendente.

Mención aparte la tiene el punk, subgénero con el que el dadaísmo guarda especial apego. La vinculación entre ambos pasa por diversos vasos comunicantes, como su nihilismo, la negación y rechazo de la tradición, apuesta por lo inmediato, la contradicción, defensa del caos contra el orden y lo imperfecto contra lo perfecto (el virtuosismo instrumental). Propaga la idea del “hazlo tú mismo”, se expresa mediante el escándalo, el gesto, la provocación y la palabra (cantada y tipografiada), se rebela ante las convenciones y se convierte en un antiarte, finalmente, con la infinita capacidad de influir a futuro, entre otras cosas.

La contribución constante del dadaísmo al arte contemporáneo –del que el jazz, la música electrónica y el rock forman parte indiscutible– es la puesta en duda continua sobre la esencia misma del significado artístico; la certeza de que todo –literalmente– es una convención que puede ser puesta en tela de juicio y que, por lo tanto, no hay regla inamovible que lo legitime de manera alguna. Gran parte de lo que el arte actual tiene de provocación (como la mezcla de géneros y materias propias del collage y del remix) viene de sus esencias, nacidas hace cien años en aquel revoltoso Cabaret Voltaire de Zúrich, cuya sombra nos sigue cubriendo, afortunadamente.

VIDEO SUGERIDO: Talking Heads – Big Business/I Zimbra (Live 1983 – HD), YouTube (Mike Skowronski)

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BIBLIOGRAFÍA

Por SERGIO MONSALVO C.

Rockabilly Portada 2

ROCKABILLY 

LA BÁRBARA NECESIDAD*

La mitología de la que se nutre el rock & roll le otorga el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada.

Y su constante desde siempre ha sido la necesidad de expresarse, del descubrimiento de cómo hacerlo, de lo dinámico y de lo bárbaro que dicha necesidad conlleva: la misión de hacer visible la intuición absoluta, la emoción de vivir el aquí y ahora para siempre, y su revelación no acepta más que la libertad expresiva también.

Así se ha nutrido tal mitología y la de los subgéneros como el histórico rockabilly en igual medida.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se encontraron, por primera vez en la historia, con el concepto «adolescencia». Una enorme masa juvenil que nunca había sido tomada en cuenta. Esa juventud empezó a crearse un universo propio. Tenía otros códigos de comportamiento, otros gustos, otras modas, otras formas de relacionarse. Y a la vez se negaba a aceptar los valores establecidos por la generación anterior.

Los adolescentes del primer lustro de los años cincuenta no estaban dispuestos a aceptar la música que sus padres aprobaban. El rockabilly les sirvió de estimulante.

*Fragmento de la introducción al libro de tal título en la Editorial Doble A y  publicado en el blog Con los audífonos puestos de manera seriada, dentro del concepto “Signos”.

 

Rockabilly

La bárbara necesidad

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2019

 

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RADIOHEAD/2

Por SERGIO MONSALVO C.

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 INDIE Y LA CAJA DE PANDORA

Las transformaciones en el rock significan la desestabilización de viejas formas musicales y de pensamiento, extinción de informaciones anticuadas o su reordenamiento en contacto con los nuevos saberes y tecnologías, que confluyen en nuevas agrupaciones y senderos. Ahí es de manera precisa donde brotan los artistas independientes (indies) y las compañías disqueras que canalizan sus expresiones al margen de lo comercial.

No obstante, de manera paulatina y con el paso del tiempo, la palabra indie empezó a referirse menos a la industria que al estilo. Los investigadores, estudiosos y analistas serios de la música se mantuvieron fieles a la primera definición, pero la percepción pública, la vulgarización, promovida en mucho por las grandes disqueras que vieron en ello un lucrativo negocio, habló ya de indie como de un rock quejumbroso apoyado por retumbantes guitarras, y ese es el uso común que se le da hoy en día.

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En 1984, Thom Yorke fundó al grupo On A Friday con su compañero de escuela Ed O’Brien. Colin Greenwood más Phil Selway y el hermano de Colin, Jonny, se unieron a la postre. Originarios de Oxford, Inglaterra, los cinco miembros de la banda provenían de familias de clase media. Se conocieron a mediados de los años ochenta en la Abingdon School, centro educativo de una pequeña ciudad cercana a Oxford.

Thomas Edward Yorke (nacido el 7 de octubre de 1968) se convirtió en el vocalista, compositor, guitarrista, tecladista y con el tiempo en el realizador del trabajo artístico de las portadas de sus discos y videos. Fue a la Universidad de Exeter donde estudió Bellas Artes y Literatura Inglesa. Ahí tocó la guitarra en un grupo de techno —su primer amor en realidad— llamado Flickemoise.

Jonathan Richard Guy Greenwood (5 de noviembre de 1971), a su vez, estudió Psicología en Oxford Poly (sin graduarse). Ejecuta toda clase de instrumentos de cuerda, percusión y demás. Cuando entró al grupo tenía 14 años y ya era multiinstrumentista. Tocaba los teclados y podía escribir arreglos para cuerdas. Incluso sabía leer partituras (de hecho todos lo saben hacer). Jonny crea música con todo lo que toca. Su guitarra preferida es la Fender Telecaster.

Por su parte, Edward John O´Brien (15 de abril de 1968) estudió Ciencias Políticas en Manchester y se erigió en la segunda guitarra y segunda voz del grupo. Colin Charles Greenwood (6 de junio de 1969) tomó para sí el bajo y se licenció en Literatura Inglesa en Cambridge. Y Philip James Selway (23 de mayo de 1967), se hizo cargo de la batería y estudió Literatura Inglesa e Historia en el Liverpool Polytechnic.

