1954

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA HUELLA DEL INSTINTO

Varias de las músicas populares más ricas en el mundo se han nutrido en el delta del río Mississippi, oponiéndose a su flujo para avanzar hacia el Norte, adoptadas por las clases trabajadoras en el corazón industrial del Oeste Medio, y luego conquistando los gustos populares de aquella nación y luego los del mundo entero.

El rock siguió esa ruta. Surgió del corazón de los antiguos estados confederados y subió por el río antes de extenderse por todo el planeta. Pero los comienzos fueron espinosos. Antes del rock hubo música blanca, por una parte, y música negra, por otra.

La música blanca era cantada por Frank Sinatra, Patti Page y las Andrews Sisters. Emanaba de una industria de consideración promovida de manera eficiente por una red internacional de medios centralizada en la capitalista ciudad de Nueva York.

La música negra era cantada por Howlin’ Wolf, Furry Lewis y Ma Rainey.  Se trataba de un producto orgánico compuesto de esclavitud, algodón y puré de papas; su centro era Beale Street. Alejándose sólo un paso de los campos de algodón, era funky; su disponibilidad comercial se limitaba a los esfuerzos de un puñado de empresarios blancos que se ganaba la vida vendiendo música negra a un mercado de negros pobres. El más importante de aquéllos fue Sam Phillips.

Éste poseía las calificaciones ideales para instigar una revolución.  Nació en Alabama y se crió entre los campos de algodón. Desarrolló una pasión hacia la música negra que formaba una parte integral de la vida agraria en el delta y hacia la gente que la producía.  Consiguió trabajo como deejay en Memphis.

En 1952 fundó su propia compañía, a fin de grabar y promover la música negra. Según Tennessee Williams, esto comenzó en el lobby del hotel Peabody en Memphis, donde Phillips trabajaba anunciando a los grupos de baile locales. Bautizó su compañía Sun Records y editó para el mercado negro canciones de rhythm and blues interpretadas por talentos negros desconocidos, como B.B. King, Ike Turner y Junior Parker. Fue el amanecer de una nueva era.

De no haber hecho Sam Phillips más que cultivar su gusto por la música negra habría sido relegado al mismo olvido al que aquella época condenaba a los artistas grabados por él. El secreto del éxito de Phillips no radicó en su devoción del genio negro, sino en su conocimiento del gusto blanco, para el cual Sun Records produjo una serie de clásicos country.

La aplicación dada por Phillips al ritmo negro fue una mera extensión de su dominio de las preferencias musicales blancas; fue él quien hizo el comentario más famoso acerca del rock, antes de que hubiera rock: “Si encontrara a un muchacho blanco que supiera cantar como negro, ganaría un millón de dólares”.

Phillips no sólo creció con los negros del delta, sino también con los blancos de la región: la “basura blanca” pobre, los racistas rednecks, los inofensivos campesinos. Las tradiciones folk y country de los pioneros anglosajones convergieron en él con los ritmos africanos de los esclavos sureños, conjunción fomentada por una generosa cantidad de codicia. Phillips encontró a su muchacho blanco en la persona de Elvis Presley.

A los 19 años, Elvis grabó su primer disco profesional para Phillips, el 6 de julio de 1954. La Suprema Corte había hecho su fallo en el caso Brown vs. Board of Education (sobre la admisión de negros en las escuelas) seis semanas antes. Las Sun Sessions de Elvis constituyen un reflejo más certero de la corriente que atravesaba los Estados Unidos.

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[(VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley – Live – That’s Alright, Mama (16 october 1954) – Hayride, YouTube (Andrew Butler)]

El camino por el que la música negra sería injertada con el gusto blanco ya estaba trazado. Era la ruta de siempre: río arriba el Mississippi hasta las ciudades del Oeste Medio. El mismo año en que Phillips fundó Sun Records, Alan Freed, un deejay de la WJW de Cleveland, descubrió que su auditorio de adolescentes blancos estaba enloqueciendo con discos negros nunca antes programados para un público blanco, con canciones como “Sixty Minute Man” (1951) de Clyde McPhatter y los Dominoes.

En forma independiente el uno del otro, Freed y Phillips comprendieron que los Estados Unidos de los blancos estaban ansiosos por ser arrebatados por una marea de nuevos ritmos, y se aprestaron a proporcionar al mercado lo que pedía: un ritmo negro de imitación blanca en el caso de Phillips; un auténtico ritmo negro incluido en la programación “blanca” de Freed.

En 1954 la figura de Elvis, desde el momento de su aparición en la escena musical, se constituyó en un icono cultural generador de tópicos. El del peinado, el movimiento de los labios, el uso de la ropa, el micrófono, la postura en el escenario, la guitarra como escudo, lanza y estandarte, los movimientos corporales, la estridencia del rock & roll star, la vida como tal, etcétera, etcétera.

