Le dicen “La Licuadora”. Gusta de llegar temprano a este antro para cubrir pronto con su cuota. Ello la torna movida en dos sentidos. A veces, en cuanto aparece, le echa el ojo a algún parroquiano y busca trabajárselo por máximo un par de horas (con tragos, bailes y debaneos) hasta lograr que aquél suelte lo necesario o, si le gusta, convencerlo de salirse rápido a cualquier hotel cercano.
Son éstas las que siente sus mejores noches, y aunque ha tratado de identificarlas de antemano no ha podido descubrir los signos que las distinguen. Los hechos entre una y otra no concuerdan, por mucho que se esfuerce.
En otras ocasiones tiene que departir con muchos clientes y andar hueseando lo del guardarropa, el dinero de la salida, pues. En esas noches se porta más inquieta, tempestuosa, y no hay quien pueda contenerla por largos minutos. Llega, toma un corto trago del vaso recién servido, sujeta de la mano al cliente más cercano y baila con él una o dos piezas, cobra y sigue su camino hasta la siguiente mesa. Y así en chinga, con una dinámica imparable (de ahí su apodo) para hacer la roncha, el monto requerido, con la máxima premura.
A las demás compañeras les ha infundido miedo con sus arrebatos. La odian, murmuran, pero le temen y nunca han intentado nada contra ella. A fin de cuentas se esfuma tal y como se presentó. Algunas secretamente le envidian su forma de trabajar, sobre todo cuando se dedica a un solo cliente.
Hacen corrillo para observarla sin comentar los hechos. Estudian su forma de sentarse frente a él, de atraerlo con movimientos inauditos para ellas, de utilizar una agresividad que nunca se le revierte.
Acaricia y besa imprevisible y desconcertantemente, como cumpliendo un largo sueño insatisfecho. Toma una de las manos de él y la dirige hacia su propio cuerpo para que lo recorra, guiándola sin provocar desboques ni brusquedades, y también sin condiciones le permite conocerlo todo.
Luego, posa una de sus manos justo en la ingle del pasmado tipo aquél y ligerísima lo roza, al mismo tiempo que le habla al oído. Un instante después éste se va con ella o le pone los billetes dentro de la pantaleta. Fin de la jornada. Muchas reprimen el aplauso y mejor se desbandan en busca de la práctica.
Doble A es la concreción de un proyecto que busca la difusión del quehacer cultural musical y literario en sus diversos géneros a través de la tecnología actual y común a cualquiera relacionado con el medio. Desprovista de pretensiones grandilocuentes en el diseño de sus colecciones, intenta devolver a la palabra la importancia fundamental que tiene, en beneficio del acervo analítico cotidiano.
Todo un reto la realización de esta empresa. Por lo mismo, Doble A es la única editorial que escoge a sus lectores. Con un tiraje limitado de ejemplares numerados, está dirigida a los especialistas en sus distintas ramificaciones, con el objeto de que los textos ahí contenidos de veras lleguen a receptores que sepan apreciar dicho material, como rescate y recopilación del trabajo de plumas con años de labor dentro del quehacer cultural.
Siempre a la búsqueda de fondos y formas novedosas, realistas, experimentales y rabiosamente contemporáneas, estos creadores encuentran en Doble A un medio alternativo para divulgar sus ideas y expresiones artísticas.
El catálogo de la colección, dedicada a recoger tal cúmulo, incluye la narrativa (cuento, novela corta, relatos y textos), la poesía, el ensayo, la crónica, el teatro y la traducción.
Algunos de sus autores y títulos:
Emiliano Pérez Cruz, Reencuentro (noveleta)
Arnulfo Rubio, Voces de piedra (poemario)
Xavier Velasco, Cecilia (noveleta);
David Cortés, El Rock en Oposición (ensayo);
Xavier Quirarte, Jazz y literatura: ritmos de la eternidad (ensayos);
Eusebio Ruvalcaba, Gritos desde la negra oscuridad y otros poemas místicosVol. I y II (poemarios)
Naief Yehya, Caos y rabia en la cultura de la máquina (ensayos)
Ignacio Trejo Fuentes, Amiga a la que amo (relatos)
José Luis Durán King, Aves de rapiña (textos)
Varios, Elvis (textos)
Tomás Espinoza, Cuatro piezas (teatro)
Víctor M. Navarro, Homanaje a Tristán Tzara (poemario)
Sergio Monsalvo C., Blue Monk (poemario); Por amor al sax (compilación), John Coltrane (poemario), Kronos Quartet (ensayo), entre otros.
que en reposo disuelve el hueso, derrite la médula
y abre poros tan grandes como ventanas.
