Una de las aportaciones del rock a la cultura ha sido la de conectar a quienes trabajan en toda actividad estética y con ello creado sonidos, canciones o álbumes afines y alianzas artísticas en todo el mundo. Y lo ha hecho ya sea en un disco, en un track en particular o en la escenografía de un concierto. Ha conectado con aquellos que se han pasado la vida resolviendo sus misterios o belleza en alguna de sus formas, dentro de sus disciplinas individuales o conjuntas (humanistas o científicas), ya sea influyéndolos o siendo influido por ellos.
El resultado de tal encuentro ha producido sonoridades capaces de sacar al escucha de sí mismo y conducirlo a diversas dimensiones mentales, reflexiones existenciales o sensaciones en movimiento. Las obras creadas en este sentido son Arte-Factos culturales, aventuras en el microtiempo, las cuales requieren de la entrega a un flujo musical que enlaza una nueva expansión del quehacer humano con la experiencia auditiva en las diferentes décadas, desde mediados del siglo XX hasta el actual fin de la segunda decena del XXI.
El arte es la utopía de la vida. Los músicos rockeros de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de tales adecuaciones. La indagación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera búsqueda expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales, rizomáticas, en relación con sus exigencias estéticas y vivenciales.
Acompañando tales conceptos he creado las fotografías para que fungieran como ilustraciones en las portadas de los diferentes volúmenes. A éstas las he publicado de manera seriada e independiente bajo el rubro “Arte-Facto” de la categoría “Imago” del blog Con los audífonos puestos.
*Introducción al volumen Arte-Facto (XI), de la Editorial Doble A, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos Puestos bajo esa categoría.
A partir de la aparición de las canciones en diversos géneros la gente utilizó la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Las personas echaron mano de ellas para crearse una particular autodefinición, el signo de la identificación, la cual era (es) inmediata y estaba (está) ligada a la intensidad de la música en tanto que sonido. El placer es experimentado de forma directa e inmediata.
Las canciones genéricas proveen a los escuchas de un modo de gestionar la relación entre su vida pública y su vida privada y emotiva. Los cantantes hacen que dichas sensaciones parezcan más ricas y más convincentes que las que comúnmente se podrían expresar con propias palabras.
Asimismo las piezas mejor construidas, redondas y exitosas dan forma a la memoria personal, son el soundtrack de cada vida particular. Organizan “nuestro” sentido del tiempo y la intensificación de la experiencia del presente. Una de las consecuencias más obvias de todo ello resulta clave para recordar las cosas pasadas, desencadenan las asociaciones más intensas de tiempos idos.
Hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de las que he escrito en la serie “Historia de una Canción”. Piezas registradas en los anales de las listas de popularidad o al margen de ellas; piezas que nacen del corazón y se transforman con el paso del tiempo en clásicos inmortales.
En resumen, la buena cosecha de canciones representan al YO en relación con la sociedad creando, a través del impacto potente y directo del sonido, un continuo flujo de conciencia. El significado de una canción se obtiene cuando ésta entra en la historia por sus méritos estéticos y sociales.
La manera en que una pieza hace historia produce un significado y valor agregado a la misma, por eso mediante una categoría como “Historia de una Canción” que narre su creación, su génesis, su impacto personal, se dará cuenta de la dimensión estética y del valor que posee tanto dentro de una sociedad concreta en un momento concreto, como en la de un individuo.
*Fragmento de la introducción al volumen Songbook II de la Editorial Doble A, colección de textos publicados de forma seriada a través de la categoría “Historia de una canción” en el blog Con los audífonos puestos.
Las canciones del rock, del pop, los standards del jazz, a partir de los años cincuenta del siglo XX –fecha en que se empezó a documentar su trascendencia en las listas de popularidad— se han significado como una matriz de la cual todos los comportamientos tradicionales con respecto a las obras musicales salieron bajo una forma distinta.
Una que rara vez –con casos excepcionales e históricos– ha rebasado los cinco minutos de duración, y que se convirtió en terreno fértil para el uso de muchos buscadores de una educación sentimental y emocional. Con las canciones de aquellos géneros surgió una nueva subjetividad, tanto social como psicológica y, sobre todo, romántica.
Los temas de estas piezas se convirtieron en una especie de arquitectura comunitaria; un arte cuya recepción ha sido consumida por una colectividad en estado de “distracción”. Representan el acceso compartido de una sensación en un mundo que mantiene separada y a distancia a la gente con sus problemas.
Desde el comienzo, la experiencia de escuchar a un grupo o a un solista interpretando una canción fue como oír los propios sentimientos y enfrentarlos a la divulgación. Apareció un YO social diferente como resultado de esta noción.
Se dio el hecho de una catarsis nunca antes vista (baste el ejemplo de la conmoción causada por los Beatles durante sus conciertos en la década de los sesenta).
La música popular contemporánea, con el rock a la cabeza, ha alcanzado emociones y objetivos profundos. Ha hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas. Ha abierto un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”.
No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Las canciones han sido –y son– el espacio del placer estético contenido en una obra de dos o tres minutos, a la que se ha denominado como single o sencillo.
*Texto de la introducción al volumen Songbook I de la Editorial Doble A, colección de textos publicados de forma seriada a través de la categoría “Historia de una canción” en el blog “Con los audífonos puestos”.
La década de los noventa tuvo renovados sentimientos sobre lo que debía ser la improvisación y las estructuras básicas del género jazzístico. Se fincaron futuros planteamientos. Apareció el acid jazz, que luego se convertiría en jazz-dance y a la postre en el jazz electrónico o e-jazz.
Era también un hecho que la influencia de las ideas no occidentales en la música le dio una saludable revolcada global a lo contemporáneo, además de permitir algunos injertos variados: estilos, tradiciones, nuevos instrumentos, técnicas, vanguardias y tecnología avanzada.
