TALKING TIMBUKTU

Por SERGIO MONSALVO C.

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 AFINIDADES ELECTIVAS

La falta de pretensiones del guitarrista californiano Ry Cooder no deja ningún margen al culto por la estrella. Como sea, muchos de sus colegas lo creen un músico aventajado. Su inspirado virtuosismo en los instrumentos de cuerda ha sido documentado en docenas de álbumes de rock. Desde los Rolling Stones hasta Captain Beefheart, Little Feat, Randy Newman, hasta Neil Young, todos lo han buscado.

Además, desde que los tonos metálicos alargados y llorones de su bottleneck se escucharon en el film París, Texas de Wim Wenders, lo han cortejado los mejores directores de cine. Desarrolló una alternativa para el muzak cinematográfico, misma que se ha difundido a tal grado que a su vez se ha convertido en una especie de convencionalismo.

Éste es uno de los motivos, aunque no el único, por el que ha efectuado experimentos cada vez más radicales, inicialmente apoyado en ello por el director Walter Hill. Los resultados son muchas veces literalmente inauditos.  En Trespass, película de gangsters, por ejemplo, acompañó sobre todo las escenas siniestras y violentas con todo tipo de instrumentos eléctricos de cuerda.

Algunos de ellos los mandó construir especialmente con un amigo y se “tocaban” con, entre otras cosas, palillos chinos, un florero y una pistola pulverizadora de pintura.  A Ry le atraen las aventuras con tonos y sonidos, y más cuando pisa un terreno completamente virgen. No hay nada que le guste tanto como salir en viaje de exploración allende la música conocida.

Ahora empiezan a conocerse, por otra parte, las expediciones sonoras que lo sacaron de los caminos musicales estadounidenses. En ellas se deja guiar por una certera intuición y gusto musicales. Cooder ha colaborado, entre otros, con el acordeonista Flaco Jiménez, con el hindú Bhatt, con el hawaiano Gabby Pahinui y luego con Ali Farka Touré, un músico de Malí, en el occidente africano. Con él grabó el álbum Talking Timbuktu (1994).

“Cuando Ali sacó su violincito africano descubrí que ya conocía esos tonos escuchados en el deep south. No cabe duda que de algún lado tuvieron que salir. Al parecer fue de la patria de Ali. De todos los discos en que he colaborado, éste ha tenido el mejor sonido. Suena muy cálido, muy humano.  Normalmente siempre extraño algo, sobre todo en el formato de los CDs, pero en éste se escucha la música que teníamos la intención de tocar”, ha dicho Cooder al respecto.

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El proyecto de Cooder y Touré rebasó los géneros y presentó una combinación antes inimaginable de dos músicos relativamente desconocidos, surgidos de antecedentes culturales completamente distintos, aunque ambos desde hacía bastante tiempo habían sentido mutua admiración por sus respectivos trabajos.

Un par de años antes, durante la gira por Europa del grupo Little Village (en el que entonces militaba Cooder), por fin fue posible reunirlos, en Inglaterra.  Dicho encuentro condujo a las grabaciones de Talking Timbuktu, cuyo título se refiere, por cierto, al lugar donde residía Touré (lo hizo hasta su fallecimiento el 6 de marzo del 2006, a la edad de 66 años).

Entre las presentaciones que el músico de Mali tuvo en los Estados Unidos con los percusionistas y cantantes de su Groupe Asco, acudió por tres días a un estudio de Los Ángeles, donde lo apoyó, además del guitarrista californiano, otro gran veterano del blues, Clarence “Gatemouth” Brown (guitarra y violín), y el extraordinario fusionista John Patitucci (en el bajo), Jim Keltner (un músico sesionista, colaborador en infinidad de grupos y acompañante de lujo, en la batería) y los acompañantes de Touré, Hamma Sankere y Oumar Touré, percusionistas.

Sobre esta base brillante flotó la voz llena de matices de Ali Farka Touré, produciendo en el contexto instrumental un ambiente casi sobrenatural en su suavidad.

