TINDERSTICKS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (PIEDRA Y PÁRAMO)

Una vez cierto maestro que tuve en una escuela para escritores –siempre encantado de conocerse–, dijo en el aula que la obra de Juan Rulfo era sorda y por siempre silenciosa. Se jactaba de sabérsela bien. “No en vano su halo impregna todos mis escritos”, aseveró.

Yo le contesté que no, que eso parecía más bien la descripción de un autista que la de un artista; y que, según yo, las palabras de Rulfo llevaban la música por dentro (como un espejismo), pero que ésta aún no se había inventado en concreto cuando aparecieron sus escritos.

Porque finalmente un verdadero artista –y Rulfo lo era– es tan observador que le resulta fácil imaginar otras vidas o muertes. (El que escribe, con su literatura construye el soporte para trasladar a futuro el legado secreto de lo auténticamente memorable, que jamás se diluye en la estricta senda de los hechos en el tiempo).

Aquel maestro me expulsó del salón por llevarle la contraria –el ego de su llano estaba en llamas– y se retractó (a la postre, con un nota llevada por una de sus discípulas e indignadas fans) de presentar mi libro de ensayos, El lugar del crimen, sobre el thriller y la novela negra, evento al que ya había aceptado asistir.

En fin, me fui decepcionado de aquella escuela que de cualquier manera no me dio las respuestas que esperaba, y ya no le pude decir que el sonido rulfiano surgiría (¿o se aparecería?) en los años noventa, ya en pleno fin del siglo XX. Más de un cuarto de siglo después de que Pedro Páramo dijera esta sombra es mía.

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Dicha música brotó. Y lo hizo en el desierto de una época que preludió el fin del mundo como se le conocía, como una flor de liz de belleza extraviada,  mientras acá en Comala el aire seguía con su propia extremaunción, sin dar cuenta de asunto tan mundano.

Aquel sonido provendría de la doble i (intuición/imaginación) que constituía la personalidad de un músico llamado Stuart Staples, que a contracorriente, no le gustaba andar por la calle con los audífonos puestos porque no quería perderse de los sonidos que construían su alrededor.

Un alrededor en el que lo mismo deambulaban zombies que entes vivos. Combinación que el mundo ofrecería desde entonces. Y que él observaba como si estuviera del otro lado de la vitrina, para luego capturar dicho trajín en una bitácora a la que llamaba “sonidos de instantes muertos”.

Instantes poblados de tristeza que de inmediato pasaban a habitar su mente, y en ésta comenzaban a fraguarse los cantos de unas voces que con una melodía decaída contaban su andar rutinario y sus viajes sin retorno. En versos de desconsuelo vagaban sus sentimientos sin fin ni destino.

Eran las voces apagadas por quienes se trasladaban de un lugar a otro, en el ajetreo cotidiano, dejando pasar las cosas en la distracción de apps de juego y diversión inútil. Escenario que lo motivó a evadirse de ello y pensar en irse a un “pueblito de la provincia”.

VIDEO SUGERIDO: Tindersticks: Friday Night, YouTube (TheFirstborn Isdead

Entonces recordó lo que le había platicado su mujer, de cuando viajó a cierto lugar tras de leer un libro que la obsesionó. “Se trataba de un tal Pedro Páramo y del espacio que habitaba: Comala”, le dijo. Había ido por ahí, por esa fisura llamada de aquel modo. Se encontró con lo inesperado.

“La tristeza poshumana”, afirmó y nunca más quiso ahondar en ello, a pesar de que él insistió. Ahora, con su intención de viaje al interior, a un pueblito, con una mochila cargada de aquel sentimiento, ella lo miró y le dijo que hiciera una lista de “cosas qué hacer ahí mientras estuviera muerto”. “La vas a necesitar”, sentenció.

E imaginó ver aquello a través de los recuerdos no dichos de su mujer, de su callada nostalgia sin suspiros. ¿Sería capaz de ejercer el paradigma del creador romántico que huye del mundanal ruido para intentar definirse, reencontrarse, dialogar  íntimamente con ese mundo desesperanzado?

Una vez estando ahí y entre la lista de cosas qué hacer estando muerto, descubrió su voz. Aquella con la que quería expresar ese fatalista romanticismo decadente que desprende olor a calles solitarias y olvidadas por la vida y que más que parecer añejo, resultaba atemporal.

Pintaría de sepia aquella experiencia onírica y el color distintivo lo marcaría su profunda voz de barítono, que lo emparentaría con influencias de hombres ya idos como Scott Walker o Lee Hazlewood. La dotaría de la expresividad escénica pulcra que merecía cada escenario dramático que presentaba.

Llamaría a cófrades que entendieran lo que quería representar, los lugares que quería esbozar. Y hubo entonces guitarras, violines, carillones, vibráfonos, órganos Hammond, pianos, trompetas, fagots, baterías…y el primer nombre en su lista de convocados: Dickon Hinchliffe.

Éste le daría el toque y curso a cierta experimentación en las orquestaciones que arroparían tal lírica. Construirían  en conjunto un entramado de indie,  pop barroco y camarístico, con aires de jazz en cuyo seno campearía un ecléctico interiorismo soul. El efecto justo de un sonido que no sería de este mundo.

Sonido concentrado en piezas que serían como pequeños y bellos frascos que contendrían las gotas prescritas en apariencia de sosiego, reposo y gravedad serena, pero que en realidad inducirían a la reflexión y a su vértigo, a captar algo que esbozara la dimensión del pozo más profundo.

Sendas que se internaran en la pérdida y el recuerdo, arrulladas por el murmullo de una música preciosista y minuciosa que sirviera para adentrarse a un tiempo distinto, sin segundero. Como en un ritual anacrónico de luces apagadas y sentidos expectantes.

