BIBLIOGRAFÍA

MILES AHEAD

Por  SERGIO MONSALVO C.

IN A SILENT WAY (FOTO 1)

 (POEMA)

 In a Silent Way*

 

supimos que vivía

porque excluyó los cánones

y arrancó con los dedos sus murmullos

 

quiso ser un pájaro/

  batir las alas eléctricas/

bañarse en luz violeta/

 

en un cuento sin palabras

fue el suspenso y el clímax

el ser y la nada

 

tañó campanas

en quedas notas

de  alebrije aventurero

 

jugó a dejar abiertas sus cisternas/

con las posibilidades del silencio/

con la relatividad del tiempo/

 

con  necesidad eterna

por descubrirlo todo

soñó tocando el sueño inusitado

 

*Texto extraído del poemario Miles Ahead, publicado por la Editorial Doble A.

 

IN A SILENT WAY (FOTO 2)

 

Miles Ahead

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz” Núm. 7

The Netherlands, 2005

 

 

Exlibris 3 - kopie

LA CALAVERA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CALAVERA (FOTO 1)

 (CRÓNICA)

 Noviembre del 2008

Querida amiga:

Hoy estuvo cayendo la primera nevada de la temporada. Los amarillos y rojos que pintaron los árboles de la ciudad en las últimas semanas se fueron tan ligeramente como llegaron y ahora son los foquitos, anunciando las fiestas de fin de año, los que ornamentan las calles.

Para estrenar unas botas nuevas para la nieve me fui caminando de mi casa al Rijksmuseum, y de paso ver la exhibición de la famosa calavera de platino de Damian Hirst (sí, es la que luce 8601 pequeños diamantes más uno grande en forma de pera, incrustados en un cráneo humano de un hombre del siglo XVIII, el cual fue utilizado como molde).

Toda una puesta en escena. En la calle alrededor del museo hay grandes colas todos los días desde que se inauguró. Afuera del mismo instalaron una enorme caseta de policía y en los jardines una sala (el Hirst Space) con acceso electrónico a toda la información relacionada con el controversial artista.

Mientras esperaba en la fila, fui pasando por una serie de expeditores que contenían trípticos con información en varios idiomas para los visitantes.

El acceso al museo ha sido restringido como nunca antes, y el tiempo que dura la visita personal es de algo así como 15 minutos. La gente entra en grupos de seis personas cada vez. Tienes que poner todo lo que traigas contigo (mochilas, bolsas de mano, teléfono, chamarra, saco, sombreros, gorra, etcétera) en unos contenedores con rayos X.

Luego pasar por el arco magnético para la revisión personal. Muy rigurosa, por cierto, cosa irregular el resto del tiempo. También tienes que dejar obligatoriamente las chamarras y bolsas en el guardarropa (cosa opcional en otras ocasiones).

Para llegar hasta el lugar donde se exhibe el objeto cruzas por las salas donde están colgadas las obras de los grandes maestros holandeses de la pintura: Rembrandt (la Calavera está muy cerca en distancia física a su Ronda nocturna, no así en la distancia estética), Frans Hals, Van Dyck, et al. Es el plus para tal visita y, sin lugar a dudas, lo mejor de ella y más provechoso.

Tras esa visión, caminas por  un pasillo vacío totalmente en blanco y con sólo una flechita neón que dice «Hirst» para indicarte el camino. Al salir del mismo te encuentras en la amplia sala donde hay pinturas del siglo XVII y otra larga cola de gente.

Ahí el acceso directo se corta para hacer pasar a sólo tres espectadores cada cinco minutos, en un goteo constante.

Mientras esperas vas dándole vuelta a la sala con la oportunidad de ver detalladamente los cuadros que la componen.

El público asistente es de lo más heterogéneo y multinacional (la calavera que dada su resonancia mediática se ha convertido en un insospechado imán turístico para todo el orbe, sólo estará en un par de ciudades de Europa, una de ellas Ámsterdam (la otra será en Florencia), lo cual ha atraído a mucha gente, incluyendo japoneses, indios y chinos a granel). Y las estadísticas lo reiterarán con enormes cuentas, al ser clausurada la exposición el 15 de diciembre.

Eso sí, hay muchos jóvenes entre el público, yo diría que más de la mitad en esta oportunidad.

Finalmente llega mi turno y me enfrento a unas cortinas tras las cuales hay otro pasillo en forma de laberinto, pero esta vez totalmente en negro y las flechitas apenas visibles que te conducen a la sala 10 donde está la así llamada escultura «For the Love of God!» (¡Por el amor de Dios!).

Que fue la exclamación que externó la madre del escultor al ver tal obra, y que al autor le pareció como título adecuado. El objeto ha sido asunto de división entre los críticos de arte. Para unos es “sobrenatural en su belleza”; otros, por el contrario, se refieren a ella como una obra de mal gusto y “reflejo de la cultura contemporánea obsesionada por los famosos”.

Cuando llegas ante ella descubres en el centro de la densa oscuridad un cubo de cristal transparente iluminado desde arriba por una media docena de pequeños focos, pero de luz intensa. Y ahí dentro, está la calavera y sus miles de piedras preciosas que irradian la luz desde todos los ángulos (la obra está valuada en cien millones de dólares).

