LOS EVANGELISTAS: ALEJANDRO ESCOVEDO

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL ROCK COMO PATRIA

 

Alejandro Escovedo nació en 1951 en San Antonio, Texas, como miembro de una numerosa familia de origen mexicano (trece hermanos). En ella la música era una materia importante (el padre había sido marichi en su natal Saltillo), lo mismo que la radio. De niño escuchó en ella a Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis. Aquella música lo atrapó para siempre. Asimismo, después de tocar el violín hasta los diez años de edad cambió el instrumento por la guitarra eléctrica.

Sus hermanos mayores, Coke y Pete, también estaban inmersos en dichos sonidos. Al igual que una prima suya quien lo introdujo en los secretos del rock & roll. Cuando demostró saber algo de aquella música, sus hermanos le permitieron acceder a sus colecciones de discos y a los conciertos. A la postre ellos se harían famosos como percusionistas (de Santana y Cal Djader, respectivamente) de rock y jazz latino.

En la adolescencia se mudó a California con su familia. Vivió de primera mano toda la escena sesentera de San Francisco y su filosofía. Practicaba la guitarra en tocadas informales con sus hermanos. Fue a la universidad con la intención de estudiar cine. Pero éste lo devolvió a la música y a fundar uno de los grupos pioneros del punk estadounidense: The Nuns. Era una manera de decir algo. Aunque había un componente político, básicamente era un modo de expresarse sin importar el género biológico, raza o cultura. Era también una respuesta al divismo de las estrellas del rock.

The Nuns Obtuvieron notoriedad e incluso fueron teloneros de los Sex Pistols en su famosa gira por los Estados Unidos. No obstante, este hecho volvió a reencausar la carrera de Escovedo. Desencantado por el excesivo hedonismo del grupo británico, al que se adhirieron sus compañeros en una carrera de autodestrucción, optó por abandonar dicha banda, trasladarse a Austin, en Texas, y enrolarse en el llamado cowpunk con Rank and File. En realidad, era un grupo precursor del alt country, como lo sería también Jason and The Scorchers.

Tras mezclar ahí el reggae y el dub con el country, Alejandro continuó buscando su camino. Se trasladó a Nueva York para conocer de cerca a los hacedores del punk de aquellos lares (Ramones, Blondie, Television, Talking Heads, Patti Smith) y sobre todo a los integrantes del Velvet Underground. Una de sus influencias mayores.

De entre ellos se relacionó con John Cale y Sterling Morrison, con quienes intercambiaría técnicas en la guitarra y uniría a la postre una estrecha amistad. También de su paso por la Gran Manzana, Escovedo evoca con afecto su colaboración con una de las musas de la no wave, Judy Nylon.

A su regreso de la Urbe de Hierro y con las pilas bien cargadas se juntó con su hermano Javier (procedente de The Zeros) para crear The True Believers con un sonido más duro y rockero, al estilo de Mott the Hoople y The New York Dolls.

 

“En la época de True Belivers—recuerda Escovedo–, trabajábamos pintando casas durante el día, y luego, con dos ‘packs’ de la cerveza más barata, nos pasábamos desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la mañana tocando en el garage. Nuestro primer concierto fue en Oklahoma, y aseguramos poseer repertorio para tres horas. Nos alcanzaba solo para cuarenta minutos, por lo que, de camino, intentábamos recordar todas las canciones de punk, reggae o country que nos sabíamos”.

Éste, fue un grupo ochentero de sonido netamente estadounidense, con el elemento central de tres guitarristas compositores y cantantes que, sin embargo, no obtuvo reconocimiento pues se adelantó al movimiento sonoro que luego encabezarían los Replacements.

En los años noventa, instalado ahora en San Antonio, inició su carrera como solista con el disco Gravity (1992), que fue donde finalmente encontró su voz particular. Obtuvo la libertad del músico de culto que le permitió navegar entre el alt country, el rock alternativo, el americana y el rock de raíces. Se rodeó de una buena banda de apoyo y salió a la carretera para contar las realidades de lo que vivía y observaba en el acontecer cotidiano, en general, y en la propia existencia, de manera franca.

Gravity lo determinó desde el principio como un artista que dejaría huella. La producción del disco, obra de Stephen Bruton (mano derecha de Kris Kristofferson durante mucho tiempo), por supuesto que ayudó, pero el nivel compositivo, la concepción musical y la calidad como intérprete, resultó tan contundente, poderosa y con la variedad que sólo proporciona el conocimiento profundo de las músicas convocadas.

