UNA BOLSA DE PARÍS

Una bolsa de París (foto 1)

Por SERGIO MONSALVO C.

Es larga la trayectoria que les toca recorrer en esta línea del Metro. Toda la ciudad de Sur a Norte, bajo tierra, con su olor a frenos, a hule quemado y filoso ruido de metal, como en todas las líneas.

Dos mujeres jóvenes de edad indefinida y procedencia semejante esperan resignadas al convoy. Sus vestidos solferino y verde, respectivamente, están cubiertos por un usado delantal de cuadros grises y blancos. La de menor estatura se cubre además con un suéter abierto que le queda chico y que tampoco la tapa del frío. Destacan sus pantorrillas prietas y agrietadas que tienen como fin un par de zapatos tenis, gastados y sucios (¿Nike? ¿Adidas?).

Llega el convoy y ambas alcanzan lugar para sentarse, a pesar de la muchedumbre que ahí aborda.

Una, junto a la ventanilla, mira fijamente el paso de los muros, el de las estaciones que se continúan y los anuncios que tratan de cosas insospechadas.  Lleva las manos en el regazo mientras estrangula un billete con el puño.

Una bolsa de París (foto 2)

La otra, a la que le tocó el asiento del pasillo, cierra y abre los ojos enrojecidos de cansancio, a intervalos irregulares. Aprieta con ambos brazos una común bolsa de plástico, con agarraderas como las de supermercado, que no le quiso dejar a la otra –se la arrebató, pues– y por la cual tuvieron una pelea.

En la bolsa no lleva más que su suéter azul cielo, pero aquel pedazo de plástico la hace sentirse orgullosa y hasta un poco menos cansada, aunque en la cara se note lo contrario.

Ha dejado con premeditación hacia el frente, a la vista de cualquiera, de todos, el anuncio impreso en ella: «Zeina. Paris. 20, rue de la Paix, Paris 2e. Tel. 42617021. Métro Opéra».

Lo que signifique, lo que diga, de lo que hable, la tiene sin cuidado. Para ella sólo es importante lo que sabe, que es una bolsa llegada de París, «de donde antes venían los niños», como le dijo la señora a la que ayudan con la limpieza al dárselas para que «guardaran bonitas cosas».

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A HARD DAY’S NIGHT

Por SERGIO MONSALVO C.

UN FILME SEMINAL

 A HARD DAY'S NIGHT FOTO 1

“A Hard Day’s Night”: Canción emblema del disco, crónica vivencial y tema principal de la película.

El rock y el cine son, desde el origen de ambos, tanto arte como industria. Ese carácter híbrido (muchas veces bipolar), y el hecho de formar parte de la cultura del entretenimiento, los ha obligado a entretejerse durante años. Desde la década de los cincuenta, la unión entre ellos ha dado lugar a decenas de películas que han contribuido a crear un género propio, con características únicas y cuyo desarrollo ha alcanzado dimensiones insospechadas a lo largo los años.

Parámetro indiscutible de ello ha sido la película A Hard Day’s Night (“La noche de un día difícil”, en español), cuya importancia ofrece muchas lecturas entre las cuales he escogido tres para hablar de un icono cultural que cumple en 2014 medio siglo de haber aparecido: El contexto beatle, la elección de Richard Lester como director de la misma y su esplendoroso soundtrack, transformado en álbum.

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 “I Should Have Know Better”: La armónica, uno de los sonidos “beatle” más característicos de los primeros tiempos.

El desembarco de los Beatles en tierras estadounidenses lo revolucionó todo, literalmente. Su presentación el 9 de febrero de 1964 en el célebre programa televisivo Ed Sullivan Show fue vista por más de 73 millones de espectadores, un récord de audiencia nacional en la Unión Americana.

Este acto sirvió de catapulta supersónica para que ese cuarteto de jóvenes sonrientes, caracterizados por sus inéditas melenas y pulcros trajes oscuros, se colara en millones de hogares donde habitaban jóvenes hambrientos de nuevas sensaciones que comenzaban a escuchar compulsivamente sus canciones.

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 “If I Fell”: Un tema donde la armonía de las voces alcanza la cima de lo bello ante la franqueza desnuda y el temor del incierto amoroso.

La pieza “I Want to Hold Your Hand” acababa de alcanzar el número uno en las listas de popularidad del Billboard. La histeria que ya se vivía con ellos en el Reino Unido cruzó hacia el otro lado del Atlántico. Fue el disparo de salida a lo que luego se conocería como la “Invasión Británica” (La Ola Inglesa), un fenómeno socio-musical inédito.

Los Beatles lideraron la llegada posterior de jóvenes e irreverentes grupos británicos como The Rolling Stones, The Who, The Animals o The Dave Clark Five, al mercado y a la sociedad estadounidense, cambiando con ello el aspecto y las aspiraciones del rock. Y con las de éste, muchas otras más. De tal forma la “beatlemanía” comenzó la conquista del mundo.

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 “I’m Happy Just to Dance With You”: La voz de George como protagonista e inusuales bongós a cargo de Ringo.

La maquinaria de la industria se puso en marcha como nunca antes para exprimir su talento hasta la última gota. En aquel año los Beatles hicieron lo siguiente: una primera visita a los Estados Unidos y una gira extenuante después a lo largo del año (The World Tour o The Beatles’ 1964 World Tour) con cantidad de conciertos en lugares de tres distintos continentes: Dinamarca, Países Bajos, Hong Kong, Australia, Nueva Zelanda, Inglaterra, Suecia (con el baterista Jimie Nicol sustituyendo a un Ringo hospitalizado, por amigdalitis, en parte de dicha gira).

Asimismo, la hechura de dos LP’s (uno que sería para el soundtrack de su primer largometraje entre el 25 de febrero y el 2 de junio y, el otro, Beatles for Sale, entre el 11 de agosto y el 26 de octubre, para finalizar el año), dos EP’s (con “All My Loving y “Long Tall Sally”, en febrero y junio, respectivamente) y la filmación de la película A Hard Day’s Night, durante el verano.

[VIDEO SUGERIDO: The Beatles – A Hard Day’s Night – Official Video, YouTube (TheBeatlesLeo)]

“And I Love Her”: El sonido acústico en cuerdas y ritmos como  ropaje de una obra maestra.

Para la realización de ella eligieron al director Richard Lester. Este psicólogo, músico y director cinematográfico, nació en Filadelfia, Estados Unidos, en 1932. Sus inquietudes artísticas lo llevaron con acierto intuitivo hacia Inglaterra para trabajar en la televisión y en publicidad. Fue ahí donde elaboró sus primeros trabajos al comienzo de los sesenta: Idiot Weekly, un espacio televisivo de humor satírico (del que beberían años más tarde los cómicos de Monty Python), un cortometraje (The Running Jumping and Standing Still Film) y una película (The Mouse On the Moon) con el actor Peter Sellers.

Estas muestras de humor fresco, irreverente, cínico y burlón, despertaron la admiración de John Lennon y Paul McCartney, quienes convencieron años después a su mánager de que fuera Lester quien los dirigiera. A pesar de coincidir en tiempo y espacio con el Free Cinema británico (Lindsay Anderson, Jack Clayton, Tony Richardosn, et al), Lester se mantuvo al margen de esta corriente cinematográfica. Su trayectoria artística se dirigió hacia el cultivo de géneros diversos.