Durante los primeros cuatro años sólo tocaron en ocasionales conciertos durante las vacaciones de la universidad. En aquel entonces el grupo interpretaba un pop pulido y durante algún tiempo incluso mantuvo una sección de metales. No obstante, después de graduarse se presentaron en julio de 1991 en un pub de Oxford lleno de cazatalentos de las disqueras.

Para septiembre del mismo año ya habían firmado con Parlophone y cambiado el nombre a Radiohead, sacado del título de una canción de los Talking Heads que aparecía en el disco True Stories. Sus primeras piezas con tintes de grunge, “Drill EP” y “Creep” (ambas de un EP de 1992), tuvieron poco impacto, mientras que el sencillo “Anyone Can Play Guitar” y el disco Pablo Honey de 1993 se hicieron notar apenas en las listas británicas.

Sin embargo, hay que señalar que en Pablo Honey el grupo halló un buen equilibrio entre un indie-pop frágil y un rock alternativo exorcista, con los textos misántropos y melancólicos de Yorke como marca distintiva. Las críticas, es cierto, fueron positivas, pero el grupo, por no estar “a la moda”, prácticamente no impactó a la prensa musical británica. Los sencillos “Anyone Can Play Guitar” y “Pop Is Dead” entraron a las listas de éxitos de su país natal en posiciones muy modestas.

No obstante, durante una gira por los Estados Unidos “Creep” se convirtió en un todo un fenómeno. En la Unión Americana el público se volvió loco por el tema. Era un track perfecto para los lánguidos escuchas llenos de conmiseración por sí mismos, adicionado con las cantidades justas de angustia y ruido.

Era la canción perfecta acerca de la sensibilidad de una generación, aderezada con elementos del grunge, nostalgia por la lejanía y guitarras emotivas. MTV tocó tanto “Creep”, al derecho y al revés —así como las demás canciones del álbum debut—, que en un dos por tres Radiohead se convirtió en un grupo respetado y solicitado en la tierra del Tío Sam. No obstante, el éxito también conllevó  problemas.

VIDEO SUGERIDO: Pop is Dead Radiohead, YouTube (jerollen)

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DUKE ELLINGTON

Por SERGIO MONSALVO C.

Duke Ellington Portrait

 ESTILO Y LENGUAJE MUSICAL

En el 2019, Duke Ellington habría cumplido 120 años de vida. Ojalá hubiera llegado para verlo aparecer en el escenario procedente de su camerino cuando la orquesta ya estuviera tocando, y sentir al momento que los músicos sonaban de otro modo. En el instante que se sentara al piano, percibir el cambio de corriente y escuchar que todo comenzaba a formar parte de una adherente unidad.

Ellington aprendió las reglas de la armonía en forma autodidacta en el piano y adquirió los rudimentos de la orquestación mediante experimentaciones con su grupo; su orquesta le servía de taller, en el cual consultaba con sus músicos y probaba opciones de solución. Durante su periodo formativo del Cotton Club, Ellington se vio obligado a trabajar con diversas categorías musicales: piezas para bailar, estilo jungle y de producción, canciones populares, piezas «melancólicas» o «ambientales», al igual que composiciones de jazz instrumental puro.

Durante el mismo periodo, Ellington desarrolló una extraordinaria relación simbiótica con su orquesta —ésta constituía su «instrumento», aún más que el piano—, la cual le permitió experimentar con los timbres, los efectos tonales y los arreglos insólitos de voces que se convirtieron en el sello distintivo de su estilo; el «efecto Ellington» era prácticamente imposible de imitar, porque dependía en gran parte del timbre y el estilo particulares de cada músico. Llama la atención que, si bien no había dos miembros de la orquesta de Ellington que compartieran el mismo sonido, cuando así se requería eran capaces de producir las mezclas y combinaciones de sonoridades más fascinantes del jazz.

Este músico oriundo de Washington D.C., donde nació en 1899, fue el compositor de casi tres mil obras originales. Sus éxitos rebasan toda catalogación; desde «Mood Indigo» y «Sophisticated Lady» hasta «Satin Doll», la mayoría se ha convertido en temas standard de los grupos y orquestas del mundo. Los honores ganados por ello resultan impresionantes por su diversidad y extensión. Le fueron ofrecidos en vida grados honoríficos de universidades como Yale, Columbia o Harvard, entre otras. De manos de los presidentes Nixon y Johnson, recibió las medallas de la Libertad y de Oro del Presidente, respectivamente.

En el extranjero se le hizo miembro de la Real Academia Sueca de Música. Dos países africanos, Chad y Togo, editaron timbres postales en su honor. Setenta y siete fueron a su vez los premios otorgados por las revistas y publicaciones especializadas. Cenó y comió con príncipes y emperadores, y siempre obtuvo el preciado reconocimiento de sus colegas músicos. Duke Ellington fue premiado en innumerables ocasiones y los contratos a nivel internacional lo llevaron, junto con su banda, a recorrer sitios como Japón, África del Norte, Latinoamérica y Europa Oriental.

La primera vez que llevó a su orquesta a un estudio en 1926, grabó un par de temas clásicos: «East St. Louis Toodleoo» y «Birmingham Breakdown». Desde entonces y hasta un año antes de su muerte en 1974 grabó más de 300 veces, algunos catálogos suman y dan cuenta de cerca de 80 álbumes de su autoría. Fue su banda la única en la historia del jazz que trabajó las 52 semanas del año sin desbandarse. A él se le pueden aplicar sus propias palabras: «Nunca ha habido un músico serio que sea más serio en su música que un músico serio de jazz».

