JOHN LENNON

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL MITO Y LA CONTRADICCIÓN

(40 AÑOS RIP)

La mayoría de las personas –dijo John Lennon en alguna ocasión– viven sus vidas en forma indirecta” y él más que nadie fue el combustible de sus fantasías, tanto en la muerte como en la vida.

La gente ha sacado de su asesinato lo que ha querido: la creencia de estar llorando a un profeta o un santo, o bien a una víctima de maquinaciones políticas y conspiraciones de poder.

Su muerte no significó la muerte de una era de esperanza ni el amanecer de una de desesperanza, tal como algunos lo han sugerido.

No obstante, quizá para muchos simbolizó la muerte de una parte de su propia juventud y, a la vez, de algo de su idealismo, porque él, más que otro artista, parecía haber mantenido con vida ese idealismo. 

Su muerte dio oportunidad para exorcisar a los fantasmas, recordar el propio pasado, entregarse a la nostalgia, comprar un disco, un póster o un libro y, para los que en realidad siempre lo consideraron un poco “raro”, un poco “radical”, la oportunidad de perdonarle sus desviaciones, sus protestas y todas las cosas que en su momento a ellos sólo les provocaron risas. 

“Todo mundo te ama cuando estás dos metros bajo tierra” escribió Lennon en “Nobody Loves You” del álbum Walls And Bridges. Y así fue. Escribió esa pieza durante su periodo de separación de Yoko Ono, en lo que probablemente fue una de las mareas más bajas de su vida. 

Después del Some Time in New York, de 1972, cayó de la gracia de los críticos y del público consumidor de discos. Las canciones sobre Attica, Irlanda y el feminismo sólo provocaron acusaciones de ingenuidad política y abuso de las “buenas causas”.

Hubo demasiada Yoko en el disco, un abuso idiosincrático y direccional de tal personaje, de su incidencia y marcada manipulación. El siguiente, Mind Games, que salió en 1973, ayudó poco a corregir lo expresado.

Lennon vivía en Los Ángeles, bebía en exceso y en una ocasión se involucró en un incidente notorio en el que insultó a una mesera mientras que él, por razones que han perdido su claridad –si alguna vez la tuvieron–, lucía un “tampón” en la cabeza. 

Walls And Bridges (1974) derivó de ese periodo de soledad y confusión;  es uno de los álbumes que, quizá más que otra obra cualquiera, revela su vulnerabilidad y la buena disposición a exponerla, tal como exponía todas las cosas, a la mirada pública. Esta cualidad lo hacía cautivador, así como su idealismo y fuerza lo volvían admirable.

Tal vez Lennon era tan franco porque le daba flojera analizar las consecuencias de dicha franqueza y por lo tanto censurarla. Posiblemente ni le importaba mostrarse brutal, incluso deseoso de venganza: la pieza “How Do You Sleep”, por ejemplo, debe haber herido a McCartney más de lo que éste pudo admitir. 

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Lennon, de todos los Beatles, causaba la impresión de tener menos interés en lo que la gente pensara de él y se portaba de acuerdo con ello.

Este no fue el caso durante el auge de la Beatlemanía, cuando John, según se supo después, creía estar viviendo en un estado de compromiso casi constante al ayudar a perpetuar todo el circo construido en torno a los Beatles. 

A partir de ahí en adelante no se dejó hacer jamás prisionero de las ideas de otra persona. Cuando quiso renunciar a los Beatles, renunció. Y cuando en 1975 decidió retirarse de la música –parecía que para siempre–, se retiró.  Era su derecho como ser humano.

Sí, era un ser humano, pero sobre todo era un artista y a final de cuentas no le importaron lo que podían considerarse como sus “responsabilidades” de artista. Para Yoko él sí debía retirarse de la escena rockera, ella no de la suya, a la cual el nombre y el dinero legado por  John le han servido a discreción.

Lo que al parecer ofendió tanto a tantas personas acerca del retiro de Lennon fue la abierta implicación de que le había dado la espalda al rock and roll, en un momento en que la música lo necesitaba más. Y así fue. Negó todo lo que le había dado su razón de ser.

La verdad de la cuestión fue, sin embargo, que se imaginó que existían cosas tan importantes en la vida como el rock and roll, y que la hechura de pan y el cuidado del niño eran dos de ellas. 

El hecho de que una de las figuras más influyentes e importantes producida por el rock hubiera sacado una mayor satisfacción, al menos en forma temporal, de hacer pan y ser lo que él mismo describía como “un hombre de su casa”, constituye una irónica contradicción fundamentándose en el espíritu esencial de este género.

Ése fue su gran desbarre. Podía haber hecho las dos cosas sin menoscabo de la una por la otra, era un tipo inteligente a final de cuentas, pero las demandas de la Ono jamás se lo permitieron. Ella siempre ha detestado al rock.

Curiosamente, los que criticaron a Lennon por considerarlo un desertor fueron quienes expresaron la mayor decepción ante el álbum que marcó su regreso, Double Fantasy (1980).  Y con toda la razón. Otra vez demasiada Yoko.

Quienes habían amado a John Lennon en sus momentos más mordaces, acusadores o didácticos lo vieron como demasiado introspectivo, lejano y soñoliento.

Lennon salió de cinco años de retiro doméstico cantando sobre ello: las alegrías de la vida familiar (¿Ya está el pan?), su amor por Yoko (también llamado Síndrome de Estocolmo) y el de ella hacia él (ligeramente interesado en el confort millonario); la amenidad de la inversión de papeles (o roles)…y todo con un candor casi embarazoso. 

Así lo sorprendió la mano asesina del 8 de diciembre de 1980, a las puertas de su hogar.

VIDEO SUGERIDO: John Lennon / Yoko Ono “Watching The Wheels” Double Fantasy (1980), YouTube (Joe Cool)

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