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 “Tell Me Why”: “Dime por qué lloras y por qué me has mentido”. Preguntas que requieren levantar la voz y mantener el riff.

A Hard Day’s Night estuvo pensada originalmente como un producto comercial para aprovechar el éxito del grupo. Sin embargo, esta increíble comedia musicalizada, hecha como falso documental, tomó vuelo en base a dos puntos: el irrefrenable encanto natural de los Beatles y el espíritu lúdico del director, que los animó a improvisar y a jugar con el humor absurdo. El argumento (con mucha improvisación) sigue al cuarteto durante un día de su atareada vida donde les pasa de todo.

Al seguir el ejemplo de otras estrellas del rock, en especial Elvis Presley, los Beatles firmaron un contrato con la compañía United Artists para aparecer en tres películas. Un nuevo álbum saldría con la banda sonora tras cada una de ellas.

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 “Can’t Buy Me Love”: Pieza rockera siempre ligada a la imagen de liberación y recreo. Hasta aquí el soundtrack.

La primera sería A Hard Day’s Night. La compañía no le dio demasiada importancia y su presupuesto quedó lejos de las grandes producciones de aquellos días. De hecho, los beneficios de la cinta fueron 30 veces superiores a los costos de producción (y ello sin contar la edición posterior en video) .

La gracia del filme -aquello que lo ha mantenido fresco- es que se trató de un llamado a la espontaneidad y al uso de un nuevo lenguaje cinematográfico tanto como del lenguaje cotidiano de George, John, Paul y Ringo. Dicha “espontaneidad”  se debe también a Alun Owen, el guionista del largometraje que hizo su trabajo de manera excepcional con el manejo léxico de aquellos jóvenes de Liverpool, incluyendo las expresiones lingüísticas de Ringo que dieron origen al título mismo de la película.

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“Any Time At All”: Atender a la secuencia de los acordes para rememorar la raíz de la canción. Inicio del lado B.

A Hard Day’s Night no sólo sacudió todos los cimientos del cine de la época, sino que fue el origen de la estética del video-clip, inventando una fórmula revolucionaria de lograr una conjunción entre la música y las imágenes que todavía sigue vigente después de cinco décadas (un electrizante sentido del ritmo).

Hablar de Richard Lester, a partir de este filme, es hacerlo de un sinónimo de la modernidad que no envejece. De la cultura Pop, dinámica y sin complejos, que ofreció un paso significativo en la renovación del lenguaje, musical, plástico y por supuesto cinematográfico.

“I’ll Cry Instead”: Eternamente, la marginada de la película. A cambio de eso: llorar. Muy country.

Esta cinta es divertida, anárquica, moderna, adelantada a su tiempo y deja al espectador entusiasmado y contento. Resistió el tiempo y creció. Recibió excelentes críticas desde su estreno mundial en el London Pavillion en Picadilly Circus (Londres) el 6 de Julio de 1964. El siguiente y veloz paso era la aparición del soundtrack de la cinta. Eso fue cuatro días después: el 10 de julio.

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 “Things We Said Today”: Canción escrita por McCartney en un yate en las Islas Vírgenes al lado de su novia. Diálogo del todo acústico.

A Hard Day’s Night fue el disco de la consolidación del Cuarteto de Liverpool como fenómeno musical y social en el planeta. Grabado entre enero y junio de 1964, este tercer trabajo de los Beatles se fraguó de forma extraordinaria en medio del espectacular ajetreo vivido entre aterrizar en los Estados Unidos y la filmación de su primera película. Dos hechos que marcaron un antes y un después en la historia del grupo y, por consiguiente, de la música popular.

“When I Get Home”: Manierismo en pleno del sonido del cuarteto. Su garantía de origen.

Presionados por los plazos de la compañía discográfica, se embarcaron en una carrera contrarreloj en la que la grabación del disco en los estudios  Abbey Road competía con la de la película homónima. La compañía invirtió mayormente en la hechura del disco motivada más por las ventas del soundtrack, cuyas canciones se incluyeron en el lado A del álbum.

A HARD DAY'S NIGHT FOTO 9

 “You Can’t Do That”: George toca por primera vez la guitarra de doce cuerdas y John la solista, desafiando al título.

Contenía las siete canciones que aparecían en la película («A Hard Day’s Night», «Tell Me Why», «I’m Happy Just to Dance with You», «I Should Have Known Better», «If I Fell», «And I Love Her», y «Can’t Buy Me Love»). Más cinco temas escritos exprofeso para complementarlo (“Any Time At All”, “Things We Say Today”, “When I Get Home”, “You Can’t do That, “I’ll Be Back”). Asimismo, incluía «I’ll Cry Instead» que, aunque había sido compuesta también para la cinta, finalmente se excluyó de ella en el último momento.

El Álbum (original) y la cinta anexaban también cuatro versiones instrumentales de algunas canciones («And I Love Her»/«Ringo’s Theme (This Boy)», y «A Hard Day’s Night»/«I Should Have Known Better»), acreditadas a George Martin (el productor) y su orquesta.

NPG x137678; The Beatles with Richard Lester by Michael Peto

 “I’ll Be Back”: Una delicia acústica para lanzar una promesa: volver aunque te rompan el corazón.

El LP de la banda sonora, fue el primero y único compuesto en su totalidad con canciones originales (sin una sola versión). Conserva la esencia de las primeras piezas («de-menos-de-dos-minutos-y-medio»), pero al mismo tiempo deja entrever lo que habría de llegar en el futuro inmediato.

Siete meses les bastaron para componer las trece canciones que compondrían la totalidad el disco que se convirtió en un éxito de ventas instantáneo. La fiebre por el grupo ya era patente, una auténtica pandemia a un lado y otro del Atlántico. Un tiempo vivido entre la vorágine y la explosión del talento.

[VIDEO SUGERIDO: The Beatles A Hard Day’s Night Live in Paris 1965, YouTube (John Canant)]

68 rpm/18

Por SERGIO MONSALVO C.

68 RPM 18 (FOTO 1)

La irrupción de Simon y Garfunkel se dio a mediados de los sesenta con la canción “The Sound of Silence” (escrita por Paul Simon como solista mientras vivió en Londres cantando en diversos cafés).

Años después, en 1968, la pareja musical obtuvo sus galardones con la canción “Mrs. Robinson”, tema que apenas había sido esbozado en una película de bajo presupuesto que descubrió el sexo heterodoxo en la confrontación generacional –con el deseo y sus vericuetos–: The Graduate (El graduado). Un gran éxito de taquilla en todo el mundo, con el que la industria comenzaría a prestar atención a los proyectos independientes.

Desde la infancia, una estrecha amistad había unido a Paul Simon con Art Garfunkel, con quien grabaría a la postre como Tom and Jerry. Tras ello el dúo, ya como Simon and Garfunkel, fue considerado la encarnación máxima de las canciones melancólicas, suaves y preciosistas.