Es posible que la música sea realmente un idioma universal, pero para poder tocar en forma armónica hay que decidir qué hacer. Surge entonces la pregunta de cómo ambos músicos intercambiaron sus ideas, sin hablar ninguno el idioma del otro. A Touré se le solía llamar el “John Lee Hooker africano”, convirtiéndolo en la prueba viviente de que la esencia del blues proviene del continente negro.

Como sea, la semejanza entre ambos guitarristas en el álbum Talking Timbuktu es realmente asombrosa, así como la evidente afinidad que tuvo con la música hawaiana de Gabby Pahinui, por ejemplo. Los tres músicos tocaban una especie de country, en el sentido de que originalmente son gente del campo, lo cual sin duda se manifiesta en el sentir y la mentalidad de su obra.

Además Cooder y Touré usaron una afinación abierta la cual posee un valor armónico más grande, en comparación con la forma cromática usual de afinar. Por otra parte, también es más cómodo tocar así, porque sólo hay que colocar un dedo sobre las cuerdas y ya se tiene un acorde, sin mencionar las ventajas al aplicar la técnica del finger pickin’. Tampoco hay que olvidar que en la música la guitarra es el instrumento por excelencia para adaptar las tradiciones. No por nada estamos hablando del instrumento más popular del mundo.

Las diez piezas que conforman este álbum se basaron en la música de los tamasheck, songhai, bambara y peul. Cuatro pueblos del occidente africano cuyos antepasados fueron exportados como esclavos a los estados del sur de la Unión Americana, donde más tarde nació el blues. Género del que desde siempre ha sido devoto Cooder. Además de la fina sensibilidad de éste para identificar composiciones clásicas y a su respeto ante el carisma musical de Ali Farka Touré hubo que agradecerle los arreglos sumamente sugestivos para la elaboración de este disco único en su haber, Talking Timbuktu, del que se celebra su aniversario número 25.

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VIDEO SUGERIDO: Ali Farka Toure Ry Cooder ‘Talking Timbuktu’ – Ai Du West Africa Mali, YouTube (theworldmusicplanet)

 

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“THE PRIEST” THEY CALLED HIM

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL ENCUENTRO

(W. BURROUGHS/K. COBAIN)

¿”Discos de culto”? Suena a arqueología y sí, sí lo es. Porque ese epíteto surgió a finales de la década de los setenta cuando ya había una historia y una mitología que desentrañar. Y desde entonces, quienes ejercitan la escucha profesional, los estudiosos, los investigadores, los amantes del género rockero, se han dedicado a la búsqueda de tales tesoros.

Sí, y a rastrear por esas listas perdidas de críticos, periodistas, comentaristas o de los propios artistas, que dan la pista de un momento único en la música, el cual ha quedado grabado en discos raros, de compañías ya inexistentes u ocultas por el paso del tiempo. Hoy, de vez en cuando es posible descubrir algún ejemplar que merezca ese calificativo que engrandezca los hechos y, más aún, las leyendas.

Señalar a una película como de culto es una calificación profundamente subjetiva, pero avalada siempre por el conocimiento, el criterio y la explicación pertinentes, en su mejor expresión, y no por los de la volubilidad sentimental online y mucho menos por la sinrazón perezosa y simplista del “me gusta”, no.

Y, ¿por qué de culto? Porque representan una mirada musical distinta, disfuncional, con la cual se rastrea en el pasado para encontrar tempranas disidencias del gusto masivo o del regulado por la industria; sensibilidades contraculturales insospechadas, reuniones inauditas, primitivas afinidades, exposición de materiales extravagantes, sesiones fugaces o intuiciones u emociones extremas que luego dieron forma a algo importante o que, en algunos casos, aguardan la llegada del tiempo en que se les reconozca. El que comentaré a continuación pertenece a esos ejemplares.

A William Burroughs siempre le gustó el papel de predicador y de profeta de la contracultura. Era un auténtico maestro, y debe añadirse que tenía todo el derecho del mundo a enseñar porque se pasaba la vida aprendiendo. Y lo que aprendía era lo que él consideraba y llamaba “los hechos de la vida”. De los que se informaba no sólo por necesidad, también por afición.

