CANON: JOE COCKER

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Fue un cantante único. Quien lo haya escuchado alguna vez, sabrá en su corazón que será imposible olvidarlo. Fue sin duda una de las mejores voces del rock y del soul que haya dado la Gran Bretaña. Tenía verdadero talento interpretativo y era un tipo al que le gustaba estar sobre el escenario. Cualquiera que lo haya visto alguna vez en vivo, o en alguna filmación, jamás podrá olvidarlo, tampoco. Su nombre: Joe Cocker.

Robert John Cocker nació como hijo de un minero en Sheffield, la metrópoli del acero al norte de Inglaterra, el 20 de mayo de 1944. A los catorce años tocaba la armónica y la batería en la banda de su hermano mayor, Víctor. Se nominaban The Cavaliers e interpretaban el tradicional ritmo del skiffle.

Dos años más tarde Joe ya encabezaba su propio grupo, The Big Blues, como cantante principal (1960). En 1961 cambió el nombre por el de Vance Arnold and The Avengers.  Cocker había descubierto su mina, una grandiosa voz para el blues, el soul y el rhythm and blues, llena de energía y expresividad emotiva.

Al igual que otros cantantes de su generación, Cocker había recibido en su organismo la brutal sinceridad y fogosa pasión de ese rhythm and blues que tanto gustaba en el norte de Inglaterra y que inundaba los pubs las noches de aquellos lares.

Al comienzo de aquella década, vivía como instalador de gas en sus horas diurnas y como cantante de pub en las nocturnas. Se educó como intérprete en esos locales llenos de humo y con el choque de las jarras cerveceras. Ese fue el idóneo entorno donde adquirió experiencia su desbocada garganta, con tempestuosas invocaciones lo mismo del rock que del soul. Ahí brotó su genio para deconstruir una composición y rehacerla a su antojo, en los borrosos límites de la expresión e inyectando una fuerza más allá de las necesidades de la tonada. Eso lo volvió inconfundible.

En 1963 con The Avengers grabó una versión de «I’ll Cry Instead» de Lennon y McCartney, para la compañía Decca. Las ventas de este sencillo fueron regulares, pero le consiguieron contratos como telonero para los Rolling Stones, los Hollies y Manfred Mann, durante sus presentaciones en Sheffield.

En un segundo intento Cocker viajó como solista a Londres para grabar la canción «Georgia on My Mind», de su ídolo Ray Charles. No sucedió absolutamente nada con ella, la pieza nunca circuló. Sin embargo, tiempo después, Charles tras escucharlo lo calificaría como su «único y verdadero discípulo».

Joe volvió a Sheffield y fundó otro grupo, la Grease Band, que incluyó a Chris Stainton en los teclados y a Henry McCullough en la guitarra. Con ellos grabó «Marjorine», una composición propia que llegó a manos del productor Denny Cordell (también de Moody Blues y Procol Harum). Éste lo llevó entonces de regreso a Londres y en un estudio profesional realizó la versión de «Marjorine» que ingresaría a las listas de éxitos inglesas en 1967.

Al año siguiente Joe Cocker creó su interpretación de «With a Little Help from My Friends» de Lennon y McCartney. Así, una poderosa voz blusera se daba a conocer. Los arreglos dramáticos estuvieron hechos para él. El sencillo fue seguido del álbum homónimo en el que destacaban los músicos invitados Jimmy Page y Steve Winwood.

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Por esa versión, fue felicitado los propios autores, y consiguió su primer exitoso número uno en las listas de 1968. Asimismo, con tal incursión mostró su gusto y acierto al reinventar, temas ajenos.

(De ahí en adelante se repetirían sus disfrutables y populares apropiaciones con temas como Feeling Alright, Up Where We Belong y You Can Leave Your Hat On, un hito cinematográfico de los años 80. Esa versión de Randy Newman, le puso ritmo al mítico strip tease de Kim Bassinger ante Mickey Rourke en Nueve semanas y media, para certificarse como himno erótico de toda una generación. Y en uno representativo de la misma con aquella canción de los Beatles en la serie televisiva Los Años Maravillosos. Cocker siempre supo adaptar a diversos compositores, desde Bob Dylan y Leonard Cohen a Jimmy Cliff, por ejemplo)

Tras dicho éxito cambió su campo de acción a los Estados Unidos. Además de su poderosa voz, apoyada por lo acerado de sus cuerdas, su excéntrico estilo interpretativo –agitando los brazos y haciendo muecas– llamó poderosamente la atención en la Tierra del Tío Sam, donde se le adjudicó el mote de “El Frankenstein del Rock”.

La intervención que tuvo durante el festival de Woodstock en 1969 lo proyectó mundialmente. En los meses posteriores ingresó a las listas estadounidenses con «The Letter», tema original de los Box Tops, y «Cry Me a River» de Arthur Hamilton.

Para entonces Cocker ya estaba trabajando con Leon Russell, cuya pieza «Delta Lady» le valió a Joe un éxito en Inglaterra en 1969. Con Russell como director musical emprendió la caótica y legendaria gira Mad Dogs and Englishmen en 1970, con 40 personas en el escenario, la cual produjo una película y un disco doble en vivo.

Sin embargo, también hundió a Cocker en la bancarrota, en el agotamiento, en el alcoholismo y en las adicciones. Su estilo espasmódico y desaliñado sobre el escenario, tenía su réplica en su vida personal. Hecho una ruina se refugió en Inglaterra durante dos años.

En 1972 grabó el L.P. Something to Say sin buenos resultados. Realizó, igualmente, una gira internacional que fue interrumpida por su arresto en Australia por posesión de estupefacientes. Al año siguiente, con la ayuda de Randy Newman, produjo I Can Stand a Little Rain, que tampoco obtuvo éxito. Intentó otra gira que salió desastrosa por sus desplomes etílicos en pleno escenario.