Las baladas reflexivas de este binomio se convirtieron en marca de la casa, ofreciendo además un sonido prístino que permitía disfrutar de su armónica conjunción vocal. Ellos formaron parte del mejor cancionero de los años sesenta y de su simbolismo emocional. Igualmente reflejaron algo del optimismo de la contracultura.

Su popularidad representó la cara “aceptable” de la revolución estético-social inspirada por Bob Dylan y los Beatles. Como Dylan, venían del fermento investigador e ideológico de los folk clubs. Y al igual que los Beatles, se convirtieron en maestros del estudio de grabación.

Eran miembros de la intelectualidad bohemia de Manhattan, más interesada por lo que contaba el New Yorker que por el último número de la  Rolling Stone.

Asimismo, en algún tema se declaran contra la guerra de Vietnam sin hacer una canción de protesta, yuxtaponiendo una celestial interpretación de “Noche de paz” con un noticiero repleto de sangrientas imágenes bélicas. Sus aires universitarios atrajeron a Mike Nichols, quien ensayó la idea de reforzar con sus canciones una película de conflicto generacional.

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 THE GRADUATE

SIMON & GARFUNKEL

(Columbia)

Simon & Garfunkel publicaron dos discos en 1968. El primero apareció en febrero y reunía algunas canciones antiguas que se habían convertido en la banda sonora de The Graduate (El graduado), del director Mike Nichols.

Curiosamente, la única pieza escrita para la película, “Mrs. Robinson”, no se incluyó completa en este disco, sino en el segundo LP del mismo año, Bookends.

 El graduado contaba una situación poco usual. Un joven que acaba de terminar sus estudios universitarios se involucra con la señora Robinson, esposa de un amigo de la familia, en vez de hacerlo con su hija, de la que de todas formas terminará enamorándose.

Así que la cinta despertó pasiones, se brincó algunas convenciones y habló de lo complicadas que pueden ser las relaciones humanas, con un soundtrack que quedó impreso en la memoria colectiva.

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 Personal: Paul Simon, voz y guitarra; Art Garfunkel, voz. Portada: Publicidad del filme.

[VIDEO SUGERIDO: SIMON & GARFUNKEL – LIVE 1967 – “The Sound of Silence”, YouTube (Golden GreatsOldies24)]

Graffiti: “En otros tiempos, sólo tuvimos somníferos. Hoy, las calles”

DAVID LYNCH

Por SERGIO MONSALVO C.

DAVID LYNCH FOTO 1

SILENCIO EXPLÍCITO

El silencio es una materia importante para quien lo conceptualiza, dirige o diseña. Es importante para el estadounidense David Lynch en todos los campos donde trabaja: cinematografía, pintura, fotografía, diseño y música. “Silence is Golden” es uno de sus mantras y el título de una de sus muestras plásticas más célebres, realizada a base de esferas de cristal que contienen y definen tal elemento como imprescindible para el conocimiento y reconocimiento personal.

El ruido, a su vez, es el que le ha proporcionado la perturbación, ese inquietante estado que le ha atraído el sello de originalidad a su obra. Lynch empezó a conocer y a entender el mundo a través del sonido, de la música.

A través de los años, la música le continúa sirviendo tanto o más que al principio, pero su necesidad de silencio ha cambiado. Ya no solo es la ausencia de ruido, sino el reclamo del silencio mental, de espíritu, el que, dice, le permite «pensar desde un orden personal». Esta necesidad lo ha llevado a sumergirse en la meditación trascendental.

DAVID LYNCH FOTO 2

«Mi acercamiento a ello no es desde la religión, sino desde la espiritualidad donde se aprecia también la necesidad de silencio«, ha dicho. Y esta necesidad la cubre, eso sí,  religiosamente desde hace 40 años, con veinte minutos, dos veces al día, de tal meditación.

El silencio, para Lynch debe llevarnos a un encuentro íntimo con nosotros mismos y, a partir de ahí, iniciar un autocuestionamiento que sea capaz de revolucionar nuestro pensamiento y obra. “Cuando acabas te sientes rejuvenecido, las ideas fluyen, la creatividad crece gracias a este océano ilimitado, eterno e inmutable de conciencia que está dentro de ti”, afirma.

Para este “renacentista moderno”, como se le ha llamado, es una forma de enfrentar el triunfo del mundo “productivo”, el que consume y hace consumir. “Un mundo sin silencio; como es actualmente nuestro mundo, no lo genera porque no es productivo«.

DAVID LYNCH FOTO 3

Pero él se ha encargado de desmentir tal aseveración no sólo con su obra multidisciplinaria sino también con la creación de un espacio físico de relajamiento llamado así: “Silencio”

Un centro nocturno y cultural concebido y diseñado por Lynch, inspirándose en el lugar semejante que aparece en su película Mulholland Drive.

Un club exclusivo, de costosa membresía anual,  ubicado en la zona de los bulevares parisinos donde tal elemento está omnipresente en las actividades que ahí se realizan a partir de la medianoche: conciertos,  proyección de películas; salas para lectura, baile y otras performances, además del restaurante y bar lounge.

DAVID LYNCH FOTO 4

Eso incluye la escucha in situ de su propia música, desde el material de BlueBob (con John Neff, del 2001) pasando por Ghost of Love y The Air is on Fire: Soundscape (EP y álbum del 2007, respectivamente), Polish Night Music (aquella colaboración realizada con Marek Zebrowski en el 2008), los dos temas de su intervención en Dark Night of the Soul (el proyecto de Danger Mouse y Sparklehorse, del 2010),

Asimismo, la producción y demás que hizo para Chrysta Bell (This Train, 2011), lo mismo que sus recientes realizaciones como solista Crazy Clown Time y The Big Dream.

Es decir: rock experimental, alternativo e indie, dark ambient, blues eléctrico, música electrónica, clásica moderna y concreta, art rock, americana, dream pop, trip-hop y blues electronírico, una paleta musical tan amplia como ecléctica en sus conceptos, pero siempre bajo su patentado estilo personal.

DAVID LYNCH FOTO 5

En este tiempo es The Big Dream el material que los Dj’s o Vj’s, residentes e invitados, mezclan y proyectan (estos últimos tratando de recrear la estética de los videoclips que Lynch ha plasmado en los suyos con Yoshiki, Rammstein, Moby, Nine Inch Nails o Lykke Li, entre otros) en sus presentaciones en el club.

The Big Dream está compuesto por doce temas, entre los que se incluye una muy buena versión del tema The Ballad of Hollis Brown de Dylan, y un bonus track en compañía de Lykke Li (“I’m Waiting Here”). A todas luces es diferente de su primer disco como solista, Crazy Clown Time, tanto en género como en instrumentación.

En este nuevo trabajo, aunque está presente la programación electrónica y la distorsión vocal a lo largo del mismo, la inclusión tanto de instrumentos de cuerda como de percusiones no orgánicas, le proporciona una cierta atmósfera vintage al  blues eléctrico y surrealista que presenta Lynch, con una interpretación de la guitarra a cargo de Dean Hurley muy al estilo de Link Wray.

