BABEL XXI-474

Por SERGIO MONSALVO C.

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 THE BLACK KEYS

(LET’S ROCK!)

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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LITTLE RICHARD

Por SERGIO MONSALVO C.

LITTLE RICHARD FOTO 1

 EL ARQUITECTO BIZARRO

Después de la Guerra Civil en los Estados Unidos algunos ideólogos blancos empezaron a ver la cultura negra bajo una luz turbia. Los negros fueron contemplados como seres satánicos, libertinos, paganos, lujuriosos, anárquicos, violentos, dotados de una «inteligencia astuta»,  desciendientes de «salvajes oradores hipnotizadores» que en cuanto obtuvieron su libertad se convirtieron en una turba ebria que apestaba a sudor africano».

Desde el punto de vista de estos blancos, los males de la vida negra eran evidentes en su música. Dicha rama del racismo (en la que se fundamenta el Ku Klux Klan) llegó a su punto culminante con la novela The Clansman, de Thomas Dixon, que trata acerca del Sur norteamericano durante el tiempo de su reconstrucción. Dicha narración fue publicada en 1905 y luego filmada atentamente por D. W. Griffith en 1915 con el título de El nacimiento de una nación.

Los blancos que promueven la igualdad racial, según el autor y sus seguidores, se han «hundido en el negro abismo de la vida animal» en el que el mestizaje y la anarquía van de la mano. La igualdad para tales racistas significa que la «barbarie estrangulará a la civilización por medio de la fuerza bruta».  Para Dixon, todo el mal primitivo de la vida negra se condensaba en su música, que en la novela literalmente impulsa a los inocentes blancos hacia la muerte.

Los historiadores explican dichos estereotipos extremadamente negativos remitiéndose a las hostilidades sociales y económicas provocadas por la fallida reconstrucción republicana de los estados confederados derrotados. El siglo pasado comenzó con este horror itifálico. Los negros se les habían convertido, en sus fantasías racistas, en unos salvajes aullantes que se sacudían al ritmo de un tambor que borraba todo vestigio de racionalismo.

A lo largo de 100 años, tal ideología se desplazó desde una meditación acerca de la existencia o no de alma en los negros hacia una elucubración sobre su “maldad fundamental”. Los acontecimientos históricos ocurridos en los derrotados estados del Sur sólo vinieron a intensificar la tendencia general a transformar al viejo Tío Tom en un azufrado Lucifer, en  un sátiro neolítico.

En medio de estas ideas y temores ontológicos vivía el sureño blanco estadounidense promedio a mitad del siglo XX. Los conservadores negros, por su parte, trataban de contrarrestar el asunto portándose más cristianos que cualquiera otros y fundamentaban su vida en los dogmas bíblicos. Y ahí la música pagana estaba más que condenada. El blues, por extensión.

Así que pensemos en las reacciones de ambos mundos cuando apareció en escena un ser inimaginable y al mismo tiempo omnipresente en las peores pesadillas culturales de los blancos estadounidenses: un esbelto negro, hijo de un ministro de la iglesia anglicana, un tanto cabezón, amanerado en extremo, bisexual, peinado con un gran copete crepé y fijado con spray, maquillado y pintados los ojos y los labios —que lucían un recortado bigotito—, vestido con traje de gran escote, pegado y con estoperoles, lentejuelas y alguna otra bisutería, calzando zapatillas de cristal como Cenicienta, tocando el piano como si quisiera extraerle una confesión incendiaria y acompañado por una banda de cómplices interpretando un jump blues salvaje, el más salvaje que se había escuchado jamás y expeliendo onomatopeyas como awopbopaloobopalopbamboom a todo pulmón, con una voz rasposa, potente, fuerte, demoledora y perorando que con ello comenzaba la construcción del Rock & Roll.

LITTLE RICHARD fOTO

La visión presentada por Dixon, aquel espantado escritor decimonónico, del primitivismo negro fue pues el argumento con el cual se arremetió contra el naciente ritmo. Ganas no les faltaron de sacar las armas contra “el animal negro que quiere arrasar con los Estados Unidos blancos”. La música del malvado negro (según los aprensibles nacionalistas) empujaba a la víctima blanca —en este caso los fascinados adolescentes— al abismo del infierno.

El conservadurismo agregó los tambores a ese averno negro porque los ritmos salvajes ponían de relieve la libido primordial contra la que el hombre blanco había tratado de erigir la barrera de su cultura frágil y amenazada. El rock and roll nació con esta mitología sexual.

Y Little Richard fue el arquitecto y profeta más bizarro en su diseño. Sus cuatro argumentos fundamentales fueron: “Tutti Frutti”, “Long Tall Sally”, “Lucille” y “Good Golly Miss Molly”. Leyes sicalípticas talladas en piedra para la eternidad. Quedaron además inscritas en el mejor álbum del año 1957, que entraría en el canon del rock: Here’s Little Richard.