Había arrastrado su largo y delgado cuerpo por todos los Estados Unidos y la mayor parte de Europa y el norte de África, sólo por ver cómo eran las cosas por ahí. Se pasaba el tiempo hablando y enseñando a los demás.

Antaño lo había hecho con Jane Vollmer (su esposa) sentada a sus pies, lo mismo que con Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Neal Cassady y los demás beats.

Transcurrido el tiempo hizo lo mismo también con sus herederos espirituales: Patti Smith, Frank Zappa, John Cale, Laurie Anderson, Jim Carroll, Iggy Pop, Johnny Thunders, Sonic Youth, Tom Waits, Genesis P-Orridge, Mark Sandman, Michael Stipe, David Bowie…

En esta tarde de septiembre lo haría con Kurt Cobain. Burroughs es en este momento un tipo de cabello gris, un tanto nebuloso, que puede pasar desapercibido por la calle, a no ser que se le observe desde muy cerca y se vea su rara y huesuda cabeza —siempre cubierta con un sombrero de fieltro — que le insufla una extraña juventud: es como un evangelizador del Medio Oeste estadounidense (donde por cierto nació en St. Louis, Missouri, en 1914), con ardores exóticos y misterios en su interior.

Estudió medicina, antropología, psicoanálisis, sociología, religiones, literatura; trabajó en todos los oficios sólo por experimentar y lo ha leído todo. Inició así su trabajo fundamental: el estudio de las cosas en sí mismas por las calles de la vida y de la noche —incluidas todas las adicciones, primordialmente la heroína.

[VIDEO SUGERIDO: The Priest They Called Him, vimeo (Eliana Nava)]

Esta tarde, como ya mencioné, el viejo Bill está con Kurt Cobain, el santón trágico de una generación la mar desesperanzada, heroinómano reincidente y náufrago de varias sobredosis.  Es el 25 de septiembre de 1992.

Burroughs llegó a la cita para grabar una sesión de estilo spoken word, con su andar cansino, ése que le marca hueso a hueso, con lentes que fijan como alfileres la mirada de sus ojos, el sombrero de fieltro y un traje antiguo y raído. Es un ser alto, muy delgado, encorvado, extraño y lacónico.

Habla en voz baja, apenas audible. Al terminar sus frases resopla por la nariz con el sonido de un depósito vacío. A veces le sale una risa lúgubre, sobre todo cuando siente atinado un sarcasmo extraído de sus propias experiencias. Le gusta hablar y sabe escuchar también.

La gente se sienta a sus pies. Y entonces es como un oficiante que tuviera sobre las rodillas un ejemplar de Shakespeare, Kafka o el Libro de los Muertos.

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Así que Kurt, al que el sufrimiento y el dolor le brotan por todos los poros, siente como bálsamo escuchar la voz pausada de uno de sus héroes (junto a Jack Kerouac, Patrick Süskind, Samuel Beckett y Charles Bukowski, entre otros) del que ha leído todos sus trabajos y técnicas de escritura —especialmente en Naked Lunch—. Ahora, el tiempo la ha brindado la oportunidad de conocerlo, de hablar con él y de proyectar una obra conjunta.

La cita para conocerse es en los Red House Studios de Lawrence, en Kansas, donde también se ubica la casa de Burroughs. Ahí están los enviados de la disquera Tim/Kerr (una compañía independiente surgida en los años noventa en la que se graban indie rock y post-punk y llamada anteriormente T/K).

Está también el productor y mezclador James Grauerholz (también escritor y biógrafo oficial del viejo Bill) y su equipo móvil, con Brad Murphy como ingeniero de sonido y el cineasta Gus Van Sant revoloteando por ahí como fotógrafo. Tuvieron que esperar una hora a que el escritor llegara.

