CANON: LITTLE RICHARD

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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EL ARQUITECTO BIZARRO

Después de la Guerra Civil en los Estados Unidos algunos ideólogos blancos empezaron a ver la cultura negra bajo una luz turbia. Los negros fueron contemplados como seres satánicos, libertinos, paganos, lujuriosos, anárquicos, violentos, dotados de una «inteligencia astuta»,  descendientes de «salvajes oradores hipnotizadores» que en cuanto obtuvieron su libertad se convirtieron en una turba ebria que apestaba a sudor africano».

Desde el punto de vista de estos blancos, los males de la vida negra eran evidentes en su música. Dicha rama del racismo (en la que se fundamenta el Ku Klux Klan) llegó a su punto culminante con la novela The Clansman, de Thomas Dixon, que trata acerca del Sur norteamericano durante el tiempo de su reconstrucción. Dicha narración fue publicada en 1905 y luego filmada atentamente por D. W. Griffith en 1915 con el título de El nacimiento de una nación.

Los blancos que promueven la igualdad racial, según el autor y sus seguidores, se han «hundido en el negro abismo de la vida animal» en el que el mestizaje y la anarquía van de la mano. La igualdad para tales racistas significa que la «barbarie estrangulará a la civilización por medio de la fuerza bruta».  Para Dixon, todo el mal primitivo de la vida negra se condensaba en su música, que en la novela literalmente impulsa a los inocentes blancos hacia la muerte.

Los historiadores explican dichos estereotipos extremadamente negativos remitiéndose a las hostilidades sociales y económicas provocadas por la fallida reconstrucción republicana de los estados confederados derrotados. El siglo pasado comenzó con este horror itifálico. Los negros se les habían convertido, en sus fantasías racistas, en unos salvajes aullantes que se sacudían al ritmo de un tambor que borraba todo vestigio de racionalismo.

A lo largo de 100 años, tal ideología se desplazó desde una meditación acerca de la existencia o no de alma en los negros hacia una elucubración sobre su “maldad fundamental”. Los acontecimientos históricos ocurridos en los derrotados estados del Sur sólo vinieron a intensificar la tendencia general a transformar al viejo Tío Tom en un azufrado Lucifer, en  un sátiro neolítico.

En medio de estas ideas y temores ontológicos vivía el sureño blanco estadounidense promedio a mitad del siglo XX. Los conservadores negros, por su parte, trataban de contrarrestar el asunto portándose más cristianos que cualquiera otros y fundamentaban su vida en los dogmas bíblicos. Y ahí la música pagana estaba más que condenada. El blues, por extensión.

Así que pensemos en las reacciones de ambos mundos cuando apareció en escena un ser inimaginable y al mismo tiempo omnipresente en las peores pesadillas culturales de los blancos estadounidenses: un esbelto negro, hijo de un ministro de la iglesia anglicana, un tanto cabezón, amanerado en extremo, bisexual, peinado con un gran copete crepé y fijado con spray, maquillado y pintados los ojos y los labios —que lucían un recortado bigotito—, vestido con traje de gran escote, pegado y con estoperoles, lentejuelas y alguna otra bisutería, calzando zapatillas de cristal como Cenicienta, tocando el piano como si quisiera extraerle una confesión incendiaria y acompañado por una banda de cómplices interpretando un jump blues salvaje, el más salvaje que se había escuchado jamás y expeliendo onomatopeyas como awopbopaloobopalopbamboom a todo pulmón, con una voz rasposa, potente, fuerte, demoledora y perorando que con ello comenzaba la construcción del Rock & Roll.

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La visión presentada por Dixon, aquel espantado escritor decimonónico, del primitivismo negro fue pues el argumento con el cual se arremetió contra el naciente ritmo. Ganas no les faltaron de sacar las armas contra “el animal negro que quiere arrasar con los Estados Unidos blancos”. La música del malvado negro (según los aprensibles nacionalistas) empujaba a la víctima blanca —en este caso los fascinados adolescentes— al abismo del infierno.

Otro de esos racistas de larga trayectoria llamado «Ace» Carter y concatenado al ideólogo precedente (Dixon), se apegó a aquellos reputados conceptos tradicionales al denunciar en su cruzada moral al rock como la música de los negros que apelaba a lo «más vil en el hombre», al «animalismo y la vulgaridad».

El conservadurismo agregó los tambores a ese averno negro porque los ritmos salvajes ponían de relieve la libido primordial contra la que el hombre blanco había tratado de erigir la barrera de su cultura frágil y amenazada. El rock and roll nació con esta mitología sexual.

Y Little Richard fue el arquitecto y profeta más bizarro en su diseño. Sus cuatro argumentos fundamentales fueron: “Tutti Frutti”, “Long Tall Sally”, “Lucille” y “Good Golly Miss Molly”. Leyes sicalípticas talladas en piedra para la eternidad. Quedaron además inscritas en el mejor álbum del año 1957, que entraría en el canon del rock: Here’s Little Richard.

Lo que le sucedió después es materia para la Teoría de la Conspiración. Tras él fueron enviados los perros de reserva de los bandos afectados (avionazo y reconversión religiosa). El hecho patente es que Little Richard, el Arquitecto del Rock and Roll, nació como Richard Wayne Penniman, en Macon, Georgia (en el profundo Sur estadounidense), el 5 de diciembre de 1932. A los 87 años, con su muerte el 9 de mayo del 2020, y su leyenda se ha solidificado con materia pura de bizarría.