Lo que le sucedió después es materia para la Teoría de la Conspiración. Tras él fueron enviados los perros de reserva de los bandos afectados (avionazo y reconversión religiosa). El hecho patente es que Little Richard, el Arquitecto del Rock and Roll, nació como Richard Wayne Penniman, en Macon, Georgia (en el profundo Sur estadounidense), el 5 de diciembre de 1932. A los 87 años, con su muerte el 9 de mayo del 2020, su leyenda se ha solidificado con materia pura de bizarría.

Discografía clásica y selecta: Here’s Little Richard (Specialty, 1957), The Fabulous Little Richard (Ace, 1959), 18 Greatest Hits (Rhino, 1985), The Formative Years 1951-1953 (Bear Family, 1989) The Georgia Peach (Specialty, 1991).

(VIDEO SUGERIDO: Little Richard – Lucille LIVE 1973, YouTube (gimmeaslice)

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN

Por SERGIO MONSALVO C.

AMERICAN PIE (FOTO 2)

 “AMERICAN PIE”

 (DON MCLEAN)

Existe un tipo de canto surgido en los años treinta que proviene de los negros afroamericanos: el folk blues. Esta forma fue retomada y trabajada a la postre por los cantautores blancos de la época. Se presentaba por lo general acompañado de guitarra o banjo (y a veces con grupo), y el ejecutante soltaba frases mordaces, incisivas o de reflexión.

Desde sus inicios, el folk blues se convirtió en un medio de protesta o denuncia contra situaciones sociopolíticas que afectaban a la mayoría de la población.

En el caso de los Estados Unidos, la psicosis creada en los jóvenes sesenteros por la guerra de Vietnam (con el hecho no tan simple de morir a temprana edad) fue un gran motivo para la proliferación de tal canto, con diversos resultados.

Woodie Guthrie, el primer gran representante del género entre los blancos, dijo que “era necesario un hombre atribulado para interpretar canciones atribuladas”. Así, esta música popular se desparramó por aquella nación y, en casos como el de Don McLean, por todo el mundo.

McLean (quien nació el 2 de octubre de 1945, en el estado de Nueva York) es el autor de la canción “American Pie”, un folk blues elegíaco sobre los años sesenta con tintes epopéyicos y baladísticos, que enmarca una historia un tanto críptica de ocho minutos y 27 segundos de duración.

Es una canción llena de referencias tanto personales como generacionales. Una de ellas es con respecto a Buddy Holly, uno de los héroes y víctimas del primer rock and roll, quien murió el 3 de febrero de 1959 en un avionazo junto a Ritchie Valens y Big Bopper. De ahí el estribillo que proporciona el leit motiv al tema: “The day the music died…” (El día que murió la música).

McLean ha declarado que Holly fue la única persona a la que idolatró de niño: “A la mayoría de mis amigos les gustaba Elvis Presley. Pero a mí me interesaba más Holly porque sentía que los temas de sus canciones hablaban de lo que en realidad me pasaba a mí”.

Efectivamente, la música que hacía Buddy Holly simbolizó algo más profundo que otros cantantes del momento. Su canción “That’ll Be the Day” (Ese será el día) ponía énfasis en las emociones ambivalentes y desconcertantes de un joven preocupado por su existencia.

Asimismo, el grupo de Holly, los Crickets, patentó un sonido limpio, sólido y pleno de armonías inéditas. De esta manera se erigió en prototipo dinámico de un concepto instrumental y vocal que a la larga sería utilizado y llevado a su clímax por los Beatles, por ejemplo.

NAMES MCLEAN

“Holly se convirtió en una metáfora perfecta de la música e historia de mi juventud”, comentó McLean para referirse a su propia canción “American Pie”, en la que también aparecen menciones a Bob Dylan, a los Rolling Stones y a los Beatles.

Originalmente “American Pie” resultaba demasiado larga para caber en un solo lado de un disco sencillo, así que se dividió en dos partes para lanzarse como disco de 45 rpm. Por otra parte era un tema muy fuerte como para abreviar sus ocho minutos y pico de duración, y las estaciones de radio no tuvieron más remedio que trasmitirlo en su versión completa.

De esta forma entró a las listas de popularidad con el número 69 el 27 de noviembre de 1971. Siete semanas más tarde (el 15 de enero de 1972) alcanzó el número uno en los Estados Unidos (donde permaneció por cuatro semanas) y el segundo lugar en Inglaterra.

El álbum debut de McLean, Tapestry, fue rechazado por 34 sellos discográficos antes de que Mediarts lo editara al fin en 1970. Cuando United Artists Records compró Mediarts, Don McLean se convirtió en su artista nuevo de mayor éxito con el álbum American Pie, y dentro del medio artístico en el creador de una obra maestra.

La cantante Roberta Flack se inspiró en dicha canción para componer a su vez la pieza «Killing Me Softly with Your Song», y más recientemente Madonna se apuntó otro hit al realizar un cover de “American Pie”. Sin embargo, no le hizo justicia al original y su resultado estético es desastroso, ya que en aras de la comercialización retomó el tema de manera edulcorada y con una edición que lo descontextualizó por completo.

VIDEO SUGERIDO: Don McLean – American Pie, YouTube (OLD TAPES)

Music File Photos - The 1970s - by Chris Walter

 

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RAMMSTEIN

Por SERGIO MONSALVO C.