Ser conducido por esa voz impactante en su tristeza. Por su calidez y fragilidad unitarias. Herida pero exploradora irrevocable, rica en matices. Hacedora de atmósferas compungidas que aminoran el latido con cada vuelta de tuerca existencial aparentemente semejante. Hipnosis ambiental.

Como la de aquel páramo literario y memorable de un tal Rulfo, para el que su mujer apenas lo previno y hasta no experimentarlo supo que adentrarse en él representa una osadía. Un viaje al obsesivo recitado de la tristeza circular, misma que lo conduciría a la creación de un filoso y sofisticado aparato musical (Tindersticks) que marcara en el alma el dolor de cada palabra pronunciada.

Rulfo escribió aquella obra en una lengua en la que todas las consonantes son mortales de necesidad (también todas las vocales). El que la lee en voz alta cae fulminado por ella. El que la oye así se pasma. Hay que hacerlo en voz muy baja o de manera callada.

En ella no hay silencio. Hay la música de fuera del tiempo, del destiempo o del contratiempo. “Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por un sol atardecido”.

Hay voces con susurro incesante y el ruido del tenaz flujo de la melancolía. Por ello hay que leerla con el alumbre de los Tindersticks como fondo, leer y escuchar sin los audífonos puestos (no se necesitan y tampoco se aconsejan).

VIDEO SUGERIDO: Tindersticks Runnin Wild, YouTube (vodkalimaoglass)

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FREAK FOLK / I

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA VETA ALUCINADA

El siglo XXI ha sido un momento clave y decisivo para la evolución de un género centenario: el folk. Sus representantes contemporáneos le han dado las vueltas de tuerca necesarias para eso y tras cada una de ellas ha aparecido una nueva perspectiva: que va desde el  neo al anti, pasando por el alt, el avant y el freak.

Y es precisamente en este último término donde me detendré para echarle un vistazo y saber por dónde andan sus coordenadas y directrices. Unas que han inundado o salpicado a diversas formas musicales y creado un horizonte más amplio para dicha manifestación artística.

El freak folk –al que también se le llama acid y que se encuentra aglutinado en el gran total del folk originado en los años cero denominado New Weird America– es un subgénero que abreva de tres fuentes musicales: el avant-garde, el pop barroco y el folk psicodélico, con los que tiene en común el sonido, los temas y el estilo vocal.

Sus raíces se encuentran en el folk rock de los años sesenta con grupos y solistas fundamentales como The Incredible String Band, The Fugz y Vashti Bunyan, entre otros. Estilo del cual extienden su característica acústica hacia lo electrónico (en mayor o menor grado).

Asimismo, dentro de su menú incluyen el tropicalismo, el free jazz y el indie más marginal. Es decir, es un subgénero incluyente, imaginativo, de voces muy armónicas y de selecta orquestación. Una joya musical representante absoluta del hipermodernismo de esta época.

El freak folk tiene un peculiar sonido atmosférico. Sus letras se basan, por lo general, en el mundo natural, el amor, la belleza y tratan de evocar un estado de la mente asociado con las alteraciones psicodélicas.

Sus influencias de la música antigua tradicional (de diversas zonas del mundo) y de la etapa dorada del rock (la psicodelia y su goteo orientalista y exótico) confluyen con la interpretación vanguardista que enarbolan sus múltiples avatares, entre los que encontramos nombres como los de Devendra Banhart, Animal Collective, Grizzly Bear o CocoRosie, por mencionar sólo algunos cuantos practicantes del mismo.

VIDEO SUGERIDO: Devendra Banhart – Baby (Video), YouTube (devendrabanharttv)

El venezolano-estadounidense Devendra Banhart ha reclamado para sí, de manera rápida y definitiva, un lugar particular en la historia de esta música. No está sujeto a modas, ni se limita a algo en específico.

Es tal su eclecticismo –que va del surf al neo garage y a la hibridez de las fusiones con el folk– que necesita de proyectos diversos para darse a basto (por ello ha colaborado con Jana Hunter o Bert Jansch) o creado grupos alternos como Vetiver o Megapuss.

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Desde su aparición, Banhart ha procurado ofrecer algo distinto a los escuchas, una alternativa tan evocadora como novísima y llena de imaginación frente a las opciones musicales familiares disponibles en el dial contemporáneo.

Ha destacado por sus excentricidades (es un neo-hippie que vive en la casa que le perteneció a Jim Morrison; hace demos en su grabadora telefónica o promueve el new age como estilo de vida) pero, sobre todo, por representar a la música del nuevo siglo con orientación folk y psicodélica en sus formas más experimentales y retrofuturistas.

Banhart ha mostrado una voz paticular y un sonido folk altamente minimal y lo-fi. Sus letras desde el principio han estado relacionadas con el habitat natural y el surrealismo.

Es un intérprete que conmueve y seda al mismo tiempo, como si fuera la reivindicación de la calma. Su bucólico universo. Pero en él hay también provocación, ironía y parodia hacia lo solemne del folk tradicional.

Sus álbumes son espirituales, místicos eclécticos, mágicos y psicodélicos, pero también bilingües, chamánicos, ambiciosos y trascendentales.

Con ellos, del minimalismo del trovador (cuyo colorido vocal ha sido comparado con Marc Bolan) pasa a la conformación de una banda sólida (que cambia constantemente) y multiinstrumental puesta al servicio de la variedad de estilos comprendidos en cada nuevo disco. En Devendra Banhart hay melancolía, pero es una esperanzadora, suspendida y anestesiada.

VIDEO SUGERIDO: Devendra Banhart – carmensita, YouTube (beggars)

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ART OF NOISE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 WHO’S AFRAID?

 El futuro llegó, como lo predijo George Orwell, en 1984. Y como compañía vino implícita la utilización de lenguajes nuevos, tanto del habla cotidiana como de la música que acompañó su instalación y desarrollo. La idea humana quedó relegada, como el inicio para la realización de miles de proyectos en cuya manufactura posterior tuvo muy poco que ver, si no es que nada: los riesgos de la tecnología.

