MEXICO CITY BLUES: ORIZABA 210

Por SERGIO MONSALVO C.

MEXICO CITY BLUES II (FOTO 1)

 (JACK KEROUAC)

 Como homenaje a los 60 años de la publicación del canónico libro On the Road, de Jack Kerouac, escribí en un texto (Mexico City Blues / Orizaba 210) mi particular reconstrucción de las estadías del escritor en la capital mexicana. He aquí la segunda y última parte.

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Con la publicación de Mexico City Blues, Jack Kerouac se sentía, según escribió después en la nota introductoria del libro, «un poeta jazzístico que interpretaba un largo blues en una jam session de domingo por la noche». Hiciera lo que hiciera, su lenguaje siempre se trataba de música, ya sea la del hablado o en la construcción de textos, hecha con soltura y a menudo comparable con una especie de improvisación musical.

Él (como los demás beats) había dado comienzo a un periodo de libre experimentación en la literatura, la música, la moda y el vocabulario, que muy pronto se convertirían en los años sesenta — Bob Dylan ha confesado que Kerouac tuvo una enorme influencia en él, sobre todo con Mexico City Blues, poema con el cual por primera vez tuvo la sensación de que se trataba de poesía escrita en su idioma. Es evidente que una frase suya: “the motorcycle black madonna two-wheeled gypsy queen and her silver-studded phantom” constituye una deflagración de imágenes al estilo Kerouac.

El underground beat requirió de esa nueva lingüística. Las expresiones de los viejos narradores y poetas estaban ya fuera de lugar y hacían antiguo a quien las utilizara. Como ideas base, suscitaron jams verbales, de la misma manera que las viejas melodías habían servido como armazón para las composiciones del novísimo y vanguardista bebop. El intento era siempre el mismo: excluir a los no iniciados, confundir a los anticuados y dar cohesión a la comunidad. Palabras como «cool» y «hip» sirvieron como verbos, adverbios, adjetivos y nombres.

Como la nueva música, la nueva lingüística giraba en torno a puntos fijos e ideas establecidas. Como la música, era una lengua en movimiento, sutil y cambiante, de connotaciones siempre frescas, y sujeta a las necesidades y a los conceptos comunes. Hablado con rapidez, con inflexiones, era un dialecto casi incomprensible. La idea era permanecer en el interior (in) mirando hacia afuera (out).

Con los recién surgidos sonidos y lenguaje llegaron también otras costumbres. La conducta se volvió marginal y subterránea. La vida que hacían, las horas en que trabajaban, la gran cantidad de tiempo que utilizaban en sus desplazamientos, todo ello los apartó del mundo común y corriente, en contra de lo establecido, fuera del sistema.

En aquellos 242 fragmentos (choruses) de Mexico City Blues, Kerouac trató de canalizar el flujo de su mente (“Mis ideas varían y a veces se desarrollan entre un coro y el siguiente, o bien desde la mitad de uno a la mitad del posterior”) y los alucinados monólogos de Garver, que hablaban tanto de los macedonios o la poesía simbolista como de su obsesión por suicidarse con una sobredosis de blue skies (amital sódico).

Cuando terminó el libro, siguió escribiendo sobre Esperanza Villanueva (ex mujer del fallecido pusher de Burroughs),  quien ahora le conseguía las drogas a Garver. Una mujer a la que Kerouac adoraba de manera romántica. Ella consumía 10 gramos de morfina al mes. Jack transcribió su historia, cambiando el nombre de Esperanza por el de Tristessa. El escrito constituía una meditación mística sobre el dolor y un completo sincronismo con su torturada protagonista —contumaz consumidora de sedantes fuertes y opiáceos.

MEXICO CITY BLUES II (FOTO 2)

El libro es Jack siguiéndola por los barrios bajos capitalinos hasta su casa, por entre los vagos y teporochos, los puestos de fruta podrida, la exhibición de mercaderías sobre la banqueta donde los perros mean. Tristessa le vende morfina a crédito y luego ruega a Dios para que le dé más.

En septiembre Kerouac acepta la invitación de Ginsberg para ir a San Francisco y titula Howl (Aullido) al texto que éste le envió para su lectura, aportaciones y sugerencias. Un largo poema que en los Estados Unidos escandalizó a la crítica y causó furor entre los jóvenes, ya que proclamaba la posibilidad de una lírica vital y contemporánea en lenguaje coloquial. Se convertiría en el más importante de la siguiente década y más allá.

En septiembre de 1956, luego de una espectacular parranda con Neal Cassady, Jack se encaminó a México de nueva cuenta. Retomó la marihuana, el número 210, su cobertizo y a Garver como única compañía. Como trabajo quería completar Tristessa, el libro sobre Esperanza Villanueva, a quien él había ponderado con sus amigos por su desolada belleza, pero quedó horrorizado cuando se reencontraron: ella era sólo los restos de un cuerpo que había soportado ríos de morfina e infinidad de tranquilizantes. Se caía en plena calle y atacaba a Garver cuando necesitaba de otras dosis.

