BANKSY

Por SERGIO MONSALVO C.

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IS COMING TO TOWN

Banksy vino a la ciudad a tutearse con Rembrandt y Van Gogh. Al menos esa fue la idea que se me ocurrió después de que un compañero de la oficina de Información me diera el tip de que el graffitero más famoso del orbe andaba de visita en Ámsterdam. Obviamente de incógnito, como gusta vivir, trabajar o desplazarse por el mundo. También era obvio que así como yo me había enterado muchos otros también lo habían hecho, y a partir de ese momento la cacería por descubrirlo con los botes en la mano o para buscar alguna nueva obra suya levantaba la veda.

Yo, por mi parte, decidí no unirme a la jauría. En cambio, fui en bicicleta hasta el Museumplein, me senté en uno de sus cafés-terrazas en una mañana fresca, aunque soleada, y pedí un Lungo para saborearlo mientras contemplaba la plaza, el ir y venir de la gente y, sobre todo, para prepararme antes de entrar al muy recientemente inaugurado Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, que expone con bombo y platillo piezas de Andy Warhol y del mismísimo Banksy.

El inmueble que ofrece esta muestra es una hermosa casa habitación construida en 1904 (diseñada por el distinguido Eduard F. Cuypers, precursor de la escuela amsterdamesa de arquitectura, de estilo expresionista, con techos artesonados y vidrieras) convertida en espacio para el arte de la actualidad. Está ubicado muy atinadamente entre el Rijksmuseum (edificio que con toda su majestuosidad guarda el acervo de los grandes maestros holandeses) y el de Van Gogh (que vela la obra del genio impresionista y sus relaciones contextuales).

Dicho espacio lo dirige el matrimonio compuesto por Kim y Lionel Logchies, dueños de la exclusiva Lionel Gallery, de esta misma ciudad, que se especializa en el manejo de obras de Pablo Picasso, Jeff Koons, Basquiat y Damien Hirst, entre otros autores de arte moderno y de hoy. Tanto el local de dicha galería (en la Spiegelstraat) como la colección de esta pareja recibían tantas solicitudes de visita que optaron por crear su propio museo dedicado al arte mencionado, exponer sus contenidos y abrirlo al público en general.

Su labor como promotores culturales dio comienzo, por consenso, con muestras de un par de iconos del género, separados por medio siglo de distancia entre ellos: los mencionados Warhol y Banksy. En el papel la muestra despertaba muchas dudas. ¿Sería posible conjuntar, sin provocar un shock, tal arquitectura con el pop y el arte urbano? ¿Tres estéticas con cincuenta y cien años de diferencia conviviendo bajo el mismo techo? Una mezcla al parecer imposible que puso a prueba la iniciativa.

La obra de Warhol he tenido oportunidad de verla en diversas ocasiones, escenarios y cantidades, y aunque nunca deja de asombrarme, en esta ocasión mi interés radicaba en ver reunidas varias piezas de Banksy, el artista del graffiti y el activista social que más da de que hablar en la actualidad, por su agudeza y sentido del humor, con cada una de sus “intervenciones”.

Así que terminé mi café (por cierto con muy buen sabor, cosa extraña en establecimientos semejantes), pagué, me deleité con los brevísimos shorts y la minifalda de un par de jóvenes turistas suecas (lo supe por las banderitas que llevaban en sus mochilas) y recorrí la corta distancia hacia al novel museo, al que desde lejos se podía ver flanqueado por las estandartes en blanco y negro con los nombres de los exponentes.

Del reino animal los humanos urbanitas hemos tomado la extraña costumbre de marcar con alguna seña o nombre, o ambas,  las propias zonas de dominio o por las que hemos pasado. Es a través de ese nombre y seña (igualmente una tipografía o una imagen) que tomamos posesión simbólica de algo. Marcamos así lo conquistado y poseído. Ya nos es imposible abandonar dicha costumbre. Incluso muertos lo seguimos haciendo: se cincela nuestro nombre en las lápidas y así marcamos el miserable y privado territorio final.

Las palabras son armas contra la amenaza de muerte a la memoria. La magia del encantamiento.