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De esta manera, The Big Dream se convierte en un eslabón más –en este caso sonoro– de esas ambientaciones que el director cinematográfico ha mostrado una y otra vez en sus obras audiovisuales (documentales o videos); donde deja de lado el dream pop utilizado con anterioridad. Aquí se centra en el estilo de pesada ensoñación que se ha significado en la personalidad artística del estadounidense.

La mezcla entre dicha instrumentación y la electrónica, insinuada en unos temas (“Say It”, “The Big Dream”, “Star Dream Girl”) y en otros bastante acentuada (“Wishin’ Well”, “The Line It Curves” o “Say It”) es quizá el punto más destacado  en este segundo álbum como solista del cineasta. Una obra de hipermodernidad, donde lo sonoro lanza la vista  atrás para luego producir en el escucha, como en un largo plano-secuencia de 45 minutos, las reconocidas, evocadoras y enigmáticas imágenes, que siempre han caracterizado la imaginería de David Lynch en el presente.

Por lo tanto, The Big Dream –la grabación más fresca, con un material sonoro muy plástico y moldeable de este artista en su faceta de músico– es la confirmación de lo que dijera Leopold Stokowski en su momento: «Un pintor plasma sus cuadros en el lienzo, pero los músicos pintan los suyos en el silencio».

VIDEO SUGERIDO: David Lynch – The Big Dream (Moby Reversion Featuring Mindy J…), YouTube (DAVIDLYNCHSUNDAYBEST)

DASHIELL HAMMETT

Por SERGIO MONSALVO C.

DASHIELL HAMMETT (FOTO 1)

LA PENÚLTIMA COSECHA

Recién cumplidos los trece años de edad tenía Samuel Dashiell Hammett –nacido en Eastern Shore, Maryland, el 27 de mayo de 1894– cuando decidió abandonar los estudios en el Instituto Politécnico de Baltimore. A partir de ahí, trabajó en forma sucesiva como voceador, mozo de carga, obrero de los ferrocarriles, mensajero, estibador y durante ocho años como empleado de Pinkerton, una agencia de detectives privada. Fue este último puesto el que le proporcionó lógicamente la experiencia, el ambiente y los personajes de sus ya clásicas novelas.

Es decir que Hammett en realidad vivió y aprehendió del llamado «mundo verdadero». Padeció años de pobreza y anonimato mientras se creaba un estilo de escritura, para luego producir libros que a la postre se convertirían en célebres. Como los más distinguidos creadores de su época fue también llamado a colaborar con guiones para Hollywood. Como otros tantos, se dedicó al alcohol por un buen tiempo y dejó de escribir. Como algunos, decidió ir a la cárcel antes de darle gusto a los estúpidos macartistas que lo acusaron de conspirador comunista.

DASHIELL HAMMETT (FOTO 2)

Sin embargo, también tuvo una extraña y profunda relación con Lillian Hellman. Hecho que a ella le sirvió para darse a conocer y para plasmar en su mejor escrito el retrato del Hammett trascendente, el cual fue publicado como introducción a los diez cuentos sobre «El agente de la Continental» llamados «The Big Knockover” (El gran golpe), cinco años después de la muerte de Hammett ocurrida en 1961.

Este escritor estadounidense fue el primero en marcar una clara ruptura con la novela policiaca tradicional y utilizar el género para mostrar una visión esencial de la vida. Expresó en forma específica el vértigo de los años veinte y el sombrío ambiente de los treinta, en medio de la crisis del sistema. Sus libros (Cosecha roja, La maldición de los Daín, El halcón maltés, La llave de cristal, El hombre delgado, así como las recopilaciones de cuentos), plenos de literatura y nihilismo, lograron la pureza mediante lo meticuloso, el ingenio y la autenticidad.

Las historias de Hammett poseían novedosas cualidades. Sus pautas de realismo fueron sustentadas por una prosa cínica, dura y explícita, manejada con una habilidad tal que delineaba los caracteres con unos cuantos trazos precisos, escuetos y reveladores, admirablemente adecuados a la forma y las exigencias del misterio, el suspense y el protagonista (incluyendo la ironía y la paradoja).

Asimismo desarrolló el escenario urbano, la violencia significativa; rescató con buen oído el lenguaje callejero, inventó muchos de los patrones más efectivos de la trama y articuló al héroe de la novela negra –presencia genuina del mito–, creando una mezcla especial de sutiles elocuencias y rudas emociones que seguirían siendo el sello característico de la novela negra por muchos años.

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Dashiell Hammett vio y escribió sobre una cultura en la que los pequeños ladrones iban a la cárcel mientras que los verdaderos y grandes criminales se postulaban como candidatos políticos, trabajaban como funcionarios públicos o como policías (cualquier semejanza con nuestra realidad es mero devenir histórico).

Representó al mundo criminal como una reproducción, tanto en su estructura como en detalle, de la moderna sociedad capitalista de la que dependía, era víctima y de la que formó parte.  Conectó y yuxtapuso el mundo del arte de la escritura con los mundos fraudulentos y corruptos de la sociedad en interacciones vertiginosas, llenas de tensión y ambigüedad. Y esto lo hizo en el corto periodo de diez años que duró escribiendo y publicando (comenzó a los 30 en la revista Black Mask y se retiró a los 40 tras la edición de El hombre delgado).

Años después, en español, la editorial Edivisión lanzó la que fue la penúltima novela de Hammett, Una mujer en la oscuridad, de la que se nos hace saber publicó por entregas, mientras vivía, en la revista Liberty en abril de 1933. Estuvo «perdida» entre sus páginas por mucho tiempo. En ella, la narrativa hammettiana transcurre rápida y ordenada entre las chispas de un drama eterno que deriva del sentido básico de la vida por parte del autor: la visión de un cosmos irracional en el que todas las reglas, toda la aparente solidez de la materia y la rutina pueden ponerse de cabeza en cosa de instantes; esto es lo que impregna la obra en principio.

Su personaje, Brazil, otro héroe lacónico y duro, se niega a colocarse en la situación del perdedor. Hammett escribió aquí sobre los inadaptados, condenados a vivir una existencia de pesadilla sin esperanzas de escapatoria.  Y aunque el final romántico de la novela rompe con anteriores trabajos, no afecta su invariable perfección estilística.

Recientemente, a su vez, la editorial RBA publicó el summum de la obra hammettiana bajo el título de Disparos en la noche (65 relatos policiacos organizados de manera cronológica y esmerada, y para los fanáticos de su detective más famoso (que siempre llevará la cara, el porte y la gabardina de Humprey Bogart) la compilación titulada Todos los casos de Sam Spade. Una gran comilona literaria, sin efectos dañinos, goce puro.

“En un momento u otro he tenido que mandar al demonio a todo tipo de gente, del Tribunal Supremo para abajo, y no me ha pasado nada. Y si no me ha pasado nada es porque nunca he perdido de vista que tarde o temprano llegará el día del ajuste de cuentas; y cuando llegue ese día quiero estar en condiciones de entrar en la jefatura precedido por una víctima propiciatoria y decir: ‘¡Eh inútiles, aquí tienen al criminal!’. Mientras pueda hacer eso, nada me impedirá reírme en la cara de todos los jueces y de todas las leyes habidas y por haber. Pero, la primera vez que eso me falle, seré hombre muerto”.