De 1975 a 1978 grabó tres discos con iguales consecuencias Jamaica Say You Will, Stingray (con Eric Clapton como invitado) y Luxury You Can Afford. Varios años estuvo en un semirretiro, rehabiltándose. Joe Cocker sucumbió a todas las tentaciones de la bohemia rockera. Pero incluso cuando parecía tocar fondo era capaz de cosechar éxitos planetarios.

A comienzos de la década de los ochenta los Crusaders pidieron su colaboración en el tema «Standing All”, y luego la sentimental canción «Up Where We Belong», tema de la película An Officer and a Gentleman, colocó a Cocker en el primer lugar de las listas de popularidad de los Estados Unidos.

Esta pieza, cantada a dúo con Jennifer Warnes, le valió un Oscar y puso los fundamentos para un extraordinario comeback, que inició con el álbum Sheffield Steel (1982) y prosiguió desde entonces con los discos Civilized Man (1984), Cocker (1986), Unchain My Heart (1987), One Night of Sin (1989) y Joe Cocker Live (1990), el cual festejó los 30 años de un cantante que aún sabía hundirse con su voz en la tristeza, vociferar el dolor o derretirse en la ternura.

En el 2012 Joe publicó el que sería su último álbum de estudio Fire It Up. Una década después emprendió en una gira triunfal por el continente europeo que finalizó en el teatro Hammersmith Apollo de Londres, el cual sería su último concierto.

Así lo contó a la postre su obituario: “La voz grave y volcánica del soul blanco se ha apagado este lunes 22 de diciembre de 2014 por un cáncer de pulmón, a los 70 años. El cantante vivía desde hacía años en los Estados Unidos, en un rancho de Colorado, junto a su segunda esposa. En el 2007, la reina de Inglaterra le entregó la medalla que lo acreditaba como Oficial del Imperio Británico por sus servicios a la música”.

VIDEO: Joe Cocker, With a little help from my friends, YouTube (Fabio Germoglio)

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ELLAZZ (.WORLD): JULIETTE GRÉCO

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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La mayoría de los standards más populares son canciones de amor. Tratan acerca del amor buscado, del requerido, del encontrado o del que se ha perdido. En tan sólo tres o cuatro minutos, lo que duran, hay verdaderos cuadros dramáticos, muchas veces cargados de ingenio y de sabiduría, al respecto.

En ellos se canta al amor como una cosa con poder y misteriosa a la que todos pretendemos conocer. Dichos temas nos pueden recordar pasajes de nuestras vidas, de nuestras tribulaciones en los malos tiempos o de las alegrías en los buenos.

Tales canciones nos suministran también un lenguaje para expresar nuestras esperanzas y sueños, y también nuestras sombras. Sin embargo, generalmente, a estos temas no se les considera poesía sino letras (lyrics), puesto que tienen otro fin como escenario, pero cuando han sido escritas por un poeta la cosa cambia, como en el caso de “Les Feullies Mortes” (“Autumn Leaves”, en inglés, “Las Hojas Muertas”, en español), hecha por Jacques Prévert.

Éste, fue un poeta, autor teatral y guionista cinematográfico francés (nacido en 1900 y fallecido en 1977) que utilizaba las figuras retóricas o de repetición para trastocar el flujo convencional del lenguaje. Su poesía recurría muchas veces a dobles significados e imágenes insólitas con efectos inesperados, con un humor a veces negro y a veces erótico.

“Les Feullies Mortes” (“Las Hojas Muertas”) es una canción plena de melancolía, un sentimiento que está presente en su melodía escalonada, en su armonía en tono menor y en el ritmo pausado en que se desarrolla esta balada. Su letra habla de un otoño gris, de las hojas muertas que caen de los árboles trayendo el recuerdo de unos besos idos, habla de un amor ausente y de unos días largos y vacíos.

En el campo del jazz, con sus 32 compases los músicos pueden improvisar sin mucha dificultad gracias a que la escala de Mi Menor es constante y fácil de digitar para la mayoría de los instrumentistas o crear la atmósfera para acompañar a cantantes (hombres o mujeres) que la interpreten.

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Debido a ello existen muchas versiones de este tema clásico, de entre las cuales destaca la de una de las mayores embajadoras de la canción francesa, Juliette Gréco, que en su voz se fundían los nombres de los grandes compositores y escritores del siglo XX.

Su estilo era una mezcla de gravedad y ligereza exhibida a lo largo de siete décadas sobre los escenarios. Un estilo que hizo historia. Juliette Gréco falleció el 23 de septiembre del 2020.

La pieza “Les feuilles mortes” (“Las Hojas Muertas”) representa la conjunción de la poesía de Jacques Prévert y la música de Joseph Kosma, la cual dio como resultado una de las cimas de la canción del siglo XX. El tema viajaría en la voz de diferentes intérpretes como canción estandarte, pero Juliette Gréco la acabó de entronizar como gran himno romántico del París de postguerra. Johnny Mercer trasladó los versos de Prévert al songbook estadounidense, como «Autumn Leaves» y la canción se hizo eterna en las voces de los crooners y los músicos de jazz.

La de Juliette Gréco (nacida el 7 de febrero de 1927, en Montpellier) fue una de las voces más señaladas del existencialismo llevado a la música durante fines de los cuarenta y los años de la década siguiente. El jazz y el pop francés se fusionaron aquí para lanzar al mundo los principios de la filosofía nihilista de la posguerra.

