DAVID LYNCH

Por SERGIO MONSALVO C.

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SILENCIO EXPLÍCITO

El silencio es una materia importante para quien lo conceptualiza, dirige o diseña. Es importante para el estadounidense David Lynch en todos los campos donde trabaja: cinematografía, pintura, fotografía, diseño y música. “Silence is Golden” es uno de sus mantras y el título de una de sus muestras plásticas más célebres, realizada a base de esferas de cristal que contienen y definen tal elemento como imprescindible para el conocimiento y reconocimiento personal.

El ruido, a su vez, es el que le ha proporcionado la perturbación, ese inquietante estado que le ha atraído el sello de originalidad a su obra. Lynch empezó a conocer y a entender el mundo a través del sonido, de la música.

A través de los años, la música le continúa sirviendo tanto o más que al principio, pero su necesidad de silencio ha cambiado. Ya no solo es la ausencia de ruido, sino el reclamo del silencio mental, de espíritu, el que, dice, le permite “pensar desde un orden personal”. Esta necesidad lo ha llevado a sumergirse en la meditación trascendental.

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Mi acercamiento a ello no es desde la religión, sino desde la espiritualidad donde se aprecia también la necesidad de silencio“, ha dicho. Y esta necesidad la cubre, eso sí,  religiosamente desde hace 40 años, con veinte minutos, dos veces al día, de tal meditación.

El silencio, para Lynch debe llevarnos a un encuentro íntimo con nosotros mismos y, a partir de ahí, iniciar un autocuestionamiento que sea capaz de revolucionar nuestro pensamiento y obra. “Cuando acabas te sientes rejuvenecido, las ideas fluyen, la creatividad crece gracias a este océano ilimitado, eterno e inmutable de conciencia que está dentro de ti”, afirma.

Para este “renacentista moderno”, como se le ha llamado, es una forma de enfrentar el triunfo del mundo “productivo”, el que consume y hace consumir. “Un mundo sin silencio; como es actualmente nuestro mundo, no lo genera porque no es productivo“.

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Pero él se ha encargado de desmentir tal aseveración no sólo con su obra multidisciplinaria sino también con la creación de un espacio físico de relajamiento llamado así: “Silencio”

Un centro nocturno y cultural concebido y diseñado por Lynch, inspirándose en el lugar semejante que aparece en su película Mulholland Drive.

Un club exclusivo, de costosa membresía anual,  ubicado en la zona de los bulevares parisinos donde tal elemento está omnipresente en las actividades que ahí se realizan a partir de la medianoche: conciertos,  proyección de películas; salas para lectura, baile y otras performances, además del restaurante y bar lounge.

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Eso incluye la escucha in situ de su propia música, desde el material de BlueBob (con John Neff, del 2001) pasando por Ghost of Love y The Air is on Fire: Soundscape (EP y álbum del 2007, respectivamente), Polish Night Music (aquella colaboración realizada con Marek Zebrowski en el 2008), los dos temas de su intervención en Dark Night of the Soul (el proyecto de Danger Mouse y Sparklehorse, del 2010),

Asimismo, la producción y demás que hizo para Chrysta Bell (This Train, 2011), lo mismo que sus recientes realizaciones como solista Crazy Clown Time y The Big Dream.

Es decir: rock experimental, alternativo e indie, dark ambient, blues eléctrico, música electrónica, clásica moderna y concreta, art rock, americana, dream pop, trip-hop y blues electronírico, una paleta musical tan amplia como ecléctica en sus conceptos, pero siempre bajo su patentado estilo personal.

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En este tiempo es The Big Dream el material que los Dj’s o Vj’s, residentes e invitados, mezclan y proyectan (estos últimos tratando de recrear la estética de los videoclips que Lynch ha plasmado en los suyos con Yoshiki, Rammstein, Moby, Nine Inch Nails o Lykke Li, entre otros) en sus presentaciones en el club.

The Big Dream está compuesto por doce temas, entre los que se incluye una muy buena versión del tema The Ballad of Hollis Brown de Dylan, y un bonus track en compañía de Lykke Li (“I’m Waiting Here”). A todas luces es diferente de su primer disco como solista, Crazy Clown Time, tanto en género como en instrumentación.

En este nuevo trabajo, aunque está presente la programación electrónica y la distorsión vocal a lo largo del mismo, la inclusión tanto de instrumentos de cuerda como de percusiones no orgánicas, le proporciona una cierta atmósfera vintage al  blues eléctrico y surrealista que presenta Lynch, con una interpretación de la guitarra a cargo de Dean Hurley muy al estilo de Link Wray.

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De esta manera, The Big Dream se convierte en un eslabón más –en este caso sonoro– de esas ambientaciones que el director cinematográfico ha mostrado una y otra vez en sus obras audiovisuales (documentales o videos); donde deja de lado el dream pop utilizado con anterioridad. Aquí se centra en el estilo de pesada ensoñación que se ha significado en la personalidad artística del estadounidense.

La mezcla entre dicha instrumentación y la electrónica, insinuada en unos temas (“Say It”, “The Big Dream”, “Star Dream Girl”) y en otros bastante acentuada (“Wishin’ Well”, “The Line It Curves” o “Say It”) es quizá el punto más destacado  en este segundo álbum como solista del cineasta. Una obra de hipermodernidad, donde lo sonoro lanza la vista  atrás para luego producir en el escucha, como en un largo plano-secuencia de 45 minutos, las reconocidas, evocadoras y enigmáticas imágenes, que siempre han caracterizado la imaginería de David Lynch en el presente.