Discografía clásica y selecta: Here’s Little Richard (Specialty, 1957), The Fabulous Little Richard (Ace, 1959), 18 Greatest Hits (Rhino, 1985), The Formative Years 1951-1953 (Bear Family, 1989) The Georgia Peach (Specialty, 1991).

(VIDEO SUGERIDO: Little Richard – Lucille LIVE 1973, YouTube (gimmeaslice)

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ROCK Y LITERATURA: EL BUDA DE SUBURBIA (HANIF KUREISHI)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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La literatura contemporánea ha encontrado excelentes escritores para incorporar el sonido, la profundidad y el testimonio del rock a sus huestes. La Gran Bretaña se ha significado en ello de manera sobresaliente con plumas como las de Ian McEwan, Nick Hornby o Hanuf Kureishi, por mencionar unos cuantos. Y lo ha hecho porque en su principal ciudad, Londres, siempre está ocurriendo algo, mostrando, transformando o rompiendo algo. Y la música ha sido un personaje importante en todo ello.

La literatura ha producido grandes estrellas del rock que jamás se colgaron una guitarra, y entre ellas se pueden encontrar lo mismo novelistas, que ensayistas, poetas, cuentistas, periodistas, críticos, académicos, etcétera, pero también en las otras ramas del arte: cineastas, pintores, teatreros, arquitectos, bailarines. El rock es una materia fundamental para todos ellos, puesto que ha sido el soundtrack que ha acompañado a la mayoría en sus andanzas vitales, en sus distintas edades, lenguajes, países y continentes.

La literatura y el rock han estado entrelazados desde el comienzo. Como referente, la primera en sus inicios, como influencia determinante después, y como testimonio de las generaciones que se han sucedido desde que tal música apareciera en el mundo. De dicha interrelación han surgido textos fundamentales y canónicos, como el que escribió el mencionado Hanif Kureishi.

Por otro lado, sustentado en la idiosincracia discriminatoria producto del pasado colonial británico hay un obvio racismo tras todo ello, mismo con el que han tenido que vivir los inmigrantes indios, paquistanís y caribeños y sus descendientes, por ejemplo.

No obstante, en esa realidad dura y cotidiana, que los ha enfrentado con la clase obrera, los skinheads, neonazis, hooligans, políticos y partidos conservadores, han crecido manifiestos sociales y artísticos agudos y agridulces como el de este escritor cuya proclama literaria está fundida con el pop y el rock, con el cual creció, forma parte de su vida, aunque quieran negárselo todos aquellos.

El rock británico siempre ha sido una mezcla en todos los sentidos, aunque lo ignore esa fauna xenófoba. Es una expresión democrática y multicultural; es negra (blues, reggae, soul, funk, hip hop) y asiática (las ragas indias, sobre todo), de clase obrera, de clase media y hasta la aristocracia ha tenido qué ver en varias facetas de su historia.

Si Hanif Kureishi habla de ello en sus textos es porque también dicha historia le pertenece como británico asiático de segunda generación y eso es algo que todo el mundo debe saber. Su propuesta en The Buddha of Suburbia (El Buda del Suburbio, 1990) –su novela debut en el mundo literario– es inteligente e ingeniosa, es una permanente descripción irónica de la vida británica contemporánea, aderezada con la música que le sirve de fondo y acompañamiento.

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Las melodías y grupos citados en esta novela son raíces comunes para todos aquellos nacidos en la Gran Bretaña tras la Segunda Guerra Mundial. Es una forma de identificación que no se basa en el rechazo y la automarginación, sino en la aceptación y la creatividad.

Con El Buda del suburbio, Kureishi (nacido en 1954, al sur de Londres) inauguró la llamada narrativa poscolonial. Una que mezclaba el multiculturalismo, el sexo y el glam rock. “Del sistema de clases era consciente, porque mi padre creció en la India colonial, en una familia paquistaní de clase media alta, pero teniendo claro que el hombre blanco era el estándar de lo que un hombre debía ser. Los indios siempre eran los inferiores –ha explicado el autor–. No obstante, llegaron los años sesenta y eso cambió…

“Cuando empecé en la literatura, con 14 o 15 años, me di cuenta de que eso era lo que tenía que escribir. Sobre mi aspecto, mis amigos, mi calle. Sobre los skinheads, que eran la realidad de la vida en el sur de Londres. Eso no estaba en los libros y yo tenía que encontrar la manera de ponerlo sobre el papel”.

El protagonista de sus argumentos es Karim, un adolescente como cualquier otro –seguidor del rock, de la moda y de cualquier oportunidad para el sexo–, que se siente inglés de los pies a la cabeza, aunque sin enorgullecerse por ello, aunque muchas personas le vean como una mezcla extraña de dos culturas. Junto a sus padres, hermano menor y demás familia cercana, vive una vida normal en un barrio de clase media de las afueras de Londres, del que quiere librarse a como dé lugar.

Esta es, pues una novela de iniciación a la vida adulta y sentimental de ese joven bicultural, que es víctima del racismo a pesar de haber nacido y crecido en el Reino Unido. Contempla, asimismo con bastantes dosis de ironía el acercamiento a la espiritualidad por parte de muchos occidentales, a menudo de manera superficial o como una moda.

