68 rpm/45

Por SERGIO MONSALVO C.

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Hay muchas maneras de contar una historia y muchas maneras de aproximarse a la Historia. Recorrer la de las grabaciones aparecidas en 1968 siguiendo el rastro de sus ideas, de los conceptos y de los diversos campos que sembraron y cultivaron es una de ellas.

Es hablar sobre los grupos que iniciaron algo importante, lo llevaron a su pináculo y luego desaparecieron. Sin embargo, el hilo conductor en todos ellos no es el listado de nombres ni la duración que tuvieron, sino el campo sonoro que vislumbraron.

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THE NOTORIOUS BYRD BROTHERS

THE BYRDS

(Columbia)

Los Byrds tuvieron el acierto de inaugurar una nueva corriente rockera, el folk-rock, y se constituyeron en una incomparable agrupación bajo la influencia de Bob Dylan, el estilo de los Beatles, el country and western y el rhythm and blues, mezcla con la cual fueron también pioneros del llamado nuevo rock norteamericano.

Las novedosas armonías vocales, además de la distinguidísima guitarra de Roger McGuinn, les acarrearon el éxito inmediato. Sus experiencias alucinógenas y la experimentación musical produjeron resultados que se pueden paladear en todos sus discos (incluso con los cambios de formación). Como trío, editaron The Notorious Byrd Brothers y Sweetheart of the Rodeo ese mismo año.

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Personal: Roger McGuinn, voces, guitarras, sintetizador moog; David Crosby, voces, guitarra rítmica y bajo; Chris Hillman, voces, bajo, guitarra y mandolina; diversos músicos se alternaron en la batería. Portada: Diseño realizado por el Departamento de Arte de la compañía.

VIDEO SUGERIDO: Byrds – Space Oddyssey – The Notorious Byrd Brothers, YouTube (13fuji)

Graffiti: “El patrón te necesita, tú no necesitas al patrón

WOODY GUTHRIE

Por SERGIO MONSALVO C.

Woody Guthrie

BOUND FOR GLORY

(SENDEROS DE GLORIA)

El aspecto famélico de Woody Guthrie representaba la crisis concreta en la que los Estados Unidos, su país, estaba sumido durante la Gran Depresión y con él recorrió todo aquel territorio a bordo de interminables trenes de carga o caminando por sus polvorientas carreteras.

Guthrie fue un tipo noctámbulo, bohemio y desordenado. Quiso ingresar al Partido Comunista de la Unión Americana, pero sus posturas heterodoxas y nada dogmáticas no se lo permitieron, aunque siempre estuvo ligado a él.

En más de un millar de canciones contó cuanto vio, vivió y pensó a lo largo de su agitada vida. Fue el primer cantautor contemporáneo en el amplio sentido que hoy le damos, un artista que por regla general es autor de la letra y la música de sus canciones, en las cuales incorpora temáticas sociales, políticas, personales y filosóficas, es decir un género que aborda cualquier tipo de temática. Fue producto de una larga tradición proveniente de la cultura europea (Lawrence Sterne, James Joyce).

Woody Guthrie nació en 1912 en Oklahoma y desde siempre se le ha considerado un cantante de protesta por su fuerte compromiso político y social de izquierda. Fue continuador de una labor emprendida por el inmigrante anarco sindicalista sueco Joe Hill, creador de tal género musical en la Unión Americana.

Utilizó la canción como modo de lucha y difusión de consignas políticas y reivindicaciones sociales y por su activismo sindicalista fue condenado a muerte.

Guthrie prosiguió lo emprendido por Joe Hill, pero también fue más allá con su obra. Hizo canciones contra la guerra y el desempleo, cantó a favor de los obreros y de los vagabundos, recuperó las historias de los bandidos generosos y también la de los anarquistas asesinados por el Estado.

En su guitarra escribió la frase “Esta máquina mata fascistas”. Pero también cantó con su voz rasposa a los niños, a los viejos y a la naturaleza.

Mientras haya naufragios, desastres, tornados, huracanes, linchamientos, precios altos y salarios bajos; mientras existan los policías corruptos y que combatan a los huelguistas, las canciones y las baladas del pueblo seguirán adelante”, dijo en su autobiografía Bound for Glory (Con destino a la gloria). En ella relató su vida desde que nació hasta 1942 y cómo se convirtió en escritor de canciones y cantante de folk y luego de country.

En Bound for Glory Guthrie describió sus viajes a través de los Estados Unidos como un hobo –la subcultura de la gente sin techo— a bordo de los ferrocarriles durante la época de la Depresión y del llamado Dust Bowl, aquella tormenta de arena y sequía que duró varios años y obligó la emigración de campesinos en busca de trabajo hacia California.

VIDEO SUGERIDO:  Woody Guthrie – This Land Is Your land, YouTube ( wildlife and music and some comedy)

Él observó  y vivió en carne propia los sufrimientos y las penalidades de los desplazados y las describió en sus canciones.

Woody Guthrie fue un prolífico escritor de canciones y de prosa diversa y de poesía que estuvo mucho tiempo inédita. Al conocer todos estos pormenores durante las sesiones de grabación para el Congreso estadounidense de American Folksong and Folklore en 1942, el importante etnomusicólogo Alan Lomax –considerado uno de los grandes recopiladores de cantos populares del siglo XX— le sugirió a Guthrie que escribiera su biografía.

