De la bicicleta se sabe que más de medio millón de ejemplares de tal instrumento mecánico, más o menos, se desplazan por Ámsterdam, tan sólo. Prácticamente cada habitante tiene una. Es el transporte ideal para la ciudad. No hace ruido, no se embotella, no contamina, ocupa un espacio reducido y crea un mercado muy particular.
Con ella se va a trabajar, a la escuela, de compras, al café, al club, al bar, de paseo o para hacer ejercicio, etcétera. El tráfico está organizado a su favor con carriles especiales en las avenidas, calles y parques, con semáforos, señales, estacionamientos y rutas establecidas. Pasear en ella es toda una experiencia. Es fácil, divertido, barato, va al ritmo de cada uno y de manera segura (con las debidas precauciones, claro).
Por añadidura, ser ciclista en esta ciudad brinda, además de ventajas, muchos placeres. Uno de ellos es el de conocer sus recovecos. Y si es detrás del pedaleo de una suculenta lugareña tatuada, pues más. Son raras aquellas jóvenes amsterdamesas que no porten sobre sí un tatuaje (entre los 16 y los 30 años: el 75%, según las estadísticas).
La moda en el vestir ofrece además la posibilidad de mirar esta galería corporal ambulante en toda su extensión. Las camisetas cortas, entalladas, y los pantalones bajos en la cintura amplían el campo del observador para admirar a plenitud la estética del tatoo. Los vientres planos o ligeramente curvos son fantásticos expositores en este sentido, así como los escotes, hombros, antebrazos, nucas, muslos y tobillos (entre lo visible).
Sin embargo, también la espalda baja y el principio del coxis revelan auténticas maravillas para el estudioso. El escritor mexicano Julio Torri (1889-1970), gustador de los andares bicileteros, se hubiera vuelto loco de la emoción ante este panorama general.
Este doctor en Letras, maestro universitario, reconocido talento por su labor literaria, escribió poco debido a a su exacerbado perfeccionismo y quienes lo conocieron agregan, además, que “era tan afecto a los placeres que se distraía con facilidad”.
Este narrador fino y delicado de principios del siglo XX elaboró una obra, corta pero llena de fulgores, que fue resultado de la curiosidad por el espectáculo de la vida: “Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira”—escribió—.
Él, al que tanto le gustaba deambular sobre la entonces novedad modernista de las dos ruedas, con la intención de observar a las secretarias y demás mujeres que veía por las calles de su época, sería el acompañante perfecto para dialogar con respecto a lo que ante nuestra vista se presenta en los citadinos rumbos de la antigua Mokum.
*Fragmento extraído del libro Julio Torri (Rodar y Rodar), de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
La política humana es esencial para un grupo como Vampire Weekend, pues Ezra Koenig, su fundandor, es una persona preocupada y consciente de los problemas sociales alrededor del mundo, así que ha usado su música para hacer crítica social en pro de los cambios, muchos de los cuales tratan desde la injusticia, pasando por la corrupción y el colonialismo, hasta la situación ecológica en el planeta.
Vampire Weekend fue en sus comienzos (2008) un grupo formado por cuatro universitarios neoyorquinos (el mencionado Koenig, en la voz, guitarra y composición; Chris Tomson, batería; Chris Baio, bajo y Rostam Batmanglij, teclados, guitarra y voz).
Koenig desde siempre ha tenido claro cuál debe ser el perfil del grupo. Tras viajar a la India (a comienzos del siglo) y luego pasar otro tiempo en Londres, se puso a pensar en el colonialismo y las conexiones estéticas entre la cultura dominante y las nativas. Se interesó entonces por África.
Para un trabajo en la Universidad de Columbia, escribió una pequeña historia sobre dichas conexiones y la tituló “Cape Cod Kwassa Kwassa”, que luego sería el título de una de las canciones de la nueva banda. En ésta querían evitar todo intelectualismo, despreocuparse por lo que era o no “auténtico”, no querían hacer etnomusicología sino una mixtura divertida (divulgar divirtiendo).
Una alejada del indie mainstream y de los clichés de las músicas del mundo.