Igualmente, muestra la evolución de la cultura del rock británica de los años setenta, desde la psicodelia a la New wave, pasando por el glam y el punk. Una sucesión de periodos tanto históricos como en la vida de los protagonistas, desde los últimos coletazos del swinging London hasta el desencanto de la sociedad británica que culminaría con la llegada al poder de Margaret Thatcher, momento en que culmina el relato.

El éxito del libro llevó a la filmación de una serie para la BBC con dicha narración. Y, quién mejor que David Bowie para crear el soundtrack necesario.

Tras la fugaz aparición de su grupo Tin Machine (y álbum homónimo) y un disco como solista, que sólo obtuvo un recibimiento tibio, el superestrellato de David Bowie parecía opacado. Sin embargo, con la banda sonora de The Buddha of Suburbia, Bowie plasmó una vez más, como con cada obra, su propio futuro musical.

El soundtrack para la serie televisiva de la BBC londinense basada en la novela de Kureishi le mostró el camino que podía tomar. La novela presentaba un mural de la sociedad inglesa capitalina en las décadas de los sesenta y setenta. En él podían observarse el surgimiento público de misticismos al por mayor, el de figuras que representaban las corrientes musicales del momento, la ambigüedad sexual, la promiscuidad y otras vanguardias artísticas, políticas y sociales que formaron un todo experimental y propositivo para las futuras generaciones no sólo británicas.

El racismo y la xenofobia nunca han sido vanguardia, pero manifestaron en el libro su presencia en una sociedad imperialista y poco tolerante. La vida de Karim, el protagonista, transcurre entre todos esos nuevos conceptos y viejas idiosincrasias fondeadas por el sonido del espíritu de la época: el rock.

Junto con el multiinstrumentista Erdal Kizilcay, Bowie creó un total de nueve títulos para la serie que rebasaron por mucho el calificativo de fondo musical. «Sex and the Church», «The Mysteries», «Bleed Like a Craze, Dad», «South Horizon» y «Buddha of Suburbia» (con Lenny Kravitz en la guitarra), entre las más distintivas.

También pisó territorios vírgenes en cuanto a técnica de producción. En «South Horizon», por ejemplo (la pieza favorita de Bowie en este trabajo), todas las notas, desde la instrumentación principal hasta la estructura sonora, se tocaron tanto al derecho como al revés.

El resultado de los experimentos fue un Bowie que recuperó fuerza. Con estas complicadas pinturas sonoras, si bien accesibles también a sensibilidades pop, rindió homenaje a los méritos de Brian Eno como creador de estilos y encontró para sí mismo un camino a los noventa.

Con El Buda del suburbio Bowie adquirió una nueva vida, otra. Hizo lo que siempre supo hacer mejor: volver a colocarse a la cabeza de las tendencias musicales, porque tras echar una inteligente mirada alrededor de nueva cuenta comenzó desde el principio. Mientras que Hanif Kureishi ganó el prestigioso  Premio Whitebread de su país a la Mejor novela debut, así como la posibilidad de una larga vida como escritor, la cual mantuvo hasta fechas recientes cuando una enfermedad lo postró y dejó en duda su posibilidad de seguir ejerciendo, una verdadera lástima.

 

VIDEO SUGERIDO: David Bowie – Buddha Of Suburbia (Official Video), YouTube (David Bowie)

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PRIMERA Y REVERSA: STILL GOT THE BLUES (GARY MOORE)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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El guitarrista irlandés Gary Moore (abril 1952- febrero 2011) se dio a conocer como virtuoso dentro del campo del rock duro cuando estuvo con Thin Lizzy, así como en su carrera como solista en el heavy metal. Sin embargo, no es sorprendente que el blues también le haya fluido sin problemas.

«Todo mundo tiene su propia versión del blues –dijo–. Todo mundo conoce esa sensación. No creo que haya que ser negro para entenderlo de manera exclusiva.  Uno tiene o no el feeling necesario. La música irlandesa le ha dado un sello particular a mi sonido. No obstante, he encontrado semejanzas entre el blues y la música irlandesa. Muchas melodías irlandesas tienen un ambiente muy melancólico y blusero. Puedo sentir esa música. Crecí con ella. A los 13 años yo tocaba en un grupo de blues. Esta música significa más para mí que todo lo que vino después”, explicó el músico en su momento.

El blues es como un espíritu que se manifiesta de repente, incluso después de largos periodos de descanso. Y entonces sale a la luz un disco blusero, como en el caso de Still Got the Blues (EMI/Capitol, 1990). La concepción presentada por Moore en este disco no fue dogmática. Se movió con agilidad por sus diversas tendencias estilísticas.

No fueron tanto los bluseros negros originales como el auge inglés del blues en los años sesenta lo que inspiró a Moore en sus conceptos para el disco. En la portada del mismo aparecen sus gustos de la primera adolescencia por los Blues Breakers de John Mayall y el Fleetwood Mac primigenio, aunque Robert Johnson y Albert, Freddy y B. B. King también figuran.