RAMMSTEIN (FOTO 1)

 FUEGO CON FUEGO

Rammstein es un grupo de rock con inclinación por las referencias históricas revisionistas. Busca la reinterpretación ritualista de los iconos de la era más oscura de su país, de sus símbolos, de sus emblemas, de sus imágenes, de sus filias y fobias. Y lo hacen desde una concepción artística de ruptura, provocativa y polémica. La crítica de su propuesta se la dejan a quienes los escuchan.

Rammstein es una banda de pura cepa alemana, como lo fue el Wagner del siglo XIX y su ópera total. Poco más de un siglo después de su muerte surgió este grupo que hizo que se volviera a escuchar a aquel clásico como es debido, con toda su carga mítica.

Desde su fundación en 1994, hace un cuarto de siglo ya, la agrupación ha tocado un metal definitivamente industrial con su plétora de antojos mecánicos, y cantado acerca del fuego, la sangre y algunas formas oscuras del erotismo, como lo hizo en su momento el creador del Anillo de los Nibelungos, y con todo su drama musical, libretos y escenografías. Y lo que es más señalado todavía: sus integrantes se sienten orgullosos de ello.

Bajo la consigna primera de que “hay tantos prejuicios contra los alemanes que toda una vida no bastaría para eliminarlos”, ellos le han echado más gasolina al fuego (literalmente). Los temas de Rammstein desde entonces han sido el sadomasoquismo, la necrofilia, el incesto, la zoofilia, la guerra, la xenofobia, el racismo, entre otros semejantes, con todos sus ritos bombásticamente escenificados desde la primera gira que realizaron con el material de su disco debut, la Herzeleid Tour de 1995-96.

Y todo ello usando los imperativos: “Bésame”, “Empínate”, “Castígame”, por mencionar sólo tres títulos de su segundo álbum Sehnsucht, por ejemplo. “Tu cara me da igual, empínate”. Con letras semejantes, se hubiera esperado el contraataque feminista, pero no ocurrió así, se ve que tal bloque es selectivo à la carte.

Al igual que en el caso del conglomerado Rockbitch británico, Rammstein confronta al público con un extraño fenómeno: la aceptación y el rechazo, por igual (“No me gusta, pero sí me gusta”), con toda clase de pretextos para explicarlo.

En la base de este tinglado está un sonido sumamente contagioso que establece el equilibrio perfecto en el filo agudísimo entre el metal y el dance electrónico. Justo lo que anduvieron buscando en su momento grupos como Frontline Assembly, The Prodigy, Moby y The Chemical Brothers, entre otros.

Rammstein ha tenido éxito donde fracasó otro grupo alemán, Die Krupps. Y ha seguido rompiendo todos los récords de ventas en su país, pese a caminar por la delgada línea entre la propaganda y la parodia. Lo suyo hace referencia al espectáculo de cabaret de los años veinte, durante la República de Weimar, pero con el sonido expresionista de la actualidad.

Sehnsucht, su segundo álbum, llegó al número uno en las listas de discos después de permanecer embodegado durante más de medio año, a la espera de que bajaran las ventas del primero, Herzeleid.

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Este grupo originario de la ex Alemania Oriental se ha adaptado rápidamente a la nueva situación político-geográfica: a la prensa internacional le advirtieron que las entrevistas no podían durar más de 20 minutos, tenían que ser en alemán y estaba prohibido tomarles fotos, pero dichas entrevistas se le podían hacer a cualquiera de los miembros (todos son, desde el comienzo, igualmente importantes, por lo cual pusieron en circulación seis portadas diferentes de Sehnsucht y en las playeras inspiradas en éstas).

El éxito del grupo ha sido notable en vista de que sus canciones están prohibidas en la radio alemana y de la gran cantidad de enemigos que tienen entre la prensa de su país. Se les acusa de tocar “rock neonazi” y de dedicarse a puras “bravuconadas faltas de sentido y de contenido”.

Para Felix Klein, comisionado del Gobierno alemán para asuntos de antisemitismo, por ejemplo: “La escenificación de los músicos de Rammstein como presos de campos de concentración condenados a muerte –en uno de sus videos– rebasa una línea roja…Si esto sólo sirve para fomentar la venta de un disco, lo considero un uso de mal gusto de la libertad artística”.

Muchos se preguntan hasta dónde podrá llegar un grupo cuyos miembros no vacilaron en elegir como nombre una referencia evidente al accidente de un avión ocurrido hace algunos años en aquellos lares, en el que 80 personas fueron devoradas por las llamas. Si a eso se agrega que el espectáculo de Rammstein muestra un notable gusto por el fuego, cualquiera puede sacar conclusiones al respecto.

“No nos interesa lo que piense la gente —ha afirmado el tecladista Flake. Creo que una democracia debe ser capaz de aguantar a un grupo como el nuestro. De otra manera habría que prohibir también a Kiss, por el símbolo de la SS que contiene su nombre y el fuego que utilizan en sus conciertos. Somos entertainers, al fin y al cabo, aunque lo somos de nuestra generación. Y ésa es distinta a la de hace 20 o 30 años.”