Ello quedó asentado en álbumes como Thirteen Years, With These Hands y el disco en vivo More Miles Than Money. Grabaciones en las que se pudo captar la intimidad vocal que emanaba Escovedo y dentro de ella la construcción de la sinceridad como categoría estética. Una categoría que definió a partir de ahí y para siempre lo que debían ser, contener y respaldar con sus sonidos los géneros citados. A partir de tales producciones empezó a ser nombrado como influencia por músicos y grupos como Giant Sand, Wilco y los Jayhawks.

Su libertad de movimiento le permitió, igualmente, realizar colaboraciones con otros músicos y participar en tributos muy señalados por sus aportaciones solidarias. De las primeras destacan la que llevó a cabo con Ryan Adams en el grupo Whiskeytown. Y entre los segundos: los tributos a Skip Spence, a Sterling Morrison y a Doug Sahm (“Intento participar en discos así cuando me lo piden, creo que es esa sensación de comunidad lo que nos ayuda a todos”). Por todo su auge, estela y calidad la biblia del género, la revista No Depression lo nombró “Artista de la Década”. La cual el músico cerró con el disco Bourbonitis Blues.

Ante la complejidad de una vida asediada por la incertidumbre del saber el qué, pero no el cómo, y ante la perspectiva de un vacío insoluble, Escovedo se dedicó a buscar una expresión en la que pudiera canalizar sus inquietudes. De esta manera vida y música se igualaron finalmente gracias a la conquista de un lenguaje que desde entonces es una simiente ajena a los límites establecidos de los géneros. Este músico hizo de tal forma una fuente constante de sí mismo, un género particular que engloba a muchos otros.

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Ya con un estilo definido y con perspectivas de evolución, Alejandro Escovedo encaró el siglo XXI con trabajo e inspiración. Aparecieron entonces A Man Under the Influence (2001) y By the Hand of the Father (2002). El primero lo grabó en Carolina del Norte con Chris Stamey (ex dB’s) como productor. Y By The Hand Of The Father, fue un musical creado en homenaje al patriarca del clan Escovedo.

 

“Pude hacerle ese regalo antes de que muriera –recuerda Alejandro–. Las historias que nos contaba de niños (fue emigrante, mariachi y boxeador) son, quizá, la razón de que yo acabara escribiendo canciones”. Una de ellas, “The Rain Won’t Help You When It’s Over”, interpretada junto a su hermano, Javier, se erige en una de sus favoritas. Ambos la compusieron mientras formaban parte de True Believers.

Sin embargo, contra el destino nadie la talla, y una enfermedad agazapada brincó de repente con la intención de truncarle la carrera y la existencia. En el 2003 se le diagnosticó hepatitis C y pasó, además de por las secuelas de una gravedad física, por una situación crítica al carecer de seguro médico. No podía pagarse la costosa curación, ni tampoco trabajar.

No obstante, colegas, amigos y familiares proyectaron un álbum y actuaciones conjuntas para mostrar su apoyo y admiración por el compositor y músico. Lanzaron el disco Por vida: A Tribute To The Songs Of Alejandro Escovedo. En él estuvieron John Cale, Lenny Kaye, Lucinda Williams y Calexico, por mencionar unos cuantos.

No extraña que tal avalancha de músicos acudiera al rescate del cantautor texano. El disco, una celebración a su talento, le permitió enfrentarse a la enfermedad y reflejó, además, los múltiples sentimientos que han provocado sus canciones. “Los beneficios de ese álbum me ayudaron, pero el gesto me curó”, ha asegurado Escovedo.

En el 2005 fue dado de alta finalmente. Se puso a trabajar de inmediato. Y desde entonces ha lanzado media docena de álbumes hasta la fecha (Room of Songs, The Boxing Mirror, Real Animal, Live Animal, Street Songs of Love, Big Station, producido por el no menos mítico Tony Visconti) confirmando su buen estado, talento e inspiración. En ellos Alejandro se ha seguido identificando con el sonido texano: “Me va muy bien su ritmo y su libertad, sobre todo las de Austin. Ahí no prima la ambición; solo quieren hacer música. Me encantan”.

El sonido futuro de Escovedo, en todo caso, se debatiría entre el de una banda con trece miembros (con metales, alientos y cuerdas) o el más íntimo que mostró en su debut como solista en Gravity: guitarra, batería, bajo, teclado y cello. Él persiste en la idea de combinar lo muy eléctrico con las cuerdas, y firme en su valoración del espacio entre las notas (combinando crescendos de ruido libre con preciosos susurros minimalistas. “La fuerza de la música no consiste en un bombardeo continuo, sino en ofrecer silencio lo mismo que volumen”, ha dicho).