Art of Noise era un grupo británico inmerso dentro de la corriente futurista. El nombre derivó del ensayo The Art of Noises, escrito por Luigi Russolo, creador inserto dentro de tal corriente vanguardista a principios del siglo XX.

Una mano sujetando un microchip, núcleo de la tecnología digital, era el logotipo que usaban como propaganda. Gary Langan, uno de sus integrantes y experto en electrónica, dijo que en ese momento (los noventa), con frecuencia mayor de la que uno se imaginaba, la música que se escuchaba se debía a la derivación de las células de una computadora.

Dentro de la parafernalia maquinista, el productor inglés Peter Wegg creó para la televisión de su país a Max Headroom, la máscara electrónicamente dirigida que se volvió personaje del medio. Este realizador fue llamado por Art of Noise para participar en la elaboración de su primer disco, Paranoimia, con el cual ambos se convirtieron en estrellas.

No fue más que la confirmación de que sin el progreso técnico ya no funcionaba desde entonces ninguna extravagancia, y según los integrantes de este proyecto (el mencionado ingeniero y productor Gary Langan, el productor Trevor Horn, el programador J.J. Jeczalik y el periodista musical Paul Morley, a ellos e uniría en 1988 el músico Lol Creme) sirvió para desmentir a quienes aseveraban que la perfección técnica iba en detrimento de la creatividad. Art of Noise lo creía a pie juntillas y resultaron el mejor ejemplo de ello.

Jonathan (J.J.) Jeczalik, otro de sus componentes, había trabajado para Kate Bush, los Pet Shop Boys, Paul McCartney, ABC y Nick Kershaw, entre algunos músicos; empezó como programador del «fairlight» para el productor Trevor Horn (exmiembro de Yes). Jeczalik aprovechó los momentos libres que tenía para experimentar con dicho aparato.

J.J. y Langan se habían conocido una noche mientras mezclaban un disco para Yes, se pusieron a fantasear con las máquinas y el resultado fue el track «Close to the Edit». Como el experimento resultó satisfactorio decidieron reunirse, pero les faltaba alguien que aportara la cuestión melódica. Entonces llamaron a la arreglista Anne Dudley, conocida de ambos y quien se uniría al conglomerado.   Ella había recibido una educación musical dentro del clasicismo; sin embargo, se sintió atraída al jazz y luego al pop.

Martin Frey, líder de ABC, le confió los arreglos más importantes del álbum Lexicon of Love, que estaba grabando, por su profesionalismo. Luego ella trabajó con Wham!, Lloyd Cole y Blancmange.

Gary Langan tenía también un impresionante historial en la mezcla y producción con The The y Spandau Ballet.

Al sumar todas estas actividades se explica el vasto archivo de sonidos con el cual se alimentó Art of Noise en sus dos etapas de existencia: de 1983 a 1990 y de 1998 al 2000, diskette tras diskette, cuyos productos manejaron a placer por medio de las computadoras para establecer la secuencia del sonido seleccionado.

Los resultados se pueden escuchar en álbumes y antologías como In Visible Silence, Belowe the Waste, Best Of, In No Sense, Nonsense! y The Ambient Collection, entre ellos.

VIDEO SUGERIDO: Art of Noise – Moments In Love (Live), YouTube (prozvu beer)

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Tornamesa

NICKY HOPKINS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LAS TECLAS NECESARIAS

El blues forma una parte importantísima de la ecuación de la música de nuestro tiempo. Aportó al rock muchas de sus preocupaciones líricas y de su estilo musical. El impacto del género es más evidente en las fijaciones de la cultura rocanrolera, cuyos representantes trataron de cooptarlo en su totalidad y fueron juzgados críticamente de acuerdo con su capacidad o incapacidad para hacerlo.

En la Inglaterra de comienzos de los años sesenta John Mayall, Alexis Korner y Cyril Davies organizaron verdaderos seminarios en el arte bluesero; lograron resultados duraderos tanto en forma de sus proyectos continuos –los Bluesbreakers, Blues Incorporated y His All Stars, respectivamente– como con referencia a todo lo engendrado por ellos, incluyendo a los Yardbirds, los Animals y los Rolling Stones y un sinfín de grupos y músicos destacados.

Asimismo se trató de conocer personalmente y actuando a muchos de los artistas originales del género, como Fred McDowell, John Hurt, Furry Lewis, Mance Lipscomb, Willie Dixon, Sonny Boy Williams, Muddy Waters, etcétera. Rescatados para la ocasión, se esperaba siempre de ellos la Revelación auténtica.

Muddy Waters recordaba lo siguiente: «Cuando fui a Inglaterra por primera vez –en 1958, año en que tocó con Chris Barber, Alexis Korner y Cyril Davies– inicié verdaderamente al país en el blues amplificado eléctricamente.  Muchos fans me preguntaron por qué no tocaba la guitarra acústica y les prometí llevar una en la siguiente ocasión, lo que por otra parte hice.

“Para la época de mi segunda visita, a comienzos de los sesenta, todos los grupos de blues ingleses tocaban ya con amplificación y con un feeling increíble. Recuerdo que en uno de los conciertos que hice con Cyril Davies y su banda His All Stars me llamó mucho la atención la forma de tocar de uno de ellos:  ‘Oye, Cyril –le dije–, ¿quién es el hombre del piano?’  Davies volteó y me dijo: ‘Se llama Nicky Hopkins y tiene 17 años.'»

Dicha forma de asimilación desapareció a ratos, pero nunca por mucho tiempo. En 1968, los Rolling Stones también habían absorbido y abandonado el blues, disponiéndose a inventarlo del todo nuevo. Para el fin incluyeron blues «auténticos» en sus mejores álbumes hasta la fecha: Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers, Exile on Main Street, Goat’s Head Soup e It’s Only Rock ‘n’ Roll (además de la famosa sesión Jammin’ with Edward).