Jim Morrison
I
Con la llegada de la Revolución Industrial y la alta estima hacia la propiedad privada, la complejidad social se intensificó junto con las posibilidades del miedo. Las tensiones sociales crecieron en la misma medida que la desconfianza, el temor, la inseguridad y los dogmas agresivos de nuevos miembros de la sociedad, quienes definieron perfectamente las clases sociales y entablaron las reglas de la consiguiente lucha por la sobrevivencia. Éste es el momento justo para el surgimiento de la novela policiaca: mediados del siglo XIX.
Los orígenes sociales del género se remontan a la filosofía de la angustia y la inseguridad que surgieron con la nueva sociedad industrial. Ambas son características del desarrollo histórico del sistema capitalista, basado en la lucha económica y la competencia individual.
En aquella época, las fuerzas sociales instituyeron un tipo de gobierno civil, el cual fue creado, según Adam Smith, «para la seguridad de la propiedad, para la defensa de los ricos contra los pobres o de aquellos que tienen una propiedad en contra de los que no tienen ninguna en absoluto”. Esto, aunado a las concepciones filosóficas, morales y jurídicas del momento, dio como resultado nuevos conceptos: la sociedad era un conjunto de relaciones de mercado, y el mecanismo que aseguraba la ventaja individual se llamaba competencia.
Las respuestas provocadas por los nuevos conceptos entre las clases bajas fueron la actividad política y el robo, y la supresión de ambas fue emprendida por quienes las temían. Las clases dirigentes y las nacientes clases medias estaban convencidas de que una vigilancia permanente y sistemática sobre la propiedad privada y la clase obrera era lo más razonable para solucionar estos dos problemas.
Se crearon instituciones que llevaban un control sobre la indigencia y el desempleo, y se reglamentó al respecto. Lo mismo se hizo con los conceptos de robo y crimen, a los cuales se les definió como «gran amenaza para el orden público», y se encauzó a la opinión pública para que asumiera que la prevención de los mismos era una cuestión de interés general y, por lo tanto, merecía la distracción de parte de los fondos públicos. Se creó así la policía preventiva: el factor de vigilancia constante y la principal forma de disuasión.
Cuando la corrupción del sistema se hizo evidente, la desconfianza popular en la justicia oficial «engendró –en palabras de Gramsci– la figura del detective privado que actúa al margen (y a veces en franca rivalidad) de los policías oficiales”. El héroe, el hombre valiente que resuelve los misterios y hace prevalecer el orden, nació junto con la sociedad industrial.
*Fragmento de la introducción al libro El Lugar del crimen, de la editorial Times Editores, cuyo contenido se ha publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
El lugar del crimen
(Ensayos sobre la novela policiaca)
Sergio Monsalvo C.
Times Editores,
México, 1999
ÍNDICE
Introducción: La novela policiaca, vestida para matar
Edgar Allan Poe: La poesía en el crimen
Arthur Conan Doyle: Creador del cliché intacto
Raymond Chandler: Testimonio de una época
Mickey Spillane: Muerte al enemigo
Friedrich Dürrenmatt: El azar y el crimen cotidiano
Patricia Highsmith: El shock de la normalidad
Elmore Leonard: El discurso callejero
La literatura criminal: Una víctima de las circunstancias
El nombre de la banda inglesa Cornershop se originó de un estereotipo sobre los británicos asiáticos, el cual afirma que éstos siempre poseen tiendas en las esquinas (corner = esquina, shop = tienda). En tal cliché hay un obvio racismo, sustentado en la idiosincracia discriminatoria producto del pasado colonial británico. Misma con la que han tenido que vivir los inmigrantes indios y sus descendientes (al igual que otras etnias, como la paquistaní o la caribeña, por ejemplo).