“Creo que la única oportunidad que tienes como artista es ser sincero contigo mismo, ser auténtico. La música que tocamos debería provocar y polarizar. En el momento en el que empiezas a tener miedo de lo que puedes decir, todo se complica. Creo que hay niveles de moralidad que todos los individuos tienen y líneas que no se quieren cruzar. Se ponen de acuerdo, para que nadie esté incómodo”, ha señalado Richard Zven Kruspe, el guitarrista, por su parte.

Al director cinematográfico de culto David Lynch no le causó ningún problema todo ello. Utilizó dos canciones del álbum debut de Rammstein para el soundtrack de su película Lost Highway. Lynch no habla ni una palabra de alemán, pero lo que le importó fue la atmósfera que creaban sus canciones. Ése es uno de los principales objetivos del trabajo del grupo: “Si la gente se deja provocar por el resultado, es su propio problema”, ha sentenciado el sexteto.

Rammstein no es un conglomerado de psicópatas, sólo tiene los trastornos normales provenientes de su particular contexto: un país dividido y vuelto a unificar por decretos políticos —con décadas e ideologías polarizadas de por medio y como protagonista más conspicuo—, con el cúmulo de problemáticas sociales y psicológicas que ello conlleva. Ellos lo han llevado a la escena, con su propia estética, con el fuego como su principal elemento, ese que lo incendia todo.

Es un grupo sombrío y neo expresionista. Tiene una identidad propia y canta acerca de temas universales que inquietan por su escabrosidad. Les inyecta además a sus presentaciones un impactante toque de histrionismo en el escenario. Un toque que a muchos en el mundo les parece “políticamente incorrecto”. Cosas de la era que vivimos.

Dureza ensordecedora, marcial y goyesca –con ríspida visión infernal incluida–. Brocha gorda, nada de pinceles. Fuego, mucho fuego. Simbólico o destructor. En bruto o con sofisticaciones tecnológicas, militares y evocadoras: lanzallamas, cañones antitanques, ballestas, cohetes, efectos y multitud de juegos pirotécnicos.

Sonido y volumen. Un organismo vivo que se nutre de ellos y se incrusta –literalmente– hasta en el último rincón de un estadio, del cuerpo, del cerebro, que escucha bramidos, que observa nubarrones negros, que intuye hundimientos.

Imágenes caníbales, industriosas, cinematográficas, de golpeteo al músculo como insignia mitológica, de hipnosis, con ecos del krautrock y prácticas à la Mengele. Y más fuego, siempre el fuego, el que limpia, cura y el que reduce.

Iconografía nazi. De nuevo la delgada línea que separa lo crítico de lo fanático. Todo con el afán provocador como medio y como objetivo. Para ello hay una enorme producción en su mise en scène, bombástica y ampulosa, como herramienta para provocar la comunión con el público (gustador del ritual), sin importar que no sepa alemán, como en las óperas de Wagner.

Rammstein: épica y su autoparodia. Y así llegan los 25 años del grupo con un disco homónimo (¿?) y un cerillo como imagen en la portada, listo para incendiarlo todo en medio del paroxismo. Sin restarle un ápice a la música, a su dureza, a su rítmica, que es finalmente lo que más parece importarles.

VIDEO SUGERIDO: Rammstein – Radio (Official Video), YouTube (Rammstein Official)

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BABEL XXI-473

Por SERGIO MONSALVO C.

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 1956

(EL AÑO ELVIS)

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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CANON: THE BYRDS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CREAR CORRIENTE

Jim McGuinn, un músico de folk formado en Chicago, había tocado la guitarra para Bobby Darin, Chad Mitchell y Judy Collins, antes de intentar una carrera por su propia cuenta interpretando canciones de los Beatles en los cafés neoyorquinos del Greenwich Village.

Inspirándose en George Harrison por su innovación en el tema “A Hard Day’s Night”, decidió entrar al rock con una guitarra eléctrica de 12 cuerdas. En ese tiempo conoció a David Crosby, otro folklorista que rondaba por el mismo circuito musical.

Ambos se trasladaron a Los Ángeles donde Crosby conocía a gente que pudiera ayudarles en sus planes. Ahí se reunieron con Chris Hillman, un bajista, con el cantante y compositor Gene Clark y con el baterista Michel Clark.

Acordaron integrarse en un grupo al que en primera instancia denominaron The Beefeaters para después cambiarlo por The Byrds, con el cual grabarían por primera vez en 1965. En ese entonces también Jim McGuinn cambió su nombre por el de Roger.

El primer álbum de la banda se llamó Mr. Tamborine Man, con el cual inauguraron una nueva corriente rockera, el folk-rock, y se constituyeron en una incomparable agrupación que denotaba la influencia evidente de Bob Dylan, el estilo de los Beatles, el country and western y el rhythm and blues, con lo cual originaron el nuevo rock estadounidense.

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Las novedosas armonías vocales y de la distinguidísima guitarra de McGuinn les acarrearon el éxito inmediato. Sus aventuras lisérgicas y la experimentación musical produjeron notables resultados que se pueden paladear en los discos Turn! Turn! Turn! (1966), Fifth Dimension (1966) y Younger Than Yesterday (1967).