VIDEO SUGERIDO: ‘Visions Of Dean’ – Jack Kerouac Jazz and Prose – Beat Poetry Vol 9, YouTube (Aficionado Joe)

Éste, a su vez, babeaba a consecuencia de los mismos tranquilizantes que tomaba Esperanza. Huyendo de la violencia de aquella mujer Garver se refugiaba en el cuarto de Jack y ahí dormía, pero se orinaba durante el sueño. Kerouac se sentía culpable por no haberse quedado con ella y trataba de ahogar tal sentimiento con vino y tequila. Combinación que una noche lo impulsó a tratar de copular con ella. Pero, uno totalmente ebrio y la otra débil y enferma, no llegaron a nada. Ella se fue de esa casa, tras el agresivo intento, y él no la volvió a ver.

A mediados de octubre, Jack destapó una botella, encendió una vela y empezó el manuscrito de Lonesome Traveler. Una historia sobre un hombre solitario, un peregrino que había renunciado al budismo lo mismo que a todos los sistemas filosóficos, el cual profetizaba que la letanía final sería: «No sé, no me preocupa, no importa». La nula necesidad de algo. Pero subsistiría la vida, a la que él denominaba «el misterio doloroso».

Ginsberg, Gregory Corso, Peter Orlovsky y su hermano Lafcadio llegaron a la metrópoli mexicana a fines de octubre y encontraron a Jack hosco y malhumorado. Garver, en cambio, les ofreció morfina a todos. Visitaron la Ciudad Universitaria, la Plaza Garibaldi, Teotihuacán y fumaron marihuana en la pirámide del Sol. Ahí, hablaron sobre las culturas prehispánicas y los fantasmas de los sacerdotes indígenas.

Órgano, la calle de las prostitutas, fue otra de sus obsesiones. A través del olor a fritangas, agua estancada y basura diversa se deslizaron al Club Bombay. Orlovsky y Jack, a lo que iban. Kerouac escogió a una prostituta de 14 años y desapareció con ella tras bambalinas, mientras que su amigo, incontenible y ebrio, entraba y salía de la trastienda en busca de una nueva compañera cada vez. A la postre eso le costó una dolorosa gonorrea.

Gregory Corso evitó la orgía. A este rufián callejero egresado de las mejores penitenciarías de la Urbe de Hierro le repugnó la cultura “artificial y americanizada” de esos bajos fondos, hecha a base de Coca Cola y tacos. En un escrito realizado sobre aquella noche, que le pareció deprimente, afirmó que «la ciudad de México era pobre, enferma e inexistente».

Después, tuvo que pasarse días metido en la casa de Orizaba, a causa de la lluvia pertinaz. A fines de noviembre se fue a Washington a pasar una temporada con sus amigos de la aristocracia callejonera en la ciudad del Capitolio. En 1958, Ferlinghetti le publicaría el poemario Gasoline.

 Jack y Ginsberg, a su vez, visitaron Xochimilco. En medio de la extravagante naturaleza del lugar, Ginsberg disertó sobre el retorno triunfal de ambos a los Estados Unidos y urdió un complicado plan para viajar a Europa. Kerouac, mientras tanto, aturdido por la marihuana y el alcohol, se tiró en el piso de la chalupa, lúgubre y sordo ante aquellas visiones exultantes y epopéyicas. De cualquier forma, Ginsberg lo convencería de regresar con él a Nueva York a mediados de diciembre.

En junio de 1957, Jack retornó a la capital de México y a sus querencias en la Colonia Roma, con el objeto de escribir tranquilamente un artículo sobre la Generación Beat para la editorial Viking Press. Asustado por un fuerte temblor que se produjo en la ciudad y fustigado por una enfermedad estomacal, contrajo una fiebre muy alta. Al mismo tiempo recibió la noticia de la muerte de Bill Garver.

Éste se había quedado sin morfina y, tal como predijo en Mexico City Blues, se suicidó tragándose 40 tabletas de blue skies (aparecería personificado a la postre como Old Bull Gaines en Tristessa y Desolation Angels, y como Harper en Visions of Cody).

 A pesar de todo, Jack completó el artículo planeado (que por cierto se publicó hasta mucho tiempo después). Se pasó el resto del tiempo fumando marihuana y leyendo a Spengler; bebiendo tequila o vino mientras intentaba acoplar el pensamiento beat al Tao, al culto dionisiaco y al budismo. Buscaba, por entonces, explicarlo como un movimiento en esencia místico que quería enfrentarse a la tecnocracia.

En agosto de 1957, ebrio, abandonó aquella casa y su cobertizo y partió rumbo a Orlando, Florida. A las pocas semanas se editaría por fin su siguiente libro, On the Road. Con él encabezaría el movimiento beat y el advenimiento de la contracultura de la segunda mitad del siglo XX, junto a un gran listado de outsiders. A México no volvió jamás.

VIDEO SUGERIDO: Jack Kerouac – On the Road (Jack singing), YouTube (Elene Pasuri)

MEXICO CITY BLUES II (FOTO 3)

 

Mexico City Blues: Orizaba 210

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

 

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POPCORN JAZZ (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

POPCORN I (FOTO 1)

 (RUTA DE INICIO)

 El cine y el jazz se desarrollaron como géneros artísticos desde los primeros años del siglo XX. Entre el final de la Primera Guerra Mundial y el inicio de la era sonora en el cine, marcada por The Jazz Singer (1927), el jazz y otras músicas sincopadas desempeñaron un papel persuasivo e influyente en el cambio que sacudió a la cultura estadounidense, en primera instancia.