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IMÁGENES SINCOPADAS

Por SERGIO MONSALVO C.

Imágenes sincopadas (foto 1)

 CINE Y JAZZ

 (Contraportada)

El cine y el jazz se desarrollaron como géneros artísticos desde los primeros años del siglo XX. Entre el final de la I Guerra Mundial y el inicio de la era sonora en el cine la época estuvo marcada por el jazz y otras músicas sincopadas, que desempeñaron un papel persuasivo e influyente en el trastorno social que sacudió la cultura estadounidense.

Su terreno eran los speakeasies, clubes nocturnos que pertenecían a los gangsters y eran frecuentados por ellos, además de los casinos, tabernuchas, burdeles y salones de baile baratos. Se le consideraba bajo en lo social y lleno de implicaciones eróticas, vulgar, agresivo y poco estético. Pero igualmente  fresco, liberador y desinhibido.

Asimismo se le veía como un aspecto fundamental del nuevo espíritu de la época y se convirtió en el perfecto acompañamiento musical de los años veinte, que al poco tiempo se conocieron como la «era del jazz».  Por lo tanto, resultaba natural que el cine se remitiera al género a fin de corresponder al nuevo estado de ánimo de su público. Hollywood percibió de inmediato el potencial de las películas que lo reprodujeran…

Imágenes sincopadas (foto 2)

Imágenes Sincopadas

Cine y Jazz

Sergio Monsalvo C.

Times Editores, México, 1999

 

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ALEJANDRO ESCOVEDO

Por SERGIO MONSALVO C.

ESCOVEDO FOTO 1

 EL ROCK COMO PATRIA

Alejandro Escovedo nació en 1951 en San Antonio, Texas, como miembro de una numerosa familia de origen mexicano (trece hermanos). En ella la música era una materia importante (el padre había sido mariachi en su natal Saltillo), lo mismo que la radio. De niño escuchó en ella a Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis. Aquella música lo atrapó para siempre. Asimismo, después de tocar el violín hasta los diez años de edad cambió el instrumento por la guitarra eléctrica.

Sus hermanos mayores, Coke y Pete, también estaban inmersos en dichos sonidos. Al igual que una prima suya quien lo introdujo en los secretos del rock & roll. Cuando demostró saber algo de aquella música sus hermanos le permitieron acceder a sus colecciones de discos y a los conciertos. A la postre ellos se harían famosos como percusionistas (de Santana y Cal Djader, respectivamente) de salsa y jazz latino.

En la adolescencia se mudó a California con su familia. Vivió de primera mano toda la escena sesentera de San Francisco y su filosofía. Practicaba la guitarra en tocadas informales con sus hermanos. Fue a la universidad con la intención de estudiar cine. Pero éste lo devolvió a la música y a fundar uno de los grupos pioneros del punk estadounidense: The Nuns. Era una manera de decir algo. Aunque había un componente político, básicamente era un modo de expresarse sin importar el género biológico, raza o cultura. Era también una respuesta al divismo de las estrellas del rock.

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The Nuns Obtuvieron notoriedad e incluso fueron teloneros de los Sex Pistols en su famosa gira por los Estados Unidos. No obstante, este hecho volvió a reencauzar la carrera de Escovedo. Desencantado por el excesivo hedonismo del grupo británico, al que se adhirieron sus compañeros en una carrera de autodestrucción, optó por abandonar dicha banda, trasladarse a Austin, en Texas, y enrolarse en el llamado cowpunk con Rank and File. En realidad era un grupo precursor del alt country, como lo sería también Jason and The Scorchers.

Tras mezclar ahí el reggae y el dub con el country, Alejandro continuó buscando su camino. Se trasladó a Nueva York para conocer de cerca a los hacedores del punk de aquellos lares (Ramones, Blondie, Television, Talking Heads, Patti Smith) y sobre todo a los integrantes del Velvet Underground. Una de sus influencias mayores.

De entre ellos se relacionó con John Cale y Sterling Morrison, con quienes intercambiaría técnicas en la guitarra y uniría a la postre una estrecha amistad. También de su paso por la Gran Manzana, Escovedo evoca con afecto su colaboración con una de las musas de la no wave, Judy Nylon.

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A su regreso de la Urbe de Hierro y con las pilas bien cargadas se juntó con su hermano Javier (procedente de The Zeros) para crear The True Believers con un sonido más duro y rockero, al estilo de Mott the Hoople y The New York Dolls.

 “En la época de True Believers, trabajábamos pintando casas durante el día, y luego, con dos ‘packs’ de la cerveza más barata, nos pasábamos desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la mañana tocando en el garage. Nuestro primer concierto fue en Oklahoma, y aseguramos poseer repertorio para tres horas. Nos alcanzaba solo para cuarenta minutos, por lo que, de camino, intentábamos recordar todas las canciones de punk, reggae o country que nos sabíamos”.

Éste, fue un grupo ochentero de sonido netamente estadounidense, con el elemento central de tres guitarristas compositores y cantantes que, sin embargo, no obtuvo reconocimiento pues se adelantó al movimiento sonoro que luego encabezarían los Replacements.

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En los años noventa, instalado ahora en San Antonio, inició su carrera como solista con el disco Gravity (1992), que fue donde finalmente encontró su voz particular. Obtuvo la libertad del músico de culto que le permitió navegar entre el alt country, el rock alternativo, el americana y el rock de raíces. Se rodeó de una buena banda de apoyo y salió a la carretera para contar las realidades de lo que vivía y observaba en el acontecer cotidiano, en general, y en la propia existencia, de manera franca.

Gravity lo determinó desde el principio como un artista que dejaría huella. La producción del disco, obra de Stephen Bruton (mano derecha de Kris Kristofferson durante mucho tiempo), por supuesto que ayudó, pero el nivel compositivo, la concepción musical y la calidad como intérprete, resultó tan contundente, poderosa y con la variedad que sólo proporciona el conocimiento profundo de las músicas convocadas.

Ello quedó asentado en álbumes como Thirteen Years, With These Hands y el disco en vivo More Miles Than Money. Grabaciones en las que se pudo captar la intimidad vocal que emanaba Escovedo y dentro de ella la construcción de la sinceridad como categoría estética. Una categoría que definió a partir de ahí y para siempre lo que debían ser, contener y respaldar con sus sonidos los géneros citados. A partir de tales producciones empezó a ser nombrado como influencia por músicos y grupos como Giant Sand, Wilco y los Jayhawks.

Su libertad de movimiento le permitió, igualmente, realizar colaboraciones con otros músicos y participar en tributos muy señalados por sus aportaciones solidarias. De las primeras destacan la que llevó a cabo con Ryan Adams en el grupo Whiskeytown. Y entre los segundos: los tributos a Skip Spence, a Sterling Morrison y a Doug Sahm (“Intento participar en discos así cuando me lo piden, creo que es esa sensación de comunidad lo que nos ayuda a todos”). Por todo su auge, estela y calidad la biblia del género, la revista No Depression lo nombró “Artista de la Década”. La cual el músico cerró con el disco Bourbonitis Blues.