En todos ellos y otros posteriores los acompañó tanto en el estudio como en sus presentaciones en vivo el mismo Nicky Hopkins. Desde sus comienzos los Rolling Stones acogieron acompañantes encargados de tocar en el estudio o en público un tema de órgano, piano o de algún otro instrumento que los miembros oficiales del grupo no utilizan por sí mismos: Ry Cooder, Billy Preston, Bobby Keys, Jim Price, Ian Stewart y Nicky Hopkins, entre los más destacados.

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Su intervención afectó definitivamente la expresión musical del grupo, según las modalidades que éste había establecido per se. De todos ellos, los constantes y omnipresentes fueron Ian Stewart y Nicky Hopkins en los teclados. Stewart murió hace unos años (1985) y Hopkins en 1994, terminando así una estrecha relación de más de tres décadas.

Hoy, muchos de los mejores intérpretes del blues inglés han muerto, entre ellos Alexis Korner, Cyril Davies, Nicky Hopkins, los tres curiosamente sin recibir mayor atención de las agencias noticiosas internacionales.

Nicky falleció un 6 de septiembre en Nashville, Tennessee, aquejado por problemas cardiacos y abdominales. Contaba con 50 años de edad. Este pianista, cantante y compositor nació en Inglaterra el 24 de febrero de 1944.  Recibió una educación clásica en el piano, pero sus instintos lo llevaron hacia el blues, género en el que debutó con la banda de Cyril Davies y con la cual se mantuvo hasta la muerte de éste.

A la postre se integró al Jeff Beck Group, junto con Rod Stewart. También fue miembro de Quicksilver Messenger Service y Sweet Thursday, hasta ser llamado por los Rolling Stones como sesionista y tecladista durante las giras.

Durante su extensa carrera musical colaboró con infinidad de grupos y solistas en diversas grabaciones: Beatles, Jefferson Airplane, Steve Miller Band, Lord Sutch, The Who, John Lennon, New Riders of the Purple Sage, Nilsson, Carly Simon, Donovan, George Harrison, Marc Almond, Joe Cocker, Peter Frampton y Rod Stewart, entre muchos otros.

A pesar de tamaña lista, a mí no me cabe la menor duda de que su mejor trabajo lo realizó con los Rolling Stones, y como ejemplo escúchese con atención su labor en los teclados de piezas como «Rocks Off», «Rip This Joint», «Tumblin’ Dice», «Sweet Virginia», «Torn and Frayed» o «Loving Cup», en esa obra maestra llamada Exile on Main Street.

VIDEO SUGERIDO: “ANGIE” performed by Nicky Hopkins, Charlie Watts, Bill Wyman, YouTube (Mark Korvin Slugocki)

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PREM JOSHUA

Por SERGIO MONSALVO C.

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 PASAJE A LA INDIA

El rock como música, y prioritariamente como cultura, siempre ha buscado la oportunidad y también el motivo para manifestar su selección de influencias. Una de ellas proviene desde los años sesenta de la India.

Después del blues negro y el folk blanco, la expresión musical de aquel país constituyó el siguiente elemento importante en la mezcla particular creada por el rock y actualmente por el world beat, el house o sus derivados.

Los intérpretes de la música india, orientados hacia el rock y géneros contemporáneos desde mediados del siglo XX, encontraron tres maneras de producir una forma artística actualizada, viable y en contacto con la población del mundo en general.

Esto ocurrió por medio de una progresiva “indianización”, es decir, la dilución de esas influencias en géneros que surgieron como crossover, en primer lugar.

En segundo, mediante el empleo creativo de la retroalimentación recibida tanto del Oriente como de Occidente en forma de world music; y finalmente al mezclar dentro del world beat la antigua tradición musical india, tanto popular como clásica, con la música house, techno y afines.

El proceso de transculturación engendró con los años una fértil escena musical. De tal suerte es posible ubicar a un hombre llamado Prem Joshua como un eslabón importante en la fuerte cadena que ata a la cultura del género con aquella península oriental.

Tras una larga trayectoría y vida en dicho territorio es actualmente saludado como a un personaje popular mientras camina por las calles de Bombay. “No soy una estrella de Bollywood, pero algunos me reconocen por aquí”, admite.

Prem es un alemán oriundo de la Selva Negra que a los cinco años de edad comenzó a tocar la flauta y después, en plena adolescencia, el saxofón para poder formar parte de alguna banda local de rock y jazz. Se inició en las drogas psicodélicas y el misticismo literario, pero pronto se dio cuenta de que aquello no lo satisfacía.

Así que a los 18 años tomó su mochila rumbo a Pakistán, Irán, Afganistán y Turquía. Lugares donde intentó asentarse pero los musulmanes radicales, contrarios a la música, le lanzaban piedras cuando intentaba tocar en algún sitio. Por lo que se trasladó finalmente a la India.

Cuando llegó a aquella zona del mundo buscó algo más que pasarla bien y consumir sicotrópicos. La sensación de irrealidad de las drogas, en su caso, no le ayudaba para componer lo que tenía en mente (la fusión de las ragas con la electrónica), así que se puso a estudiar la música regional en serio. Y no solamente ésta, sino la cultura en general.

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Aprendió a tocar la sítar con el maestro Ustad Usman Khan en Benares y con el gurú Osho el pensamiento espiritual del que se hizo seguidor. A la postre, completó sus estudios musicales con la flauta de bambú (además de los instrumentos de cuerda llamados dilruba y santoor).

Conservó el nombre de Joshua que le habían puesto sus padres al nacer, pero su apellido original (el cual ha ocultado muy bien hasta la fecha) lo cambió por la palabra Prem que literalmente significa “amor” en hindi.

Formó entonces un cuarteto junto a otros instrumentistas que compartían su visión: un alemán (Chintan Relenberg, en los loops, teclados, el tambor darbuka, la tabla y los coros), un indio (Raul Sengupta en la tabla, percusiones y coros) y un japonés (Satgyan Fukuda, en el bajo, las percusiones y coros), con él en la voz principal, papel que también desempeña como invitada la cantante Sandhya Sanjana.