La época en la que se ubican la canciones interpretadas por esta cantante está marcada por la estrecha amistad de la intérprete con el padre de dicha filosofía, Jean Paul Sartre. Temas como “Les Feuilles Mortes”, evidencian el acercamiento. Por otro lado, la influencia de Miles Davis, inmerso en esos momentos en el estilo cool (y con quien mantuvo una relación romántica), también es patente en los arreglos musicales.

Por otra parte, la Gréco estuvo siempre en contra las trampas de la nostalgia- «Yo no siento nostalgia, tengo seres vivos que viven junto a mi corazón», dijo-. De esta manera la cantante proclamó y afirmó con vehemencia su presente. Gréco nunca perdió su actitud desafiante y el espíritu insumiso que la caracterizó, y que sobre el escenario acababa rindiendo al público.

Gréco siempre mantuvo su propia revolución personal, desde que en el París que la coronaba como musa del existencialismo y eterna dama de negro, mostró su espíritu inconformista, ese perfume de escándalo que la acompañó desde los primeros tiempos. Como el título de una de sus canciones, «Je suis comme je suis», siempre fiel a un estilo.

Con Gréco “Les feuilles mortes” (Las Hojas Muertas) se armaba de su vestimenta de coraje y de fuerza para interpretar el tema.

VIDEO: Juliette Greco – Les Feuilles Mortes, YouTube (hapasen)

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LOS EVANGELISTAS: PETE SHELLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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ADALID PUNK

 

Las reseñas críticas de aquel entonces lo describieron así: «La fórmula musical básica de Pete Shelley con los Buzzcocks fue unir la velocidad y la urgencia emocional del punk con melodías y temáticas chico-chica del pop-rock clásico. Cuando aplicó esta fórmula, el amor no correspondido durante la adolescencia, creó una de sus canciones más inolvidables: “Ever Fallen in Love”».

 

Para hablar de Pete Shelley se tiene que hacerlo necesariamente también del punk británico, desde sus orígenes sociales míseros y crudos hasta la concientización y sofisticación intelectual con respecto a su entorno. Los máximos exponentes de lo primero son obviamente los Sex Pistols, cuyos dudosos y espurios objetivos (convertirse en estrellas vía la trasgresión diseñada, como Miley Cyrus, por ejemplo) tuvieron el efecto colateral y opuesto de despertar las necesidades y los manifiestos estéticos de músicos más preparados como los de Clash o los Buzzcocks, por mencionar algunos.

Fue el líder de estos últimos, Pete Shelley, quien al escuchar de muy joven a los Pistols en una de sus presentaciones (en un pub en 1976) decidió participar en la escena punk desde la provinciana ciudad de Manchester. Dando con ello inicio a lo que a la postre se conocería como el origen del sonido que caracterizaría a dicha urbe.

La leyenda lo ubica como el organizador de un fracasado concierto de su grupo, The Buzzcocks, junto a sus ídolos londinenses (en el Lesser Free Trade Hall), pero cuya resonancia alcanzó niveles míticos. Tanto que la cinematografía quiso testimoniarlo en la película 24 Hour Party People (2002), del director Michael Winterbottom.

A partir de ahí, The Buzzcocks crecieron en importancia lo mismo que su mente maestra, guitarrista, voz y compositor (nacido como Peter Campbell McNeish, en 1955). El grupo fue fundado en aquel año de 1976 con Howard DeVoto (voz y guitarra), Steve Diggle (bajo) y John Maher (batería). El material de sus primeros discos se fundamentaba en las canciones escritas por Shelley durante sus años de estudiante universitario.

En su disco debut, Another Music in a Different Kitchen (1978) –un año antes habían editado un EP de nombre Spiral Scratch–, letras y música sonaron rústicas y tópicas, pero la experiencia sirvió para fijar el rumbo al que quería ir Shelley a partir de ahí. Puso en la palestra su bagaje académico y las canciones adquirieron nuevos y originales matices.

Para ellas el grupo creó una elaborada orquestación –atípica para los cartabones del punk primigenio– que incluía manejo de voces en los coros, influencias musicales del naciente rock alemán, además de una estética derivada de la New wave.

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Pero en lo lírico, pues, fue donde más se destacaron incorporando a su repertorio una temática de lo más alejada de las vías del género, gracias a la pluma de Shelley: cuestiones amorosas, de identidad sexual o de clase social. Curiosamente, el subgénero no trataba entonces sobre cuestiones sexuales, ni de relaciones de amor entre la juventud. Por lo mismo Shelley llenó un nicho con sus canciones donde sí hablaba todo aquello, y se hizo de muchos seguidores para el grupo.

En sus siguientes volúmenes el meollo se concentró a medio camino entre la autobiografía y el ensayo sociológico, tratados con levedad y melodiosamente.

Shelley se tomó a sí mismo como sujeto de lo contado para comprender por qué sucedió lo que sucedió con la clase obrera en aquellos setenta-ochenta; para hablar acerca del amor y las relaciones entre sus contemporáneos y para cuestionar ideologías sobre la orientación sexual (se declaró bisexual en aquel tiempo).

VIDEO SUGERIDO: The Buzzcocks Ever fallen in love, YouTube (calowet)

Él era producto de la clase proletaria (con un padre obrero de la minería y una madre molinera). En sus temas ahondó en muchos de los problemas de tal estrato (y que hoy puntualmente vuelven a ser significativos), como el sistema escolar convertido en máquina de reproducción de las desigualdades, la estigmatización de las diferencias sexuales, el destino de las mujeres en dicho ámbito y el auge de la extrema derecha.