Con él comenzó prácticamente todo y de él derivó también prácticamente todo. Las leyendas surgidas del género en uno o varios aspectos lo tienen a él como referencia definitiva. Es el hito y el mito por excelencia.

Elvis Presley cambió el rumbo de la música en los estudios Sun Records al mezclar el country (hillbilly) con el temprano r&r de Bill Haley. Con un estilo de guitarras veloces, con un ritmo nervioso, con acento en el beat (mediante el hit hat de la percusión), remarcado con una distintiva línea de bajo hecha con la mano abierta en las cuerdas del contrabajo (el famoso slap); de cuando técnicamente, la voz se matizaba con el hipeo (o hic up del vocalista).

Como ya dije, al comienzo de los años cincuenta del siglo XX, las baladas y los cantantes melódicos del pop dominaban la escena musical estadounidense. Sin embargo, los adolescentes blancos estaban tan necesitados como dispuestos a oír una música que expresara cómo se sentían (los negros ya lo hacían con el rhythm & blues).

En julio de 1954, Elvis Presley, que en ese momento tenía 19 años de edad, se encontraba grabando las piezas “That’s All Right, Mama” y “Milkcow Blues Boogie” y todo iba a cambiar.

En algún instante de dichas legendarias sesiones, Elvis se detuvo después de ocho compases de una versión hillbilly de “That’s All Right, Mama”: “¡Alto, alto, amigos –dijo a sus acompañantes–, esto no me conmueve. Vamos a clavarnos de verdad!”. Cambió el tempo, la velocidad y el swing y nació así una nueva música. Elvis dejó en ese histórico parpadeo de ser el cantante country que sometía cada nota a la delicadeza del gusto blanco, para transformarse en Elvis The Pelvis. La motivación para hacerlo fue su deseo de ser conmovido, de dar rienda suelta al instinto: primer pilar ontológico del rock & roll.

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CREAM

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL PODER ETERNO

Los Bluesbreakers serían un semillero inacabable de buenos discos de blues, de músicos de todas las especialidades, con John Mayall como guía visionario. En ese grupo Eric Clapton se convirtió en el primer héroe de la guitarra, con el tan ansiado carisma mediático, además. Los retos le comenzaron a saltar a la vista para dar lustre a su legitimación.

Reflexionó, y lo hizo bien, que en la aventura necesitaba compañeros generacionales, los mejores, para proporcionarle una imponente base rítmica, material y los elementos que necesitaba para plasmar, con un nuevo lenguaje, aquellos sonidos que traía en la cabeza. Una dotación de trío sería lo indicado.

 “Opté por los bluesmen (Big Bill Broonzy, Skip James, Otis Rush, Freddie King, etcétera) como raíces y me zambullí en aquel mundo nuevo para mí. Luego me entusiasmé con Robert Johnson y B. B. King, desde entonces no he cambiado. No ha habido mejores guitarristas de blues en el mundo entero. Ahora siento una gran influencia de la música india, no estructuralmente, sino por su atmósfera e ideales.  He abierto mi mente al hecho de que no se necesita tocar con arreglos previos y que se puede improvisar todo el tiempo. Y ése es el punto al que quiero llegar“, dijo entonces.

Así, Eric Clapton concibió el concepto estético del grupo como un trío de blues que interpretara piezas largas y eléctricas al estilo de B. B. King y se mantuviera en el gusto de los aficionados al género. No obstante, el éxito de Cream (en realidad un supergrupo merecedor de tal nombre) rebasó incluso las fronteras de la imaginación más desatada.

Si bien su existencia se redujo a dos años, el tríptico representó el prototipo del grupo de rock exitoso y “moderno” de los años sesenta, el “Power Trio”. Caracterizado por un volumen fuerte, basado en el blues, audaz en el aspecto instrumental (imbuido en el jazz del que 2/3 de sus componentes eran originarios) y muy rítmico.

Cream conquistó al mundo con sus bombásticas y largas interpretaciones en vivo, que abrieron el camino para un gran número de formaciones, incluyendo a Led Zeppelin —Page había sido amigo, colaborador y fan de Clapton por varios años—, Mountain y los heavymetaleros de la era del rock de estadio.

De tal modo, el conjunto fue fundado a mediados de 1966 por tres experimentados jóvenes de la escena londinense. Jack Bruce (bajo, armónica y voz) y Peter “Ginger” Baker (batería y voz) habían constituido la sección rítmica de Alexis Korner a fines de 1962 y tocaron con Graham Bond de 1963 a 1965; Bruce fue brevemente compañero de Clapton en la agrupación de John Mayall en actuaciones off-record.

