POP DE CÁMARA

Por SERGIO MONSALVO C.

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(DOS EJEMPLOS SUBLIMES)

Lo más característico de la actual andanza del pop de cámara (o Chamber Pop) es el afán incluyente (en tiempo y espacio) y sus aportadores se inscriben desde el indie pop al rock alternativo, pasando a veces por el pantano de las listas de popularidad sin ensuciarse las alas, y con una infinidad de intérpretes y matices, entre cuyos ejemplos señeros están los de Divine Comedy y John Grant.

Nunca será ocioso volverse a plantear la pregunta sobre quién es Neil Hannon. Es más, creo que debe hacerse cada vez que este artista saca a la luz un nuevo disco, porque con cada obra producida los adjetivos elogiosos se multiplican sobre su persona, merecidos a cual más.

El dandismo que caracteriza a este irlandés del Norte (nacido en 1970) es un fenómeno que une vida, literatura y música. Porque no sólo la vida se refleja en su arte sino que, por lo regular, el arte se refleja en su vida.

La actitud de Hannon es social y culturalmente una pose, un desafío y una arrogancia. Pero es también signo de una actitud de iconoclastia (musical, sobre todo).

El triunfo de dicha actitud, y la manera en que la vive, se percibe en las líneas de sus canciones o en la disquisición teórica del concepto que plasma cada vez. Es, en fin, tanto un observador como un protagonista de la dantesca comedia del vivir.

De ahí el nombre de su proyecto: The Divine Comedy, con el que ya ha cumplido dos décadas de existencia.

Un proyecto que lo mismo abarca la participación de un buen número de colaboradores –más que grupo— que el accionar solitario. Por ello Hannon puede parafrasear lo que Flaubert dijo con respecto a sí mismo (en relación con Madame Bovary): “Yo soy The Divine Comedy”.

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Divine Comedy se encuentra entre lo más destacado del rubro “Pop de Cámara”, al que Hannon le ha agregado su ilustrado referencialismo, producto de una vasta cultura individual.

Por sus letras transcurre poesía moderna, romántica y simbolista, literatura de entre siglos; pintura prerrafaelita, expresionista y abstracta; cinefilia (surrealista, nouvelle vague, musical y de época) y del pop musical contemporáneo.

Una especie de gentleman sin tiempo, en pleno siglo XXI. La seducción del arte es su consigna bélica de músico y hombre airado, que se viste, habla, perora, canta y escribe elegantemente, como una forma de manifestar su disgusto y disidencia contra el hoy (contra el poder del vulgar ahora) expresándolo en la estética de la creación.

Con cada disco Neil Hannon (alias Divine Comedy) corrobora los acentos que lo han caracterizado en lo musical desde sus primeras muestras: clase, refinamiento, sofisticación, excentricidad con sus propias leyes a contracorriente; y, en lo lírico, con escanciadas dosis de ingenio, inteligencia y escepticismo en su observancia del mundo actual.

VIDEO SUGERIDO: The Divine Comedy – Everybody knows that I love you, YouTube (frousstax)

John Grant, por su parte, es un tipo que tiene en sus genes la languidez y el decadentismo romántico de la muy beat ciudad de Denver, de la que es originario.

Si Kerouac la puso en el mapa literario, Grant lo ha hecho en el musical de la última década. Ahí nació, creció y educó en lo básico: la dureza de la vida contra los que son diferentes.

Sin un panorama factible en dicho entorno, John prefirió abrirse los horizontes, emigrar a Alemania con su diploma universitario en Lengua Inglesa y buscar trabajo como traductor de poesía.

Tras una larga estadía en el país teutón (donde se empapó de la escritura de Schiller y Goethe, además de las visiones y los aromas de la Selva Negra) Grant optó entonces por seguir otro de sus deseos: regresar a Denver y formar un grupo.

Una vez pisar de nuevo aquella urbe al comienzo de los años noventa llamó para colaborar con él a dos antiguos amigos, Chris Pearson (bajista) y Jeff Linsenmaier (baterista). Con ellos integró al iniciático Titanic, de muy efímera duración y muchos cambios de personal.

A pesar del fracaso, decidieron continuar con su ecléctico proyecto de rock alternativo, sin etiqueta definida. Cuando sintieron que por fin tenían a la formación ideal para llevarlo a cabo, cambiaron el nombre de la banda por el de Czars, con el cual debutaron en 1994.

Lidereados por Grant en la voz y las composiciones, este quinteto (complementado con Andy Monley y Roger Green en las guitarras) fue in crescendo con cada uno de los 6 discos que publicó durante los siguientes  diez años: del Moodswing (1996) al Goodbye (2004).

En ellos la agrupación desplegó un estilo indie que jugó con los interludios electrónicos, con el folk, el country-rock, el soul, el academicismo del jazz, con los pasajes agridulces, sin brumas turbias, muy cristalinos y haciendo una música atemporal, impregnada igualmente de un art-pop muy clásico, heredero de la mejor tradición del mismo.

Luego del álbum Goodbye, uno a uno de los miembros del grupo fueron desertando hasta dejar solo a Grant (la última producción de The Czars se llamó Sorry I Made You Cry, del 2005, en la que sólo participan los miembros originales y el violinista David Devine, que se les había unido en el 2003).

Tras la disolución del sexteto, John Grant (de quien se llegó a decir que poseía el canto de un ángel drogado) se mudó a Nueva York y allí participó en las giras de bandas como The Flaming LipsyMidlake.

 Estos últimos se lo llevaron consigo a Denton, Texas, durante varios meses, y allí grabaron su disco debut como solista, Queen Of Denmark, de forma paralela al tercer álbum del grupo, The courage of others.

En el primer álbum como solista del músico de Denver, del 2010, bastante autobiográfico y donde Grant exorciza varios demonios de su infancia y juventud, se puede escuchar de entrada una sublime tripleta de canciones como apertura a la solidez romántica de Grant, en un prodigioso ascenso emocional que se legitima en cada track.