“En aquellos años se nos dijo que ya no existían las clases sociales, que todo dependía de la responsabilidad individual. La jodida Thatcher llegó a declarar que los pobres lo éramos porque queríamos, por nuestra propia culpa. Mi familia y las de mis amigos eran entonces de filiación socialista, como casi toda la clase obrera inglesa y combatíamos al gobierno”, recordaba Shelley.

“Pero en treinta años ¿qué pasó en nuestra historia social y política para que las familias de aquella tradición comunista acabaran votando por el Brexit y por la extrema derecha? Es la clase de transhumancia ideológica, de traición,  que me llevó a largarme del país e irme al de mi segunda esposa: Estonia”, declaró el músico al inicio de la segunda década del siglo.

En cuanto a los Buzzcocks (nombre de sugerencias fálicas), éstos sufrieron el abandono de DeVito, pero Shelley los condujo con buen mano durante los siguientes años (dentro de los cauces del punk-pop) y tres discos de buena factura, entre los cuales se encuentra su magna obra Love Bites (1978) y sus sencillos “Even Fallen In Love” y “Love Is Lies”, que los llevaron a las listas de popularidad y al estrato de clásicos.

Sin embargo, Shelley agobiado por todo el trabajo de guiar al grupo y sufriendo de depresiones, decidió disolverlo al inicio de la siguiente década y lanzarse como solista, encaminado a canalizar su afición por el synth pop. No obstante, la suerte no le sonrió con aquella decisión y no sucedió nada importante con él en esa época, aparte de pequeñas escaramuzas con la censura.  Así que en 1989 los Buzzcocks se volvieron a reunir.

Se descubrió que no habían perdido la chispa, todos se mantenían en forma y comenzaron a realizar nuevas producciones, a trabajar con cuidado en la selección de sus antologías, del material de sus discos en vivo y a llevar a cabo giras productivas, sin ser mastodónticas o masivas. Mantuvieron desde entonces un perfil discreto pero eficaz que les garantizó, sobre todo a Shelley, llevar a cabo su labor sin presiones.

De esta manera cobraron forma los siguientes siete discos lanzados a lo largo del siguiente cuarto de siglo, entre ellos el que los volvió a conjuntar: Trade Test Transmission (1993), All Set, Modern (con el que entraron al nuevo siglo) y el que lamentablemente fue el último The Way (del 2014), financiado bajo las condiciones del micro mecenazgo de parte de sus seguidores. Por ahí también aparece un álbum creado en mancuerna con DeVoto (Buzzkunst).

Harto de la situación política y social de Inglaterra, Shelley que entretanto se había divorciado y vuelto a casar y tenido un hijo, optó por exiliarse en la ciudad de su nueva cónyuge, Tallin, capital de Estonia, desde el 2012. Ahí se mantuvo tranquilo y trabajando hasta su fallecimiento repentino, a causa de un paro cardiaco, el 6 de diciembre del 2018, a la edad de 63 años.

VIDEO SUGERIDO: Buzzcocks – “Promises” (Official Video) HD, YouTube (Alternative Nation)

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DISCOS EN VIVO: AT THE WHISKY A GO-GO (JOHNNY RIVERS)

Por SERGIO MONSALVO C. 

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La noche de la inauguración en Los Ángeles del club Whisky à Go-Go, el 16 de enero, varias cosas explotaron ahí para dejar su huella en la cultura del rock. En primer lugar, la música. Una que iba a formar parte de aquella época y que se imprimiría en el inconsciente colectivo gracias a su sonido.

Éste fue producto tanto de la experiencia como de la postura de Johnny Rivers frente a la música. Él creó su propio revival cuando aún no existía tal concepto. En su set festejó al rock & roll clásico de sus principales figuras, cuando éstas estaban ya muy difuminadas y fuera de los focos musicales (Chuck Berry, estaba en la cárcel; Little Richard se había insertado en la religión, Jerry Lee Lewis sufría una condena social y Elvis sólo hacía malas películas).

Junto a ese rock clásico (y rockabilly) puso también al blues, al folk y al country, ámbitos acústicos que ni por asomo convivían en aquel momento entre ellos pero, además, los interpretó bajo el tamiz de su propia voz (white soul) y ritmo emanados de la zona de Louisiana donde creció, enriqueciéndolos con sus raíces e influencias y, no contento con eso, los puso en versiones electrificadas, dando lugar así al llamado “Go-Go Sound” a partir de que lo diera a conocer en aquel club angelino.

Dichas versiones, mezcladas con temas originales forjaron un sonido que se mantendría vigente a través de una década y cuyos ecos prevalecerían (en Ronnie Hawkins, Bobby Fuller, Dion, The Standells, entre otros). La extraordinaria aceptación que tuvo su propuesta, la interconexión que logró con el público y la atmósfera emanadas de ello le dieron al mánager la idea de grabar aquellas sesiones. Para llevarla a cabo tanto Rivers como él se endeudaron para conseguir los aparatos necesarios para la grabación, la cual se realizó en el mes de febrero.

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Luego Adler vagaría durante los siguientes meses por una y otra discográfica con dicho material, hasta que la compañía Liberty lo aceptó y lanzó el disco

Johnny Rivers at the Whisky à Go Go, que aparecería en mayo. El disco en vivo resultó un éxito de público y ventas: la pieza “Memphis” de Chuck Berry entró en los primeros lugares de las listas de popularidad a principios del verano, y el medley con el que cerraba (“La Bamba/Twist and Shout”) pasó con su estilo a formar parte de los repertorios de todos los grupos (desde los emergentes del rock de garage hasta los mismísimos Beatles).

Ante los buenos resultados, en agosto del mismo año, Rivers y Adler repitieron la dosis con Here We à Go-Go Again! Y la respuesta fue la misma: “Maybelline” (de Berry), y “Midnight Special” (de Ledbelly) fueron sus singles insignia.