 [VIDEO SUGERIDO: BEST OF Banksy Street Art, YouTube (Mind Blowing)]

Curiosamente también, estas señas y palabras se han convertido en  obras de arte que, además, pueden abandonar a discreción el ámbito artístico y entrar en el sociológico o, finalmente, en el económico. Los medios, Internet y sus redes, son los que han animado esta acumulación de valor por lo grafiteado, por el arte urbano, lo ponen de moda y hasta le adjudican un costo de mercado –bastante elevado– por su obtención.

Los codiciados graffiti actuales, como los de Banksy (un observador singular, “anónimo”, inteligente y con inquietud por las enfermedades sociales), son las imágenes (solas o acompañadas de palabras) de sus reflexiones políticas, filosóficas, amorosas y sobre la convivencia colectiva. Su propagación se ha hecho viral y el espacio digital ha señalado la presencia, auge y trascendencia de los mismos como un fenómeno masivo y global.

Y su actividad clandestina, que utiliza las roturas, grietas y abandonos de sitios y paredes citadinas (en muchos lugares del mundo: El malestar interior ya se encuentra en todas partes),  es una nueva forma de irrumpir artísticamente en el ámbito metropolitano para señalar sus anomalías, conflictos y contradicciones.

La idea es dejar un indicio / con grafías que hagan mella / Indignadas con alas de sonrisa / que no se desvanezcan en la fugacidad / Algo así como un canto breve del aerosol / que denuncie la realidad en un rito/ preferentemente con toda su desnudez.

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Banksy posee las habilidades insoslayables y características del buen graffitero: la brevedad y el  sentido del humor, además de la sencillez en el mensaje. Es decir es dueño de un lenguaje particular llevado al terreno estético, en medio del griterío tumultuoso de los centros humanos.

Por un lado, sus comunicados no dan lugar a dudas. Se trata de las insolencias de un desamparado e incógnito ciudadano que admite con sus acciones la debilidad individual ante el Sistema pero, por otro, se atreve audazmente a abrir la lata de pintura y plasmar sus reclamos y síntesis.

Reconoce que la burocracia, las instituciones, el establishment, son aparatos demasiado poderosos para vencerlos así, sin más, y por eso los reduce con imágenes y palabras, los encoge y congela a una medida instantáneamente comprensible para todos, para poder expresarse al respecto.

Eso lo comprobé en cuanto pisé el lobby del adaptado museo. Había visitantes de edades diversas (aunque los jóvenes prevalecían) y procedencias variopintas. Las dudas quedaron resueltas al primer golpe de vista. No hay pugna entre la arquitectura expresionista y arte plástico contemporáneo. Ni en la interesante propuesta, que permite comparar ideas. Al contrario, el tríptico estético parece convivir feliz. Hay luz, hay color, hay calor y excitación. Es como un espacio familiar al que llega uno para descubrir que lo han decorado con gusto, para que se disfrute de cada objeto encontrado en muros, mesas o nichos especiales.

El personal del museo no supo decirme si el propio Banksy estuvo entre el grupo de personas enviadas por el agente del artista, Steve Lazarides, para preparar y dar su visto bueno a la muestra de 50 piezas procedentes de colecciones particulares. Lo que sí resultó seguro fue que el trabajo expuesto ofreció en todas las habitaciones de la planta baja (en el sótano instalaron a Warhol) una amplia visión sobre su obra, la cual consiste por lo general en representaciones figurativas y comentarios realizados con plantillas y aerosol, sobre la política, la cultura pop, la moralidad o los iconos históricos, en las que combina grafías y escritura.

Así, me fue posible ver y admirar juntas a sus Niñas (tanto  a la que abraza un misil como a la que acompaña un globo rojo) que hablan de la pureza y de la esperanza a las que acecha la destrucción; emití una sonrisa ante la suspicacia evolutiva del mono que exclama “Rían ahora, pero algún día estaremos a cargo”; igual que con su sarcasmo acerca de la Reina Vic, esa soberana de rígida y doctrinaria moral. Pero más tiempo me solacé con Beanfield, esa pintura de gran tamaño (3×4 metros) en la que aparecen policías antimotines uniformados que corren tomados de la mano y llevando flores.

Desde que empezó a pintar en las paredes de su ciudad natal, Bristol, hace más de 25 años, Bansky ha sido un nombre asociado a la modernidad artística y a la reivindicación política, con sus arriesgadas creaciones que hacen un espectáculo del arte callejero, tan insólito como apasionante.