Grupo con el que ha rubricado casi una veintena de álbumes muy apreciados en los circuitos del world beat, el lounge y el trance: desde el titulado No Goal But The Path (con el que debutó discográficamente junto a Terra Incognita, su primer proyecto), hasta el reciente Breath of Voavah, del 2017.

Prem combinó desde entonces los instrumentos tradicionales indios con ritmos como el  rock, jazz, funk, reggae o los sonidos de la música electrónica. Su música transcurrió por varias etapas y sus breaks traspasaron las barreras de las culturas y las nacionalidades.

El concepto del músico andariego (su autonombrada “mixtura interior”) resultó fresco, armónico, lleno de sentimiento y ha contribuido a solidificar la fusión en el movimiento Asian Underground.

Sus composiciones han sido sampleadas por los raperos de la Costa Oeste de la Unión Americana lo mismo que por artistas de la música anglo-asiática del breakbeat.

Pese a las apariencias capilares (la barba blanca), de su vestimenta y forma de vida (al estilo hindú), Joshua es un amante del rock clásico y el jazz y no practica el yoga como dogma. Por eso mismo ha logrado la circunstancia de disfrutar de la música al margen la mística.

Para este artista la música popular intercultural es producto de la época que vivimos, de intercambio y reconocimiento, y debe ser un mensaje de belleza al alcance de cualquiera. Oriente y Occidente ya no se dan la espalda, musicalmente hablando, desde hace medio siglo.

Así ha ocurrido gracias a la obra de gente que ha ensanchado el puente, como el mencionado Prem Joshua, ese hombre originario de la Schwarzwald germana, que rubio y teutón nunca se ha sentido en la India como un intruso.

 Discografía selecta: Tales of a Dancing River,Desert Visions (ambos con New Earth Records), Dance of Shakti, Dakini Lounge,Taranga (con White Swan Records).

 VIDEO SUGERIDO: Prem Joshua & Band – Sharanay, YouTube (hamido511)

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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(1976)

En 1976, el autonombrado “Gran Líder” chino Mao Tse Tung murió en Pekín.

Ese mismo año James Carter se convirtió en presidente de los Estados Unidos.

El avión Concord comenzó los vuelos regulares entre Londres y Washington.

Se estrenaron las películas Todos los hombres del presidente, El resplandor y Taxi Driver.

Bob Seger, a su vez, quien fuera una estrella local en Detroit durante más de diez años, no significaba gran cosa a nivel nacional y menos internacional. Su falta de éxito lo deprimió tanto que llegó a abandonar la música durante dos años. En 1976, sin embargo, un álbum doble titulado Live Bullet lo colocó en los primeros sitios y su rock and roll comenzó a ser reconocido.

VIDEO SUGERIDO: Bob seger Natbush city “Live Bullet”, YouTube (jimmej955)

Tom Scholz trabajaba como técnico investigador de la compañía Polaroid, y eso le permitió el capricho de hacer un disco. Después de completar el álbum, en el que él mismo tocaba y cantaba todos los temas, buscó un sello para editarlo, y Epic lo firmó de inmediato, seducido por la sofisticación e ingenuidad de su heavy metal, así como por la brillantez técnica del trabajo.

Scholz entonces reclutó a algunos amigos y fundó al grupo Boston. El álbum compuesto con las grabaciones originales fue lanzado en 1976 y se convirtió en el disco debut más vendido de todos los tiempos con 6 millones de ejemplares.

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Aerosmith era un grupo de Massachusetts formado en 1970. Rocks, su quinto álbum, de 1976, fue uno de los mejores en los niveles de venta, obtuvo un disco de platino y fijó un modelo musical por el resto de la década para el hard rock. Steven Tyler, el vocalista del mismo, se convirtió en estrella, al igual que el guitarrista Joe Perry.

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Los Ramones fueron un modelo que tuvo cientos de imitadores. Este grupo de punk desarrolló su particular estilo en los clubes neoyorkinos antes de firmar un contrato con Sire Records en 1976. Su primera gira por los Estados Unidos y la Gran Bretaña causó una gran impresión, y la cauda de todo ello sigue hasta la fecha, pese a su tosquedad y economía de movimientos.

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Mientras Abba, Demis Roussos y Glen Campbell se convertían en los más vendedores entre la candidez mundial, en las profundidades del underground londinense fermentaba un movimiento que pronto causaría estragos en los valores establecidos y revolvería la industria del rock.

Emergieron los Sex Pistols como los pioneros del punk. La reacción inicial fue de horror y repulsión, pero un creciente sector de la audiencia rockera los celebró como si fueran ídolos, resultando que un grupo ruidoso, arrogante y desordenado no solamente desafiaba a la autoridad, sino que triunfaba con los recursos más limitados. Una revolución en todos los sentidos.

VIDEO SUGERIDO: Sex Pistols – God Save The Queen, YouTube (Sex Pistols Official)

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LITTLE RICHARD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ARQUITECTO BIZARRO

Después de la Guerra Civil en los Estados Unidos algunos ideólogos blancos empezaron a ver la cultura negra bajo una luz turbia. Los negros fueron contemplados como seres satánicos, libertinos, paganos, lujuriosos, anárquicos, violentos, dotados de una «inteligencia astuta»,  desciendientes de «salvajes oradores hipnotizadores» que en cuanto obtuvieron su libertad se convirtieron en una turba ebria que apestaba a sudor africano».

Desde el punto de vista de estos blancos, los males de la vida negra eran evidentes en su música. Dicha rama del racismo (en la que se fundamenta el Ku Klux Klan) llegó a su punto culminante con la novela The Clansman, de Thomas Dixon, que trata acerca del Sur norteamericano durante el tiempo de su reconstrucción. Dicha narración fue publicada en 1905 y luego filmada atentamente por D. W. Griffith en 1915 con el título de El nacimiento de una nación.