Duke escribió más horas de música que cualquier otro compositor estadounidense, y lo curioso es que la mayoría de sus obras comenzaban garabateadas en cualquier cosa que tuviera a la mano: menús, servilletas, sobres, postales, cartón de paquetes de cereales. Cualquier cosa lo inspiraba, y sus andanadas de creatividad eran sorprendentes. En una entrevista comentó que «Black and Tan Fantasy» la había escrito en 1927 en un taxi de Nueva York. Él y algunos miembros de su banda solían quedarse toda la noche bebiendo en el bar Mexico’s de Broadway, hasta que llegaba la hora de grabar al día siguiente, a las nueve en punto de la mañana.

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Le apremiaba —como siempre— escribir un tema para el disco, y yendo en aquel taxi al estudio de grabación le surgió la idea de «Black and Tan Fantasy». Desenvolvió el sándwich que llevaba en la bolsa y, en ese papel manchado de mayonesa y jitomate, escribió cuidadosamente lo esencial de la música. Al llegar al estudio lo plasmó en unas partituras originales e hizo con la orquesta un par de ensayos. Puso al buen recaudo de la memoria colectiva de la banda aquella obra.

Algunos músicos de esa orquesta ganaban más de 600 dólares a la semana, la nómina era altísima, pero a Duke no le interesaba eso, porque era la única forma de poder escuchar sus composiciones al mismo tiempo que las escribía. «Black and Tan Fantasy» fue señalada por las plumas acreditadas como una prueba concreta de que el jazz era arte, con un refinamiento musical muy superior al que poseían otras orquestas de la época. Ello condujo al director Dudley Murphy a realizar un cortometraje al respecto: Black and Tan Fantasy.

El registro de Ellington en el cine quedó impreso en cintas como Cabin in the Sky, Paris Blues y la más importante, Anatomy of a Murder de Otto Preminger. Asimismo hay innumerables documentales donde la orquesta en pleno fue filmada, igual en estudio que en actuaciones en vivo.

Duke Ellington siempre poseyó un estilo único y, lo que es más destacable también, tenía un sonido personal. A cualquier amante del jazz le basta oír un acorde o un riff para saber que es Duke Ellington y nadie más que él. Por fortuna vivió lo suficiente (75 años) para saber que era considerado el compositor más importante de los Estados Unidos.

Dentro de la extensísima discografía ellingtoniana, la caja The Duke Ellington Centennial Edition/ The Complete RCA Victor Recordings (1999) es, quizá, uno de los testimonios más importantes sobre el compositor —si no el que más—, por varias razones. Una de ellas es que marca el fin de un siglo y comienza el reconocimiento a todos los niveles del genio artístico del músico estadounidense, que junto con Louis Armstrong, Charlie Parker y John Coltrane forman los sólidos cimientos del jazz del siglo XX.

“Take the ‘A’ Train”, “Mood Indigo”, “Black and Tan Fantasy”, “Solitude”, “Sophisticated Lady”, “Creole Love Call” y “Caravan”, entre otros temas, realmente entusiasman. Todas ellas son piezas clásicas, que han trascendido el tiempo y las épocas y en las cuales la manera de interpretarlas por parte de Paul Gonsalves, Lawrence Brown, Buster Cooper, William Anderson, Herbie Jones, John Lamb, Sam Woodyard, Harry Carne, Russell Procope y sobre todo las destacadísimas participaciones de Ellington en el piano, de Billy Strayhorn en los arreglos, Cootie Williams en la trompeta y el ya mencionado saxofonista Johnny Hodges, hace de dicha caja una auténtica maravilla compuesta por 24 compactos que abarcan de 1927 a 1973, con decenas de piezas, material inédito, un booklet completísimo con fotos, textos críticos y una minuciosa discografía cronológica, entre otras cosas.

En la música habla con swing de una bitácora de creatividad, de virtuosismo, de comunión, de artistas exitosos y de cansancio, de giras, de comidas inconclusas, de arrobos y dependencias, en fin, los costos reales de la vida grupal e individual en la que quizá haya sido la orquesta más impresionante y de mayor calidad durante muchos, muchos años.

VIDEO SUGERIDO: Duke Ellington, “Take the A Train”, YouTube (morrisoncoursevids)

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HYBRIS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA DESMESURA ROCKERA

El vocablo “Hybris” presenta habitualmente varias acepciones en los diccionarios contemporáneos e incluso se le señala como un síndrome (al que los psiquiatras han tratado). En esos compilados se le menciona  como una falta de comedimiento, algo que califica aquello descomunal o inmenso, fuera de los límites. Es decir, representa lo exagerado, lo excesivo y siempre relacionado con la conducta humana.

Tal palabra es griego puro (ὕβρις) y usualmente se le puede encontrar en tratados o ensayos sobre tal literatura. En sus escritos, el filósofo ateniense Higinio la retrató en varias de sus fábulas éticas. Por ello los estudiosos han dedicado tiempo a descifrar el concepto. En su transcripción más acertada se le interpreta como “desmesura”, un sustantivo que incluye todo lo que sobrepasa una justa medida.

En las vidas griegas un principio que regulaba la ética en aquella cultura era el de un término medio para todo y nada, ni el amor, ni el dolor, ni las aspiraciones, ni el poder, ni cualquier otra cosa, debían sobrepasar una medida razonable, expresado con en la máxima (medém agan: “nada en exceso”) que predicaba la moderación como valor vital.

La hybris, pues, era (es) algo que genera un desequilibrio y, sobre todo, que atrae la cólera de los dioses, siempre dispuestos a propiciar la ruina del que la muestra. Por lo tanto, la soberbia o el orgullo por lo que se ha logrado, eran (son) machacadas por los dioses en historia trágicas (con la llegada del romanticismo cambió la actitud y el hombre enfrentó a las deidades para tomar el timón de su propia vida).

