HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «IN MY LIFE»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Rubber Soul fue “el primer álbum en presentar unos nuevos Beatles al mundo”, como se sabría con el tiempo. El productor George Martin concibió por entonces una nueva tesis, en la que se aplicaron los de Liverpool al cien por ciento, y que revolucionó el mundo de la experimentación en la cultura y en la música.

Este disco estuvo pensado para ser lanzado al final de 1965, con el objeto de  cubrir la cuota del “mercado navideño”, pero el compromiso del grupo y productor y el resultado estético estuvieron muy lejos de tomarlo como un trabajo consabido o de cajón. Los caminos de la exploración ya estaban abiertos y no había vuelta atrás.

Los Fab Four se lanzaron a investigar sus inquietudes musicales y líricas más allá de todo lo hecho anteriormente. Las canciones de amor ya no fueron un sencillo lamento o un festejo. Ahora, contenían más recovecos y guardaban caminos más complejos y evocadores. El álbum se amalgamó con piezas magistrales como “In My Life”, “The Word”, “Michelle”, “Nowhere Man”, “Drive My Car” o “Norwegian Wood”.

 

Todas ellas influyentes tanto en la música como en distintos campos del arte, de la cinematografía a la literatura, de la poesía a la narrativa. En la música, el jazz, la música clásica, la balada pop o el reggae, han recurrido a ellas para manifestar su admiración por el trabajo y las composiciones del grupo.

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“In My Life”, el tema más significativo del álbum, representa la excepción a todo lo compuesto por Lennon hasta entonces, por ejemplo. Fue la incursión de John en sus experiencias existenciales, en la retrospectiva sobre su propia vida, sobre sus valores y pérdidas, una reflexiva entrada de la adolescencia a la adultez, sin edulcoramientos ni máscaras. La vida a flor de piel.

Acompañando tamaña épica lírica estuvo el célebre puente instrumental, obra de George Martin, una indiscutible aportación de alta artesanía. Martin grabó en el piano una melodía de claro ascendiente barroco. El tempo de la canción era demasiado exigente, así que el productor decidió registrarlo con el magnetófono a la mitad de velocidad y luego lo reprodujo normalmente, consiguiendo ese inmortal efecto de clavicordio.

Irreprochable en el aspecto melódico, instrumental y sencillez lírica la canción fue incluida en la cara B del disco, y de inmediato se significó como una de las mejores composiciones del rico lote de opus magnas de los Beatles.

VIDEO: In My Life – The Beatles (LYRICS/LETRA) (Original), YouTube (el perro beatle)

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JOHN LENNON

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL MITO Y LA CONTRADICCIÓN

(40 AÑOS RIP)

«La mayoría de las personas –dijo John Lennon en alguna ocasión– viven sus vidas en forma indirecta» y él más que nadie fue el combustible de sus fantasías, tanto en la muerte como en la vida.

La gente ha sacado de su asesinato lo que ha querido: la creencia de estar llorando a un profeta o un santo, o bien a una víctima de maquinaciones políticas y conspiraciones de poder.

Su muerte no significó la muerte de una era de esperanza ni el amanecer de una de desesperanza, tal como algunos lo han sugerido.

No obstante, quizá para muchos simbolizó la muerte de una parte de su propia juventud y, a la vez, de algo de su idealismo, porque él, más que otro artista, parecía haber mantenido con vida ese idealismo. 

Su muerte dio oportunidad para exorcisar a los fantasmas, recordar el propio pasado, entregarse a la nostalgia, comprar un disco, un póster o un libro y, para los que en realidad siempre lo consideraron un poco “raro”, un poco «radical», la oportunidad de perdonarle sus desviaciones, sus protestas y todas las cosas que en su momento a ellos sólo les provocaron risas. 

«Todo mundo te ama cuando estás dos metros bajo tierra» escribió Lennon en «Nobody Loves You» del álbum Walls And Bridges. Y así fue. Escribió esa pieza durante su periodo de separación de Yoko Ono, en lo que probablemente fue una de las mareas más bajas de su vida. 

Después del Some Time in New York, de 1972, cayó de la gracia de los críticos y del público consumidor de discos. Las canciones sobre Attica, Irlanda y el feminismo sólo provocaron acusaciones de ingenuidad política y abuso de las «buenas causas».

Hubo demasiada Yoko en el disco, un abuso idiosincrático y direccional de tal personaje, de su incidencia y marcada manipulación. El siguiente, Mind Games, que salió en 1973, ayudó poco a corregir lo expresado.

Lennon vivía en Los Ángeles, bebía en exceso y en una ocasión se involucró en un incidente notorio en el que insultó a una mesera mientras que él, por razones que han perdido su claridad –si alguna vez la tuvieron–, lucía un «tampón” en la cabeza. 