Bound for Glory apareció por primera vez en 1943 en una edición de E. P. Dutton Publisher, un sello independiente fundado en 1852 que desde entonces no ha parado de reeditar la autobiografía de Guthrie para varias generaciones.

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La lectura de un libro valioso debe conectar con otros semejantes e influir en muchas otras cosas. Bound for Glory conduce en la literatura a The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira), una novela del premio Nobel John Steinbeck, y a On the Road de Jack Kerouac, entre otras.

En el cine lleva a la adaptación que hizo Hal Ashby con título homónimo y con David Carradine como protagonista; en la fotografía a la obra de Dorothea Lange, en la danza a las Dust Bowl Ballads coreografiadas por Martha Graham.

En la música Woody Guthrie ha sido influencia de los cantantes de protesta desde Pete Seeger hasta Joan Baez  pasando por Phil Ochs.

En 1959 a Harry Weber, un estudiante de la Universidad de Minnesota, le presentaron a un tal Robert Zimmerman, que había abandonado los estudios recientemente para intentar realizar sus sueños de convertirse en un músico de rock and roll como Little Richard, su ídolo.

Zimmerman quedó fascinado por la colección de libros de cantantes folk que tenía Harry y le pidió prestados dos de ellos, uno era Bound for Glory de Woody Guthrie.

La primera vez que se le vio en público después de aquello fue seis semanas más tarde. Zimmerman llevaba una guitarra acústica y se había reinventado a sí mismo como cantante de folk llamándose ahora Bob Dylan y quería irse a Nueva York. Huelga decir que nunca le devolvió los libros.

Guthrie murió en octubre de 1967 pero su legado dentro del rock ha permanecido tan fresco como el primer momento en que Dylan lo presentó a una nueva generación.

Y ésta supo que el nuevo rock ahora era posible porque Guthrie había sabido llegarle a la gente con la música hablándole de sus problemas, de sus esperanzas y de sus luchas.

Desde entonces la lista de quienes le han rendido tributo no ha parado de crecer: Byrds, Donovan, Bruce Springsteen, U2, Klezmatics, Wilco, Anti-Flag, Meat Puppets, etcétera. Guthrie entró en el Salón de la Fama del Rock en 1988.

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VIDEO SUGERIDO: Mungo Jerry – Dust Pneumonia Blues, YouTube (Mungo Jerry)

 

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HUNGRY HEART

Por SERGIO MONSALVO C.

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PARÍS POR SIEMPRE

Rue Vieuville era la calle donde vivía Diego en París. A su departamentito, ubicado en un antiguo caserón, sólo se podía llegar subiendo por una criminal escalera metálica de caracol. En el comedor-sala-estancia-estudio-dormitorio tenía una mesa redonda donde solíamos beber y charlar largamente.

Hablábamos sobre poemas y mujeres, con la liberación que proporciona el vino bebido en compañía. Hoy, con los recuerdos más lentos, puedo remachar el valor que le dábamos a la bebida, recuperando su sentido comunitario, de congregación; narrativo y de reencuentro.

Vislumbro siempre, asomándome a aquel tiempo, el vino Beaujoulais encima de la mesa, las cervezas Kronenberg o algún whisky escocés. Eran líquidos con los que comíamos, en los que creíamos y con los que dialogábamos.

Vivíamos en “La Ciudad Luz”, en la literatura y en la música, acompañados por mililitros de ironías y cinismos. Hablando se veían las cosas y nos invitábamos otro trago escuchando “Idiot Wind” de Dylan. Ese era el rito.

Como ese día, que con la presencia de un amigo brasileño, Roberto, nos curábamos de los olvidos, de los descubrimientos en este país mítico. La sed como síntoma y exaltación de una vida intercambiada. Comíamos aquellas coles de Bruselas bañadas en mantequilla, algún pescado de nombre raro o un guiso inventado por la fantasía de la pobreza.

Bebíamos porque el misterio estaba ahí, en las calles, en el río Sena, en las trampas al tiempo, en las copas que levantábamos por ese día que no llegaba nunca, pero que era el único del que realmente disponíamos, y por cuyo optimismo voceábamos para llamar a la vida y meternos en ella y arrojar algo de luz sobre sus dudas.

El tema de ese día era un retrato de Rimbaud que yo había conseguido por 30 francos en una tienda de antigüedades. Perorábamos sobre su quehacer andariego, sobre la juventud sublimada.

Aquella foto hecha por Carjat en 1871 nos dio paso a soltar nuestro Yo rimbaudiano, ése que se redefinía constantemente, según lo dictaran los sentimientos, la experiencia dinámica, la apoteosis de una pureza instintiva como la de él. Su meta era abrazar el universo y volverse Dios.