Kurt trae consigo el trajín de las presentaciones que está realizando con Nirvana para promocionar Nevermind, su exitoso álbum que apareció justo hace un año (lleva casi 20 millones de ejemplares vendidos, se perfila como el mejor disco de 1992, ha hecho emerger el grunge y tiene un futuro asegurado entre las obras clásicas del género).

Pero en igual medida está enfrascado en un pleito legal con la justicia estadounidense por su cuestionable buena paternidad (junto a Courtney Love, con quien se acaba de casar y de tener una hija en agosto), en los problemas de adicción de ella y en los suyos.

Asimismo ya ha tenido la experiencia de la sobredosis, la rehabilitación, el síndrome de la abstinencia y el reciente reenganche a la heroína. Cobain, sigue dando avisos. Anuncia su muerte, la presiente y la provoca. Su trabajo creativo, desde el comienzo, ha sido todo ello. Los cuestionamientos existenciales y el estrés lo enfrentan a barreras insalvables, desde su punto de vista. El futuro ha perdido toda proporción para él.

Así que al encontrarse frente a Burroughs, su gurú, ha buscado conseguir de él una respuesta a lo que a veces no la tiene, preguntarle cómo mantener el equilibrio en la cuerda floja de la vida, saber lo que nadie sabe con certeza: “¿Qué pasa con nosotros cuando morimos?”, le pregunta Cobain a quien ha considerado siempre la constatación de la finitud como una alienación del individuo. “Cuando uno muere se muere, eso es todo”, responde el que no se ha querido rendir jamás ante ella.

Cobain obtiene el tesoro buscado de aquella plática: “Palabras para el que sabe”, así como la grabación del texto “‘The Priest’ They Called Him”, leído por William Burroughs, extractos del escrito The Exterminator. Es el regalo que ambos le quieren dar al mundo en Navidad.

La parte que le corresponde a Kurt es ponerle música a aquellas palabras (lo cual hará en noviembre de este mismo 1992, en los estudios Laundry Room de Seattle): improvisará con la guitarra el soporte sonoro para dicha historia navideña perversa y alucinada con los ecos de “Silent Night” y “To Anacreon in Heaven”.

El resultado es una cruda fusión non-music entre ambos sentires que quedó impresa en un inusual (por su cortedad) sencillo EP de 9 minutos y 42 segundos, bajo el sello Tim/Kerr Records de Portland, que fue puesto en circulación el 12 de octubre de 1993 (una de sus curiosidades es que en la portada del single de vinil de 10” aparece disfrazado como párroco el bajista de Nirvana, Chris Novocelic, ilustración basada en una idea del cantante).

En su interior se remueven las serpientes venenosas encarnadas por el caos guitarrístico del solo noise avant-garde —que ya han puesto a Cobain y a Seattle en el mapa— y la tranquila y reptante voz de Burroughs, en el papel de mesurado narrador ápocaliptico merecedor del más alto aprecio, quien al contar puso además un énfasis irónico en su acento de predicador.

De esta manera se continuaba cumpliendo la profecía metafórica lanzada en Naked Lunch décadas atrás: “El rock and roll invadirá las calles de todas las naciones, irrumpirá en el Louvre y arrojará ácido al rostro de la Mona Lisa”.

Años después, luego del suicidio de Kurt, se le preguntó a Burroughs sus impresiones sobre él: “Era un joven atento y educado. Y luego de que me diera a leer las letras que compondrían las canciones para el siguiente disco de su grupo, supe que también estaba más que listo para la muerte. Sintió debilitados los nexos que lo unían a la vida y optó por el suicidio anósmico, aquel que se da por el quebrantamiento”. Hoy, el material que grabaron juntos es una rareza y objeto de culto por parte de los fans de ambos personajes.

Éste fue un capítulo más en la larga lista de encuentros que sostuvo Burroughs con el rock. Género que tuvo (y tiene) en él a uno de sus más amados irradiadores: en las técnicas escriturales y compositivas –que en el conglomerado de prácticas sonoras abarca también a la música techno–, en la experiencia outsider y en la actitud frente al American way of life. La sombra de su influencia ha sido larga y productiva.