Este transgresor (el Anonymus más exitoso en lo que va del siglo XXI) es un encapuchado vengador que utiliza el graffiti para cambiarle la faz a las paredes de las ciudades; un guerrillero urbano cuya obra irónica y contradictoriamente ha alcanzado un alto precio en las subastas de arte y en las galerías (que en la actualidad más bien parecen bolsas de valores), en un hecho sólo comparable al de Andy Warhol, con quien ha compartido fugaz y alegremente este nuevo espacio para la cultura.

Y tal como apareció aquí en mi ciudad, Banksy enseguida llegará a otra, y seguro deambulará por su noche, en el momento más solitario, para dibujar y/o escribir en la calle, en la pared, en el rincón, en el subsuelo, lo que se descubrirá al amanecer. Y será cuando su obra, su mensaje, estalle con toda su poesía ilimitada y oponente en las entonces santificadas piedras, que se tornarán cartapacios donde albergarán para siempre cualquiera de sus verdades.

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[VIDEO SUGERIDO: Banksy Does New York – Official Trailer, YouTube (Madman Films)]

 

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AKIRA KUROSAWA

Por SERGIO MONSALVO C.

AKIRA KUROSAWA (FOTO 1)

EL EMPERADOR DEL CINE

¿A qué se debe la continuada admiración mundial por el director Akira Kurosawa? La respuesta es muy simple: Kurosawa fue uno de los más grandes cineastas contemporáneos. No cabe duda de que se trató de uno de los pocos y verdaderos visionarios que han trabajado con este medio a lo largo de su historia.

Durante sus 50 años de trabajo como director, Kurosawa filmó 30 largometrajes, entre otras muchas obras; entre ellas algunos clásicos indisputables, como Yojimbo, Rashomon, Ikiru, Barbarroja, Trono de sangre, Los siete samuráis, Ran, El idiota, Cielo o infierno, Dersu Uzala

¿Por qué Kurosawa fue uno de los más grandes cineastas del siglo XX? Para empezar fue un gran director de acción. Sin embargo, a diferencia de cualquier otro en la historia del cine, poseyó la habilidad única de evocar la acción a partir de la materia prima de la emoción humana.

Este artista japonés, que nació el 23 de marzo de 1910 en Tokio, ha ejercido una influencia considerable sobre el trabajo de muchos cineastas de la actualidad y no hay que ir muy lejos para hallar la razón. Cada encuadre de sus cintas es como la pintura sobre un lienzo. Ha formado gustos para el arte, lo mismo que para la imagen en movimiento.

(Desde Kagemusha, 1980, Kurosawa pintaba todas las escenas de sus películas antes de filmarlas. Los cuadros servían como material para exposiciones y libros; con base en el proceso de rodaje se realizan programas de televisión y reportajes.)

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George Lucas lo supo expresar muy bien. Él tuvo el privilegio de entregarle al cineasta nipón un Oscar Honorario (en 1990), ocasión en la cual dijo: “Alguien le preguntó al señor Kurosawa si sus películas compartían un tema específico. Su respuesta fue que planteaban una pregunta específica: ¿Por qué los seres humanos no pueden ser más felices los unos con los otros? Él ha traducido esta pregunta en términos contemporáneos y también a través de cintas con un alcance histórico épico. Pero siempre la ha contestado en formas que intensifican y finalmente transforman nuestra realidad humana compartida, confiriéndole una belleza asombrosa y a menudo trágica”.

Tiempo después Steven Spielberg cenó con Kurosawa en un restaurante de Tokio. Pese a que no saben nada de sus respectivos idiomas, compartieron el lenguaje del cine. Y esa noche el creador japonés le habló de hacer películas…y de la cinta que quería realizar a continuación.  Se trataba de Dreams.

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A Spielberg le impresionó sobremanera la profunda trascendencia personal del proyecto…y el gran valor de este cineasta dispuesto a revelar sus sueños más íntimos. Sin embargo, no le fue posible obtener financiamiento para esta película tan significativa. Y a Spielberg le correspondió la oportunidad de convencer a la compañía Warner Brothers de financiar el film.