Respaldado por el sello Reaction del empresario Robert Stigwood, el trío sacó a la luz el sencillo “Wrapping Paper”, composición de Bruce y Pete Brown (poeta, multiinstrumentista y muy solicitado letrista surgido del underground londinense, amigo de Bruce desde los tiempos de la Graham Bond Organization), una pieza de tintes surrealistas.

En el dorso del mismo presentó “Cat’s Squirrel”, un escaparate para la armónica de Bruce, basado en un blues tradicional de Dr. Ross. La pieza “I Feel Free”, cuyo chispeante solo de Clapton la convirtió en una de las favoritas del público en los conciertos, fue el primer hit del trío en Inglaterra.

A continuación editaron el álbum Fresh Cream (1967), en el que combinaron temas clásicos del blues con una caprichosa lírica (con la psicodelia en efervescencia) y grandilocuentes solos.

La asiduidad de las presentaciones en vivo efectuadas en la Gran Bretaña tras el debut discográfico, con récords de asistencia y sobrecupo en lugares como el Club Marquee, le otorgaron a Cream un sonido pleno, coherente y sólido, en una comunión total entre los músicos muy bien plasmada en “Strange Brew”, track en que las letras de Pete Brown se fundieron con la guitarra intensa y explosiva de Clapton, distinguida por un uso sobresaliente de los efectos wah-wah.

Se trató de un adelanto del LP Disraeli Gears (1967), disco que puso de manifiesto la irradiación hendrixiana en Clapton —no sólo en lo musical y amistoso: se rizó el pelo a la afro al estilo de Jimi— y que incluyó la extasiada y emblemática pieza “Sunshine of Your Love” (y su riff clásico) y la no menos excitante “Tales of Brave Ulysses” (en cuyo texto se basó el dibujante Martin Sharpe, de la subterránea revista Oz’s, para hacer la portada del disco).

[VIDEO SUGERIDO: CREAM – White Room Live, YouTube (creamer1968)]

Con la primera gira estadounidense del grupo, a mediados de 1967, el énfasis en el trabajo de Cream se alejó de la elaboración minuciosa de canciones en el estudio, colocándose, por el contrario, en maratónicos y virtuosos conciertos, en lugares inmensos y con miles de escuchas como el Fillmore West.

Los pubs londinenses y las salas pequeñas quedaron atrás para siempre.  En sus mejores momentos, estos eventos daban lugar a una regocijante, larga y estimulante improvisación colectiva, la cual les ganó la mayor fama y la reescritura de la enciclopedia del rock.

La preparación de su segundo disco se pensó así, mientras estaban en Nueva York. Las grabaciones en vivo incluidas en Wheels of Fire (1968) tuvieron su punto culminante en una versión de “Spoonful” de Howlin’ Wolf, armada en torno a una fina estructura y alargada a 15 minutos de duración.

Wheels of Fire fue un álbum doble cuya mitad de estudio incluía el gran tema de Bruce y Brown “White Room”, “Politician” de Clapton y “Pressed Rat and Warthog” de Baker. Tal disco (otro clásico) fue la cumbre artística del grupo y su culminación.

Al poco tiempo de ser editado, Cream sucumbió ante las presiones externas del éxito y las distensiones internas (la magalomanía de estos semidioses acabó con la diversión: Bruce y Baker no dejaban de pelear). Luego de una extensa y combustible gira por los Estados Unidos todo finalizó para el trío en un concierto de despedida realizado en la Royal Albert Hall de Londres. Esto fue a finales de 1968, el 26 de octubre para ser más preciso.

Los músicos se vieron obligados a admitir que se programara un segundo recital cuando se agotaron las localidades para el primero en un par de horas. En dichas actuaciones, su repertorio incluyó una selección de temas exitosos, entre ellos “White Room”, “I’m So Glad”, “Sitting on Top of the World”, “Crossroads”, “Toad”, “Sunshine of Your Love” y “Steppin Out”.

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Las cámaras cinematográficas estuvieron ahí para recoger el acontecimiento para la posteridad, mismo que emitiría la BBC. La película resultante, El último concierto de Cream (Cream -The Last Concert), dirigida por Tony Palmer,  incluía entrevistas con cada uno de los músicos así como la filmación del concierto. (En el 2005 el grupo volvió a reunirse en el Royal Albert Hall para cuatro conciertos, excepcionales por seguir manejando el poder a plenitud y por la madurez de su virtuosismo. Fue la última vez que tocarían juntos).

Particularmente atractiva resultó en ella, además de lo mencionado, una corta secuencia en la que Jimi Hendrix de manera espontánea interpreta una versión explosiva de “Sunshine of Your Love”, durante un concierto en la televisión, como tributo al grupo.

