MIS ROCKEROS MUERTOS

Por SERGIO MONSALVO C.

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(ENERO-MARZO 2019)

Ubiquémonos primero. Estamos en 1958, en el tiempo en que Elvis tuvo que ingresar al ejército y faltaban cinco años para el primer hit de los Beatles. Los Estados Unidos eran acosados por estrellas pop higiénicamente limpias y aptas para toda la familia. Sin embargo, en la población surcaliforniana de Balboa se sacudía el Rendevouz Ballroom con el primer concierto del guitarrista Dick Dale.

El público estaba formado por los amigos con los que Dale salía a surfear todos los días. «¡Oye! –le dijeron al terminar la presentación–. Eres lo máximo, ¡el rey! ¡Eres el rey de la guitarra surf!» Le gustó el título y se lo quedó. Dos meses después ya atraía al lugar alrededor de 4 mil personas. Así nació el sonido surf.

El guitarrista en realidad se llamaba Richard Anthony Monsour. Llegó a California con un carácter huraño y gustos musicales nada comunes. Por su padre libanés-egipcio estaba muy familiarizado con la música del Oriente Próximo; debido a la influencia de su madre polaca tampoco desconocía la animada polka. Además, le encantaba Gene Kruppa, el baterista de Benny Goodman.

El guitarrista argumentaba que la música era sexo. Y su guitarra, el rugido del puma y el murmullo del océano. El sonido de la naturaleza salvaje. Eso era lo que buscaban los jóvenes surfistas del sur de California, bronceados aficionados a tal naturaleza que buscaban el contacto con los elementos y su rugido sonoro. Su música era producida por en un alto volumen debido a que Dale buscaba emular el sonido del océano y lograr que «los oídos de la audiencia sangraran».

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El fabricante de instrumentos Leo Fender, entonces, abasteció a la comunidad con las obligatorias guitarras Stratocaster y con amplificadores provistos de aparato de eco ya instalado, los cuales resultarían característicos para dicho sonido. Fender produjo en aquella década una guitarra y un amplificador que pudo llegar los decibeles que Dale buscaba con sus interpretaciones. Esto representó un cambio significativo en la industria musical que más tarde fue aprovechado por nuevas bandas de rock.

Dick Dale, por su parte, había mezclado sus influencias con las melodías de sus padres; de esta manera, proporcionó a la música un exotismo auténtico que luego degeneraría en kitsch gracias al despiadado efecto de miles de grupos de música ligera. Entre 1958 y 1961, Dale tuvo varios éxitos a nivel local. En agosto de 1961 grabó «Let’s Go Trippin», su hit más grande hasta ese momento, y de su primer álbum, Surfer’s Choice, se hicieron 80 mil pedidos anticipados. También en otras partes se le hallaba ya el gusto por el sonido del surf.

La ola se volvió incontenible. Por todas partes surgieron grupos con nombres como Rivingtons, Challengers, Nobles, Frogmen, Phantom Surfers, Bel-Airs y los atípicos y duros Trashmen.

En 1963, Dale alcanzó la fama nacional al interpretar el tema “Misirlou” en The Ed Sullivan Show, una melodía con influencias griegas y de Oriente Próximo. Por el camino abierto por él siguieron docenas de grupos de surf con convicciones semejantes, que rendían tributo al sonido speed instrumental enriquecido por el eco.

A la postre, cuando The Ventures lograron un éxito a nivel mundial con «Let’s Go», en 1963, las compañías disqueras desde luego presentaron grandes cantidades de obras hechas al vapor, como la Capitol, por ejemplo, según la cual el surf era sólo un truco sin fondo.

La industria del esparcimiento, a su vez, se dedicó a abrir el mercado para la patineta y el esquí. Parecía que todo estaba dicho. No obstante, sin Dick Dale no hubieran existido los Ramones, los B-52’s, The Cramps ni Weezer o Supergrass, por sólo mencionar a algunos, y su influencia enriquecería la obra de Jimi Hendrix o Eddie Van Halen. La revista estadounidense Guitar Player, por ejemplo, denominó entonces a Dale como el «padre de la guitarra heavy metal».

En 1990, su emblemática pieza revivió en Pulp Fiction, la cinta de Quentin Tarantino. «Tener Misirlou para la escena de apertura fue muy intenso. La música te decía que estabas viendo una película épica», comentó el cineasta. Desde entonces, los famosos acordes han sido llevados a otras películas, anuncios y videojuegos. Dale se convirtió así en estrella de culto.

No es de sorprender que en todo el mundo haya nacido una ola nueva y más dura de surf. En el norte de Alemania, los Looney Tunes pusieron a rugir sus Fenders; los finlandeses de Laika & The Cosmonauts tuvieron éxito en los Estados Unidos; en Seattle, la etiqueta Estrus reunió a grupos como Man or Astro Man o The Go-Nuts; la IRS sacó así poco después la antología Pulp Surfin’.

¿Y el «rey de la guitarra surf»? Él, a finales de la década de los noventa, se encontraba celebrando el sonido con una gira por Europa y otras partes del mundo. Sin embargo, comenzó a padecer por distintos problemas de salud, los cuales lo llevaron a la muerte el 16 de marzo del 2019, a la edad de 81 años de edad, pero su legado continúa vivo.

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Otra baja en el medio la significó su también contemporáneo Ray Sawyer, vocalista del grupo Dr. Hook & The Medicine Show. Reconocible rockero por su parche en el ojo (que había perdido tras un accidente automovilístico) y su destartalado sombrero de cowboy (ambas cosas le sirvieron de atuendo para emular al personaje de una película de John Wayne). Pero no sólo por eso. Siempre será recordado por su canto en la canción “The Cover of Rolling Stone”, el hit que encumbrara en 1972 a la banda y su humor mordaz.