Este guitarrista y cantante texano es un superviviente del rock, de los que hacen cierto el dicho de que los viejos rockeros nunca mueren. Practica un rock desafiante, con el respaldo de una banda curtida en mil batallas musicales (The Sensitive Boys: David Pulkingham, guitarra; Bobby Daniels, bajo; Hector Muñoz, batería), y mantiene su aura mítica para muchos músicos que reconocen su influencia.

Todos sus discos han hecho de este músico un nombre imprescindible dentro del género que se suele llamar americana, pero que combina elementos de alt country, rock alternativo y de raíces. “Soy un tipo afortunado. He hecho, visto y experimentado mucho. Y sólo pienso en escribir nuevas canciones”, ha afirmado. (Burn Something Beautiful, fue el título de su siguiente álbum, del 2016)”.

Con músicos como Escovedo, el alma del rock and roll sigue viva, exultante.

Él ya ha pasado a la historia por revitalizar el rock estadounidense y perfeccionar el sonido fronterizo que ha sido popularizado por muchas otras bandas y artistas (sus siguientes discos llevan por título: The Crossing del 2018, y La Cruzada, del 2021).

Regularmente le preguntan cómo define su música y él contesta que ésta es producto de una enorme colección de discos, que también incluye los de sus hermanos mayores. “Soy un músico de rock and roll. Es un concepto universal. Nunca me ha interesado ser definido por mi cultura (de origen mexicano, latino). Me gusta estar libre de tales ataduras étnicas o geográficas, poder moverme en direcciones diferentes”, ha señalado.

Alejandro Escovedo se inclinó por el rock and roll desde niño. Esa es su patria. Es el estilo que siempre le ha gustado por encima de cualquier otro. “Crecí en los años sesenta, pensando que esa música podía salvar al mundo. Sé que a mí me ha salvado de muchas cosas, así que siempre pienso que lo mismo puede sucederle a otras personas”.

VIDEO SUGERIDO: Alejandro Escovedo – Everybody Loves Me, YouTube (bigbenrich)

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CANON: MY BLOODY VALENTINE

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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EL EFECTO EMOCIONAL

 

 

En aquella coctelera musical llamada “los años ochenta” se dieron cita los amantes del noise pop (The Jesus and Mary Chain), del dream pop (Galaxie 500) y del estilo conocido como C86 (una antología publicada por una revista y luego devenida en subgénero, que incluía nombres como los de Primal Scream, The Soup Dragons y Mighty Lemon Drops, entre otros).

Sin embargo, fue la aparición del disco Ecstasy & Wine (1987) de My Bloody Valentine, la que decantó el asunto. Quedaron claros cuales eran los elementos distintivos entre unos y otros. Los más se subieron al vehículo del brit pop en ciernes y los menos se asentaron en lo que la revista New Musical Express comenzó a llamar “shoegazin”. El sedazo puso de relieve las características de dicho estilo y nombres como Ride, Chapterhouse, Lush, Curve y Moose, entre otros.

El shoegazin, resultó ser una cresta importante en y para el rock durante varios años. En ese tiempo sus representantes hablaron de la raíz musical en las que se encontraba el germen de su existencia (Velvet Underground), además de sus influencias más recientes (los ya mencionados The Jesus and Mary Chain, Cocteau Twins, Sonic Youth, Bauhaus y The Smiths, por mencionar algunos).

El suyo era un rock que empleaba elementos clásicos del género en direcciones originales y del mayor interés por las texturas y los timbres (melódicos y ruidosos a la vez), por la experimentación con la tecnología (feedback, flanger, reverb, chorus), por los recursos del estudio de grabación (dub, sampler), por la libertad de su sistema –jugaban o se alejaban de las estructuras lineales—y por el murmurado uso de la voz como un instrumento más, para matizar.

Todo ello en busca de resultados raros y emotivos, de atmósfera espacial nebulosa. Porque eso sí, el subgénero destaca por su apabullante emotividad, por la instigación de la temática melancólica –se convirtió en una elaborada gama de exploración de los traumas de la generación de la (sobre) información y del miedo al escrutinio.

Aquello demostró que las aspiraciones dramáticas del rock podían sintonizar con el riesgo— y por el uso de una instrumentación que no difería mucho de la que se presupone standard. Una forma evolutiva del rock alternativo al que pertenece.

Por fortuna, la pluralidad de grupos en la que se extendió la corriente evitó la simplificación industrial y por consiguiente su rápido desgaste. Y hubo entonces bandas que favorecieron el pinturerismo emocional lo mismo que la expresividad más teórica.

