TALLÍN

Por SERGIO MONSALVO C.

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EMERGENCIA DE LO OCULTO

El sentido de lo oculto ha estado en la mente del ser humano desde que tuvo conciencia de sí. Por la curiosidad acerca de lo que lo rodeaba, por la búsqueda de respuestas a misterios físicos o metafísicos, terrenales o cósmicos. Como una manera de explicarse la existencia y la muerte. Como una forma de ser y estar en el mundo y frente a los demás.

Sirva lo anterior como modo de introducción a lo siguiente: El verano antepasado, entre vacaciones y trabajo, lo pasé en Estonia, en Tallín su capital y en algunas otras localidades portuarias del mismo país báltico (Haapsalu, Kärdla y Pärnu). En Tallín, durante una caminata por las calles peatonales del centro de la ciudad, plagada de turistas nórdicos principalmente, me detuve en la terraza de un restaurante para tomarme una cerveza Saku.

Mientras leía un poco de la historia del país en el que tendría que estar algún tiempo, repasé la cantidad de invasiones y diversas culturas que han participado en su formación que se remonta al inicio del siglo XI a de C., desde grupos y pueblos prehistóricos, pasando por el nazismo, hasta su independencia de los soviéticos en la última década del siglo XX. Toda clase de religiones paganas y cristianas han permeado su cultura, lo mismo que el  comunismo, todo lo cual es manifiesto en su arquitectura, pero no solamente.

Estaba en esas cuestiones, cuando un tipo joven, vestido de negro y con una camiseta de llamativa imagen impresa se paró junto a mí y me preguntó si quería comprar uno de los discos que vendía. “Mi grupo y yo estamos difundiendo la trascendencia espiritual de nuestra mitología con la música para iluminar al mundo”, me dijo. Podía ser  interesante, así que lo invité a sentarse y a tomarse algo. Lo hizo. Le pidió al mesero un té de eucalipto.

Antes de que me soltara su discurso le dije que tenía que resolverme primero cuatro preguntas: ¿qué? ¿quiénes? ¿cuándo? y ¿cómo? y después hablar de lo que quisiera y, además, le pregunté si podía grabar lo que dijera. Me afirmó con la cabeza y empezamos.

“Somos un grupo de rock independiente –subrayó–. Nos llamamos Illumenium. Es un nombre que surgió de la conjunción de las palabras “Illuminati” y “Millenium”, una inspiración surgida en un momento secreto del universo. Somos los iluminadores del milenio, con un nuevo mensaje. Llevamos lo inexplicable a los no iniciados (esos que sufren la incertidumbre por lo desconocido –me dijo–). Nuestra música es una amalgama de diversas corrientes del rock: hard, metal, punk y post-grunge, unida a lo esotérico

“Al grupo lo formamos seis músicos, pero en realidad hay más integrantes en la Orden, los que producen, los que diseñan y los que enseñan las prácticas espirituales y filosóficas y los que descubren los poderes latentes en el ser humano: Kari Kärner en la voz, Andre Kaldas, en los gritos y gruñidos,  Grigori Rõžuk en la guitarra, Kevin Presmann en la batería, Alo Puusepp en el bajo y Artjom Jevstafjev en los demás instrumentos –no aclaró cuáles–.

VIDEO SUGERIDO: Illumenium – End Of Times, YouTube (Einari Alfituri)

“La mayoría procedemos de una banda anterior, Defrage, que se fundó en  Pärnu en el 2007. Tocábamos básicamente heavy metal. Grabamos un par de EP’s y otros tantos álbumes. Pero uno de nuestros integrantes murió, así, de repente. Pasamos un tiempo de desconcierto, hasta que supimos que practicaba las artes oscuras, por lo que acudimos a un chamán de nuestra ciudad para saber por qué había sucedido aquél fallecimiento.

“Él nos explicó el incidente (cosa que no te puedo decir- afirmó–), pero además con adivinación nos reveló nuestra misión y destino y entonces decidimos cambiar de nombre. Algunos se fueron –no creían ser capaces del cambio– y otros llegaron –para ayudar–. La concepción musical ya no sería la misma, aunque conserváramos parte del material anterior. Agregaríamos géneros y modos distintos. Así surgió Illumenium, en el 2014, en octubre, el mes mágico.

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“Procedemos de una milenaria cultura que vivió en Pulli hace 11 mil años, en el momento en que todos los dioses vigentes se reunieron ahí para construir la ciudad más grandiosa y al mejor hombre. Sin embargo, habían dejado de convocar al creador del Mal, que se presentó con sus pájaros de fuego cuando todo aquello estaba en su esplendor. La única manera de evitar la destrucción fue cubrirlo todo con agua y así tal esplendor quedó sumergido en las profundidades del mar.

“Algunos escogidos fueron enviados a divulgar el conocimiento por toda la Tierra. Nuestro clan permaneció  cerca del sitio original en un lugar llamado Sinti y desde entonces nos hemos dedicado a hacerlo con la música a través de las épocas. En ésta –inicio de un nuevo ciclo cósmico— lo hacemos como Illumenium.