La gente mira y exclama con asombro. Rodea el cubo y sale literalmente apantallada. Tras ello llegas a la sala 11 donde el propio Hirst ha escogido una selección de obras del propio museo que «le fascinan», para que puedas comprobar su gusto artístico. En el exterior ha rodeado su clavera con pinturas del Siglo de Oro holandés, un puñado de bodegones y retratos que contraponen la vida y la muerte, como empatía con su cráneo.

De ahí pasas a la tienda del inmueble para ver toda la parafernalia que se ha desplegado en torno a la muestra de dicho objeto. La derrama económica para el museo es semejante a la que reciben los rockeros por la venta de camisetas en sus conciertos en los estadios.

Una vez que estás de vuelta en la calle te imaginas a Andy Warhol retorciéndose de envidia en la tumba ante este despliegue mediático mundial sobre una obra que es más un objeto de joyería que una obra de arte.

Desde que Marcel Duchamp irrumpió con su espíritu provocador y subversivo allá por principios del siglo XX, todas las artes y sus habitáculos han puesto a los objetos de la vida cotidiana y el cuerpo en las paredes de museos y galerías por doquier. Dicho francés extendió su impacto hacia todo universo conceptual.

Pero si aquél fue un triturador de convenciones, moldes y conceptos sobre el arte, alterando de manera radical lo que hasta entonces se conocía como arte, en los tiempos que devinieron de aquello, al coche del arte se subieron no sólo los artistas sino los oportunistas, los vivales, los suplantadores y farsantes que vieron en el campo abierto la posibilidad de colar sus naderías o sus excesos y obtener de ello ganancias a discreción.

La Calavera de Hirst es una «ocurrencia» más de un tipo listo (polémico, eficaz economista y gran promotor de sí mismo, que se ha adecuado a la perfección a la controversia desde su irrupción primera en el panorama mundial con sus animales sumergidos en formol, y que se han vendido por sumas millonarias) que obliga a repensar lo que significa el arte hoy en día, de nueva cuenta.

Saludos y un abrazo

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PUNK / 4

Por  SERGIO MONSALVO C.

PUNK 4 (FOTO 1)

NACIMIENTO DEL TÓTEM

El punk nació en el club CBGB’s, y de ahí tomó vuelo hacia Inglaterra. Los Ramones fueron los primeros evangelizadores, y al parecer sus slogans también serán los últimos en extinguirse. Ellos solos anunciaron la vuelta al rock de garage (piezas cortas, baladas mínimas), pregonaron el nuevo espíritu de los tiempos (nihilismo, velocidad de ejecución) y sacudieron los cimientos del hardcore con su «Blitzkrieg Bop».

Su ascendencia fue (es) tan vasta que sería imposible pasar por alto su influencia. Con el tiempo se convirtieron en una referencia tal que ya no hubo que evocar su sombra; ella se materializa en cada vuelta de tuerca. El grupo fue (es) un hecho establecido: encarnó la esencia del rock en bruto. Y por fútil que haya parecido, se tornó en un asunto serio.

La historia recuerda el mes de agosto de 1974 como el de la renuncia de Nixon a la presidencia de los Estados Unidos. Pero hubo cosas más importantes: por ejemplo, el primer concierto de los Ramones en el CBGB’s, en el East Side de Manhattan. Este lugar, como ya se dijo, se convertiría en la plataforma giratoria del punk neoyorquino (con Patti Smith, Television, Blondie, Talking Heads, etcétera).

Los miembros radicaban en Forest Hill, Queens, y el grupo apenas tenía seis meses de existencia cuando se presentaron en dicho club. Querían hacer una música que no fuera progresiva; devolver la energía al rock; salvarlo sometiéndolo de nueva cuenta a la única ley que vale: el retorno hacia el origen.

En enero de 1976, firmaron con la compañía Sire. Grabaron su primer disco, homónimo, por 6,400 dólares. Declararon el “gaba gaba”. Se olió el cemento, volvió la inhalación directa. No rebasaban los dos minutos por canción (no había solos).

«…1, 2, 3, 4”. La cuenta de la creación a través del primitivismo; el invento de la música a través de la velocidad. El asunto fue volver al comienzo del rock and roll. Ahí se cae en cuenta que los Ramones no fueron sólo un grupo, una leyenda o un mito sino un concepto. Y a cada vuelta del tiempo, ese concepto se desdobla en uno semejante.

PUNK 4 (FOTO 2)

En el tótem “Ramone”, labrado en piedra, todo permanece. Las mismas figuras melódicas, los mismos zapatos tenis, los mismos pantalones rotos, la misma chamarra negra de cuero. Sus títulos-slogan resumen todos los puntos esenciales de su existencialismo. Nunca gritaron «No future» ni anunciaron el Apocalipsis, pero lo pronosticaron con el mejor humor. Personificaron una auténtica filosofía.

Como buenos rocanroleros abordaron su tiempo con los mitos genéricos: el rockabilly, la ola inglesa, el surf-rock, los girly groups de Phil Spector, el Velvet Underground y el proto-punk de MC5, The Stooges y el glam callejero de The New York Dolls y T Rex. El choque de la paranoia y el optimismo en canciones monofónicas fun-fun-fun.

Por debajo de su alboroto, estos neoyorquinos manejaron el surf-punk como nadie. Su versión de «Surfin’ Bird» les bastó para recordarles a yanquis e ingleses el camino para la anarquía. Resultan raros los grupos tan incitantes.

Su audacia fue inverosímil. A partir de ahí las obras siguientes fueron hechas con la misma precipitación, con un sonido igualmente rudimentario y una oscilación entre el candor y la crudeza.