La hybris humana, de manera general, era el tópico de toda tragedia griega en que la que un héroe, que solía ser un ser mitológico, se oponía al destino que le había sido marcado, lo cual era hybris porque sobrepasaba las capacidades humanas, desmesuras que iban a ser las causantes de su ruina y desgracia, que al final se desencadenarían provocando el desenlace trágico y la catarsis en el público. Se trata desde entonces de un tópico literario.

Y si eso era en el teatro, en lo musical tal conducta era representada en las paredes o en las piedras de los escenarios y hasta en los templos, con la figura  de cuatro bailarines en posturas irregulares cada uno, en las cuales se les veía danzar y gesticular de manera incontrolada, salvaje, como reflejo de tal actitud. Lo contrario a ello era la frónesis (que designaba al pensamiento y a la conducta prudentes).

En términos contemporáneos, la mitología de la que se nutre la cultura del rock (y aquí cabe recordar que la historia del mismo está cimentada por sus mitos) le otorga el mayor crédito a toda desmesura (uno de sus elementos esenciales) y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada, contestataria y románticamente enfrentada al destino.

Y su constante desde siempre (desde su comienzo hace casi setenta años) ha sido la necesidad de expresarse, del descubrimiento de cómo hacerlo, de lo dinámico y de lo bárbaro, salvaje, y muchas veces extremo, que dicha necesidad conlleva y que se ha manifestado en diversas formas. Así ha sido desde la aparición de Little Richard hasta la última presentación (en Nueva Zelanda) y acción (suicidio) de Keith Flint de The Prodigy.

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La necesidad existencial expresiva como misión para hacer visible la intuición absoluta, la emoción de vivir el aquí y ahora para siempre sin mediar control de los dioses, con el regalo del fuego en la mano heredado de aquel titán llamado Prometeo y su revelación, no acepta más que la libertad expresiva también, sin limitación o menoscabo alguno. Así se ha nutrido tal mitología y la de los subgéneros en igual medida.

En cuanto a la imagen en el género, que sustenta mucho de lo anterior, las fotos que trascienden arrojan luz sobre la construcción extrema de un personaje, como en la vestimenta de Steven Tyler de Aerosmith o la de Dee Snider de Twisted Sister, quien incluso se mandó afilar los dientes para enfatizarla. Trascienden por señalar un momento importante o sobre un aleteo del alma humana, en este caso a través de su expresión musical.

El fotógrafo que busque eso debe mantener la realidad a distancia. En eso consiste su tarea y cuando lo consigue se consagra. Como en el caso de la portada del disco London Calling del grupo británico The Clash. Tal fotografía ha sido reconocida como la imagen emblema del punk y se considera, hasta estos momentos, como la mejor foto de la historia del rock, por representar la emoción desbordada del intérperte.

La desmesura en el género aporta entre sus anaqueles las grabaciones de los grupos o solistas, por supuesto. Son la prueba concreta de su labor y de su manifiesto artístico. Tres ejemplos clásicos de ello son los de los Beatles y su obra magna Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, donde todas la extravagancias, vanguardias y ocurrencias tuvieron cabida y han sido contadas meticulosamente en infinidad de libros y documentales.

El segundo ejemplo es el de Brian Wilson, quien tras Pet Sounds de los Beach Boys pensó en un proyecto aún más ambicioso, Smiley Smile (en 1967). Quizá la muestra mayor de todas las exageraciones: en talento, en recursos de producción, en sofisticación musical y en el consumo de ingentes cantidades de marihuana, anfetaminas y LSD. Brian no lo aguantó y se olvidó de la obra que quedó inconclusa y quemada en parte, por él mismo.

Smile quedó como el más famoso álbum inacabado. Su autor tuvo que pasar por un infierno psicológico, la manipulación criminal del doctor que lo atendía y la indiferencia general ante su estado mental. Sin embargo, en el 2004, Wilson retomó el proyecto como solista, grabándolo de nuevo y editándolo como Brian Wilson presents Smile casi 40 años después, en una una labor titánica.

Y en tercer término, el disco Chinese Democracy con el que el grupo Guns’n’Roses (básicamente  una operación a cargo de Axel Rose) ejemplifica aquello del monumento al exceso, sí, pero también a la voluntad creativa. El álbum está considerado como la producción musical más cara de todos los tiempos en el género, con un costo total de 13 millones de dólares, la cual se llevó una década para su realización (1997-2007).

Pero el hybris rockero no se limita a la imagen y a las grabaciones, abarca cada uno de los aspectos en los que tiene qué ver: en las actuaciones (ahí están las heridas autoinfringidas de Iggy Pop; la quema y destrucción de instrumentos (Jerry Lee Lewis, Jimi Hendrix, The Who); la realización de megaconciertos con más de un millón de espectadores (Rolling Stones en Brasil o Cuba, el Live Aid en dos continentes al mismo tiempo, etcétera) y hasta en los funerales (el de Johnny Halliday)

Asimismo, están las vidas autodestructivas de algunos exponentes, quizá las más divulgadas sean las del club de los 27, pero también está la de Keith Richards (que es la representación viva del retrato de Dorian Gray), o la existencia de la dieta tópica por excelencia: sex & drugs & rock & roll… En fin, el hybris tiene la particularidad de atraer la deriva de quienes la practican, de quienes buscan no arder sino consumirse y explorar hasta el límite toda desmesura (la catarsis), que es a la larga la savia de la que se alimentan los mitos y encolerizar así a los dioses, a todos los dioses.