En esa realidad dura y cotidiana, que los enfrenta con skinheads, neonazis, hooligans y políticos conservadores, crecen manifiestos sociales y artísticos agudos, danzarines y agridulces como el de este grupo cuya proclama es una fusión de música india, brit pop, rock alternativo y dance electrónico.
A principios de los años noventa, en Leicester, Inglaterra, el multiinstrumentista, cantante y compositor de origen indio Tjinder Singh, su hermano Avtar (bajo), Ben Ayers (guitarra) y el baterista David Chambers formaron la banda. Su álbum debut, Hold on It Hurts, data de 1994.
Al año, y con cambios en la formación, lanzaron Woman’s Gotta Have It, pero fue tiempo después cuando When I Was Born for the 7th Time les dio su mayor fama. El remix del sencillo “Brimful of Asha” (sobre la base riffmica de “Sweet Jane”), realizado por Norman Cook (alias Fatboy Slim), se convirtió en un enorme éxito.
A éste le siguió la producción de Handcream for a Generation, Judy Sucks a Lemon for Breakfast, Cornershop And the Double ‘O’ Groove Of, Urban Turban y Hold On It’s Easy, hasta la fecha.
Estos intérpretes de música indie han encontrado tres maneras de producir una forma artística contemporánea viable y en contacto con los escuchas en general. En primera instancia, por medio de su progresivo provecho de doble vía, es decir, la dilución de las influencias maternas en la música “extranjera” del país de adopción.
En segundo lugar, mediante el empleo creativo en forma divertida de la retroalimentación recibida de ambas culturas; y, finalmente, al continuar con la antigua tradición rockera de la política del baile, o sea, ejercer la crítica social mientras se disfruta.
El disco Judy Sucks a Lemon for Breakfast –su mayor éxito– fue la reafirmación de que el rock sigue siendo un grito potente dirigido sin restricciones a una gran audiencia; ése grito que ha contribuido más a rehacer la identidad británica que cualquier otra forma artística o secular.
VIDEO SUGERIDO: Cornershop – Brimful of Asha (Fatboy Slim Remix), YouTube (banacheq)
El rock británico siempre ha sido una mezcla en todos los sentidos. Es una expresión democrática y multicultural; es negra (blues, reggae, soul, funk, hip hop) y asiática (las ragas indias, sobre todo), de clase obrera, de clase media y hasta la aristocracia ha tenido qué ver en varias facetas de su historia.
Si Cornershop habla de ello en sus canciones es porque también dicha historia les pertenece como británicos asiáticos de tercera generación y eso es algo que todo el mundo debe saber. Su propuesta es inteligente e ingeniosa, una permanente descripción irónica de la vida británica contemporánea.
Y por ello citan en sus melodías tanto a los Beatles como a T.Rex, los Kinks o los Rolling Stones. Raíces comunes para todos los músicos y subgéneros nacidos en la Gran Bretaña. Es una forma de identificación que no se basa en el rechazo y la automarginación, sino en la aceptación y la creatividad.
Asimismo, el misterioso sur de Asia, es decir el subcontinente indio, ha ejercido una influencia muy significativa sobre el rock desde la década de los sesenta. Según la mitología del género, este subcontinente es una tierra de sensibilidades expansivas. Es el yin de las fuerzas primarias frente al yang de la ciencia occidental contemporánea.
Esa injerencia ha sentado sus precedentes vía la Gran Bretaña, con hitos culturales como los Beatles, con “Norwegian Wood” (del disco Rubber Soul) y Help; como discípulos filosóficos de diversos Maharishis o musicales, como de Ravi Shankar, de quien incorporaron un poco de música raga y verdades védicas en diversas obras.
La influencia india hizo acto de presencia incluso en el rock que carecía de conexiones aparentes con gurús o el misticismo. El grupo Echo and The Bunnymen, convertido en algo tan poco exótico como la sombría penumbra romántica, utilizó el sonido raga en su mejor canción, «The Cutter». Y, por supuesto, los Rolling Stones incluyeron el toque indio con el uso de la cítara en el seminal tema “Paint it Black” y en grandes partes de Their Satanic Majesties Request.