Su terreno eran los speakeasies, clubes nocturnos que pertenecían a gángsters y eran frecuentados por ellos mismos; casinos, tabernuchas, burdeles y salones de baile baratos. Al jazz se le consideraba algo de baja estofa y lleno de implicaciones eróticas, vulgar y agresivo, barato y poco estético, pero igualmente como algo nuevo, liberador y sin inhibiciones.

Asimismo, se veía como un aspecto fundamental del nuevo espíritu de los tiempos y se convirtió en el perfecto acompañamiento musical de los años veinte de igual siglo, que al poco tiempo se conocieron como la «era del jazz». Por lo tanto, resultaba natural que el cine se remitiera al jazz a fin de corresponder al nuevo estado de ánimo de su público.

De tal forma, Hollywood percibió de inmediato el potencial que tenían las películas que reprodujeran el «espíritu del jazz». Entre 1917 y 1929 se produjeron unos 30 filmes con títulos como The Jazbo Sheriff (1918), The Jazz Monkey (1919), Jazz and Jailbirds (1919), A Jazzed Honeymoon (1919), The Jazz Bandits (1920) y The Girl with the Jazz Heart (1920), entre ellos.

Se trató de un fenómeno que no sólo dio fe de la popularidad de dicha música, sino que además comprobaba que la impresión producida por el jazz bastaba para infundir emoción a todo tipo de temas, y con ello mejorar las ventas en taquilla.

POPCORN I (FOTO 2)

En 1924, cuando el apetito estadounidense se vio dominado por la velocidad, el dinero, el materialismo y las diversiones, títulos como Sinners in Silk se promovían como la historia fílmica de una nueva generación «cuyo himno es el jazz, y su lema, la velocidad».

Otras cintas como Children of Jazz (1923) y The Fast Set (1924) también presentaron algunos aspectos de la llamada «vida del jazz», cuyos personajes solían vivir de manera desenfrenada y temeraria, con la búsqueda del placer como único objetivo. Estos estereotipos de la pantalla se establecieron firmemente durante la era del cine mudo.

VIDEO SUGERIDO: 1927 – The Jazz Singer, YouTube (tpleines)

POPCORN I (FOTO 3)

 

POPCORN (REMATE)

IMAGO: DANCING WITH MR. D.

Por SERGIO MONSALVO C.

 (FOTOGRAFÍAS)

Dancing with Mr. D. 1

Dancing with Mr. D. (I)

 

Dancing with Mr. D. 2

Dancing with Mr. D. (II)

 

Dancing with Mr. D. 3

Dancing with Mr. D. (III)

 

 

Cierta noche sucedió.

¿Listo para danzar?, rió.

¿A qué ritmo?, dije yo.

¿Cuál deseas?, inquirió.

¿Dónde firmo? dije yo.

 

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TIEMPO DEL RÁPSODA (POEMARIOS)

Por SERGIO MONSALVO C.

TIEMPO DEL RÁPSODA (PORTADA)

 (POEMARIOS)*

AMSTERDAMAS

 

BALADAS VOL. 1

 

BALADAS VOL. 2

 

BALADAS VOL. III

 

BILLIE

 

BLUE MONK

 

BOUQUET

 

BRAZADA INÚTIL

 

Miles Ahead

 

Plegaria al sax

 

POLIZONES DE LA PIEDRA

 

POR AMOR AL SAX

 

Sólo las noches

 

 *Portadas de los poemarios de Sergio Monsalvo C., de los que se han publicado algunos textos extraídos de ellos en el blog Con los audífonos puestos.

 

 

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ESPERANZA SPALDING

Por SERGIO MONSALVO C.

ESPERANZA (FOTO 1)

 NUEVOS MUNDOS

El jazz cerró uno de sus ciclos junto al siglo XX y abrió otro con el nuevo. En la reciente espiral ha aparecido la cantante, compositora y bajista Esperanza Spalding. Una joven maravilla entre cuyo bagaje se cuentan colaboraciones con Joe Lovano,  Patti Austin, Stanley Clark, Mike Stern. M. Ward y Pat Metheny, antes de cumplir los 22 años.

Este último fue quien en su momento indujo a esta artista a integrar el pop, el jazz y la música académica en su música. “Eso cambió mi relación, mi perspectiva de manera radical y determinante”, ha dicho Spalding al respecto.

Las influencias más importantes en la música sincopada de hoy no proceden de sí misma; sin embargo, esta música posee la fuerza suficiente para asimilar dichas influencias y mantenerse fiel a su esencia. Dicho proceder ha sido muy productivo y siempre con un mundo nuevo por recorrer.

La autenticidad no se pierde, al contrario aumenta la interrelación de los sonidos. Con ello surgen nuevas categorías en el género y la positiva sensación de que las cosas, como debe ser, se encuentran en movimiento.

El jazz comenzó a cambiar desde los años cero y en el proceso de abrirse a otros estilos ha dejado de ser jazz, según los puristas, pero para los que no lo son tal manifestación ha expandido sus horizontes y es más jazz que nunca. En la música vivimos ya en el tiempo de las mezclas y fusiones. Nadie en su sano juicio saldría a batirse para defender la virginidad y pureza de ningún género.

La confrontación entre las músicas populares y académicas es ya una necedad y la presencia constante de unas en el campo de las otras ha redundado en una interrelación muy diferente y fructífera de la música en general. Oír la obra de Spalding, en este sentido, es brindarse la oportunidad de ensanchar tales referencias. Ella tiene sólo 36 años y es una de las realidades más contundentes del presente musical y una firme promesa de futuro.