VIDEO SUGERIDO: The Rolling Stones – (I Can’t Get No) Satisfaction (Live) – OFFICIAL, YouTube (The Rolling Stones)

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PUNK / 2

Por  SERGIO MONSALVO C.

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 SÍNTESIS DE LA EXCITACIÓN

Entre el surgimiento del rock de garage en 1965 (con algunos afamados precedentes prepunks como The Troggs, Trashmen, Wailers, Kingsmen o Sonics) y la explosión inglesa consecuente de 1976-1977, hubo varios grupos que prepararon el terreno al punk, a este género que aún hoy, fin de la segunda década del siglo XXI, sigue aportando elementos e ingredientes a las más frescas corrientes en el mundo entero.

En 1972-1973, bajo las firmas de plumas evangelizadoras como las de Nick Kent, Lester Bangs y Lenny Kaye, aparecieron los nombres de los héroes para la incipiente subcultura (aún), a quienes se les ofreció la etiqueta de «punks tempranos» o “proto-punks”.

A partir del filón descubierto por los investigadores y periodistas musicales se rehabilitaron tanto a los grupos pioneros del rockabilly (The Phantom, Johnny Burnette Trio, Eddie Cochran, et al), a hitos del subterráneo contracultural como los poetas malditos franceses (Baudelaire, Rimbaud), a los cineastas del underground (Kenneth Angers, John Waters) y a varios iconoclastas inclasificables como PJ Proby, Captain Beefheart, Silver Apple y William Burroughs, entre otros.

Al Velvet Underground le correspondió el título de grupo pionero. Desde 1966, cuando la música atisbaba hacia California, ellos le cantaban desde Nueva York a la violencia urbana, la enajenación social, las drogas duras y las perversiones sexuales. No tenían éxito ni futuro y se solazaban en ello por completo.

Se adivina su huella detrás de un gran número de formaciones posteriores hasta la fecha. Y los primeros grupos de hard, como MC5, Stooges, Blue Cheer y Pink Fairies, los antihéroes, demostraron desde entonces y de manera directa, que no hay nada más eficaz que la cópula con el Hada Eléctrica. Lo demás son tonterías.

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Entre 1972 y 1973 nació también el rock decadente (o glam rock) al que asimismo se le llama «padrino del punk». En Inglaterra, David Bowie, Marc Bolan y Roxy Music se dieron a conocer, mientras que en Estados Unidos los New York Dolls, Suicide e incluso Wayne County pasaban prácticamente desapercibidos para la mayoría, excepto para unos cuantos: “Cuando vimos en escena a los Dolls nos llevamos la impresión de nuestra vida. Eran eficaces porque no sabían tocar bien. Por primera vez tuvimos la prueba de que ensayar durante veinte años no sirve de nada”, declaró Joey Ramone.

También se pueden tomar en cuenta las pocas grabaciones de los grupos que precedieron inmediatamente al punk: “Stranded in the Jungle” y “Don’t Start Me Talking” de los New York Dolls, «Do You Love Me” de los Heartbreakers, “It’s All Over Now” de Ducks Deluxe, “Leavin’ Here” de Motörhead, las de Eddie & The Hot Rods y de los Count Bishops.

Además, habría que hablar de Doctor Feelgood, quien ya tenía las imágenes en blanco y negro, las fundas de los discos sobrias, los trajes pegados y los solos relámpago. Es decir, la síntesis del rhythm and blues de Chicago, Muddy Waters, John Lee Hooker y Chuck Berry en versión reactivada, sobrecargada y anfetaminizada.

O también el genial estilo de Bo Diddley en hipertensión eléctrica, reinventado sobre la Telecaster negra y roja del guitarrista Wilko y su amplificador HH en un pub inglés. Un estilo seco y limpio nacido de la fascinación por los grandes rockeros negros así como por los Rolling Stones de más de una década anterior. Ésas pueden ser las raíces del punk.

Verdaderas concentraciones de excitación que desataron una sana histeria, en contraposición a la música Disco, a las larguísimas improvisaciones del rock progresivo, al pulido rock sinfónico y al tecnicismo del jazz rock.

VIDEO SUGERIDO: New York Dolls – Musikladen, 1973, Pills, Trash, YouTube (gimmeaslice)

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PUNK (REMATE)

MONTEREY POP FESTIVAL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CUNA DE DEIDADES

En junio de 1967 se llevó a cabo el Festival Pop de Monterey, en California, origen de una nueva cultura (que desplazaba los focos de atención de la emprendida en Inglaterra, con el Swinging London, unos años antes) y asimismo epicentro de la contracultura (así fue de determinante tal periodo en el péndulo histórico).

El Monterey International Pop Music Festival (su nombre oficial) fue el primer festival masivo de rock que se realizó en el mundo. Ese solo hecho bastaría para anotarlo en la bitácora el acontecer humano, sin embargo la efeméride fue más allá de la anécdota. Fue el pico de una época que se conocería más tarde como el “Verano del Amor”, la plenitud de la revolución hippie y la plataforma de despegue de la experiencia psicodélica.

Al evento —que fue todo un happening, un carnaval, una fiesta multitudinaria y alegre— asistieron cotidianamente alrededor de 50 mil personas, en un suceso que duró tres días (del 16 al 18 de junio). Cabe señalar que este festival lo tuvo todo para encumbrar a quienes participaron en él.  Fue la primera gran reunión de este género que se salió del simple cuadro musical para convertirse en un fenómeno sociológico: el punto climático de un modo de vida, de otro sentido de las cosas.

La película del evento armada por D.A. (Don Alan) Pennebaker –considerado el mejor documentalista de su tiempo– fue el cartapacio de diversos comienzos, uno de ellos fue la perspectiva a futuro de los organizadores al tomar la decisión de filmar y grabarlo todo.