En los Estados Unidos se les ignoró en aquel entonces. Era el tiempo de la música Disco. Inglaterra los comprendió mejor. Los futuros miembros de los Sex Pistols, Damned y Clash captaron el mensaje.

Joe Strummer despidió a los 101’ers y fundó Clash, un conjunto excelente en el que enseñó a tocar a jóvenes músicos que había elegido por su actitud. Juntos, con la influencia del rhythm and blues y el reggae, habrían de crear un estilo crucial para el nuevo género.

VIDEO SUGERIDO: The Ramones – Blitskrieg Bop (Live), YouTube (CRFromHell)

PUNK 4 (FOTO 3)

 

PUNK (REMATE)

PHIL SPECTOR

Por SERGIO MONSALVO C.

PHIL SPECTOR (FOTO 1)

 FAMA VS. MINOTAURO

–¿Quién la asesinó?— Preguntó la abogada.

–Mi fama-– Respondió Phil.

Phil Spector, el más legendario de los productores musicales en la historia de la música; cuyo nombre es sinónimo de genialidad en ese rubro; el que produjo discos míticos como el de las Ronettes, el Christmas Gift For You, el Death of a Ladie’s Man, de Leonard Cohen,  el End of the Century de los Ramones o el Let it Be de los Beatles, fue procesado hace más de una década por asesinato. Hoy escancia los días esperando a que pasen los 19 años a los que fue condenado. El 26 de diciembre pasado cumplió 80 años de edad.

La fama, fue el argumento en la defensa de su caso. La de excéntrico –por el uso de pelucas y vestimenta estrafalaria–; la del magalómano que puso al productor en el mismo nivel que el del artista; la de aficionado a las armas y su tendencia a amedrentar con ellas, a lo que habría que añadir sus supuestos problemas mentales –“trastornos bipolares” según sus propias palabras –. Un loco, en la imaginería del vulgo.

Tal fama, explotada por años por las publicaciones escandalosas, nutrió siempre la personalidad pública de Spector. Lo retrataron como paranoico, antisocial o fantasma vivente. Tuvo que encerrarse por años en su casa-fortaleza en Alhambra (California) para preservarse como Minotauro.

No hubo forma. Era uno de los tocados por Fama, aquella criatura alada de las mitologías griega y romana que cumplía con rapidez inaudita su misión, como mensajera de Zeus: extender los rumores y los hechos de los hombres, sin importarle si éstos eran ciertos o no, justos o negativos. Tenía el poder de hacer grande lo pequeño y viceversa Por eso mismo la detestaban en el Olimpo y los hombres la veneraban. Hoy su poder sigue siendo el mismo y a veces ni los tribunales pueden proteger de ella.

PHIL SPECTOR (FOTO 2)

“Mi fama”, arguye el personaje de Phil Spector  (en la película que habla del hecho, del 2013 y dirigida por David Mamet), como respuesta a la pregunta de si él había matado a esa mujer (la actriz Lana Clarkson). Con ello dice que a quién se juzga no es a él, sino a su imagen: “A la gente los medios le enseñaron a pensar que yo era un monstruo o algo así. […] Lo entiendo, eso se llama resentimiento por mi éxito y riqueza. Quieren que pague por las faltas de otros”.

Pero en el otro lado de la moneda está el Phil Spector luminoso, el mimado por la genialidad. El que lleva a lugares mágicos con su cancionero único y placentero, mezcla fascinante de euforia, inocencia y nostalgia atemporal.

Su obra permite al oyente descubrir a un productor que conocía los secretos del pop clásico de los cincuenta, gracias a su aprendizaje en el Brill Building neoyorquino. Spector aporta tales señas en cuidadas sinfonías, en pequeños adornos que serán decisivos en el terminado, pero sobre todo demuestra un conocimiento pleno del estudio de grabación en donde despliega toda su habilidad para captar la fogosidad de la música.

Lo impuso como el lugar para concretar todo el esplendor de las ideas sonoras (cuando las hay), ordenadas a base de horas y horas de trabajo, de sensibilidad sonora y desgaste en las relaciones personales con los intérpretes. Eso tuvo un nombre, clásico entre los conocedores de la música popular: The Wall of Sound (el muro de sonido, su criatura).

Él se encargaba de todo el proceso realizador, mientras llenaba el estudio de instrumentos que intentaba que sonaran a la vez: dos pianos, varias guitarras, un clavicordio… Grababa todo y regrababa. Era un obseso de la perfección hasta conseguir una ráfaga divina que distinguiera cada canción.

En aquellos primeros años sesenta, nada había sonado igual. Era una eclosión instrumental tan abrupta, tan exuberante, tan efusiva que impactaba por su gloria. La meta estética del productor era captar la magia del primer beso o de ese primer amor juvenil, tan ingenuo como cegador. Spector era un romántico. Pensaba que en una canción de menos tres minutos se podía plasmar ese sentimiento efímero pero inolvidable, atrapar su belleza. Y lo logró como nadie hasta entonces.

Spector era capaz de extraer toda la intensidad del sonido, creando canciones pletóricas, de un brillo deslumbrante hasta el último destello. El romanticismo antes de ser corrompido por la realidad cotidiana. Para ello, se basaba en ese muro de sonido, donde todos los instrumentos entraban en una toma, eclosionando en los oídos como algo inédito, para hablar del amor y esas minucias que inquietan a los espíritus adolescentes.