En la mayoría de las nueve piezas que conformaron el disco original (el CD trajo 12 canciones a la postre), Moore ofreció un blues pulido y elegante que evitó toda aspereza. Cinco de esas piezas fueron de su pluma: «Movin On», «Still Got the Blues», «Texas Strut», «King of the Blues» (homenaje a Albert King) y «Midnight Blues».

Las restantes fueron covers de los grandes maestros: «Pretty Woman» (en la que participa el propio compositor Albert King), «Walking by Myself» (original de Jimmy Rogers; en la hoja de información y en la etiqueta del disco aparece el nombre del músico con la errata «Rodgers»), «Too Tired» (de Johnny «Guitar» Watson, en la que acompaña en la guitarra Albert Collins) y la preciosísima «As the Years Go Passing By» (de Deadric «Dan» Malone).

Para este equilibrado programa grabado por Moore, contó con la ayuda de metales, órgano y piano en las personas de Frank Mead, Nick Payn y Nicky Hopkins, entre otros.  Uno de los objetivos de Gary Moore con Still Got the Blues fue alcanzar ‑‑como él mismo lo comentó– al público muy joven que escuchaba el heavy metal, para despertar en ellos el interés por el blues y sus músicos originales.

«Esa sería una buena justificación para mi álbum”, explicó el guitarrista.

VIDEO SUGERIDO: Gary Moore – Still Got The Blues (Live) – YouTube (UndeadKuntiz)

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DISCOS EN VIVO: SUPERCHARGE ’84 LIVE AT MAXIM’S

Por SERGIO MONSALVO C.

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Con el reconocimiento obtenido como grupo animador de primer nivel, gran experiencia en escena, con el curriculum de varios trabajos musicales editados y por pertenecer activamente al circuito del jet set, la banda Supercharge le fue recomendada al organizador del enlace del momento, el de Christina, la hija del fallecido magnate griego Aristóteles Onassis, conocida como “la princesa triste”.

La que quizás era la mujer más rica del mundo iba a contraer nupcias. Ahora, a los 34 años de edad, se casaría por cuarta vez con Thierry Roussel, joven francés e hijo del fundador de los laboratorios farmacéuticos del mismo nombre.

Lo haría en París y festejaría la boda en el Restaurante Maxim’s. Para ello la pareja se había embarcado en el Christina O en la Isla de Skorpios, propiedad de ella y viajaban rumbo a la Costa Azul francesa para trasladarse luego en avión a la capital gala.

En París, mientras tanto, el Maxim’s se preparaba. Por aquellas fechas el célebre bistrot celebraba el 90 aniversario de su fundación. En 1981 había sido adquirido por el diseñador Pierre Cardin que lo expandió por todos sus pisos a museo, sala de espectáculos y salones de fiesta privados. Uno de los cuales albergaría a los invitados de la boda de la rica heredera, en1984.

La fiesta comenzaría con una novia extrañamente radiante. “Está enamorada de verdad”, chismorrean los comensales entre la joyería y el menú nupcial.

La inusual sonrisa de Christina será la destinataria del mejor set de la banda, contratada para este lugar y ocasión especiales.

Músico experimentado, Albie Donnelly, el líder de la banda, iría in crescendo, soltando al grupo poco a poco a la pulsión de su sobrecargado ritmo. Y la sonrisa se convertirá en risa abierta, mientras la protagonista baila, canta, corta el pastel, y los invitados harán lo mismo como respuesta al pasmo de lo que ven y escuchan, se convierten en participantes y el conjunto en general en una auténtica fiesta.

“Ustedes han creado la música del día más feliz de mi vida. Gracias para siempre: Christina”. Fue la tarjeta que el grupo recibió tras bambalinas, acompañada de una botella de champán para cada uno de los músicos.

De tal experiencia Supercharge conseguiría el permiso para reproducir en disco lo que han grabado, bajo el título de Supercharge’84 Live at Maxim’s at Christina Onassis Wedding, así como algunas fotos del evento, que aparecerían en la portada.

El álbum de Supercharge se convertiría en una rareza y en una referencia a un momento único en el devenir microhistórico del siglo XX.

VIDEO: Supercharge – I’ll go Crazy, Gangster of Love, Caledonia, YouTube (Phantom1)

Orthodox Wedding For Christina Onassis And Thierry Roussel

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LA AGENDA DE DIÓGENES: LAS SEMILLAS DEL TIEMPO (MANUEL MAPLES ARCE)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Las semillas del tiempo, obra poética 1919-1980 de Manuel Maples Arce (número 13 de la Tercera Serie de Lecturas Mexicanas, editada por el CNCA, 1990) es un importante libro de recopilación con la obra de este poeta veracruzano quien dio inicio al movimiento estridentista dentro de la literatura, un nuevo aprendizaje de las palabras que despierta la sensibilidad por concepciones distintas del arte.

El sonido de las palabras le fue construyendo desde su adolescencia una personalidad ansiosa de lo nuevo, estridente y con vistas a un futuro incierto y atractivo.

Prosélito de las vanguardias mundiales, Maples Arce hizo patente en sus escritos la influencia del unanismo, futurismo, dadaísmo, creacionismo y ultraísmo, así como también la fuerza poética de Walt Whitman.

En este volumen se recopilan destacados textos poéticos como Andamios interiores (1922), «poemas radiográficos» que inauguran una visión original de la realidad, con un sentido único de equilibrio entre la intuición y la valoración mecánica de la lírica.  Un lenguaje moderno y vanguardista.