“Al principio te dije que somos un grupo independiente. Eso quiere decir que no tenemos patrocinadores, no tenemos contrato con ninguna compañía discográfica y todo el trabajo lo hacemos los miembros, desde la concepción de la música hasta la distribución de los discos que llevamos a cabo de ésta manera, acercándonos a la gente y ofreciéndolos por lo que nos quieran dar por ellos. Así sufragamos la gira ininterrumpida en la que estamos inmersos desde el 2015 y con lo ganado por los conciertos que damos reunimos el dinero para la siguiente producción. Hemos publicado dos álbumes, Towards Endless 8 y Gehenna [aquí me anunció que el siguiente sería Underdogs, con otro sonido llamado Hop Hip y aparecería próximamente]. Esa es nuestra historia hasta ahora”.

Le compré los dos discos por el mismo precio que hubiera pagado en una tienda por ellos. No tenía ni idea de cómo sonaran, solo la vaguedad del heavy metal y algunas asociaciones semejantes, pero tenía curiosidad por escucharlos y mi romanticismo quiso colaborar con su espíritu pagano y alternativo, sus legados punk y con su imaginería, un aglomerado de leyendas, regadas con un discurso de  vocabulario cuidado y selectivo, que evidenciaba lecturas y conocimientos varios. Ahora sé que en Estonia la historia del rock con lo oculto tiene una secta más, nada clandestina y que, al menos, no busca acabar con el mundo, sino hacer emerger el suyo.

VIDEO SUGERIDO: ILLUMENIUM – MY CHILDREN, YouTube (ILLUMENIUM MUSIC)

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NOCHE EN LA TIERRA

Por SERGIO MONSALVO C.

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(JIM JARMUSCH)

La película del cineasta estadounidense Jim Jarmusch, Night on Earth (1992), no aguanta en forma alguna la comparación con su debut, Stranger than Paradise, que entretanto se ha erigido en un clásico.

Su cuarto largometraje brindó más de lo mismo en cuanto a estilo e incluso menos en lo que a contenido se refiere. El retrato preciso de la ausencia de asideros vitales sufrida por los personajes de su primera cinta fue sustituido por una visión más práctica de la vida. Aunque todavía parecen desorientados los hombres y las mujeres del universo de Jarmusch, al menos ya están haciendo algo.

Al principio de cada episodio de Night on Earth el zoom se acerca a uno de cinco relojes colgados uno junto al otro en la pared, mostrando cada uno de ellos la hora correspondiente a cierta parte del mundo en un mismo momento. 

Los relojes avanzan a la misma velocidad, creando un bello símbolo para las coincidencias y las diferencias entre los cinco episodios. Todos ellos se desarrollan en torno a un viaje en taxi, cada uno en otra ciudad grande del mundo. 

Como parece inevitable en las películas de esta estructura, el primer relato es el más débil. En Los Ángeles de noche, la empresaria Gena Rowlands se sube en el taxi de Winona Ryder y al final del viaje de 25 minutos le ofrece un contrato para participar en una película.

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Lo que uno presintió desde el principio efectivamente sucede: Ryder rechaza la oferta. Cada persona tiene su propio valor, reza el mensaje, por insignificante que su existencia pueda parecer a los demás. 

En el siguiente episodio, ubicado en Nueva York, Jarmusch se desquita de este desliz moralista, pero la irritación no deja por completo al espectador. La charla contagiosa entre Giancarlo Esposito y Armin Mueller-Stahl con todo despierta una nueva esperanza.

Después de Nueva York, Jarmusch hace escala todavía en París, Roma y Helsinki. En la ciudad luz encontramos a una ciega Béatrice Dalle en el asiento trasero del negro Isaach De Bankolé, lo cual da una nueva oportunidad al director para alzar su dedo juicioso. 

El chofer, que al principio tiene que aguantar la arrogancia de dos pasajeros negros acomodados, muestra que tampoco está libre de prejuicios cuando la mujer ciega sube a su taxi. 

En el episodio romano reinan los disparates cuando el chofer Roberto Benigni aprovecha tener que transportar a un sacerdote para confesar sus pecados a una velocidad desenfrenada. Benigni, quien en Down by Law también se mostró en plena forma, convierte este episodio en un excelente One Man Show

Después de secarnos las lágrimas de los ojos, los pañuelos vuelven a salir de los bolsillos cuando el primer brillo del amanecer en Helsinki pone un melancólico punto final a la obra. 

Durante dos horas el público ha presenciado cinco instantáneas de la vida, unas más débiles que las otras, pero todas realizadas con el mismo oficio. Jarmusch no se arriesgó a perder a sus fieles seguidores con Night on Earth.