A partir de entonces la carrera de Rivers se mantuvo al alza y las piezas memorables suyas (“Poor Side of Town”, “Look At Your Soul”) y ajenas (“Mountain of Love”, “Seven Son”, “Muddy Water”, “Baby I Need Your Lovin’” y un largo etcétera), no dejaron de aparecer durante una década en la que también fundó su propio sello discográfico (Soul City), hasta que la estrella de Johnny se opacó poco a poco e incluso dejó de grabar por un largo tiempo. Sin embargo, nunca ha parado de hacer presentaciones y sigue apareciendo en diversos lugares del mundo con un promedio de 60 conciertos muy solicitados por año.

Nadie de los que estuvieron presentes en el primer año de aquel nuevo santuario para el rock (lo mismo músicos noveles que luego serían estrellas, que astros cinematográficos hollywoodenses y público en general), con Johnny Rivers como el músico de la casa, podrá olvidar jamás las escenas de sus presentaciones en el Whisky à Go Go. Él hizo de cada una de aquellas piezas que interpretó ahí su versión particular en un novedoso espacio discursivo y contextual.

VIDEO: Johnny Rivers – Whisky a Go Go, YouTube (lidia.fernandes1)

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PRIMERA Y REVERSA: NEIL YOUNG (UNPLUGGED)

Por SERGIO MONSALVO C.

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Sin electricidad, quizá, pero dotado de un máximo de sensibilidad, Neil Young, un veterano íntegro del rock, demostró que «Unplugged» podía ser un sello de calidad.  Desde la selección misma de las canciones, entre ellas nuevos arreglos de clásicos como «The Needle and the Damage Done», «Helpless» y «Like a Hurricane», convirtió esta grabación de un concierto en una fiesta, y no sólo para los fans.

Por otra parte, el carácter de lo extraordinario fue otorgado a esta producción también por el alto nivel musical en el que durante 14 canciones se mueven el inspirado compositor Young y sus compañeros (entre otros, el guitarrista Nils Lofgren y el baterista Oscar Butterworth).

Todos los títulos son interpretados con el mayor cuidado por el grupo: aquí un delicado tono en el piano, allá una nota de bajo casi oculta, luego la cooperación sensible de todo el conjunto acústico.  Desde luego no falta tampoco Neil como solista, o sea, sólo la voz, la guitarra y la armónica.  Este álbum posee un encanto quebradizo al que es prácticamente imposible sustraerse.

VIDEO: The old laughing lady / Mr Soul Neil Young Unplugged, YouTube (David Seyer)

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BABEL XXI-666

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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MILES DAVIS – I

CREADOR DE OBRAS MAESTRAS

(BIRTH OF THE COOL)

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/666-miles-davis-i-creador-de-obras-maestras-birth-of-the-cool/

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FRANK ZAPPA: EL QUIJOTE AUSENTE (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Su muerte ocurrió en un momento inoportuno (la Parca siempre es inoportuna en la cultura rockera). Aunque durante los últimos años de su vida se apartó de la escena, dedicándose más a sus intereses en la composición, Frank Zappa aparecerá en la historia como un hombre que nadó contra todas las corrientes. La falta de escuchas calificados indujo a este freak, en un momento de franqueza, a señalar su carrera como «un desastre total». «El problema no es que no me entiendan, sino que la gente no tiene la menor idea de qué es lo que hago.»

Frank debió todas las etiquetas que le fueron adjudicadas a sus textos -satírico, crítico social, iconoclasta-, pero las palabras para él eran adornos mucho menos importantes que la sustancia musical. De algo hay que cantar, pensaba, y no le interesaba el corazón y sus lamentos. ¿Por qué no colocar un espejo ante la sociedad y salpicarle un poco de sarcasmo?

Los textos eran un asunto secundario para él. Desde 1965, en sus inicios idealistas, intentó enviar mensajes cifrados a todos los que compartieran sus gustos singulares. El descubrimiento de que casi nadie estaba sintonizado con él le confirmó su sentido del aislamiento y procuró disfrutar de ese estado lo mejor posible.

A fin de seguir su evolución hay que conocer no sólo a los grupos vocales de doo‑wop de los cincuenta, el blues y rhythm and blues de músicos como Johnny «Guitar» Watson, Guitar Slim, Howlin’ Wolf y otros muchos, las big bands del jazz (sobre todo Ellington y Basie), los antecesores del free (Roland Kirk, Archie Shepp), así como a diversos exponentes de la World music (a Frank le fascinaba la música búlgara, los tradicionalistas irlandeses The Chieftains, así como el canto mongol de tonos concomitantes), sino también a un amplísimo repertorio de música extraída del cine y la televisión (la gama abarcaba desde el tema de Bonanza hasta los soundtracks compuestos por Nino Rota para Fellini).

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Sin embargo, reviste una importancia mayor el sinnúmero de sus referencias a la música «clásica» del siglo XX. El estudioso serio de la música de Zappa debe tener por lo menos nociones de la obra de (respiren hondo) Edgard Varèse, Stravinsky, Charles Ives, Schönberg, Webern, Cage, Boulez, Ligeti, Penderecki y Toru Takemitsu, por mencionar algunos.

Como ejemplo están canciones como «Brown Shoes Don’t Make It» (Absolutely Free, 1967) donde se escucha al fondo un cuarteto de cuerdas dodecafónico del más estricto academicismo (como tributo a Schönberg y Webern) y al final de la misma pieza un collage de canciones en las que se canta a “la gloriosa nación estadounidense” (Charles Ives). Dichas insinuaciones son adaptadas a la canción, la cual se reduce, para todos los que se concentran sólo en las letras, a un ataque cínico contra la moral de los usuarios de zapatos conservadores. A Zappa le encantaban estos juegos.