Por lo tanto, The Big Dream –la grabación más fresca, con un material sonoro muy plástico y moldeable de este artista en su faceta de músico– es la confirmación de lo que dijera Leopold Stokowski en su momento: “Un pintor plasma sus cuadros en el lienzo, pero los músicos pintan los suyos en el silencio”.

VIDEO SUGERIDO: David Lynch – The Big Dream (Moby Reversion Featuring Mindy J…), YouTube (DAVIDLYNCHSUNDAYBEST)

AKIRA KUROSAWA

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL EMPERADOR DEL CINE

¿A qué se debe la continuada admiración mundial por el director Akira Kurosawa? La respuesta es muy simple: Kurosawa fue uno de los más grandes cineastas contemporáneos. No cabe duda de que se trató de uno de los pocos y verdaderos visionarios que han trabajado con este medio a lo largo de su historia.

Durante sus 50 años de trabajo como director, Kurosawa filmó 30 largometrajes, entre otras muchas obras; entre ellas algunos clásicos indisputables, como Yojimbo, Rashomon, Ikiru, Barbarroja, Trono de sangre, Los siete samuráis, Ran, El idiota, Cielo o infierno, Dersu Uzala

¿Por qué Kurosawa fue uno de los más grandes cineastas del siglo XX? Para empezar fue un gran director de acción. Sin embargo, a diferencia de cualquier otro en la historia del cine, poseyó la habilidad única de evocar la acción a partir de la materia prima de la emoción humana.

Este artista japonés, que nació el 23 de marzo de 1910 en Tokio, ha ejercido una influencia considerable sobre el trabajo de muchos cineastas de la actualidad y no hay que ir muy lejos para hallar la razón. Cada encuadre de sus cintas es como la pintura sobre un lienzo. Ha formado gustos para el arte, lo mismo que para la imagen en movimiento.

(Desde Kagemusha, 1980, Kurosawa pintaba todas las escenas de sus películas antes de filmarlas. Los cuadros servían como material para exposiciones y libros; con base en el proceso de rodaje se realizan programas de televisión y reportajes.)

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George Lucas lo supo expresar muy bien. Él tuvo el privilegio de entregarle al cineasta nipón un Oscar Honorario (en 1990), ocasión en la cual dijo: “Alguien le preguntó al señor Kurosawa si sus películas compartían un tema específico. Su respuesta fue que planteaban una pregunta específica: ¿Por qué los seres humanos no pueden ser más felices los unos con los otros? Él ha traducido esta pregunta en términos contemporáneos y también a través de cintas con un alcance histórico épico. Pero siempre la ha contestado en formas que intensifican y finalmente transforman nuestra realidad humana compartida, confiriéndole una belleza asombrosa y a menudo trágica”.

Tiempo después Steven Spielberg cenó con Kurosawa en un restaurante de Tokio. Pese a que no saben nada de sus respectivos idiomas, compartieron el lenguaje del cine. Y esa noche el creador japonés le habló de hacer películas…y de la cinta que quería realizar a continuación.  Se trataba de Dreams.

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A Spielberg le impresionó sobremanera la profunda trascendencia personal del proyecto…y el gran valor de este cineasta dispuesto a revelar sus sueños más íntimos. Sin embargo, no le fue posible obtener financiamiento para esta película tan significativa. Y a Spielberg le correspondió la oportunidad de convencer a la compañía Warner Brothers de financiar el film.

Kurosawa (fallecido en 1998) vivió las últimas décadas de su vida en una contradicción insoportable: por una parte, el prestigio y el aparato que lo rodeaba –el arrogante “emperador”, “el más grande director de cine vivo”, “uno de los cineastas más destacados de todos los tiempos”, etcétera–; por otra, la humillante situación laboral a la que debía someterse desde que se derrumbó la industria y por ende el objetivo comercial en detrimento de lo artístico: la impotencia absoluta, la realización de un filme cada cinco años y esto sólo gracias al apoyo brindado por sus exitosos colegas estadounidenses.

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A pesar de todo, desde el punto de vista occidental, Kurosawa constituyó un fenómeno extraordinario. Fue considerado como el “cineasta más occidental del Japón”. De hecho derivó en inspiración para la hechura de unas cuantas cintas fundamentadas en la literatura europea.

Son muy conocidas las adaptaciones que hizo de El idiota de Dostoievski (Hakuchi), Los bajos fondos de Gorki (Donzoko) Macbeth de Shakespeare (Kumonosu-jo/El trono ensangrentado) y El rey Lear (Ran), así como por último la cinta Rashomon, que recuerda a Pirandello. El director supo traducir sus modelos a un mundo auténticamente japonés. Él lo explicaba así: “El cine es universal, lo mismo que los sentimientos humanos; provoca un encuentro directo entre las culturas. John Wayne no es ningún desconocido para mí”.

El pensamiento de Kurosawa fue abierto y universal. Fue un típico hombre renacentista. (No se debe a la casualidad que algunas de sus películas más famosas de samuráis —Los siete samuráis, Kagemusha, Ran, Trono de sangre— estén ubicadas en el periodo del Renacimiento japonés). Al mismo tiempo, Kurosawa advertía las grandes conexiones en el tiempo, pensaba en forma sintética, algo que pudiera decirse también de Haydn o de Stravinski. Su educación internacional y la fusión creativa con otras culturas se erigió en un símbolo de la historia del arte en conjunto.

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