Los rockeros ingleses, pues, han tenido especial apego a lo indio. Por su parte, los británicos originarios de las Indias Orientales conforman más del veinte por ciento de la población inglesa. De igual manera, conforme el número de inmigrantes procedentes de la India, Paquistán y Bangladesh crecía en las islas británicas, los músicos ingleses (del punk a la fecha) buscan su inspiración directamente en Brixton o Leicester y ya no tan sólo en el tradicional rodeo sentimental por Memphis.
Por otro lado, el proceso indio de transculturación, el «ciclo índico» (que va incansable y sin interrupción de la Gran Bretaña a la India y de vuelta, y que se ha enriquecido a través de la historia y de su demografía) también encierra una influencia catalítica al engendrar una fértil escena musical en cada región de ambos continentes. A fin de cuentas, el rock no es un arte de formas fijas, sino de inflexiones que se producen a base de modelos remotos y en el ámbito de las grandes urbes.
Tal es el caso de Cornershop, músicos creativos que han tenido la ventaja de abrevar en fuentes de una larga tradición (en ambos países), dotadas de caracteres propicios que a ellos les ha correspondido universalizar, con un sonido más que reconocible. Un estilo que desarrolla un género de música popular a partir de la asimilación cultural.
VIDEO SUGERIDO: Cornershop – Waterloo Sunset (Culture Show 2007-06-09), YouTube (EdgarHuntley)
En la década de los sesenta gracias al círculo cultural trasatlántico y a los grupos británicos, el blues desembarcó de nueva cuenta en la Unión Americana y arraigó entre los universitarios, los hipsters seguidores del folk, el público de los festivales y los rockeros.
Era tocado y cantado para los oídos de la emergente contracultura y para el tradicional público negro en los bares de blues, juke joints y teatros populares. Se le comenzó a catalogar, analizar, transcribir y evaluar por investigadores, coleccionistas y escritores de distintos rubros.
En una “década de causas” como la de los sesenta, en la Unión Americana el blues fue igualmente asumido como aliado y como soundtrack en las distintas luchas. Pero no sólo eso, también se convirtió en una causa en sí mismo.
Las publicaciones especializadas (revistas y libros), el trabajo de recopilación, grabación y catalogación profesional, así como el coleccionismo de álbumes y eventos dedicados a él, consolidaron su percepción como una legítima forma de arte y también como una expresión artística poseedora de una identidad distinta a la del folk, el jazz o el rock.
No obstante, dichos géneros jugaron un importante papel –si no es que determinante– para ganarle a través de su vía nuevos públicos durante la mencionada década. En la tierra del Tío Sam el público blanco, en su mayoría, se introdujo en el blues gracias a los intérpretes blancos.
Al inicio con el auge de la música folk –sobre todo de la surgida del Greenwich Village neoyorkino– que comenzó a finales de los años cincuenta (curiosamente de forma paralela al skiffle en Inglaterra) y a la postre con la ola del british blues en la segunda parte de la década, a la que se unieron muchos grupos estadounidenses, entre ellos la Paul Butterfield Blues Band.
Por fortuna las ciencias sociales ofrecen una pertinente opinión al respecto, cuando afirman que cualquiera que haya tenido relación con un hecho cultural (en este caso el blues) a una edad lo suficientemente temprana como para no tener formado demasiados prejuicios sobre él, puede, potencialmente, considerarlo como parte de su propia herencia cultural, asimilarlo y, por lo tanto, usarlo como medio de expresión de forma completamente natural. Eso fue precisamente lo que sucedió con Paul Butterfield.
Su punto de arranque, como el de muchos músicos, fue Chicago. Ese paraíso musical mítico se convirtió en el centro de la forma urbana y electrificada del blues llegado del Mississippi bajo el nombre de rhythm & blues. Era música de pequeños grupos, con el ejemplo totémico de Muddy Waters.
Reflejaba el carácter de la ciudad industriosa y convulsa, en pleno desarrollo y con los fenómenos sociales acarreados por ello, incluyendo el de la migración negra. El estilo era agresivo, denso y cargado de tensión (existencial, sexual…), con la guitarra slide y la armónica amplificadas como sus características principales.