Sawyer nació igualmente en el año de 1937, en Alabama, adquirió tablas en el circuito rockero de la carretera. Se unió luego al grupo que lideraba el cantante Dennis Locorriere, Dr. Hook & The Medicine Show, con el que se volvió famoso por la mencionada canción además de otras como “Sylvia’s Mother”, “Only Sixteen”, «When You’re in Love with a Beatiful Woman” o “Sexy Eyes”. Desde los años ochenta se escindió del grupo y se enroló en el campo de la nostalgia bajo el nombre de Dr. Hook featuring Ray Sawyer, en el que se mantuvo hasta su deceso la madrugada del uno de enero del 2019, también a la edad de 81 años.

Otros rockeros desaparecidos en ese trimestre fueron: Daryl Dragan (de Captain and Tennille), Paul Steven Ripley (The Tractors), Eric Haydock (The Hollies), Lorna Doom (The Germs), Chris Wilson (Crown of Thorns), Reggie Young (músico sesionista), Pepe Smith (músico filipino), Phil Western  (Download), Scott Walker (cantautor), Mark Hollis (Talk Talk), Peter Tork (The Monkees) y Keith Flint (The Prodigy).

A todos ellos, gracias.

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TOM WAITS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL LOBO URBANO

Este hombre lobo añoso y experimentado, tiene el perfil del intérprete incómodo para los no iniciados. La realidad que define con la voz y la palabra está en su espíritu de comunión con la derrota; en algunos de sus enigmas y misterios. Éstos pueden ser calmosos o vibrantes, pasan de lo oscuro a lo sobrecogedor o viceversa.

Como si fueran serpientes poderosas e inquietantes que se doblan, retuercen y serpentean alrededor y ante las cuales él debe rendirse, pero a la vez mantener el temple en medio de la fascinación por la dureza de la vida. La suya es una poética del lamento interior humano, del que ha caído y sabe que todo es una porquería, pero aún así debe continuar.

A principios de los años setenta, un joven californiano de nombre Tom Waits soñaba con tiempos idos y quería que sus temas fueran como sesiones entre Frank Sinatra y Charlie Parker; sus textos, conversaciones ebrias entre Jack Kerouac y Charles Bukowski. Todavía no encontraba su vía musical ni literaria. Sin embargo, lo que hace más de tres décadas sólo se insinuaba, en la actualidad es autenticidad, leyenda y mito.

Waits es hoy por hoy un artista tan inconfundible como imitado dentro la escena musical contemporánea. Ha llegado a los 68 años de edad y al momento de consolidar el trabajo de toda una carrera. Y eso es lo que hace con cada disco que graba, con cada concierto que presenta.

En la actualidad, al final de la segunda década del siglo XXI, el cantautor ya le aulló una y mil veces a la luna ensangrentada y forma parte de la clientela habitual del submundo en cualquier zona del planeta. En los tiempos que corren, su existencia multifacética no se distingue ya de la de sus personajes, y sus discos son elemento indispensable para discernir sobre el underground global.

Dentro de sus piezas, al unísono de sus vívidos retratos, Waits diseña también paisajes que evocan la imagen de esquinas desiertas iluminadas por la luz de neón. Las cuales comunican con plasticidad, con tino, los ambientes de los distintos escenarios urbanos en los que se llevan a cabo sus narraciones, a la orilla de lo cotidiano.

El factótum musical, por su parte, airea cada vez sus raíces en el blues, en el rock y en tendencias estilísticas como el country, el jazz, la palabra hablada, el avant-garde, el hip hop y por supuesto en los latigazos propinados al alma por sus baladas. La suma de todo ello equivale a calidad superior, artística, culta.

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 Aún no se sabe a ciencia cierta quién le dio la mordida, el don (¿Van Vliet? ¿Howlin’ Wolf, quizá?). De cualquier modo Waits es capaz de extraer de su áspera garganta sonidos que otros no logran producir ni por medio de intrincados procesos electrónicos de transformación. Posee el toque de voz necesario para convertir buenas canciones también en peligrosos y malignos monstruos.

Una particularidad muy sencilla pero sumamente importante del canto rockero es que el cantante no se mueve a la altura del tono de la voz con la cual habla. Por regla general canta más agudo, con mucha frecuencia lo más agudo posible (el heavy metal es uno de sus extremos).

Además del esfuerzo que eso implica, busca promover la intensidad, impedir la pasión artificial y producir una indeterminación sexual. Waits rompió esta regla y eligió, más bien, el alcance inferior de su voz, la cual siempre resulta mucho más difícil de modular. Pero él lo logró y creó con ello un estilo diferente. Una nueva ruta.

Para la realización del álbum Real Gone, por ejemplo, Tom se refugió en el baño de su casa con el objeto de añadir otra jornada a la aventura de buscar los rumores de su pulso personal. Salió de ahí escupiendo percusiones esenciales. Un beat de la vox humana que combinó con el trabajo de su hijo Casey en la tornamesa —el de DJ es el oficio para la nueva generación—. El resultado se escucha contundente desde “Top of the Hill”, la pieza abridora.

Aquel disco se produjo rápido, para lo que el músico acostumbra — dos años después de los dos álbumes Alice y Blood Money, con los que inició la primera década del siglo, que salieron al unísono y marcaron su vena para crear atmósferas meditabundas–. Después siguió este impacto con Orphans, Brawlers, Bawlers & Bastards (un álbum triple) y Glitter and Doom Life (doble en vivo): “dos auténticos martillos neumáticos de nueve libras” (según el cantante).

Junto con su esposa, la dramaturga y coreógrafa Kathleen Brennan (otra vez, y como desde hace dos décadas), Waits produce su quehacer. Marc Ribot, a su vez, aporta su virtuosismo en la guitarra, la cual desde la maleza de los ruidos se conduce con paso certero hacia el sentimiento. Sin ambajes, este solidario compañero ancla al cantante en el feuilleton profundo del espíritu de la dark americana.

Larry Taylor, la mole inamovible, pone de su parte la cuota de sapiencia bluesera y el soporte experimentado de los vericuetos del género con su bajo; mientras que Brain Mantia percute y ensambla lo contemporáneo, sus murmullos y estridencias fundamentales. Por supuesto hay invitados en los discos, decenas de ellos. Sin embargo, no infringen la norma de la indiscreción y su visita transcurre sin asombros.