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Así que cuando se escuchaba su música, se descubría una búsqueda estética con el grado de abstracción que se quiera, pero siempre con la vitalidad del sentimiento por delante, envuelto en el ensimismamiento caracterizado por la eterna vista del músico y cantante en los pedales de la guitarra o voz instalados en el suelo y a lo que con cierta ironía se denominó “shoegazin” (vista fija en los zapatos)

En el ámbito instrumental este rock se dejó llevar, sobre todo, por la ciencia del sampleo y su capacidad transformatoria; por la fascinación por el aparato y su habilidad para reinventar la guitarra a partir de sus efectos, para convertir su sonido en algo etéreo, elevado y terriblemente romántico a través de telarañas de ambientaciones sonoras, de voces lejanas y fantasmales, como el estilo extraterrenal de quienes serían sus máximos representantes: My Bloddy Valentine.

Tal grupo irlandés (fundado en 1983 por Kevin Shields y Colm Ó Cíosóig, a quienes luego se unirían, después de un desfile de músicos, Debbie Googe y Bilinda Butcher), significó la perfecta unión de ruido, belleza e intensidad. La cual quedó impresa para siempre en el disco emblemático Loveless (de 1991). Una sofisticada obra de guitarras tratadas hasta el punto de parecer beats y con una atmósfera en gravedad cero.

Tal disco puso en la mesa la confirmación de su líder, Kevin Shields, como un talento visionario. El noise, el ambient y el free jazz fundidos sin prejuicios; epígonos bien avenidos en una disonancia de guitarras vaporosas, incorpóreas, volátiles, en cataratas de samplers y voces cargadas de vértigo. Uno de los momentos más grandes de la música.

Su magia elevó el puente entre el dream pop de los ochenta y la experimentación techno-ambient de la siguiente década. Los sonidos dieron entrada a letras inteligentes y dolidas: “La experimentación no tiene sentido sin el efecto emocional. Nuestra música alcanza tanto a la primera como a lo segundo”, dijo Shields en su momento.

Luego de un lustro en este trajín con agrupaciones como Bailter Space, The Nightblooms, The Boo Radleys, Catherine Wheel o Medicine, el shoegazing palideció –tanto como sus seguidores-, su presencia se redujo, pero no así su larga influencia que llega hasta la actualidad, celebrándose a sí misma y a sus generadores.

My Bloody Valentine es una agrupación que no se modifica ni trata de cambiar su estética básica (ya bastante sorpresa fue su intempestivo retorno luego de dos décadas con el tercer disco m b v). Las canciones que conforman su último álbum son reafirmaciones de su identidad. Contenidas en un trabajo calmo y sensual en el que, según el líder de la banda “Experimentamos llevando el volumen hasta un nivel cósmico. Empezó porque una vez estábamos ensayando y decidimos usar todos nuestros amplificadores y un pedal llamado Octavio que suena como un volcán en erupción. Lo hicimos una hora: la habitación vibraba, todo se caía y nuestro estado mental cambió, entramos en otro nivel de conciencia”.

VIDEO: My Bloody Valentine – Only Shallow (Official Music Video), YouTube (UPROXX Indie Mixtape)

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ELLAZZ (.WORLD): THE ANDREWS SISTERS

Por SERGIO MONSALVO C.

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NOSTALGIA VINTAGE

 

De 1937 a 1953, las Andrews Sisters (LaVerne, Maxene y Patricia) fueron parte de un movimiento musical promovido por la industria discográfica estadounidense: grupos formados por hermanas o hermanos.

Hubo decenas de éstos por toda la Unión Americana; sin embargo, ellas perduraron en el gusto de un público cuya necesidad de nostalgia fue fundamental para alargar su carrera (hasta bien entrados los años sesenta).

El material presentado por ellas siempre fue celebrado. Su época más brillante fue en los años cuarenta, cuando grabaron con Jimmy Dorsey un repertorio jazzístico y de baladas al lado de Frank Sinatra.

La forma básica del swing le había dado con ellas una vuelta de tuerca más a su historia y encontrado nuevas formas de expresión. Al swing originado en dichas décadas, las nuevas voces (tales tríos, a los que ellas encabezaban) le agregaron elementos musicales diversos para enriquecer la propuesta.

Así se pueden escuchar en sus interpretaciones, por ejemplo, además del swing blanco, la rítmica del jump blues, el concepto de los metales de la big band y (¡Oh, sorpresa!) algunos detalles de músicas afrocaribeñas. Un caldo pleno de sustancia, tan perenne la exótica vintage que fomentaron.