Ante la complejidad de una vida asediada por la incertidumbre del saber el qué pero no el cómo, y ante la perspectiva de un vacío insoluble, Escovedo se dedicó  a buscar una expresión en la que pudiera canalizar sus inquietudes. De esta manera vida y música se igualaron finalmente gracias a la conquista de un lenguaje que desde entonces es una simiente ajena a los límites establecidos de los géneros. Este músico hizo de tal forma una fuente constante de sí mismo, un género particular que engloba a muchos otros.

Ya con un estilo definido y con perspectivas de evolución, Alejandro Escovedo encaró el siglo XXI con trabajo e inspiración. Aparecieron entonces A Man Under the Influence (2001) y By the Hand of the Father (2002). El primero lo grabó en Carolina del Norte con Chris Stamey (ex dB’s) como productor. Y By The Hand Of The Father, fue un musical creado en homenaje al patriarca del clan Escovedo.

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 “Pude hacerle ese regalo antes de que muriera. Las historias que nos contaba de niños (fue emigrante, mariachi y boxeador) son, quizá, la razón de que yo acabara escribiendo canciones”. Una de ellas, “The Rain Won’t Help You When It’s Over”, interpretada junto a su hermano, Javier, se erige en una de sus favoritas. Ambos la compusieron mientras formaban parte de True Believers.

Sin embargo, contra el destino nadie la talla, y una enfermedad agazapada brincó de repente con la intención de truncarle la carrera y la existencia. En el 2003 se le diagnosticó hepatitis C y pasó, además de por las secuelas de una gravedad física, por una situación crítica al carecer de seguro médico. No podía pagarse la costosa curación, ni tampoco trabajar.

No obstante, colegas, amigos y familiares proyectaron un álbum y actuaciones conjuntas para mostrar su apoyo y admiración por el compositor y músico. Lanzaron el disco Por vida: A Tribute To The Songs Of Alejandro Escovedo. En él estuvieron John Cale, Lenny Kaye, Lucinda Williams y Calexico, por mencionar unos cuantos.

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No extraña que tal avalancha de músicos acudiera al rescate del cantautor texano. El disco, una celebración a su talento, le permitió enfrentarse a la enfermedad y reflejó, además, los múltiples sentimientos que han provocado sus canciones. “Los beneficios de ese álbum me ayudaron, pero el gesto me curó”, ha asegurado Escovedo.

En el 2005 fue dado de alta finalmente. Se puso a trabajar de inmediato. Y desde entonces ha lanzado media docena de álbumes hasta la fecha (Room of Songs, The Boxing Mirror, Real Animal, Live Animal, Street Songs of Love, Big Station –producido por el no menos mítico Tony Visconti) confirmando su buen estado, talento e inspiración. En ellos Alejandro se ha seguido identificando con el sonido texano: “Me va muy bien su ritmo y su libertad, sobre todo las de Austin. Ahí no prima la ambición; solo quieren hacer música. Me encantan”.

El sonido futuro de Escovedo, en todo caso, se debatiría entre el de una banda con trece miembros (con metales, alientos y cuerdas) o el más íntimo que mostró en su debut como solista en Gravity: guitarra, batería, bajo, teclado y cello. Él persiste en la idea de combinar lo muy eléctrico con las cuerdas, y firme en su valoración del espacio entre las notas (combinando crescendos de ruido libre con preciosos susurros minimalistas. “La fuerza de la música no consiste en un bombardeo continuo, sino en ofrecer silencio lo mismo que volumen”, ha dicho).

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Este guitarrista y cantante texano es un superviviente del rock, de los que hacen cierto el dicho de que los viejos rockeros nunca mueren. Practica un rock desafiante, con el respaldo de una banda curtida en mil batallas musicales (The Sensitive Boys: David Pulkingham, guitarra; Bobby Daniels, bajo; Hector Muñoz, batería), y mantiene su aura mítica para muchos músicos que reconocen su influencia.

Todos sus discos han hecho de este músico un nombre imprescindible dentro del género que se suele llamar americana, pero que combina elementos de alt country, rock alternativo y de raíces.“Soy un tipo afortunado. He hecho, visto y experimentado mucho. Y sólo pienso en escribir nuevas canciones”, ha afirmado. (Man of the World, es el título de su siguiente álbum)”.

Con músicos como Escovedo, el alma del rock and roll sigue viva, exultante.

Él ya ha pasado a la historia por revitalizar el rock estadounidense y perfeccionar el sonido fronterizo que ha sido popularizado por muchas otras bandas y artistas.

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Regularmente le preguntan cómo define su música y él contesta que ésta es producto de una enorme colección de discos, que también incluye los de sus hermanos mayores. “Soy un músico de rock and roll. Es un concepto universal. Nunca me ha interesado ser definido por mi cultura (de origen mexicano, latino). Me gusta estar libre de tales ataduras étnicas o geográficas, poder moverme en direcciones diferentes”, ha señalado.

Alejandro Escovedo se inclinó por el rock and roll desde niño. Esa es su patria. Es el estilo que siempre le ha gustado por encima de cualquier otro. “Crecí en los años sesenta, pensando que esa música podía salvar al mundo. Sé que a mí me ha salvado de muchas cosas, así que siempre pienso que lo mismo puede sucederle a otras personas”.

VIDEO SUGERIDO: Alejandro Escovedo – Everybody Loves Me, YouTube (bigbenrich)

68 rpm/17

Por SERGIO MONSALVO C.

68 RPM 17 (FOTO 1)

De tal escuela forjada por una agrupación como Deep Purple salieron puros líderes o líderes puros, quienes primero dentro y luego por su cuenta desarrollaron estilos para la evolución del subgénero. Por sus filas pasaron varios de los guitarristas más destacados en la historia del rock, como Ritchie Blackmore y Steve Morse.

Blackmore, fundador y cabeza en algún momento, entró y salió de la formación tantas veces que ya no se cuentan, impuso su sello ahí, en el comienzo, y luego lo mantuvo en otras etapas: el uso abundante de su instrumento le otorgó un carácter mayor y al mismo tiempo más bombástico a las piezas.

Éstas, en conjunto, hablan de mundos evolucionados con mitos e historias, como el que da título al disco y que está basado en un manuscrito del siglo VI atribuido al poeta Taliesyn.

68 RPM 17 (FOTO 2)

 BOOK OF TALIESYN

DEEP PURPLE

(Harvest Records)

Con la presencia de Blackmore, en esta época dorada, los temas formaron unidades indisolubles (“Wring That Neck», “Kentucky Woman”, el medley “Exposition”, «Shield» y “Anthem», entre ellas).

El músico creó con su guitarra una motivación fabulosa, viva y en peregrinación ininterrumpida hacia los oídos pasmados de los escuchas. Sus riffs están labrados en oro en el Arcano rockero.

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Personal: Ritchie Blackmore, guitarra principal; Jon Lord, órgano y teclados; Rod Evans, voz; Ian Paice, batería; Nick Simper, bajo. Portada: Creada por el ilustrador y autor John Vernon Lord.