Su obra, en general, es un objeto de estudio. Un trabajo que contiene tantos conceptos, tanta ambición sonora que en su momento llevó a los Beatles, a los Beach Boys y a tantos otros después, a adoptar el estudio de grabación como un verdadero atrapador de sueños en el que se podía apresar a la belleza. Una osadía, en su caso, que al final sería castigada por los dioses.

VIDEO SUGERIDO: HBO’s Phil Spector Movie Trailer (HD): Al Pacino and Helen Mirren, YouTube (@HOLLYWOOD)

PHIL SPECTOR (FOTO 3)

 

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JUMP BLUES

Por SERGIO MONSALVO C.

JUMP BLUES II (FOTO 1)

 ENERGÉTICA REUNIÓN DE ESTILOS/II

La pieza más importante de rhythm and blues de 1950 fue «Pink Champagne», un jump dirigido por el pianista Joe Liggins que debió su fuerza a la solidez de su grupo, con la destacada participación del saxofonista Little Willie Jackson. A Joe Liggins se atribuye la hazaña de prender la mecha del rhythm and blues en Los Ángeles a mediados de los años cuarenta (unos meses  después que lo creara Charlie Parker en Nueva York).

LaVern Baker, que al principio de su carrera cantó con big bands, se estableció como reina del rhythm and blues con piezas como «Tweedlee Dee» y «Jim Dandy», pero no tenía igual tampoco como intérprete de blues y gospel, y su fuerte voz se adaptaba particularmente al jump blues.  Por errores estratégicos, sus grabaciones en el género no se editaron hasta 1961, cuando los gustos musicales ya habían evolucionado hacia tonos más suaves.

Un aspecto importante el jump blues eran las piezas instrumentales, herencia de los comienzos del rhythm and blues, cuando el principal interés de los fans era bailar.  Uno de los más destacados representantes de esta ramificación del género fue Sam Price, autor de grabaciones como «Rib Joint», caracterizadas por su contagioso ritmo que en este caso contó con el apoyo de las superestrellas Mickey Baker en la guitarra y King Curtis en el sax. Además, el piano de Price se escucha en cientos de discos de jazz, blues y gospel, acompañando a intérpretes tan diversos como Cow Cow Davenport, Nappy Brown y Sister Rosetta Tharpe.

Robert «Bobby Charles» Buidry fue el primer «soulman ojiazul», entre cuyas composiciones figuran los éxitos de Fats Domino «Walkin’ to New Orleans» y «Before I Grow too Old», así como «But I Do» de Frogman Henry. Bobby creó una extensa serie de animados jump blues y baladas antes de abrazar un estilo más influido por el country y el cajun.

Mabel «Big Maybelle» Smith atacaba las letras de manera única con enorme fuerza, cruzando las fronteras del jazz, el blues y el rock. El tamaño de su voz la hacía idónea para el jump blues, género en el que gozó de cierto renombre, antes de perder fuerza su carrera debido a la diabetes y la adicción a la heroína.

Lloyd Price compite con Fats Domino por el título del máximo exponente del rhythm and blues originario de Nueva Orleáns. Su interpretación de «Lawdy Miss Clawdy» tuvo gran éxito en 1952, pero su carrera se interrumpió bruscamente al ser reclutado para el ejército. Al regresar de Corea, respondió a las nuevas exigencias del rock and roll con «Forgive Me, Clawdy» de 1956, canción que hierve y chisporrotea de principio a fin.

JUMP BLUES II (FOTO 2)

La voz de Faye Adams, una belleza menudita, derrumbó las puertas de su iglesia en Newark, New Jersey, cuando su amiga Ruth Brown la convenció de abandonar el gospel para dedicarse al rhythm and blues. Tuvo gran éxito en 1953 con «Shake a Hand» y «I’ll Be True».  Desafortunadamente, ninguna de sus grabaciones posteriores de jump blues ni tampoco sus hermosas baladas repitieron ese éxito primigenio y su última grabación data de 1962. Desde entonces limitó sus interpretaciones emotivas y sentidas otra vez al ámbito eclesiástico.

Pocos artistas de jump blues alargaron sus carreras por tanto tiempo como Willie «Piano Red» Perryman, pianista hermano del rey del boogie Rufus «Speckled Red» Perryman. Después de unas grabaciones iniciales en los años treinta, trabajó como tapicero y presentándose ocasionalmente en los clubes de Atlanta hasta ser redescubierto en 1950. Sus éxitos «Rockin’ with Red», «Red’s Boogie» y «Laying the Boogie» le permitieron concentrarse en el piano a partir de entonces.

Wynonie Harris hizo sonar el grito de guerra de la revolución del rock en 1948, con el éxito «Good Rockin’ Tonight», trascendencia que igualó en 1956 con la arrolladora pieza «Destination Love». Las hazañas de este artista, dentro y fuera del escenario, hicieron de él el «chico malo» del blues, y produjo una serie de maliciosas melodías de jump que mantuvieron encendidas las rockolas y en estado de apoplejía permanente a los guardianes de la moral pública, hasta que se distrajeron con Elvis Presley.

Por otra parte, Roy Brown, el apacible autor de «Good Rockin’ Tonight», fue un gran intérprete del jump blues por derecho propio, como lo demuestra «Rockin’ at Midnight», entre otras.