Kurosawa (fallecido en 1998) vivió las últimas décadas de su vida en una contradicción insoportable: por una parte, el prestigio y el aparato que lo rodeaba –el arrogante “emperador”, “el más grande director de cine vivo”, “uno de los cineastas más destacados de todos los tiempos”, etcétera–; por otra, la humillante situación laboral a la que debía someterse desde que se derrumbó la industria y por ende el objetivo comercial en detrimento de lo artístico: la impotencia absoluta, la realización de un filme cada cinco años y esto sólo gracias al apoyo brindado por sus exitosos colegas estadounidenses.

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A pesar de todo, desde el punto de vista occidental, Kurosawa constituyó un fenómeno extraordinario. Fue considerado como el “cineasta más occidental del Japón”. De hecho derivó en inspiración para la hechura de unas cuantas cintas fundamentadas en la literatura europea.

Son muy conocidas las adaptaciones que hizo de El idiota de Dostoievski (Hakuchi), Los bajos fondos de Gorki (Donzoko) Macbeth de Shakespeare (Kumonosu-jo/El trono ensangrentado) y El rey Lear (Ran), así como por último la cinta Rashomon, que recuerda a Pirandello. El director supo traducir sus modelos a un mundo auténticamente japonés. Él lo explicaba así: “El cine es universal, lo mismo que los sentimientos humanos; provoca un encuentro directo entre las culturas. John Wayne no es ningún desconocido para mí”.

El pensamiento de Kurosawa fue abierto y universal. Fue un típico hombre renacentista. (No se debe a la casualidad que algunas de sus películas más famosas de samuráis —Los siete samuráis, Kagemusha, Ran, Trono de sangre— estén ubicadas en el periodo del Renacimiento japonés). Al mismo tiempo, Kurosawa advertía las grandes conexiones en el tiempo, pensaba en forma sintética, algo que pudiera decirse también de Haydn o de Stravinski. Su educación internacional y la fusión creativa con otras culturas se erigió en un símbolo de la historia del arte en conjunto.

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“SEX & DRUGS & ROCK & ROLL”

Por SERGIO MONSALVO C.

Sex & Drugs & Rock & Roll (foto 1)

El poeta visionario William Blake afirmó que “el sendero del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Tras estas palabras, que han sido grabadas en piedra, 200 años de romanticismo establecieron finalmente los lineamientos propios en la ruta para el personaje rockero.

El rocanrolero universal, al transitar por el carril de alta velocidad de la vida, como establecen los cánones, aplica dichos lineamientos de manera escrupulosa con cada generación. Este tipo sabe que tales lineamientos no le permiten el estado sobrio, y que sus principales medios de intoxicación son el sexo, las drogas y el rock and roll. Embriagado por cualquiera de estos elementos –o con todos ellos– se encuentra listo para su heroico viaje.

SEXO

En una de las ilustraciones que hizo para el libro El Paraíso Perdido de Milton, el mismo poeta iluminado William Blake retrató a Lucifer, el “Gran Yo” de su mitología. El susodicho está en medio de la oscuridad visible del Infierno, increpando a un enviado del represivo Dios que lo condenó al Averno. Aparece como un personaje poderoso, intimidante, desnudo y desafiante. El rock transformó dicha ilustración de idea literaria en la materia de su vida popular.

El deseo de ocupar el trono de Dios, luego de 18 siglos de dominio completo por parte de éste, y de sustituirlo por el “Yo” en su lugar, posee una fuerte carga de erotismo natural. El impulso sexual del rock es el ejemplo más obvio de la expansión de sus límites. Esta música forma parte de la tradición romántica que se regocija con el impulso sexual, como principal ingrediente de la energía que arroja de sí las limitaciones en su búsqueda  del infinito. Y esta energía puede ser revolucionaria o perversa, a discreción del artista.

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Así lo entendió Ian Dury, un músico que supo unir el humor con la música, y el cual como buen personaje contracultural mostró menos reverencia hacia las convenciones del género que sus contemporáneos de los Sex Pistols.

“El Quasimodo del Rock”, como se le conoció a Dury, debido a los problemas físicos que padeció desde la infancia a causa de la polio, siempre se burló de todos y de todo, empezando por él mismo, desde su aparición climática en el mundo de la música en 1977 al frente del grupo The Blockheads.

Era un tipo con una cabeza grande sobre un cuerpo deforme que escribía canciones agudas, certeras y cáusticas sobre el mundo que le había tocado vivir. Bob Dylan, con quien alguna vez compartió actuación en una película, dijo de él: “Dury es un auténtico clown (un payaso), que domina a la perfección el juego entre la risa y el patetismo”.