VIDEO SUGERIDO: Night on Earth by Jim Jarmush, NY scene (HD), YouTube (1001 movies you should see during your lifetime)

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SIGNOS: SAM PHILLIPS

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL AMANECER DE UNA NUEVA ERA

Sam Phillips poseía las calificaciones ideales para instigar la revolución, en todos sentidos, que sería el rock. Nació en Alabama (5 de enero de 1923) y creció entre los campos de algodón. Desarrolló para sí una pasión hacia la música negra que formaba una parte integral de la vida agraria en el Delta del Mississippi y hacia la gente que la producía. 

Sam consiguió trabajo como DJ en Memphis. Y luego, en 1952, fundó su propia compañía, a fin de grabar y promover aquella música negra. Según Tennessee Williams, esto comenzó en el lobby del hotel Peabody, en Memphis, donde Phillips trabajó anunciando a los grupos de baile locales. 

Bautizó a su compañía como Sun Records y editó para el mercado de oyentes negros canciones de rhythm and blues interpretadas por talentos desconocidos del mismo origen, como B.B. King, Ike Turner y Junior Parker. Fue el amanecer de una nueva era.

De no haber hecho Sam Phillips más que cultivar su gusto por la música negra del Delta, habría sido relegado al mismo olvido al que aquella época condenaba a los artistas grabados por él. El secreto del éxito de este personaje no radicó en su devoción del genio negro, sino en su conocimiento del gusto blanco, para el cual Sun Records produjo una serie de clásicos country y del rockabilly. 

La aplicación dada por Phillips al ritmo negro fue una mera extensión de su dominio de las preferencias musicales blancas; fue él quien hizo el comentario más famoso acerca del rock, antes de que hubiera rock: “Si encontrara a un muchacho blanco que supiera cantar como negro, ganaría un millón de dólares”. 

Phillips no sólo creció con la población negra del Delta, sino también con la blanca de la región: la denominada white trash (la clase blanca más pobre), los racistas rednecks, los inocuos campesinos. Las tradiciones folk y country de los pioneros anglosajones convergieron en él con los ritmos africanos de los esclavos de aquella zona, conjunción fomentada por una generosa cantidad de codicia.  Phillips encontró a su muchacho blanco en la persona de Elvis Presley.

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A los 19 años, Elvis grabó su primer disco profesional para Phillips, el 6 de julio de 1954, fecha que marcó un hito en el rock. La Suprema Corte estadounidense había dado su fallo del caso Brown vs. Board of Education (sobre la admisión de alumnos negros en las escuelas) seis semanas antes. Las Sun Sessions de Elvis constituyen un reflejo certero de la corriente que atravesaba los Estados Unidos.

El camino por el que la música negra sería injertada con el gusto blanco ya estaba trazado.  Era la ruta de siempre:  río arriba del Mississippi hasta las ciudades del Oeste Medio.

El mismo año en que Phillips fundó su compañía, Alan Freed, un Dj de la emisora WJW de Cleveland, descubrió que su auditorio de adolescentes blancos estaba enloqueciendo con los discos de música negra nunca antes programados para un público blanco, con canciones como “Sixty Minute Man” (1951) de Clyde McPhatter y los Dominoes.

La nueva programación de Freed dio inicio a una de las más grandes travesías culturales. Después de Freed, millones de adolescentes cambiaron su adhesión a los ritmos blancos por los negros.

En forma independiente el uno del otro, Freed y Phillips comprendieron que los Estados Unidos de los jóvenes blancos estaban ansiosos por ser arrebatados por una marea de ritmos africanos, y se aprestaron a proporcionar a tal mercado lo que pedía: un auténtico ritmo negro incluido en la programación –blanca– de Freed; un ritmo negro de imitación marcado por genuinas caderas blancas (de Elvis) en el caso de Phillips.

VIDEO: Elvis Presley Baby, Let’s Play House The Sun Sessions HD, YouTube (Antonio Collenzo)

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BRYAN ADAMS

Por SERGIO MONSALVO C.

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UN JOVEN ETERNO

No es tarea fácil crear un rock memorable y desbordante de adrenalina, pero si se es uno de los pocos con la habilidad innata, no es fácil perderla. Así lo probó Bryan Adams en 18 ‘Til I Die, su primer álbum completamente nuevo tras cinco años de sequía. La producción contenía varios éxitos potenciales, como desde siempre habían caracterizado el trabajo de Adams, convirtiéndolo en uno de los artistas más importantes y de mayores ventas de las últimas décadas.

«La construcción del álbum es mucho más sencilla, porque buscaba algo más crudo y básico –afirmó Adams–. Siempre me he considerado un cantante blanco de soul de segunda generación, influido por Mick Jagger y Steve Marriott, y creo que el álbum capta mucho de eso. Mis influencias musicales más importantes son gente como Joe Cocker, Ray Charles, Sam Cooke y Paul Rogers, entre otros”.

Adams ha producido varias baladas premiadas con ventas multiplatino, como «Have You Ever Really Loved a Woman?» (incluída en 18 ‘Til I Die) y «(Everything I Do) I Do It for You», las cuales lo impulsaron a nuevas alturas de estrellato internacional en los años noventa. Sin embargo, la energía directa de su octava obra, cumplió con dicha autodefinición.