Tras estas grabaciones abandonaron al grupo Crosby (quien posteriormente se uniría a Stills y Nash) y Gene Clark. Como trío, editaron The Notorious Byrd Brothers (1968) y Sweetheart of the Rodeo (1968). Hillman y Michel Clark dejaron al grupo también y McGuinn lo reorganizó con nuevos músicos, entre los que destacó Gram Parsons.

En 1972, después de otros siete discos, el grupo desapareció definitivamente.  Su estilo e influencia permanecieron tan vigentes como sus canciones, basta recordar: “Mr. Tamborine Man” (de Dylan), “Eight Miles High”, “So You Want to Be a Rock n’ Roll Star” o «My Back Pages», entre muchas otras que los ubicaron entre el canon del rock para siempre.

VIDEO SUGERIDO: The Byrds – All I Really Want To Do (Live 1965), YouTube (TransatlanticMoments)

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MARILYN MONROE

Por SERGIO MONSALVO C.

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                                       FRAGMENTOS                                     

Al erotismo regularmente se le ha representado con la imagen de una mujer. Pero no cualquier mujer. Debe ser una que, según la época, dé un nuevo sentido, siempre más audaz, a dicha manifestación.

Lo que se valora en esta mujer símbolo es su poder sugerente hacia un público admirador que se recrea en el disfrute de ese ser supremo, el cual pone a funcionar los resortes de la pasión en incansable fuga de las demás cosas.

Un símbolo así es la presencia materializada de Eros. Y todos los adoradores buscarán acercarse a la deidad encarnada para el consumo ilimitado de la imaginación y la fantasía.

Su imagen, entonces, se cultivará tanto de manera externa como en la intimidad, convirtiéndose en objeto de culto del cual cada uno querrá por lo menos apropiarse de una parte.

De entre millones de mujeres surge una sola que es diferente. Como Marilyn Monroe, que es símbolo y excepción en la cultura contemporánea: un icono que pertenece a todos.

Ella fue una criatura extraña e impetuosa que tuvo la capacidad innata de proporcionar una visión fulgurante del placer con su realidad carnal y  de proyectar esa imagen de sensualidad que pide la vida ordinaria.

Ella fue el sueño sexual insatisfecho, inalcanzado, que hay en todos y que sólo existe a través de cada uno. Su figura continúa siendo hoy la respuesta por antonomasia del deseo hacia lo que el cuerpo quiere, y su muerte sólo sirvió para perpetuarlo.

El escritor Ricardo Garibay lo dijo atinadamente: “Con la Monroe se nos murió un afán que ella satisfacía puntual desde los calendarios. Era una túrgida sedienta y ahíta realidad vivida dentro de cada uno de nosotros. No acabaremos de llorarla”.

Y así ha sido. La música como la poesía no se cansa de recordarla y de hacerla referencia, proyección o tragedia. En el primer caso va de The Distillers con “Gypsy Rose Lee”, Jay-Z y su “Hollywood” o Billy Joel en “We Didn’t Start the Fire” hasta The Kinks en “Celuloid Heroes”, las Spice Girls con “The Lady is a Vamp” o Lady Gaga con “Dance in the Dark”; en el segundo término con Tori Amos y su “Father Lucifer”, Bryan Ferry en “Goddess of Love”, Madonna en “Vogue” o los Stereophonics con “She Takes Her Clothes Off”.

La parte trágica del mito ha sido asumida por gente como The Misfits con el tema “Who Killed Marilyn?” (incluso tomaron su nombre de una película que ella protagonizó), Michael Jackson en “Tabloid Junkie”, Elton John con “Candle in the Wind” o el grupo Suede en la pieza “ Heroine”.

…se sostuvo a sí misma
se agarró con fuerza durante el vendaval
se quemó en las crepitantes llamas

(“Life”, M.M.)

Asimismo hay tres óperas que versan sobre ella: dos con su nombre, Marilyn (de Lorenzo Ferrero, una, y de Ezra Laderman, la segunda), y una tercera y quizá la más sobresaliente por su gran manejo temático: Anyone Can See I Love You, con textos de la poeta M. Bowering y orquestación del compositor y músico inglés Gavin Bryars.

Entrados ya en la poesía, ha habido muchos bardos que le han dedicado poemas o libros enteros a su trágica vida: Judy Grahan, Delmore Schwartz, Ernesto Cardenal, Steven Berkoff o Norman Rosten, por mencionar algunos.

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Del último señalado es el poema “Who Killed Norma Jean?” (verdadero nombre de la actriz), que a su vez musicalizó Pete Seeger y que Bob Dylan dio a conocer mundialmente: “¿Quién la vio morir? / ‘Yo’, respondió la noche. / ‘Yo y la luz de un dormitorio. Nosotras la vimos morir’/ ¿Quién recogerá su sangre? / ‘Yo’, respondió el fan. / ‘Con mi pequeño caldero, Yo recogeré su sangre’.”

De sangre y carne estaba hecha la naturaleza de Marilyn. Y ella lo sabía: «El sexo forma parte de la naturaleza y yo me llevo de maravilla con la naturaleza», dijo.