Nació en Portland, Oregon, en 1984, dentro de una familia de escasos recursos, desintegrada por el abandono del padre. No obstante,  aprendió de su madre, un sinfín de lecciones de constancia y rectitud. Aun así, y a pesar de contar con una figura materna, los años en la escuela no fueron fáciles para Esperanza, poseía una capacidad intuitiva extraordinaria que no sólo era una bendición y una maldición al mismo tiempo, sino que hacía que chocara con los métodos tradicionales de enseñanza.

De pequeña, además, se vio obligada a permanecer un largo período de tiempo en casa a causa de una enfermedad, por lo cual recibió clases particulares durante buena parte de la escuela elemental. Con el tiempo, no supo adaptarse a los planteamientos de la escuela tradicional, y a la necesidad de aprender de memoria las lecciones.

ESPERANZA (FOTO 2)

“En cuanto descubrí lo que era estudiar en casa y ser autodidacta, me resultó imposible volver a un entorno tradicional como aquel”, ha comentado. Sin embargo, lo que realmente llenó la vida de Spalding en aquellos primeros años fue la música. A los cuatro años de edad, después de ver al violonchelista clásico Yo-Yo Ma tocar en un programa de TV, se le abrió el mundo. Supo que quería hacer algo que tuviera que ver con la música. Empezó a verla como una aventura creativa.

En un año aprendió por su cuenta a tocar el violín lo suficiente para ganarse un lugar en la Sociedad de Música de Cámara de Oregon, una orquesta comunitaria abierta a músicos de todas las edades, con la que estuvo una década. Cuando cumplió los quince ya ocupaba el puesto de concertino.

Por aquel entonces también había descubierto el contrabajo, y todos los caminos que, lejos del universo clásico, le abría aquel instrumento. De repente, tocar música clásica en una orquesta comunitaria dejó de colmar sus expectativas. Al poco tiempo ya estaba tocando blues, funk, hip-hop y mil y un estilos distintos en el circuito local de clubes de su ciudad natal.

A los 16 años, provista del diploma que acreditaba su paso por la escuela secundaria y gracias a una beca, se matriculó para un programa musical de la Universidad Estatal de Portland. Fue la contrabajista más joven de aquel curso (también comenzó con el cello) y pronto mostró su talento y la experiencia que ya cargaba en ambos mundos musicales: el clásico y el popular.

VIDEO SUGERIDO: Tell Him Esperanza Spalding, YouTube (robix224)

El Berklee College of Music fue el lugar donde a la postre encajaron todas las piezas de su vida y donde empezaron a abrírsele las puertas. Después de trasladarse a la Costa Este de la Unión Americana y, tras los frenéticos años de estudio, Spalding no sólo consiguió graduarse en la prestigiosa  institución, sino que en el 2005, a los veinte años de edad, fue contratada como profesora, convirtiéndose así en una de las docentes más jóvenes en toda la historia de tal centro musical.

Ese año también fue premiada con la prestigiosa beca de la Boston Jazz Society por su extraordinario talento. Además del tiempo dedicado al estudio y a la docencia, los años pasados en Berklee le sirvieron para tejer una fecunda red de contactos con artistas de renombre como el pianista Michel Camilo, el vibrafonista Dave Samuels, el bajista Stanley Clarke, el guitarrista Pat Metheny, la cantante Patti Austin y los saxofonistas Donald Harrison y Joe Lovano, entre otros.

Tras la sugerencia de Metheny, de amalgamar estilos, trató de satisfacer el deseo de unir la composición con la improvisación. Dos medios de expresión musical opuestos. Fue su meta estética y definición del jazz para el nuevo ciclo. Como forma y lenguaje hipermodernos, tan familiares y al mismo tiempo tan ignotos y rítmicos. Y siempre con el deseo de mostrar entre todo ello su propia melodía.

Así lo ha hecho desde su debut como solista en el 2006, con el disco Junjo, pasando por  Esperanza (2008), Chamber Music Society (2010), el celebrado  Radio Music Society (2012) hasta el más reciente álbum 12 Little Spells (2018).

En cuanto a sus proyectos entre décadas, Eperanza en un principio pensó en hacer un álbum doble. Pero finalmente optó por lanzarlos de manera separada. El primero (Chamber Music Society) es un disco con una exploración íntima y sutil de obras de cámara.

En el segundo (Radio Music Society), a su vez, los músicos de jazz exploran formas y melodías de canciones que se encuadran más bien en la línea de lo que definiríamos como “canciones pop”.

Esas son las dos cosas que en los álbumes postreros realmente le interesó mostrar: diferentes enfoques para cada tipo de pieza. En el ámbito de la canción pop piensa en oyentes que no están familiarizados con el jazz, pero también indaga en las personas dentro de la comunidad jazzística que puedan interpretar mejor cada una de las ideas de ambos discos, durante las giras y las presentaciones.

En el escenario esta artista maneja con fluidez tanto lo íntimo como lo colectivo. Con un bello y transparente colorido vocal que revela su elegante estilo al utilizar las texturas y las densidades.