Los cuatro miembros del grupo se conocieron durante su estancia en la universidad, donde estudiaban cine y literatura inglesa. De una película experimental que hicieron nació el nombre del grupo: Vampire Weekend.
Hicieron pública su aparición en varios blogs de Internet, hasta que obtuvieron una crítica favorable en una de ellas escrita por un periodista canadiense que vivía en Senegal y hacía post con desconocidos grupos de pop africanos. Eso bastó para que miles de personas los conocieran en todo el mundo.
El mismo sitio Web ayudó, tras conocer el concepto de la nueva banda, a que descubriera los ritmos africanos que terminarían modelando su propio estilo: una mezcla de ska, música pop africana y new wave, estilos que combinaron formando adictivas canciones de rock alternativo tal como se pueden escuchar en su primer disco, de nombre homónimo: Vampire Weekend (2008).
En ese entonces África estuvo muy presente en los ritmos, estructuras, instrumentos y letras, pero en igual medida la normalidad sonora de un campus universitario estadounidense. La mezcla fue la diversión pura. Y si por algo fueron buenas las canciones de este grupo neoyorquino, además de por las melodías, fue por la riqueza de recursos sonoros que aparecían por sorpresa en sus temas.
La sorpresa continuó en Contra (2010) álbum bajo el mismo manto de world music e indie. Con temas como “Horchata”, “White Sky” o con el sencillo “Cousins”, mantuvieron el status de banda hipermoderna. Ello continuó con el siguiente título, Modern Vampires of the City (2013), con el que ganaron el premio al Mejor Álbum de Música Alternativa en aquel año, y confirmaron la buena mano de Rostam Batmanglij en la producción. Éxito que extendieron durante las giras y presentaciones en vivo alrededor el mundo.
La observación y el padecimiento de la realidad circundante en África produjo la siguiente premonición, por parte de Fela Kuti, el creador del afrobeat: “El sonido se extenderá por todo el mundo, pero se tomará su tiempo, porque es el mejor modo de darse a conocer. Los dioses no quieren que esta música entre en la escena internacional como una moda, sino como un episodio cultural importante”. Las obras de Vampire Weekend confirmaron tal premonición, para bien y a los más altos niveles artísticos.
Sin embargo, en enero de 2016 las circunstancias cambiaron, el grupo comunicó que Rostam Batmanglij, que se había encargado de infinidad de cosas dentro de la musicalidad y la logística del grupo, lo abandonaría porque había optado por proseguir con una carrera como solista, “aunque podría continuar colaborando ocasionalmente”, según el comunicado.
Obviamente, los fans temieron lo peor: la disolución completa. El concepto estético de Vampire Weekend se había apoyado y en mucho en los conceptos musicales de Batmanglij. El buen entendimiento de éstos con los de Koenig, había conseguido una mezcla única y por demás propositiva en la definición de la musicalidad indie de la segunda década del siglo XXI. A la sorpresiva separación no ayudó el hecho de que el grupo entrara en un impasse de tiempo sin explicación ni posible solución.
Dicho paréntesis se alargó y alargó por más de un lustro, seis años para ser preciso. No obstante, los malos presagios desaparecieron tras los primeros compases de una nueva obra: Father of the Bride. Koenig y el resto de los integrantes no sólo se habían mantenido unidos, sino además creativos. Y la aparición de ese cuarto disco volvió a ubicar a Vampire Weekend entre los grupos más calificados del momento y, además, lo llevó a ser denominado para el nombramiento del mejor disco del 2019.
Al hacer las declaraciones pertinentes a la presentación del nuevo material, Koenig afirmó que su idea fundamental para la obra era la de componer una especie de The River propio, en referencia al disco clásico de Bruce Springsteen. Razón por la cual lo pensó como un álbum doble. A final de cuentas: “Yo también soy un tipo de Jersey”, explicó. El líder de la banda quiso hacer un álbum conceptual en todos los sentidos.