Urbe es la integración de la política a la poesía estridentista. John Dos Passos hizo la traducción de este libro al inglés, primer libro de poemas de un mexicano traducido a ese idioma y de toda la vanguardia en lengua española.  La introducción al volumen corrió a cargo de otro poeta, Rubén Bonifaz Nuño.

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JAZZ: WYNTON MARSALIS

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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FUNDAMENTOS Y PRIMERAS OBRAS

«Louis Armstrong dijo que la temprana música de Nueva Orleans es el cimiento del jazz y que entre más se acerca uno a tocar así, más se acerca al jazz. Al leerlo la primera vez, pensé que sólo quería que todo mundo tocara el viejo estilo. No se refería a eso. Se refería, en primer lugar –conjeturé–, a la concepción comunal de la improvisación. Mucha música llamada jazz no tiene eso. En segundo lugar, un ritmo orientado al baile, cierto compás y actitud en el ritmo, un swing, optimismo frente a la adversidad, no el concepto de la explotación comercial. En cuarto lugar, una especie de carácter mundano en la concepción de la música, mejor representado por Duke Ellington.

«La suya es una obra muy sofisticada que maneja música procedente de todo el mundo, que aborda cierto tipo de virtuosismo y sofisticación en términos de técnica desarrollados por la música de Nueva Orleans. Con ella trataba los elementos esenciales: la llamada, la respuesta, los obligados del clarinete, el blues, el gruñido de los trombones, un swing feliz, el misterio de la música, la melancolía… Duke Ellington es el jazz. Hablo de él porque representa de manera completa lo que el jazz es realmente: la piedra de toque de la improvisación grupal, la vocalización y el optimismo del swing».

WYNTON MARSALIS (1982):  Luego de su impresionante aparición en los Jazz Messengers de Art Blakey en 1980, el joven trompetista oriundo de Nueva Orleans (nació en Kenner, Louisiana, el 18 de octubre de 1961) hizo su debut discográfico a los 20 años con el álbum que lleva su nombre, para la CBS bajo la producción de Herbie Hancock.  De salida ganó el título de «Músico del año» otorgado por la revista especializada Down Beat.

Su estilo virtuoso (producto de sus estudios de música clásica, en la que también ha grabado) evocó sin restricciones a sus ídolos teóricos y prácticos y a los grandes trompetistas del bop como Dizzy Gillespie, Clifford Brown y al revolucionario Miles Davis. La mitad de esta obra fue grabada con Ron Carter (bajo), Tony Williams (batería) y Herbie Hancock (teclados) y con el grupo de Marsalis en la segunda parte. Más adelante en el mismo año, Wynton y Branford Marsalis (sax) aparecieron con su padre, Ellis (pianista), en el disco Fathers and Sons.

THINK OF ONE (1983): Producido por el propio Wynton. Continúa la veneración por la era del bop. La pieza del título es una gran composición de Thelonious Monk, interpretada brillantemente por el trompetista, lo mismo que «Melancholia» de Duke Ellington, a la vez que presenta algunas composiciones de su cosecha, de las cuales la más destacada es «Later».

HOTHOUSE FLOWERS (1984): Prosigue la veneración y se hace patente su cuidadosa actitud interpretativa. El L.P. contiene acompañamientos de cuerdas para sus inmaculadas versiones de piezas clásicas, tales como «Stardust» y «When You Wish Upon a Star» del compositor Hoagy Carmichael.

BLACK CODES (1984): Ahora ya tiene 23 años el genial trompetista. Gana un premio tras otro y presenta este cuarto L.P. como solista de jazz (paralelamente ha obtenido también premiaciones por sus grabaciones de música clásica). No obstante, su vertiginosa carrera aún parece estar en los comienzos. Hasta la fecha sólo ha sacado un jazz de calidad comprobada desprovisto de nuevas ideas, pero con un asombroso virtuosismo en su manejo de las formas convencionales. Ha demostrado madurez e inspiración no sólo como trompetista sino también como compositor. Sus raíces estilísticas se encuentran en el bop pos-Miles Davis: claro, con mucho swing y perfección calculada.  Poco espacio a la espontaneidad, pero con tal cantidad de intelecto que hasta estorbaría. Su hermano Branford toca los saxofones.

MARSALIS STANDARD TIME (1987): Es soberano el manejo que la elegante estrella de la trompeta hace de una docena de reverenciados temas clásicos, desde «Caravan» hasta «Cherokee». Los nuevos, jóvenes y talentosos integrantes de su cuarteto tocan como el maestro: con virtuosismo y sofisticación, pulidos y muy cool. Alta cultura en lugar de entertainment negro.  Sólo las baladas transmiten algo más que el simple deseo de impresionar con la velocidad, los trucos armónicos y las innovaciones rítmicas. «Autumn Leaves» sobresale por su acelere, un poco a contra swing.

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Wynton Marsalis

THE MAJESTY OF THE BLUES (1989): Cuando el clan de los Marsalis entra en acción, siempre empieza a oler a Grammy. Tuvo que ser el homenaje al jazz tradicional de su ciudad (Nueva Orleans) el que sacara al trompetista Wynton de la solemne asimilación de su pasado. Se suelta y toca con humor, imaginación ejemplar y absoluta contemporaneidad, entre una marcha fúnebre y el blues (al cual Wynton nunca ha reducido a un esquema simplista y fácil).