Spalding combina, asimismo, dicho estilo con el contrabajo (en el que muestra una soltura maestra), el bajo eléctrico (con el modelo Fender de Jaco Pastorius o el flamante Godine A-5), el cello y la vocalización, entretejiendo las voces con las notas en un atractivo tapiz jazzístico de nueva generación que se nutre de géneros adyacentes (funk, soul, folk, bossa nova, world music) para ganar en eclecticismo.

Su canto es del tipo clásico, con preferencia por las escalas agudas: expresivo y ligeramente mimoso, con un despliegue de cierta tristeza. Canta en portugués, inglés y español. Sabe improvisar y tiene swing, además de interpretar las letras con mucha delicadeza.

De igual forma ejerce su liderazgo (descentralizado) en el empeño en que todos los miembros de su grupo se luzcan dentro del proyecto que maneje. Spalding posee enormes recursos técnicos y de experiencia musical, al escucha le toca traducirlos en grandes emociones.

VIDEO SUGERIDO: Esperanza Spalding Nobel Peace Prize Performance LIVE, YouTube (Todd Brown)

 

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FRIGHTENED RABBIT

Por SERGIO MONSALVO C.

FRIGHTENED RABBIT (FOTO 1)

 DESTINO FATAL

Frightened Rabbit era un grupo originario de Selkirk, Escocia, que practicaba el indie rock, y que se formó en el año 2003. En un principio estuvo compuesto únicamente por Scott Hutchison como vocalista y guitarrista: «El único miembro inicial de Frightened Rabbit era yo. Tan sólo me gustaba entretenerme con mis cuatro canciones por seis meses antes de que comenzara a tocar en algunas funciones por mi cuenta. Algunas de las canciones aún no tenían palabras y la mayoría del tiempo balbuceaba cosas sin sentido. Grant, mi hermano, se unió un año después, lo cual hizo al equipo más ruidoso”, explicó Hutchison al respecto.

De esta manera editaron su primer disco, Sing the Grays, en 2006, con una compañía independiente (Hits the Fan), y el buen recibimiento hizo que una disquera más grande se fijara en ellos y los firmara, lo cual provocó que se agregaran un par de miembros más al grupo: Billy Kennedy y Andy Monoham, alterándose en la guitarra, el bajo y los teclados.

De esta manera con el sello Fat Cat lanzaron The Midnight Organ Fight (2008) y The Winter of Mixed Drinks (2010). En ellos mezclaron su indie rock con toques de indie folk, con lo cual obtuvieron su sonido distintivo.

La Atlantic Records los contrató, a su vez, al principio de la segunda década para realizar los álbumes Pedestrian Verse (2013) y Painting of a Panic Attack (2016). En el primero entró a formar parte del mismo Gordon Skene  (guitarra, teclados y coros, hasta el 2014). Pues bien, todo funcionaba perfectamente, las grabaciones, las giras, etcétera, hasta que la depresión, enfermedad que padecía Scott Hutchison se agravó.

Tras el lanzamiento de Painting…su conducta se volvió errática y preocupante para todos (integrantes y familiares). El músico había hablado abiertamente de su batalla contra esa enfermedad mental en un intento de ayudar a otras personas en condiciones similares. Sin embargo, «la depresión es un mal horrendo que no le da ninguna señal o indicación sobre cuándo se apoderará de uno», comentó su hermano.

El cual lanzó un llamado urgente para localizarlo, cuando Scott desapareció un día luego de escribir un par de mensajes en su cuenta de la red social: el penúltimo aconsejaba “Ser bueno con todos los que se ama, en lo cual creo haber fallado”. Y el último: “Me voy. Gracias”. La depresión finalmente terminó con él. Scott se suicidaría el 10 de mayo del 2018. La enfermedad acabó con un músico y un autor de temas profundos y letras talentosas, así como con uno de los grupos más sobresalientes de aquellas tierra altas.

Con el álbum Painting of a Panic Attack habían celebrado los diez años de su primera publicación, pero igualmente fue el dolido testimonio de todas esas cosas que arrastraba Scott (con títulos como “Death Dream”, I Wish I Was Sober”, “Woke up Hurting”, entre ellas). Su portada se volvió simbólica. Fue elaborada por él y en ella tomó forma una arquitectura onírica que trasmitía la desolación en la que se sentía.

Ese edificio de extrarradio urbano emite tal sentimiento y obliga a pensar y preguntarse ¿por qué se suicida la gente? Me imagino que esa pregunta no sólo me la hago yo, sino todos. Incluso se puede llegar más lejos, pensando en los científicos sociales, médicos, psicólogos o estudiosos de la teología que se han acercado al hecho, y se ven abrumados por la falta de respuestas contundentes ante los repetidos y numerosos casos de autodestrucción que confunden y crean ansiedad.

«¿Por qué lo hizo?», se pregunta uno. Lo que queda claro es que nadie puede controlar los impulsos en determinadas circunstancias: la ira, el desconsuelo, el dolor existencial, la desilusión profunda. Nunca se sabe lo que pasa por la cabeza de esa criatura con una enfermedad degenerativa, incurable, atroz, acompañada de un sufrimiento intolerable.

Hay personas con salud física –como en el caso de Scott Hutchison– que tienen seriamente enfermo el interior, sitiadas por la soledad, la pérdida, el desconsuelo, la desolación, y que lo único que anhelan es la llegada del sueño eterno y a las que se les humedecen los ojos al amanecer, cuando ya no pueden dormir más, cuando llega el estado consciente.

