El papel de la propaganda venía ilustrado con un dibujo que enmarcaba la cabeza de un hombre a la que le brotaban serpientes de formas exageradamente sinuosas. En la frente ostentaba un cuadrado con la figura de un triángulo en medio, del cual salían a su vez cuatro serpientes hacia cada uno de los cuatro ángulos que formaban el combinado geométrico. De los ojos de esta cabeza salían rayas simulando luz y encima de la testa dos misteriosos y enormes ojos que lanzaban rayos de energía sobre la cabeza que resplandecía brillante.
En el texto se leía lo siguiente: «Información sobre el Sistema Científico de Desarrollo, Proyección y Comunicación de la Personalidad. Radiaciones magnéticas para limpiar el Aura Humana. Trabajos de Parapsicología absolutamente serios, confidenciales, formales, eficientes y puntuales. Veinte años de investigaciones y experiencias, orientando, ayudando, resolviendo los problemas confidenciales más difíciles, me recomiendan. La Parapsicología es la ciencia del futuro, pues sus valiosos conocimientos no afectan a ningún credo o religión. No tire este volante. Conserve limpia la ciudad».
A continuación, el horario, el nombre del personaje y la leyenda de El Investigador Prohibido, la dirección de su consultorio en el primer cuadro de la ciudad y el señalamiento de no preguntar ni enseñar ese volante a nadie y subir al tercer piso de un edificio de las calles céntricas.
El tipo que me lo enseñó, caminando por la avenida principal, estaba entusiasmado. Quería ir ahí y librarse de obstáculos y maldades que le impedían obtener fortuna, felicidad y fama. «Acompáñame –dijo–, seguro que a ti también te puede ayudar. Soy capaz de darle lo que me pida con tal de conseguir un trabajo de diputado, aunque sea del estado menos importante del país».
No esperó mi respuesta y se alejó rápidamente pensando en cuánto le cobraría el Investigador Prohibido por sacarle lustre a su abollada aura humana.
Por fin. Después de cinco largos años tras la aventura intersideral con el disco Afterburner (1985), el trío texano de ZZ Top formado por Bill Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard volvió a grabar. De hecho, en este disco de nombre Recycler (WEA, 1990), su décimo álbum, estuvieron más urbanos que nunca.
La producción fue hasta las raíces de lo que constituía su sonido, un sonido de blancos como negros, como las buenas fotografías que ilustran la historia del rock.
Si hubiera que buscar a toda costa una obra que se le emparentara, tendríamos que recurrir a Eliminator, su acetato de 1983. El boogie-blues de aquél se impuso en Recycler, el cual se escuchó más acerado que nunca y con referencias constantes a piezas como «Legs», «Under Pressure» y «Gimme All Your Lovin'». Y eso definitivamente fue una buena selección.
ZZ Top borró en Recycler todos los defectos que machaconamente entorpecían su disco anterior Afterburner, para ser más precisos, los sintetizadores de los cuales uno se preguntaba qué hacían ahí. Aún presentes en el nuevo álbum, sirven sobre todo para dar consistencia a la explosiva energía, como en la canción «2000 Blues».
En cuanto a lo demás, siguieron teniendo los mismos ingredientes. La sección rítmica constituida por Beard y Hill estaba erigida con cimientos sólidos y sin fisuras. La batería de Beard era, en este sentido, ejemplar dentro del género. Sin efectos gratuitos e inútiles, inyectó un beat despiadado sin tratar de imponerse al resto de la instrumentación.
A partir de ahí, hacer hablar a la guitarra le resultó fácil a Gibbons, y éste envuelve las notas sin maltratar al instrumento, lo cual le fluye por instinto.
El grupo realizó un disco con pedigree, haciendo tan bien lo que tan bien conoce. Para ello sólo hay que escuchar «Concrete and Steel», «My Head’s in Mississippi» o «Give It Up». El productor Bill Ham en esta ocasión sí puso en juego sus habilidades.
La novela Escupiré sobre sus tumbas, ambientada en los años cuarenta, pertenece a la saga escrita bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan, un supuesto escritor afroamericano de piel clara. Un inusual rasgo físico que le permitía hacerse pasar por blanco y disfrutar de los privilegios que ostentaban estos ciudadanos “de primera categoría”. Sin embargo, Escupiré sobre sus tumbas es, con bastante diferencia, la más polémica del autor francés (Boris Vian), quien empleo la rentable fórmula de adherir al clásico estilo de las novelas negras estadounidenses un mayor contenido de violencia y sexo explícito, para garantizar las altas ventas y el interés de los lectores –que realmente creyeron la existencia del falso autor negro-.