Al llegar el año de 1960, el jump blues había desaparecido prácticamente.  Algunos de los exponentes del demoledor arte del jump encontraron un lugar temporal en el rock and roll; la mayoría desapareció. Entre los temas profundos del soul y el rock de «mensaje», no había espacio para la alegre convocatoria a divertirse. La transformación del rhythm and blues en rock and roll vistió con ropa nueva al genio a la botella.

VIDEO SUGERIDO: Roy Brown Rockin’ At Midnight, YouTube (Heath Wilson)

JUMP BLUES II (FOTO 3)

 

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MICKEY SPILLANE

Por SERGIO MONSALVO C.

SPILLANE FOTO 1

 EL ÁNGEL EXTERMINADOR

«Quiero el pellejo de alguien y el que se ponga pesado recibirá un plomazo en el pecho, en la espalda o en la nuca. No me importa dónde se los meta…  Juego como ustedes, solamente que peor…» Declaración típica de Mike Hammer, personaje legendario de la más primera extrema literatura policiaca estadounidense, el paradigma extremo del detective privado y de la novela negra.

Mike Hammer es la creación más sobresaliente del polémico escritor norteamericano Mickey Spillane, un seudónimo más que adecuado para Frank Morrison, nacido en 1918 en el barrio de Brooklyn, en Nueva York. Spillane es una ramificación neta de la primera gran revolución de la literatura policiaca promovida por Dahiell Hammett, que dio lugar a la llamada novela negra.

Spillane tuvo un desarrollo peliculesco clásico: tras un largo tiempo de penurias y miseria (como vendedor o escritor de cómics) consiguió el éxito con sus libros que reflejaban asimismo, paradójica y morbosamente, la neurosis producida por una sociedad industrializada de posguerra. Este escritor, moviendo los hilos de su ángel exterminador (Mike Hammer), logró tirajes de sus novelas en número tal que haría enrojecer de envidia y coraje al más rentable Premio Nobel.

Los libros de Spillane han vendido más de 225 millones de ejemplares y siete de las docenas de títulos que publicó se encuentran entre los treinta más adquiridos del siglo XX, en la Unión Americana. Únicamente los superbestsellers como Dr. Spock, Peyton Place, Gone With the Wind, por ejemplo, han superado las de I, the Jury (Yo, el jurado) y The Big Kill (El gran crimen).

En comparación, novelas negras tan espléndidas como Farewell, My Lovely (Adiós, muñeca) de Raymond Chandler y Maltese Falcon (El halcón maltés) de Dashiell Hammett sólo han vendido un poco más de un millón de ejemplares cada una, mientras que las de Spillane venden un promedio anual de entre 4 y 5 millones.

Violencia, sexo y acción frenética han sido los principales ingredientes para la obtención de su popularidad y las ventas millonarias. Circunstancias que se mantuvieron hasta la muerte del autor en el 2006, a los 88 años de edad.

La técnica narrativa de este autor, apegada a criterios literarios o estéticos, es la del «golpe duro», con la capacidad expresiva de un macanazo.  Asimismo, su estilo y diálogos son secos y cortantes. Ejemplo puro de la corriente hardboiled.

SPILLANE FOTO 2

Sus tramas están construidas a partir de un clima de provocación sexual y de violencia, que regularmente culmina con el dolor físico y la muerte del culpable principal, regularmente también una mujer. Los libros del escritor norteamericano se erigen así en la encarnación extrema del miedo, el sexismo, la hostilidad y el recelo hacia la sociedad, los cuales constituyen su fórmula particular de tratar la novela negra.

Como cualquier otro producto comercial, sus novelas utilizan estas «imágenes de marca» para fomentar la lealtad y excitar el interés del lector. A éste, Spillane le alimenta la conciencia de identificación con el protagonista mediante ese estilo rudo que ha sido siempre básico para sus historias.

No obstante, mientras que escritores como Hammett y Chandler relativizan la violencia y el sadismo endémicos de dicha fórmula por medio de una buena dosis de ironía y complejidad psicológica, la eficacia de Spillane como escritor del género radica en su capacidad para suprimir a los personajes y giros de la trama que pudieran confundir o enriquecer el patrón emotivo esencial, y en su habilidad para inventar incidentes que encarnan sus fundamentales temas incrementados con primitiva y vívida franqueza.

Asimismo, a su héroe Mike Hammer lo mueve casi exclusivamente un simple y único motivo en sus tramas: el deseo de venganza. En un mundo urbano y dominado por gángsters, agentes comunistas y vendedores de droga en la alta sociedad, la única persona que podía arreglar las cuentas con las élites del mal era, supuestamente, el lado solitario de la destrucción creado por Spillane.

Un autor, éste, que ha influido notablemente en otros escritores y en otras disciplinas, como la pintura donde el artista plástico alemán Markus Lüperts lo cita como influencia decisiva, o en el mundo del comic book cuyo mayor representante, Fank Miller, lo señala como gran faro.

VIDEO SUGERIDO: John zorn – spillane (part 1/3), YouTube (Cande di aulegu)

También lo ha hecho en la música, con un vanguardista por antonomasia: John Zorn. Escuchar a éste es como hojear una pila de cómics hardboiled en una tienda de aparatos eléctricos funcionando todos al mismo tiempo, o ver una proyección infinita de series de televisión tratadas por un editor loco en un televisor en el que el brillo y el contraste están a tope de intensidad. Es pura imaginación desbocada, intensa y encantadora.

Zorn no es el primer músico hipermodernista engendrado por el jazz, pero definitivamente sí el más concienzudo y reconocido. Más que cualquier otro, parece marcar el punto de transición entre un periodo de gran virtuosismo técnico y una nueva síntesis artística que no pretende elevarse por encima de la cultura del desecho y reciclable, en la que todos los gustos son identificables.