Wilhelm Reich explicó lo siguiente en el libro Psicología de las masas: “El hombre está expuesto a las modas en el vestir, en el peinado y también en el suicidio. Las razones de éste reflejan las condiciones sociales que prevalecen en determinada época. Habría que traer a colación el impacto entre la juventud alemana del libro Las cuitas del joven Werther, o del suicidio de Yukio Mishima en Japón, por ejemplo.

FRIGHTENED RABBIT (FOTO 2)

«No se puede contrarrestar esa corriente de tristeza sin señalar a las sociedades que gobiernan las vidas de los individuos –señala Reich–. La última esperanza de sus víctimas suicidas es que de ellas permanezca el desistimiento de vida por sus principios”.

En los albores de la civilización, el griego Homero registró el suicidio y sus razones: el dolor de la existencia dentro de una situación intolerable era una de ellas. El malestar que se sufre en las sociedades contemporáneas deriva de las mismas causas de entonces. Lo que prueba la cantidad de muertes voluntarias es el estado de perturbación profunda que padecen las comunidades civilizadas y atestigua su gravedad.

La noticia sobre la muerte de Hutchison, la escucha del disco Painting of a Panic Attack, la observación detenida sobre la portada del álbum, me hizo recordar que esa imagen que plasmó el músico, la había visto semejante en algunos viajes que he realizado. La vi, por ejemplo, en Madrid en un lugar llamado Sanchinarro, con una construcción que molesta más que por su fealdad, porque produce cierto shock mental.

Pero lo mismo hay en ciudades como Bucarest, París, Brasilia, Varsovia, Noruega o Moscú, donde iguales edificios se construyen o han sido construidos con forma casi idéntica. Lo que siempre sugieren este tipo de construcciones es desasosiego, intranquilidad, temor quizá. No sé si sean los materiales de los que están hechos o la forma geométrica, la cual remita a alguna memoria atávica.

El caso es que tales edificaciones conectan de cierta manera con aquella memoria, y así ha sido comentada desde Homero a Reich y Jung, y sus consecuencias tanto individuales como dentro del inconsciente colectivo. Ninguna cosa sucede por casualidad, como lo han demostrado la psicología humanista y la física cuántica. Es más, ni siquiera existe la casualidad como tal.

Carl G. Jung y el Wolfgang Pauli, Premio Nobel de física (1945), colaboraron en el desarrollo de una teoría de las coincidencias que bautizaron con el nombre de “Sincronicidades”. Jung creía que estos eventos eran indicativos de cómo nos interconectamos los seres humanos con la naturaleza en general y con otros seres humanos en particular, a través del inconsciente colectivo.

Cada imagen icónica posee un significado que se relaciona directamente con los estados del interior humano y las circunstancias y tipología de las personas. Es una cuestión sin espacio y sin tiempo, pues nos conecta con circunstancias del pasado, del presente y/o del futuro. De acuerdo con la teoría de Jung, las sincronicidades representan cosas que sugieren aspectos de la vida. Por ello nos remiten no sólo a lo inmediato, lo evidente; sino que representan las experiencias de la persona, sus propias pasiones, deseos y temores.

La proyección de una imagen surgida de la mente enferma de Scott Hutchison, en la portada del disco, relacionada con la materialización arquitectónica y la disección sobre el espíritu de los tiempos de Homero, Reich y Jung, sobre el estado y malestar que padecen en las sociedades contemporáneas, se comprueba con la cantidad de muertes voluntarias, motivadas por el estado de perturbación profunda que padecen ciertos individuos, muy sensibles, en las comunidades civilizadas de hoy y atestigua su gravedad, como en el caso de Hutchison.

VIDEO SUGERIDO: Frightened Rabbit – Death Dream (Oficial Video), YouTube (Frightened Rabbit)

FRIGHTENED RABBIT (FOTO 3)

 

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BABEL XXI-486

Por SERGIO MONSALVO C.

BXXI-486 (FOTO 1)

 BRIAN SETZER

UN GATO CON SWING

 

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

http://www.babelxxi.com/?p=7634

 

 

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CARTAPACIO: «PLANES»

Por SERGIO MONSALVO C.

PLANES (FOTO 1)

 (RELATO)

Estoy sentado en una silla giratoria de color negro. El asiento es de terlenka y bajo él hay dos palancas para ajustar respaldo y altura. Tras de mí hay una pared de 3×3 m de tirol blanco sin aplanar, rugosa. Adherido a ella se encuentra un librero de 3 m x 1.5 m con cinco entrepaños. En los tres de arriba hay libros y revistas de poesía. En el siguiente, folders y carpetas con los trabajos del último semestre.

El entrepaño bajo, y cercano a mí, contiene un diccionario de la lengua, otro de sinónimos y cuadro pequeño con una inscripción: “Si quieres que la vida se ría a carcajadas, cuéntale tus planes a futuro” (la acidez del humor me arranca una mueca reflexiva). Luego, tres estuches para USB y tarjetas SD, con diversos archivos; una botella a medias de Jack Daniel’s; una pila de discos compactos. Un minicomponente, otros libros de consulta.