Escuchamos curativos arpegios de guitarra y voces, vibraciones otoñales en el canto, atmósferas creadas por el piano, que ceden el paso a flautas pastorales, límpidos y delicados sentimientos a flor de piel que hablan con arte del desmayo.

Queen of Denmark es un álbum de medios tiempos en clave alternativa desoft-rock, de dream pop, de americana, en donde se escuchan las referencias y evocaciones (muy FM) de grupos o solistas como Supertramp, Clifford T. Ward, Jackson Browne o Harry Nilsson, entre otros.

Grant posee una voz pura, transparente, de ensoñadora melancolía, que emite señales ambiguas (sentimientos angelicales proyectados con los ecos de un sucio callejón del ríspido Denver) en una obra que resulta una exquisitez para los oídos.

VIDEO SUGERIDO: John Grant – ‘I wanna go to Marz’ – Later with Jools Holland, YouTube (otisrip)

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MANHATTAN TRANSFER

Por SERGIO MONSALVO C.

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(JOHN DOS PASSOS)

John Dos Passos denominó a sus novelas como crónicas contemporáneas. En ellas, lo supo siempre, había una fuerte inclinación política; también que manejar dicha inclinación no debía dañar al escritor de ninguna manera.

Alguna vez declaró que un escritor en su campo debería estar comprometido y no, al mismo tiempo; tener pasión, preocupación y furia, pero mantener sus emociones a cierta distancia de sus obras. De no hacerlo sólo se convertiría en un propagandista y lo que ofreciera sería únicamente una prédica.

En su obra titulada Manhattan Transfer (1925), este escritor citó al capitalismo estadounidense como testigo, y como brillante fiscal le hizo confesar y documentar la invención del American Dream (sueño americano), con todas sus consecuencias de explotación, decepción y egoísmo.

De esta manera el narrador, de la mano con el historiador social, configuró al escepticismo y desilusión por el progreso que tomaron distintas formas a partir de entonces (el existencialismo, la Generación Beat, el hippismo, el Underground, la contracultura, etcétera).

Este escritor nació el 14 de enero de 1896 en Chicago. Su infancia transcurrió entre ésta, Bélgica y Londres. A su vuelta a los Estados Unidos ingresó a Harvard, donde se graduó en 1916. Viajó a España a estudiar arquitectura. Sin embargo, en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, conoció la contienda al incorporarse como voluntario en Francia.

En 1919 fue liberado y entró a estudiar a la Sorbona para luego volver a España y escribir un par de libros de carácter autobiográfico y antimilitarista. Tras la publicación de otros textos regresa a Nueva York en 1923, donde la idea de Manhattan Transfer comienza a crecer.

El hecho de escribir sobre el comunismo no hace a un autor comunista.  Dos Passos nunca lo fue. Siempre estuvo más que nada contra el sistema. Su interés social se centraba en la libertad personal ante todo.

En un principio sintió simpatía por el comunismo norteamericano de la segunda década del siglo, pero los métodos autoritarios del partido lo desilusionaron; luego erigió su desprecio contra la brutalidad de la ideología capitalista y sus negociantes; y, finalmente, manifestó su respeto hacia las ideas de Thomas Jefferson y la democracia al estilo republicano, como la salvación política para una sociedad de masas.

Todos sus libros son representaciones evidentes, polémicas y conscientes de la lucha que él vio desarrollarse en la sociedad capitalista norteamericana de la primera mitad del siglo XX.

Mantuvo fuera de sus obras cualquier tesis expresa. Se limitó a narrar y ello compensó el extraordinario valor polémico de sus múltiples figuras a las que por cuenta propia se escucha enunciar las críticas a su inmediatez, a la justicia y a su condición humanas. «Si tratas temas que afectan a la gente —dijo en su momento— debes atenerte a causar dolor; particularmente si aciertas a dar en un blanco que se encuentre cerca de la verdad».

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En su novela de 1925, Manhattan Transfer, imprimió un retrato colectivo, coral, con cientos de episodios de la vida neoyorquina. Con él denotó madurez de visión y estilo narrativo (collage, frescos e interconexiones).

John Dos Passos siempre expresó su fascinación por el marginado, el vencido, el enajenado, el disidente, el solitario y el vagabundo: los relegados de la historia que enmarcan la enorme crónica de la desilusión norteamericana, se convirtió en el muralista de la decepción.

Los personajes en su apariencia, maneras y acciones son tipos auténticos de su época que se esfuerzan por encontrar un motivo para vivir mientras su existencia transcurre entre sensaciones de tragedia y falsos optimismos. Y es este desconcierto el que llega al lector más que cualquier propaganda.

El autor se preocupó por la cuestión de hasta dónde y de qué manera cada uno de sus incontables individuos era capaz de forjar su propio destino y llevarlo hasta dónde lo condicionaba su ambiente. Es la impresión pura de una multitud que lucha en sus respectivos medios, caracterizados de forma individual y diferenciada por unos cuantos gestos, frases, expresiones murmuradas y el frenético movimiento.

El estilo de rápidos chispazos y súbitas imágenes de sensación física que Dos Passos desarrolló fue siempre, según sus propias palabras, «el intento de producir la dicotomía entre ficción y no-ficción. Me encontraba por lo regular en algo así como la línea divisoria entre ambas, moviéndome por ello de un campo a otro con gran rapidez». Éste era el brío que movía a sus personajes tan vertiginosamente, lo mismo que a su estilo.

Luego de una vida saturada de viajes, acontecimientos y publicaciones, John Dos Passos murió en Virginia el 28 de septiembre de 1970.

«La palabra oral es la que suministra los grandes textos. El deseo de observar, de anotar lo que veo y oigo lo más exacto posible, ha sido para mí lo más importante». Concepto al que el escritor se mantuvo fiel prácticamente hasta su muerte.