Debido a esto, el tema de ellas que más trascendió fue “Rum and Coca-Cola”, pieza de colorido caribeño.

THE ANDREWS SISTERS (FOTO 2)

Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla de Trinidad, en el Caribe, fue ocupada por el ejército estadounidense “por cuestiones estratégicas”. Llegaron 20 mil soldados que inmediatamente se apoderaron de las playas y de los mejores lugares de la isla. Tenían dinero, tiempo libre y “necesidad de amor”, así que se dieron a la tarea de intercambiar favores con las isleñas, que eran pobres y con necesidades más apremiantes.

Toda esta situación captó la atención de los músicos como, por ejemplo,  Rupert Grant, que actuaba con el nombre de Lord Invader, como intérprete del exótico calypso (el ritmo local), quien obtuvo el éxito con “Rum and Coca-Cola”, una pegadiza metáfora que hablaba de la negociación entre las lugareñas y los “visitantes”.

El tema se hubiera convertido en otra pieza folclórica más, pero apareció por ahí, de gira, un enterteiner de la Unión Americana, que ni tardo ni perezoso regresó a los Estados Unidos con aquel botín sonoro, se coaligó con un letrista y una cantante y lanzó la pieza como suya. Le cambió algún verso comprometedor (“los yanquis las tratan bien/ y las pagan mejor”), aunque conservó el estribillo, No esperaba que los autores se dieran cuenta, pero así sucedió y el asunto entró en litigio.

En el ínterin, las Andrews Sisters, el máximo grupo vocal femenino de aquel momento en la Tierra del Tío Sam, grabaron la canción sin tomar nota de lo que allí se narraba. Según dijeron, se enteraron de la situación cuando muchas emisoras prohibieron su emisión: por la temática y por promocionar gratuitamente aquel refresco.

Como todo lo prohibido, inmediatamente atrajo la atención y dicha pieza se convirtió en un hit de 1945. De cualquier manera, el país había salido triunfante de la conflagración mundial y nadie ponía atención en aquella situación donde los soldados, portadores del dólar, habían confraternizado con las nativas, fomentando la prostitución de unas y, además dejando embarazadas a otras muchas, se la habían pasado muy bien “toda la noche haciendo/ el amor tropical”, y refrescándose con aquella bebida.

VIDEO: The Andrews Sisters – Rum And Coca Cola, YouTube (beyoncetyratina)

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DISCOS EN VIVO: THE LAST WALTZ

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL TIEMPO ENCANTADO

La justicia poética los hizo encontrarse en el momento exacto para ambas partes. En la madurez más que brillante del director Martin Scorsese y en el reto fáustico que tenía el grupo The Band con el tiempo. El resultado: un retrato de la inmortalidad en el escenario. En las décadas transcurridas desde su filmación y el postrer estreno de The Last Waltz, el cine y el rock no han dejado de mirar la obra e intentado asimilar sus enseñanzas.

La fugacidad, el vigor, el encanto, la intensidad y el magnetismo emanado por sus imágenes y secuencias son al final mucho más que música. Los historiadores, la crítica y los fans, jamás la han sacado de los primeros lugares del canon rockero y del documento musical y han llenado miles de páginas cubriendo hasta el más mínimo detalle de su contenido y hechura.

Scorsese es un artista, un gran creador cinematográfico y un melómano culto. Es decir, tiene y proyecta conceptos estéticos, los ha plasmado en películas y documentales maestros y, en el último rubro, siempre ha estado abierto a todas las manifestaciones musicales que lo emocionen y que interpreten sus sentimientos. Para ello cuenta con un oído privilegiado, heterodoxo y con un profundo gusto musical.

El rock es un mundo que atrae y fascina al director. Es música con sensaround para él. Le dibuja sensorialmente los guiones que quiere escribir, las películas que necesita iluminar. Los elementos característicos de su obra encuentran su sonido en él y le masajean la creatividad. La naturaleza perturbadora y el arte que han sabido expresar los Rolling Stones o Bob Dylan en sus canciones es, en otros ejemplos filmados, el sonido de la calle, la excitación cotidiana, el desafío que he querido para sus cintas.

Ha dicho que muchas de estas cuestiones del rock le han hablado en déjà vus y epifanías de manera personal: “Hay cosas que es imposible que desaparezcan. Puedes intentar controlar el coraje, aunque es muy importante que exista, debe estar presente en tu obra. La ira es curiosidad, es rebelión contra la injusticia, ya sea humana, de la naturaleza o la divina. Y el tiempo es eso: una injusticia.”, ha comentado.