John Zorn nació en Nueva York el 2 de septiembre de 1953 y desde muy joven se le conoció como un aventurero explorador de los instrumentos de lengüeta, y como un ecléctico compositor que usa el método del cut-up (recorte o collage al estilo de William Burroughs) para sus creaciones.

El término avant-garde quizá sea el mejor para calificarlo, aunque su trabajo no encaje con ninguna categoría o escuela de ejecución o composición fácilmente definible. Sus solos vociferantes y desbordantes en el sax alto, el uso que hace de los silbatos de cazador, su predilección por los soundtracks cinematográficos y la mezcla de rock, free jazz, pop y bop desconciertan tanto a sus amigos como a sus enemigos.

Difícilmente sería posible identificar a John Zorn con alguna tendencia en particular. En todo caso, se podría decir que es un músico de free cuyo febril uso del collage constituye una versión única e intensa del «inventa tu propio lenguaje» del movimiento free instalado en el avant-garde.

Zorn es el músico bisagra por excelencia. Con los pies en ambos siglos es el que reúne la provocación artística del XX y la promesa creativa del XXI. Él toma –por una parte– el mundo sonoro y su complejidad como ejemplos de música improvisada, y el carácter directo, el foco intenso, la amplificación eléctrica, el volumen alto y el ritmo con voz del rock, por otra.

Su ideal es unir los mejores elementos de ambas disciplinas. Su esfuerzo se entrega, pues, a la búsqueda de la síntesis: la improvisación como parte de un todo sintético.

«Club de Harlem; guitarra de blues y acople; textos de Arto Lindsay; signos de interrogación; narración; disparos«. Así describió el propio Zorn a su composición Spillane, una pieza que fundamenta su quehacer en una secuencia frenética de variados momentos musicales, que van del blues al noise, pasando por el jazz, ambient, spoken word, latin music, clásica, hardcore, el soundtrack, etcétera.

Zorn buscó un tema que lo inquietara: Spillane, el escritor. Y, cómo no, con el estilo representativo: un golpazo a la cabeza. El resultado: Un track-documental de 25 minutos sobre el escritor de pulp noir a la manera de Zorn.

VIDEO SUGERIDO: Albert Collins – Two-Lane Highway (from John Zorn’s Album “Spillane”)

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NU-AFROBEAT

Por SERGIO MONSALVO C.

NU AFROBEAT (FOTO 1)

 ECOS DEL NUEVO SIGLO

La observación y el padecimiento de la realidad circundante en África durante los  años sesenta del siglo XX produjeron un sonido y una premonición sobre él.

“Se extenderá por todo el mundo, pero se tomará su tiempo, porque es el mejor modo de darse a conocer. Los dioses no quieren que esta música entre en la escena internacional como una moda, sino como un episodio cultural importante”. Así se refirió al futuro del afrobeat su creador, el intérprete nigeriano Fela Kuti.

El movimiento generado en el mundo por la diáspora del afrobeat podría definirse como el camino de vuelta, en la actualidad, al interés despertado durante aquellos años (una década de lucha por la liberación del Continente Negro) entre los líderes políticos y culturales del planeta.

Desde los Black Panthers y Miles Davis, pasando por James Brown y Martin Luther King, hasta los contemporáneos cineastas y artistas plásticos, la renacida cultura afroamericana apuesta por recuperar sus raíces africanas.

Fela Kuti murió en 1997, pero su paternidad espiritual sobre el estilo fue legitimada por la aparición en el nuevo siglo de grupos de nu-afrobeat por doquier en el mundo.

Desde la obra de algún ilustre discípulo directo, como Tony Allen, hasta la de artistas contemporáneos provenientes de diversos géneros y puntos cardinales como Finlandia, Japón, España o Dinamarca.

En los Estados Unidos destacan dos agrupaciones referentes: Antibalas y Vampire Weekend.

NU AFROBEAT (FOTO 2)

Antibalas, antaño llamada Antibalas Afrobeat Orchestra, es una agrupación grande y multiforme (entre once y 18 miembros, según las circunstancias) que se creó en Brooklin bajo la batuta de Martin Perna (sax barítono).

Esta banda, que toca una música que incorpora elementos del jazz, del funk, de la música instrumental y de la tradicional cubana y la tamborilera de África Occidental, está considerada la descubridora del afrobeat para las nuevas generaciones occidentales.

La fusión de ritmos y danzas tradicionales con el jazz y el funk, es una música predominantemente percusiva, bailable, con temas de larga duración y por melodías interpretadas por los metales.

Esa es la música que ofrece Antibalas, que también toma de Fela Kuti su compromiso con la lucha política y social, su defensa de los derechos de los desfavorecidos ante el abuso de los poderosos.

Si para el nigeriano el centro de sus críticas era el gobierno militar de su país, para el grupo de Brooklin es, principalmente, el capitalismo y la política del gobierno estadounidense en muchas áreas, como la de los derechos civiles y la política exterior.

Es una de las propuestas más particulares de la escena mundial contemporánea. Una manera de entender las circunstancias actuales de manera reivindicativa. Sus monumentales arreglos de viento y líneas de bajo nadan sobre la insurrección en inglés, yoruba y español.

Antibalas, además de proponer temas de más de diez minutos de duración, toda una osadía en estos tiempos radiables, ha abierto el horizonte del afrobeat hacia músicas afines.