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Su genio lo llevó a crear un estilo notable en Manhattan Transfer para evocar los simultáneos marcos de la existencia. El tema siempre es el hecho y la persona representativa, el momento histórico en su sentido más tangible, en sus lemas, canciones, influencias y ante todo su habla.

El novedoso estilo tuvo como objetivo artístico captar el tono y el paso del tiempo en la voz de la época. Manhattan Transfer legitimó la «religión de la palabra», al asentar una narración colectiva acerca de la vibración histórica.

El talento del escritor para exhibir los hechos sociales y manierismos de la época hizo que su novela pareciera la obra de los muchos espíritus neoyorquinos. Con Manhattan Transfer Dos Passos anticipó temas y técnicas que a la postre desarrollaría en forma plena en la trilogía USA.

La estructura del libro está integrada por historias cotidianas, crónicas,  acontecimientos grandes y pequeños que dicen mucho acerca de la época y de la influencia de la comunicación masiva. Son fragmentos de impresiones sensibles a los que el autor utilizó como acercamientos a los incidentes o personas descritas. Como fondo a las historias de las decenas de personajes que aparecen y desaparecen como en la vida misma.

Los personajes ficticios fueron tomados por Dos Passos de una considerable gama de la vida común neoyorquina, lo cual crea una verosimilitud incuestionable y plausible.

El estilo creado por este autor (cuyas influencias aceptadas fueron Laurence Sterne, Flaubert, Joyce, Gertrude Stein, Ungaretti, Rimbaud, Stephen Crane, los muralistas mexicanos y el cine de Eisenstein y Griffith) registró el pulso de la sociedad industrial, de las masas y del caos moral de una civilización decadente basada en la explotación, el comercialismo y la corrupción.

Estos logros llevaron a decir a Jean Paul Sartre en 1938: «Dos Passos ha inventado una sola cosa, un arte del relato, y con eso basta. Considero a Dos Passos el escritor más grande de nuestro tiempo».

A partir de entonces ha sido uno de los autores más revisitados por literatos, periodistas, cineastas e historiadores (el propio Sartre, Alfred Döblin, Carlos Fuentes, el documentalista Adam Curtis, Quentin Tarantino o Robert Alman, por mencionar a algunos).

Y como referencia para muchos músicos de los géneros rockero y jazzístico (como The Fugs, Billy Joel, Lou Reed, Talking Heads, Simon & Garfunkel, The Strokes, John Zorn o el grupo de jazz vocal Manhattan Transfer, entre otros) que aun han utilizado alguna de sus múltiples alternativas y recursos literarios.

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POPCORN JAZZ (V)

Por SERGIO MONSALVO C.

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HI –DE- HO

La serie «Big Broadcast» lanzada por Paramount fue típica del uso del jazz para condimentar una historia. El objetivo de la primera producción, The Big Broadcast (1932, dirigida por Frank Tuttle), era aprovechar la popularidad de conocidos personajes contemporáneos de la radio, como Kate Smith, Arthur Tracy, las Boswell Sisters, George Burns y Gracie Allen, los Mills Brothers y Vincent López.

La estrella era Bing Crosby, acompañado por Eddie Lang en su breve interpretación de «Please», además de presentar a Cab Calloway y su grupo (anunciados como Cab Calloway and his Harlem-o-Maniacs in a heated Harlemania) con «Minnie the Moocher» y «Hot Toddy» de Benny Carter.

Cab Calloway –director de orquesta y cantante– era, en esos momentos, la estrella del Cotton Club. Este club era uno de los varios centros nocturnos abiertos para la clientela blanca en Harlem. Un próspero negocio del espectáculo y plataforma de lanzamiento para el éxito de bailarines, músicos, compositores y cantantes que a mediados de los veinte era dirigido por una organización gangsteril encabezada por Owney Madden.

La atracción por este hecho hizo que el lugar se hiciera de una distinguida clientela. El tono de los espectáculos presentados ahí, con sketches atrevidos, mucho doble sentido, excelentes coreografías y baile mezclado con jazz de alto nivel, elevó al club al primer lugar de las preferencias de los noctámbulos.

Era tal su fama que los espectáculos se trasmitían por radio y en ellos figuraban nombres como el de Calloway, quien en 1927 se había hecho cargo de la orquesta de la casa. Su estilo llamado «hi-de-ho» era muy popular y muy ad hoc con los tiempos que corrían.

La segunda cinta de la serie, The Big Broadcast of 1936 (1935, dirigida por Norman Taurog), incluyó al grupo de Ray Noble, a Ina Ray Hutton y sus Melodears y a los Nicholas Brothers, que comparten los números de baile con Bill Robinson. The Big Broadcast of 1937 (1936, dirigida por Mitchell Leisen) marcó el debut cinematográfico del grupo de Benny Goodman; Goodman consolidó la creciente reputación obtenida por medio del programa de radio Camel Caravan con una extraordinaria versión en swing de «Bugle Call Rag».

Al levantarse la prohibición sobre el alcohol y superarse la depresión económica en los Estados Unidos, la música que pasó a los primeros planos fue el swing, el cual arrasó por todo el territorio norteamericano. Fue una música popular que abarcó por lo menos dos décadas a partir de 1935. La figura blanca más destacada de este movimiento musical fue Benny Goodman. La orquesta del clarinetista era proyectada a toda la Unión Americana a través de la radio, que los seguía en sus exitosas giras por toda la tierra del Tío Sam.

Goodman, además de dirigir una big band fresca y disciplinada, inspirada en los grandes del jazz como Fletcher Henderson y Count Basie, tuvo varios logros. Fue el primer músico blanco en brincarse la barrera racial e incluir en sus agrupaciones –trío, cuarteto, sexteto– músicos negros como Teddy Wilson y Lionel Hampton, y exigir el mismo trato para ellos en hoteles y clubes donde se presentaba; fue el primero en interpretar, junto con estos músicos, el jazz en el selectísimo Carnegie Hall; y, finalmente, su swing se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial en abanderado de la oposición al nazismo en Europa (la película Swing Kids de Thomas Carter, de 1993, da buena cuenta de ello).