Lo absurdo de su posición era que los escuchas y críticos «clásicos», que quizá hubieran podido entender sus bromas musicales, rechazaban el volumen rocanrolero y el humor crudo, mientras que el público rockero no tenía la menor idea de la complejidad musical de sus obras, además de que la ingenuidad de este último lo llevaba, en muchas ocasiones, a tomar en serio los textos. Un gran porcentaje de sus fans coincidían exactamente con el tipo del que Zappa se burlaba en piezas como «Titties ‘n’ Beer».

No obstante, entre más ridiculizaba Zappa -que no consumía ninguna droga- la relajada actitud del “¡Quiero divertirme!» de su público, éste más lo celebraba. Y no se puede negar que el apoyo directo de estas personas, aunado a una capacidad increíble de trabajo, fue lo que permitió al músico una independencia inalcanzable para cualquier otro compositor de vanguardia: 60 álbumes en 25 años (si se cuenta Beat the Boots, la serie «oficialmente autorizada» de grabaciones piratas, el número aumenta a 76), años de experimentos radicales en su estudio casero –el «Utility Muffin Research Kitchen», equipado con todas las innovaciones tecnológicas–, edición de discos bajo su propio sello (Barking Pumpkin), venta de  souvenirs por medio de su propia compañía de fabricación y distribución (Barfko‑Swill) y cubrir incluso el mercado de video (Honker Home Videos). Hasta donde es posible apreciarlo, no parece haber habido un momento en que Zappa no hiciera lo que quería y ganando mucho dinero con ello.

VIDEO: Frank Zappa – Brown Shoes Don’t Make It – YouTube (Frank Zappa)

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LONTANANZA: UNA BRÚJULA DE JUGUETE

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Contar la hilazón de un disco a partir de anécdotas lo coloca a uno muchas veces en el reverso de cualquier relato al respecto. Los pequeños detalles se convierten en puntos cardinales capaces de reorientarnos en el más adverso de los terrenos, hasta llegar al origen de todo.

El conglomerado Superorganism (que se define a sí mismo como “un colectivo artístico que se ha juntado para hacer cosas creativas”) habita en dicho reverso desde antes de su fundación como tal, cuando empezó a tantear con el lenguaje artístico ese lado inmaterial que tienen las cosas por Internet: lanzar una idea, esperar su asimilación, colaborar a larga distancia, asentarse en un sitio, cambiar de piel, poseer el tiempo con un nuevo nombre.

En esta era digital ya es posible andar incluso antes de haber nacido. Así lo demuestra este colectivo. A través del intercambio de materiales sonoros entre internautas multinacionales (Reino Unido, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda) se configuró lo que primero sería el grupo The Eversons. Entre sus miembros estaban Mark Turner (Emily), Christopher Young (Harry), Timothy «Tim» Shann (Tucan), Blair Everson (Robert Strange), B, Ruby y Earl Ho (Soul).

Un grupo que, sin conocerse en persona, intercambiaba canciones y otras sonoridades por la red, hasta que un día decidieron que tenían que verse. Tras ello fundaron tal aglomerado y tomaron la decisión de mudarse todos juntos a la capital inglesa en el 2015, lugar que les brindaría mayor exposición.

Han confesado que se mueven bien en la Web por su alta capacidad de conectar con el lado abstracto del mundo y las pequeñas revelaciones que circulan por él. “Cuesta un poco verlas, pero si te concentras en lo tuyo las encontrarás”, dijeron. Circunstancias que tuvieron un ancla en la realidad y otra en la memoria de sus computadoras, y que les funcionó como una brújula.

Así fue. Tuvieron mayor exposición. Con un pop sin mayores expectativas reunieron en torno a sí a un buen número de fans, el cual creció con su gira por Japón. Uno de los beneficios de ésta fue la de reunirse con otra internauta que había mantenido conversaciones con ellos desde hacía tiempo: Orono Noguchi (luego OJ), quien ponía voz y otros detalles a sus composiciones.

Le dieron la opción de unirse a ellos, lo cual aceptó. De tal manera surgió el nuevo camino con el nombre de Superorganism. Y como una comuna del siglo XXI, ubicada en un lugar entre la Factory (“Everybody Wants To Be Famous”), sin sus oscuridades, y el San Francisco sesentero, con sus psicodelias (“Something For Your M.I.N.D.”), comenzaron a vivir juntos en Londres y a armar el material que los daría a conocer.

Merodeando, pues, en ese el lado inmaterial de la red, se crearon un espacio y un proyecto. Y lo hicieron con empatía y aceptando la posibilidad de la equivocación o del fracaso, pero sin miedo. Su material expositivo funcionó como un texto nuevo que volvía sobre ideas que habían aparecido entre sus anteriores chats.

Hacer lo que hicieron, pasar de la abstracción de una idea a la materialización de una forma, les vino de su formación tecnologizada, pero con criterio, capacidad de análisis y responsabilidad con lo que iban a crear: hiperpop-art. Realizaron un gran ejercicio de autogestión y de autocrítica y generaron entonces su oportunidad, la de  formar parte de aquellos artistas que, al presentarnos obras concretas, proporcionan igualmente herramientas para escuchar parte de la actualidad en la que vivimos (“Nobody Cares”, “It’s All Good”).

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Las suyas son precisas, livianas, rigurosas y divertidas (“Reflections on the Screen”). Son artistas volcados en pensar la rítmica entre la palabra y su sonido, con el material más cercano, portátil y económico que existe en una de las vertientes, quizá la más inteligente, de la escena musical más joven.