THE RESOLUTION OF ROMANCE (1990): «Mi padre me enseñó que en la música sólo es posible lograr algo nuevo si se aprecian y dominan las obras de los grandes», afirma Wynton Marsalis. Fiel a estas palabras, el talentoso jazzista presenta obras de los grandes equipos de composición Rodgers/Hart, Lane/Lerner y Hillard/Mann. Acompañado por su padre en el piano y el discreto apoyo del bajo acústico y una batería tocada con escobilla, Wynton demuestra ser un maestro en estas piezas de los años cuarenta y cincuenta, las cuales forman parte –casi todas– también del repertorio de Frank Sinatra. Los clásicos como «Where or When» e «In the Wee Small Hours» logran una expresión absoluta de armonías y elegancia estilizada y conmovedora con estos arreglos escuetos y el tono suave y matizado de la trompeta de Wynton.

INTIMACY CALLING (1991): En este disco presenta una docena de brillantes clásicos. En «I’ll Remember April» Todd Williams toca el sax tenor y en «Crepuscule With Nellie» de Thelonious Monk, Wes Anderson se encarga del sax alto. En tres piezas Marsalis toca con sordina y demuestra ser un maestro también en esta técnica: en su propia composición «Indelible and Nocturnal», «Lover» de Rodgers y Hart y «When It’s Sleepy Time Down South», la cual es tratada con el mismo estilo viejo como «Bourbon Street Parade» de Paul Barbaris. Cada pieza recibe su propio tratamiento y desarrollo musical.

TUNE IN TOMORROW, THE ORIGINAL SOUNDTRACK (1991): las composiciones realizadas para esta película ponen de manifiesto el apego a la tradición tan proclamado por el trompetista. Se escucha una auténtica música de desfile callejero de Nueva Orleans, piezas que suenan como dixieland de los años treinta (y que así evocan claramente el ambiente de los locales del barrio francés), arreglos estilo Ellington («Big Trouble in the Easy») o reminiscencias de Mingus («Crescent City Crawl»). Se luce más como arreglista y compositor que como trompetista. Acompaña a los cantantes Shirley Horn y Johnny Adams.

SOUL GESTURES IN SOUTHERN BLUE VOLS. 1-3 (1991): Tres nuevos álbumes seriados dedicados a la tradición del blues sureño: Volumen 1, Thick in the South (con Elvin Jones y Joe Henderson); Volumen 2, Uptown Roller (el lado espiritual del blues sofisticado); y Volumen 3, Levee Low Moan (una grabación complementaria del espléndido The Majesty of the Blues.

Y sólo comenzaba…

VIDEO: Second Line (Joe Avery’s Blues) – Wynton Marsalis Quintet featuring Hank O’Connor and Frank Vignola, YouTube (Wynton Marsalis)

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PATRICIA HIGHSMITH: EL SHOCK DE LA NORMALIDAD (II)

 Por SERGIO MONSALVO C.

 

EL LUGAR DEL CRIMEN (PORTADA)

 

LA CONVERSIÓN CRIMINAL

Desde Extraños en un tren hasta Ripley Under Water (Ripley bajo el agua, 1992), su trigésima novela, en el comienzo de las narraciones de Patricia Highsmith  aparentemente no sucede nada, hasta ya muy avanzado el relato. Es precisamente en esta inocuidad cuando se debe estar más alerta.

Los momentos cruciales son esos largos tramos que al parecer no llaman la atención, porque marcan el desarrollo de algo que va creciendo, primero lento y más tarde más aprisa y apremiante, hasta convertirse en algo monstruoso: «Soy propensa a escribir libros cuyo principio es lento, y en el cual el lector adquiere un conocimiento total del héroe-criminal y de la gente que lo rodea. Sin embargo, la mayoría de mis principios lentos, incluso tediosos, están escritos con una prosa bastante nerviosa […] Considero, como lo dijo un dramaturgo, que una obra de teatro debería empezar lo más cerca posible del final del argumento. Ésta es una antigua norma del teatro. Cuando escribo libros, me quedo con una solución intermedia, conscientemente, porque he estudiado dramaturgia, y porque me gustan los principios lentos.” Los ejemplos abundan.

En Extraños en un tren alguien se deja implicar en la fantasía criminal de otro y, al final, en un asesinato; en The Sweet Sickness (Ese dulce mal, 1953), un joven científico que pasa por muy formal se convierte en doble asesino por querer eliminar una idea insoportable.

En A Suspension of Mercy (Crímenes imaginarios, 1965), un literato de poco éxito simula el asesinato de su esposa, que se ha ido de viaje, luego la persigue, acosado por la policía, familia y amigos. Tras la muerte accidental de aquélla, asesina, siguiendo una inspiración repentina, al hombre que era el amante eventual de ella. Finalmente, el asunto es tan problemático que nunca le pueden probar los hechos.

En The Story-Teller (Dulce ilusión, 1961) hay letargo y falta de resolución. Un novelista estadounidense enviado a Túnez para escribir un guión se queda más tiempo del necesario sin saber por qué. Está aislado, la cultura árabe le da miedo, se encuentra aburrido y frustrado. Se mantiene el suspense construyendo la narrativa como una serie de ilusiones –promesas de acción definida y reconocible, de emociones conocidas– que se disipan, al grado de que no sabe si es o no un asesino.