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Mientras tanto, Republic Pictures estaba produciendo varias películas musicales intituladas Hit Parade, basadas en el modelo de la serie Big Broadcast. La primera, Hit Parade of 1937 (1937, dirigida por Gus Meins), incluye una interpretación de «I’ve Got to Be a Rugcutter» por la orquesta de Duke Ellington; Hayes Alvis, Rex Stewart y Harry Carney acompañan a Ivie Anderson. Los grupos dirigidos por Ray McKinley y Count Basie aparecieron en Hit Parade of 1943 (1943, dirigida por Albert S. Rogell); este último desempeñó un papel central en una presentación elaborada intitulada «Harlem Sandman». Por su parte, Hit Parade of 1947 (1947, dirigida por Frank McDonald) presentó al First Herd de Woody Herman.

Fats Waller, a su vez, mostró una exuberante ejecución de «Gotta Snap My Fingers» en Hooray for Love! (1935, RKO, dirigida por Walter Lang), en la que asimismo destaca Bill Robinson (los dos cantan una deliciosa versión en dueto). Fats Waller era uno de los mejores representantes del estilo pianístico conocido como stride, popularizado en los clubes de Harlem y en los musicales de Broadway; un estilo que abastecía a los escenarios y las fiestas con música «para pasar un rato agradable», como la definieron entonces. El stride se desarrolló en los veinte como extensión del rag time.

El nombre provenía de los característicos saltos (strides) que daba la mano izquierda al tocar, alternando, por otro lado, con la derecha potentes notas en el tiempo débil del compás. «Parecía como si la mano izquierda diera saltos rápidos, generando un gran impulso y dando un gran énfasis a elementos como el ritmo y el swing –escribe Peter Clayton–, eran de gran importancia en los años treinta». Cuando un periodista le preguntó a Waller qué era el swing, éste respondió: «Si usted necesita preguntarlo, jamás lo sabrá».

El mismo año de 1936, Waller interpretó el papel de un operador de elevador y pianista en King of Burlesque (20th Century Fox, dirigida por Sydney Lanfield), en la que, vestido de frac blanco, toca «I’ve Got My Fingers Crossed» sobre un podio giratorio.

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POPCORN (REMATE)

BABEL XXI-504

Por SERGIO MONSALVO C.

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TARJETA POSTAL

UNA ESPECIE EXTINGUIDA

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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LA AGENDA DE DIÓGENES: LISBOA

Por SERGIO MONSALVO C.

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TRES ARTE-FACTOS

La historia del cerco de Lisboa de José Saramago (1922-2010) es una novela encauzada en la corriente de la narrativa histórica que ha tomado tanta popularidad y fuerza, en algunos casos, en el mundo entero. 

El pensador y escritor portugués reafirmó con este título todas sus contribuciones al género. La historia, para este autor, era un elemento dúctil que se prestaba a que la imaginación recreara los hechos evocándolos con gran sentido del humor.

 Con ello se alineaba a la tesis de que la novela tiene que sustituir a la historia precisamente desde el punto de vista literario. Todo historiador es un narrador –escribió José Emilio Pacheco–: cuenta los hechos que previamente selecciona. “Sólo en tiempos más recientes los historiadores se han preocupado por saber qué hay tras las frases que nos acostumbramos a aceptar como parte del orden natural de las cosas”.

Norman Mailer, a su vez, argumentó que el escritor tiene que abandonar la simulación de escribir historia y «entrar sin rubor en ese mundo de luces extrañas y especulación intuitiva que es la novela». Se abogó así por la necesidad de concentrar la atención en el detalle y los testimonios y, cuando faltaran éstos, podría tomarse la sugerencia de suplir las deficiencias mediante una cuidadosa creación analógica.

De tal manera, Saramago, al unísono de su personaje, alteró contenidos para participar con su propia contribución al llenado del espacio en blanco de una historia ya dada, y lo hizo con ejemplar maestría evadiendo los clichés y haciendo de lo ya sabido una auténtica novedad. Un legítimo divertimento barroco.

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En 1807, con la invasión napoleónica, se produjo la fuga de la corte portuguesa hacia Brasil. A su regreso, una mezcla de influencias afrobrasileñas daría origen a otro tipo de expresión musical: el fado. Su etimología lleva al latín en donde significa “destino”. El fado es pues el destino marcado. “Un inmenso misterio que nunca sabes cuándo se presentará, pero que cuando lo hace representa un momento mágico”, dicen de él sus poetas. Pero para que ello se dé debe haber una simbiosis entre el cantante, los músicos y el público.

En Brasil, el fado era una de aquellas danzas lascivas denunciadas por el clero, pero en Lisboa, la capital portuguesa, pasó a ser cantado. Un canto del océano alimentado por la nostalgia de los viajeros. Resulta obvio decir que tenía muy mala reputación en sus comienzos. La figura del fadista era la de un tipo que llevaba tatuajes y la navaja siempre a la mano. Quienes lo interpretaban eran lo que luego se denominaría sociológicamente como lumpen proletarios: marinos sin raíces, músicos vagabundos, prostitutas, proxenetas, vendedores ambulantes, estibadores, etcétera. En fin, el tronco común de todo género popular.

En las laderas y negocios miserables al pie del castillo de San Jorge creció el fado. Ahí es la Mouraría, la cuna más importante del canto. Ahí también creció la leyenda de Severa, una meretriz del barrio que durante medio siglo XIX cantó acompañada de una guitarra. Los motivos recurrentes de sus canciones eran los amores tormentosos. El fado los adoptó como propios, así como el acompañamiento. Dos son las guitarras esenciales del fado: la portuguesa (de seis cuerdas dobles) y la viola (similar a la española con la que se interpreta el flamenco).