Rimbaud definió a la juventud no en años sino en emociones. Su poesía nació en el esplendor juvenil y se propuso permanecer ahí por siempre. Conserva su plenitud al renacer todos los días. La lucha que engendra el cambio es su elixir vital, porque sólo el cambio eterno garantiza la juventud eterna. Y en eso Rimbaud fue único; en eso Rimbaud vibró con la armonía universal; en eso …se acabaron las cervezas. Diego quitó la música y los tres salimos a buscar el antídoto para nuestras gargantas secas.

En la calle el ocaso era testigo del ir y venir cotidiano de todos esos franceses que habían perdido la capacidad de sorprenderse con su entorno: París.

Nosotros lo admirábamos y recogíamos hasta en los mínimos detalles: bon soir, madame, huit demis, s’il vous plaît. Y ahí estaban repuestas y bien frías las cervezas, para el buen retorno a casa, en donde ya nos esperaban nuestras respectivas compañeras.

Luego de bebernos esa dotación y escuchando a los Rolling Stones (a cuyo concierto en el Parque de los Principes habíamos asistido unos días antes), seleccionamos el bar al que acudiríamos esa noche para celebrar que Monique, la compañera de Diego, no estaba embarazada, que todo había sido una falsa alarma y que el amor seguiría fluyendo sin contratiempos, sin accidentes, en el mismo sitio de la libertad sin ataduras.

Nos encaminamos pues al bar escogido de nombre Rendez-vous des Amis. Bajamos por Abesses hasta Pigalle y de ahí a la Rue de la Bruyére. Roberto tenía ganas de oír una canción especial en la rockola de ese lugar y por ello el motivo de la decisión. En realidad le había echado el ojo a la mujer que atendía la barra y nos convenció de que ésta sí sería su noche.

En el trayecto nos detuvimos a comprarles ramos de lilas a nuestras acompañantes, y Roberto uno de claveles rojos para regalarle a la mencionada fuente de sus suspiros.

La noche era tibia, el verano daba sus últimos descolones y el ambiente citadino en general mantenía una calma inusual. Las prostitutas y los padrotes de Pigalle mostraban menos agresividad y los gritos de los jaladores para los espectáculos nudistas repercutían con moderada estridencia.

En aquel noveno quartier las manifestaciones interculturales eran ricas, fascinantes y aterradoras. Recientemente el gobierno galo había endurecido su política migratoria, sobre todo contra los inmigrantes árabes y la respuesta de éstos no se había hecho esperar: los bombazos terroristas contra los inmuebles oficiales de la zona eran la noticia diaria.

La Rue de la Bruyére a la que íbamos, unos días antes había permanecido cerrada a causa de uno de estos atentados. Afortunadamente la disposición fue revocada y pudimos llegar hasta el bar esperado.

VIDEO SUGERIDO: PARIS JE T’AIME – I LOVE PARIS – COLE PORTER & ELLA FI…, Youtube (rosabinenbojn)

La noche parisina comienza a las diez, así que llegamos al lugar justo a tiempo para encontrar mesa. La mujer que atendía el bar tomó nota de nuestra llegada y con una ligera sonrisa e inclinación de cabeza saludó a Roberto, que ni tardo ni perezoso se dirigió a la barra. Le entregó las flores y se quedó ahí parado platicando con ella. Nosotros mientras tanto nos sentamos y especulamos sobre la bebida que pediríamos.

Roberto se acercó luego de un rato a la mesa para preguntarnos qué tomaríamos. Todos escogimos el kir para esa noche. Champaña y vino para festejar. Diego fue a la rockola y seleccionó varias canciones. La primera de ella la anhelada por Roberto: “Strangers in the Night” con Frank Sinatra.

Llegaron las copas y brindamos por la ciudad, sus recovecos y sus humedades. Desde lejos, la mujer del bar lo hizo también con nosotros. El trago que cobija y hermana. El bar aquél se pobló de gente heterogénea y familiar. La mujer de la barra nos invitó varias rondas de cervezas entre los kirs y Roberto estaba feliz junto a ella.

Diego y yo descubrimos que aquella rockola contenía una de las mejores canciones del mundo entero, si no es que la mejor: “Hungry Heart” de Bruce Springsteen.

Así que abusivamente retacamos con monedas la ranura del aparato aquél, y escuchamos y obligamos a los demás a oír la pieza un sinnúmero de veces, sin que nadie chistara o pusiera reparo al hecho. Quizá todos éramos de alguna manera corazones hambrientos.

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Cuando llegó a su fin la aparentemente interminable repetición de aquel tema hubo silencio. En todos quedó la reverberación de las notas, de las palabras y el éxtasis inundó el ambiente. Tras unos momentos un clochard -un teporocho parisino– que bebía una copa de vino barato, se acercó a nuestra mesa y con un gesto regio nos ofreció otra moneda para que pusiéramos de nueva cuenta la canción de Springsteen. Cosa que hicimos en el acto y a nuestra vez le preguntamos cuál quería oír: “La número 20…‘Aprè l’Orage‘…”, dijo.

Un clochard, de esos que duermen donde pueden, temblando de frío, bajo la nieve, la helada o la lluvia, sin nada en el estómago, vestido de andrajos en aquella ciudad de los grandes contrastes. Ese viejo borracho, generoso, ahora con la nueva copa que le invitamos en la mano, al oír la canción golpea fuertemente las puertas del Paraíso, contando con ser recibido gracias a la protección de todos los bebedores de la antigua y la nueva historia.