Uno que contuviera, como lo hace, la evocación de todo lo que le había conducido hasta este punto exacto en el tiempo y en el espacio. Un tema como “Harmony Hall” es casi un himno en tal sentido, en su haber coexisten lo mismo las influencias de Indigo Girls como las de Cornershop, sin temor alguno.
En la nueva obra Koenig, se torna más confesional. Hay baladas adultas; folk rock del mejor (que recuerda a Gram Parsons); americana con guiños a Neil Young; noise rock, y homenajes al Jack White de su primera etapa. Es decir, hay crecimiento artístico por todos lados, hay evolución y desarrollo, ambición y avance, y un espíritu con futuro por demás promisorio. Pero, igualmente, Koenig, se nota más acompañado, con coros y duetos en los que se deja llevar para construir collages sonoros (r&b, freak folk, pop y hasta el uso de vocooder) para mostrar su nuevo mundo en expansión.
Vampire Weekend reaparece, pues, tras seis años ofreciendo un mensaje fresco en tiempos espesos, fragmentados y divididos. Con una inteligencia que lo hace parecer como un grupo mucho más listo que los demás (incluso que ellos mismos). Y lo hace convenciéndonos de que su mezcla de indie pop rock es algo mucho más complejo y sofisticado de lo que pudiera pensarse en primera instancia.
Si el debut del grupo, hace más de diez años, fue una de las mejores referencias de la segunda mitad de la primera década del siglo XXI. Éste, The Father of the Bride, es un disco incluso más vivo que aquel, un álbum que flirtea con la hipermodernidad y la madurez, y que sin remilgos se regodea ante su propia magia.
VIDEO SUGERIDO: Vampire Weekend – Harmony Hall (6 Music Live Room), YouTube (BBC Radio 6 Music)
Escuchar a John Zorn es como hojear una pila de cómics trash en una tienda de aparatos eléctricos funcionando, o ver una proyección infinita de series de televisión estadounidenses tratadas por un editor loco en un televisor en el que el brillo y el contraste están a tope de intensidad.
Zorn no es el primer músico posmodernista engendrado por el jazz, pero definitivamente sí el más concienzudo y reconocido. Más que cualquier otro, parece marcar el punto de transición entre un periodo de gran virtuosismo técnico y una nueva síntesis artística que no pretende elevarse por encima de la cultura del desecho y reciclable, en la que todos los gustos son identificables.
John Zorn nació en Nueva York el 2 de septiembre de 1953 y desde muy joven se le conoció como un aventurero explorador de los instrumentos de lengüeta, y como un ecléctico compositor que usa el método del cut-up (recorte o collage al estilo de William Burroughs) para sus creaciones. A los diez años de edad cambió el piano por la guitarra y la flauta, y en el curso de sus estudios autodidactas de música clásica contemporánea empezó a componer introduciendo elementos improvisatorios en sus partituras debido a la influencia de John Cage. Esto sucedía a los 14 años.
En la Universidad de St. Louis conoció el free jazz gracias al impresionante disco For Alto hecho por Anthony Braxton como solista en el sax. Después de desertar de la escuela, Zorn trabó amistad con varios improvisadores estadounidenses del free, entre ellos con los guitarristas Eugene Chadbourne y Fred Frith, el cellista Tom Cora (Corra en aquel entonces) y el intérprete del sintetizador Bob Ostertag.
A la postre, el músico y compositor regresó a Nueva York, donde se dedicó a trabajar con muchos improvisadores y grupos de rock, a componer y a tocar música free, aunque cuando quiere este particular intérprete es un excelente saxofonista con toque bebopero.
En la actualidad, su arsenal de instrumentos incluye saxofones y clarinetes desarmados así como silbatos de caza con graznidos de pato y de otras aves, que a veces toca dentro de cubetas llenas de agua a manera de puntuación irónica, en semejanza a la forma en que Rahsaan Roland Kirk, otro músico no debidamente valorado y experto surrealista, quien solía finalizar algunos solos con estridentes toques de sirena.