VIDEO SUGERIDO: Tom Waits – Cold Cold Ground – Live Big Time, YouTube (ChocolateJesus101)

La acción se da sobre la infraestructura de las grabaciones caseras, espontáneas. Waits y el ingeniero Mark Howard buscaron que los músicos y el DJ trabajaran y manejaran los sonidos a contracorriente de la electrónica avanzada, tan de moda: como si fueran hechos con los materiales de un deshuesadero o de un mercado de pulgas. Y que lo hicieran de una forma arcaica, sucia, atemporal, reinventándolo todo.

En ese todo del contenido final hay power funk, blues de callejón, rítmica afrocubana y hip hop cavernoso: “cubismo sonoro” como Tom lo nombra distintivamente. Con este bruto telón de fondo él hace el malabárico acto de entrar en sus personajes para contar sus existencias.

Real Gone junto a Orphans, Brawlers, Bawlers & Bastard y hasta Bad as Me son, desde el momento de su aparición, un hito entre los discos de Waits. Son de sus obras más sombrías y melancólicas: una marcha fúnebre minimalista, el primero; un gran mosaico de la oscuridad, el segundo y tercero.

Tales rompecabezas se deberán aprender a escuchar durante los años que tarde en salir el siguiente álbum de estudio. Con su naturaleza nebulosa; la garantía del carácter lowlife y el aroma del blues astroso. Música de un hombre que no se anda con rodeos y que del mundo conoce en profundidad el crujido de sus vísceras.

Waits sigue los pasos de un alquimista al intentar la transformación del hombre en su propio grito. Pero de todas maneras sigue siendo el Waits de siempre, el gran crooner cabaretil y sabiondo que como detalle acústico incluye los chillidos de un perro atropellado, mientras en primer plano late el rock puro y llano, reproducido con unos antiguos amplificadores de garage.

Con toda esa nueva carga, este licántropo legendario llega a las ciudades. Legendaria es también su reticencia a efectuar giras, a presentarse en vivo (en los últimos tiempos sólo lo ha hecho a beneficio de amigos en problemas o por algún motivo especial como protestar contra la pena de muerte, por ejemplo). Por eso cuando decide hacerlo el asunto se vuelve un acontecimiento extraordinario, tanto por la presencia como por la incertidumbre de que pudiera ser la última vez.

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VIDEO SUGERIDO: Tom Waits – Make it Rain (Letterman 09. 09. 04), YouTube (Nick C)

 

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GARAGE/14

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL AÑO DEL RIFF

 Así como “Louie Louie” se convirtió en la piedra de toque de todos los garageros, no hubo ni habrá grupo de tal corriente que no se incline de admiración ante tres canciones fundamentales procedentes de Albión en 1965. La primera de ellas es una que destaca por un gancho melódico de bajo y guitarra que construye el escenario para una puesta en escena bien condimentada de sugerentes fantasías eróticas. Su autor, Van Morrison, cantante y multiinstrumentista irlandés fundador de Them.

La influencia que tuvieron los Them tras su gira por los Estados Unidos en 1965, como parte de la Ola Inglesa, fue grande y definitiva para los recién formados grupos estadounidenses, quienes la incluyeron en sus repertorios en cóvers personalizados o como influencia para sus piezas originales. Tal es el caso de los Uniques, una banda originaria de Louisiana, cuyos integrantes hicieron suyos el rhythm and blues, la armónica y la aspereza morrisoniana.

Pero no sólo los Uniques recibieron tal influencia. Con una postura más original en ese sentido, los Standells crearon un tema que los haría populares de la noche a la mañana en los clubes de Los Ángeles, donde residían. Con unos toques de guitarra matadores a cargo de Tony Valentino, un agresivo backbeat y la voz ríspida de Dick Dood, una metáfora sobre la vida nocturna local, escrita por su productor Ed Cobb, los llevó a obtener un hit trascendente. Garage puro.

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Sin embargo, la sorpresa mayor fue la aparición en mayo de 1965 de un tema de los Rolling Stones. Uno que nació del riff producto de un sueño de Keith Richards y al que Mick Jagger le pondría los acentos textuales como un reflejo del espíritu de los tiempos y como un ataque al status quo; un tema en el que las relaciones sexuales son retratadas y la denuncia contra el materialismo puesto en imágenes cotidianas. Eso la ha convertido en una de las mejores canciones de todos los tiempos.

La irradiación stoniana tuvo distintos efectos. Uno de los más significativos fue que tras el uso que hizo Richards del fuzz de su guitarra hacia el final de la canción, utilizando el novedoso pedal Gibson Maestro Fuzzbox, dicho efecto fue utilizado a diestra y siniestra por los grupos garageros, como los pioneros The Wailers, de Tacoma, Washington, quienes hicieron uso de él en su repertorio. El sonido del grupo se fundamentó así en un crudo rhythm and blues con tintes rocanroleros.

La llegada a las listas estadounidenses de popularidad sólo había sido alcanzada por los Beatles durante el primer año de la Invasión Británica, pero pronto aparecieron en ellas The Animals como visitantes recurrentes. Tras su éxito con “The House of the Rising Sun”, le siguió un sencillo extracto de su álbum debut. El riff producido por el órgano Hammond y el apoyo de la sección rítmica al estilo de Bo Diddley, resultó infeccioso para los grupos en formación inoculados por ello.

El grupo californiano The Brogues cimentó su carrera con el sonido “animal”, aunque lo llevó por los cauces de lo que actualmente conocemos como pre-punk. A mediados de los sesenta alcanzaban la popularidad con una versión, quizá la definitiva, de un tema standard que hacía furor por la Costa Oeste norteamericana, y más en el Valle de San Joaquín, en donde residían. Vehemencia, tensión y dinámica en su interpretación del rhythm and blues airado y retador.

1965 fue el Año por antonomasia del Riff , con los temas de los Them, los Rolling Stones y The Animals. Alimento esencial para el garage.