El fado se desarrolló así, por más de un siglo, sin salir del ghetto. Un mundo cerrado, pequeño, con sus códigos y sus reglas inamovibles. Fatalismos, desamores, sordideces, la tristeza de la miseria, sus temas fundamentales. Ante el asfixiante medio el género estuvo a punto de desaparecer. Ya entrado el siglo XX, sólo unos cuanto fadistas de una vieja guardia conservadora daban alguna cuenta de su existencia. Muy poca en realidad. Sin embargo, apareció otra leyenda, la que sacaría al fado de aquellas ruinas y lo haría representante nacional de las penurias de un país periférico, pobre y aislado: Amalia Rodrigues.

Sin embargo, la dictadura militar que entonces gobernaba Portugal, al ver la popularidad del canto lo institucionalizó y vigiló sus contenidos, mientras se lanzaba a guerras colonialistas contra Angola y Mozambique.  Los fadistas que continuaron cantando sobre las miserias quedaron en condiciones precarias cuando les cerraron las casas donde trabajaban. La radio no lo trasmitía ya y casi no se hacían discos. Incluso mucha gente consideró al fado como un brazo de la dictadura.

Llegó la Revolución de los Claveles, el país se democratizó, pero el fado continuó a la baja durante un par de décadas más. No obstante, en los años noventa la cosa cambió. Coincidió con el surgimiento de una nueva generación de cantantes que a las raíces de la música tradicional le fusionaron otros géneros. El fado salió de las catacumbas para entrar de lleno en la cultura mundial.

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Para su película Historia de Lisboa (1994), el director Wim Wenders recurrió a la ayuda del grupo musical portugués Madredeus (fundado en 1985). Con ello el cineasta volvió a demostrar tino a la hora de musicalizar una de sus obras.

En esta película, Wenders presentó una visión crítica de la apresurada vida de la Lisboa actual, frente al fondo de la rica historia antigua. Para la cinta, el director alemán buscó a alguien capaz de expresar en forma adecuada el sentimiento que se vive en la capital portuguesa. Madredeus fue el grupo apropiado de compositores para su soundtrack, con el cual saltaron a la fama internacional.

La desolada atmósfera espacial de la obra de Wenders quedó perfectamente plasmada con la música de Madredeus, tan expresiva como apacible y apasionada. El resultado también fue un álbum hermosísimo, Ainda (1994), con la música recogida del mismo film, pero no por ello desprovista de fuerza, la cual arrebata y tranquiliza al mismo tiempo.

Lo que produjeron sus integrantes no es la música normal de una banda sonora. El sexteto, cuyo etéreo sonido acústico combina elementos de la guitarra clásica con folk mediterráneo, trasmitió una impresión duradera de la melancolía que priva en la parte occidental de la península ibérica.

Esta atmósfera fundamental de la metrópoli portuguesa fue reflejada en forma soberana y voluptuosa por la elaborada saudade del grupo. La saudade es un sentimiento que se ubica en algún punto entre la nostalgia, la melancolía y la esperanza.

«La saudade es el blues de Portugal–explicó Pedro Ayres, uno de los miembros–. Y así de sentida suena su música–. Componemos para películas imaginarias y tratamos de expresar en armonías la áspera belleza de nuestra patria. En la cinta de Wenders, nuestras melodías contaron con las imágenes más que adecuadas. Estamos muy orgullosos de esta cooperación».

Ainda efectivamente es un álbum extraordinario, el quinto en su haber, una música de este mundo pero apuntando hacia las estrellas.

El eje de sus armonías sin duda lo constituyó la voz transparente y con todo misteriosa de Teresa Salgueiro. «Su canto posee una estética inmortal», dijo Wenders al respecto. Las canciones acústicas del grupo, con su sosegado ritmo y lenta cadencia, no requirieron de nada más, fueron como una ligera brisa mediterránea en una noche de verano.

VIDEO SUGERIDO: AINDA (Clip) – Lisbon Story, Dir Wim Wenders (1994) HD 60fps, YouTube (Paulo Moura)

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STEPHEN HAWKING

Por SERGIO MONSALVO C.

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Y LAS PEQUEÑAS COSAS

Hygge, el dios de las pequeñas cosas, me ha obsequiado recientemente con algunas dádivas. Debo decir que esta deidad no suele ser generosa en la cantidad de lo ofrecido, pero siempre lo es en la calidad de lo mismo.

Una muestras: Los goles de Messi, la prodigiosa aparición de otro goleador (¡y vaya que lo es!) con un equipo inglés (Liverpool): Salah “El Egipcio”. Asimismo, están el sol primaveral sobre algunas bancas del Vondel Park, el café latte de Pipes & Beans (una pequeña cafetería de barrio), las uvas de una frutería marroquí cercana a mi casa. En fin, cosas así.

Hygge es la imagen del término escandinavo que habla de la felicidad en dosis diminutas, pildoritas de ella que se consumen en la lectura de un buen libro; en la escucha de un disco; en la contemplación de una foto, pintura o ilustración; en el disfrute de una serie de televisión; en la degustación de un copa de vino sabroso, de un buen queso, etcétera.

Las infinitas alforjas de esta deidad están cargadas de anécdotas comunes con las que todos nos podemos identificar, de manera atemporal y selectiva.

Las pequeñas cosas, a su vez, son esos paréntesis cotidianos en los que uno puede divagar sobre el ser y estar humanos. Dentro de cada uno de esos momentos hay un relato completo. Y si uno echa mano de la elasticidad de esas situaciones suficientemente, habrá lugar hasta para esa fantasía llamada felicidad. Con tales detallitos dicho dios busca la empatía y provocar la sonrisa de la mente.

En un verano pasado, cuando anduve por sus dominios, compré un souvenir, un pequeño busto con la imagen del tal Hygge. Lo puse en mi llavero, así que va conmigo a todos lados desde entonces.