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[VIDEO SUGERIDO: The “Priest” they called him – Burroughs and Cobain (lyrics on screen), dailymotion (OkHacku)]

 

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DAVID LYNCH

Por SERGIO MONSALVO C.

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SILENCIO EXPLÍCITO

El silencio es una materia importante para quien lo conceptualiza, dirige o diseña. Es importante para el estadounidense David Lynch en todos los campos donde trabaja: cinematografía, pintura, fotografía, diseño y música. “Silence is Golden” es uno de sus mantras y el título de una de sus muestras plásticas más célebres, realizada a base de esferas de cristal que contienen y definen tal elemento como imprescindible para el conocimiento y reconocimiento personal.

El ruido, a su vez, es el que le ha proporcionado la perturbación, ese inquietante estado que le ha atraído el sello de originalidad a su obra. Lynch empezó a conocer y a entender el mundo a través del sonido, de la música.

A través de los años, la música le continúa sirviendo tanto o más que al principio, pero su necesidad de silencio ha cambiado. Ya no solo es la ausencia de ruido, sino el reclamo del silencio mental, de espíritu, el que, dice, le permite “pensar desde un orden personal”. Esta necesidad lo ha llevado a sumergirse en la meditación trascendental.

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Mi acercamiento a ello no es desde la religión, sino desde la espiritualidad donde se aprecia también la necesidad de silencio“, ha dicho. Y esta necesidad la cubre, eso sí,  religiosamente desde hace 40 años, con veinte minutos, dos veces al día, de tal meditación.

El silencio, para Lynch debe llevarnos a un encuentro íntimo con nosotros mismos y, a partir de ahí, iniciar un autocuestionamiento que sea capaz de revolucionar nuestro pensamiento y obra. “Cuando acabas te sientes rejuvenecido, las ideas fluyen, la creatividad crece gracias a este océano ilimitado, eterno e inmutable de conciencia que está dentro de ti”, afirma.

Para este “renacentista moderno”, como se le ha llamado, es una forma de enfrentar el triunfo del mundo “productivo”, el que consume y hace consumir. “Un mundo sin silencio; como es actualmente nuestro mundo, no lo genera porque no es productivo“.

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Pero él se ha encargado de desmentir tal aseveración no sólo con su obra multidisciplinaria sino también con la creación de un espacio físico de relajamiento llamado así: “Silencio”

Un centro nocturno y cultural concebido y diseñado por Lynch, inspirándose en el lugar semejante que aparece en su película Mulholland Drive.

Un club exclusivo, de costosa membresía anual,  ubicado en la zona de los bulevares parisinos donde tal elemento está omnipresente en las actividades que ahí se realizan a partir de la medianoche: conciertos,  proyección de películas; salas para lectura, baile y otras performances, además del restaurante y bar lounge.

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Eso incluye la escucha in situ de su propia música, desde el material de BlueBob (con John Neff, del 2001) pasando por Ghost of Love y The Air is on Fire: Soundscape (EP y álbum del 2007, respectivamente), Polish Night Music (aquella colaboración realizada con Marek Zebrowski en el 2008), los dos temas de su intervención en Dark Night of the Soul (el proyecto de Danger Mouse y Sparklehorse, del 2010),

Asimismo, la producción y demás que hizo para Chrysta Bell (This Train, 2011), lo mismo que sus recientes realizaciones como solista Crazy Clown Time y The Big Dream.

Es decir: rock experimental, alternativo e indie, dark ambient, blues eléctrico, música electrónica, clásica moderna y concreta, art rock, americana, dream pop, trip-hop y blues electronírico, una paleta musical tan amplia como ecléctica en sus conceptos, pero siempre bajo su patentado estilo personal.

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En este tiempo es The Big Dream el material que los Dj’s o Vj’s, residentes e invitados, mezclan y proyectan (estos últimos tratando de recrear la estética de los videoclips que Lynch ha plasmado en los suyos con Yoshiki, Rammstein, Moby, Nine Inch Nails o Lykke Li, entre otros) en sus presentaciones en el club.