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VIDEO SUGERIDO: the Wailers – out of our tree, YouTube (shmoopy2011)

 

GARAGE 14 (REMATE)

DOBLE A

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ESCOGER A LOS LECTORES

La Editorial Doble A es la concreción de un sueño romántico que busca la difusión del quehacer cultural literario en sus diversos géneros a través de la tecnología actual, más al alcance y común a cualquiera relacionado con el medio. Desprovista de patrocinios, fines comerciales o pretensiones grandilocuentes en el diseño de sus colecciones, intenta devolver a la palabra la importancia fundamental que tiene, en beneficio del acervo analítico cotidiano.

En un país como el nuestro (México), en el que no se lee, es un reto la realización de esta empresa.  Por lo mismo, Doble A es la única editorial que escoge a sus lectores.  Con un tiraje limitado de cien ejemplares numerados, está dirigida a los especialistas en sus distintas ramificaciones, con el objeto de que los textos ahí contenidos en verdad lleguen a receptores que sepan apreciar dicho material, como rescate y recopilación del trabajo de plumas con años de labor dentro del quehacer cultural y sin «institucionalizarse».  Siempre a la búsqueda de fondos y formas novedosas, realistas, experimentales y rabiosamente contemporáneas, estos creadores encuentran en Doble A un medio alternativo para divulgar sus ideas y expresiones artísticas.

La colección dedicada a recoger tal cúmulo ha incluido la narrativa (cuento, novela corta), la poesía, el ensayo, la crónica y la traducción. Sus primeros títulos pertenecen a autores como Emiliano Pérez Cruz, con la noveleta Reencuentro; Arnulfo Rubio, con el poemario Voces de piedra; Xavier Velasco, con Cecilia (noveleta); David Cortés, con El Rock en Oposición (ensayo); Xavier Quirarte, con Jazz y literatura:  ritmos de la eternidad (ensayo); Eusebio Ruvalcaba, un doble poemario con Gritos desde la negra oscuridad y otros poemas místicos, Naief Yehya, con Caos y rabia en la cultura de la máquina, Víctor Navarro y su Homenaje a Tristán Tzara y otros Poemínimos (poemario) y Amiga a la que amo, textos de Ignacio Trejo Fuentes, entre otros títulos.

Por otro lado, Doble A editó una revista mensual entre marzo de 1993 y marzo del 2001, en la que la temática primordial fue la música en sus distintas manifestaciones. La revista llevó el nombre de Corriente alterna y en sus 58 números trató decenas de cuestiones desde el thrash, al world beat, las definiciones en torno a la nueva música y el sonido grunge emergido de la ciudad de Seattle, el acidjazz, el cyberpunk, el rock «mexicano», el rock y las perversiones, un número monográfico sobre Frank Zappa, el minimalismo, el vinil y el rock chicano, por mencionar algunos temas.  Entre sus colaboradores se encontraron destacados comentaristas de los medios, y lo mejor: la pasión por la música, el soundtrack de nuestra realidad.

La intención de la revista fue hacer llegar a sus lectores la información sobre las expresiones musicales que se crearon en el underground de la época, al margen de los canales más comerciales, y que representaron las opciones de mayor avanzada dentro del género.  Lo llamado «alternativo» en la búsqueda de la expansión de las fronteras, sin restricciones y con una propuesta estética lejana a los lugares comunes. De la misma manera, analizó la influencia de esta música en otros ámbitos de la cultura.

Esa ha sido la labor de Doble A hasta el momento.

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Editorial Doble A

Sergio Monsalvo C.

Fundador y editor

México, 1993/The Netherlands, 2019

 

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CAMBODIAN ROCKS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA RECUPERACIÓN COMO TRIBUTO

 Durante la Guerra de Vietnam, cuando en Camboya desarrolló el subgénero del garage a partir de su asimilación cultural. En esa contienda los soldados estadounidenses llevaron consigo sus discos y la radio de onda corta. Así los camboyanos (y demás países del área) conocieron también esta forma de música.

Estilo que fue asimilado pronto y, luego, ejecutado por los intérpretes locales, quienes a su vez retomaron algunos géneros tradicionales de su territorio, mezclándolos con lo llegado de Occidente, obteniendo mezclas musicales novedosas y particulares, fenómeno único en el sureste asiático.

Los oriundos grupos juveniles se presentaron en escena así, grabando (en Extended Play y en cassette) y reproduciendo el ritmo de manera calcada, pero con sus acentos y adaptaciones líricas del inglés a su idioma (cóvers), lo cual los volvió muy populares, sobre todo a Sin Sisamouth, Ros Sereysothea y Pan Ron.

A la postre llegó la extensión de la Guerra de Vietnam a su país, y con ella el terror genocida del gobierno Jemer Rojo (lo mismo estalinista que radicalmente maoísta en su socialismo agrario), durante el cual esta forma musical no sólo fue prohibida y silenciada, sino también asesinados todos sus intérpretes y difusores “dadas sus ligas corruptas y decadentes con el Occidente” (al igual que otros dos millones de personas por circunstancias semejantes, como saber otro idioma o leer, por ejemplo), según la explicación gubernamental del autodenominado Kampuchea Democrática.

El rock camboyano dejó de practicarse (al igual que toda música) y los discos y grabaciones caseras se ocultaron como auténticos tesoros y como posibles pruebas que podían llevar al fusilamiento a sus poseedores por contrarrevolucionarios.

Tras la caída de dicho gobierno y las alternancias políticas subsecuentes pasó al olvido aquella época garagera y sus hacedores.

 Como todo movimiento fuerte, las influencias del rock de garage camboyano no son mitos abrillantados en un panteón doméstico, sino piezas imprescindibles, disueltas en refracciones no imaginadas para el hilvanaje de una identidad dispersa en plena guerra y hoy recuperadas para la historia, en un ciclo intercultural que transcurrió a través de medio siglo, con la antología Cambodian Rocks, que reúne algunos de sus extintos representantes.

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Aquella escena asiática se fundamentó en métodos anticuados, por obvias razones. El énfasis se puso en el formato single (en Extended Play de dos canciones) para lanzar a un grupo, o la sumisión de las exhibiciones instrumentales a las necesidades de la canción misma, lo que las hacía aún más prominentes.