Los métodos de composición de Zorn desde joven con frecuencia han incluido reglas casi lúdicas por medio de las cuales guiaba las respectivas intervenciones y papeles de varios músicos. Como aficionado a los sistemas de juegos (así como a otros aspectos más tradicionales de la cultura y el arte del Japón: la bidimensionalidad, la falsa perspectiva, la simultaneidad, la violencia como estética), Zorn con frecuencia ha basado algunos trabajos en los juegos y los deportes.
*Fragmento extraído del libro John Zorn, publicado por la Editorial Doble A
A muchos secretamente les caía mal por querer jugar sólo como portero en los partidos informales vespertinos o dominicales. Lo tomaban por sospechoso.
Sin embargo, no había otra cosa en él que lo distinguiera y menos físicamente. Siempre lo ha habido, un tipo de niño en edad escolar que, sin tener necesariamente apariencia atlética, destaca en el futbol y aprende con suma facilidad sus lenguajes y secretos. Él era un fenómeno como portero.
Aquel verano, con su investidura cálida, era el prototipo de las vacaciones ideales para los niños citadinos que no se iban de campamento, o con sus padres a las playas, o de visita a cierto familiar provinciano. No. Era el uso de la calle para todo, incluso de los mejores descubrimientos, el de las niñas entre ellos, con la magia plena de sus exóticos misterios. Tierras sin geografías ni claves. Una invitación tentadora para incipientes exploradores, deseosos de aventuras peligrosas.
Tan peligrosas como querer presumir de las propias habilidades ante la niña recién descubierta. Retar al más bravucón y arrogante con él a que le tire penalties –esa palabra tabú en el país entero– y el que pierda pague los refrescos.
Y ella ahí, desde la banqueta, viéndolo, rodeada de amigas, pero brillando intensamente. Y él como una centella volando de poste a poste, sacando los tiros fuertes, rasos y colocados al rincón; deteniendo los de media altura; aguantando los que van al centro, hasta que llega el turno al disparo decisivo, ése que llevó al rabioso tirador más tiempo del necesario para prepararlo.
Ese tiro que tiene como ingredientes el excesivo manoseo del balón, las vueltas y vueltas sobre su circunferencia, la limpieza de estorbos, basuras o piedritas en el manchón de penalty; los pasos exactos contados hacia atrás, midiendo la carrera para chocar el esférico justo con la parte interna del pie, y el cuerpo con una ligera inclinación hacia la izquierda, puesto que es derecho. Y un paso antes de llegar, fijar la mirada en el guardameta y obligarlo a tener que moverse.
Todo perfecto, al mejor estilo del más exigente y purista técnico. Así, el balón viaja rumbo a la esquina superior, ahí donde las arañas tejen sus nidos.
Él, mientras tanto, finta al tirador a la izquierda cuando lo mira. El movimiento le sirve para que la pierna tenga un buen apoyo y con las aptitudes naturales sacar, de quién sabe dónde, el resorte espectacular que lo impulsa al lado contrario. Vuela con toda su joven humanidad hacia el aterrador ángulo, la horquilla que decreta casi siempre la caída del arco. Pero en esta ocasión, con la punta de los dedos desviar la pelota hacia afuera, para luego esperar la aclamación y el alarido del público…la impresión de ella.
Sin embargo, junto con los aplausos de las niñas y algunas envidiosas expresiones desdeñosas de algunos jugadores, viene el atronador ruido del cristal que estalla en la ventana a causa del pelotazo que nadie atrapó luego de la hazaña.
La mayoría echó a correr, pero él se quedó a enfrentar al iracundo vecino, lo mismo que el tirador que, obviando su falla a la hora de tirar el penal, permanece a la expectativa del vendaval que se cierne sobre el odiado portero…
Desde entonces, han pasado algunos años, no muchos, y ahí, mientras descansa del partido anterior, cierra los ojos y recuerda esa anécdota claramente, como una toma en cámara lenta.
Su pasión por el futbol se ha conservado como un claro barrido por el viento, en medio del bastante confuso periodo de la adolescencia. Continúa su amor por la portería. Para él la posición de arquero es un arte que siempre ha estado rodeado con una aureola de singular fascinación.