La idea de tocar para ellos mismos tanto como para el público —como definiera Eric sus actuaciones— había sido algo sin precedentes en el mundo rocanrolero. A Clapton, Bruce y Baker les gustaba impresionarse los unos a los otros con su virtuosismo y técnica, sobre todo en sus presentaciones públicas (Clapton tocaría para los Beatles el famoso solo de “While My Guitar Gently Weeps”, como ejemplo de los mismos).

Por aquel entonces un número en escena era breve por lo regular. Pocos grupos contaban con la habilidad o la inventiva necesaria para permitirse una improvisación excesiva. Cream lo hacía y en abundancia. La palabra clave de su credo era ésa: improvisación. Una improvisación más allá de lo hecho por cualquier grupo de rock; más allá del blues en el que se fundamentaban.

Cream fue auténticamente progresivo en este sentido, siempre mantuvo el impulso de crearlo todo en escena: un apabullante y omnipresente bajo o armónica acompañaban la poderosa y bluesera voz de su dueño, al tiempo que una tormenta de tambores despertaba los impulsos, seleccionándolos y exprimiéndolos hasta la incandescencia, mientras la guitarra hacía lo propio hipnotizando la imaginación del público. Lo hicieron hasta la saciedad.

Si bien los músicos estaban saturados, el caso de la disquera era otro. Goodbye Cream (1969) juntó material en vivo (del Fillmore angelino) y canciones nuevas como “Badge”, la cual fue coescrita entre Clapton y su amigo del alma George Harrison, quien interpretó la guitarra rítmica en el track y cuyo crédito quedó oculto con el seudónimo de L’Angelo Misterioso, por cuestiones contractuales. Dicho material fue seguido en 1970 y 1972 por dos volúmenes más: Live Cream I  y II.

Mientras tanto, los integrantes del trío emprendieron un camino distinto. Jack Bruce retornó a las huestes jazzísticas y a infinidad de proyectos (y así se mantendría hasta su fallecimiento en noviembre del 2014).

Clapton y Baker, por su parte, no habían quedado tan hartos uno del otro y siguieron hablando de planes. No era cosa de mantenerse estáticos en un año en que los Beatles realizaban su última actuación en público, en el techo de la Apple Records; cuando el Concorde aparecía en el mundo y el hombre llegaba a la luna o se realizaba el Festival de Woodstock. No, no era tiempo para estarse quieto. Y no lo harían. Cream, por su parte, había quedado en el Olimpo para siempre.

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[VIDEO SUGERIDO: Cream – Sunshine Of Your Love (Farawell Concert – Extended Edition) (1 of 11), YouTube (theeschrimpking)]

 

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68 rpm/32

Por SERGIO MONSALVO C.

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Es fantástica la cantidad de crudeza emocional que contiene el blues. Y es precisamente esa crudeza el factor que ha permitido que lo mejor de la música negra haya rebotado de manera productiva en las cámaras de eco de la cultura media mundial desde fines de los años cincuenta.

La música negra es en esencia la expresión de una actitud o un cúmulo de ellas acerca del mundo, y de manera secundaria acerca del modo en que la música se produce. El músico blanco de blues vino a entender dicha actitud como una forma de vivir y de hacer música, y la intensidad de su entendimiento produjo —y sigue produciendo— la gran marea de ellos.

El fin del blues, como toda forma artística, es hacer partícipes a todos de sus emociones, y las voces inglesas lo han hecho a la perfección desde su acercamiento al género. Para la juventud europea, en particular de la Gran Bretaña, el atractivo de dicho género iba ligado, con la individualización que permitía, al concepto muy en boga de la persona que se ha formado a sí misma.

Bajo las circunstancias en las que vivía aquella zona del planeta, el blues actuó entonces como un detonador, exaltando la pasión que vegetaba en los adolescentes británicos que habían existido hasta ese momento con la rigidez moral heredada de la época victoriana y acendrada por la guerra.

Asimismo, con un marcado decaimiento económico y una vida social constreñida por las restricciones que acarreaban los perjuicios duraderos de la sociedad inglesa. El origen social de algunos jóvenes británicos facilitó su orientación hacia el blues.

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FLEETWOOD MAC

FLEETWOOD MAC

(Blue Horizon)

A los ingleses les gustaba la música y cantar, pese a la situación del país. Lo hacían a la salida del trabajo, de las escuelas, en las repletas mesas de un pub. Tocaban y cantaban canciones tradicionales y también las que llegaban de la Unión Americana, que aparecían por ahí en algún lado gracias a las jukeboxes.