Para ello llamaron también a Wally Heider (poseedor del mejor equipo técnico de entonces) quien capturó las actuaciones con su estudio móvil con cintas de ocho pistas. Los álbumes editados de aquel momento, además de su ejemplar testimonio sonoro, han contribuido a dar a ese vasto acontecer el valor de un suceso planetario.

Algunos grupos participantes en ese momento se vieron elevados de golpe al rango de mitos mayores; y las piezas de mayor éxito sobre su escenario se convirtieron en himnos obligatorios reeditados durante años para brindar su propio festival a los que no estuvieron ahí.

El Monterey Pop Festival significó la presentación y consolidación de varios artistas legendarios a la postre (tanto ingleses como de la Unión Americana): Luminarias como Otis Redding (en una de sus últimas actuaciones pues moriría tiempo después, ese mismo año), el hindú Ravi Shankar, los ingleses The Who y The Animals compartieron el estrado con otros 25 grupos y solistas (The Asociation, Simon & Garfunkel, Paul Butterfield Blues Band, el africano Hugh Masekela, Laura Nyro, etcétera), repartidos entre los días que duró el acontecimiento.

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Fue la ocasión justa para los anfitriones franciscanos de presentarse en plan grande junto a quienes ya eran artistas reconocidos: The Mamas and the Papas al frente con John Philips, el creador de “San Francisco (Be Sure to Were Flowers in Your Hair)”, Canned Heat (con su modernizado blues de raíces), Grateful Dead (la agrupación emblemática del movimiento), Moby Grape (y el experimentalismo psicodélico), Quicksilver Messenger Service, Country Joe & The Fish y demás.

 VIDEO SUGERIDO: Monterey Pop Official Trailer, YouTube (Pennebakerhegedus)

Todos ellos dieron vida a leyendas en medio de otras, a una mitología particular inmersa en un Shan-gri-la generalizado, que musicalmente llegó a su cénit en dicho verano con tal Festival. A la fiesta multitudinaria asistieron personas venidas de todos los rincones de los Estados Unidos, pero también de Canadá, Europa, Latinoamérica y hasta de Nueva Zelanda y Australia (la creación de una población instantánea y fugaz, hecha de qué: ¿vagabundos, peregrinos?)

Sin embargo, nadie de los que estuvieron presentes, o de quienes hayan visto la película del evento posteriormente, podrá olvidar jamás las escenas de las presentaciones de Janis Joplin, Jefferson Airplane y Jimi Hendrix.

En ese momento de su historia el rock cimentaba su mitología posclásica con la aparición de mujeres en su cosmogonía. Eran émulas de Atenea (aquella diosa griega de la sabiduría que había sabido manejar a las Furias a base de rituales únicos), mujeres duras cuya divinidad irradiaba comportamientos distintos.

Se trataba de Janis Joplin (con el grupo The Big Brother & The Holding Company) y de Grace Slick (con el Jefferson Airplane), diosas nacidas del rock y de la contracultura. Ningún protagonista mitológico está completo sin la provocación de otros estilos iguales en fuerza, pero contrastantes. El rock ácido de los sesenta produjo a dichas deidades opuestas.

Jimi Hendrix, a su vez, construyó ahí su propia imagen. Él hizo de «Wild Thing», por ejemplo, su versión; un novedoso espacio discursivo y contextual que nunca se volvería a relacionar con los Troggs ni con Chip Taylor.

Con ella Jimi se proyectó a la velocidad de la luz al Olimpo del rock, y agradeció el momento sacrificando una parte de sí mismo, creando una versión apocalíptica del tema, en cuyo final cacofónico derramó gasolina sobre su guitarra, para luego incendiarla en una mezcla de rito vudú y orgasmo cósmico.

Esas llamas electrizantes cobraron fuerza mitológica y el tiempo dejó de significar algo para él (viajero cósmico en el Año Internacional del Turismo). Se hizo inmortal, lo mismo que el Monterey Pop Festival. Epítome del Verano del Amor.

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VIDEO SUGERIDO: Jimi Hendrix Wild Thing Guitar Sacrifice, YouTube (ashutoshjohn)

 

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ROCK & ROLL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UN MUERTO MUY SALUDABLE

Nada hay más insufrible que un tópico reiterado. El lugar común que cada determinado tiempo vuelve a circular para tratar de convencer sobre alguna necedad, a base de repetición, lo que se ha escuchado por ahí, sin sostén alguno, como si fuera el gran descubrimiento y con una actitud beligerante.

Eso es lo que hacen los nuevos predicadores sobre la música (de cualquier edad, joven, maduro o viejo) que buscan dividir maniqueamente la escucha de todos, por la sencilla razón de que ahora pueden opinar sobre cualquier cosa sin base alguna (académica, empírica, científica o social), escudándose en el anonimato y la difusión que proveen las redes sociales.

A partir de los usos generalizados de éstas se ha desplegado recientemente una ola “misionera y pastoral” para convertir el gran oráculo del mundo virtual en una enorme negación: “El Rock & Roll ha muerto”, y son otras músicas u otros tiempos los que deben valer, según ellos.

Postura que además de renegar de dicha música la quiere enterrar. Lo más patético es que semejantes desvaríos provengan de edades pubertas o apenas remontadas.

Sin embargo, ejemplos de esto los podemos encontrar a lo largo de la historia del género. Sin detenerme mucho podría hablar de las distintas «muertes» que le han sentenciado: “A esta porquería de música llamada rock and roll no le doy ni cinco años de vida«, dijo un Frank Sinatra furioso en los años cincuenta.