VIDEO: LMP 19: J’IRAI CRACHER SUR VOS TOMBES, Boris Vian, YouTube (Le Marque-Page)
BXXI-642 HOWLIN’ WOLF
Debido a su voz baja, profunda y amenazadora. Lo comenzaron a llamar “Howlin’ Wolf”. Con su técnica en la armónica, además, consiguió atraer la atención de la audiencia y hacerla saltar. Su mayor influencia por entonces fue Charlie Patton con el cual llegó a tocar, lo mismo que con Robert Johnson. Howlin’ Wolf se convirtió así poco a poco en el bluesman más electrizante, poderoso, enérgico y profundo de la posguerra. Dotado de tremendas cualidades físicas (1.90 m de estatura, 120 kilos de peso y aquella garganta que le había valido el sobrenombre) puso a éstas de manifiesto en sus extravagantes actuaciones. Realizó sus primeras grabaciones en 1951 en los estudios de Sam Phillips.
VIDEO: Howlin’ Wolf on Shindig Broadcast Date May 20, 1965, YouTube (Dave David)
BXXI-643 PATTI SMITH (VIII)
Con Gone Again «Tenía dos opciones -dijo Patti entonces-: pensar en Fred, mi fallecido compañero, y entregarme a un mar de desconsuelo total, u optar por lo positivo, por esa alegría que él emanaba y por la confianza que me ayudó a desarrollar. He aprendido que, en lugar de concentrarse en la pérdida de las personas, es muy útil pensar en el privilegio que significa haberlas conocido y tratado”. El positivo punto de vista de Smith resultó patente cuando se presentó en el Central Park de Nueva York una calurosa noche de julio de 1995 ante diez mil personas. En compañía de Lenny Kaye, del bajista Tony Shanahan y de su hermana Kimberly Smith en la guitarra acústica, resultó una reunión intensa entre Patti y su público.
VIDEO: Patti Smith – Ravens, YouTube (Vlad Putain)
BXXI-644 THE SUN STORY (ROCKABILLY)
El primer single de Elvis Presley titulado “That’s all right”, fue una fusión de música country y blues (llamada desde entonces Rockabilly), que llegó a ser un considerable éxito local y que, asociado con las bárbaras presentaciones que Elvis daba en el podio, se encargaría de que la supremacía del suave y empalagoso pop desapareciera para siempre. Siguiendo la ruta de Elvis, llegaron a Memphis, un montón de muchachos campiranos, todos pensando que con facilidad serían capaces de destronar a Elvis y lograrían hacerse cargo de su corona. Cosa que jamás consiguieron, pero persiguiendo tal fin aparecieron talentos maravillosos que se dejaron atraer por los Sun Studios de Sam Phillips entre 1954 y 1960.
VIDEO: Sonny Burgess – Red Headed Woman, YouTube (kitsjuke)
BXXI- 645 HAUSTOR
Haustor fue una banda de rock croata formada en Zagreb en 1977, cuando el guitarrista Darko Rundek conoció al bajista Srđan Sacher y juntos crearon al grupo con Ozren Štiglić (guitarra) y Boris Leiner (batería), para luego agregar al año siguiente al tecladista Zoran Vuletić y una sección de metales, tras lo cual mostraron su influencia de la música caribeña, que añadieron a sus interpretaciones. En 1981 hicieron su debut discográfico con un álbum homónimo y el sencillo impregnado de reggae, «Moja prva ljubav» (My First Love), que se convirtió en un hit en todos los países integrantes de Yugoslavia, con lo cual encabezaron, junto a otros grupos, lo que se dio en llamar la Novi val (Nueva Ola), en aquella zona geográfica.
El dúo que integra la base del grupo Gare du Nord, el belga Barend Fransen (alias “Inca”, en los teclados, sax y voz) y el neerlandés Ferdy Lancee (alias “Doc” Dinant, en las guitarras y voz), le imprimió diversidad al concepto de su nombre en más de un plano.
Como músicos, DJ’s y productores del dance floor electrónico vieron en el título de su proyecto gran variedad de vasos comunicantes, los cuales a su vez serían las diferentes capas que construirían su sonido en el hipermoderno siglo XXI: multigenérico, intercultural y pleno de atmósferas y texturas tan rítmicas como relajantes, creadas en el ya mítico Real People Studio.
Los binomios son su sostén y razón de ser y contienen lo abarcado entre el blues y el jazz electrónico; el estadio cool de Miles Davis y la emotividad de Marvin Gaye (es decir, terciopelo y soul) y el mundo que habita entre la artificialidad neo Disco del desfile de modas y el esteticismo del film noir francés.
El común denominador de todo ello es el sexo, que como un tren cargado de albricias llega o parte de la estación que le da nombre al grupo, incluyendo —claro está— sus zonas hoteleras de aventuras de pronóstico reservado.