El sexo era público y la sangre privada. Y ésta quedaba impresa en (lo que ahora se ha descubierto) gran cantidad de poemas también escritos por ella y hoy publicados con el título en español de Fragmentos (en la editorial Seix Barral).

Los editores del libro –Stanley Buchtahl y Bernard Comment– han dicho lo siguiente: «Algunos de estos textos darán lugar a interpretaciones y comentarios. Pero no hay en ellos nada sucio, ni de baja estofa, nada de chismes. Intimidad sin exhibicionismo, medición sísmica del alma».

Marilyn era eso, un mito con alma que escribía sobre sus emociones obsesivamente –depresiones, tristeza o soledad– en todo papel que tuviera a la mano mientras trabajaba o no.

Pero ¿cómo podía sentirse sola la mujer más adorada del mundo?, se pregunta uno. Sin embargo, ella vivía ese sentimiento como una desgracia inexorable: «¡¡¡Sola!!! / Estoy sola-siempre estoy / sola / sea como sea».

Físicamente, este símbolo sexual era (es) un espectáculo revolucionario en varios sentidos. Por un lado, suntuosa demostración del sex appeal (el guiño de los ojos, la mirada directa, la expresión divina, la voz ardorosa, la turgencia y generosidad de los senos, el movimiento invitante de los labios, los gestos de sus caderas lujuriosas, su vestimenta adherida al cuerpo, el diseño de su boca, el lenguaje de su piel, el imaginado aspecto del sueño libertino…) Y, por otra parte, el apremio de los brazos implorantes, el eterno gesto de avidez, desesperanza e inocencia.

A Sorry Song

I’ve got a tear hanging over
my beer that I can’t let go.
It’s too bad
I feel sad
when I got all my life behind me.
If I had a little relief
from this grief
then I could find a drowning
straw to hold on to.
It’s great to be alive.
They say I’m lucky to be alive it’s hard to figure out –
when everything I feel – hurts!

(“Life”, M.M.)

Tras leer sus escritos surge la razón de Norman Mailer, cuando dijo que Marilyn era en realidad una poeta tratando de recitar acerca de sí misma a mitad de la calle, mientras la multitud lo único que quería era arrancarle la ropa.

VIDEO SUGERIDO: marilyn monroe the subway scene (the seven year itch 1955), YouTube (Memories Of Marilyn Monroe)

MARILYN MONROE (FOTO 3)

 

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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PULSOR 4×4 / 22

(1975)

En 1975, Vietnam del Sur se rindió ante los comunistas del Norte.

El príncipe Juan Carlos de España fue coronado rey.

El Reino Unido, siempre indeciso y falto de compromiso colectivo, votó en un referéndum por la permanencia en la Comunidad Económica Europea.

Se estrenaron las películas El exorcista, El padrino II y Tiburón.

En 1975, en los Estados Unidos apareció una variedad de música ideada y dirigida por la industria discográfica: el sonido Disco, entre cuyos exponentes estaban Labelle, Earth, Wind and Wire, Gloria Gaynor y los Bee Gees, entre otros.

Afortunadamente, ante esta moda comercial se oponía el verdadero talento rockero. Dentro del heavy metal progresivo apareció el nombre de Rush, un trío de Toronto que desarrolló una fórmula basada en las historias de mitos, monstruos, aventuras de capa y espada y brujería. El virtuosismo elevado potencialmente se convirtió en su sello hasta su disolución en el 2018.

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El reggae, originario del Caribe, de Jamaica para ser más preciso, era una música de protesta con connotaciones religiosas. Música de los desposeídos cuyo principal profeta era Bob Marley, que formaba parte del trío de los Wailers, junto con Peter Tosh y Bunny Livingstone. Uno de los directivos de Island Records, Chris Blackwell, grabó y proyectó a Marley a escala mundial y dio inicio a una corriente inagotable de rítmica y compromiso social.

VIDEO SUGERIDO: Bob Marley – Is This Love, YouTube (Bob Marley)

El año de 1975 fue el de la llegada del cantautor Bruce Springsteen, un artista cuyos dos primeros álbumes fueron todo un acontecimiento en la Unión Americana. Sus ingeniosas melodías y brillantes retratos urbanos lo convirtieron ipso facto en uno de los rockeros mayores a partir de entonces. Cada uno de sus discos es motivo de análisis y estudio, así como de disfrute estético.

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Otra aparición de importancia tuvo lugar este año, la de Patti Smith, una poeta rockera oriunda de Chicago que se mudó a Nueva York para dedicarse a diversas ocupaciones artísticas, destacando finalmente como poeta y periodista de rock. Se unió al escritor y guitarrista Lenny Kaye y fundaron el grupo. Un contrato con Arista la llevó a realizar el álbum Horses, con el que inició una intensa carrera llena de energía, poesía y fatalidad.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – Horses & Hey Joe, YouTube (fnorduis)

PULSOR 22 (FOTO 3)

 

PULSOR 4x4 (REMATE)

MIS ROCKEROS MUERTOS/2020

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (ENERO-MARZO)

Este año calamitoso comenzó mal para el mundo en general en dicho trimestre. La pandemia global del coronavirus arrasó con miles de personas. Dentro del rock, no precisamente por esta epidemia, se llevó en primera instancia a Neil Ellwood Peart, el legendario baterista y letrista de Rush, del icónico grupo canadiense de rock progresivo. Murió el 7 de enero a los 67 años en Santa Mónica, California.