The Big Dream está compuesto por doce temas, entre los que se incluye una muy buena versión del tema The Ballad of Hollis Brown de Dylan, y un bonus track en compañía de Lykke Li (“I’m Waiting Here”). A todas luces es diferente de su primer disco como solista, Crazy Clown Time, tanto en género como en instrumentación.

En este nuevo trabajo, aunque está presente la programación electrónica y la distorsión vocal a lo largo del mismo, la inclusión tanto de instrumentos de cuerda como de percusiones no orgánicas, le proporciona una cierta atmósfera vintage al  blues eléctrico y surrealista que presenta Lynch, con una interpretación de la guitarra a cargo de Dean Hurley muy al estilo de Link Wray.

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De esta manera, The Big Dream se convierte en un eslabón más –en este caso sonoro– de esas ambientaciones que el director cinematográfico ha mostrado una y otra vez en sus obras audiovisuales (documentales o videos); donde deja de lado el dream pop utilizado con anterioridad. Aquí se centra en el estilo de pesada ensoñación que se ha significado en la personalidad artística del estadounidense.

La mezcla entre dicha instrumentación y la electrónica, insinuada en unos temas (“Say It”, “The Big Dream”, “Star Dream Girl”) y en otros bastante acentuada (“Wishin’ Well”, “The Line It Curves” o “Say It”) es quizá el punto más destacado  en este segundo álbum como solista del cineasta. Una obra de hipermodernidad, donde lo sonoro lanza la vista  atrás para luego producir en el escucha, como en un largo plano-secuencia de 45 minutos, las reconocidas, evocadoras y enigmáticas imágenes, que siempre han caracterizado la imaginería de David Lynch en el presente.

Por lo tanto, The Big Dream –la grabación más fresca, con un material sonoro muy plástico y moldeable de este artista en su faceta de músico– es la confirmación de lo que dijera Leopold Stokowski en su momento: “Un pintor plasma sus cuadros en el lienzo, pero los músicos pintan los suyos en el silencio”.

VIDEO SUGERIDO: David Lynch – The Big Dream (Moby Reversion Featuring Mindy J…), YouTube (DAVIDLYNCHSUNDAYBEST)

THE SHAGGS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 FILOSOFÍA DEL MUNDO

Había una vez en New Hampshire, en el condado de Coos Country, en el noreste de la Unión Americana, un pueblito nombrado Fremont que tenía exactamente 50 casas, muchos sembradíos con sus respectivos tractores, algunas tiendas en su centro y edificios comerciales de varios tipos (desde donde se dirigía la economía del lugar basada en los granos, la ganadería, la avicultura y la cosecha de manzanas).

La mayoría de las viviendas eran granjas de riguroso color blanco, con anchos porches y ventanas altas y angostas, aunque las había también de otro estilo, con ventanas de color en los descansos de las escaleras y acero forjado por todas partes. Los viejos establos en el momento de esta narración servían de garage para los autos, y los terrenos eran lo suficientemente grandes para contenerlos, así como a las hortalizas y a los jardines llenos de flores.

En ese pueblito la sombra de sus árboles era larga, el pasto verde azuloso y el cielo de un glorioso azul; los manzanos (forjadores de la agricultura local) estaban siempre cargados; el maíz rebozaba en los carros de carga, las camionetas y camiones. Los caminos eran tranquilos y transitables. “Con la bendición de todas estas cosas, sería un tonto aquél que quisiera vivir en cualquier otra parte del mundo”, pensaba Austin Wiggin, aunque él nunca había visitado ninguna otra parte del mundo, ni siquiera la capital del estado o una pequeña ciudad cercana.

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Sin embargo, eso cambió el día en que su amigo de la infancia, Tom Curtis, lo llamó por teléfono para invitarlo a ir a su rancho. Quería contratarlo para supervisar algunos negocios que rentaría en el Gulf Stream Park. Austin Wiggin tenía fama entre sus amistades y conocidos  de ser un buen y honrado trabajador (lo mismo entre sus compañeros de la fábrica textil donde laboraba).