Destaca en ellas la fascinación por la sobreamplificación electrónica y las múltiples referencias a la experiencia psicodélica junto a conceptos más mundanos.

 El contexto en el que se desarrolló esta forma musical, que por cierto fue la más rica en dicha zona indochina,  estuvo inmerso en la ingenuidad de una época infiltrada por la inminencia de tiempos socialmente convulsos y musicalmente expansivos.

Esto es lo que finalmente atrapó la edificante experiencia auditiva de tal época, y que tal antología ha rescatado, más que la exploración historicista. Quizás por ello dicha música sigue rasgando luminosa, como entonces, la turbia realidad de aquel presente atenazado por el fanatismo de una turba asesina y enloquecida.

La compilación Cambodian Rocks ha hecho justicia  a aquella música y dado nueva vida al rock camboyano para que cuente su andar, en memoria de una época donde fue víctima del exterminio.

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VIDEO SUGERIDO: Unreleased 70’s Cambodian Rock, YouTube (khmerbattambang)

 

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RODRIGO CASTELÁN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UNA RELACIÓN INTERACTIVA*

Nunca deja de sorprender el alto nivel musical al que se acostumbra uno al escuchar el jazz. Lo rápido que se puede uno también volver indiferente a todo aquello que no esté tocado por su grandeza –escribí en el libro Tiempo de solos 50 jazzistas mexicanos–. El sentimiento creado por el jazz cuando en verdad está sucediendo en el escenario o en la grabación es tan sutil, pero tan inequívocamente diferente, que no resiste la comparación.

Dicha sabiduría, y en el fondo ese sentimiento, enfrenta a los músicos con retos profundos y hasta sobrecogedores, en especial cuando lo que constituye la grandeza del género está más allá de la técnica; cuando el músico pone todo lo que tiene en su interpretación; cuando lo que surge de su instrumento depende de sus vivencias, de lo que ofrece finalmente como hombre.

«Por eso el jazz es una forma de vida —dijo Rodrigo Castelán al comenzar la entrevista—, en él encuentras la manera de expresar tu inteligencia y de darte con inteligencia. Es una relación interactiva”.

¿CUÁL ES TU DEFINICIÓN DEL JAZZ?

“A esa relación que te mencioné, la considero como algo que contiene el mismo significado grandioso que la vida implica. Adentrarse en uno de los aspectos o patrimonios  del mismo Dios. El jazz es el nivel total en la música. Algo que implica la culminación de todos los elementos totalmente desarrollados, llevados al nivel máximo: la musicalidad, la técnica, los conocimientos y razonamientos en todos los estilos. Es la meta final para toda la persona que se adentre en la música”.

¿QUÉ HIZO QUE TE INCLINARAS POR EL JAZZ EN UN PRINCIPIO?

“Cuando estaba chavo, como de unos 7 años, me tocó ver un concierto en la tele de B.B.King, me quedé perplejo, ‘¡Qué rollo!’. Me sorprendió y básicamente ahí fue. Por otro lado, a mi papá le gustaba escuchar jazz y tenía algunos discos y me fui por ahí. Me dije que por ahí era la cosa. La visión de B.B.King fue contundente para mí. Por el mismo tiempo vi en la tele también a McCoy Tyner con Sonny Rollins, en un concierto en vivo no sé dónde y me prendió durísimo. Lo que estaban haciendo no tenía límite. Además, tengo antecedentes familiares del lado de mi mamá, quien también tiene familiares músicos en Acapulco. Ella tenía un dueto con su hermana cuando era chava y de repente les hacía arreglos y las acompañaba Víctor Ruíz Pazos. Yo me encontré con una guitarra en la casa y clásico, empecé a incursionar en eso. Mi abuela me ayudaba a afinarla, me enseñó las primeras armonías y de ahí partí. Tenía ocho años. A esa edad fue que se conjuntó todo eso”.

¿POR QUÉ ESCOGISTE TU INSTRUMENTO PARA EXPRESARTE, QUÉ OFRECE EL BAJO QUE NO OFREZCAN LOS OTROS?

“Cuando era niño fui de vacaciones a Oaxaca, a un pueblo de por ahí. Fuimos a una fiesta en un kiosko y había una banda tocando, con marimbas. Había también un bajista y yo me clavé escuchándolo y sentí todo el poder que tenía el instrumento, era el sostén para la banda en general. Eso también se me quedó muy grabado. Luego, cuando estaba estudiando en la Escuela Superior de Música me metía a los salones donde había instrumentos, sobre todo bajos, y los tocaba y sentía su sonido contundente. Me llamó mucho la atención y yo seguí en ese rollo y me gustó.

“Entré a la Superior estudiando guitarra clásica e hice como cuatro años, pero después del primero me metí al Taller de Jazz de Francisco Téllez y con Enrique Valadéz que en ese tiempo fue mi maestro. Y ya me seguí con el instrumento. Originalmente comencé con el contrabajo desde los quince años, a los 17 ya tomé uno eléctrico, el primero fue un Fredless y así hasta la fecha. Hubo congruencia finalmente entre lo que me llamó la atención y el instrumento escogido. El poder del bajo”.

¿ES IMPORTANTE LA VIDA ACADÉMICA PARA UN MÚSICO DE JAZZ?

“Claro. Porque si no hay bases no puede haber nada que te saque adelante. En un principio si hay talento: perfecto. Pero éste tiene que desarrollarse y es forzoso que existan las bases. Cuando la persona se convierte en músico o en músico profesional la música sigue desarrollándose y hay que seguirla estudiando, actualizándose y todo eso. Es una labor de por vida. También hay autodidactas que casi siempre son talentosos de nacimiento, ya traen información de vidas pasadas y nacen superdotados, como Wes Montgomery, por ejemplo. Lo primero es el talento, luego es uno músico, y finalmente están las reglas teóricas, que como decía el mismo Béla Bartok, sirven para violarse, las reglas se hicieron para romperse”.