Su track sencillo, Something For Your M.I.N.D., llegó los oídos de Frank Ocean, figura del hip hop que los divulgó de manera entusiasta por las redes sociales y a través de su programa de radio, lo cual les sirvió de plataforma para llegar a un público numeroso. La masiva exposición los llevó, de tal suerte, a ser elegidos para aparecer en el soundtrack del videojuego FIFA 18. Asimismo, en el interés del sello Domino, la compañía discográfica de Arctic Monkeys y de Franz Ferdinand.

Con dicho sello apareció entonces el homónimo álbum Superorganism (en el 2018). En él muestran una obra diferente para el medio en el que están inscritos (indie pop, synth pop), de manera que resulta espaciosa su propuesta. Una decena de piezas en las que el grupo trabaja con varios formatos, enseñando la amplitud de su propuesta.

Lo que a mí particularmente me interesa de este grupo es el procesamiento de los tracks, su manera de extraer la médula de otros formatos y estructuras musicales, y al mismo tiempo su forma de disolverse en la mezcla sin perder personalidad. Superorganism, el disco, fue como adentrarse en su laboratorio y con aquella mencionada brújula obtener un punto de partida para discernir su orientación.

Como dije, el álbum se compone de diez piezas cuyos textos se pueden seguir en el booklet anexo, son cápsulas tan diversas como un paisaje urbano, con sus áreas verdes e imaginería desatada. La paleta sonora se recrea en la construcción de pequeñas postales Instagram, ligeras pero estables, hechas con materiales básicos del techno para armar cada contexto de temas como la fama, la indiferencia, las pequeñas pantallas móviles y la noche como campo de diversión. Los miembros, que intercambian su protagonismo, buscan hacerse de un sitio en tal paisaje.

En escena, por otro lado, su presentación es del todo original y expresiva. Aparecen los integrantes, de diversas edades, con los rostros maquillados ostensiblemente y fulgurantes y coloridos impermeables. Lo que sigue es hacer sonar unas campanillas, como si fuera la tercera llamada para una sesión de teatro infantil. ¿Todos listos para la función?

Algunos de ellos, que resguardan sus cabezas bajo las hoodies (capuchas) hacen el papel de coristas y bailarines desaforados, que no dejan de moverse y crear con ello una dinámica ágil, expansiva, e igualmente agitan panderos adornados con tiras multicolores, como si se los hubieran rescatado de una fiesta popular de cualquier esquina del mundo.

Luego se da uno cuenta de que está ahí, sin parecerlo, la figura frágil, aniñada y diminuta de Orono (que en este momento, en esta actuación, la originaria de Tokio, tiene 19 años, pero nadie lo creería, se ve menor), con sus rasgados ojos resguardados tras unos lentes especiales para ver películas en 3D. Todo muy lúdico.

Lo demás es pop del bueno, del hecho con inteligencia, con afanes de más sonido art que el que propicia la caja registradora de otros y otras exponentes del género. Por lo mismo uno disfruta de ellos, de su propuesta, porque en ella hay el encanto de lo fantasioso, de lo multi en varios de sus sentidos: cultural, color, racial, nacional y, sobre todo, con la apropiada dosis de liviandad que pedía Kundera.

Su puesta en escena da para más de una noche de diversión. Sus discos (además del mencionado, está el segundo: World Wide Pop, del 2022) para ser visitados una y otra vez y sus planteamientos expresivos, para pensar en esas cosas que en momentos de incertidumbre sirven de anclaje para la vida cotidiana. Para sobrellevar el absurdo.

Con ese paraguas, ese impermeable, ese afecto producido por alguna canción, una atmósfera, alguna niñería, el amor (por supuesto), las gratas memorias, el relajamiento…Porque Superorganism trata de eso: de cómo nos orientamos y habitamos este mundo con una brújula obtenida de una máquina de dulces.

VIDEO SUGERIDO: Superorganism – Something For Your M.I.N.D. (Official Video), YouTube (Superorganism)

SUPERORGANISM (FOTO 3)

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JAZZ: JOHN COLTRANE (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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A LOVE SUPREME AND LIVE IN SEATTLE

 

John Coltrane fue el primero que mostró la capacidad de tocar de manera multifónica, simultánea, varias notas o varios sonidos; la práctica de combinaciones rítmicas asimétricas, independientes de la pulsación básica, así como la elaboración de un sistema increíblemente sofisticado de acordes de sustitución.

Él amplió prodigiosamente la extensión de su instrumento, de las diferentes texturas que era capaz de extraer de él, y de la cualidad humana de su sonido. Sobrepuso una serie de complicados acordes de paso y proyecciones armónicas sobre estructuras armónicas ya complejas.

Parecía dispuesto a tocar todas las notas posibles, a recorrer sonido a sonido, hasta sus últimas consecuencias, cada acorde con el que se enfrentaba, a buscar escalas, notas y sonidos imposibles en el sax, que parecía a punto de estallar de tanta tensión. El estilo “modal” de interpretación, que utiliza varios modos diferentes al mismo tiempo.

FLASHBACK. Cuatro de la madrugada: la hora más oscura antes del alba, la hora del interior. Otoño de 1964. John Coltrane se despierta a esta hora, como todas las mañanas. Sentado en media posición de loto se concentra en sacar el aire. La habitación está silenciosa y no existe nada más en el mundo. No hay pensamientos. La comunicación directa con el cosmos, con la divinidad o lo que quieran.