Esta materia prima la aprovechó Butterfield para su propia naturalización. Integró su versión del blues con base en sus ideas particulares sobre él y su cotidianeidad. En ciertos aspectos, este joven blanco nacido en la ciudad en 1942 y atraído por la música del ghetto, era un descendiente directo de aquellos músicos que habían electrificado al blues.
Frecuentaba incansablemente los bares negros para aprender in situ los misterios de aquel sonido. Con el tiempo resultó evidente que sus motivaciones no eran exclusivamente musicales, sino que también lo pusieron en contacto con la vida real de los bluseros negros en los que se inspiraba.
En este sentido se distinguió de sus congéneres británicos, más claramente limitados a un conocimiento indirecto del mundo negro. Sin lugar a dudas esta asimilación emprendida sobre el terreno fue la que le permitió a este adepto, integrar la mejor formación del blues blanco de aquellos momentos en los Estados Unidos: The Paul Butterfield Blues Band.
Influenciado por la música negra aprendió a tocar impecablemente la armónica, después la guitarra rítmica, la flauta y el piano, tras lo cual decidió formar la banda junto a Elvin Bishop, el tecladista Mark Naftalin y los miembros la sección rítmica de Howlin’ Wolf : Jerome Arnold ( bajo) y Sam Lay (batería).
A ellos se agregarían después Mike Bloomfield (guitarra) y David Sanborn (sax). Tocaron en los bares y clubes de la zona negra de Chicago impulsados por algunos de los mejores bluesmen de la urbe (Muddy Waters, Taj Mahal, Willie Dixon, etcétera). La banda comenzó a cobrar fama. El productor Paul Rothschild de Elektra los contrató para su sello, con lo que en 1965 la carrera discográfica del grupo comenzó a rodar.
A mediados de los años sesenta, el grupo se fogueó también como soporte de Bob Dylan durante su polémica presentación en el Newport Folk Festival y luego fue invitada a participar en el histórico Festival Pop de Monterey.
Desde entonces y hasta que se disolvió el grupo, la Paul Butterfield Blues Band fue el punto focal del blues moderno en la Unión Americana. Refugio de un progresismo anclado en la tradición, la banda se convirtió en el reflejo de la situación contemporánea del género.
Ésta siempre estuvo integrada por músicos blancos y negros, con la base rítmica de los últimos. Al frente de la banda la armónica de Butterfield, que llegó a considerarse la mejor de la época (usaba armónicas Hohner ‘Marine Band’ con la original carcterística de tocarlas al revés, con las notas graves a la derecha. Además, usaba un amplificador Fender, con el que podía igualar el volumen del resto de sus compañeros).
El debut discográfico llevó el nombre del grupo en 1965. A él le siguieron el celebrado East-West (1966), el álbum en vivo Live at Unicorn Cofee House y What’s Shakin’ del mismo año. In My Own Dream (1968), el cuarto disco de los seis que grabó en total la banda, continuó en la estela que había iniciado con el anterior Resurrection of Pigboy Crabshaw (1967), donde incluyeron el soporte de una sección de metales, con el muy joven David Sanborn en los saxes.
En éste álbum se confirmó su deriva desde blues eléctrico de raíces de los comienzos hasta un elegante sonido de soul contemporáneo. Asimismo, fue el último en el que actuaron Bishop y Naftalin, tras el cual se dedicaron a sus proyectos solistas. Con el postrer Keep on Movin’ (1969), cerraron la década y su existencia, desde entonces le han seguido infinidad de recopilaciones tanto de estudio como en vivo.
Entre los músicos que formaron parte de ella y que obtuvieron renombre en su seno estuvieron: Mike Bloomfield, Elvin Bishop, David Sanborn, Mark Naftalin, Billy Davenport y Gene Dinwiddie, por mencionar algunos. Los discos que grabaron se han vuelto clásicos en el medio de los conocedores.
VIDEO SUGERIDO: PAUL BUTTERFIELD – Everything’s Gonna be Alright (1969), YouTube (pupovac zlatko)
Alguna vez el fotógrafo húngaro Brassaï (Gyula Halász, 1899-1984) dijo que “no se pueden atrapar las cosas de la vida, la vida misma, a través del realismo o del naturalismo, únicamente podemos hacerlo por medio de los sueños, los símbolos o la imaginación”. La serie “Gloves” posee algo de todo ello. Son fotos- partículas en las que el tiempo ha quedado detenido.