Hay diversas cajitas de madera con pins y otros souvenirs. Un bote de cerveza Guinness, recortado y lleno de monedas de distintas procedencias; una figura artesanal de El Santo (El Enmascarado de Plata), que le regalé cuando hicimos un documental sobre personajes de serie B; otro cuadrito, pero éste naive con dos manzanas en una canastita, olvido de la última mujer que pasó por aquí (según me dijo); un vikingo noruego de 10 cm en bronce y una lámpara sorda.

Bajo el librero está el escritorio de madera con tres cajones. Sobre él, a mano izquierda, un teléfono celular gris, una lámpara movible de color naranja con un foco soft de luz blanca; un atril de lámina, un lapicero de vidrio con clips, plumas varias y una taza para café.

A mano derecha la computadora portátil, un monitor grande y un teclado extra. Al centro, un block para apuntes, un tubo de pastillas de suave menta inglesa y una mini grabadora. A mi derecha una pared con discos y libros. A la izquierda un ventanal de piso a techo y a través de él veo únicamente las ramas de un eucalipto cuyo aroma es perenne en éste, su lugar de trabajo. Frente a él una pequeña terraza, con una mesa redonda y cuatro sillas plegables. Todo esto lo recordaría así de detallado en el futuro. ¿Por qué? No lo sé.

Ahora estoy aquí porque él citó en su casa al fotógrafo que nos acompañará en el siguiente proyecto para la revista. Se lo recomendaron. Tendremos que estar un par de meses fuera. Haremos entrevistas, crónicas, reportajes, con muchas fotos y videos. Yo me encargaré de la escritura, él de las filmaciones. El fotógrafo tendrá que armar todo un archivo gráfico. Es un proyecto grande.

Estamos entusiasmados, ansiosos y preparándonos para todo ello. Por eso la reunión, para planificar las cosas. Es la primera que tendremos y hacia el fin de semana partiremos hacia nuestro destino. El trabajo será arduo, laborioso y con convivencia plena. Él y yo nos llevamos bien, somos amigos, no hay problema de egos ni nada de eso. Desde que nos conocimos quisimos hacer un gran trabajo para que nos asignaran cada vez cosas mejores, e iniciamos una lista con propuestas conjuntas que le presentamos al jefe de sección hace tiempo.

Estaba pues, ahí en su escritorio buscando la libreta donde las anotábamos, con sus detalles, cuando tocaron el timbre y apareció tras los cristales del ventanal el fotógrafo, que resultó ser fotógrafa (cuestión de las expectativas excluyentes, creo). Cuando me la presentó, ella me dijo que había leído algunas cosas mías y que le gustaban. Obviamente me pareció una mujer inteligente, como es lógico.

Armamos los objetivos durante la semana, las escaletas, las story boards y partimos hacia rumbos lejanos. Entre la convivencia, la admiración por su trabajo, por las experiencias compartidas, por las situaciones a las que nos enfrentamos, por su temple, terminé enamorándome de ella y ella de él. Así, el resto del tiempo en aquel lugar se convirtió simplemente en el infierno para mí y en el paraíso para ellos. Morí y resucité varias veces. Quizá gasté todas las vidas que me quedaban. Los planes se quedaron en eso, como una pequeña y arrugada bola en el cesto de la basura, con una carcajada en su interior. Gajes del oficio, supongo.

 

 

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ELMORE JAMES

Por SERGIO MONSALVO C.

ELMORE JAMES (FOTO 1)

 ESCOBAS Y ÁNGELES EXTRAÑOS

 Son pocos los guitarristas de blues que con un riff aparentemente simple (como el de “Dust My Broom”) impusieran parámetros tan influyentes. Uno de ellos fue el bluesman Elmore James, quien además fue un estupendo cantante.

(Un riff es una frase musical distinguible y pegajosa que se repite a menudo a lo largo de la pieza, y es normalmente ejecutada por la sección de acompañamiento. En el rock representa la introducción del tema a partir de la guitarra. Una herencia directa del blues)

James produjo uno de los riffs más reconocibles en ambos géneros, con una técnica distintiva, hacía deslizarse por las cuerdas a la bottleneck y hacer gemir y aullar a la guitarra eléctrica como ningún otro hasta entonces. Fue su sello distintivo y su marca registrada.

Instrumentistas blancos que también han impuesto sus personalidades dentro de ambos géneros en las cuerdas, desde Duane Allman hasta Johnny Winter, pasando por Ry Cooder, Rory Gallagher, George Thorogood, Jeremy Spencer de Fleetwood Mac, Brian Jones de los Rolling Stones, Alan Wilson del Canned Heat, Stevie Ray Vaughan o John Mayall, entre otros, incluyeron el sonido del legendario bluesero dentro de sus repertorios. Una forma explícita de reconocimiento hacia el que fuera llamado “El Rey de la Guitarra Slide”.

En tiempos más recientes, en el 2018, un puñado de intérpretes le rindió otro tributo en el disco Strange Angels In Flight with Elmore James, realizando completamente con técnica monoaural como la que utilizó James en sus propias grabaciones. Entre ellos estuvieron Elayna Boynton, Betty LaVette, Rodney Crowell, Warren Haynes, Deborah Bonham, Keb Mo’ y Tom Jones, por mencionar a algunos de ellos.

En la lista de canciones aparecen títulos como “Person to Person”, “Shake Your Money Maker”, “It’s Hurt Me Too”, “My Bleeding Heart” y, por supuesto la más clásica de todas: “”Dust My Broom”.