Busca un mensaje: saber si se encuentra sobre el buen camino. Trane se pone a ello. Es la meditación más larga que haya conocido. Primero el silencio, luego la música que invade el espacio a su alrededor. Y todas las melodías, todas las armonías, todos los ritmos. El Verbo le sopla una composición consagrada a la gloria de su Esencia suprema.

Despierta, sale de la meditación: “Por primera vez en mi vida tuve en la cabeza la totalidad de lo que grabaría, de principio a fin.” Una arrebatadora confesión de fe en la inspiración. La distingue declarando que es la función básica del espíritu humano. Le otorga un rango superior a la imaginación. La poesía de la música es para él fuerza creadora sagrada.

Crear un sonido para los sentimientos nacientes. El primero, único y bueno para el Amor. “A Love Supreme”, grabada en diciembre de 1965, es la última ofrenda de Trane a lo Divino: Ya no tiene que probar nada más. Se contenta con aullar, llorar, implorar y gozar. “A Love Supreme” se basa en la cábala:  Ahí donde termina la filosofía comienza otra sabiduría. “A Love Supreme”: estas simples palabras recitadas 19 veces. Los placeres y la sapencia. Lo exótico y lo próximo. Lo expuesto y lo oculto.

21 de julio de 1967. Nueva York. La iglesia luterana de San Pedro. Albert Ayler sopla en su sax sonidos de muerte: John Coltrane abandonó su cuerpo.  A pesar de que Trane tenía mucho tiempo de haberse recuperado, los años de adicciones dañaron su hígado en forma definitiva.

Ahora es estrella que brilla en un cielo gris, en donde improvisa y el sonido se alarga interminable. Improvisa desatando cantos sucesivos y alternados, de otros semejantes sin distancia. Improvisa mientras su instantaneidad reclama y su fugacidad extiende el momento. El sonido se oye porque viene de lo alto simplemente. El Sonido invade no sólo el espacio, también el tiempo. Trane fue un hombre de consagración mágica que penetró en dichos secretos y corrió los riesgos con tal de apoderarse de ése, su Amor Supremo.

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Hoy, a casi 60 años de su edición, A Love Supreme conserva intacto su poder de fascinación, con el descubrimiento de la interpretación en vivo que Coltrane hizo de él en el extinto club The Penthaouse, de Seattle, en octubre de 1965. “¿Cómo se puede examinar el lío de opciones que es tu vida y convertirlo en una plegaria?, se preguntó el cantante Bono. “Yo no sabía cómo, pero escucho en Coltrane a alguien que sí lo consiguió”, dijo al respecto.

Por su parte, Ashley Kahn, periodista e historiador musical estadounidense, le dedicó todo un libro al disco original: “pocos álbumes han tenido su influencia y resonancia”, escribió en él. La importancia de A Love Supreme se sustenta en razones tanto intra como extra musicales. Es “un disco que expresa lo inexpresable”.

En 1957 Coltrane experimentó un despertar espiritual hacia una vida “más rica, más llena y más productiva”, dijo en ese entonces. El saxofonista abandonó las adicciones y se impuso un régimen vegetariano estricto. Descubrió la meditación y, con ella, a lo divino; una divinidad genérica inspirada por el budismo. A ello estuvo dedicado el disco que grabaría unos años después.

Coltrane, en la grabación original, toca únicamente el sax tenor; lo acompañan McCoy Tyner, al piano; Jimmy Garrison, al contrabajo; y Elvin Jones, en la batería. Todo cuanto A Love Supreme puede ofrecerle al oyente en sus cuatro movimientos –Acknowledgement, Resolution, Pursuance, Psalm-, se concentra en el reproducido mantra central de 4 notas anunciado por el contrabajo de Garrison, al que se suma el líder de la sesión en su única intervención cantada registrada en disco.

Meticuloso y obsesivo, Coltrane avanza la idea de una “intensidad” desconocida en el jazz. Una música que para muchos significó la entrada en un universo desconocido y desconcertante. En la cinta recién descubierta, la sesión fue grabada por el saxofonista Joe Bazil y encontrada entre sus pertenencias, tras su muerte en el 2008, a la dotación de su cuarteto, Coltrane le agregó tres músicos: Carlos Ward (en el sax alto), Pharoah Sanders (sax tenor y percusión) y Donald Garrett (doble bajo), convirtiendo la agrupación en septeto.

Es la segunda de las únicas dos presentaciones que hizo Coltrane de tal material en 1965 (la otra es la que realizó en Juan-les-Pins, durante el festival musical de tal localidad francesa en el mes de julio, la cual forma parte de una edición de lujo que apareció durante los festejos del 50 aniversario del disco).

En ella, a los casi 30 minutos originales son extendidos hasta los 75, y el rating mundial eleva la grabación al rango de “Aclamación universal”. Es decir, en los tiempos hipermodernos que estamos viviendo, un artefacto musical como éste, pone de nuevo las cosas en perspectiva y reactiva las discusiones culturales, sociales y estéticas, que iniciaron desde su primera aparición.

Hay noches irrepetibles, como aquella de ese 2 de octubre de 1965, cuando se grabó una joya (a pesar de las condiciones para ello) que permaneció oculta por casi 60 años y que, ahora, tras ser sacada a la luz, brilla a plena luz de la actualidad, con el agregado de la osadía de sus intérpretes y de la descomunal puesta musical que presentaron, la cual el tiempo ha legitimado: la propuesta de oficio místico en el disco de estudio se convirtió, en vivo, en una desmesura polifónica contenida tan solo por la evocación, de vez en vez, de los lemas esenciales de la obra primera.

VIDEO: John Coltrane – A Love Supreme, Pt. IV – Psalm (Live in Seattle/ Visualizer), YouTube (JohnColtraneVEVO)

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