Otras tantas premoniciones: tras la desaparición de Buddy Holly en un accidente de avión; luego de la conversión religiosa de Little Richard; después del reclutamiento de Elvis Presley; de la separación de los Beatles; de la anulación del hippismo; con el asesinato de John Lennon; con Cat Stevens enrolado en el islamismo; en plena efervescencia de la música Disco; con el surgimiento del punk, de la new wave, con el suicidio de Kurt Cobain, con la emergente música techno y escena electrónica, etc., etc.

No creo que el rock and roll vaya a morir alguna vez por completo. Tendrían que hacer algo extraordinariamente bueno que tomara su lugar y eso está por verse”: Elvis Presley

VIDEO SUGERIDO: The Jim Jones Revue – Where Da Money Go?, YouTube (JimJonesRevue)

Los profetas y gurús de todos estos apocalipsis aparecen y desaparecen, escriben, cantan o peroran sobre lo mismo: el deceso del rock & roll (el clásico, el de toda la vida). Las causas, según ellos: la comercialización, la pérdida de los conceptos primigenios y de adalides que los sostengan, el desfase genérico o el vano argumento de que “no es lo cool”.

El rock ha muerto, sí, pero de risa ante tanta necedad, ignorancia supina, incapacidad analítica, desconocimiento histórico y pobre escucha.

Finalmente las causas de la apostasía de estos trolls cibernéticos son que en un momento dado, echados sobre sus laureles trendy, hacen (comentarios) y deshacen (foros) sin la preocupación de mantenerse al tanto de nada (oír un disco completo o leer más de 140 caracteres es algo impensable para estos analfabetas disfuncionales).

Les sucede lo que a la liebre de aquella moraleja de la que no tienen referencia.

La evolución de la música nunca termina y ellos ya están desfasados al mantener tales (pre)juicios. Ante el hecho, en lugar de ponerse al día, estudiar, escuchar, observar, aprender, alcanzar el paso del desarrollo, prefieren ociosamente denostar todo aquello que no comprenden.

Siempre es más fácil decretar la muerte de lo extraño que el trabajo por entenderlo.

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Quienes suscriben tal fallecimiento no saben por ende que el rock and roll aunque moldeado por fuerzas populares no equivale a ellas; que es de la propia música y de su ubicuidad espacio-temporal omnipresente de donde el intérprete y el seguidor sacan su fuerza.

El género, como cualquier forma de cultura viva, va desarrollándose porque el valor de los viejos modelos se desgasta y debe volver a interpretarse (y hasta ser superado) por los nuevos. La dirección en que lo haga tiene también, a todas luces, motivos socioculturales.

La complejidad social ha ido en aumento, al igual que los cambios que se presentan en ella debido a la fragmentación de la realidad propiciada por la tecnología. Dichas transformaciones significan la desestabilización de las formas musicales y de pensamiento; la reordenanza de la información en contacto con los nuevos saberes, que confluyen en nuevas agrupaciones y ramificaciones.

La verdad pura: en cada disco o concierto de rock and roll del presente se puede ver y escuchar su pasado, pero también algo más: su futuro.

Este género fundacional, en la era hipermoderna y por su inherente razón de ser, no se evade de lo aprendido pero por su propia genética asimila en forma constante las visiones que los nuevos grupos traen consigo (no en balde casi 70 años de él).

Y tan pronto como estas visiones se vuelven comunes por el uso y abuso, se distancia de ellas con otros maduros retoños, al igual que el proceso social o biológico, bajo el mismo signo y nombre: rock & roll, a pesar de que algunos despistados lo «maten» a cada rato.

Si grita pidiendo la verdad en lugar de auxilio; si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer; si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo, entonces es rock and roll”: Pete Townshend

A quienes creen que los géneros musicales se agotan tras su época de oro o que el rock and roll es un tema estrictamente generacional debido a la edad, lamento decirles que su problema es de personalidad, no musical.

Quizá ya no haya emoción ni sorpresa para aquellos que han vivido las diversas edades doradas del género y lo que suena hoy les puede parecer banal, pero actualmente hay millones de pre y adolescentes que están descubriendo el rock and roll ahora mismo y alucinan ante sus posibilidades. El jovencito que llega al rock and roll por primera vez lo descubre con oídos frescos y se maravilla ante él.

Al viejo rockero que prefiere quedarse tan sólo con sus oldies rumiando que toda época pasada fue mejor, lo que le puede ocurrir es que le pasarán inadvertidos grupos que lo hubieran podido maravillar, a su vez.

Porque como dijera el gran Bruce Springsteen al respecto: “El rock and roll nunca fue ni ha sido un hobby para mí, sino una fuerte y potente razón para vivir, en todas las épocas”.

VIDEO: Nick Curran – Train Kept A Rollin’ (Johnny Burnette Trio cover), YouTube (ncconce)

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NEW ROMANTIC

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ESTILO DE SINTETIZADOR

El comienzo de los años ochenta se caracterizó musicalmente por su similitud con el inicio de las décadas anteriores: la tibieza, la contracción, el conservadurismo. El punk de fines de los setenta estalló en mil tendencias, la mayor parte de las cuales siguió un desarrollo ambivalente o de efectos retardados que sólo años o décadas después encontrarían su razón de ser.

Como por ejemplo el ambiguo estilo New wave que en el albor de los ochenta retomó muchas de las características del punk, pero con el paso del tiempo fue adquiriendo su propia personalidad hasta identificarse plenamente en el siguiente siglo.

Pero de aquella primera época (de sintetizadores, experimentación electrónica, artística e intelectual sólo los Talking Heads (obviamente David Byrne), Chrissie Hynde y Elvis Costello impusieron al mundo sus talentos, el resto fue desapareciendo en el camino (Police, Cars, Pere Ubu, B 52’s, Jonathan Richman, Devo, X, et al).