Satisfechos de vino, de música, de comunión, emprendimos el camino de retorno. Al llegar a la casa nos dimos cuenta de que ya no había cervezas. Dejamos ahí a las mujeres y fuimos en busca de una tienda que estuviera abierta. Nada. Por la orilla del Sena nos dirigimos entonces a Saint Germain de Prés. A un bar del Barrio Latino. Entramos a uno de ellos y pedimos de beber. El lugar estaba atiborrado y la música sonaba fuerte.

Diego se puso a observar a una rubia perfecta que con toda delicadeza llevaba la copa de vino blanco a los labios. Extendió el brazo para tocarla. El índice y anular de su mano derecha se apoyaron ligeramente en el hombro desnudo de aquella belleza. La mujer volteó sin inmutarse y le dedicó a Diego una sonrisa celestial, invitante, pero él no se movió, no habló, sólo se le quedó viendo como hipnotizado…Lo que sucedió después es motivo de otra historia.

Pero lo que sí puedo decir es que con el tiempo aquellos corazones hambrientos, aquellos sedientos partieron hacia otros lares, otras latitudes. París quedó entonces como una orgía de recuerdos, un sitio donde vivir puede ser una odisea, una canción, una poesía o las tres cosas a la vez.

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VIDEO SUGERIDO: Bruce Springsteen – Hungry Heart, YouTube (RenaiSpirits)

 

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CALEXICO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EN BUSCA DEL JINETE ERRANTE

Las atmósferas del desierto norteamericano son singulares. Nada hay como las sonoridades que provoca. Del dobro solitario que se ensambla con el silencio a la imaginería instrumental de su exuberancia en flora y fauna. Todo depende de quien lo mire, de quien lo transite o de quien lo viva. Su melodía puede ser tan seca y minimal para el que lo tema, como húmeda y festiva para el que sepa descubrirla.

La imagen y el ritmo del paisaje desértico de tal zona, ubicada en la frontera entre México y los Estados Unidos, repercuten de forma permanente en aquel que ha forjado su existencia caminándolo, sintiendo su presencia o admirando su peculiar viveza. El hombre frente al panorama de su salvaje naturaleza.

Eso es lo que captura Calexico en su música. A la que se le puede definir como la lectura de un buen libro de literatura del Viejo Oeste, como la de O. Henry, con personajes multidimensionales, el descubrimiento de protagonistas con vida interior y la mística del espacio abierto.

Las letras sensibles, dolidas y melancólicas, tristes o descriptivas,  y el tono atmosférico de muchas de sus canciones o piezas instrumentales contribuyen a su elevado contenido como coutry alternativo. Son auténticas películas sonoras o, si se quiere, soundtracks sin imágenes.

En el amplio horizonte del grupo se escuchan los ecos de Ry Cooder, de las road movies de todos los tiempos, de la teatralidad realista de Sam Shepard y el profundo conocimiento musical de su rico entorno aunado a la experimentación lúdica: hacen cine con guitarras.

La sabiduría que conforma a este grupo es incluyente. En ella hay geografía, biología e historia fronteriza y otras ciencias naturales y sociales, política humanista y oscuro exotismo, la dark americana.

Igualmente hay en el grupo música tradicional estadounidense a la que aderezan con serpentinas de folk, bluegrass, country blues y su interpretación del rock, pop, rockabilly, jazz, surf, alto tex-mex, música de mariachi y alt country. Eclecticismo de corazón abierto.

Alma y razón de Calexico están concentrados en el dúo nuclear que conforman Joey Burns (voz, guitarras, bajo, cello, mandolina, acordeón, teclados, dobro), nacido en Los Ángeles, y el oriundo de Oklahoma, John Convertino (batería, vibráfono, marimba, acordeón, xilofóno, percusiones), un auténtico “oakie”.

En el origen (1990) Burns, destacado estudiante de la Universidad de California en Irvine, fue invitado a colaborar con el grupo Giant Sand, lidereado por Howe Gelb y en el que ya participaba Convertino. Ambos músicos conformaron la base rítmica de la banda angelina, que rápidamente se inscribió en la corriente del Nuevo Rock Americano, heredero de R.E.M. y Dream Syndicate.

En 1994 Giant Sand se asentó en la ciudad de Tucson, en la parte sur de Arizona, colindante con montañas, el desierto de Sonora o Gila (según quien lo nombre) y a poca distancia de la frontera con México.

Ahí —en el lugar donde nace la mitología del American dream, que puede definirse como la igualdad de oportunidades y libertad que permite que todos los habitantes de los Estados Unidos logren sus objetivos en la vida únicamente con el esfuerzo y la determinación— se convirtieron en el grupo de casa del Hotel Congress y de algunos bares y clubes locales.

Un sitio donde conviven lo ancestral y lo nuevo, los indígenas, los aventureros y los parques industriales, los trenes y las carreteras, los cementerios de aviones y las leyendas populares sobre el Viejo Oeste.

Durante dos años ambos músicos, Burns y Convertino, viajaron con el grupo que hizo de telonero para gente como Evan Dando, Richard Buckner o Lucinda Williams. Sin embargo, optaron también por un proyecto musical paralelo al que denominaron Friends of Dean Martínez.