ELMORE JAMES (FOTO 2)

En el origen de esta canción, un hombre pretendía volver a casa para confesar a su mujer que le había sido infiel; si ella no hubiera estado ahí, la buscaría donde hiciera falta. A partir de aquí se forjó el tópico que recorrería varias versiones. La de Robert Johnson cambiaría el signo: ella sería la infiel, él se debatiría entre irse de la casa, dejándola libre para que maltratara a  cualquier otro o buscarla donde quiera que estuviera y continuar a sus pies.

Con este giro nació I believe I’ll dust my broom («Creo que voy pasar la escoba«). Johnson puso la silla en un rincón del cuarto del hotel que servía de estudio de grabación y tocó frente a la pared en búsqueda de un sonido más eléctrico.

De esta manera el tema entró a formar parte del menú bluesero como uno de los cóvers más recurrentes, eso debido a la adaptación que hizo de él tiempo después Elmore James pero, sobre todo, debido a su riff inicial en la guitarra  slide, uno de los más reconocibles de toda la historia del género.

El título primigenio se redujo a Dust my broom («Pasar la escoba«) y fue grabado por James el 5 de agosto de 1951 para el sello Trumpet, acompañado por Sonny Boy Williamson II en la armónica, Odie Johnson en el  bajo y Frock O’Dell en la batería.

Pero Elmore James no sólo creó tal riff, igualmente lo hizo con una última estrofa que introdujo para retratar al pobre engañado como un tipo obsesivo, atrapado por sus sentimientos, enganchado por ellos a una mujer infiel, que se debate entre marcharse ya («dust my broom«, metafóricamente se refiere a huir y abandonar a alguien), reconocer su derrota ante la mejor mujer que ha podido y podrá encontrar, dejar el camino libre para otros o buscarla por doquier; y tras gritar a plena voz que no es buena y pedir que no la dejen pisar la calle, opta por seguir como estaba para no romper su dulce hogar.

I’m gettin’ up soon in the mornin’ I believe I’ll dust my broom

I quit the best girl I’m lovin’, now, my friends, can get my room.

I’m gonna write a letter, telephone every town I know

If I don’t find her in Mississippi, she be in East Monroe, I know.

And I don’t want no woman, wants every downtown man she meets

Man, she’s not a good doney, they shouldn’t allow her on the street, yeah.

I believe, I believe my time ain’t long

I ain’t gonna leave my baby,

and break up my happy home.

James también quedó atenazado por esta canción, la cual grabó en diversas ocasiones (tal cual o con diversos títulos) y a la que buscó remedos burdos como Dust my blues (Trumpet, 1955). Quedó plasmada como marca de la casa e incluso nombró a su grupo como The Broomdusters.

A éste lo adoptó cuando el éxito con sus canciones le infundió el ánimo necesario para viajar a Chicago con su guitarra eléctrica (se sigue especulando sobre si fue él quien la introdujo en el Delta allá por 1945), y tocarla de manera ansiosa, furiosa, más que amplificada hasta su distorsión. Se convirtió en el pionero impulsor del poder que emanaría el instrumento en el blues de los años cincuenta.

Su estilo sin trabas (concreción de aquel muchacho que siendo campesino y animador en las juke-joints locales, quedaría fascinado al escuchar a unos guitarristas hawaiianos) se convirtió en un flujo apasionado que se distinguía por el sonido característico del slide blues, que puede apreciarse en canciones como las ya mencionadas; así como por su energética y buena voz de falsete.  Así que se autoproclamó El rey de la guitarra slide y padre de la bottleneck.

Elmore James  había nacido en el Condado de Holmes, en Mississippi, el 27 de enero de 1928. Comenzó su carrera por aquellas localidades al lado del intérprete de la armónica Rice Miller (más conocido como Sonny Boy Williamson), con el que se mantuvo durante varios años hasta que consiguió su primer contrato de grabación en 1951. Fue cuando se trasladó a Chicago.

Durante la Segunda Guerra Mundial y años posteriores, aumentó la migración de la población negra de los estados del sur de la Unión Americana hacia las grandes ciudades septentrionales. El blues también viajó, adaptándose a su nuevo ambiente. Esta adaptación se manifestó sobre todo en la transición del blues acústico al eléctrico y, en forma análoga, en el ascenso de los grupos a expensas de los solistas.

Se trata de una música muy espontánea con guitarras sobreamplificadas, en muchos casos, mucho swing, sentidos solos en la armónica y mucha diversión (en este sentido se recuerda la versión de treinta minutos del propio James del tema “Shake Your Moneymaker donde según los testigos de aquella ejecución “no había pista de baile sino sólo baile”).

Elmore James, pues, se acomodó en su estilo y ahí permaneció y se mantuvo (también como un apasionado bebedor de whisky). Con solo poner el track y escuchar los primeros acordes de “Dust My Broom” se sabe que la guitarra slide había llegado para quedarse, al igual que el rock and roll. Ambos aparecieron en el mismo año.

Sin embargo no fue así con Elmore. La naturaleza, que le había dado el genio, también lo dotó de un físico frágil, que finalmente lo llevó a la muerte de un infarto el 24 de mayo de 1963, en aquella “Ciudad del Viento”.

VIDEO SUGERIDO: Elmore James – Dust my broom, YouTube (Verons)

ELMORE JAMES (FOTO 3)

 

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