Desde la jactancia bonachona de «The Only Thing That Looks Good on Me Is You» (acompañada por un video dirigido por Matthew Rolston, con una visión animada, colorida e irónica de la industria de la moda) hasta la energía rudamente desafiante que imbuye la apunkada «We’re Gonna Win» (canción oficial de la final de la liga de hockey, NHL, durante aquel año), resultó obvio que Adams tomó en serio el título del álbum.

«No se trata tanto de una edad literal como de una actitud –explicó el cantante–. Se trató de mucho más que del mero contexto rocanrolero. La imagen despierta la convicción de que, sin importar lo que suceda en el trabajo o en lo que sea, uno no se dejará abatir. No quisiera volver a tener dieciocho años. Necesito avanzar, no retroceder. No me arrepiento por nada.

“Me siento más inspirado y emocionado por el futuro que nunca. A los dieciocho años creía saberlo todo. Ahora me doy cuenta de lo poco que sabía. Conozco a gente de mi edad que parecen tener cincuenta años; y otros tal vez se vean viejos, pero su actitud es joven. Todo radica en lo que uno siente en su interior. Por cierto, se dio la coincidencia de que tenía dieciocho años al firmar mi contrato con A&M y que llevo el mismo número de años con ellos”.

(Bryan Adams nació el 5 de noviembre de 1959 en Kingston, Canadá, de padres ingleses. Pasó su infancia en Europa y el Medio Oriente. Recibió su primera guitarra de regalo a los diez años y compró la primera eléctrica a los doce. A los catorce se mudó a Vancouver y empezó a participar en audiciones como guitarrista. A los quince abandonó la escuela, se unió a un grupo como cantante y salió de gira por Canadá. En 1977 conoció al baterista Jim Vallance y empezaron a colaborar en la composición de canciones, material que muy pronto fue interpretado por muchos artistas. Los demos enviados a A&M en Canadá resultaron en un contrato de grabación a los 18 años)

Esa visión positiva impregnó 18 ‘Til I Die, desde la sexualidad juguetona de «Do to You», impulsada por la armónica, y la irónica «(I Wanna Be) Your Underwear», hasta el romanticismo franco que llena interludios conmovedores como «Let’s Make a Night to Remember». Como siempre, la emotiva voz de Adams constituyó el eje de la obra. Acabó de terminar los ensayos en Inglaterra para la siguiente gira mundial que comenzaría el 10 de junio en Estonia, continuaría en Europa durante el verano y se prolongaría por cerca de dos años.

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«Siempre he querido mostrar los dos lados de la misma moneda –indicó Bryan–. Todos estamos constituidos por cualidades diversas y, al hacer canciones que abarcan todos los aspectos de mi personalidad, en cierta forma, puedo trasmitir una idea bastante buena de cómo soy».

Apenas había superado la adolescencia cuando Adams firmó su primer contrato con A&M Records en 1979. Dedicó la primera mitad de los ochenta a una serie ininterrumpida de giras, las cuales con frecuencia lo ocupaban por más de 250 días corridos. Pese a su negativa crónica a abrazar los accesorios de la estrella de rock, sus emocionantes conciertos no tardaron en hacerse legendarios.

Cuts Like a Knife (1983), que sólo tardó ocho meses en alcanzar ventas platino, le dio su primer éxito en el Top 10, el himno «Straight from the Hear». También la canción homónima del título y la contagiosa «This Time» escalaron los niveles más altos de las listas. Reckless fue su primer álbum número uno y le valió ser nominado para un premio Grammy, reconocimiento merecido para una obra que llevó varios tracks al Top 10, incluyendo el sencillo número uno «Heaven», así como «Run to You» y «Summer of ’69».

Adams terminó la década de los ochenta con otro álbum multiplatino para su currículum, Into the Fire (1987). En Canadá, su país de origen, fue nombrado Artista de Grabación de la Década por una serie de éxitos sin precedentes, incluyendo una docena de premios Juno y el Diamond Sales Award por Reckless, que se convirtió en el álbum canadiense de mayores ventas de todos los tiempos.

Asimismo aceptó el Orden de Canadá por su trabajo a favor de causas sociales (aportó «Tears Are Not Enough» al esfuerzo de Live Aid, en representación de su país) y ecológicas, ya que su colaboración constante con Greenpeace influyó en importante medida en el establecimiento de un santuario para ballenas en la Antártida.

En febrero de 1987 ganó el Premio Humanitario Bob Geldof por su colaboración con Northern Lights, Amnestía Internacional y otras organizaciones de caridad. A lo largo de los años no ha dejado de efectuar conciertos para reunir fondos para las causas más diversas, desde las ballenas hasta las víctimas de los terremotos en Armenia, hospitales y fondos de lucha contra el cáncer, la leucemia y otras enfermedades.

Cuando Adams puso fin a otra pausa, ahora de tres años, el resultado fue espectacular. Su primer trabajo para un soundtrack de cine fue la exquisita balada «(Everything I Do) I Do It for You» del film Robin Hood permaneció en el número uno del Billboard por siete semanas y fue nominada para un Grammy y un Oscar.