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Muchos de los excesos sexuales del rock fueron retratados por él en piezas que alcanzaron el nivel de sátiras por sus extravagantes observaciones. La comedia incita al destrozo de barreras, primero mediante su rompimiento y luego al llevar dicho rompimiento a tales extremos que tanto los límites como las perversiones parecen ridículos a un “yo” que ha adquirido una perspectiva más amplia.

Ian Dury, al igual que el Divino Marqués De Sade, llevó el asunto del exceso más allá del escándalo. Muchas veces hasta la comedia, tanto así que la primera vez que se presentó en la televisión inglesa cantó, a pesar de que el productor le pidió que no lo hiciera, un tema que ya circulaba como un himno en el underground británico: “Sex & Drugs & Rock & Roll”.

Dicha pieza se convirtió en ese mismo instante en una canción emblemática y filosófica para la historia completa del género. Dury estaba consciente de que el impulso sexual resulta una estrategia de autoexplotación de lo más natural y que todo el rock lo ha celebrado desde sus inicios, al traducir los intrincados aspectos espirituales del arte erótico en crudas demandas de carne palpitante. El rock restituyó la adoración pagana por el falo en Occidente.

DROGAS

Por otro lado, el rockero al emprender su excursión hacia el infinito requiere de infusiones constantes de energía cósmica. “Sexo, drogas y rock and roll son lo único que necesita mi cuerpo y mi cerebro”, afirmó Dury en la canción, generando así la máxima ley en la dieta del rock.

Las drogas forman también una parte natural del régimen romántico, al que pertenece este género musical, porque alteran al “yo” de maneras conducentes a una afinidad con lo eterno. Los compuestos como las anfetaminas y la cocaína, que producen estados eufóricos de fuerza, son las drogas de preferencia mítica para los músicos, que quisieran ubicarse en el centro de un universo constituido de energía pura. Los narcóticos, como lo apunta Dury en su receta, proporcionan un medio para llevar a cabo el rito de la autoaniquilación y han gozado de popularidad entre todas las generaciones modernas.

“Sex and drugs and rock and roll/ Is all my brain and body need/ Sex and drugs and rock and roll/ Are very good indeed/ Keep your silly ways or throw them out the window/ The wisdom of your ways, I’ve been there and I know/ Lots of other ways, what a jolly bad show/ If all you ever do is business you don’t like/  

Sex and drugs and rock and roll/

Sex and drugs and rock and roll/

Sex and drugs and rock and roll/

Is very good indeed. 

Every bit of clothing ought to make you pretty/ You can cut the clothing, grey is such a pity/ I should wear the clothing of Mr. Walter Mitty/ See my tailor, he’s called Simon, I know it’s going to fit/ Here’s a little piece of advice/ You’re quite welcome it is free/ Don’t do nothing that is cut price/ You know what that’ll make you be/ They will try their tricky device/ Trap you with the ordinary/ Get your teeth into a small slice/ The cake of liberty. 

Sex and drugs and rock and roll/

Sex and drugs and rock and roll/

Sex and drugs and rock and roll…”

Wilco Johnson and Ian Dury & The Blockheads

El personaje de Dury en su canción-hito es uno cuyo destino le exige acabar con las tediosas imposiciones de la normalidad, aunque paradójicamente corra por ello el riesgo de la autodestrucción.

Los héroes del rock no tienen que ser valientes, leales, nobles o buenos, como en todas las historias. No. En él resultan ser aquellos cuyas emociones han reventado los límites pre escritos y alcanzado la novedad en su más alto grado.

El héroe del rock –y esto lo supo muy bien Ian Dury– no tiene que morir envuelto en la pasión o en la gloria para merecer las loas eternas. Una muerte vulgar en la alberca por una congestión mezcla de alcohol y otras sustancias, o con una aguja clavada en la vena es una vía hacia la eternidad tan creíble y legendaria como los heroicos actos de una personalidad histórica: Sex & Drugs & Rock & Roll.