Así se aficionaron por esos sonidos, por esa vitalidad y energía. Descubrieron a Muddy Waters, a Howlin’ Wolf, lo mismo que a Elmore James: o sea, el blues eléctrico de Chicago. Pero también se dieron cuenta de que podían tocarlo y cantarlo.

Todas aquellas noches les sirvieron para autoinstruirse en los misterios del género y de su interpretación. Así fue que surgió el grupo Fleetwood Mac, reunido por el baterista del mismo nombre y el bajista John McVie. Una poderosa sección rítmica que se desempeñaba en la academia de los Bluesbreakers de John Mayall.

Y aunque ellos lo habían formado, el nuevo grupo se sustentaba en las artes de otro egresado de tal escuela: Peter Green (guitarrista que había sustituido sin contratiempos a Eric Clapton). Entre los cóvers de sus ídolos y piezas originales armaron en el temprano 1968 su primer disco, homónimo, en el que destacó su amor por el blues bajo la batuta de Green.

Un intérprete que sobresalía por sacar las notas prístinas, transparentes y con una virtuosa austeridad. “Tengo la corazonada de que el blues es mi único camino”, cantaba en “Looking for Somebody”. Y lo fue.

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Personal: Peter Green, guitarra, voz y armónica; Mick Fleetwood (batería); John McVie, bajo, Jeremy Spencer, voz, guitarra slide y piano. Portada: Realizada por los artistas gráficos de la compañía dicográfica.

[VIDEO SUGERIDO: Looking for Somebody – Peter Green’s Fleetwood Mac, YouTub (IceCubeJohnson)]

 Graffiti: “Todo el poder a las asambleas (un rabioso). Poco poder a los rabiosos (un asambleísta)

PLASTER CASTER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ARTE GROUPIE

Su historia es de lo más fascinante. Se inició hace unos setenta años con la música como pretexto y desde entonces, con cada época, hay un giro de tuerca en su andar y en cuya espiral aparece un nuevo agregado al fenómeno. Comenzó como un acto de amor y hoy es un oficio bien recompensado: las groupies.

Su arco vital, al que no llamaría evolutivo, sino circunstancial, comenzó con la rosa inocencia de la fan, siguió con la fantasía de la admiradora que intimaba sexualmente con su ídolo, amante temporal y de ahí derivó en mil y un sustratos: como acompañante, confidente, amiga, madre, enfermera, novia, secretaria, contadora, agente y hasta esposa.

Como en todas las cosas de la vida en ello también ha habido clases y jerarquías. Desde hijas del proletariado hasta de la aristocracia y la plutocracia; desde escolapias y meseras hasta miembros del jet set internacional y hollywoodense. Sus edades de  ejercicio: entre los catorce y los treinta años más o menos.

E igual que como en todas las cosas hay un génesis, en esta historia el comienzo se dio con Elvis Presley y los baladistas sucedáneos. Muchos gritos, pero lo demás muy medido, muy secreto (casi todas eran menores de edad y las penas por trasgredir los límites demasiado altas social y judicialmente).

Luego llegaron los sesenta y la beatlemanía. La palabra fan cobró otro significado. Hubo histeria y la creación de clubes y de revistas. La comunicación entre ellas y los artistas se hizo intensa. Llegaron a saber más de sus ídolos que ellos mismos sobre sí.

Algunas destacaron sobremanera por sus acciones y hasta fueron protagonistas de canciones (“She Came In Through the Bathroom Window”, de McCartney, “The Apple Scruffs” de Harrison). Fue la cúspide del fanatismo rosa.

Pero luego llegaron las de los Rolling Stones y aquello comenzó a tomar otros derroteros. Así lo describió Keith Richards: “Cuando tienes a tres mil mujeres delante y arrancándose las pantaletas para lanzarlas hacia ti, te das cuenta de la fuerza increíble que has desatado: todo lo que les habían enseñado a no hacer jamás podían hacerlo en un concierto de rock and roll”, a lo que yo añadiría en el backstage, en los camerinos, en los hoteles, en los aviones, en los tours, en las residencias de los integrantes del grupo, etcétera.

¿Por qué lo hacen? Por admiración, por enamoramiento, por fama, por trepadoras, por diversión, por salirse de su casa, por infligir las reglas, como escape, por reafirmación, por promiscuidad, por las bajas exigencias, por snobs, por gusto, por el wannabe, como misión, por poder, por glamour, en fin, cada una tiene su propia razón o sinrazón.

(Actualmente, de la música han brincado a prácticamente todo acontecer social. Las hay de los deportistas, de los pintores, escritores, de los presentadores de televisión y hasta de los astronautas, en fin, de cualquier famoso. Aunque éstos ya se han vuelto muy cuidadosos con ellas por lo que a su imagen puedan afectar con las redes a su alcance).