En Found in the Street (El hechizo de Elsie, 1987), pese a estar ubicada en el Nueva York tan colmado de estímulos, la historia avanza despacio de un encuentro fortuito a otro sin propósito aparente, hasta un asesinato que es el primer suceso verdadero del libro.

Todos estos son ejemplos de thrillers con una visión psicológica que sabe que las acciones humanas se determinan de manera múltiple, por motivos conscientes. Uno los subordina en forma habitual a la libre voluntad, pero en el ínterin pueden sufrir modificaciones instintivas e inconscientes.

En estas novelas la normalidad es el punto de partida, pero resulta engañosa y ya no vuelve a restablecerse, creando así nuevas perspectivas menos optimistas y más inquietantes. Según eso, la conducta humana debe juzgarse de otra manera que la maniquea.

Tiene su lado social adaptado, pero también otro oculto que con frecuencia está en contradicción. Por eso no existe una continuidad digna de confianza. Las tendencias extrañas del yo pueden sorprender a la persona en un ataque súbito a la psiquis o desquiciarla por medio de una presión lenta y constante.

Sin embargo, ¿es la persona consciente responsable de una acción en la que sólo participa de forma inconsciente? ¿No existimos todos en distintas personalidades parciales y no nos desgarran las contradicciones?

 

 

 

 

*Fragmento del ensayo “Patricia Highsmith: El Shock de la Normalidad”, contenido en el libro El Lugar del crimen, de la editorial Times Editores, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

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El lugar del crimen

(Ensayos sobre la novela policiaca)

Sergio Monsalvo C.

Times Editores,

México, 1999

 

 

 

ÍNDICE

Introducción: La novela policiaca, vestida para matar

Edgar Allan Poe: La poesía en el crimen

Arthur Conan Doyle: Creador del cliché intacto

Raymond Chandler: Testimonio de una época

Mickey Spillane: Muerte al enemigo

Friedrich Dürrenmatt: El azar y el crimen cotidiano

Patricia Highsmith: El shock de la normalidad

Elmore Leonard: El discurso callejero

La literatura criminal: Una víctima de las circunstancias

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REZA EL GLOSARIO: ADAGIOS

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(PARA EL SIGLO XXI)

Un adagio es la imagen del futuro en el horizonte, con todo lo que representa como metáfora. Ésta siempre irá acompañada de música en la imaginación, de la música que a cada uno le provoque esa fantasía.

Un adagio es un término musical que tiene varias acepciones. Como referencia a una indicación del tempo o al movimiento de una pieza musical, cuyo tempo es lento (por lo general se llama así al segundo o tercer movimiento de una sinfonía o un concierto).

Entre los ejemplos más famosos de tal término en épocas pasadas están, por mencionar algunos: la Sonata para piano Núm. 14 en do sostenido menor de Beethoven; el Concierto para piano núm, 2 en do menor op. 18 de Rachmaninoff o el Concierto para piano en sol de Ravel.

En el rock las muestras de adagios para el presente siglo aparecen en los discos de Chris Isaak, Always Got Tonight; The Raven, de Lou Reed; Illinois de Sufjan Stevens, el primer álbum de los Fleet Foxes; The Rising de Bruce Springsteen, Essence de Lucinda Williams o Some Old Man de John Hiatt, entre muchos otros.

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En el caso del jazz, quienes quisieron expresarse sobre  ello escogieron a tres representantes cuyo talento había superado los límites del género e introducido referencias nuevas en él. Se trató de Bill Frisell, Don Byron y Astor Piazzolla (ya desaparecido), mismos que aportaron a estos adagios elementos como la evolución, los acentos trágicos, la melancolía, redefiniciones de conceptos como “fusión” o “raíces”, y sobre todo la maestría para irradiar luz a la naciente centuria.

Así nació Adagios Siglo XXI, una compilación hecha para el sello Nonesuch en el primer año de tal siglo. En ella aparecen algunos grandes de la música clásica contemporánea como Philip Glass, John Adams, Steve Reich, Samuel Barber o Henryk Górecki, además de los ya mencionados. Están juntos en una producción integrada por obras que serán, para las nuevas generaciones, el estandarte del nuevo milenio.

El material ofrece acentos trágicos, armonizaciones con el minimalismo, el blues, el jazz, así como soundtracks de música majestuosa, envolvente, impregnada de misterio y por un distintivo mosaico sonoro de marcada intensidad, al que se agregan el Kronos Quartet, Gidon Kramer (y su violín vanguardista) o la soprano Daen Upshaw.

Sí, en los albores de la centuria aparecieron todos estos adagios, para el absoluto placer de todos los escuchas.

VIDEO SUGERIDO: Fleet Foxes – White Winter Hymnal (Live at Down The Rabbit Hole, Beuningen – 24-0-2017), YouTube (strangedaysindeed9)

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SIGNOS: BIG BOPPER

 Por SERGIO MONSALVO C.