¿DENTRO DE TU INSTRUMENTO A QUIÉNES CONSIDERAS TUS MAYORES INFLUENCIAS?

“A Charlie Haden y Dave Holland, como contrabajistas. En el bajo eléctrico nadie se escapa de Jaco Pastorious. Ron Carter también dentro de los contrabajistas. Hay más pero esos son los principales”.

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¿CUÁL ES EL ESTILO QUE TE INTERESA MÁS INTERPRETAR?

“El free jazz, el jazz avant-garde o jazz contemporáneo. Todo tiene que ver casi casi dentro de lo mismo. Son estilos muy libres. Hay la libertad de la vida misma. Y el mismo elemento sucede en esta música. Es como para los astronautas estar flotando fuera de la atmósfera”.

¿CUÁL ES TU OPINIÓN DEL JAZZ EN MÉXICO? ¿CREES QUE HAYA UN PASADO SÓLIDO PARA PENSAR EN UN FUTURO PROMISORIO?

“No ha habido solidez alguna. En la actualidad ya se está dando un movimiento jazzístico con la generación a la que pertenezco. De las anteriores ves a Chilo Morán a Chava López. Pero ya desaparecieron y los que todavía están vigentes de esa generación no están haciendo nada que contenga fuerza, empezando porque no hay ni siquiera grabaciones de lo que están haciendo.

“En la actualidad ya hay un movimiento que estamos haciendo, con Armando Cruz, con Diego Maroto, con Iraida Noriega, con Emiliano Marentes, con Germán Bringas, con Agustín Bernal, que sí está trabajando todavía, con Tony Cárdenas, con Miguel Villicaña. Creo que el futuro se está gestando con nuestro presente, con nuestro ahora. Trataremos de hacerlo a pesar de las condiciones en las que vivimos en este país, que no permite solidificar nada, no hay billete para el jazz. A los productores no les interesa producir, como tampoco en el pasado.

“Antes creo que hubo (en los sesenta) algo así como treinta lugares para tocar), ahora tenemos como 25 más o menos, sin embargo la mayoría son de «happy jazz», como música de fondo. Creo que no ha pasado nada en ese sentido, ni pasará. Pero básicamente yo veo sólido el movimiento a partir de hace cinco años, con nuestra labor, porque mínimo se ha estado registrando todo eso en CD’s. No conozco referencias de los músicos que nos precedieron”.

¿CUÁNDO NACISTE Y EN QUÉ AÑO?

“Nací en México, D.F., el 30 de diciembre de 1970. En veinte años veo tocando jazz a todos los que estamos ahorita definitivamente. Agustín Bernal, Armando Cruz, Emiliano, Germán Bringas, los más constantes, los más aferrados. Y últimamente se han estado uniendo más chavos como Luri Molina, Aarón Cruz, Sergio Galván y Pablo Salas. El número de músicos va a crecer, no puedo garantizar que todos vayan a ser de un nivel superextraordinario, pero, sí se va a crecer en número. El semillero actual es Fermata”.

LA FUGACIDAD, LO EFÍMERO SON LAS CONSTANTES DE LAS AGRUPACIONES DE JAZZ EN MÉXICO, ¿QUÉ OPINAS AL RESPECTO?

“Como no hay producción uno no puede estar viviendo sólo del jazz. El sueño de todo músico es tener todo un fondo económico que jamás cesara, pero no es así. De modo que hay que estar buscando el billete, por lo tanto los proyectos no se vuelven duraderos. Pero así ha sido en el jazz desde un principio. Lo que cuenta son los conceptos personales. Lo bueno es el tronco común, ese de que si eres jazzista puedes tocar con otro jazzista sin ningún problema por razones que técnicamente son conocidas.

“Los músicos de renombre en el gabacho les recomiendan a los chavos que hay que estar compartiendo musicalidades con distintas gentes. Se perfecciona el oído, las fuerzas emocionales, toda tu energía, para hacer música con otras gentes. El líder es el que debe tener el concepto y rodearse de la gente adecuada para realizarlo y de gente que también pueda suplirlos en determinado momento, porque encontraron otro proyecto que les llamó la atención, por enfermedad, por lo que sea. Tiene que ver mucho con ello el aspecto de la composición. Así es como funciona. Lo que el músico quiera hacerle llegar al mundo y que quede el legado”.

¿EN QUÉ FORMATO TE GUSTA TRABAJAR MÁS?

“En trío o en dueto. Entre menos gente, mejor. Quinteto o cuarteto también, pero básicamente formaciones chicas. Porque cada quien tiene más cosas qué hacer dentro, cunado son más músicos tu labor es menor”.

¿HASTA EL MOMENTO EN CUÁNTAS GRABACIONES HAS PARTICIPADO?

“En alrededor de doce en el puro jazz. Hice un disco con Cristobal López y Fernando Toussaint (Atanor en concierto), hay dos con Tritonía, con Germán Bringas (Calles de plata de la Portales), con Maruja Leñero, uno reciente con Marcos Miranda. El de Niño con Agustín Bernal y Tony Cárdenas. Dos con Cipriano, uno de canciones y otro de jazz en donde hago arreglos yo también. Uno para niños con Cipriano, que grabé con elementos de jazz siempre, no como en Cri-Cri donde siempre trata como mensos a los niños, no. Las piezas son más de la actualidad”.

¿QUÉ OPINAS DE LA INFRAESTRUCTURA QUE HAY EN MÉXICO PARA LOS JAZZISTAS?

“No la hay. No hay productores. Casi todas las grabaciones son hechas con el dinero de los propios músicos, las compañías grandes jamás se interesan, porque sólo les interesa lo comercialote, lo que sale en Televisa, la iniciativa privada en rarísimas ocasiones apoya, las instituciones tampoco. Si no pones tú el billete tienes que andar taloneando por doquier y si te pelan, perfecto, pero eso no debería de suceder.