Esa ira y misterio de los tiempos son enigmas que ha tratado de preponderar en sus películas (Taxi Driver, Gangs of New York, The Wolf of Wall Street, etcétera) y de descifrar en documentales desde Woodstock (en el que participó en el montaje y edición); en Medicine Ball Caravan (un viaje con músicos hippies), No Direction Home (biopic sobre Dylan), The Blues: “Feel Like Going Home” (serie de TV) y en The Last Waltz (la despedida de The Band).

Scorsese busca resaltar su papel en las historias que han fundamentado los mitos del rock, la provocación y el desafío que proponen; de interpretar la potencia y el efecto de sus mensajes. La ira y el misterio con su magia inherente son la sabia del género. Sus claves secretas como espejos del tiempo. Así nació y así trata con la vida y con la muerte.

En The Last Waltz, de 1978, la energía crepuscular de un grupo con 16 años on the road, se manifestó como un canto hacia la vida y una muestra de respeto hacia la muerte.

VIDEO SUGERIDO: The Band, The Weight, YouTube (watanokni Ono)

Robbie Robertson (uno de los integrantes de The Band) lo dijo de diversas maneras a lo largo del filme, como argumento para disolver al grupo: “La carretera no es un sistema de vida…Imposible vivir así”. La realidad le dio la razón a ese presentimiento.  Unos años más tarde, y con la necedad de por medio, el resto de los integrantes se volvieron a reunir sólo para ir falleciendo uno tras otro en breves lapsos de tiempo. Comenzando con Richard Manuel que se suicidó durante la gira del comeback (Rick Danko falleció en 1999, Levolm Helm en el 2012).

Pero, volviendo a la cuestión del mito, de la ira y el misterio contenidos en el género, ¿dónde materializaban tales grupos ese poder? Obviamente en el escenario, que es el lugar donde el director neoyorquino quería retratarlos. Y así lo hizo. Centró ahí todos los colores, las luces, sombras y movimientos de las leyendas convocadas al baile final, al de la despedida.

Muddy Waters, Ronnie Hawkins, Neil Young, Joni Mitchell, Bob Dylan, The Stapple Singers, Eric Clapton, Emmylou Harris, Neil Diamond, Dr. John, Paul Butterfield, Van Morrison, entre otros invitados a participar en el concierto, aparecen con sus gestos, poses y miradas, ésos que los han hecho seres especiales. Con ello los eternizó.

The Band: un nombre nunca mejor asumido, por lo que significó de respaldo y como conjunción de músicos en igualdad de circunstancias, de camaradería, de participación en las anécdotas, en las vivencias del camino. Palabra y concepto este último que se repite una y otra vez durante las entrevistas que se adjuntan en el documental, como una asistencia, tan presente e intensa como inquietante.

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Todo ello lo percibió Scorsese desde la primera vez que los oyó, cuando hacía sus pininos en el cine en el primer lustro de los sesenta, y ellos (ya como The Band) acompañaban a Bob Dylan en su periplo hacia lo eléctrico y sus enfrentamientos consecuentes con el dogmatismo imperante en el folk, y penetró en él su vibración sonora que a la postre se selló cuando los vio y escuchó ya como grupo independiente tras su debut con el disco homónimo y sobre todo con Music From Big Pink, el álbum que los elevó a la lista de los grupos importantes y respetados.

Sí, respetados por el espíritu artístico con el que se sentían comprometidos sus integrantes, a contracorriente de los estilos que estaban en boga, lejos de la psicodelia, de lo progresivo y de cualquier atisbo pop. Al contrario: inauguraron con su música un fresco emocionado y atemporal donde las raíces y la modernidad se daban la mano. Aportaron canciones sobrias y una imagen fuera de la moda: «Era música plantada en la tierra, sin las alucinaciones de aquella época”, definiría Robertson, al respecto.

Scorsese los atrapó a su manera en imágenes virtuosas en el teatro Winterland de San Francisco, el día de Acción de Gracias estadounidense de 1976 (25 de noviembre), durante un concierto ex profeso de despedida, el último de la existencia de la banda completa. Con 18 cámaras y fotógrafos artistas de renombre: Michael Chapman, Lazslo Kovaks, Vilmos Zsigmond, David Myers, Bobky Byrne, Michael Watkins e Hiro Narita.

El director personalizó las tomas sobre cada uno de los cinco integrantes de The Band (Robbie Robertson, Levolm Helm, Richard Manuel, Rick Danko y Garth Hudson) en los estudios Shangri-La, durante las entrevistas, así como sus interpretaciones en vivo en aquel auditorio: “Fue la observación de un Rembrandt sobre los músicos y sus instrumentos, puros planos preciosos”, aseguró Neil Young, creador de sus propios biopics.