En lo general, los primeros años ochenta igualmente resintieron la baja económica mundial, la recesión impuesta por los mercados. Al mismo tiempo, los juegos de video arrancaron su carrera de embrutecimiento (hoy en gran boga) y la música –me refiero al rock– pasó a un plano secundario por diversas circunstancias contextuales.

El pop más artificioso permeó el ambiente. Se convirtió en una fábrica de “éxitos” en fuga provocando con ello el regreso de la tiranía del hit para los artistas auténticos. Los álbumes fueron reconsiderados como meras colecciones de sencillos.

En otro ámbito, y pese al comercialismo que caracterizó la década, la música  aún luchaba y reunía fuerzas para combatir el puritanismo y también para ayudar a restablecer una semblanza de conciencia social en medio de las directrices mundiales (neoliberales) impuestas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Bob Geldof, el líder de la banda irlandesa menor Boomtown Rats, apareció para llamar la atención sobre la hambruna africana y organizó la Band Aid y el concierto Live Aid (que en lo musical también marcó un parteaguas estilístico: de la new wave y el new romantic al synth pop y al uso del sintetizador en detrimento de la guitarra).

Digamos que esta historia estilística comenzó a fines de los setenta, en Sheffield, Inglaterra, cuando el uso de los teclados electrónicos comenzaba a dar sus primeros pasos en aquellos lares, tras escuchar las sonoridades provenientes de la excéntrica Alemania y las posibilidades que ofrecía.

Los grupos se regodeaban en los sintetizadores y en los efectos electrónicos. Su estilo resultaba frío; y su personalidad, estéril y carente de alma. Los fans de tales teclados decidieron entonces disolver aquello y crear otro camino, con un nuevo curso musical.

Los tiempos estaban cambiando y tal como en una de las leyes de la física en lo social sucedía lo mismo, como siempre: a toda acción correspondía una reacción. Había un cambio notable que se podía percibir en el Reino Unido a principios de los ochenta. Los años de gobierno de Margaret Thatcher, la crisis en la que hundió a los más desprotegidos económica y políticamente.

Esa generación de jóvenes eran hijos de padres que habían vivido la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas de austeridad extrema, ahora ellos tenían que lidiar con un hundimiento posterior. Nacieron poco después de que terminara el racionamiento, y era un mundo igual de austero. Todos compartían la ausencia crónica de dinero. Eso afectaba a todo el mundo.

Estaban metidos en la misma batalla existencial que sus inmediatos antecesores, los punks, pero con un signo diametralmente distinto: No renunciaban al futuro y querían vestir mejor al presente, literalmente; conseguir una mejor calidad de vida y buscar el desquite con el hedonismo. Llegó la obsesión por la ropa y el amor por el baile.

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Así, en 1980, a través de una homogénea mezcla de soul, funk, reggae y pop, otra estética irrumpió en la escena musical en la búsqueda de una nueva intimidad.

A dicha intimidad se le conoció musicalmente como New Romantic. Era una corriente que había nacido del cruce entre las hechuras del punk y de la New wave y precedían al inmediato synth pop. Heredaban cosas de los primeros (sus instrumentaciones y voluntades) pero agregaron su estética particular al tercero.

Representaban un momento y una transición, desde el blanco y negro de los setenta al color de los ochenta. Jóvenes de barrio con eclécticas referencias musicales que en plena era pospunk que buscaban un sonido “positivo”. Se formaron y crecieron entre la fauna de los clubes nocturnos del West End londinense, cuya filosofía abrazaron para encarnar un pop dominado por lo visual.

Los rostros maquillados, los elaborados peinados, las camisas, pañuelos y casacas de inspiración victoriana o el lamé dorado, cobraron tanto protagonismo como esos temas dominados por la semi electrónica que fueron los reyes de las pistas de baile en Londres.

VIDEO SUGERIDO: ABC – Tears Are Not Enough 1981, YouTube (memorylane1980s)

Enarbolando la bandera de nuevos románticos sus seguidores se convirtieron en un fenómeno entre la música, la moda y la cultura juvenil. Sus bandas: Duran Duran, Culture Club, Japan, The Human League, Spandau Ballet, Culture Club, Ultravox, The Thompson Twins, Orchestral Manouvers in the Dark, Adam and The Ants, A Flock of Seaguls, Classix Noveaux, Soft Cell, Spandau Ballet y ABC, entre otras.

La sensibilidad de éstas se opuso al pesimismo del punk, con lánguidos metales que armonizaban con cuerdas y sintetizadores. Esta maquinaria de soul blanco proporcionó una música limpia y pulida que encontró campo de cultivo en los clubes de nombre Billy’s o Blitz.

Sus trajes bien cortados, aspecto aseado, serio y un poco de glamour (proveniente de Bowie) ayudaron a lograr una imagen propia: erotismo frígido, voz distante, concepción perfecta de los arreglos y un ritmo penetrante.

Sin embargo, los tiempos volvían a cambiar y el New Romantic y su fugacidad daba paso a una nueva corriente, ésta sí definitivamente entregada a los sintetizadores. Los grupos representantes del movimiento resintieron un bajón de popularidad que finalmente se difuminaría hacia la mitad de la década, con el Live Aid como parteaguas cultural.

Tiempo después dicha corriente volvió como venerable nostalgia y autotributo, y las bandas de aquellos aires se dedican hoy a presentarse por el mundo mostrando su parque temático a los melancólicos enamorados de los lejanos primeros años ochenta.

VIDEO SUGERIDO: Japan – Quiet Life, YouTube (JapanVEVO)

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