El rancho de Curtis se ubicaba en la otra punta del territorio estadounidense, Miami, en un lugar llamado Hallandale. Así que Austin pidió permiso en su trabajo, le dijo a su esposa Annie que le preparara el equipaje, por primera vez en la vida, porque estaría fuera los últimos días de aquel diciembre de 1968. Se despidió de ella, de sus cuatro hijas e hijo, subió a su pick-up y partió hacia lo desconocido.

Volvió en Año Nuevo siendo otro. A su mujer ni la dejó dormir por tratar de contarle sobre las tantas cosas fantásticas que había vivido. Le platicó acerca de los negocios que Tom había montado en aquel parque (venta de comida, de ropa, de souvenirs, durante todo el tiempo que duró el extraordinario evento) y de la solvencia económica que ahora tendrían –eran un familia campesina, relativamente pobre–. Sin embargo, eso no era lo importante. Para él hubo algo más tras ese primer viaje fuera de su terruño. Creía firmemente haber recibido una señal divina y además de una forma insospechada: a través de un festival de música.

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Austin nunca había estado con cien personas juntas a la vez antes de ir al rancho de Tom. Pero ahora podía presumir de haber no sólo estado sino compartido todo con más de cien mil de ellas (en el Miami Pop Festival). Durante tres días de aquel fin de año había departido con esa multitud en una comunidad efímera, pero a la vez eterna por lo que él llamaba “su filosofía acerca del mundo”. Estaba realmente exultante, maravillado y con la intención de hacer que su familia participara de aquella abrumadora visión. Ahora quería que sus hijas fueran rocanroleras. Y puso de inmediato manos a la obra.

Lo primero que hizo fue ir a visitar al Pastor de su localidad. En aquella pequeña iglesia protestante expuso lo que para él había significado conocer el rock and roll: el acercamiento, la convivencia, la utopía. “Vi cómo una música, que nunca había escuchado, hacía que todos se tomaran de las manos, se abrazaran, cantaran al unísono, compartieran la comida, la ropa, la vida. Todos querían lo mismo: la paz, el amor, el no a la guerra, la libertad del ser humano. Había espiritualidad e inocencia en aquel mundo. Y estuvo presente todo el tiempo mediante la música. Eso me habló de lo sagrado, de las cosas que gustan, quieren e inquietan a los niños, a los jóvenes. Mis hijas tienen que ser parte de eso, aunque no hayan estado ahí para verlo. Yo me encargaré de que lo comprendan”.

Al Pastor aquello le parecía extraño, más panteísta y pagano que cristiano, pero no le quedó más remedio que ofrecerle ayuda para ver hasta dónde llevaba dicha epifanía, pensó, tratando de convencerse.

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Austin compró por correo los instrumentos musicales que consideró necesarios: dos guitarras eléctricas, sus amplificadores y una batería compuesta por dos tambores y un solo platillo. Sus hijas no sabían tocar, jamás habían escuchado el rock ni nada semejante y no tenían ni idea de cómo se hacía la música. “Sólo háganlo con el corazón”, les pidió. Helen, la mayor, tendría a su cargo la sección rítmica; Betty, la guitarra de acompañamiento y Dorothy, el requinto y la voz principal. La menor de las cuatro, Rachel, sólo aparecería fugazmente.

El pequeño instructivo que acompañaba a los aparatos fue la única guía musical que tuvieron. A la mamá, Annie, le correspondió crear el look para el grupo, al que Austin bautizó como The Shaggs (por ser un corte de pelo popular: fleco al frente y largo de atrás y a los lados, y porque era el sobrenombre cariñoso con el que se dirigía a ellas). Así que Annie compró en la tienda general tela y botones y se puso a trabajar en la máquina de coser. Nunca había visto a un rocanrolero, pero con las pláticas de su esposo se imaginó los colores y los atuendos.