Con el apoyo del productor Robert John «Mutt» Lange (coautor de dicha canción), grabó a la postre Waking up the Neighbours, que vendió diez millones de ejemplares, y realizó una extensa gira mundial.

Adams volvió al número uno en 1993, con «All for Love» (interpretada junto con Sting y Rod Stewart) del soundtrack de los Tres Mosqueteros. El mismo año sacó una compilación de éxito, So Far So Good, que incluyó el hit «Please Forgive Me» y vendió más de 13 millones de copias en todo el mundo.

Siguió una gira mundial de 18 meses, con un concierto en Vietnam en enero de 1994; Adams fue el primer artista occidental en presentarse ahí desde la guerra. Al hacer escala en Modena, Italia, se presentó con el gran cantante de ópera Luciano Pavarotti, interpretando una canción en italiano que fue incluida en Pavarotti and Friends II.

«Have You Ever Really Loved a Woman?» del soundtrack de Don Juan DeMarco (1995), le valió otro número uno a Adams así como otra nominación a los Óscares. Cerró ese año con 45 millones de discos vendidos en todo el mundo.

Luego, después de más de un año de grabaciones intensas, si bien espaciadas, Bryan Adams volvió con 18 ‘Til I Die. Las grabaciones comenzaron en Jamaica, cuando Mutt, el productor, lo invitó a la isla para grabar unos demos. Permanecieron en el Caribe durante ocho meses, hasta mayo de 1995, y luego continuaron las grabaciones en el sur de Francia por cuatro meses.

Adams lo ha descrito como su álbum favorito, aunque sólo sea por el placer que le dio su creación. «Definitivamente me divertí más con ese disco que con cualquiera de los ochenta –ha comentado–. Se hizo muy fácilmente, con muy poco estrés. Eso me dio mucho gusto. Hago música para levantar mi ánimo y satisfacer mis inquietudes creativas. La música me ha dado libertad. La expresión es libertad. Es maravilloso que uno se divierta con su trabajo. Creo que el sentido del humor se notó en el disco».

«He tenido el mismo grupo desde los veintiún años. Es muy reconfortante y me da mucha seguridad.» ¿Y el futuro? Como insinuaba el título, Bryan Adams no tenía pensado quedarse detenido en un solo lugar. «Sigo moviéndome todo el tiempo. Me interesa ver todo lo que pueda del mundo –afirmó–. Tengo mucha curiosidad, un espíritu aventurero, y quiero hacer todo lo que pueda». Y lo ha hecho. Desde entonces ha grabado siete discos más (de On a Day Like Today hasta el más reciente Shine a Light, del 2019). Sin embargo, su nombre poco le dice a las nuevas generaciones.

VIDEO SUGERIDO: Bryan Adams – 18 ‘till I Die (Live At Wembley 1996), YouTube (Bryan Adams)

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PETE SHELLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

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ADALID PUNK

Para hablar de Pete Shelley se tiene que hacerlo necesariamente del punk británico, desde sus orígenes sociales míseros y crudos hasta la conscientización y sofisticación intelectual con respecto a su entorno. Los máximos exponentes de lo primero son obviamente los Sex Pistols, cuyos dudosos y espurios objetivos (convertirse en estrellas vía la trasgresión diseñada como Miley Cyrus, por ejemplo) tuvieron el efecto colateral y opuesto de  despertar las necesidades y los manifiestos estéticos de músicos más preparados como los de Clash o los Buzzcocks, por mencionar algunos.

Fue el líder de estos últimos, Pete Shelley, quien al escuchar de muy joven a los Pistols en una de sus presentaciones (en un pub en 1976) decidió participar en la escena punk desde la provinciana ciudad de Manchester. Dando con ello inicio a lo que a la postre se conocería como el origen del sonido que caracterizaría a dicha urbe.

La leyenda lo ubica como el organizador de un fracasado concierto de su grupo, The Buzzcocks, junto a sus ídolos londinenses (en el Lesser Free Trade Hall), pero cuya resonancia alcanzó niveles míticos. Tanto que la cinematografía quiso testimoniarlo en la película 24 Hour Party People (2002), del director Michael Winterbottom.

A partir de ahí, The Buzzcocks crecieron en importancia lo mismo que su mente maestra, guitarrista, voz y compositor (nacido como Peter Campbell McNeish, en 1955). El grupo fue fundado en aquel año de 1976 con Howard DeVoto (voz y guitarra), Steve Diggle (bajo) y John Maher (batería). El material de sus primeros discos se fundamentaba en las canciones escritas por Shelley durante sus años de estudiante universitario.

En su disco debut, Another Music in a Different Kitchen (1978) –un año antes habían editado un EP de nombre Spiral Scratch–, letras y música sonaron rústicas y tópicas, pero la experiencia sirvió para fijar el rumbo al que quería ir Shelley a partir de ahí. Puso en la palestra su bagaje académico y las canciones adquirieron nuevos y originales matices.