Reservado, solitario, impasible, el crack de la portería es seguido en los estadios, a través de la televisión, en los lugares donde anda, por un cúmulo de niños embelesados.
Es, afortunadamente, más apreciado que un torero al que la ridiculez ha rebasado con creces; más admirado que un actor de telenovelas al que caracteriza la fragilidad. Los aplausos no se le escatiman.
Su uniforme, sea de conjunto o suéter y short, lo mismo que los distintivos guantes, extensión de las manos, lo señalan del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre del misterio, el último bastión defensivo.
Los fotógrafos reverentemente doblan la rodilla o se inclinan para retratarlo en el acto de ejecutar un aparatoso clavado sobre la desembocadura de la portería, para desviar o atajar, con las puntas de los dedos, los puños o las palmas, el rayo de un disparo bajo. Y los estadios rugen de aprobación mientras por un momento o dos permanece tendido de cuerpo entero en el lugar donde cayó, con la portería aún intacta.
Afortunadamente, en los tiempos que corren, el terror nacional y la preocupación cursi y rígida por el sólido trabajo de equipo, que ya se demostró vale para puras vergüenzas, no entorpecen el desarrollo del excéntrico arte del guardameta.
Para él, la palabra portero es sinónimo de éxito sobre los campos de juego, las calles citadinas. Pero también de la exaltación de los sentidos con el agradable olor del pasto o del smog urbano; con la imagen del delantero que driblando se acerca cada vez más, con la pelota pegada a los zapatos, y luego el disparo quemante, el espléndido salvamento y el prolongado estremecimiento que produce.
Pero también sabe que hay otros días igual de memorables, aunque más esotéricos, bajo el cielo plomizo de la urbe, con la calle inundada por la lluvia y la pelota tan resbalosa como un trozo de jabón.
La cabeza atormentada por el amor perdido, un desencuentro o una mirada femenina llena de incógnitas, que hacen que la concentración desaparezca; que se manosee torpemente el balón y haya que comérselo dentro de la portería.
Días en que misericordiosamente el partido cambia al otro extremo de la calle inundada y se juega allá, con una llovizna débil y fatigada, con coches que pasan sin tocar el cláxon, con pocos gritos o exclamaciones que interrumpan la ternura arrolladora del momento. Un partido de vagos ires y venires frente a la otra remota portería.
Los sonidos lejanos y confusos, un grito, un silbido, el sordo ruido de un pase largo; todo ello careciendo de significado y sin relación alguna con el empapado cancerbero que filosofa. Cuando se es menos custodio de una meta que de un secreto.
Parado en medio de los tres postes ficticios, disfrutar el lujo de cerrar los ojos y percibir así los latidos del propio corazón; sentir la llovizna ciega sobre el rostro y pensarse como un ser fabuloso y exótico que escribe cuentos y poemas. Por ello no es de sorprender que no goce de popularidad entre los muchachos de la calle.
Los músicos que trasmiten la verdad esencial del Ser y de las cosas, proyectan una corriente dinámica invisible y a ellos se debe la continuación de esta cultura. En sus obras habla el Espíritu Eterno. Mientras se mantenga viva la fuerza de su poesía, el jazz irá por buen camino. ¿Cómo uno no va a soñar con ello?
El “free jazz” libera las frases de los compases conocidos, los temas de interpretaciones habituales; asume y provoca riesgos. “Puedes hacer cualquier cosa con los acordes”, dice John Coltrane. Los esquemas rítmicos deben ser tan naturales como la respiración.
La improvisación es la voz con sus solos turnados y sus comentarios libremente expresados por los músicos. Se hacen patentes las posibilidades técnicas de la polifonía implícitas en la música. El jazz llena de sustancia fresca su vida. Free. Para comprender a Coltrane hay que saber esto.
Cada compás tiene un ritmo diferente al anterior, esto causa al oyente desasosiego e inquietud. Las estructuras musicales adquieren otro concepto, otra conciencia. La movilidad continua y fluidez deslizante. La maestría que guía.
Coltrane improvisa mientras su instantaneidad reclama y su fugacidad extiende el momento. El sonido se oye porque viene de lo alto simplemente.