Los blancos que promueven la igualdad racial, según el autor y sus seguidores, se han «hundido en el negro abismo de la vida animal» en el que el mestizaje y la anarquía van de la mano. La igualdad para tales racistas significa que la «barbarie estrangulará a la civilización por medio de la fuerza bruta».  Para Dixon, todo el mal primitivo de la vida negra se condensaba en su música, que en la novela literalmente impulsa a los inocentes blancos hacia la muerte.

Los historiadores explican dichos estereotipos extremadamente negativos remitiéndose a las hostilidades sociales y económicas provocadas por la fallida reconstrucción republicana de los estados confederados derrotados. El siglo pasado comenzó con este horror itifálico. Los negros se les habían convertido, en sus fantasías racistas, en unos salvajes aullantes que se sacudían al ritmo de un tambor que borraba todo vestigio de racionalismo.

A lo largo de 100 años, tal ideología se desplazó desde una meditación acerca de la existencia o no de alma en los negros hacia una elucubración sobre su “maldad fundamental”. Los acontecimientos históricos ocurridos en los derrotados estados del Sur sólo vinieron a intensificar la tendencia general a transformar al viejo Tío Tom en un azufrado Lucifer, en  un sátiro neolítico.

En medio de estas ideas y temores ontológicos vivía el sureño blanco estadounidense promedio a mitad del siglo XX. Los conservadores negros, por su parte, trataban de contrarrestar el asunto portándose más cristianos que cualquiera otros y fundamentaban su vida en los dogmas bíblicos. Y ahí la música pagana estaba más que condenada. El blues, por extensión.

Así que pensemos en las reacciones de ambos mundos cuando apareció en escena un ser inimaginable y al mismo tiempo omnipresente en las peores pesadillas culturales de los blancos estadounidenses: un esbelto negro, hijo de un ministro de la iglesia anglicana, un tanto cabezón, amanerado en extremo, bisexual, peinado con un gran copete crepé y fijado con spray, maquillado y pintados los ojos y los labios —que lucían un recortado bigotito—, vestido con traje de gran escote, pegado y con estoperoles, lentejuelas y alguna otra bisutería, calzando zapatillas de cristal como Cenicienta, tocando el piano como si quisiera extraerle una confesión incendiaria y acompañado por una banda de cómplices interpretando un jump blues salvaje, el más salvaje que se había escuchado jamás y expeliendo onomatopeyas como awopbopaloobopalopbamboom a todo pulmón, con una voz rasposa, potente, fuerte, demoledora y perorando que con ello comenzaba la construcción del Rock & Roll.

LITTLE RICHARD fOTO

La visión presentada por Dixon, aquel espantado escritor decimonónico, del primitivismo negro fue pues el argumento con el cual se arremetió contra el naciente ritmo. Ganas no les faltaron de sacar las armas contra “el animal negro que quiere arrasar con los Estados Unidos blancos”. La música del malvado negro (según los aprensibles nacionalistas) empujaba a la víctima blanca —en este caso los fascinados adolescentes— al abismo del infierno.

El conservadurismo agregó los tambores a ese averno negro porque los ritmos salvajes ponían de relieve la libido primordial contra la que el hombre blanco había tratado de erigir la barrera de su cultura frágil y amenazada. El rock and roll nació con esta mitología sexual.

Y Little Richard fue el arquitecto y profeta más bizarro en su diseño. Sus cuatro argumentos fundamentales fueron: “Tutti Frutti”, “Long Tall Sally”, “Lucille” y “Good Golly Miss Molly”. Leyes sicalípticas talladas en piedra para la eternidad. Quedaron además inscritas en el mejor álbum del año 1957, que entraría en el canon del rock: Here’s Little Richard.

Lo que le sucedió después es materia para la Teoría de la Conspiración. Tras él fueron enviados los perros de reserva de los bandos afectados (avionazo y reconversión religiosa). El hecho patente es que Little Richard, el Arquitecto del Rock and Roll, nació como Richard Wayne Penniman, en Macon, Georgia (en el profundo Sur estadounidense), el 5 de diciembre de 1932. A los 87 años, con su muerte el 9 de mayo del 2020, su leyenda se ha solidificado con materia pura de bizarría.

Discografía clásica y selecta: Here’s Little Richard (Specialty, 1957), The Fabulous Little Richard (Ace, 1959), 18 Greatest Hits (Rhino, 1985), The Formative Years 1951-1953 (Bear Family, 1989) The Georgia Peach (Specialty, 1991).

(VIDEO SUGERIDO: Little Richard – Lucille LIVE 1973, YouTube (gimmeaslice)

LITTLE RICHARD FOTO 3

 

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN

Por SERGIO MONSALVO C.

AMERICAN PIE (FOTO 2)

 “AMERICAN PIE”

 (DON MCLEAN)

Existe un tipo de canto surgido en los años treinta que proviene de los negros afroamericanos: el folk blues. Esta forma fue retomada y trabajada a la postre por los cantautores blancos de la época. Se presentaba por lo general acompañado de guitarra o banjo (y a veces con grupo), y el ejecutante soltaba frases mordaces, incisivas o de reflexión.

Desde sus inicios, el folk blues se convirtió en un medio de protesta o denuncia contra situaciones sociopolíticas que afectaban a la mayoría de la población.

En el caso de los Estados Unidos, la psicosis creada en los jóvenes sesenteros por la guerra de Vietnam (con el hecho no tan simple de morir a temprana edad) fue un gran motivo para la proliferación de tal canto, con diversos resultados.

Woodie Guthrie, el primer gran representante del género entre los blancos, dijo que “era necesario un hombre atribulado para interpretar canciones atribuladas”. Así, esta música popular se desparramó por aquella nación y, en casos como el de Don McLean, por todo el mundo.