En él incrementaron sus dotes como músicos sesionistas y hacedores de rock instrumental y post-rock, para ambientar películas, otro de sus quehaceres: como Fast Food Nation, Commited, Dean Man’s Shoes, Ritual Road Map, Crooked Road and the Briar, I’m Not There o Lammbock, por ejemplo.

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En 1996, la productiva dupla arrancó también con un nuevo frente alterno: el grupo Spoke, que al poco tiempo cambiaría su nombre por el de Calexico.

La esencia de la música que tocan desde entonces tiene mucho qué ver con el nombre escogido, el punto de unión de Estados Unidos (la parte sur más extrema del país, California) y México (con la muy norteña Mexicali): la ciudad de Calexico.

Crucero obligado del comercio y el transporte entre ambas naciones y población primordialmente de entretenimiento desde hace cien años. Ahí, más del noventa por ciento de los habitantes habla español y las culturas se funden bajo un sol infinito. La incuestionable calidad del grupo tiene más de una década de llevar ese espíritu a todos los rincones del planeta.

Burns y Convertino han viajado incansables por sus caminos y dejado huella dondequiera que se presentan, acompañados de formaciones tan cambiantes como la rica sugerencia de su propuesta: Paul Niehaus (steel guitar y otras) Jacob Valenzuela (trompeta, teclados, vibráfono, voces), Martin Wenk (trompeta, guitarra, teclados, acordeón, glockenspiel, vibráfono (ocasionalmente armónica y corno francés) y Volker Zander (contrabajo, bajo eléctrico).

Diez álbumes de estudio, hasta la fecha, Spoke (1997), The Black Light (1998), Hot Rail (2000), Feast of Wire (2003), Garden Ruin (2006), Carried To Dust (2008), Circo (Soundtrack, 2010), Algiers (2012), Edge of the Sun (2015), The Thread That Keeps Us (2018) y otros tantos en vivo o Tour Only, grabados para la venta exclusiva en sus presentaciones —sorprendentes y gozosas— son los contenidos de sus alforjas.

Igualmente, por dichos caminos, han compartido y se han acompañado o hecho acompañar de infinidad de artistas tan independientes y alternativos como ellos: ABBC, Naïm Amor, Iron & Wine, Beirut, Amparo Sánchez, Neko Case, Nancy Sinatra, Los Super Seven, Nortec Collective, Gotan Project, Sanguino, Lizz Wright y Susie Hug, entre otros. Es decir, franceses, españoles, argentinos, alemanes, etcétera, sin perder un ápice de su estilo inconfundible.

Calexico es un gran ejemplo de interculturalismo, en el que se amalgaman virtuosas instrumentaciones, multiplicidades musicales y la amplitud de miras de unos míticos cowboys hipermodernos.

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VIDEO SUGERIDO: Calexico – “End Of The World With You” (Official Lyric Video), YouTube (casadecalexico)

 

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68 rpm/44

Por SERGIO MONSALVO C.

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La palabra “honestidad” en boca de un político tiene otro significado que el regular: suena a truco, a hipocresía, a ocultamiento y a opacidad. Huele a podrido. Tal circunstancia es producto del inapropiado uso y abuso que han hecho tan finas personas del vocablo (y del idioma en general). Algo semejante sucede con el término “democracia” en los discursos de dicha fauna.

La mayoría de los escuchas tiende a ignorar ambos conceptos, que son parte del obligado menú verborréico de los hombres públicos. Sabe que son tan falsos como los besos a los niños o las sonrisas desplegadas por esos individuos. Es el feedback del cinismo contemporáneo entre emisor y receptores en su camino de ida y vuelta. Ese es uno de los problemas asociados a la actual representación política unidimensional y sus muchas deficiencias.

En la música, otra de las múltiples manifestaciones humanas, las cosas son un tanto distintas. Son más transparentes. El escucha no es tan cínico en su apreciación, aunque el cantante o instrumentista lo sea. En tal disciplina es difícil engañarse a uno mismo. Entran en juego las emociones personales, los sentimientos, el bagaje vivencial, además de las sensaciones.

En un cantante, por ejemplo, es relativamente sencillo descubrirle su falta de honestidad al interpretar una pieza, aunque uno no sea crítico o estudioso de la música. Se nota que no siente o se involucra con lo que dice aunque cumpla con todos los lineamientos de lo escrito en el papel. La actuación resulta fría y mecánica o de trámite y rutinaria, sin poner en juego emociones reales, auténticas.

Eso es lo que hace diferentes a los entertainers de los artistas. Estos últimos siempre correrán el riesgo de exponerse, a pecho abierto; los otros echarán mano de los recursos del oficio y saldrán avante de la actuación, pero nunca entrarán en el corazón ni la memoria de sus oyentes.

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MUSIC FROM BIG PINK

THE BAND

(Capitol)

Este disco es una muestra contundente de honestidad y democracia musical (todos los integrantes del grupo intervinieron en el proceso de componer y orquestar los temas y sin una voz única), entre las otras muchas cualidades que lo han convertido en un clásico y en uno de los mejores de la historia del rock.