Para ellas el grupo creó una elaborada orquestación –atípica para los cartabones del punk primigenio– que incluía manejo de voces en los coros, influencias musicales del naciente rock alemán, además de una estética derivada  de la  New wave.

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Pero en lo lírico, pues, fue donde más se destacaron incorporando a su repertorio una temática de lo más alejada de las vías del género, gracias a la pluma de Shelley: cuestiones amorosas, de identidad sexual o de clase social. Curiosamente, el subgénero no trataba entonces sobre cuestiones sexuales, ni de relaciones de amor entre la juventud. Por lo mismo Shelley llenó un nicho con sus canciones donde sí hablaba todo aquello, y se hizo de muchos seguidores para el grupo.

En sus siguientes volúmenes el meollo se concentró a medio camino entre la autobiografía y el ensayo sociológico, tratados con levedad y melodiosamente.

Shelley se tomó a sí mismo como sujeto de lo contado para comprender por qué sucedió lo que sucedió con la clase obrera en aquellos setenta-ochenta; para hablar acerca del amor y las relaciones entre sus contemporáneos y para cuestionar ideologías sobre la orientación sexual (se declaró bisexual en aquel tiempo).

VIDEO SUGERIDO: The Buzzcocks Ever fallen in love, YouTube (calowet)

Él era producto de la clase proletaria (con un padre obrero de la minería y una madre molinera). En sus temas ahondó en muchos de los problemas de tal estrato (y que hoy puntualmente vuelven a ser significativos), como el sistema escolar convertido en máquina de reproducción de las desigualdades, la estigmatización de las diferencias sexuales, el destino de las mujeres en dicho ámbito y el auge de la extrema derecha.

“En aquellos años se nos dijo que ya no existían las clases sociales, que todo dependía de la responsabilidad individual. La jodida Thatcher llegó a declarar que los pobres lo éramos porque queríamos, por nuestra propia culpa. Mi familia y las de mis amigos eran entonces de filiación socialista, como casi toda la clase obrera inglesa y combatíamos al gobierno”, recordaba Shelley.

“Pero en treinta años ¿qué pasó en nuestra historia social y política para que las familias de aquella tradición comunista acabaran votando por el Brexit y por la extrema derecha? Es la clase de transhumancia ideológica, de traición,  que me llevó a largarme del país e irme al de mi segunda esposa: Estonia”, declaró el músico al inicio de la segunda década del siglo.

En cuanto a los Buzzcocks (nombre de sugerencias fálicas), éstos sufrieron el abandono de DeVito, pero Shelley los condujo con buen mano durante los siguientes años (dentro de los cauces del punk-pop) y tres discos de buena factura, entre los cuales se encuentra su magna obra Love Bites (1978) y sus sencillos “Even Fallen In Love” y “Love Is Lies”, que los llevaron a las listas de popularidad y al estrato de clásicos.

Sin embargo, Shelley agobiado por todo el trabajo de guiar al grupo y sufriendo de depresiones, decidió disolverlo al inicio de la siguiente década y lanzarse como solista, encaminado a canalizar su afición por el synth pop. No obstante la suerte no le sonrió con aquella decisión y no sucedió nada importante con él en esa época, aparte de pequeñas escaramuzas con la censura.  Así que en 1989 los Buzzcocks se volvieron a reunir.

Se descubrió que no habían perdido la chispa, todos se mantenían en forma y comenzaron a realizar nuevas producciones, a trabajar con cuidado en la selección de sus antologías, del material de sus discos en vivo y a llevar a cabo giras productivas, sin ser mastodónticas o masivas. Mantuvieron desde entonces un perfil discreto pero eficaz que les garantizó, sobre todo a Shelley, llevar a cabo su labor sin presiones.

De esta manera cobraron forma los siguientes siete discos lanzados a lo largo del siguiente cuarto de siglo, entre ellos el que los volvió a conjuntar: Trade Test Transmission (1993), All Set, Modern (con el que entraron al nuevo siglo) y el que lamentablemente fue el último The Way (del 2014), financiado bajo las condiciones del micromecenazgo de parte de sus seguidores. Por ahí también aparece un álbum creado en mancuerna con DeVoto (Buzzkunst).

Harto de la situación política y social de Inglaterra, Shelley que entretanto se había divorciado y vuelto a casar y tenido un hijo, optó por exiliarse en la ciudad de su nueva cónyuge, Tallin, capital de Estonia, desde el 2012. Ahí se mantuvo tranquilo y trabajando hasta su fallecimiento repentino, a causa de un paro cardiaco, el 6 de diciembre del 2018, a la edad de 63 años.

VIDEO SUGERIDO: Buzzcocks – “Promises” (Official Video) HD, YouTube (Alternative Nation)

Photo of BUZZCOCKS

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BABEL XXI-505

Por SERGIO MONSALVO C.