La serie es un intento de narrativa y una sucesión onírica de imágenes tan ordinarias que rompen lo lineal de la realidad para confrontarla. Los objetos atrapados ahí son como un paréntesis misterioso en medio de la cotidianidad. Entre dos hechos: un momento de súbita iluminación, un gesto único, una señal, un aviso enfocado por el guiño de una prenda.
Tales objetos huérfanos están, además, faltos de grandilocuencia, de sucesos importantes, de anécdotas colectivas. Sin embargo, resultan un indicador de que hay o hubo vida. Representan momentos intrascendentes, insustanciales, donde lo anodino es precisamente lo más sustancial de la vida, en tanto que la nutre a la hora de tratar de recordar lo distorsionante y sin glamour de un olvido, de un descuido. Los mostrados aquí son unos pequeños objetos perdidos y dispersos, y acaso con una historia que contar.
GLOVES 1/CRUZAR EL CAMINO
Gloves 1 – Cruzar el camino
Atravesar
con vigor
e intuición
hacia otra ruta
GLOVES 2/CATCH THE SUN
Gloves 2 – Catch the Sun
Atraparlo
para comprobar
si hay en él
un lugar para cada uno
GLOVES 3/GOTCHA!
Gloves 3 – Gotcha!
La sensación de sentirse
descubierto al descubierto
con ansias de diluirse
GLOVES 4/LES FEUILLES MORTES
Gloves 4 – Les Feuilles Mortes
Recordar
cómo se llaman
y ponerles un nombre
como a las hojas muertas
GLOVES 5/CAPTURED
Gloves 5 – Captured
Atreverse a abrir
para inquietar
esa vida
con lo inesperado
GLOVES 6/LOST
Gloves 6 – Lost
Perderse
con el fin
último
de reencontrase
GLOVES 7/MISTY BLUE
Gloves 7 – Misty Blue
Cuidar que el
pensamiento
no lo convierta
en bruma
GLOVES 8/ASPHALT FLOWER
Gloves 8 – Asphalt Flower
¡Atención!
Lo inesperado
brota por ahí
de vez en cuando
GLOVES 9/IN FOCUS
Gloves 9 – In Focus
Recordar
que todo
es cuestión
de enfoque
GLOVES 10/IN THE DARK
Gloves 10 – In the Dark
La oscuridad
siempre
puede iluminarse
con palabras
GLOVES 11/TO BE AROUND THE BUSH
Gloves 11 – To Beat Around the Bush
Ahuyentar
las indecisiones
sin derrochar
el tiempo
GLOVES 12/THE ASCENT
Gloves 12 – The Ascent
Visto así
el ascenso
por supuesto
tendrá la voluntad
GLOVES 13/WAITING FOR THE END OF THE WORLD
Gloves 13 – Waiting For The End of The World
Esperando
sin premuras
el fin del mundo
¿Hay alguna prisa?
GLOVES 14/BIKE ACCIDENT
Gloves 14 – Bike Accident
Atender
las señales
y los ruidos
resta el dolor
GLOVES 15/IN THE WILD
Gloves 15 – In The Wild
Convivir
o no convivir
he ahí el nudo
del fracaso
GLOVES 16/GRAVEYARD
Gloves 16 – Graveyard
Toda senda
conduce
al sitio reservado
para todos
GLOVES 17/URBAN PHANTOM
Gloves 17 – Urban Phantom
Existen
tantos mitos urbanos
que comienzan
con una aparición extraña
GLOVES 18/THE RECLUSE
Gloves 18 – The Recluse
El Afuera
como fin
el anhelo
como causa
GLOVES 19/STAND UP AND RUN
Gloves 19 – Stand Up and Run
No decaer
seguir corriendo
mantener la forma
vivir con ritmo
GLOVES 20/HOWL
Gloves 20 – Howl
Aullar
de Amor
de pena
aullar
GLOVES 21/AGAINST THE WIND
Gloves 21 – Against the Wind
Encontrar
la fuerza
en uno mismo
against the wind
GLOVES 22/BLUE
Gloves 22 – Blue
El azul
le sienta bien
a toda
soledad
GLOVES 23/PUNK’S CHALLENGE
Gloves 23 – Punk’s Challenge
Arrojar
el guante
y la
consigna
GLOVES 24/DRUNKEN ANGEL
Gloves 24 – Drunken Angel
La Sed
del custodiado
puede
intoxicar
GLOVES 25/HOLD ON!