Aquí es donde se abre una división tajante entre ellas: unas son las románticas, otras las pragmáticas, algunas son fatales y otras malvadas, la gama es muy amplia y el espacio para abarcarlas pequeño, así que siendo muy sintético y reductivo mencionaré a vuelapluma a las más destacadas históricamente.

[VIDEO SUGERIDO: George Harrison – Apple Scruffs/Beatles Fans Pics, YouTube (JackStarkey57)]

Entre las fatales están por supuesto Nancy Spungen (Sid Vicious), Coutney Love (Kurt Cobain), Anita Pallenberg (Brian Jones/Keith Richards). Entre las malvadas: Yoko Ono (que redujo a John Lennon a su mínima expresión) y Kelley Lynch, (que le robó a Leonard Cohen todos los ahorros de su vida).

Entre las pragmáticas más rentables están Pattie Boyd (Eric Clapton/George Harrison), Pauline Butcher (Frank Zappa), Pamela Des Barres (con todo un directorio de músicos en su haber), quienes se sostienen con los libros que han escrito sobre sus respectivos rockers, revelando a cuentagotas aquella relación en todos sus detalles y traicionando la confianza depositada en ellas.

De las pragmáticas glamourosas se puede citar a Kate Moss (Libertines), Pamela Anderson (Motley Crüe), Carmen Electra (Jane’s Addiction), Gwyneth Paltrow (Coldplay), hasta llegar a la cereza del pastel: Margarete Sinclair (luego Trudeau, como casada con el Primer Ministro Pierre Trudeau, que se hizo groupie de los Rolling Stones). Todas ellas con carreras de modelo, de actrices y Primera Dama (de Canadá), respectivamente.

Yo prefiero hablar de las románticas, de las que lo hicieron por amor, sin esperar nada a cambio; de las que acompañaron, trataron con cariño y acompañaron a los rockeros en su andar por los caminos; de las que sabían y se enteraban de cosas pero se las guardaban para sí.

Citar a las nobles y guerreras de los tiempos clásicos: Sable Starr, Bebe Buell, Lori Maddox y Geraldine Edwards, que fue la inspiración para el personaje de Penny Lane en la película Almoust Famous, de Cameron Crowe.

De Catherine James, Connie Hamzy, Cherry Vanilla, Dee Dee Keel, Margaret Moser, Patti Johnsen, Tura Satana, Patti D’Arbanville y Cassandra Peterson, de las GTO’s (que formaron este grupo a instancias de Frank Zappa), pero también de groupies contemporáneas como Mandy Murders, Lexa Vonn y The Plastics. Y una más, muy destacada por su bizarra labor a los largo de las décadas: Cynthia Plaster Caster.

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El culto fálico ha formado parte de las civilizaciones, tanto de la antigüedad como en las modernas. Actualmente, sus manifestaciones pueden encontrarse en diversas piedras, columnas, monumentos, esculturas (incluso en la decoración de algunas iglesias), galerías y museos (el arte de Lee Lozano, por mencionar alguno).

Tal costumbre se observó en Egipto, Grecia, el Medio Oriente, Mesoamérica y la India. Existe ahí un grupúsculo, la de las Saktas, que se dedica a la adoración del órgano masculino. En la Norteamérica primitiva el culto formó parte de algunas tribus, y su resurgimiento se dio en los años sesenta del siglo XX para continuar hasta nuestros días.

Por ejemplo: de todos los fetiches hendrixianos, la impresión en yeso de su erección debe ser el más extremo. “El Pene de Milo” lo llamó su dueña, Cynthia Plaster Caster, y fue eternizado en molde el 25 de febrero de 1968 en la habitación de Jimi en el hotel Conrad Hilton de Chicago entre dos presentaciones de la Jimi Hendrix Experience.

Fue el primer trofeo de Cynthia Albritton, que con el apodo “Plaster Caster” se acercó a Hendrix y éste aceptó la propuesta de inmediato. Cynthia llevaba un maletín con todos los utensilios necesarios (yeso, una sustancia llamada alginato, cucharas, vaselina, vasos de plástico, una espátula y un florero).

La idea era que Hendrix introdujera su miembro erecto en el florero lleno de alginato. Luego debía sacarlo justo antes de que perdiera la erección, y entonces había que llenar el hueco con yeso. Ella midió los ingredientes, tomó apuntes y produjo la erección. Métodos típicos de cualquier científico. El asunto desde luego alimentó la leyenda del guitarrista como dios del sexo.