[VIDEO SUGERIDO: Deep Purple – Listen, Learn, Read On, YouTube (Timaeus1)]

Graffiti: «La belleza será convulsiva o no será”

EUGENIO TOUSSAINT

Por SERGIO MONSALVO C.

Eugenio (foto 1)

 EL JAZZ Y SUS LEGADOS*

 Para Eugenio Toussaint, el jazz era el único lenguaje musical que tenía la posibilidad de expresión espontánea. No estaba supeditado a un cartabón o a una cosa en particular, más que a una estructura armónica, o a veces ni a eso. Para él era una música que permitía la mayor cantidad de expresión al músico, sobre todo al intérprete. «Y por lo que muchos de nosotros nos acercamos a ella es precisamente por la posibilidad de libertad de expresión instantánea que nos da la improvisación —comentó—. El jazz es eso, una música que permite el mayor grado de libertad dentro de todas las áreas de la música».

Al respecto de su carrera dentro del jazz, de sus orígenes y sus planes, fue que charlé con él, uno de los nombres más sobresalientes en el medio jazzístico mexicano, una mañana de fines del año 2000.

Eugenio (foto 2)

S.M.: ¿Cómo se dio tu gusto por el jazz?

E.T.: «Mucho tuvo que ver con el ambiente familiar en el que crecí. Mi abuelo era un fanático del jazz, tenía muchos discos y una pequeña casa en Cuernavaca donde nos invitaba los fines de semana o en vacaciones. Era muy agradable porque tenía su alberca y demás, e invariablemente en el fondo oías música de jazz. A él le gustaba mucho Ellington, Brubeck, Oscar Peterson, las big bands de Harry James y más viejitas.

Ese sonido para mí automáticamente era Cuernavaca, el sol, sentirse a gusto, buena comida, relajamiento y música detrás. Y como que se me fue pegando. Mis padres también eran muy fanáticos del jazz. Iban mucho al Riguz y a otros lugares semejantes.

Inclusive a mí, de repente, me empezaron a llevar cuando todavía era menor de edad, me escondían detrás de la puerta. A los 13 o 14 años iba a escuchar a Chilo Morán y a toda la bola de músicos. Igualmente, concierto de jazz que había en México, concierto de jazz al que nos llevaban en los sesenta o setenta. Desde entonces íbamos al Auditorio Nacional, al Teatro Ferrocarrilero, al Teatro de los Insurgentes.

Así que, a propósito o no, a mí se me pegó mucho y siempre me gustó como sonaba esa música. Me llamó muchísimo la atención, la sentía mucho más complicada que el rock, que era donde yo estaba metido. Tocaba la guitarra y sacaba canciones de los Beatles, de los Monkees o de los Rolling Stones o lo que fuera, pero siempre el jazz me llamó la atención porque lo sentía como una forma más complicada  de lo que yo estaba haciendo. Lo veía muy lejos de mí como posibilidad para hacerlo, pero el interés por el sonido fue finalmente lo que me orilló a mí y a mis hermanos hacia él».

S.M.: ¿De qué forma llegaste al piano?

E.T.: «Fue toda una odisea en mi vida. Originalmente empecé por el piano porque de chavo mi ideal era ser pianista de concierto, tocar a Mozart y a Debussy y lo que fuera, pero tuve una pésima maestra que no supo aprovechar que yo sí tenía oreja para la música. Me trató de enseñar a leer las notas a la fuerza y eso me sacó de onda e inmediatamente me fui a la guitarra. Fui guitarrista y baterista muchos años y toqué rock con ambos. Me gustaba porque yo tocaba el requinto y en él se podían hacer solos improvisados, probablemente ya me venía el gusano desde ahí.

En 1972 volví a regresar al piano porque ahí estaba en la casa y ese era el instrumento que más se prestaba para lo que yo quería hacer dentro del jazz. Cuando empecé con mis pininos confirmé que era el instrumento para mí, más que la guitarra. Como guitarrista yo no veía posibilidad de pasarme al jazz. Tomé el piano porque me ofrecía más posibilidades de expresión.

Nunca me imaginé la complicación técnica que iba a ser escoger el piano, pero pensé que ése era mi instrumento y por ahí me fui. Y también era para bajarle un poco al decibelaje. Empezar a tocar jazz fue para mí una reacción al rock. El rock de repente me empezó a aburrir un poco, no tanto la música como el ambiente.

Al principio de los 70 surgió la música disco y ya no había el rock que a mí me gustaba: el rock pesado de Hendrix y Black Sabbath, de Grand Funk. Así que cuando el rock se diluyó me juré que no iba a tocar música disco. Afortunadamente empezaron también a aparecer grupos como Emerson, Lake and Palmer o Yes, etc., lo progresivo, que era un poco rock, un poco jazz y un poco de música clásica, y los efectivos ahí eran los tecladistas y ésa fue otra razón: tratar de ser el efectivo en el teclado. Cuestión de ego probablemente. El piano estaba en la casa y se me facilitó».

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S.M.: ¿Le entraste a la cuestión académica?

E.T.: «En mi caso no me hubiera venido mal haber tenido un poquito más de formación académica, sobre todo por el asunto técnico, muscular y de lectura también. Sé que hay mucha gente en el jazz que no ha tenido esa formación, yo soy uno de ellos, pero he encontrado otros caminos para aprender: libros, sacar solos de oído, transcribirlos en papel. Fue así como los fui aprendiendo.

El jazz no se enseñaba en México en aquel entonces, y los que ya tenían conocimientos te decían de plano que no te pasaban tips, porque ellos llevaban 25 años en eso y con muchos trabajos. Así que la única manera era por uno mismo. Yo leía en el Down Beat que muchos músicos transcribían los solos de otro. Poco a poco empecé a hacerlo, a conseguir libros y así, a como Dios me dio a entender. En un nivel de preparación física sí me hubiera gustado tener un poco más de preparación».

S.M.: ¿Quiénes han sido tus mayores influencias en el piano jazzístico?

E.T.: «Definitivamente Oscar Peterson, Bill Evans, Herbie Hancock, Chick Corea, Joe Zawinul, McCoy Tyner. Como gusto personal, Herbie Hancock sería mi influencia más fuerte, en cuanto a piano acústico se refiere, por su tipo de armonías, por sus formas de improvisar. El tipo de escalas que me gusta o los sonidos que me gusta oír están en el lenguaje de Herbie Hancock».

S.M.: ¿Cuál es el estilo que más te ha interesado interpretar dentro del jazz?

E.T.: «Para mí lo máximo que había era Weather Report. Lo que quería era conseguir un jazz que tuviera detrás un concepto, no simplemente estar tocando standards o un jazz tradicional, me gustaba lo conceptual y Weather Report era el bastión en ese sentido, lo mismo que Miles Davis. Creo que ese estilo fue el que más me interesó interpretar antaño.

Ahora cuando toco en conciertos es el hardbop, es a lo que me inclino más: muy poquita estructura, armónica y melódica, y mucha improvisación, cuasi libre pero con mucho ritmo. La cuestión brasileña, latina, también me gusta. Por otro lado, soy extremista en cuanto a formatos se refiere: trío o big band«.