Gloves 25 – Hold On!
Mantener el tipo
sin importar
la ausencia
el apoyo llegará
GLOVES 26/POOR FOOL
Gloves 26 – Poor Fool
Mimetízate
te dijeron
y lo hiciste
poor fool
GLOVES 27/HELP ME!
Gloves 27 – Help Me!
Help Me Darlin’
Si hablas habla conmigo
Si sueñas sueña conmigo
Si amas hazlo conmigo
GLOVES 28/JUMP IN MY CAR
Gloves 28 – Jump in My Car
A veces
los accidentes suceden
y pueden llevarte
a pensamientos desconocidos
GLOVES 29/BLACK VELVET
Gloves 29 – Black Velvet
En el arroyo
el terciopelo
encontró su nombre
subterráneo
GLOVES 30/BEING LOST
Gloves 30 – Being Lost
Saberse
perdido
para volver
a encontrarse
GLOVES 3I/LET’S WORK TOGETHER
Gloves 31 – Let’s Work Together
Conocer
al otro
de una u otra
manera
GLOVES 32/AFTER THE TOUR
Gloves 32 – After the Tour
Lo que importa
no es la meta
sino el viaje
y la perspectiva
GLOVES 33/ABBEY WHO?
Gloves 33 – Abbey Who?
Zebra Crossing
lookin’, lookin’
for the road
everywhere
*Texto de presentación e ilustraciones del volumen Gloves, de la Editorial Doble A, cuyo contenido (fotografías) ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos, bajo ese rubro.
“Dos cosas cambiaron mi vida: una película que fui a ver con mi hermano (cuya vida también se definió ahí) y la posterior una canción que compuse –explicó Chip Taylor en su momento–. La película fue Blackboard Jungle (Semillas de maldad, en su tendenciosa versión al español).
«En Yonkers, NY, mi biografía, está un capítulo donde cuento el día que fui a ver aquella película de Richard Brooks donde al final (durante los créditos) sonaba “Rock Around the Clock”.
“Esa pieza representaba la música de los rebeldes de entonces, sonaba irresistible y los casi y adolescentes que estábamos en el cine nos pusimos a bailar, a gritar y a armar un gran desmadre. Cuando salimos, le dije a Jon, mi hermano, que nadie podría parar al rock and roll. Y así fue: la canción llegó al número uno de las listas.
“Recuerdo que cuando salió el disco de Bill Haley, las emisoras de radio lo boicotearon -creían que era un artista negro-. A pesar de eso fue un éxito. Sentía que nuestra generación iba a conquistar el mundo. Al poco tiempo, e influido por aquel sonido, yo ya cantaba en vivo mis primeras composiciones”.
El verdadero nombre de este personaje que ha sido muy importante para el desarrollo del rock y del pop es James Wesley Voight. Nació en 1944, en Yonkers, una localidad industrial cercana a Nueva York. Se lo tuvo que cambiar como autor después de editar discos de rockabilly como Wes Voight («Midnight Blues», «I Want A Lover», «I’m Loving It», «I’m Ready to Go Steady» y «The Wind and the Cold Black Night», entre ellos) hacia el final de los cincuenta y comprobar que los locutores se atragantaban al pronunciarlo.
(Su hermano mayor, al que aquella película motivó a convertirse en actor, curiosamente, sí triunfó como tal llamándose Jon Voight y obtuvo el estrellato con la cinta Midnight Cowboy –un filme clásico).
Así que a Wes Voight se le vio transformarse en Chip Taylor cuando cantaba en los clubes y antros country de Nueva York y alrededores y cuando entró a trabajar al Brill Building, de Broadway, y vivir el apogeo de aquella fabulosa fábrica neoyorquina de hacer canciones en los primeros años sesenta.