McLean (quien nació el 2 de octubre de 1945, en el estado de Nueva York) es el autor de la canción “American Pie”, un folk blues elegíaco sobre los años sesenta con tintes epopéyicos y baladísticos, que enmarca una historia un tanto críptica de ocho minutos y 27 segundos de duración.

Es una canción llena de referencias tanto personales como generacionales. Una de ellas es con respecto a Buddy Holly, uno de los héroes y víctimas del primer rock and roll, quien murió el 3 de febrero de 1959 en un avionazo junto a Ritchie Valens y Big Bopper. De ahí el estribillo que proporciona el leit motiv al tema: “The day the music died…” (El día que murió la música).

McLean ha declarado que Holly fue la única persona a la que idolatró de niño: “A la mayoría de mis amigos les gustaba Elvis Presley. Pero a mí me interesaba más Holly porque sentía que los temas de sus canciones hablaban de lo que en realidad me pasaba a mí”.

Efectivamente, la música que hacía Buddy Holly simbolizó algo más profundo que otros cantantes del momento. Su canción “That’ll Be the Day” (Ese será el día) ponía énfasis en las emociones ambivalentes y desconcertantes de un joven preocupado por su existencia.

Asimismo, el grupo de Holly, los Crickets, patentó un sonido limpio, sólido y pleno de armonías inéditas. De esta manera se erigió en prototipo dinámico de un concepto instrumental y vocal que a la larga sería utilizado y llevado a su clímax por los Beatles, por ejemplo.

NAMES MCLEAN

“Holly se convirtió en una metáfora perfecta de la música e historia de mi juventud”, comentó McLean para referirse a su propia canción “American Pie”, en la que también aparecen menciones a Bob Dylan, a los Rolling Stones y a los Beatles.

Originalmente “American Pie” resultaba demasiado larga para caber en un solo lado de un disco sencillo, así que se dividió en dos partes para lanzarse como disco de 45 rpm. Por otra parte era un tema muy fuerte como para abreviar sus ocho minutos y pico de duración, y las estaciones de radio no tuvieron más remedio que trasmitirlo en su versión completa.

De esta forma entró a las listas de popularidad con el número 69 el 27 de noviembre de 1971. Siete semanas más tarde (el 15 de enero de 1972) alcanzó el número uno en los Estados Unidos (donde permaneció por cuatro semanas) y el segundo lugar en Inglaterra.

El álbum debut de McLean, Tapestry, fue rechazado por 34 sellos discográficos antes de que Mediarts lo editara al fin en 1970. Cuando United Artists Records compró Mediarts, Don McLean se convirtió en su artista nuevo de mayor éxito con el álbum American Pie, y dentro del medio artístico en el creador de una obra maestra.

La cantante Roberta Flack se inspiró en dicha canción para componer a su vez la pieza «Killing Me Softly with Your Song», y más recientemente Madonna se apuntó otro hit al realizar un cover de “American Pie”. Sin embargo, no le hizo justicia al original y su resultado estético es desastroso, ya que en aras de la comercialización retomó el tema de manera edulcorada y con una edición que lo descontextualizó por completo.

VIDEO SUGERIDO: Don McLean – American Pie, YouTube (OLD TAPES)

Music File Photos - The 1970s - by Chris Walter

 

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RAMMSTEIN

Por SERGIO MONSALVO C.

RAMMSTEIN (FOTO 1)

 FUEGO CON FUEGO

Rammstein es un grupo de rock con inclinación por las referencias históricas revisionistas. Busca la reinterpretación ritualista de los iconos de la era más oscura de su país, de sus símbolos, de sus emblemas, de sus imágenes, de sus filias y fobias. Y lo hacen desde una concepción artística de ruptura, provocativa y polémica. La crítica de su propuesta se la dejan a quienes los escuchan.

Rammstein es una banda de pura cepa alemana, como lo fue el Wagner del siglo XIX y su ópera total. Poco más de un siglo después de su muerte surgió este grupo que hizo que se volviera a escuchar a aquel clásico como es debido, con toda su carga mítica.

Desde su fundación en 1994, hace un cuarto de siglo ya, la agrupación ha tocado un metal definitivamente industrial con su plétora de antojos mecánicos, y cantado acerca del fuego, la sangre y algunas formas oscuras del erotismo, como lo hizo en su momento el creador del Anillo de los Nibelungos, y con todo su drama musical, libretos y escenografías. Y lo que es más señalado todavía: sus integrantes se sienten orgullosos de ello.

Bajo la consigna primera de que “hay tantos prejuicios contra los alemanes que toda una vida no bastaría para eliminarlos”, ellos le han echado más gasolina al fuego (literalmente). Los temas de Rammstein desde entonces han sido el sadomasoquismo, la necrofilia, el incesto, la zoofilia, la guerra, la xenofobia, el racismo, entre otros semejantes, con todos sus ritos bombásticamente escenificados desde la primera gira que realizaron con el material de su disco debut, la Herzeleid Tour de 1995-96.

Y todo ello usando los imperativos: “Bésame”, “Empínate”, “Castígame”, por mencionar sólo tres títulos de su segundo álbum Sehnsucht, por ejemplo. “Tu cara me da igual, empínate”. Con letras semejantes, se hubiera esperado el contraataque feminista, pero no ocurrió así, se ve que tal bloque es selectivo à la carte.

Al igual que en el caso del conglomerado Rockbitch británico, Rammstein confronta al público con un extraño fenómeno: la aceptación y el rechazo, por igual (“No me gusta, pero sí me gusta”), con toda clase de pretextos para explicarlo.

En la base de este tinglado está un sonido sumamente contagioso que establece el equilibrio perfecto en el filo agudísimo entre el metal y el dance electrónico. Justo lo que anduvieron buscando en su momento grupos como Frontline Assembly, The Prodigy, Moby y The Chemical Brothers, entre otros.