“En otros países hay un fondo para eso, para que los jazzistas lleven a cabo sus proyectos y los discos salgan rápido. Aquí siempre hay que estar buscando. Para tocar jazz los lugares son muy escasos, Jazzorca es uno. Música en serio, un club de jazz en toda la extensión de la palabra. Por los lugares no me preocuparía tanto sino más bien en la producción de los discos y en que éstos se distribuyeran fuera del país, en Nueva York y Europa para que nos conozcan. Un fondo para eso y, sobre todo, para los que no hemos soltado la bolita nunca, nombres como prioridad, por curriculum, por los que realmente están haciendo algo, los que de verdad lo requieren”.

¿CREES QUE SEA ACEPTABLE LA PRÁCTICA DEL HUESO PARA LOS MÚSICOS DE JAZZ EN MÉXICO?

“Aceptable sí, en el aspecto económico. Porque ultimadamente no queda de otra. Por otro lado sí obtienes billete, pero el precio que terminas pagando es muy alto: no estar en tu casa, con tu familia, no estar practicando, ‘haciendo dedos’, no incursionar en las implicaciones técnicas y teóricas que requiere esta música, además de estar tocando siempre lo mismo.

“Monetariamente es aceptable. Todo de donde salga billete es aceptable, pero para un músico de jazz sí está cañón, por ahí no es el asunto. Es lamentable que sólo sea por ese medio por el que te puedas hacer de un billete decente. Pero el precio es muy alto. Llega a dañar la práctica jazzística en sí, porque como no estás practicando, te olvidas del estudio cotidiano. También resulta que los otros compañeros no son jazzistas y no puedes trabajar con ellos, están en otro rollo”.

*Entrevista que llevé a cabo con Rodrigo Castelán en octubre de 1999 y cuyo extracto apareció publicado en el libro Tiempo de Solos 50 jazzistas mexicanos, en el año 2000.

RODRIGO CASTELÁN (FOTO 3)

VIDEO SUGERIDO: JAZZ MIX MARIE ANNE GREENHAM, RODRIGO CASTELÁN Y ARMANDO CRUZ, YouTube (marie anne greenham)

 

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HAWK

Por SERGIO MONSALVO C.

HAWK (FOTO 1)

 AQUEL AÑO

Eran los comienzos de 1963. Hawk estaba tumbado en su cama de hotel, haciendo un ligero hueco en el colchón blando, convencido de que podía sentir cómo se encogía desvaneciéndose en la nada.

Durante los últimos tiempos se había alimentado de mantequilla y galletas, pero incluso ya les había perdido el gusto. Cuanto menos comía más bebía, ginebra con jugo de cereza, Courvoisier y cerveza… Bebía para diluirse, para desaparecer un poco más.

Luego se había levantado, lastimosamente y acercado a la ventana, quizá para ver con melancolía el paso de los músicos hacia el club cercano. Quizá sólo para ver algún movimiento y corroborar que no estaba muerto o sí. Así eran los días de Coleman Hawkins desde no sabía cuándo y le parecía que iba a seguir así hasta el fin de los tiempos

Él que había convertido el sax tenor en un instrumento de jazz, él que definió la manera en que tenía que sonar: voluminoso, a garganta plena, enorme. O sonaba como él o no sonaba a nada. Ahora estaba parado ahí, o echado, un poco ebrio, en un momento tranquilo de la tarde. Viendo pasar la vida y reuniendo cualquier energía posible para ir a servirse otro trago cuando sonó el teléfono…

HAWK (FOTO 2)

Eran los comienzos de 1963. Sonny y su sax tenor de tiempo atrás habían dejado de dar conciertos, de grabar y de tocar en clubes. Se decía que él, Sonny Rollins, había decidido escapar del círculo vicioso en que se hallaba metido debido a la saturación de actuaciones y a la adulación del público.

Unos años antes había alcanzado una gran madurez musical. Muy pronto empezó a ganar en todas las listas de popularidad, y sus discos eran considerados como ejemplos de «pasión desinhibida», de «fuerza interior», etcétera.

Era 1963 y el jazz moderno ya no se enfrentaba con el problema del descubrimiento y la elaboración de su lenguaje básico, sino con la necesidad de establecer algún tipo de síntesis dentro del idioma y con la de ordenar su material.

En ese preciso instante se encontraba Rollins con respecto a su instrumento, a su estilo. Fue cuando decidió volver a tocar, reencontrarse con sus raíces, con sus ídolos. Tomó el teléfono y llamó a Hawk…

El encuentro se dio en el mes de febrero y fue anunciado como la reunión del jefe del sax tenor moderno con el padre del mismo instrumento. Los resultados —a pesar de la baja forma de Hawk y los problemas existenciales de Rollins— fueron excelentes. Los estilos se combinaron a la perfección gracias a la robusta y extrovertida forma de tocar de Coleman y al fraseo firme y seguro de Sonny.

Seleccionaron temas clásicos como «Yesterdays», «All the Things You Are», «Summertime» y «Lover Man», entre otras, para mostrar cada uno su personalidad. La veteranía y sapiencia se conjugaron con la complejidad técnica, el poder y la soltura.

El sax de Rollins derrochó emoción (desde las notas graves, parecidas a las de un cello, hasta los atrevidos gritos del registro agudo); Hawkins derrochó vida, la que le quedaba.

Era 1963 cuando Sonny y Hawk se conocieron, cuando Rollins comenzó a convertirse en maestro de su material; cuando Hawkins comenzó a transformarse en tradición. El momento quedó grabado en el disco Sonny Meets Hawk (de 1999).

HAWK (FOTO 3)

VIDEO SUGERIDO: Sonny Rollins & Coleman Hawkins “Yesterdays”, YouTube (Josef K.)

 

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LAS COLECCIONISTAS

Por SERGIO MONSALVO C.

LAS COLECCIONISTAS (FOTO 1)

 (RELATO)

Exterior.  Noche.  Calle.

La cámara va en travelling acompañando a una mujer de entre 20 y 25 años de edad. Se oyen sus pasos y ruidos incidentales procedentes de la misma calle mientras camina sin apresuramiento. Se ven algunos letreros luminosos y vitrinas de comercios ya cerrados. Vendedores ambulantes nocturnos. Un claxon en busca de llamar su atención.