Scorsese utilizó cientos de kilómetros de cinta con el objetivo de filmar cinco horas de compulsiones misteriosas, de vidas sometidas a un proceso constante de comprensión (con todo e imágenes de archivo) en medio de voces fuertes y música sólida que encerraron todas las emociones del mejor espectáculo que existe hoy por hoy: el rock

 

The Last Waltz es un rockumental pleno de talento visual, de montaje virtuoso, de técnica apabullante, de matices a granel, de la fisicidad que capta las tensiones y de la energía que ensalza el inmarchitable encanto de las canciones y las presencias, colocando al espectador en la mejor posición posible. El resultado es un Scorsese mayúsculo, una obra maestra (que también ha quedado grabada en disco), que trasmite el delirio de su propia admiración por aquella música.

VIDEO SUGERIDO: The Band: I Shall Be Released (The Last Waltz), YouTube, Héctor Colorado)

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PRIMERA Y REVERSA: MIXED UP (THE CURE)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Mixed Up (Metronome, 1990) del grupo The Cure fue un éxito seguro en cuanto a las ventas se refiere. Las once mezclas no fueron producidas a la ligera, tal como lo demuestran los logrados ejemplos de «Lullaby», «The Walk» o «Lovesong», creados bajo la dirección del triunvirato del sonido formado por Mark Saunders, Robert Smith y Chris Terry.

También es divertida la versión hecha por Paul Oakenfold de «Close to Me», con un ritmo a la James Brown reconfortado con una trompeta jazzística.  No obstante, resultan muy enervantes las mezclas de «Fascination Street», «Pictures of You» e «Inbetween Days».

Mixed Up fue un producto obligatorio para los fans, pero no necesariamente para el resto del mundo.

Para promoverlo, Robert Smith tuvo la idea de poner por un solo día su propia estación pirata de radio, Cure FM. Por unas horas la estación trasmitió varias partes del disco.

Smith, quien alternaba entre el micrófono y una botella de whiskey, estuvo muy amable y conversador.

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LA AGENDA DE DIÓGENES: JOHN CHEEVER (CRÓNICA DE LOS WAPSHOT)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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En Crónica de los Wapshot de John Cheever se puede encontrar la sensación de pérdida y extravío de los personajes en el mundo urbano que no se deshace del cordón umbilical provinciano, también el realismo en coqueteo con otros géneros, la nostalgia y aflicción de sus personajes enfrentados a una realidad que no terminan por asumir.

Pero no sólo eso se puede encontrar en la literatura de John Cheever (1912-1982), sino igualmente la maestría narrativa que envuelve sus historias de la vida cotidiana estadounidense.

Confiando poco en los fatigosos diálogos tan comunes en buena parte de la ficción contemporánea, Cheever se concentró en sutiles variaciones de la voz del narrador.

Alteró la distancia con respecto a sus personajes mudos y desesperados dotándolos de una rara elocuencia. Sus pasiones y frustraciones surgen como si no fuera habitual que estuvieran ocultas.

Otro elemento de su obra es la prosa sutil y precisa que da gusto leer. Cheever conmueve también, porque les extendió a sus personajes la posibilidad de redimirse a través de la sensación de estar vivos.

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NAVIDÁDIVAS: ELVIS PRESLEY (CHRISTMAS ALBUM)

Por SERGIO MONSALVO C.

Melancolía, reflexión, tristeza, irritación, alegría…Son estados anímicos que se manifiestan en las personas durante la época navideña. Para cada uno de ellos la música (a consumir ad hoc) ofrece diversas posibilidades.

Es una compañía que jamás defrauda y se puede contar con ella en cualquier momento y situación. Y si no es posible hacer caso omiso de tales manifestaciones emocionales, por lo menos hay que tratar de paliarlas de alguna manera y buscar hacerlo con discos de calidad artística incuestionable, trascendente y confirmada, una y otra vez, a través de los años. Así que en esta ocasión me atrevo a recomendar el siguiente título clásico para ambientar el estado anímico recurrente.

ELVIS PRESLEY

CHRISTMAS ALBUM

RCA VICTOR

Cuando la mayoría de los escuchas recuerdan los años cincuenta del siglo pasado, inevitablemente le viene a la mente la imagen de Elvis Presley.

Él dominó la industria del entretenimiento y se convirtió en el modelo ideal del cantante solista; en la superestrella de la parábola del éxito sin límites a partir de orígenes pobres, en el renegado que simbolizaba la libertad rocanrolera.