Y así Cynthia continuó con su trabajo. Sin embargo, tuvo que vivir casi veinte años sin esa escultura ni las otras veinticinco erecciones de estrellas de rock, que había podido conseguir (de integrantes de los Animals, Raiders of the Purple Sage, Dead Kennedys, Jello Biafra, Elastica, Buzzcocks, Mekons, MC5, a Ministry y Momus, entre otros), debido a que al amigo al que se las había encargado mientras viajaba con algún músico, no se las quiso devolver. El largo pleito legal finalmente se decidió a favor de Cynthia, y después de muchos años de separación se volvió a reunir con ellas.

La idea para este hobby de groupie extravagante surgió cuando Cynthia estudiaba en la Universidad de Chicago. De tarea le dejaron sacar “una impresión en yeso de un objeto duro”. Su proyecto fue el más insólito de la clase. Unió su amor por el rock a su oficio artístico.

Hoy en día, cincuenta años después, Cynthia sigue dedicada a su pasatiempo, pero con menos frecuencia y lo ha ampliado a otras disciplinas (cineastas, actores y artistas plásticos). Es muy selectiva al elegir a sus objetos y sólo aborda a artistas cuyo trabajo admira.

Por el momento, Cynthia Plaster Caster expone sus esculturas en diversas galerías de Nueva York, y sus andanzas y tales puestas han sido objeto de documentales como Plaster Caster (2001, de Jessica Everleth) y My Penis and I (del 2005, para la BBC de Londres).

Asimismo ha sido personaje en un puñado de canciones como “Five Short Minutes” de Jim Croce, “Plaster Caster” de Kiss, “The Penis Song” de Momus y  “Nanny Nanny Boo Boo” de Le Tigre, entre algunas de ellas.

Tiene pensado publicar su autobiografía en un futuro próximo, y realizar una exposición itinerante a nivel mundial. Ella es el epítome de la groupie que no se conformó con un simple autógrafo y que elevó su admiración a la categoría de arte, por más bizarro que éste sea.

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[VIDEO SUGERIDO: The most famous rock groupies, YouTube (thequeenoftheporn)]

 

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68 rpm/31

Por SERGIO MONSALVO C.

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Álbum doble con el que The Animals cerraron un año intenso. Marcó igualmente la segunda disolución del grupo. A excepción de la original “I’m Dying (or am I?)”, el material se compuso de versiones como “Coloured Rain” de Traffic, “River Deep, Mountain High” de Phil Spector y “I’m an Animal” de Sly Stone, por ejemplo.

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LOVE IS

ERIC BURDON & THE ANIMALS

(MGM)

El lado D estuvo dedicado completamente al cóver de piezas del grupo Dantalian’s Chariot, del que procedían Zoot Money y Andy Summers (futuro miembro de Police).

Hay una colaboración especial en los coros de Robert Wyatt (Soft Machine), antes de su accidente. Una manera artística de cerrar un eslabón más en la carrera de The Animals.

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 Personal: Eric Burdon, voz y spoken word; Zoot Money, teclados y voz; Andy Summers, guitarra y coros; John Weider, guitarra; y Barry Jenkins, batería y percusiones. Portada: Hecha por los artistas gráficos de la compañía discográfica.

[VIDEO SUGERIDO: Eric Burdon & The Animals – I’m An Animal – 1968 45 rpm, YouTube (Sids60sSounds)]

Graffiti: “El acto instituye la conciencia

BOSTON

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EN LA CAVA DEL ROCK

¿Cuántos músicos en la historia del rock han podido darse el lujo de tomarse seis años para elaborar un disco que los deje satisfechos como artistas?  Obviamente muy pocos. Entre ellos destacó uno debido a su genialidad técnica y al purismo exagerado: Tom Scholz.

Scholz nació en Toledo, Ohio, un 10 de marzo de 1947 y se fue al noreste de los Estados Unidos para estudiar en el prestigiado Instituto Tecnológico de Massachusetts. Una vez graduado como ingeniero en la construcción de maquinaria fue contratado por la Polaroid Corporation, con el puesto de diseñador industrial y un sueldo anual de 25 mil dólares.

Así, mientras de día trabajaba en las cámaras automáticas, de noche lo hacía en un pequeño estudio de 12 tracks, construido por él mismo, para pulir sus ideas musicales junto con sus amigos Brad Delp, que tocaba la guitarra, las percusiones y cantaba; Barry Goodreau, la guitarra; Fran Sheehan, el bajo; y Sib Hashian, la batería y las percusiones. Él mismo, tocando la guitarra, el bajo y los teclados.

Actualmente, ni el propio Scholz ha sido capaz de definir concretamente la música que hizo el grupo: “La potencia probablemente derive de la música clásica, Beethoven y cosas así; el ritmo del rock and roll temprano y de los Kinks en sus inicios; y el sonido vocal típicamente armónico, de los Byrds y de los Hollies”, explicó en su momento.