Peart fue (es) reconocido como uno de los más grandes bateristas de la historia del rock, el músico libraba una batalla contra un tumor cerebral desde hacía tres años pero no lo había informado a sus fanáticos por una decisión personal.

Anteriormente, y a causa de los dolores crónicos de una tendinitis, el músico anunció en el 2015 que se retiraba de la formación de Rush, el power trio que en 2013 fuera incluido en el Salón de la Fama del Rock and Roll y que sellaría su historia en el 2018.

Este afamado grupo se formó en 1968, pero Neil no se unió a sus compañeros de banda -el bajista Geddy Lee y el guitarrista Alex Lifeson- hasta el verano de 1974, tras el debut discográfico y dos semanas antes de la primera gira del grupo por Estados Unidos. Los tres eran conocidos como músicos virtuosos y los solos de batería de Neil son recordados como legendarios.

Peart había crecido en una localidad de Ontario (Hamilton, donde nació el 12 de septiembre de 1952). En su adolescencia tocó la batería en distintas bandas inicialmente inspirado por intérpretes como Keith Moon (The Who) y John Bonham (Led Zeppelin), y luego sumando recursos de las big bands de jazz hasta lograr un estilo técnico muy alabado por los conocedores de música.

Además de ser el principal letrista del trío, Peart publicó siete libros con historias personales y crónicas de viaje. Rush grabó 20 discos de estudio y el único en el que no participó Peart fue en el debut homónimo de 1974. Entre sus canciones más famosas se anotan: “Tom Sawyer”, “The Big Money” y “The Spirit of Radio”, entre otras.

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Otro que partió en este primer trimestre, por enfermedad, fue Genesis P- Orridge, quien tuvo varias encarnaciones. Para comenzar como Neil Andrew Megson (un tipo nacido en Manchester, en 1950). Luego trasmutó a  Genesis P- Orridge, en 1965.

Finalmente, en 1993 convirtió su enlace con la enfermera y artista Jacqueline Breyer en un experimento pandrógino que diluyó la individualidad de ambos en un híbrido: Breyer P-Orridge. Ninguno de ellos era un personaje: fueron una misma persona que consideraba la vida como un experimento subversivo. Una vida que se apagó, a causa de la leucemia, el 14 de marzo. Genesis P-Orridge tenía 70 años.

Su carrera artística arrancó con el colectivo COUM Transmissions (1969-1976), cuyas performances artísticas y musicales materializaron sus primeros intereses: Tristan Tzara, el beatnik, los asesinatos rituales, el porno y la magia. Aquello devino en la que se considera la banda seminal del sonido industrial: Throbbing Gristle (1976- 1981), grupo que aquilataba las punzantes ideas de P-Orridge con el método cut up o edición aleatoria de William Burroughs y Brion Gyson.

Psychic TV (1982) fue su último gran manifiesto. El/la artista del shock daba una vuelta de tuerca a su electrónica brutal, psicodélica y experimental. La influencia del Marqués de Sade y una colaboración con el polémico gurú del LSD Timothy Leary marcan este capítulo. Hubiera seguido haciéndolo, pero las constantes convalecencias de Genesis a causa de la enfermedad fueron el principal problema y el motivo de su rápida decadencia física.

En los últimos años Genesis P-Orridge mostraba su actividad en Instagram: enseñaba su fragilidad entre catéteres y respiradores y sus momentos favoritos junto a la coprotagonista Lady Jaye y sus numerosos actos conjuntos.

Su legado se calcula en más de 200 obras, que aparte de grabaciones incluye libros, filmaciones y obra plástica, parte de la cual es propiedad de la Tate Modern londinense. Sus últimos años fueron, además, de penuria económica, pero recibía la ayuda de sus fans en todo el mundo. No en vano su magnetismo llegó a generar un culto en torno a su obra e ideas: The Temple Ov Psychic Youth (TOPY), “El Templo de la Juventud Psíquica”, consagrado al aspecto más ligado a lo mágico y psicodélico.

La leucemia acabó con su vida el mismo día en que nuestra parte del planeta aceptó la reclusión por el coronavirus.

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Gabi Delgado, a su vez, nació en Córdoba, España, el 18 de abril de 1958, pero se trasladó con ocho años a Alemania y creció ahí. En los años setenta vivió la escena punk alemana hasta que a finales de esa década formó en Düsseldorf el grupo D.A.F., acrónimo de Deutsch Amerikanische Freundschaft, algo así como “La amistad entre alemanes y americanos”.