Existen en el género las especies de los que siempre buscan lo auténtico. The Band perteneció a ellas. Fue un errabundo grupo que deambuló entre las rudezas. Una, con Ronnie Hawkins, con la que se fueron forjando como músicos, en los rudimentos de la música y sus complementos, en la carretera, en los bares, en los clubes.

La otra, con la de un público hostil, purista y conservador, donde ejercieron de pretorianos de un poeta, de testigos y apoyo de lujo en el florecimiento de Bob Dylan, quien encontró en la ruta de la electrificación la vía contundente para dar a conocer sus imágenes e incendios. Errancia, pues, entre la geografía canadiense y los Apalaches estadounidenses; entre los tiempos que cambiaban y el nuevo uso de las palabras.

Al iniciar su propio camino protagónico, los miembros de la banda empezaron a compartir sus experiencias en el álbum debut Music from Big Pink (1968). The Band fue un grupo que siempre se mostró fascinado por la ontología musical norteamericana (rock de raíces, folk, country, gospel, soul y americana, principalmente) y su obra, a partir de aquí, relató las historias que encontró en el camino y las arropó con ella.

Este disco compuesto en una típica casa suburbial en la mágica zona de Woodstock, de nombre “Big Pink” (por el color con que estaba pintada), está impregnado de la esencia de todo ello y del espíritu artístico con el que se sentían comprometidos los integrantes, a contracorriente de los estilos que estaban en boga, lejos de la psicodelia, de lo progresivo y de cualquier atisbo pop.

Al contrario: inauguraron con su música un fresco emocionado y atemporal donde las raíces y la modernidad se daban la mano. La pieza “The Weight” fue su emblema. Aparece para abrirle la brecha a un enorme álbum y para hacer aflorar una mirada capaz de ver más allá de lo consensuado.

Su atingente lírica se convierte en una sorpresa que se le depara a aquellos que han llegado a ella buscando otra cosa y que terminan haciéndose testigos de las diversas existencias, de la imposibilidad de hacer el bien y de la complejidad de la vida.

La contenida en este disco es la sonoridad que abrió un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se ha dado en llamar “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él.

El disco marcó un punto de inflexión en la forma de hacer música. Aportaba canciones sobrias y una imagen atemporal: “Era música plantada en la tierra, sin la ira o las alucinaciones de aquella época. Asimilamos unas tradiciones que hasta entonces no se solían apreciar. Las de una cultura musical que era más profunda y exótica de lo que parecía”, dijo al respecto Robbie Robertson, el cantante, compositor y guitarrista del grupo.

Por su parte, el músico Al Kooper –un tipo con muchos galones en el medio— resumió en su crítica la apreciación de la obra de la siguiente manera: “Este álbum fue hecho con una consigna: ‘La honestidad es la mejor táctica’. Cuando escuchas un disco que no lo es te sientes insultado o apagado en comparación. Aquí crees en cada verso de las canciones y eso eleva en mucho el placer de su escucha”.

Efectivamente, cuadros como los contados musical y líricamente por The Band en Music from Big Pink no nos alejan del mundo, sino que lo vuelven cercano y común y lo llenan de sentido. Son muestras de observación solitarias, la mayoría, pero con el sabor de lo insospechable, y hacen que el tiempo se detenga y comience su relato de nuevo, propiciando sensaciones  indelebles y recuerdos sin pertenencia reservada.

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Personal: Robbie Robertson, guitarras y voz; Richard Manuel, piano, órgano, batería y voz; Garth Hudson, órgano, piano, clavinet y sax; Levon Helm, batería, guitarra acústica, percusión y voz; Rick Danko, bajo, violín y voz; músico adicional: John Simon, sax tenor y piano, además de fungir como productor. Portada: Pintura realizada por Bob Dylan.

VIDEO SUGERIDO: The Band, The Weight, YouTube (Tskeshi Kawaguchi)

Graffiti: “Queremos las estructuras al servicio del hombre y no al hombre al servicio de las estructuras

68 rpm/43

Por SERGIO MONSALVO C.

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Roy (Adrian) Wood es un tipo hiperactivo. Lo ha sido prácticamente desde la cuna. A temprana edad aprendió a tocar diversos instrumentos y los rudimentos de la música clásica. Al llegar a la primera adolescencia su amor se volcó hacia el rock y comenzó a formar grupos para interpretar versiones de sus ídolos, los Beach Boys, y los representantes del rock inglés de entonces (Beatles, Who, Zombies).

Sus versiones estaban insertas dentro del English Baroque y por ende repletas de sofisticación con infinidad de instrumentos. Situación que hacía enloquecer a los demás miembros de la banda en turno, con la consiguiente deserción. Entonces Wood pasaba a la siguiente formación, sin parar (The Falcons, Gerry Levene and The Avengers, Mike Sheridan and the Nightriders…).

Quizá esto se debía a la atmósfera de la ciudad en la que había nacido y crecido: Birmingham (1946). La segunda metrópoli en importancia del Reino Unido, por su pujanza industrial, dinamismo empresarial y cultural. Al revolucionado Wood, pues, le gustaban los aires de Birmingham, los Beach Boys, el rock inglés y la música clásica, pero no encontraba con quien lograr el ensamblaje de todo ello de una manera distinta.