Un colega de donde trabajaba lo convenció de proporcionarle una cinta grabada por él con su propio material, para mandársela a un pariente inmerso en el negocio de la música, de nombre Charlie McKenzie, quien a su vez estaba asociado con Paul Ahorn. Ambos quedaron encantados con la grabación y bautizaron al grupo formado alrededor de Scholz como Boston.

Cuando en 1976 apareció el primer disco, con el mismo nombre que el del grupo, todos se volvieron millonarios. En siete semanas alcanzaron la marca para el disco de oro, y en once la de platino, la canción “More Than a Feeling” se convirtió en un hit internacional. Y lo más asombroso de todo ello es que lo habían logrado casi sin promoción.

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La genialidad de Scholz fue reconocida como autor, arreglista, productor, guitarrista, tecladista e ingeniero de sonido; sin embargo, su tendencia maniática por el perfeccionismo excesivo sometió a todos los involucrados en el proyecto “Boston” a muy severas pruebas de paciencia.

La primera gira del grupo se realizó cuando el disco ya era de oro y el material alcanzaba para cubrir una hora y media de espectáculo. A pesar de ello, con las ventas millonarias el grupo se convirtió en uno de los pilares de la compañía Epic/CBS, lo cual le proporcionó a Scholz el espacio necesario y un estudio a su disposición.

Tras dos años, apareció en el mercado Don’t Look Back, su segundo L.P., con los mismos resultados. La compañía hizo de Tom Scholz su hijo predilecto y le amplió las concesiones esperando el siguiente producto, y esperó, y esperó… Cuando pasaron seis años se armó una bronca de grandes dimensiones.

Pese a los 15 millones de discos vendidos, Epic ya no lo toleró más y lo demandó por incumplimiento. Mientras tanto Boston cambió de compañía grabadora y se fue a la MCA/WEA. “Después de seis años musicalmente no sabía qué esperar –afirmó Scholz, por entonces–. Mi Único deseo era sacar un disco en el que no pudiera mejorar nada”.

En 1986 apareció por fin el tercer L.P., Third Stage, del que fue lanzada como sencillo la canción “Amanda”, que alcanzó rápidamente los primeros lugares de las listas del Billboard. El perfeccionista Scholz pasó más de 10 mil horas trabajando en este disco: “Third Stage era un disco que quería y tenía que hacer”, comentó el músico. “Todo lo que invento, lo que publico, lo hago con convicción, debe corresponder a mis ideales de calidad”.

BOSTON (FOTO 3)

Tras aquellos tres discos maravillosos Scholz se volvió a tomar grandes espacios de tiempo entre una producción y otra (tres más de estudio y una antología), con resultados menos espectaculares que los anteriores, pero con el amplio reconocimiento de los conocedores. Así, entre cimas y simas, muertos, heridos y desaparecidos, el grupo Boston continúa su andar cuatro décadas después, en busca siempre del mejor sonido.

VIDEO SUGERIDO: Boston – Amanda – HQ, YouTube (julianotro)

 

REMATE

68 rpm/30

Por SERGIO MONSALVO C.

68 RPM 30 (FOTO 1

Segunda obra del tríptico sesentayochero de The Animals. Un buen álbum de blues psicodélico (salpimentado con otros géneros afroamericanos) y experimental (con la inserción de diálogos y spoken word) bajo la directriz de Burdon, pero con nuevos integrantes –como Zoot Money– y la salida de otros –Briggs y McCulloch–.

68 RPM 30 (FOTO 2)

EVERY ONE OF US

ERIC BURDON & THE ANIMALS

(MGM)

El disco marca la firme incursión de Burdon en el comentario político, la crítica social y la lucha por las libertades del pueblo negro en los Estados Unidos de aquel año, en largas piezas conceptuales como “White Houses”, “The Immigrant Land”, “New York 1963-America 1968” o “Year of the Guru” (donde incluso se anticipa en el tiempo al rapear).

Un trabajo sofisticado, profundo y bellamente instrumentado en muchas de sus partes. Por lo mismo, alejado del gusto masivo.

68 RPM 30 (FOTO 3)

 Personal: Eric Burdon, voz; Vic Briggs, bajo y guitarra; John Weider, guitarra y cuerdas; Danny McCulloch, bajo, guitarra de doce cuerdas; Barry Jenkins, batería y percusión; Andy Summers, guitarra; Zoot Money (con el seudónimo de George Bruno), teclados y voz. Portada: Collage realizado por los artistas gráficos de la compañía discográfica.

[VIDEO SUGERIDO: “New York 1963 – America 1968 Eric Burdon & The Animals, YouTube (Karina Ter-Gazarian)]

Graffiti: “El patriotismo es un egoísmo en masa