El Sonido invade no sólo el espacio, también el tiempo. Trane fue un hombre de consagración mágica que penetró en dichos secretos y corrió los riesgos con tal de apoderarse de ése su Amor Supremo.
*Fragmento de»El sonido que viene de lo alto», ensayo de Sergio Monsalvo C., incluido en la publicación colectiva John Coltrane de la Editorial Doble A.
El cine y el jazz se desarrollaron como géneros artísticos desde los primeros años del siglo XX. Entre el final de la I Guerra Mundial y el inicio de la era sonora en el cine la época estuvo marcada por el jazz y otras músicas sincopadas, que desempeñaron un papel persuasivo e influyente en el trastorno social que sacudió la cultura estadounidense.
Su terreno eran los speakeasies, clubes nocturnos que pertenecían a los gangsters y eran frecuentados por ellos, además de los casinos, tabernuchas, burdeles y salones de baile baratos. Se le consideraba bajo en lo social y lleno de implicaciones eróticas, vulgar, agresivo y poco estético. Pero igualmente fresco, liberador y desinhibido.
Asimismo se le veía como un aspecto fundamental del nuevo espíritu de la época y se convirtió en el perfecto acompañamiento musical de los años veinte, que al poco tiempo se conocieron como la «era del jazz». Por lo tanto, resultaba natural que el cine se remitiera al género a fin de corresponder al nuevo estado de ánimo de su público. Hollywood percibió de inmediato el potencial de las películas que lo reprodujeran…
*Texto extraído de la contraportada del libro Imágenes Sincopadas.
El novelista, ensayista y biógrafo austriaco Stefan Zweig escribió que «todo espíritu creador cae infaliblemente en la lucha con su demonio. Pero es en los que sucumben en esa lucha donde podemos ver mejor los rasgos pasionales de la misma, y en primer lugar en el tipo de poeta que es arrebatado por el suyo».
Para muchos seres imaginativos la poesía es una forma de exaltación que los consume, dilata y termina por destruir. Conocen y temen esa exaltación de la que son portadores, pero de igual modo se sienten atraídos por ella, pues su arte consiste en esta visitación y padecen de una manera infinita la unidad de belleza y muerte. Su arte es igualmente su perdición. Éste se exacerba hasta volverse agonía. De tal suerte el talento poético no es otra cosa que una forma de demencia.
Para Platón esta locura era sagrada y su sabiduría profunda. Sin embargo, ya pasaron los tiempos en que esta locura despertaba respeto y aumentaba el prestigio del poeta. El sufrimiento de éste, su falta de armonía, en la época que vivimos ya no se considera sagrado sino patológico.
La medicina ha llamado a la locura con diversas etiquetas que, a fin de cuentas, no iluminan el enigma de la vida y olvidan el hecho de que existe un sufrimiento creativo y otro destructivo. Y éste, para quienes sólo tienen conocimientos científicos, resulta sospechoso y sólo pueden explicarlo como una enfermedad.
Muchos locos geniales que han vivido entre nosotros como artistas y que han interpretado la locura como un acto de soberanía que desafía a la razón opresora, serían para la mayoría de los psicólogos y doctores de hoy sujetos de hospitalización y catalogación médica; sus obras, claros cuadros clínicos y la historia de la literatura, un auténtico manicomio.
La obra de cada uno de ellos ha revelado, finalmente, cómo resuelven su problema moral, separados de los demás en la soledad. Tal es el caso de Anne Sexton, la poeta estadounidense.
Anne Sexton fue el seudónimo de Anne Gray Harvey, nacida en Newton (Massachussets) en 1928. Estudió y vivió casi toda su vida en Boston, la capital del estado. Se casó a los 19 años y después de haber nacido su primera hija ingresó en un hospital psiquiátrico para reponerse de un intento de suicidio.
Ahí, en las horas muertas del encierro y la terapia, desarrolló el interés en la poesía que ya había mostrado en la escuela secundaria. Desde entonces llevó este interés inmerso dentro de un contexto de desórdenes mentales que eludieron cualquier diagnóstico, pasando por repetidas hospitalizaciones en clínicas mentales.