Walls And Bridges (1974) derivó de ese periodo de soledad y confusión;  es uno de los álbumes que, quizá más que otra obra cualquiera, revela su vulnerabilidad y la buena disposición a exponerla, tal como exponía todas las cosas, a la mirada pública. Esta cualidad lo hacía cautivador, así como su idealismo y fuerza lo volvían admirable.

Tal vez Lennon era tan franco porque le daba flojera analizar las consecuencias de dicha franqueza y por lo tanto censurarla. Posiblemente ni le importaba mostrarse brutal, incluso deseoso de venganza: la pieza «How Do You Sleep», por ejemplo, debe haber herido a McCartney más de lo que éste pudo admitir. 

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Lennon, de todos los Beatles, causaba la impresión de tener menos interés en lo que la gente pensara de él y se portaba de acuerdo con ello.

Este no fue el caso durante el auge de la Beatlemanía, cuando John, según se supo después, creía estar viviendo en un estado de compromiso casi constante al ayudar a perpetuar todo el circo construido en torno a los Beatles. 

A partir de ahí en adelante no se dejó hacer jamás prisionero de las ideas de otra persona. Cuando quiso renunciar a los Beatles, renunció. Y cuando en 1975 decidió retirarse de la música –parecía que para siempre–, se retiró.  Era su derecho como ser humano.

Sí, era un ser humano, pero sobre todo era un artista y a final de cuentas no le importaron lo que podían considerarse como sus «responsabilidades» de artista. Para Yoko él sí debía retirarse de la escena rockera, ella no de la suya, a la cual el nombre y el dinero legado por  John le han servido a discreción.

Lo que al parecer ofendió tanto a tantas personas acerca del retiro de Lennon fue la abierta implicación de que le había dado la espalda al rock and roll, en un momento en que la música lo necesitaba más. Y así fue. Negó todo lo que le había dado su razón de ser.

La verdad de la cuestión fue, sin embargo, que se imaginó que existían cosas tan importantes en la vida como el rock and roll, y que la hechura de pan y el cuidado del niño eran dos de ellas. 

El hecho de que una de las figuras más influyentes e importantes producida por el rock hubiera sacado una mayor satisfacción, al menos en forma temporal, de hacer pan y ser lo que él mismo describía como «un hombre de su casa», constituye una irónica contradicción fundamentándose en el espíritu esencial de este género.

Ése fue su gran desbarre. Podía haber hecho las dos cosas sin menoscabo de la una por la otra, era un tipo inteligente a final de cuentas, pero las demandas de la Ono jamás se lo permitieron. Ella siempre ha detestado al rock.

Curiosamente, los que criticaron a Lennon por considerarlo un desertor fueron quienes expresaron la mayor decepción ante el álbum que marcó su regreso, Double Fantasy (1980).  Y con toda la razón. Otra vez demasiada Yoko.

Quienes habían amado a John Lennon en sus momentos más mordaces, acusadores o didácticos lo vieron como demasiado introspectivo, lejano y soñoliento.

Lennon salió de cinco años de retiro doméstico cantando sobre ello: las alegrías de la vida familiar (¿Ya está el pan?), su amor por Yoko (también llamado Síndrome de Estocolmo) y el de ella hacia él (ligeramente interesado en el confort millonario); la amenidad de la inversión de papeles (o roles)…y todo con un candor casi embarazoso. 

Así lo sorprendió la mano asesina del 8 de diciembre de 1980, a las puertas de su hogar.

VIDEO SUGERIDO: John Lennon / Yoko Ono “Watching The Wheels” Double Fantasy (1980), YouTube (Joe Cool)

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LA SUITE DE JOHN & YOKO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 MEDIO SIGLO

Mientras me desplazo en la bicicleta por la avenida Koninginneweg de Ámsterdam me da por parafrasear a uno de los Marx, pero no a Groucho sino a Karl: Un fantasma recorre el mundo, el fantasma Beatle. Dicho fantasma comenzó su andar hace 50 años precisamente aquí, en la capital neerlandesa, lugar que escogió John Lennon para pasar su luna de miel. El 2019 es, pues, otro año Beatle, plagado de celebraciones, evocaciones, reediciones y festejos.

En aquel entonces (1969), como hoy, climáticamente,  había comenzado la primavera en la ciudad. Es 29 de marzo y se cumple medio siglo de aquel hecho que atrajo las miradas del mundo hacia un cuarto de hotel. Una habitación donde Lennon habló durante una semana, de manera incansable, sobre la paz, esa entelequia que continúa obsesionándonos.