Integrado en un principio por cinco músicos, finalmente se quedó en dúo: Gabi Delgado a la voz y Robert Görl en el aspecto musical. D.A.F. influyó en la escena europea del electropunk y tuvo un éxito medio en Alemania. En los años ochenta se disolvieron y habían ido reapareciendo con cierta regularidad hasta la actualidad y tal incidencia acabó con la muerte de Gabi el 22 de marzo.

 Una década antes de la caída del Muro. Había un enorme malestar por un mundo dividido, por una ciudad dividida, por un pueblo dividido. La música comenzó a expresar lo que sentía mucha gente del lugar en aquella época: la ansiedad, la angustia, el miedo (que ya duraban mucho), por un posible conflicto bélico atómico entre los dos bloques ideológicos: Occidente (captalismo) vs. Oriente (comunismo), que acabara con la misma humanidad. El famoso Zeitgeist, una expresión del idioma alemán cuyo significado representa «el espíritu (Geist) del tiempo (Zeit)», y que se refiere en líneas generales al clima intelectual y cultural de una era.

 Pero igualmente había enojo contra los poderosos de ambos lados, en cuyas manos estaba el destino de todos los demás. Entonces, la marejada del punk llegó a la costa alemana, y con ello se desató una nueva ola mucho más ruidosa, electrónica y mayormente metálica (en su sonorización) que las que antaño se habían conocido.

Hubo una estética, con la cual los grupos y artistas germanos de tal corriente (lo mismo underground que mainstream) estaba identificados en común, por sobre su definición sonora. Su ascendente era dadaísta y expresionista, ligado a su desarrollo con tal look (la imaginería del cine de Murnau aportó lo suyo), pero igualmente el simbolismo de la Guerra Fría, de la que eran protagonistas en el frente, hizo que utilizaran los uniformes militares del fascismo, pero con un sentido kitsch. Es decir, había humor en su enfoque negro. D.A.F. fue un gran ejemplar de ello.

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Por su parte, el músico estadounidense Alan Merrill, miembro de la banda The Arrows y autor del éxito I Love Rock ‘n’ Roll, famoso por la versión hecha por Joan Jett & the Blackhearts, falleció el 29 de marzo a los 69 años por complicaciones derivadas del coronavirus, según anunció su familia a través de las redes sociales.

Merrill, nacido en el Bronx neoyorquino el 19 de febrero de 1951, fundó la banda The Arrows en Londres en 1974. En 1975 publicaron su exitoso sencillo I Love Rock ‘n’ Roll, inicialmente concebido como un Lado B. Instalada también en el Reino Unido en aquella época, la cantante estadounidense Joan Jett lo catapultó a la fama internacional con su versión de 1982.

Músico, compositor y vocalista, Merrill trabajó también como modelo y actor. Antes de instalarse en el Reino Unido a mediados de los setenta, pasó una temporada en Japón, donde comenzó su carrera con el grupo The Lead y después trabajó como solista. Merrill volvió a su Nueva York natal en los años ochenta. En el 2019 publicó su última canción: Your Love Song.

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 Bill Withers, cantante y compositor de soul, murió el 30 de marzo en Los Ángeles. Tenía de 81 años. Durante tres lustros (de 1971 a 1985) tuvo éxitos musicales ininterrumpidos. Desde su debut discográfico hasta el anuncio de su retiro de la escena.

Nacido en 1938 (4 de julio), William Harrison Withers pasaba de la treintena  cuando publicó su primer disco, Just as I Am. Su biografía es tan amplia como intensa: sufrida niñez, orfandad, pobreza, milicia marina…Abandonada esta última laboró en  la industria aeronáutica, a la par de un nada éxitoso inicio en las lides musicales.

Eso cambió cuando firmó con el sello Sussex, donde grabó su álbum debut discográfico, producido por Booker T. Jones, a pesar de la tardanza en su lanzamiento. Sopesaba entonces regresar a su trabajo fabril, cuando de aquel disco saltó al aire radiofónico la que sería su canción representativa y a la postre un tema clásico: Aint’t No Sunshine.

 A partir de ahí la cadena no se interrumpió: “Grandma’s Hands”, “Lean On Me”, “Use Me”, Lovely Day”, “Just The Two Of Us”…, aunque tuviera encontronazos con los ejecutivos de las compañías discográficas a las que perteneció (de Sussex a Columbia Records y Elektra) por su tendencia a las imposiciones.

Tipo duro y de carácter fuerte e inteligente mantuvo para sí los derechos de su obra, acción que a mediados de los ochenta le permitió mandar al diablo a todos los que querían interferir en la confección de sus canciones, y retirarse de la escena musical gracias a las regalías de los mismos debidas a los soundtracks de las películas, a las versiones y al sampleo contemporáneo.

Withers fue un fino compositor que dejó un gran legado.

Otros que se fueron: Andy Gill (Gang of Four, 1 de febrero), Andrew Weatherall (productor de Primal Scream y músico, 17 de febrero) y el gran Manu Dibango (29 de marzo), saxofonista y músico camerunés creador de los sonidos africanos del makossa y el afro-beat, que llegaron al rock y al pop para enriquecerlos.

A todos ellos: gracias.

VIDEO SUGERIDO: Bill Withers – Ain’t No Sunshine, YouTube (Andres Trevino)

 

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