Hasta que conoció en el Cedar Club de aquella ciudad a Trevor Burton, Carl Wayne, Ace Kefford y Bev Bevan, todos miembros de distintos grupos que actuaban ahí de forma esporádica (el Cedar se convirtió entonces en uno de los semilleros del rock local, que ha aportado grandes nombres al rock británico). Los músicos se reconocieron en las ideas de Wood y decidieron fundar al grupo The Move.

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MOVE

THE MOVE

(Decca)

En The Move, a sus dotes de multiinstrumentista (guitarra, bajo, sitár, cello, doble bajo, sax, clarinete, trompeta, oboe, corno francés, banjo, mandolina, percusiones varias, batería, gaita, piano y teclados diversos) Wood les añadió las de compositor. Dotes mismas que empezarían a funcionar de inmediato tras la formación del grupo.

The Move se convirtió rápidamente en la sensación de los clubes de Birmingham debido a la energía con que interpretaba su rock-pop, en el que cabían los trazos psicodélicos, sus versiones de temas clásicos del rock’n’roll y el soul de la Motown.

Todo ello con la fuerte influencia de los Beatles, los Who y su querencia por la música clásica, sin dejar de lado la búsqueda de su propio sonido. Gracias a esta paleta musical el grupo atrajo la atención de Tony Secunda (el mánager de The Moody Blues), quien tras apalabrarse con ellos se convirtió en su representante.

Los vistió como dandies, en la tendencia Mod, e hizo que cambiaran su residencia por Londres. Una vez ahí consiguieron convertirse en la banda de casa del famoso club Marquee y pronto firmaron un contrato con el sello Deram, subsidiario de la compañía Decca.

Los materiales de Wood comenzaron a fluir y su primer sencillo fue “Night of Fear”, un tema al que le insertó como riff algunas notas de la “Obertura 1812” de Tchaikovsky. Con esta canción entraron en las listas de la Gran Bretaña.

Circunstancia que se repetiría constantemente a lo largo de su corta carrera (“I Can Hear the Grass Grow” y “Flowers in the Rain” fueron las siguientes muestras salidas de la pluma de Wood, temas que provenían de antiguos relatos escritos por él cuando era todavía estudiante de arte y que conjuntaban un excelente enfoque melódico con un vibrante ritmo y una tonalidad desenfadada).

El talento musical del grupo hubiera bastado para mantenerlos en el candelero y quizá conseguir el objetivo que nunca persiguieron: la trascendencia. Sin embargo, a su excéntrico representante tal cosa no le bastó y, acostumbrado a los excesos y a lo estrambótico del ambiente de las luchas del que procedía, comenzó una campaña publicitaria de corte sensacionalista y escandaloso.

Tal estrategia llegó al extremo cuando Secunda mandó imprimir una postal publicitaria para el sencillo “Flowers in the Rain”, en la que el primer ministro británico (Harold Wilson) aparecía en una caricatura teniendo relaciones con su secretaria. El político los llevó a juicio y ganó la demanda. Obligó al grupo a donar todas las ganancias de la canción a obras de caridad (la pieza había llegado a los primeros lugares de ventas).

Ahí comenzó la debacle de un talentoso grupo, cuya imagen quedó empañada. A pesar de que cambiaron de representante, la autocensura (“Cherry Blossom Clinic” fue relegado en favor de “Fire Brigade” como siguiente lanzamiento) y las dificultades internas se hicieron notar cuando Ace Kefford salió del grupo.

Poco después debutaron en el formato LP con Move (1968), un álbum producido por Denny Cordell y arreglado por Tony Visconti, que presentaba tracks como “Useless Information”, “The Girl Outside” y “Mist on a Monday Morning”.

Pero fue la hermosa canción “Blackberry Way” la que puso al disco en las listas. De todos los que grabaron fue el único que lo logró. El canto de cisne de un grupo que se conformaba con el espacio de los singles. Nunca comprendieron que el LP conceptual era lo que estaba en boga y permitía las explosiones extendidas de los criterios estéticos que desembocaban en el rock progresivo.

La de The Move fue una muerte lenta y natural, se fue desmoronando hasta sólo quedar el original Wood y uno de los recién llegados, Jeff Lynne. Al final optaron por reinventarse como la Electric Light Orchestra, con otra historia.

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Personal: Roy Wood, voz y guitarras; Carl Wayne, voz; Bev Bevan, batería y coros; Ace Kefford, bajo y coros; Trevor Burton, guitarras y coros; músicos invitados: Nicky Hopkins, piano y clavicordio; Tony Visconti, arreglos de cuerda y viento. Portada: Diseño a cargo del departamento artístico de la compañía.

VIDEO SUGERIDO: The Move – Night Of Fear, YouTube (fezandfrat)

Graffiti: “No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre suponga el riesgo de morir de aburrimiento

PORTISHEAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL SPLEEN URBANO

Bristol, angustia, trip hop. Tres palabras que hoy son dos conceptos y un solo nombre: Portishead.