DON VAN VLIET

BOGAR CON PINCELES

BXXI-505 (FOTO)

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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PULSOR 4X4-37

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

(1990)

En 1990, los jefes de Estado y de gobierno de los 16 países miembros de la OTAN y los seis del Pacto de Varsovia firmaron el tratado de reducción de armamentos. Declaración común que terminó con la llamada Guerra Fría.

La ONU emitió un ultimátum a Saddam Hussein, presidente de Irak, para que saliera de Kuwait, al que había invadido recientemente.

George Bush, presidente de los Estados Unidos, se declaró listo para llevar a cabo una posible acción militar contra Irak.

En el mundo juvenil hay cambios en el vestuario. Llegó el denominado estilo baggy, una reacción radical en contra de la moda yuppie de los años ochenta: camisetas holgadas y pantalones de igual anchura, con muchas bolsas, y sombreros de todo tipo.

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El cantante Nurat Fateh Ali Khan rompió una serie de esquemas del mundo árabe. Fue el primer artista que logró el crossover al mercado occidental y se abrió a la experimentación. Su música fue un híbrido entre el trip hop y el sonido qwalli. La magia de la tabla se entremezclaba con los beats. La globalización musical en plena marcha.

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El grupo Jane´s Addiction se convirtió en lo mejor de la escena angelina, lanzando relámpagos cegadores con su rock alternativo, el cual se nutría eléctricamente de fuentes tan ilustres como disímbolas: Siouxie and the Banshees, Led Zeppelin y Bo Diddley. A la postre sólo serán la imagen de la inconsistencia hasta su desaparición y la nueva carrera solista de Perry Farrell.

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La aparición de De la Soul trajo consigo el disco 3 feet high y la cultura del sampling (la utilización de pedazos de otras canciones). A James Brown, Michael Jackson y Jerry Lee Lewis les saquearon parte de sus melodías para ponerlas en otro concepto y crear lo que sería el sonido del rap del futuro. La aparición del disco también hizo que los abogados de todos los artistas sampleados los demandaran y se creara una legislación en torno al sampler.

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John Zorn apareció como un músico posmodernista concienzudo y reconocido. Multiinstrumentista que marcaba el punto de transición entre un periodo de gran virtuosismo técnico y una nueva síntesis artística, la cual no pretendía elevarse por encima de la cultura del desecho y reciclable, en la que todos los gustos eran identificables. Escucharlo fue como hojear una pila de comics en una tienda de aparatos eléctricos funcionando a todo lo que daban, o ver una proyección infinita de series de televisión tratadas por un editor loco.

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La cultura industrial fue una respuesta a la circunstancia urbana de la década que comenzaba. El saqueo ecológico y la transformación moral del hombre frente a su relación con las máquinas era la nueva visión de los poetas sonoros. Oriundos de Bélgica, los integrantes de Clock DVA comenzaron a dar forma a un estilo musical que incluía el vocabulario sonoro de los medios y de la nueva naturaleza virtual que ya decoraba las grandes urbes.

VIDEO SUGERIDO: Clock DVA – Sound Mirror (Official Video), YouTube (Abstructure)

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PULSOR 4x4 (REMATE)

POP DE CÁMARA

Por SERGIO MONSALVO C.

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(DOS EJEMPLOS SUBLIMES)

Lo más característico de la actual andanza del pop de cámara (o Chamber Pop) es el afán incluyente (en tiempo y espacio) y sus aportadores se inscriben desde el indie pop al rock alternativo, pasando a veces por el pantano de las listas de popularidad sin ensuciarse las alas, y con una infinidad de intérpretes y matices, entre cuyos ejemplos señeros están los de Divine Comedy y John Grant.

Nunca será ocioso volverse a plantear la pregunta sobre quién es Neil Hannon. Es más, creo que debe hacerse cada vez que este artista saca a la luz un nuevo disco, porque con cada obra producida los adjetivos elogiosos se multiplican sobre su persona, merecidos a cual más.

El dandismo que caracteriza a este irlandés del Norte (nacido en 1970) es un fenómeno que une vida, literatura y música. Porque no sólo la vida se refleja en su arte sino que, por lo regular, el arte se refleja en su vida.

La actitud de Hannon es social y culturalmente una pose, un desafío y una arrogancia. Pero es también signo de una actitud de iconoclastia (musical, sobre todo).

El triunfo de dicha actitud, y la manera en que la vive, se percibe en las líneas de sus canciones o en la disquisición teórica del concepto que plasma cada vez. Es, en fin, tanto un observador como un protagonista de la dantesca comedia del vivir.

De ahí el nombre de su proyecto: The Divine Comedy, con el que ya ha cumplido dos décadas de existencia.

Un proyecto que lo mismo abarca la participación de un buen número de colaboradores –más que grupo— que el accionar solitario. Por ello Hannon puede parafrasear lo que Flaubert dijo con respecto a sí mismo (en relación con Madame Bovary): “Yo soy The Divine Comedy”.

POP DE CÁMARA (FOTO 2)

Divine Comedy se encuentra entre lo más destacado del rubro “Pop de Cámara”, al que Hannon le ha agregado su ilustrado referencialismo, producto de una vasta cultura individual.