El otro día, por ejemplo, estuvimos en la Universidad de Erasmus, en Rotterdam. Hacía un frío endemoniado (20 grados bajo cero) y era el Idus de Marzo. Tuve que caminar del Metro al campus y fueron los 500 metros más penosos que haya pasado en los últimos tiempos. De tal modo que al llegar a las instalaciones lo primero que busqué fue una máquina de café para servirme algo y entrar en calor.

Entonces, mi tarjeta de débito no funcionó en el aparato dispuesto junto a la cafetera, ubicada en uno de los pasillos de dicho centro académico. Lo intenté varias veces pero nada. Quise agarrarlo a golpes pero no lo hice. En cambio lancé una grosera exclamación. La guapísima estudiante que estaba detrás de mí sonrió por ello y por mi torpeza con dicho aparato.

Dio un paso adelante, colocó su tarjeta y los focos se pusieron en luz verde. Me preguntó qué clase de café quería. Apretó los botones indicados, esperó a que la taza se llenara y me la entregó con otra sonrisa. Le di las gracias a ella por ambas cosas y, mentalmente, a Hygge por ese regalo inesperado.

Por otro lado, dicho Idus, además de aquel frío, también trajo consigo a La Parca. Y tras su infausta visita me enteré que se había llevado consigo al científico británico Stephen Hawking (1942-2018). El tipo que intentó explicar a la gente común y corriente, a los neófitos como yo, sus pruebas para conectar la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica (que, según los que sí saben, es uno de los retos más grandes que puede enfrentar el cerebro humano, él recogió el guante y con éxito) al igual que con las cuestiones como la curvatura del espacio-tiempo.

Fue el tipo que buscó responder de manera sencilla a preguntas como ¿de dónde viene el universo? ¿A dónde va? ¿Hubo un inicio de éste? ¿Qué pasaba antes de eso? ¿Cuál es su destino? ¿Podemos retroceder en el tiempo? ¿Tiene éste una historia y un final? O sus conclusiones sobre los agujeros negros y la percepción que la ciencia tiene sobre ellos. “Mi objetivo es simple: un completo conocimiento del universo, por qué es como es y por qué existe”, dijo y además agregó: “El universo no sería gran cosa si no fuera el hogar de la gente a la que amas”.

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En fin, su atrevimiento con La Teoría del Todo que James Marsh puso dentro de la película de tal nombre. Un biopic aproximado y subjetivo (la cinta está basada en el libro que escribió su ex esposa) sobre su atribulada vida.

Natura condicionó la vida de Hawking con la enfermedad. Apenas pasados los 20 años de edad le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y le pronosticaron sólo dos años de vida. Sobrevivió 54 más. Sin embargo, ésta le destruyó poco a poco el cuerpo, la capacidad motora, los músculos y lo sentenció a una silla de ruedas.

Luego le quitó la capacidad de hablar. Nunca más pudo volver a usar la voz, pero debido a su obstinación y a la actitud con la que se aferró a la vida, logró comunicarse gracias a un artefacto electrónico, un sintetizador que le proporcionó una voz robótica que, paradójicamente, se convirtió en emblemática y en parte de su leyenda.

Su muerte fue una gran pérdida para la humanidad. Suena a lugar común, pero en este caso es una verdad absoluta. “Sus teorías abrieron un cúmulo de posibilidades que nosotros y el mundo estamos explorando”, dijo la NASA. Y sí, no hay que dejar de pensar en ello: nos legó sus contribuciones astrofísicas así como una fulgurante obra de divulgación científica.

Y dondequiera que se haya ido ya se reunió con Einstein y, como los dos tipos de cuidado que son, se están riendo a carcajadas, resultado del gran sentido del humor de ambos (de Einstein hay mil ejemplos; de Hawking, igual; ahí están sus participaciones en la serie Big Bang Theory y sus respuestas durante las entrevistas que concedió en vida).

Yo recuerdo haberle enviado al Profesor Hawking una carta a la Universidad de Cambridge, en la Gran Bretaña, y una copia de ella al Instituto Perimeter de Física Teórica, en Canadá (donde trabajaba) para agradecerle las ideas, los conceptos y los descubrimientos que había logrado leyendo algunos de sus libros (Historia del tiempo, El universo es una cáscara de nuez, Brevísima historia del tiempo, Agujeros negros y El gran diseño) y que me mantenían ocupado disfrutándolos.

Igualmente, con mucho respeto y apelando a su conocido sentido del humor, le hice saber que me parecía un auténtico rockero por su actitud ante la vida, además del más picassiano de los científicos, por su imagen y objetivos estéticos (“¿Qué es un rostro humano?”, se preguntaba Pablo Picasso, en una entrevista que le hizo la revista The Art en 1923. “¿Vamos a pintar lo que está sobre la cara, lo que está dentro de la cara o lo que está tras ella?”. La representación de la figura en sociedad dio lugar a una segunda temática en la que se adentraba en la intimidad, en cómo se ve el propio sujeto, en la que la que el retratado se observa tal y como se sueña. Picasso supo convertir en propio todo lo que le apasionaba y lo devolvió al mundo como algo propio y enriquecido, como el mismo Hawking).

Y también le escribí que era el científico más monkiano debido a lo mismo: a su imagen y a los sonidos que emanaba su mente. Esta última era el verdadero instrumento de Thelonious Monk, y el piano un medio para sacar el sonido de ella al ritmo y en las cantidades que quería. No hubo nada que quisiera hacer y no pudiera. Siempre tocó con algo grande en juego. Hizo todo lo que lo elevó a un principio de orden con sus propias exigencias y su propia lógica. Sugirió firmes caminos por los que transitar musicalmente. Su talento nunca dejó de evolucionar y ampliar sus alcances, al igual que el científico británico.