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S.M.: ¿Hay futuro para ti en el jazz?

E.T.: «Muy poco, definitivamente. Ya no es mi proyecto de vida para nada. El jazzista completito está dentro de mí, pero lo he canalizado por otro lado. Si se me da por ahí la oportunidad de hacer un concierto lo hago, disfruto mucho estar en contacto con el público, la gozo de veras. En el futuro me gustaría hacer una big band, pero es cosa de ir contra viento y marea. Simplemente tratar de juntar a los 15 músicos que integran la big band es una locura. Tengo las composiciones para ello, y de hecho quisiera hacer más.

Acabo de estar en Cincinnati y la big band de la universidad de allá quiere entablar una relación conmigo a ese nivel. A la mejor les escribo algunas otras piezas. Pero definitivamente el jazz ya no es mi camino. La cuestión de la composición clásica me está llevando por otros caminos y está tomando todo mi tiempo. Lo más que podría hacer de repente en el jazz sería un concierto por ahí, pero sólo en caso de que me lo ofrecieran. Ya no los busco, francamente.

Ya no estoy componiendo para grupo de jazz, y no quiero tocar siempre lo mismo, no sería justo para la gente que me fuera a ver. Al público hay que ofrecerle algo nuevo. Quien quite y un día me brinque la chispa y haga algo. Me quedé con la cosquilla de hacer un disco como pianista solo y con muchos invitados. Eso probablemente sí lo haga, incluyendo tracks sólo con orquesta. Me cuesta mucho trabajo tocar completamente solo, ése es uno de mis grandes traumas como pianista: no me siento bien tocando solo.

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De Sacbé —el grupo que fundé con mis hermanos hace 25 años— es muy feo decir que ya murió, pero yo creo que así es. Cumplió lo que tenía que cumplir. Fue para todos un proyecto muy padre con el que se lograron muchas cosas. A cierta gente le cae gordo porque las hicimos, y ya sabes que hacer cosas en este país es pecado. Pero no se puede negar que lo que se hizo se hizo, bueno o malo, pero se hizo. Ahora honestamente veo muy difícil que se pueda volver a juntar Sacbé, muy difícil.

El disco Pintores es uno de los testamentos del grupo. El otro yo creo que va a ser una antología que estoy haciendo con todas mis composiciones jazzísticas escritas, para dárselas a grupos interesados en ellas. Las que hice durante todo el recorrido con el grupo. Las composiciones son para que se toquen, y con ello quiero romper un poquito con ese estigma de que las piezas de Sacbé sólo las puede tocar Sacbé. Me gustaría ver cómo las toca otra gente. Hay un grupo en Guadalajara al que le gusta mucho nuestra música y al que me gustaría darle todo el libro y ver qué hace, se llama Vía Libre. A ver qué pasa. Ahora estoy dedicado a la música de concierto exclusivamente».

Discografía selecta de Eugenio Toussaint: Blue Note, Antología I y II, Sacbé, Selva tucanera, Street Corner, Aztlán, Dos mundos, Sleeping Lady, Como siempre y Pintores.

 *(Entrevista realizada para la columna Jazzteca del sitio esmas.com. Apareció publicada el 9 de noviembre del 2000)

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EUGENIO TOUSSAINT

EL PEZ DORADO

Por SERGIO MONSALVO C.

En el clímax de su época, el poeta Samuel Coleridge escribió unas líneas que pueden adecuarse para hablar del disco más reciente del pianista Eugenio Toussaint: “¡Oh, autor! Si en tu mente tuvieras / Playas como las del pensamiento musical / ¡Oh gentil autor! Hallarías / Un cuento en cada cosa”. El pez dorado es la aplicación de tal pensamiento en los once temas que lo componen. En esta obra se da la triangulación del sueño, la imagen y el recuerdo. Una triangulación buscada en el ideal romántico.

Producto del ejercicio onírico es el track “Meryl”. Si en efecto uno pudiera llamar a algo “un sueño” bajo tal contexto, sería con esta pieza. Es un sueño en el que todas las imágenes surgen ante la vista del autor y al mismo tiempo se colocan las notas correspondientes con la sensación o la conciencia de la creación.

Al despertar, como seguramente lo hizo Eugenio en esta ocasión, le pareció como si aún tuviera la nitidez exacta de los hechos: tomó el lápiz o la pluma y escribió de inmediato las líneas que se manifestaron a través de las imágenes como la expresión de un deseo. Ejercicio inverso es “Sin historia”, un tema robado al sueño. Un trabajo asiduo hasta su resolución en la vigilia. Sólo quien posee en modo directo la impresión de un sentimiento —como la nostalgia, por ejemplo— puede mostrar lo casual y consecuente de su efecto.

En ambos casos la música como complemento de la realidad. En ambos, la intimidad del piano solo para dialogar consigo mismo, con las realidades personales. Así lo hizo este artista mexicano en un proceso de grabación que se llevó a cabo en el legendario Estudio B de la compañía Capitol en Los Ángeles, bajo la producción de Juan Carlos Paz y Puente, un personaje que ha abierto un camino importante para los pianistas nacionales y que merece un gran crédito por ello. Un camino que sólo puede ser nocturno para su mejor ambientación.

Para Toussaint el campo quedó a su disposición las noches del 14 y 15 de septiembre del 2002, fecha en que se realizó el proyecto. “El chiste de este disco fue captar el momento, es muy íntimo porque surge de la idea de presentarme encuerado”, ha señalado el pianista y compositor.

En dicho striptease, el otro elemento protagónico —aparte del sueño y la imagen— es el recuerdo, ese punto en el que se piensa y habla del tiempo ido. Recuperar momentos de vida mediante la creación, ¿pero recuperar qué? Impresiones, recuerdos, memorias, sensaciones, olores, sabores, personas y sonidos, entre otras cosas. Tratar de atrapar lo fugitivo, lo fortuito. En El pez dorado Toussaint recupera piezas escritas hace 25 años y que nunca grabó con el grupo Sacbé del que formó parte junto con sus hermanos (excepto el tema “Iztaccihuatl”) debido a que no se prestaba para el tipo de repertorio que manejaban en él.

Es decir, El pez dorado es la personal búsqueda del tiempo ido del pianista. No como la de instantes perdidos a lo Proust, sino como una forma de redescubrir y de iluminar sobre la vida para convertirla en objeto estético, en cosa musical. Una búsqueda, no del fluir intermitente del tiempo sino de su deslizamiento inteligente: captar la duración, no la sucesión.

Muestra clara de esto es el tema que da nombre al disco, “El pez dorado”, una abstracción impactante que determina a un temprano ser sensible, con un amor por la imagen y su proyección que con el paso de la vida le renueva los sentimientos. Por eso Toussaint habla de encuerarse en este disco, porque hay la exposición tanto del instrumentista y compositor como del hombre que practica el arte y que hace de él lo vivido.

Eugenio Toussaint, El pez dorado, M & L Music, 2003. (Reseña publicada en la revista Mixup el mismo año)

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Este músico murió el 8 de febrero del 2011en la Ciudad de México.

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