«Eran verdaderos colmenares, plantas enteras convertidas en cubículos donde se componía sin parar. Firmabas un contrato que, a cambio de un salario fijo, te obligaba a crear un número limitado de canciones. Entrabas así en una dinámica muy extenuante: tenías que grabar demos para ofrecérselos a los artistas y terminabas ejerciendo además de arreglista, productor y cantante.
“Ahí yo era un raro: no usaba el piano, tocaba la guitarra y mis temas sonaba más a country y a rhythm and blues que a lo de mi compañero Burt Bacharach, por ejemplo».
Durante los años setenta, Taylor volvió a cantar y editó media docena de álbumes bajo su nombre. Daba la talla como personaje pintoresco. Un sobreviviente de aquella época cavernaria.
Además, tras el fenómeno de Carole King, por venir del Brill Building sumaba méritos ante las compañías discográficas. Pero le costó encontrar mercado: «Era demasiado adulto para el público de los cantautores y demasiado urbano para la gente del country”.
Por otra parte, con el olfato bien afinado, Chip Taylor intuyó la llegada de la contracultura, con su énfasis en la autoexpresión (con el músico componiendo e interpretando sus propios temas) y supo entender el cambio de parámetros, que incluía la devaluación del single y la importancia del LP (aquí inició un proyecto con Flying Machine y James Taylor, que da para otra historia), todo lo cual efectivamente supuso el eclipse del concepto industrial de la música pop, tal como se practicaba en el Brill Building.
Sus canciones de entonces, con la habilidad para reflejar la sensibilidad femenina, fueron registradas por Aretha Franklin, Lorraine Ellison, Dusty Springfield, Peggy Lee, Janis Joplin o Barbara Lewis.
Sin embargo, y a pesar del éxito obtenido con varios de sus títulos, a principios de los ochenta, abandonó la música y se convirtió en un jugador profesional de cartas, y apostador en las carreras de caballos, sus otras pasiones. Hasta que sus habilidades (“nada truculentas”, según él) determinaron que los casinos de Atlantic City le prohibieran entrar en sus instalaciones.
Musicalmente, reapareció a mediados de los años noventa, grabando en sellos pequeños y acomodándose en ese movimiento conocido como Americana y alt country, donde muchos de sus intérpretes lo reconocen como un igual y han grabado con él (como Lucinda Williams, entre ellos). Su perfil de yanqui con sonido sureño lo hace especialmente atractivo para el público.
Con la entrada del nuevo siglo, fundó un sello, Train Wreck Records, reinventándose y permitiéndose editar un álbum doble (The London sessions bootleg) y un disco-libro, Songs from a dutch tour.
También ha publicado desde entonces hermosos proyectos country de sus acompañantes habituales: el guitarrista John Platania, que también toca con Van Morrison, o dos poderosas cantantes-violinistas, Kendel Carson y Carrie Rodríguez. Con esta última también ha iniciado un proyecto conjunto con el que graban y salen de gira.
No obstante, la década de los sesenta fue su momento álgido, con dos canciones que lo instalaron en la historia tanto del rock como del pop para siempre. En este último, firmó la pieza Angel of the morning, un tema generador de muchos beneficios para él: ha sido un éxito en diferentes décadas (en películas, anuncios, series de televisión; los derechos le han ayudado a cuadrar sus cuentas en tiempos de vacas flacas).
Al principio, esta canción estuvo pensada para Connie Francis, que no se atrevió a cantarla por la letra: aún no era frecuente contar un affair clandestino, de una sola noche y la mañana siguiente, desde el punto de vista femenino. Francis pensó que eso podría afectar su carrera en la que navegaba con bandera de inocente. Así que el honor recayó en Merrilee Rush, quien la convirtió en un hit de 1968 y en una canción duradera. Con infinidad de intérpretes posteriores en todos los géneros.
La quintesencia de su música fue publicada en una muy destacada antología titulada Wild Thing The Songs of Chip Taylor, donde sobresalen todos los temas suyos en voz de sus mejores intérpretes de ambos lados del Atlántico.
VIDEO SUGERIDO: Chip Taylor “Wild Thing”, YouTube (Music City Roots)