Atravieso con la bicicleta el Museumplein y desemboco en la Spiegelgracht, una elegante cuadra larga con un canal en medio que al final se convierte en la Spiegelstraat, la prestigiosa calle de los anticuarios y galeristas, al pasar uno de los puentes más transitados por propios y extraños. Ahí, entre la variada oferta plástica de las tiendas de arte, está la Galerie Moderne de Nico Koster, espacio donde se exhiben los retratos que este fotógrafo holandés le tomó a John y su pareja en aquel ilustre ritual mediático llamado Bed-in. Son fotografías en blanco y negro que han proporcionado la imagen al colectivo Wedding Album lennonononiano.

En los aparadores que dan a la calle están las fotos de la pareja desayunando, vestidos de bata y camisón blancos y encima de ellos los letreros escritos a mano que sintetizaron su inédita acción y perpetuaron sus reclamos para la posteridad: BED PEACE – HAIR PEACE.

¿Por qué escogió John esta ciudad para iniciar su demanda y petición al mundo? El verdadero espíritu de Ámsterdam es la tolerancia. Y no es un espíritu nuevo, producto de la posmodernidad, sino uno histórico que cumple cinco siglos de existencia. Desde entonces el país ha sido sinónimo de ello y la capital, su lugar culminante y ejemplar.

En Ámsterdam, los puentes, los 1539 puentes que existen (que en concreto representan el año de llegada de la primera oleada de inmigrantes) se erigen como metáfora de la imaginación. Todo puente es único, todo puente quiere serlo hacia algún destino, y todo puente es la mirada de la ciudad hacia lo que importa.

Por eso la escogió. Y por eso me dirijo ahora, tras mirar las históricas ilustraciones, al lugar donde Lennon puso al lecho dentro de sus utopías: el Hotel Hilton. Hoy, 29 de marzo del 2019, se celebra ahí el 50º aniversario del Bed-in, aquel acto dadaísta que consagró la cama como sitio de protesta. El festejo lo lleva a cabo el Netherlands Beatles Fan Club, una de las organizaciones de admiradores con más antigüedad en el orbe (desde 1963).

Habrá exposición de fotos, pinturas, esculturas y memorabilia, conferencias, exhibición de documentales y conciertos con bandas tributo. Así que estaciono mi bicicleta frente al hotel ubicado en el número 138 de la avenida Apollolaan y me preparo para el festín.

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La cereza del pastel será la visita guiada a la habitación 902 (ex Presidencial), llamada ahora “John & Yoko Suite”, que cuesta la friolera de 1,750 euros la noche, para todo aquel que desee pasar una velada ahí, rodeado de recuerdos. Ésos de los que habla Lennon en “The Ballad of John and Yoko”: “Talking in our bed for a week / The news people said / ‘Hey, what you doin’ in bed?’ / I said, ‘We’re only tryin’ to get us some peace!´”.

Siete días (del 25 al 31 de marzo de 1969) discurriendo sobre el tema, de 9 de la mañana a 9 de la noche. Una forma constructiva y nada cínica de aprovechar la publicidad generada por su reciente boda en Gibraltar y por su fama personal. El aún integrante del Cuarteto de Liverpool (por poco tiempo más) forjó así su compromiso con la causa antibélica.

VIDEO SUGERIDO: John Lennon en Yoko Ono in bed in het Hilton Hotel (1969), YouTube (Nederlands Instituute voor Beeld en Geluid)

Este año el fantasma Beatle recorrerá el mundo. Ha iniciado su andanza en esta ciudad con la rememoranza de aquel anhelo pacifista. Cincuenta años también cumple el disco Abbey Road, un álbum clásico que será objeto de nuevas escuchas, revisiones y lecturas. Ya se anuncia también la celebración de un videojuego (The Beatles: Rock Band) donde se pueden interpretar sus canciones al unísono del grupo.

Asimismo está programado el festejo de la remasterización (¿definitiva?) de sus discos, cuya aparición los hizo culminar hace una década como el año del grupo con mayores ventas, a cuatro décadas de su disolución. Marketing puro y duro. “Cosas de aparecidos”, diría el no hermano Marx, Karl, ese viejo filósofo.

Pero un hecho es cierto: “Los Beatles, como grupo, y sus integrantes, de manera individual, ocupan una posición singular y única dentro de la cultura popular. Su imaginería lo abarca todo. Son un fantasma con un corazón que sigue latiendo fuerte aún después de 50 años”,  me digo tras ver la obra plástica que se ha presentado en el lobby del hotel, rodeado de japoneses, indios, filipinos, latinos y europeos de la más variada procedencia y edad.

Ya entrada la madrugada, mientras regrese pedaleando a mi casa, me daré el tiempo de pensar –gracias al clima templado– en el carisma, en el uso de los medios y en los motivos que condujeron a John Lennon a realizar tamaña cruzada por el mundo. Y también sonreiré por las respuestas al porqué no le dieron a él el Premio Nobel de la Paz y sí a Henry Kissinger.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – “The Ballad Of John And Yoko” Stereo Remaster, YouTube (The Beatles)

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