Bristol es una localidad británica ubicada al oeste de Inglaterra, cuya principal atracción consistía hacia fines del siglo XX en ser la comunidad más próxima a Jamaica.

Su pasado como puerto del comercio de esclavos fue determinante en su mestizaje. Ahí abunda la población negra, la de origen italiano, griego e irlandés.

La mezcla de razas y culturas propició la clásica tipología sonora de Bristol. Era una ciudad donde todos los guetos se unían.

La influencia del hip hop, aprendido por la población negra del lugar no sólo como sonido sino también como subcultura de actitud, arte y baile, unida a la tradición lugareña de funk con sintonía punk y una notable atracción por los soundtracks clásicos y la electrónica gaseosa, derivó en un sonido bohemio esencialmente bristoliano: el trip hop.

El trip hop nació en medio de la eterna discusión por las etiquetas. Nadie las asume, todos las critican pero también todos las emplean para esclarecer el panorama.

Sin embargo nunca como en el caso del trip hop la estiqueta ajustaba al género como un guante. Homenajeaba  a la vieja escuela creada por Massive Attack, pero esquivaba el rap.

En sus inicios el naciente género sacó al hip hop del gueto para usarlo como base de una música que buscaba las sombras móviles del cine.

Trip hop es una palabra que suena bien y que además evoca instantáneamente lo que describe: una espaciosa, relajada forma de hip hop que suele ser abstracta, con énfasis en una hábil fusión de beats contoneantes, bajos gruesos, ampulosos y toda esa clase de sonidos que se encuentran en el acid house. Solos de jazz y texturas de tono ambientalista: impresionismo, esteticismo y cinemática. Sus tres principios en profunda concentración.

El tecladista Geoff Barrow, que había nacido en 1971 en el tristón pueblo de Portishead, muy cercano a Bristol, se mudó hacia éste por su generosidad en materia de hip hop, por su distancia con la industria disquera y además porque el sitio le ofrecía tiempo para crear su sonido y desarrollarse como artista.

Bristol no era Londres ni Manchester, no había industria musical y todo eran sellos pequeños e independientes. Al grupo que mejor encarnó sus aspiraciones estéticas lo denominó Portishead.

Barrow convocó a la cantante Beth Gibbons y al guitarrista Adrian Utley para completar su proyecto de “blues moderno”.

Así el grupo tuvo tres cabezas. Barrow aportó el elemento hiphopero, Utley el de la música actual y Gibbons el del espíritu de los tiempos. Tan ásperos y rudos como el hip hop, tan musicales como Ennio Morricone y tan emocionales como Billie Holiday.

Todo el concepto se materializó en su primer disco, Dummy, una sobrecogedora y abrumadora combinación de vanguardia formal y fuerza emocional en busca de una realidad alternativa, donde la vida es intensa y cruda como una película de Werner Herzog. Un proyecto indefectiblemente épico.

Portishead encontró el equilibrio entre el trip hop y el pop clásico a través del filtro del house y el jazz turbulento, para explorar las posibilidades emocionales de la electrónica.

Portishead es pues electrónica con alma. Tanto que entre Dummy y el segundo disco homónimo pasaron tres años, para superar las crisis de haber puesto el listón demasiado alto. Lo consiguieron para mayor gloria del vértigo.

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Lo mismo sucedió con respecto a la aparición de Third, la tercera obra de estudio que apareció once años después. Brutalmente directo y sugerentemente turbio. Portishead mantiene el sonido que posee un vigor y una calidez que lo hacen paracer originario de otra era.

El impresionismo esteticista utilizado por el grupo había dejado de lado los andares del rap (de los antecedentes Massive Attack, Tricky, Grandmaster Flash y Mantronix, por mencionar unos cuantos), y a su trip hop en el que pusieron voz de por medio, su uso fue en tono menor o contemplativo y reemplazaba la narrativa verbal con la aural. Excelente recurso para trasmitir los momentos inspirados.

Beth Gibbons aprovecha la intensidad instrumental de los tres álbumes, que se advierte creada por pesimistas de pura cepa, como plataforma para reflexiones crudas y trágicas sobre lo intrincado del amor, sin un solo escape de felicidad, ironía o sarcasmo.

Todas son sustanciosas canciones de tres minutos que significan algo para la gente. La obra del grupo es hasta ahora un gran tríptico con el frescor de la realidad.

Portishead es uno de los nombres de la música que más se acercan a la idea de banda sonora imaginaria: mucha de su música parece concebida y expresada para el cine, bebe de él, existe por él, se diría compuesta por y para el cine.

Y si antes con el trip hop evocaba la angustia de la existencia, el desasosiego, hoy muestra una rabia industrial, oscura y lacerante: el espíritu de la época.

Deslumbrante en concepto y ejecución cada disco es una pieza maestra de melodrama intimista que funciona como una fotografía polaroid de los angustiosos tiempos que le sirven como telón de fondo.

Las líneas que van de Dummy a Third están dedicadas a todas las personas tocadas y hundidas por la velocidad de las grandes urbes. Más que un género o un sonido, Portishead es un sentimiento.

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VIDEO SUGERIDO: Portishead – Dummy, YouTube (Panos Kasimatis)

 

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