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Ian Dury nació en Londres en mayo de 1942 y murió el 27 de marzo del 2000. Fue un cantante y compositor de rock and roll, uno de los pocos verdaderamente originales de la escena musical de las últimas décadas. Tuvo la mala suerte de ser atacado por la poliomielitis luego de tragar agua en una piscina cuando tenía 10 años, lo que lo dejó con problemas de motricidad permanente. Eso lo obligó a utilizar un bastón y un aparato en la pierna (una especie de calibrador).

Luego de estudiar pintura en la Royal Academy con Peter Blake, el artista pop que trabajó con The Who y The Beatles, Dury se metió en la música y llegó a la fama durante los años setenta, como pionero del punk y de la New Wave. Con sus aretes de hojas de afeitar, ropaje y su poderosa imagen arriba de un escenario, fue el músico que muchos quisieron seguir.

Anduvo de gira en Europa con Elvis Costello y por los Estados Unidos junto a Lou Reed, influenciando nada menos que a The Clash, The Pretenders y a los Sex Pistols. Su primer álbum, New Boots and Panties!!, vendió aproximadamente un millón de copias, y tuvo varios éxitos con sus singles, por ejemplo:”What a Waste”, “Hit Me With Your Rhythm Stick”,  y los dos títulos de sus canciones que entraron como frases del habla popular en el lenguaje inglés y popular global: “Reasons to be Cheerful” (Razones para estar alegre) y, sobre todo, el himno musical: “Sex and Drugs and Rock and Roll”.

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CODA

En el 2010, para conmemorar el décimo aniversario de su fallecimiento, se estrenó el biopic que narra la ajetreada vida del músico: Sex & Drugs & Rock & Roll: The Life Of Ian Dury. Andy Serkis, más conocido por su papel de Gollum en el Señor de los Anillos fue el encargado de dar vida a Ian, y lo hizo desde dentro: cantando con The Blockheads, la banda que acompañaba a Dury en sus salvajes conciertos (resultó ganador en el Evening Standard Film Awards por este protagónico). La dirección estuvo a cargo de Mat Whitecross, con un guión de Paul Viragh. Para empezar estuvo nominada para otros dos premios el British Independent Film Award (por Mejor Actor) y el de la Academy Film británica (por Mejor Música).

[VIDEO SUGERIDO: Ian Dury and the Blockheads – Sex and Drugs and Rock and Roll, YouTube (Jtdrock)]

ORIZABA 210: MEXICO CITY BLUES

Por SERGIO MONSALVO C.

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(FRAGMENTO)

Jack Kerouac llegó por primera vez a la Ciudad de México a fines de mayo de 1952, con el objetivo de encontrar motivación para escribir un nuevo libro. Arribó a la casa donde vivía de tiempo antes William Burroughs, en el número 210 de la calle de Orizaba, en la colonia Roma —una zona urbana europeizada en su arquitectura (art noveau, neo-colonial y funcionalista) que en aquella década era un revoltillo populoso cuya vida se enriquecía con los intercambios entre inmigrantes libaneses, judíos, gitanos y de las propias clase media y provincia mexicanas.

Antaño Burroughs había sido su mentor y Jack aún lo consideraba como tal, por su espíritu clarividente y una cosmovisión definida por el hecho supremo de la muerte. Aquél, desde sus distintos lugares de residencia, siempre ejerció como Sumo Augur. Enfundado en ello manifestaba su rebeldía contra un sistema opresivo que presagiaba el auge del totalitarismo. Sus visiones hablaban de estallidos de violencia urbana, de la fractura del establishment y de la juventud como punta de lanza en la instauración de cambios sociales.

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A todo ello lo nutría con el experimento yonqui, con la anarquía interzonas y con la alienación del individuo atrapado por las constataciones de la finitud a las que él no quiso rendirse jamás. Las bases de su lucha estaban en el ansia de transformación y en el fluir de una conciencia epicúrea, retrofuturista, discordante y tóxica.

Este Burroughs le dio entonces la bienvenida al que tomaba como un talentoso escritor y elemento pertinente de esas huestes trasgresoras. Jack se instaló y comenzó a disfrutar de las arengas agrias e ingeniosas de su anfitrión mientras fumaba mota y mecanografiaba el texto de Visions of Cody. A la postre se lo envió a Allen Ginsberg, su “agente” literario por ese entonces. Drogado y tranquilo conversaba con su anfitrión y gurú y se acostaba con prostitutas…

Orizaba 210: Mexico City Blues

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección Palabra de Jazz

Netherlands, 2007

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