Plano americano de ella que camina frente a la cámara. (A nivel del ser humano son éstas las que, en forma de artículos exhibidos, coleccionan transeúntes, tratando de provocar un estado de embriaguez siempre anhelado). Su rostro denota cierta sonrisa cínica y un tanto indiferente, complacida con la propia proyección. Se ve que pasan algunos hombres junto a ella. Unos la miran lujuriosamente mientras otros le dicen cosas inaudibles. Continúan los ruidos incidentales de la calle y sus pasos. Tilt up donde se muestre la acerca como retrato expresionista.

Corte a toma completa del tugurio al cual se acerca. Hay dos tipos en la puerta vestidos con trajes baratos y de color pastel. Traen las camisas abiertas por donde se les ven diversos collares y alguna pelambre. En las manos llevan ostentosos anillos. Son los guardias (encargados de sofocar cualquier fuego al interior) que la saludan al llegar. Se escucha música afroantillana procedente del local.

 Interior.  Noche.  Tugurio.

La cámara se convierte en el personaje y proyecta diferentes vistazos al lugar.  Humo espeso. Luces sobre un escenario donde toca una pequeña orquesta. La semi iluminada pista de baile con algunas parejas abrazadas apretujadamente. Mesas con botellas, vasos y cigarrillos, los oscuros reservados, avance casi en la penumbra. Deambular de mujeres y meseros.

Ella se recarga en un mostrador donde entrega el saco. Recibe una ficha (contraseña que permitirá su salida) de parte del encargado. Comienza nuevo tema musical. La cámara sigue al personaje hasta que se sienta en una mesa junto a otra mujer que fuma. Se saludan levemente y se ponen a observar a los bailarines en la pista: una nueva colección ya embriagada.

 

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CHK CHK CHK!!!

Por SERGIO MONSALVO C.

CHK FOTO 1

 DISTINTAS VOCES

Actualmente, quienes han echado mano del concepto onomatopéyico en la cultura del rock son los integrantes del grupo !!! (en su representación gráfica) o Chk Chk Chk (en la sonora). Dicho grupo se formó en Sacramento, California, en 1995, el cual ofreció una explicación para la opción a tal nombre. En primer lugar que debe ser pronunciado como tres monosílabos de manera onomatopéyica: ¡Chk Chk Chk!

Dicho sonido fue tomado como referente de la película The Gods Must Be Crazy (Los Dioses deben estar locos, de 1980), en la que su protagonista principal, un aborigen bosquimano del desierto de Kalahari, tribu lejana de toda civilización, en África Septentrional, se comunica mediante la lengua Kohisánida, caracterizada por el uso de chasquidos consonánticos o “clicks”.

De ahí la referencia dadaísta del grupo y principio musical que elige como estandarte ese fonema donde “la voz encuentra una tierra libre donde cantar”.

Chk Chk Chk se formó en un inicio con la unificación de dos bandas: Black Liquorice y Popesmashers que realizaban una gira conjunta e interpretaban funk disco. Con el afán de hacer algo fresco, buscaron endurecer su sonido, hacerlo más agresivo. Para ello convocaron a Nic Offer, el cantante y compositor de The Yah Mos, grupo que se caracterizaba por su hardcore de tintes techno.

CHK FOTO 2

La banda quedó entonces conformada de la siguiente manera: Offer (voz y composición), Mario Andreoni (guitarras diversas), Dan Gorman (trompeta, percusión y teclados), Tyler Pope (guitarras y dispositivos electrónicos), John Pugh (batería y coros), Justin Vandervolgen (bajo y efectos electrónicos) y Allan Wilson (trompeta, percisión y teclados).

Una vez con Offer en sus filas, se lanzaron a crear una mezcla de diversos estilos como el indie rock, el post punk revival y el dance punk. De su laboratorio salieron tracks grabados en cassette con los que llamaron la atención durante su acoplamiento y giras respectivas.

Fue en el año 2000 que apareció su primer álbum titulado como su nombre: !!!, el cual fue seguido por el single que los daría a conocer internacionalmente  «Me and Giuliani Down By the School Yard», en el que a la mezcla anterior le agregaban beats del house, sinuosas líneas de bajo, guitarras psicodélicas y letras sencillas.

VIDEO SUGERIDO: Chk Chk Chk – AM/FM (Live on XEXP), YouTube (XEXP)

Una evolución del sentimiento rupturista procedente del punk. Con música y lírica que perforan la superficie pero no abandonan la sencillez. El dolor urbano introspectivo hecho música.

En el 2004 lanzaron Louden Up Now, un álbum que coincidiría con el nuevo auge del post punk (y el uso de instrumental rockero para experimentar con otros disciplinas, con la metodología techno, el math rock, el dub, etcétera), una coyuntura que los posicionaría definitivamente en la escena mundial y con la referencia de muchas agrupaciones ochenteras como Emery, The Faint, Liars, el primer LCD Soundsystem, Radio 4 y The Rapture, entre otras.

A partir de entonces, de ese segundo lustro del siglo XXI han editado otros cuatro álbumes (Myth Takes, Strange Weather, Isn’t It?, THR!!!ER y As If), han sufrido la baja de su baterista original, muerto por un accidente, y el cambio de otros miembros. Sin embargo, la estructura sigue vigente y con la misma energía con la que se convirtieron en un grupo importante para la música contemporánea.

Chk Chk Chk es un proyecto a largo plazo, bien estructurado, que les permite a sus integrantes efectuar los suyos de manera particular. Así lo han hecho Nic Offer, Pope y Vandervolgen, quienes son partícipes de una banda paralela conocida como Out Hud, en la cual llevan la experimentación sonora más allá de la que efectúan con su grupo base, con una propuesta semejante pero más abstracta. Asimismo, el mismo Tyler Pope es bajista oficial del LCD Soundsystem, encabezado por el voluble James Murphy.

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VIDEO SUGERIDO: !!! One Girl/One Boy, YouTube (!!! Chk Chk Chk)

 

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