Elvis no sólo se erigió en héroe: se entronizó como el rey de la cultura juvenil en aquel tiempo.

Luego de un año (1956) en el que una tras otra sus canciones lo elevaron a la categoría de icono, Elvis grabó un disco navideño en 1957. Con tal álbum matizó este punto de su carrera en el estilo al que había aspirado dedicarse como intérprete siendo adolescente, cuando deseó ser cantante profesional de gospel.

Los doce temas que lo componen (desde “Santa Claus Is Back In Town” hasta “It Is No Secret (What God Can Do)”, pasando por los tradicionales “White Christmas”, “Here Comes Santa Claus”, “Blue Christmas” y “Silent Night”, entre ellos) se basan en el blues, el rhythm and blues, doo wop, spiritual y gospel, básicamente.

Presley tradujo, por primera vez, las formas blancas románticas y seculares de los villancicos y canciones de la temporada navideña a los ritmos religiosos y “paganos” negros. Con resultados tan sorprendentes como exitosos.

Se cumplió así, una vez más, con aquel legendario anhelo profético de Sam Phillips de que «Si encontrara a un muchacho blanco que supiera cantar como negro, ganaría un millón de dólares». Elvis continuaba materializándolo.

El disco se mantuvo durante cuatro semanas como el número uno en las listas del Billboard. Vendió tres millones de copias en aquel diciembre y más de 10 desde entonces, convirtiéndose en la obra de temporada mejor vendida de todos los tiempos.

De esta forma el Elvis’ Christmas Album se erigió en modelo, en una propuesta valiosa de su momento, pero también para el futuro por su legado musical. Desde entonces la avalancha de producciones semejantes, con mayor o menor fortuna, no ha dejado de fluir.

VIDEO: Elvis Presley #’68 Santa Claus is Back in Town & Blue Christmas, YouTube (vELVISv)

BABEL XXI-610

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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CHRISTMAS ONCE AGAIN

(NAVIDAD XII)

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/610-christmas-once-again-navidad-xii/

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LOS OLVIDADOS: THE CARS

Por SERGIO MONSALVO C.

 

Photo of Ric OCASEK and CARS and Greg HAWKES and Elliot EASTON

(EJEMPLO DE LA NEW WAVE)

Tras disolverse sus respectivos grupos en 1977, cinco músicos decidieron reunirse en su natal Boston y conformar una exitosa banda New wave que traspasó una década de existencia (1976-1988), y luego se reagrupo en el siglo XXI (2010-2019): The Cars.

Compuesto por Ric Ocasek (líder, cantante principal, guitarrista, escritor y productor, fallecido en el 2019), Benjamin Orr (bajo y vocalista), David Robinson (batería, percusión y coros), Elliot Easton (guitarra y coros) y Greg Hawkes (teclados, percusión y saxofón), The Cars conformaron un grupo cuya fórmula musical les acarreó buenos dividendos.

De hecho, se convirtió en la agrupación más prometedora de la New wave comercial desde la aparición de su primer disco, con el nombre del grupo, en 1978.

Con él llegaron a las listas de popularidad y a las ventas de platino, donde continuaron hasta su primera disolución. En realidad, The Cars cambiaron muy poco desde que su primer disco estableció sus reglas fundamentales.  Las composiciones de Ric Ocasek incurrieron dentro de la senda del romanticismo irónico y a veces nostálgico, iniciada por Bowie y solidificada por Bryan Ferry.

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Las canciones de «Good Times Roll» hasta «My Best Friend’s Girl» establecieron el contraste entre las superficies frívolas y las nerviosas corrientes de fondo.

Con la producción primera de Roy Thomas Baker y luego la de Ocasek, éste y el bajista Orr, como vocalistas, montaron sobre una palpitante y pulida corriente generada por la escurridiza guitarra de Elliot Easton, los bien trabajados sintetizadores de Greg Hawkes y la estruendosa batería de Robinson.

Desde su primer disco a su última producción (Move Like This, 2011), el atractivo liso sirve de entrada a una subyacente angustia emocional, expresando una vaga ambigüedad que permitió complacer aún a los escuchas más superficiales, pese a la furtiva desesperación que impregnaban las composiciones de Ocasek, quien también siguió una carrera como solista hasta su fallecimiento.

Entre los discos más destacados de este grupo (el cual sobresalió también por sus incursiones pioneras en el video y en la promoción cinematográfica) se encuentran:  Candy-O, Panorama, Shake It Up, Heartbeat City y Door to Door.

VIDEO: The Cars – Drive (Official Music Video), YouTube (RHINO)

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