La geografía en la que se ubica el dúo tiene su punto medio en la estación norte de Bruselas, la capital de la Unión Europea y su abigarrado cosmopolitismo. De la que extraen la metáfora de los destinos diversos: La Haya, Amsterdam, Colonia, Londres, Berlín, Munich, Marsella y Milán, entre otros.
De esos otros, tomaron París como el primer destino de su viaje musical. El sonido de los rieles lleva a la Gare du Nord parisina y a la vida de esta ciudad que permea su debut discográfico: In Search ofExcellounge (2001), en el cual manejan los contenidos como un manifiesto estético plurifuncional.
En él, con la pieza “Pablo’s Blues” —el sencillo que los catapultó— refuerzan el cauce del tan antiguo como contemporáneo sonido del Delta con el flujo del impulso electrónico. Para ello samplean al legendario Robert Johnson y le dan protagonismo a la guitarra slide de la que fuera maestro indiscutible. El blues como principio de todo.
Y ellos lo saben: que Robert Johnson tocaba una música que decía cómo eran las cosas; cantaba como un perro desgraciado aullando por una perra en celo. Un “valium blues”, como lo denominaron y al que manejaron con sutileza para lograr matices endiablados en ese nuevo cruce de caminos para el blues, el trad jazz y las múltiples posibilidades de la electrónica.
Y si Excellounge tuvo a la capital francesa como inspiración (con las seductoras sonoridades y exquisitas atmósferas emergidas de su lenguaje, clubes, personajes, pasarelas, calles y habitaciones), en su segunda entrega, Kind of Cool (2003), la pareja de músicos y productores se encargó de mostrar el cosmopolitismo en todo su esplendor.
VIDEO SUGERIDO: Gare du Nord – Pablo’s Blues, YouTube (Geepereet)
Su leitmotiv, además del omnipresente Johnson, fue el mood del Miles Davis cincuentero. El estilo cool como pasaporte al mundo, paseándose por Memphis, Londres, Berlín, Katmandú y Bruselas.
En los tracks que lo componen hay un andar discreto, sabroso, que discurre tranquilo por un turbio retro-disco neoyorquino para llegar luego a un sofisticado chill out centroeuropeo y finalmente al relajamiento con el sensual downtempo mediterráneo. Envuelto todo en la calidez y satinado con la marca de la casa: “Sold My Soul”, el ejemplo.
El siguiente paso fue crear el imaginario club. Doc & Inca habían puesto sus señas en el mapa y a él invitaron a músicos de la talla de Erik Truffaz. La clave del trompetista francés celebró el primer lustro de la fantasía del escenario fundado por los benelenses.
Éstos durante ese tiempo ya habían dado muestras de ser partícipes de la nueva percepción musical europea —a la par de propuestas como la de los austriacos Kruder & Dorfmeister; de los alemanes De-Phazz, de los noruegos del sello Jazzland, de los suizos Yonderboi o de los suecos Koop—. Se habían integrado al diálogo con la comunidad tanto como al trasatlántico.
El concepto “Club” se había extendido con múltiples propuestas. Gare du Nord creó el sonido de su propio Club (2005) en el contexto del cambio cultural del nuevo siglo que afectaba a todas las artes. Originaron un estilo que iba por rutas ignotas y ritmos felices de encontrarse. En el camino, de paso, le rindieron tributo a los pioneros del sonido FM, Steely Dan, con “Go Back, Jack!”. Hipermodernismo puro.
La esplendorosa alfombra tejida atrajo a la crema de los sellos del jazz: Blue Note Records, que los firmó en noviembre del 2007 y a la que en seguida le solicitaron sus requerimientos: libertad creativa, rediseño de sus portadas y el permiso de usar el master original de «Sexual Healing» de Marvin Gaye, para trabajar en él. Todos sus deseos les fueron concedidos.
Y bajo su manto aparecieron los 13 tracks del dúo de libertinos: Sex’n’Jazz, Vol. 1 of a Love Trilogy . El digipack que los contiene porta la firma de la famosa diseñadora de moda Marlies Dekkers, quien captó en imagen las sensaciones.
Como invitados aparecieron el sensual canto de la italiana Dorona Alberti, Paul Carrack, brillante cantautor del rock británico, y la voz sampleada de Marvin Gaye, el hito del soul.
El aura de Miles Davis con Ascenseur pour l’échafaud sirvió de referente para este film noir musicalizado. En él se citan los protagonistas con los cuales labora el dúo: sexo y jazz.
En el 2009 editaron Love For Lunch, en el que reúnen sensualidades varias para llevar a cabo un almuerzo voluptuoso entre sedas y satines de cinco estrellas, al estilo cinematográfico de las películas de Bond… James Bond.
