ANDRÉS DE LUNA

Por SERGIO MONSALVO C.

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      ERÓTICA

(LOS GOTEOS DEL PLACER)

El libro Erótica. La otra orilla del deseo (Grijalbo, 1991, aunque hay ediciones más recientes) de Andrés de Luna es un festín a los sentidos que la generosidad del autor pone a nuestro alcance. Georges Bataille dio a entender que nunca estamos tan solos como cuando nos entregamos a la sexualidad y declaró que el único alivio para ello era la muerte. De Luna, antes de la consumación de tal drasticidad brinda la imaginativa opción de los florilegios alrededor de las fantasías reales y los deseos que provocan las delicias en una vida menos restringida.

En uno de los pasajes del volumen se puede leer que el único tratado moral aceptable es aquél que reconozca a los placeres como único rector de la vida. Efectivamente, en la aplicación de tal tratado se encontraría la consumación de las alegrías vitales, se alcanzarían las otras orillas del deseo. En el camino que conduce a todo ello De Luna nos guía con un trabajo impresionante y erudito; por una arquitectura literaria cuidadosa y un estilo diestramente flexible, dentro de un área que, como el misterio religioso, es de manera singular resistente a la definición verbal: el erotismo.

Lo que no puede hacerse en una aceptada vida adocenada asciende hasta el brillo de un estado excepcional en el erotismo, al aparecer entonces como única vida verdadera. Una mente erótica es una alegría sin fin. No obstante, dos mentes erotizadas son más excitantes que una. Finalmente, el órgano sexual más importante es el cerebro. El deseo y la atracción física son parte de los elementos para pasar un buen rato. Sin embargo, para amalgamar esto en un algo de mayor trascendencia resulta decisiva la capacidad de compartir los deseos sin restricción alguna. Dicha libertad de imaginación requiere –y así se puede comprobar a través del recuento de citas– de arte y artificio, ingenio, técnica y un mucho de perversidad sin convencionalismos.

Las circunstancias en torno a la búsqueda de placer que las estructuras sociales han mantenido para su preservación han perdido su carácter de  verdades indiscutibles en virtud de las apelaciones de receptividad, estímulos y capacidad de aprendizaje. Ahora, a quienes sostienen aún aquellas estructuras se les pregunta por las posibilidades de placer y esta extraña pregunta les impresiona. En Erótica hay respuestas en distintos niveles: “En Erótica todo es posible…siempre y cuando sea inventado al calor de los cuerpos y expresado a través de la literatura, el arte o cualquier otro acto creativo que deje huella recuperable.”

El erotismo planteado por De Luna, rastreado, recuperado, expuesto, analizado con sus iconos y conceptos, se encuentra más próximo a la realidad porque supone el afán de placer como impulso, su restricción y condicionamiento los concibe como peligrosos y ofrece remedios. En los textos plasmados se abandonan las limitaciones y se buscan nuevos estímulos y variantes, se saborean las excitaciones con manos, pies, bocas, objetos, posiciones, sitios. Eros es la presencia constante que sensualiza todos los terrenos con seducciones, sorpresas y juegos amorosos. Es la manifestación escrita y descrita de la nueva Arcadia.

Erotómano irredento, el autor muestra el placer entendido como lo contrario a las ideas establecidas; como signo de todo lo positivo, creador y excitante que existe en la naturaleza humana. La felicidad después de su lectura se puede definir cuantitativa y cualitativamente en los momentos de placer que se experimenta, se recibe y se proporciona. La fantasía erótica es algo parecido al soñar despierto; es, en efecto, una forma lúdica que intenta vivir al máximo el impulso obstruido en la trampa de la vida cotidiana.

Son sueños de desencadenamiento, liberación in mente de las fuerzas instintivas, un juego de averiguación sobre la vida bajo la vigencia ilimitada de las leyes del placer, porque en el fondo de casi todos los seres humanos hay una constante aspiración a nuevas experiencias eróticas, a un universo multiforme donde caen las máscaras y el hombre, entre gemidos, retorna como de un destierro. En el libro de De Luna, el erotismo, como liberación y modelo de lenguaje, ha proporcionado acceso a las anheladas orillas de los deseos.  Lo que ahí se presenta y airea, manoseado por todas partes, lamido, olfateado, orinado, defecado, etcétera, es el placer ubicado en la pretendida Arcadia donde –como voyeur— espía el ángel de la sublimación.

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OWEN Y LA LITERATURA EL MISMO VIAJE

Por SERGIO MONSALVO C.

Gilberto Owen Foto 1

 Gilberto Owen (El Rosario, Sinaloa, 13 de mayo de 1904 – Filadelfia, 9 de marzo de 1952), como él mismo se describiera, era un poeta hermético, amante de lo oculto, lo oblicuo, lo circular, lo ambiguo; siempre dispuesto al juego y al desafío intelectual, y cuyo instrumento es la metáfora brillante y vigorosa.

En el libro De la poesía a la prosa en el mismo viaje (Número 27 de la Tercera Serie de Lecturas Mexicanas, 1990), se presenta una imagen general de este importante poeta mexicano.

Los textos incluidos en el libro señalan los pasos graduales que llevaron a este contemporáneo de la poesía a la prosa, la inclusión de alguna correspondencia enviada a Xavier Villaurrutia, Clementina Otero, Elías Nandino y otros personajes de la época.

En el volumen se pueden leer: Perseo vencido, Sindbad el varado, El libro de Ruth, Novela como nube, El hermano del hijo pródigo, entre algunos otros.

A riesgo de parecer oscuro, difícil de comprender, sus textos reflejan con frecuencia, mediante un lenguaje a tono con los movimientos de vanguardia de los años veinte, un mundo en constante destrucción, percibido en imágenes misteriosas que sólo al poeta es dable descubrir en torno suyo.

Siempre le pareció que una de las virtudes de la poesía era el misterio y ahora se ve que los que lo juzgaron oscuro no sabían leer. Sin intentar ir contra corriente, elaboraba en metáforas los datos sensoriales o el propio sistema del mundo, con un equilibrio que delataba la conciencia de quien quería establecer, inútilmente, el orden entre las cosas.

Al empezar su afición literaria, Owen apoyaba sus impulsos líricos en la poesía del español Juan Ramón Jiménez, pero muy pronto la influencia de sus compañeros de letras ‑‑particularmente Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia– lo indujo a reconocer sus modelos en André Gide y en Paul Valéry.

Éstos lo confirmaron en la idea, compartida con su grupo, acerca de que “lo mexicano” en la poesía escrita en México reside en su universalidad. Después vendrían el “ineludible” Jean Cocteau y el predominante T. S. Eliot a hacer camino en sus emociones.

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