Hizo dos camisas largas, verdes y con flores de distintos colores para quienes tocarían las guitarras. El complemento fue una falda tableada en pequeños cuadros en rojo y blanco, este mismo color para los zapatos bajos, con un tacón muy discreto. La baterista, según ella, debía distinguirse de las otras. De tal modo le confeccionó una blusa blanca con adornos en los puños, en la zona de los botones al frente y en los faldones. Esos adornos serían del mismo material con el que se harían los pantalones. Como Helen estaría sentada todo el tiempo no era conveniente que usara falda. Los zapatos, esos sí,  serían iguales a los de sus hermanas. Todas deberían verse semejantes.

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Austin, mientras tanto, con ayuda del Pastor, consiguió algunos lugares para que tocaran sus hijas, The Shaggs, los fines de semana. No cobrarían ni un centavo, pero les serviría para adquirir experiencia. Al viejo establo que había acondicionado como garage, lo adaptó para que ahí ensayaran, ¿pero ensayaran qué?

Como Dorothy era la que mejor iba en la escuela fue escogida como la compositora. Y en base a sus canciones harían la música. Y así lo hicieron. Ellas no podían contradecir a su padre, y tampoco tuvieron ni remotamente esa intención, gozaban de la aventura atípica.

Como al principio les costó mucho trabajo saber qué hacer, Austin les prendía la radio en una estación desacostumbrada, sin country ni bluegrass. Ahí escucharon por primera vez a los Herman’s Hermits, a Ricky Nelson y a los Monkees. Bajo esas grandes influencias les llegó la inspiración a aquel garage.

Sus canciones hablaron del mundo en el que vivían, del coche sport que un día pasó por ahí; de sus padres; de sus mascotas, sobre todo de su gato Foot Foot, del Halloween, de las cosas que deseaban. Los acordes también aparecieron a fuerza de repetir la misma nota, acompañada del elemental tamborileo de Helen.

Debutaron en la iglesia, ante los vecinos y causaron sensación. Austin entonces mandó imprimir unos carteles y programas para anunciar sus apariciones dominicales. Un mes después sintió que estaban listas para grabar un disco. En marzo llevó  en su camioneta a toda la familia a la ciudad de Revere, en Massachusets, donde estaba el estudio más cercano (Fleetwood Studios). Él fue el productor –oficio del que no sabía nada– y pagó el tiempo de estudio y del operador, al que le dio las instrucciones de cómo quería que se oyeran: sin adornos, retoques, trucos tecnológicos, ni nada por el estilo. Todo tal cual era.

Al finalizar y quedar satisfecho con el resultado mandó hacer mil ejemplares del disco al que tituló Philosophy of the World (Filosofía del mundo), que apareció a mediados de ese mismo año: 1969. Con su camioneta repartió los ejemplares en las estaciones de radio de los pueblos y ciudades a la redonda y se quedó con cien para familiares, amigos y para sus hijas.

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Las Shaggs no hicieron otra grabación jamás, no se volvieron famosas, los musicalizadores de las estaciones de radio ni siquiera las programaron, pero el papá cumplió con el sueño de que sus hijas fueran rocanroleras. Porque creía que era la música la que las acercaría a lo divino y las haría estar en concordancia con el mundo.

La historia no registra si fueron buenos los resultados en estos sentidos (el contacto con lo divino y la armonía con el mundo). Lo que sí hace es señalar que Frank Zappa pudo conseguir por azares del destino un ejemplar de su LP, y que a partir de entonces las nombrara entre sus diez discos favoritos (el tercero, para ser más preciso); que los investigadores y estudiosos las señalaran como las creadoras del movimiento Outsider, generadoras del aboriginal rock y ejemplares del sonido de garage más primitivo y original. Rubros que alcanzaron, sin proponérselo, inocentemente, en conexión consigo mismas y con su visión del mundo. El papá fue a su vez un profeta pre-punk que terminó iluminando al rock and roll de alguna manera.

[VIDEO SUGERIDO: Philosophy of the world – The Shaggs, YouTube (Hoglegvid)]