 

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El músico y cantante texano Jiles Perry Richardson (nacido el 24 de octubre de 1930), conocido a veces como Jape Richardson y, finalmente, como The Big Bopper, como él mismo se nombraba, era disc jockey y director de programación en la radiodifusora KTRM en Beaumont, Texas. Escribía canciones en sus ratos libres y había editado un par de sencillos que no provocaron reacción alguna.

Por ese entonces, se tuvo que enrolar dos años en el ejército estadounidense, y a su regreso volvió a la carga con otras canciones escritas por él que se imprimieron en un sencillo, que en la cara A contenía “Purple Poeple Eater Meets the Witch Doctor” y, en la B, la que le daría fama mundial y un sitio entre los diez primeros lugares del Hit Parade: “Chantilly Lace”, aparecida en noviembre de 1958.

La canción trata acerca de un joven que recibe una llamada telefónica de su novia, y en un off dentro de la conversación enlista las cosas que le gustan de ella, las cuales para él hacen que el mundo siga girando:

Chantilly lace and a pretty face
And a pony tail hangin’ down
A wiggle in her walk and a giggle in her talk
Make the world go ‘round.

El tema, por cierto, comienza con un alargado y exagerado saludo:

«HEELLOOO BAABY!»

Tras su sorprendente éxito, otras canciones suyas se harían conocidas “White Lightning” con el cantante country George Jones en la marca Mercury, y “Running Bear”, grabada por Johnny Preston.

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En sus presentaciones con “The Big Bopper Wedding”, el show donde era protagonista, usaba un sombrero texano de ala ancha y un saco a rayas que le llegaba abajo de las rodillas (por la influencia pachuca). Su voz era grave y resonante y tenía un talento natural para divertir al auditorio con su estilo. Fue por ello que la empresa de espectáculos GAC lo contrató para lo que consideraban sería una exitosísima gira “Winter Dance Party”.

A través de los diferentes biógrafos, y de las notas aparecidas en los periódicos de esas fechas, se puede saber que durante los primeros días de febrero de 1959, el espectáculo de dicha compañía recorría la carretera llevando una buena carga de rock and roll, cuyos intérpretes sentían ya los estragos del clima y el cansancio tras muchas presentaciones.

El Medioeste de la Unión Americana era una zona donde se daba buena acogida a los rocanroleros, sin embargo, entre cada una de las presentaciones había que desplazarse a largas distancias dentro de camiones no siempre en las mejores condiciones mecánicas. Tras la avería de uno de estos vehículos, uno de los músicos de la troupe tuvo que ser hospitalizado por congelamiento.

El cansancio, el frío, la incomodidad y la suciedad preocupaban a Buddy Holly –uno de los integrantes de tal troupe— cuando llegaron a Clear Lake. El siguiente concierto sería en Fargo, North Dakota, al día siguiente. Setecientos kilómetros por carretera. Era demasiado.

Así que Holly propuso a dos de sus acompañantes que alquilaran una pequeña avioneta para llegar a Fargo con rapidez, lo cual les permitiría descansar y dejar que una lavandería se ocupara de sus trajes mientras esperaban la llegada del autobús con sus compañeros. Wylong Jennings —bajista— y Tommy Allsup —guitarrista— (los miembros de su grupo) aceptaron compartir los gastos del viaje.

Cuando Big Bopper se enteró de los planes de Holly y sus músicos, pensó que tal vez podría encontrar un hueco en el avión. Dada su gran estatura no podía acostumbrarse a la estrechez de los asientos del autobús. Además, estaba resfriado, razón por la cual Jennings —que años más tarde triunfaría en el campo de la música country— le cedió su puesto en la avioneta.

Tommy Allsup recibió la misma petición por parte de Ritchie Valens. Allsup no quería, pero finalmente accedió a jugarse el lugar en un volado. Ritchie ganó.

Así, la noche del 2 de febrero de 1959, después de presentarse en el Surf Ballroom de Clear Lake, los tres rocanroleros se trasladaron a Mason City, donde conseguirían una avioneta. Al despertarse la mañana siguiente, el tiempo era malo, nevaba. Sin embargo, alquilaron una Beechcraft Bonanza y la abordaron festivamente y ansiosos de llegar a Fargo.

El vehículo, de cuatro plazas y un solo motor, llevaba apenas unos minutos volando, y a sólo unos trece kilómetros del aeropuerto, cuando cayó. Todos los ocupantes —incluyendo al piloto Roger Peterson — murieron. Buddy Holly tenía 22 años, Ritchie Valens 17 y Big Bopper 28.

Este último tuvo, además, una historia rocambolesca después de su muerte. Se especuló sobre su real fallecimiento (de un disparo), e incluso acerca de que había salido muy grave del accidente e intentado caminar y pedir ayuda. A instancias de la familia se exhumó el cadáver y se comprobó que tales teorías eran falsas. En el ínterin, algún listillo, incluso, trató de vender el ataúd desechado a través de e-Bay.

Esta tragedia marcaría uno de los hitos en la historia del rock. Muchos sentenciaron la muerte del género, igualmente. Años más tarde, el cantautor Don McLean lo cantaría en su canción más conocida, “American Pie” (que se conocería popularmente como “El día en que la música murió”). El rock resurgiría de sus cenizas, en la primera de otras muchas ocasiones.

VIDEO SUGERIDO: Big Bopper – Chantilly Lace, YouTube (norton771)

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