Ha enriquecido su contexto primigenio introduciendo elementos de deep-funk, dub, free jazz, música clásica y hasta reggae. Pero lo más interesante es su capacidad para pasar de un pasaje de afrobeat puro a otro influenciado por la música clásica orquestal, cambiando radicalmente la melodía, tiempo y ritmo en cuestión de compases con una naturalidad pasmosa.

VIDEO SUGERIDO: ANTIBALAS “MACHETE” LIVE @ THE KNITTING FACTORY, YouTube (hjfilm85)

El otro referente estadounidense del nu-afrobeat es Vampire Weekend. Este es un grupo formado por cuatro universitarios neoyorquinos que tienen al cantante Ezra Koenig como líder. Él siempre ha tenido claro cuál debe ser el perfil del cuarteto.

Tras viajar a la India y luego pasar otro tiempo en Londres, se puso a pensar en el colonialismo y las conexiones estéticas entre la cultura dominante y las nativas. Se interesó entonces por África.

Para un trabajo en la Universidad de Columbia, Koenig escribió una pequeña historia sobre dichas conexiones y la tituló “Cape Cod Kwassa Kwassa”, que luego sería el título de una de las canciones de la nueva banda.

En ésta querían evitar todo intelectualismo, despreocuparse por lo que era o no “auténtico”, no querían hacer etnomusicología sino una mixtura hipermoderna. Una que estuviera tan alejada del oxímoron indie mainstream como de los clichés de las músicas del mundo.

Los cuatro miembros del grupo se conocieron durante su estancia en la universidad, donde estudiaban cine y literatura inglesa. De una película experimental que hicieron nació el nombre del grupo: Vampire Weekend.

Hicieron pública su aparición en varios blogs de Internet, hasta que obtuvieron una crítica favorable en una de ellas, escrita por un periodista canadiense que vivía en Senegal y hacía podcast con desconocidos grupos de pop africanos. Eso bastó para que miles de personas los conocieran en todo el mundo.

El mismo sitio Web ayudó, tras identificar el sonido de la banda, a que ésta conociera los ritmos africanos que terminarían modelando su propio estilo: una mezcla de ska, música pop africana y new wave.

Ritmos que combinan formando adictivas canciones de rock alternativo, tal como se pueden escuchar en su primer disco, de nombre homónimo, que apareció editado bajo el sello XL Recordings.

En Vampire Weekend África está muy presente en ritmos, estructuras, instrumentos y letras, pero en igual medida la normalidad sonora de un campus universitario estadounidense. La mezcla está afincada en uno de los principios del rock: hacer crítica mientras se divierte.

Y si por algo son buenas las canciones de este grupo neoyorquino, además de por las melodías, es por la riqueza de recursos sonoros que aparecen por sorpresa en sus temas.

Con ambas agrupaciones (Antibalas y Vampire Weekend) la diáspora del afrobeat, bajo el prefijo “nu”, informa al mundo que goza de muy buena salud.

VIDEO SUGERIDO: Vampire Weekend – Cape Code Kwassa Kwassa – Reading Festival 2008 Live, YouTube (tako808)

NU AFROBEAT (FOTO 3)

 

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THE LION FOR REAL

Por SERGIO MONSALVO C.

THE LION FOR REAL (FOTO 1)

 (ALLEN GINSBERG)

Este poeta, también fotógrafo y crudo maestro supradimensional, fue por igual el tipo que grabó música con Bob Dylan, Clash y The Fugs, y que continuó impresionando, junto con sus amigos William Burroughs (fallecido el mismo año que él), Jack Kerouac, Gregory Corso, Timothy Leary y Lawrence Ferlinghetti, a varias camadas de escritores, poetas, músicos clásicos, rocanroleros y experimentadores como Patti Smith, Richard Hell, Laurie Anderson, Tom Waits, Johnny Thunders, Gavin Friday, Kurt Cobain, entre muchos otros.

A fines de 1990, para celebrar su cumpleaños número 60, grabó un disco con lecturas de sus poemas que lleva el nombre de The Lion for Real. En él se hizo acompañar con un fondo de jazz desestructurado que interpretaron los músicos de Tom Waits: Marc Ribot y Michael Blair y los jazzistas Bill Frisell y Steve Swallow, pero ésta no fue su primera aventura recitativa apoyada por una creación musical concebida ex profeso para la ocasión.

En su primera incursión al acetato, denominada William Blake’s Songs of Innocence and Experience Tuned by Allen Ginsberg, la lectura fue acompañada por Elvin Jones y Don Cherry.

En total, fueron once discos de colección los que grabó durante su vida; entre ellos la buscadísima y agotada joya con el nombre de First Blues, un álbum doble que apareció bajo el auspicio de la compañía de John Hammond y que constituye el clímax de una prolongada colaboración con Bob Dylan.

De éste, Ginsberg dijo que fue el primero en soñar con meter la poesía en el rock and roll. «En los setenta me enseñó a tocar los tres acordes del blues. Yo no conocía casi nada de esta música, aunque el bluesman Leadbelly me impresionó mucho en mi juventud. Una vez que regresé de la India, le escuché a Dylan piezas como ‘Hard Rain’ y ‘Masters of War’, y tuve en verdad la sensación de hallarme frente a esa institución poética eterna y profética de la que habló alguna vez Kerouac.