En 1957 conoció a la también poeta Silvia Plath, y a partir de entonces sus vidas se unieron en una relación que lindaba la identificación mutua y la rivalidad poética. Su primer libro de poesía To Bedlam and Part Way Back (1960), es una narración de su colapso mental.
A ese primer libro le siguieron otros seis volúmenes (All My Pretty Ones, de1962; Live or Die, 1966), Transformations, extraña recreación de 17 cuentos de hadas de los hermanos Grimm de 1971; Love Poems, The Book Of Folly, The Death Notebooks, 1974; The Awful Rowing Toward God, 1975, y Words for Dr. Y., éste último póstumo) donde hizo de la experiencia de ser mujer un tópico central y a pesar de soportar críticas por hablar de temas como la menstruación, el aborto, el incesto, la homosexualidad y la adicción a las drogas, su talento como poeta trascendió cualquier controversia.
Sus poemas fueron editados en las mejores publicaciones de la Unión Americana (Harper’s, The Newyorker y Partisan Review, entre otras), y manifiestan una clara influencia de Robert Lowell. En 1963 recibió el Premio de la Academia de las Artes y Letras Estadounidense y en 1967 los prestigiosos premios literarios Shelley y Pulitzer, entre otros muchos reconocimientos.
Fue además profesora en la Universidad de Boston y en la de Colgate y en 1968 fue distinguida por la Universidad de Harvard por la totalidad de su obra (hoy editada en español como Poesía Completa por la Editorial Linteo). Considerada como una “poeta confesional”, ofreció en su poesía una mirada íntima de su angustia emocional.
VIDEO SUGERIDO: Anne Sexton – Waiting To Die, YouTube (poetictouch2012)
No obstante, entre la publicación de libros y el recibimiento de honores, los padecimientos mentales siempre hicieron acto de presencia. Ni médicos ni tratamientos pudieron ayudar a esta talentosa y atormentada escritora.
En Transformations* (1971) la autora reunió una serie de textos recubiertos con una capa de burla social mediante referencias a los cuentos de hadas clásicos (Blancanieves, Rapuntzel, Cenicienta, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, La Bella Durmiente, et al)
Su visión irónica va dirigida a la mujer contemporánea, víctima predilecta de una sociedad que la somete al vergonzoso juego de las representaciones recurrentes: la belleza como obligación, el matrimonio y los hijos como destino, la domesticidad como tarea cotidiana, etcétera.
En sus escritos, Anne Sexton siempre buscó explorar inexorablemente los temas que la obsesionaban. Transformaciones no es la excepción, como se podrá dar cuenta el lector de este poemario: el amor, la pérdida, la locura, la naturaleza de las relaciones humanas y familiares y sobre todo la muerte, vuelven a estar presentes.
En la poesía de la Sexton puede descubrirse cómo la poeta se identifica una y otra vez a sí misma en relación con el Otro masculino, ya sea en la persona de un amante o en la del padre omnipresente.
LA BELLA DURMIENTE
(fragmento)
En su debido momento / transcurrieron cien años / y un príncipe logró pasar./ Los rosales se separaron para él / como para Moisés / y halló intacto el cuadro. / Besó a Aurora / y ella despertó con la exclamación: ¡Papá! ¡Papá! / ¡Listo! ¡Salió de su prisión! / Se casó con el príncipe / y todo estuvo muy bien / excepto por el miedo…/ El miedo a dormir. / Aurora padecía insomnio…/ No podía dormitar / Ni acostarse / sin que el farmacéutico de la corte / le mezclara una gotas de inconsciencia / y nunca ante el príncipe. / Si ha dellegar, afirmó, / el sueño debe tomarme desprevenida / mientras me río o bailo / para que no conozca ese brutal lugar / donde me acuesto sobre alambre de púas para ganado, / abierto el agujero en mi mejilla. / Además, no debo soñar, / pues entonces veo puesta la mesa / y a una bruja / temblorosa en mi lugar, / con los ojos quemados por los cigarrillos / mientras come la traición / como una rebanada de carne./ No debo dormir / pues cuando duermo tengo noventa años / y creo estar muriendo. / La muerte resuena en mi garganta / como una canica…
A intervalos diferentes Anne Sexton pasó por varias instituciones médicas sin resultado alguno. En mayo de 1974 tomó una sobredosis de somníferos, pero una amiga frustró el intento de suicidio.