Rammstein ha tenido éxito donde fracasó otro grupo alemán, Die Krupps. Y ha seguido rompiendo todos los récords de ventas en su país, pese a caminar por la delgada línea entre la propaganda y la parodia. Lo suyo hace referencia al espectáculo de cabaret de los años veinte, durante la República de Weimar, pero con el sonido expresionista de la actualidad.

Sehnsucht, su segundo álbum, llegó al número uno en las listas de discos después de permanecer embodegado durante más de medio año, a la espera de que bajaran las ventas del primero, Herzeleid.

RAMMSTEIN (FOTO 2)

Este grupo originario de la ex Alemania Oriental se ha adaptado rápidamente a la nueva situación político-geográfica: a la prensa internacional le advirtieron que las entrevistas no podían durar más de 20 minutos, tenían que ser en alemán y estaba prohibido tomarles fotos, pero dichas entrevistas se le podían hacer a cualquiera de los miembros (todos son, desde el comienzo, igualmente importantes, por lo cual pusieron en circulación seis portadas diferentes de Sehnsucht y en las playeras inspiradas en éstas).

El éxito del grupo ha sido notable en vista de que sus canciones están prohibidas en la radio alemana y de la gran cantidad de enemigos que tienen entre la prensa de su país. Se les acusa de tocar “rock neonazi” y de dedicarse a puras “bravuconadas faltas de sentido y de contenido”.

Para Felix Klein, comisionado del Gobierno alemán para asuntos de antisemitismo, por ejemplo: “La escenificación de los músicos de Rammstein como presos de campos de concentración condenados a muerte –en uno de sus videos– rebasa una línea roja…Si esto sólo sirve para fomentar la venta de un disco, lo considero un uso de mal gusto de la libertad artística”.

Muchos se preguntan hasta dónde podrá llegar un grupo cuyos miembros no vacilaron en elegir como nombre una referencia evidente al accidente de un avión ocurrido hace algunos años en aquellos lares, en el que 80 personas fueron devoradas por las llamas. Si a eso se agrega que el espectáculo de Rammstein muestra un notable gusto por el fuego, cualquiera puede sacar conclusiones al respecto.

“No nos interesa lo que piense la gente —ha afirmado el tecladista Flake. Creo que una democracia debe ser capaz de aguantar a un grupo como el nuestro. De otra manera habría que prohibir también a Kiss, por el símbolo de la SS que contiene su nombre y el fuego que utilizan en sus conciertos. Somos entertainers, al fin y al cabo, aunque lo somos de nuestra generación. Y ésa es distinta a la de hace 20 o 30 años.”

“Creo que la única oportunidad que tienes como artista es ser sincero contigo mismo, ser auténtico. La música que tocamos debería provocar y polarizar. En el momento en el que empiezas a tener miedo de lo que puedes decir, todo se complica. Creo que hay niveles de moralidad que todos los individuos tienen y líneas que no se quieren cruzar. Se ponen de acuerdo, para que nadie esté incómodo”, ha señalado Richard Zven Kruspe, el guitarrista, por su parte.

Al director cinematográfico de culto David Lynch no le causó ningún problema todo ello. Utilizó dos canciones del álbum debut de Rammstein para el soundtrack de su película Lost Highway. Lynch no habla ni una palabra de alemán, pero lo que le importó fue la atmósfera que creaban sus canciones. Ése es uno de los principales objetivos del trabajo del grupo: “Si la gente se deja provocar por el resultado, es su propio problema”, ha sentenciado el sexteto.

Rammstein no es un conglomerado de psicópatas, sólo tiene los trastornos normales provenientes de su particular contexto: un país dividido y vuelto a unificar por decretos políticos —con décadas e ideologías polarizadas de por medio y como protagonista más conspicuo—, con el cúmulo de problemáticas sociales y psicológicas que ello conlleva. Ellos lo han llevado a la escena, con su propia estética, con el fuego como su principal elemento, ese que lo incendia todo.

Es un grupo sombrío y neo expresionista. Tiene una identidad propia y canta acerca de temas universales que inquietan por su escabrosidad. Les inyecta además a sus presentaciones un impactante toque de histrionismo en el escenario. Un toque que a muchos en el mundo les parece “políticamente incorrecto”. Cosas de la era que vivimos.

Dureza ensordecedora, marcial y goyesca –con ríspida visión infernal incluida–. Brocha gorda, nada de pinceles. Fuego, mucho fuego. Simbólico o destructor. En bruto o con sofisticaciones tecnológicas, militares y evocadoras: lanzallamas, cañones antitanques, ballestas, cohetes, efectos y multitud de juegos pirotécnicos.

Sonido y volumen. Un organismo vivo que se nutre de ellos y se incrusta –literalmente– hasta en el último rincón de un estadio, del cuerpo, del cerebro, que escucha bramidos, que observa nubarrones negros, que intuye hundimientos.

Imágenes caníbales, industriosas, cinematográficas, de golpeteo al músculo como insignia mitológica, de hipnosis, con ecos del krautrock y prácticas à la Mengele. Y más fuego, siempre el fuego, el que limpia, cura y el que reduce.

Iconografía nazi. De nuevo la delgada línea que separa lo crítico de lo fanático. Todo con el afán provocador como medio y como objetivo. Para ello hay una enorme producción en su mise en scène, bombástica y ampulosa, como herramienta para provocar la comunión con el público (gustador del ritual), sin importar que no sepa alemán, como en las óperas de Wagner.

Rammstein: épica y su autoparodia. Y así llegan los 25 años del grupo con un disco homónimo (¿?) y un cerillo como imagen en la portada, listo para incendiarlo todo en medio del paroxismo. Sin restarle un ápice a la música, a su dureza, a su rítmica, que es finalmente lo que más parece importarles.

VIDEO SUGERIDO: Rammstein – Radio (Official Video), YouTube (Rammstein Official)

RAMMSTEIN (FOTO 3)

 

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