“Por otra parte, Dylan me confesó que Kerouac tuvo una enorme influencia en él, sobre todo con Mexico City Blues, poema con el cual por primera vez tuvo la sensación de que se trataba de poesía escrita en su idioma.

“Es evidente que una frase como ‘the motorcycle black madonna two-wheeled gypsy queen and her silver-studded phantom’ constituye una deflagración de imágenes al estilo Kerouac –dijo Gingsberg–. No es de sorprender que me sepa a Dylan de memoria. Todo mundo se sabe un poco de Dylan de memoria. En eso radica su grandeza.»

En los noventa, Allen Ginsberg, el mismo hombre de aquella encrucijada en la vida intelectual y artística de los Estados Unidos en los sesenta y setenta, continuó «aullando» con el ya mencionado The Lion for Real, que contiene 16 textos producidos por Hal Willner. Son 16 los poemas seleccionados, escritos a lo largo de 40 años y acompañados por excelentes músicos.

Y también lo hizo con Howl, U.S.A. en 1996, junto al siempre propositivo cuarteto de cuerdas Kronos Quartet, en donde puso al día el famoso poema de 1956, su sonido y sus imágenes.

Allen Ginsberg fue el apóstol de la Generación Beat. Encarnación viva de los valores de tales congéneres y del humor priápico que giraba sobre esta especie de profesor alegre y didáctico que murió al cumplir los 71 años, pero aún continúa su viaje por todos lados en espíritu, llevando consigo kilos de manifiestos: contra la censura, contra la guerra, a favor de la universidad budista donde dio clases (en Colorado), de la contracultura, de la poesía contemporánea, los cuales distribuyó a diestra y siniestra.

En 1997 con la muerte de Ginsberg se selló también una amistad de 34 años con Bob Dylan. Cuando le pidieron a éste un comentario al respecto, dijo lo siguiente: “En la vida sólo he conocido a dos personas sagradas para mí. Una de ellas fue Allen Ginsberg, mi amigo, mi hermano mayor”.

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“A HORSE WITH NO NAME”

Por SERGIO MONSALVO C.

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(AMERICA)

De armonías eléctricas y acústicas suaves de folk rock, el grupo América siempre se ha constituido como una débil imitación de Crosby, Stills, Nash and Young.

Fundado en Londres en 1969 por Dewey Bunnell, Gerry Beckley y Dan Peek (todos hijos de militares estadounidenses apostados en el Reino Unido), el primer hit del trío fue «A Horse With No Name» contenido en el disco debut  América de 1971.

«A Horse With No Name» fue llamada primeramente «Desert Song». Había sido escrita por Dewey Bunnell en el estudio de la casa de Arthur Brown. En los primeros demos sobre la misma se buscó propiciar la sensación del desierto seco y caluroso que aparecía en una pintura de Salvador Dalí, que decoraba el estudio, así como la presencia de un extraño caballo plasmado por M. C. Escher, en otro cuadro del mismo sitio.

Tras su lanzamiento, el tema fue censurado en algunas estaciones de radio de la Unión Americana por sus supuestas referencias a las drogas. De cualquier manera, llegó al primer lugar de las listas de popularidad ahí y en otros lugares.

La semejanza de la pieza con algunas de Neil Young motivó discusiones. “Sé que prácticamente todo el mundo, en una primera audición, asumió que era de Neil”, afirmó Bunnell al respecto. “Nunca escondí el hecho de que me haya inspirado. Creo que está en la estructura de la canción tanto como en el tono de su voz. Dolió un poco, porque nos atacaron de forma bastante violenta. Siempre lo he atribuido a que la gente protegía a su héroe más que a que me quisieran atacar a mí”.

Paradójicamente «A Horse With No Name» sustituyó a “Heart of Gold”, de Young, en el número uno de las listas en la tierra del Tío Sam. Por otro lado, la canción ha sido criticada por su letra pleonásmica y simplista: con fragmentos como «The heat was hot» (el calor estaba caliente), como ejemplo.

Tras el éxito millonario volvieron a los Estados Unidos para iniciar una sólida y muy redituable carrera con acetatos como Homecoming, Hat Trick y Holiday.

Sus composiciones pintorescamente místicas, aunque insípidas, sobre temas amorosos les valieron muy buenos lugares en las listas de popularidad de ambos lados del océano Atlántico, con sencillos entre los que se incluyen «Ventura Highway», «Tin Man» y «Don’t Cross the River», temas de melancólico romanticismo de fogata.

Después de 1974 sus discos fueron producidos por George Martin, cuyo perfeccionismo reflejaba el de las armonías vocales. Aparecieron entonces los álbumes Hearts, Hideaway, Harbor y Live.

En 1977, Dan Peek se separó del grupo y América siguió como dúo, disfrutando de un éxito continuo pero disminuido hasta fines de la década, antes de cambiar de compañía disquera (de Warner a Capitol) en 1980 y producir los discos Silent Letter, Alibi y View From the Ground, coproducido por Russ Ballard y del cual se desprendió el tema «You Can Do Magic» (1982).

Your Move, The Last Unicorn –un soundtrack–, Perspective y el disco en vivo America in Concert (1985) fueron sus últimas señales de vida antes de ser resucitados  a  la postre para servir de grupo abridor para gran cantidad de nuevos y viejos grupos. “A Horse With No Name” es un tema clásico en cualquier antología genérica.

VIDEO SUGERIDO: America – A Horse with no name (clip HQ), YouTube (vlaad27)

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Tornamesa