Sin embargo, en octubre del mismo año, en la época de su cumpleaños, nadie pudo impedir la consumación del último intento (al inhalar monóxido de carbono dentro de su auto). Anne Sexton murió a la edad de 46 años.
El médico-poeta alemán Gottfried Benn escribió lo siguiente: «Se puede comprobar, estadísticamente, que la mayor parte del arte de los últimos siglos es el arte exaltado de psicópatas, de alcohólicos, anormales, vagabundos, degenerados, expósitos, neuróticos, deformes, tuberculosos, atormentados: ésa fue su vida, y en las bibliotecas y museos del mundo están sus bustos y expresiones, y sobre ellos se alzan sus obras inmaculadas, eternas, flor y luz del mundo«.
Peter Gabriel, uno de los tipos más sensibles, creativos y polifacéticos que ha dado la música contemporánea, le dedicó a Anne Sexton la pieza “Mercy Street” –título tomado de un texto de la escritora– en su disco So**.
Éste tema es un auténtico manifiesto musical de concientización social y de observación de las relaciones interpersonales, conmovido por la profundidad de los escritos y desdicha de Sexton. Peter Gabriel eleva con la música un drama humano hacia lo universal.
*Anne Sexton, Transformaciones. Selección y traducción de Angelika Scherp, primera edición en Ediciones Fósforo, México, D.F., 2009; Poesía Completa, Ediciones Linteo, 2013.
**Peter Gabriel, So, Virgin Records,1986.
VIDEO SUGERIDO: Peter Gabriel & Anne Sexton: Mercy Street – All my Pretty…, YouTube (entropicempire)
«¿Tienes monedas?», preguntas a diestra y siniestra. Nadie voltea, nadie responde. Te evaden como a charco de agua estancada. No saben que si contestaran a tu petición colaborarían para hacer llegar tu airado mensaje a la CIA. Sí, a la Agencia Central de Inteligencia, de la cual posees la dirección (Central Intelligence Agency, Washington, D.C., 20506, USA), anotada en esa mugrosísima tarjeta que traes metida en uno de tus guantes, dizque a la Michael Jackson.
«¡Ese lorenzo!» Te saluda un cábula con afecto desmesurado. «¿Tienes cien varitos?» «Nel, ay nos vidrios». Ni modo, a seguir tumbado ahí en medio de esa maraña de periódicos y cartones sucios, de trapos lustrosos, de restos de desperdicios de comida a las puertas del mercado, como siempre, causando el pánico de niños y señoras, y el horror de las muchachas a quienes tratas de tocarles las piernas.
«¡Vete de aquí, pinche loco, no agarres nada o te madreo!» Y así el frutero, el pescadero, el taquero, el tendero, el carnicero… No reconocen tu capacidad para acabar con las colas, con las aglomeraciones de sirvientas y amas de casa. Hasta los teporochos que se ponen fuera de la pulcata te cortan y corren entre groserías.
Ululante, arrastrando despacio, muy despacio los pies, prosigues tu camino con esa babosa sonrisa, con tu mugre para otro lado, a pararte frente al aparador de la vinatería por largos minutos y hasta horas, y charlar con las atentas botellas de tequila, ron o brandy, sin soltar el botecito de cemento y el pan que te robaste.
Nadie puede dar razón de ti. Ni un solo locatario sabe de dónde saliste, únicamente tú y ese rincón fuera del mercado donde la mugre, la locura y la aversión son las únicas que pacientes escuchan tus interminables peroratas.
* Texto de Sergio Monsalvo C., colaboración extraída del libro colectivo de crónicas urbanas Amor de la calle.