En aquella carta le explicaba que su obra la asociaba a este triángulo musical (por mi deformación profesional, seguro). Así que para mí era un héroe rockero, picassiano y monkiano (por actitud, por legado y por estilo), autores que son sinónimo de vanguardia, como siempre lo había sido él (a pesar del castigo de Natura).

Nunca me contestó (tampoco lo esperaba), pero no me canso de pensar que a partir de la lectura de mi carta Hawking puso a Monk en su iPod personal para escucharlo a discreción, junto a las obras de Wagner a las que era afecto. Escuchar a Monk como yo lo hice cuando regresé de Rotterdam y supe de su fallecimiento en pleno Idus de Marzo. Hoy sé a ciencia cierta que el nombre del dios de las pequeñas cosas se escribe con H, y el de las grandes también.

VIDEO SUGERIDO: Así funciona la voz de Stephen Hawking: “Utilizo la tecnología para comunicarme y vivir”, YouTube (El Futuro Es Apasionante)

STEPHEN HAWKING (FOTO 3)

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BIBLIOGRAFÍA: ELLAZZ (.WORLD) VOL. II

Por SERGIO MONSALVO C.

ELLAZZ (.WORLD) VOL. II (PORTADA)

LA MUJER EN EL JAZZ*

Durante muchos años, las cualidades necesarias para adentrarse en el mundo del jazz se consideraron prerrogativas netamente masculinas. Entre ellas estaba una agresiva confianza en sí mismo, con la disposición a lucir e imponer la capacidad y potencia de interpretación en el escenario. Otra era la concentración exclusiva en la profesión, incluyendo ausencias frecuentes de casa y el derivado abandono de la familia.

A lo ya mencionado se agregaba la capacidad de moverse en ambientes difíciles y peligrosos, como lo eran los clubes nocturnos, infestados de vicios y administrados muchas veces por gángsters. Con frecuencia a las circunstancias mencionadas se sumaba la posibilidad de beber vastas cantidades de alcohol, ingerir drogas duras o las dos cosas juntas, según el caso, sin dejar de tocar de manera coherente hasta el amanecer del siguiente día.

En el pasado, una mujer decidida a formar parte de la comunidad de músicos y a no dejarse intimidar por dicho ambiente duro e impregnado de humo, en el que los compañeros de trabajo solían ser puros hombres, con frecuencia tenía que pagar el precio de su osadía, con costos tendentes a ponerla en su lugar, tales como la pérdida de su respetabilidad, la cual encabezaba la lista, además de la desaprobación social y familiar, y a veces ser relegada al ostracismo.

*Fragmento de la introducción al libro Ellazz (.World) Vol. II, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

Ellazz (.World) Vol. II

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

The Netherlands, 2020

Contenido

Jesse (Relato)

Esperanza Spalding

Hülsman-Lavergnac

India

June Tabor

Karrin Alyson

Lisa Bassenge

Lynn Arriale

Madeleine Peyroux

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LA MUERTE EN EL ROCK (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

LA MUERTE EN EL ROCK (PORTADA)

ELVIS

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS*

En 1956 la muerte entró como tema en las canciones del rock and roll. Y lo hizo a través de quien haría de ese año su año: Elvis Presley. La figura de Elvis, desde el momento de su aparición en la escena musical, se constituyó en un icono cultural generador de tópicos.

El de la muerte fue uno que se sumó a los del peinado, el movimiento de los labios, el uso de la ropa, el micrófono, la postura en el escenario, la guitarra como escudo, lanza y estandarte, los movimientos corporales, la estridencia del rock & roll star, la vida como tal, etcétera, etcétera. Con él comenzó prácticamente todo y de él derivó también prácticamente todo. Las leyendas surgidas del género en uno o varios aspectos lo tienen a él como referencia definitiva. Es el hito y el mito por excelencia.

Well, since my baby left me,

I found a new place to dwell.

It’s down at the end of lonely street

At Heartbreak Hotel

El 10 de enero de 1956, sólo dos días después de haber cumplido los 21 años, Presley entró a los estudios de la compañía RCA en Nashville para grabar sus primeros tracks para un sello importante. Aquella primera sesión produjo un tema que haría época, “Heartbreak Hotel”, uno de los discos más impactantes del rock que se hayan editado jamás. La canción había sido compuesta entre Mae, la madre de Hoyt Axton (cantante y compositor country), Tommy Durden y Elvis, y evocaba una visión de desesperanza sepulcral absoluta.

Nada en el horizonte musical de aquel tiempo insinuaba siquiera un grado de desolación semejante. La interpretación de Elvis resultó extraordinariamente madura y conmovedora, evitando de manera resuelta cualquier actitud histriónica para aceptar, con dolor y resignación, una soledad equivalente a la muerte.

El trabajo escueto pero enfático de Floyd Cramer en el piano enriqueció el ambiente de la pieza, captada por una producción minimalista muy apropiada. El carácter original e intenso de “Heartbreak Hotel” cautivó primero al público de la Unión Americana y lo mantuvo como sencillo en el número uno de las listas de éxitos durante el largo y asombroso periodo de ocho semanas.

En forma independiente a sus logros posteriores, Presley se reservó un lugar en la historia del rock por uno de los mejores discos debut realizados por artista alguno con una disquera de tal magnitud. En el mismo mes que grabó “Heartbreak Hotel”, Elvis apareció por primera vez en la televisión estadounidense, a nivel nacional, para mostrar sus movimientos abiertamente sexuales a un confundido público adulto, cuya supuesta indignación llevó a los productores a realizar tomas de la emergente estrella de la cintura para arriba. Lo demás se volvería historia.

And although it’s always crowded,

You still can find some room.

Where broken-hearted lovers

Do cry away their gloom.

En los dos años siguientes, el rock & roll se consolidó como género y se extendió como una nueva (contra)cultura por todo el mundo. Elvis Presley fue el adalid y la imagen constitutiva del movimiento e impuso sus huellas por doquier. Sin embargo, el status quo no se iba a resignar tan fácilmente ante la avasalladora presencia.