Al finalizar la primera década del siglo XXI apareció Let’s Have a Ball, la fiesta privada en pareja, en donde la suntuosidad de dicha posibilidad materializa la sofisticación de las colaboraciones con Norah Jones, Urban Jazz Rebels o Cassandra Wilson. El resultado corre a cargo de la imaginación del escucha.
VIDEO SUGERIDO : Gare du Nord You’re My Medicine (live), YouTube (philipjobo)
Los juguetes de la paz de Saki (Colección «Botella al mar», coedición CNCA/Alfaguara, 1991) es una reunión de cuentos para niños del escritor Héctor Hugh Munro (Saki), quien nació en Birmania en 1870 y murió en Francia en 1916.
En estos relatos sucede lo que todo niño siempre ha anhelado: ganar en la batalla contra los adultos. Y ello acontece con humor y mordacidad y además conciliando las exigencias de la creación literaria con el gusto de los jóvenes por la información y la realidad.
Cada uno de los cuentos de este volumen plantea problemas fundamentales del mundo contemporáneo a través de aventuras infantiles o juveniles y muestra las repercusiones de ese mundo sobre sus habitantes.
Los escenarios ya no están restringidos y los niños tienen el sitio primordial sin falsos didactismos moralizadores.
En su canto hubo el esfuerzo y los rastros del que sobrevive, del experimentado lleno de cicatrices que no se ufana de ellas ni las ostenta, pero que sabe son suyas y le pertenecen. Por lo tanto cuando la escuchas crees en la esencia de lo que glosa, en su legitimidad y tienes el convencimiento de que las palabras son recovecos de la propia vivencia trastocados en canción.
La existencia no tiene remedio, parece decir, pero la afirmación no es una sentencia trágica o resignada. En su oficio significó también el rescate de una llave verbal que abriría los instantes vividos de cualquiera que la oyera en el futuro. Esta melodía llega desde entonces como un evocador sentimiento presente, eterno, que procede a redescubrir el riesgo de amar sin red protectora. Emite su misterio y lo desmenusa.
Herbie Mann (nacido en 1930 y fallecido en el 2003) fue un astuto director de grupo con mucho oficio que supo anticiparse a las modas musicales y beneficiarse de ellas en forma consistente por varias décadas. Su ejecución de la flauta casi siempre fue el elemento menos interesante de sus discos, organizados meticulosamente en torno a conjuntos armados con los mejores músicos de estudio disponibles.
Durante los años cincuenta y sesenta, Mann encabezó un excelente grupo de música afrocubana y ayudó a difundir el género mediante la inclusión de músicos de primera, sobre todo de grandes percusionistas como Carlos «Potato» Valdés, Ray Barretto, Michael Olatunji, Ray Mantilla, Willie Bobo y Armando Peraza.
Los discos de Mann siempre fueron interesantes durante este periodo y mucha gente, incluyendo a varios músicos de rock, conocieron el jazz a través de estos acetatos.
Desafortunadamente sólo dos álbumes en verdad representativos de dicho periodo clásico de Mann están disponibles todavía: Mann at the Village Gate y The Common Ground. El resto de su primer material sólo se consigue en compilaciones y en reediciones deficientes. De éstas búsquese en caso de curiosidad los clásicos como Flautista, Brazil Blues y Standing Ovation at Newport en las mesas de descuentos, si es que alguna tienda de discos hace tal cosa o si existe todavía alguna tienda de discos cercana o lejana.
El intento hecho por Mann desde fines de los sesenta y durante los setenta por actualizar su repertorio fue menos convincente, aunque en varios momentos ejecutó un rhythm and blues excepcional, al contar con los músicos de respaldo correctos.
El mejor disco de este periodo, Memphis Underground, fue por mucho el más vendido de Mann y por lo tanto aún se pudiera conseguir. Con el guitarrista Larry Coryell, Roy Ayers en el vibráfono y una sección rítmica de Memphis, Mann armó un groove tupidísimo que enlazaba el jazz con el rhythm and blues y algunos elementos del rock. La pieza del título también tuvo gran éxito como sencillo.
Los álbumes siguientes de Mann, muchas veces realizados con los mejores músicos de estudio neoyorquinos, se distinguieron por su técnica depurada y su total falta de interés. Grabaciones como Reggae y Discotheque ponen de manifiesto cuán superficiales fueron los intentos de Mann por crear una versión estereotipada de dichos estilos, en beneficio propio, y en conjunto parecía estar tirando el anzuelo ciegamente para ver si algo pegaba.
Por ejemplo, en uno de sus discos más interesantes de los setenta, Push Push, destacó la participación de Duane Allman en la guitarra slide.