Por sus letras transcurre poesía moderna, romántica y simbolista, literatura de entre siglos; pintura prerrafaelita, expresionista y abstracta; cinefilia (surrealista, nouvelle vague, musical y de época) y del pop musical contemporáneo.

Una especie de gentleman sin tiempo, en pleno siglo XXI. La seducción del arte es su consigna bélica de músico y hombre airado, que se viste, habla, perora, canta y escribe elegantemente, como una forma de manifestar su disgusto y disidencia contra el hoy (contra el poder del vulgar ahora) expresándolo en la estética de la creación.

Con cada disco Neil Hannon (alias Divine Comedy) corrobora los acentos que lo han caracterizado en lo musical desde sus primeras muestras: clase, refinamiento, sofisticación, excentricidad con sus propias leyes a contracorriente; y, en lo lírico, con escanciadas dosis de ingenio, inteligencia y escepticismo en su observancia del mundo actual.

VIDEO SUGERIDO: The Divine Comedy – Everybody knows that I love you, YouTube (frousstax)

John Grant, por su parte, es un tipo que tiene en sus genes la languidez y el decadentismo romántico de la muy beat ciudad de Denver, de la que es originario.

Si Kerouac la puso en el mapa literario, Grant lo ha hecho en el musical de la última década. Ahí nació, creció y educó en lo básico: la dureza de la vida contra los que son diferentes.

Sin un panorama factible en dicho entorno, John prefirió abrirse los horizontes, emigrar a Alemania con su diploma universitario en Lengua Inglesa y buscar trabajo como traductor de poesía.

Tras una larga estadía en el país teutón (donde se empapó de la escritura de Schiller y Goethe, además de las visiones y los aromas de la Selva Negra) Grant optó entonces por seguir otro de sus deseos: regresar a Denver y formar un grupo.

Una vez pisar de nuevo aquella urbe al comienzo de los años noventa llamó para colaborar con él a dos antiguos amigos, Chris Pearson (bajista) y Jeff Linsenmaier (baterista). Con ellos integró al iniciático Titanic, de muy efímera duración y muchos cambios de personal.

A pesar del fracaso, decidieron continuar con su ecléctico proyecto de rock alternativo, sin etiqueta definida. Cuando sintieron que por fin tenían a la formación ideal para llevarlo a cabo, cambiaron el nombre de la banda por el de Czars, con el cual debutaron en 1994.

Lidereados por Grant en la voz y las composiciones, este quinteto (complementado con Andy Monley y Roger Green en las guitarras) fue in crescendo con cada uno de los 6 discos que publicó durante los siguientes  diez años: del Moodswing (1996) al Goodbye (2004).

En ellos la agrupación desplegó un estilo indie que jugó con los interludios electrónicos, con el folk, el country-rock, el soul, el academicismo del jazz, con los pasajes agridulces, sin brumas turbias, muy cristalinos y haciendo una música atemporal, impregnada igualmente de un art-pop muy clásico, heredero de la mejor tradición del mismo.

Luego del álbum Goodbye, uno a uno de los miembros del grupo fueron desertando hasta dejar solo a Grant (la última producción de The Czars se llamó Sorry I Made You Cry, del 2005, en la que sólo participan los miembros originales y el violinista David Devine, que se les había unido en el 2003).

Tras la disolución del sexteto, John Grant (de quien se llegó a decir que poseía el canto de un ángel drogado) se mudó a Nueva York y allí participó en las giras de bandas como The Flaming LipsyMidlake.

 Estos últimos se lo llevaron consigo a Denton, Texas, durante varios meses, y allí grabaron su disco debut como solista, Queen Of Denmark, de forma paralela al tercer álbum del grupo, The courage of others.

En el primer álbum como solista del músico de Denver, del 2010, bastante autobiográfico y donde Grant exorciza varios demonios de su infancia y juventud, se puede escuchar de entrada una sublime tripleta de canciones como apertura a la solidez romántica de Grant, en un prodigioso ascenso emocional que se legitima en cada track.

Escuchamos curativos arpegios de guitarra y voces, vibraciones otoñales en el canto, atmósferas creadas por el piano, que ceden el paso a flautas pastorales, límpidos y delicados sentimientos a flor de piel que hablan con arte del desmayo.

Queen of Denmark es un álbum de medios tiempos en clave alternativa desoft-rock, de dream pop, de americana, en donde se escuchan las referencias y evocaciones (muy FM) de grupos o solistas como Supertramp, Clifford T. Ward, Jackson Browne o Harry Nilsson, entre otros.

Grant posee una voz pura, transparente, de ensoñadora melancolía, que emite señales ambiguas (sentimientos angelicales proyectados con los ecos de un sucio callejón del ríspido Denver) en una obra que resulta una exquisitez para los oídos.

VIDEO SUGERIDO: John Grant – ‘I wanna go to Marz’ – Later with Jools Holland, YouTube (otisrip)

POP DE CÁMARA (FOTO 3)

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