La ideología dominante, el talón de aquiles presleyano, necesitaba someter al héroe y, como en cualquier choque cultural, lo puso en la palestra: fue llamado a filas durante la intervención norteamericana del momento.

Elvis no murió en el frente (el sistema tampoco era tonto y no iba a permitir que un filón de oro como aquél desapareciera sin más del mapa), pero se desvaneció el rockero primigenio, el esencial, que se elevó a la categoría de guía parnasiano y que no volvería a encarnar en él.

De ahí en adelante como personaje mítico sería sacrificado una y otra vez (en otros cuerpos, con otros nombres) en castigo por haber incendiado los espíritus. Mientras, Elvis —el humano— sería domesticado, cuasi rapado y convertido a la larga en un cantante de variedad y películas lastimosas. El hecho se constituiría de forma metafórica en la primera “muerte” ritual dentro del género, pero no del rock mismo. Éste ya había trascendido a los individuos. El año, 1958.

“El rock and roll llegó para quedarse y no morirá nunca”, cantaron Danny Rapp y los Juniors en 1959, luego de las inesperadas y trágicas muertes de Big Bopper, Buddy Holly y Ritchie Valens en un accidente aéreo. Danny Rapp deseaba crear algo parecido a un llamado a cerrar filas, a un himno para la generación. Sin embargo, y aunque no se erigió en tal himno, dentro de su candidez se puede denominar una auténtica declaración de fe, producto de una era caracterizada en igual medida tanto por su inocencia como por su ardor. La muerte era ya una presencia concreta.

Casi un cuarto de siglo más tarde, en 1983, no quedaba nada de aquella inocencia y ardor. Danny Rapp se encerró en la habitación de un motel en Arizona y se dio un tiro en la cabeza. El rock continuó. Rara vez es posible observar una ironía tan rica en dolorosas implicaciones. No tiene caso analizar la muerte de Danny Rapp. Es un tópico. El rock cobró otra víctima y expresó una verdad en forma tan sobrecogedora que se convirtió en un cliché más que evidente.

Además del sexo, las drogas y los cortes de pelo, la muerte ha dado el tono para el rock desde sus comienzos. Y tanto como otras decenas de aspectos cualquiera, vincula a Elvis Presley con los Rolling Stones, los Beatles, los Sex Pistols, Joy Division y Nirvana.

El rock sigue vivo, pero muchos de sus dirigentes puntales no. La mayoría han muerto jóvenes y algunos, tristemente, en condiciones absurdas: víctimas del abuso de las drogas y el alcohol, en accidentes automovilísticos y aéreos, por depresiones severas, suicidios y por otras causas inimaginables. Es ya una tradición añeja.

*Fragmento del ensayo “Elvis en el corazón de las tinieblas”, que forma parte del libro La Muerte en el Rock, publicado por la Editorial Doble A, y por entregas en el blog Con los audífonos puestos.

VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley Heartbreak Hotel Live (1956), YouTube (John56517)

LA MUERTE EN EL ROCK (FOTO 3)

La Muerte en el Rock

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2020

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BIBLIOGRAFÍA: ELLAZZ (.WORLD) VOL. I

Por SERGIO MONSALVO C.

ELLAZZ (.WORLD) VOL. I (PORTADA)

LA MUJER EN EL JAZZ*

Para escuchar a las mujeres en el jazz no bastan ni las expectativas ni los manierismos en el dibujo de lo esperado. Ellas generan con sus historias ese placer impagable del desarrollo histórico argumentado y cifrado en sus intersticios creativos, en los relatos biográficos, en las obras conseguidas. En líneas generales, las mujeres en el jazz no traicionan la poética del género como muchos pudieran pensar, es más, le insuflan un interés que trasciende las perspectivas habituales.

Uno escucha los discos de las jazzistas no tanto para saber cómo argumentan sino para disfrutar con su transcurso en la construcción del argumento. Esta es una manera de defender un género, desde su esencia Y buscar así el diverso ángulo creativo. Es decir, las mujeres tienen en el jazz el mismo problema que los hombres: la necesidad de un público.

El de las mujeres en este género es el arte de acomodar su música a unas leyes que a muchos oídos parecen infranqueables, tanto como una teoría cibernética. Y justamente es en esa maestría, en ese difícil arte de transitar por lo ignoto (original), tanto como por lo transitado (standard), con la sensación de la singularidad y la brillantez, donde estriba gran parte del atractivo mayor de sus propuestas.

Un tema como el de ellas en el jazz adquiere existencia gracias a la evolución constante de la que han sido capaces. Quienes se han sumergido en tal evolución las han contemplado a sus anchas y encarnado en la concreción de sus músicas, creando con tal circunstancia un armonioso y preciso encadenamiento de evocaciones, de recuerdos, que siempre sorprenden, y en lo que el tiempo pierde toda consistencia y no impone su rígido orden.

La serie Ellazz (.World) ha mostrado la complejidad y riqueza de sus vidas. Con sus ritmos propios y asociaciones entre imágenes, pensamientos, situaciones, sensaciones, amistades, ternuras, amores, nostalgias, y también miedos, ansiedades y a veces el logro del sosiego y la serenidad de lo ejecutado. Y no hay nada en sus discursos particulares que sea indiferente, todo cuanto compone la vida de una jazzista, aun cuando algo parezca nimiedad, adquiere una gran relevancia, cada instante de vida rememorado posee un enorme interés.

*Fragmento de la introducción al libro Ellazz (.World) Vol. I, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

Ellazz (.World) Vol. I

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

The Netherlands, 2020

Contenido

Aki Takase

Andrea Parker

Anita O’Day

Aziza Mustafa Zadeh

Barbara Dennerlein

Bebel Gilberto

Dee Dee Bridgewater

Diana Krall

Dinah Washington

Eliane Elias

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