El lenguaje compartido recurrió a la polirrítmica africana, a tonalidades orientales y a otras formas de pensar extra occidentales. El jazz y la world music compartieron de cara al futuro la flexibilidad armónica y rítmica, al experimentar con esencias de diversos lares.
El jazz, pues, se reafirmó como una palabra con legitimidad de tiempo y en él siguió siendo principio de impulso creativo. Razón de ser y destino de música sabia, que habla del desarrollo, del mito y sus oscuridades en una realidad entonada con la voz, el sax, la trompeta, el piano, los tambores, los teclados o las computadoras. El sonido de lo cierto en la intimidad de un solo o en lo lúdico representado por las orquestas.
Una música libre para todos y espontánea; estallido de músicos, DJ’s, mezcladores, ilusionistas o diseñadores sonoros apasionados, que derramaban su energía frente al micrófono, en los instrumentos o los aparatos, buscando la expresión conmovedora en la improvisación.
La revista SÓLO JAZZ & BLUES, que dirigí y en la que colaboré, le dio a esa voz, con añejamiento centenario, otra posibilidad de difundir su mensaje durante un lustro (1996-2000) y 47 números publicados.
SÓLO JAZZ & BLUES
Dirección: Sergio Monsalvo C.
Edición: G. E. N., S.A., de C.V.
Fecha de aparición: 1 de abril de 1996 en México, D.F.
Periodicidad: mensual
Tiraje: 7 mil ejemplares
Formato: 21.5 X 33 cm
*El primer número de la revista apareció en blanco y negro y los siguientes fueron a color. El último de ellos, el 47, apareció en abril-mayo del año 2000. Obtuvo el Premio Edmundo Valadés los años 1996 y 1997 otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Conaculta).
“Uno de los suplementos culturales más interesantes y de mejor calidad que he conocido fue La semana de Bellas Artes, que empezó a aparecer en México en la época del presidente José López Portillo, con Juan José Bremer como director del Instituto Nacional de Bellas Artes, el escritor Gustavo Sáinz como director de literatura del INBA y… bueno… he encontrado en internet a varios que dicen que la dirigieron; en el ejemplar que tengo a la mano (16 de abril de 1980) consta que los coordinadores editoriales eran Ignacio Trejo Fuentes, Sergio Monsalvo y A. T. Villafuerte. No se habla del director.
“Según Sáinz, el suplemento tiraba 350,000 ejemplares y se distribuía en el periódico El Universal. No creo que ese diario vendiera tanto, así que es seguro que se repartiera también en los demás medios nacionales, de manera gratuita. Aparecía los miércoles, y sólo por él valía la pena comprar el que fuera.
“Recuerdo algunos números en especial, que guardé durante años, y algunos de ellos aún deben estar en casa de mi hija Eunice en México, en alguna caja. El único que llegó conmigo a El Salvador fue uno dedicado a Roland Barthes, con textos suyos y acerca de su obra, que releeré en estos días. No sé por qué ése en especial; lo encontré hace unos días en un fólder con borradores y recortes viejos.
“Por ejemplo, en La semana… publicaron unas excelentes traducciones de Las quimeras completas, de Gérard de Nerval, con varios estudios sobre la obra. Hubo números dedicados a poesía visual –no sé si en rigor haya algo así; en México se desarrolló bastante desde finales de los setenta–, a compositores, mexicanos y extranjeros y a lo que a uno se le ocurriera. No había un formato específico o secciones fijas, y cada número era una sorpresa. A veces se trataba de números totalmente monográficos, a veces había misceláneas de lo más heterodoxo, a veces pequeñas notas, poemas, cuentos…
“Todo eso se sumaba al trabajo de Bremer como director del INBA, que era excelente. En esa época pude ver a la Sinfónica de Berlín dirigida por Von Karajan, los dibujos anatómicos de Da Vinci (¡sí, los originales!), la colección Armand Hammer, a Marcel Marceau… No había semana en que no hubiera algo digno de no olvidarse, y mucho de ello era gratis los miércoles y domingos, la entrada era barata y, si se tenía suerte, uno tenía una credencial de periodista que funcionaba muy bien, así fuera de una sección internacional. El paraíso para un chavo provinciano –como yo– que quería ver, oír y leer todo
“Un día, en 1982, ya en las postrimerías del gobierno de López Portillo, apareció una nota en La semana de Bellas Artes que dejó helado a más de uno: La nota se refería, sin pudor, a la primera dama de la República, doña Carmen Romano de López Portillo, y ya se sabe que nunca es sano hablar en esos términos de la esposa del presidente.
“Doña Carmen, con el debido respeto, era parte del folklore político mexicano. Casi siempre iba envuelta en pieles, con ropa de colores un tanto excesivos y poca tela en los lugares estratégicos, maquillaje nada discreto y un cortejo amplio e igualmente excéntrico
“Ningún medio de prensa se hubiera atrevido a publicar ya no lo que se lee en la nota de María Velázquez Pallares, sino siquiera una insinuación acerca del color de sus uñas. Ella no era mucho de aparecerse en actos artísticos, y la Feria Nacional de San Marcos no lo es; está dedicada al jaripeo, el ganado y la producción de vinos y brandys. La pregunta siempre fue: ¿cómo diablos llegó esa nota a las páginas del suplemento? Se salía totalmente de registro, por el tema, por el mal gusto y por lo suicida
“El rumor es que la periodista escribió la nota como una broma y la repartió entre los de la redacción, y alguno la publicó a espaldas de los editores para dañar a quien correspondiera.
“Le correspondió a Juan José Bremer: tuvo que renunciar a Bellas Artes. Gustavo Sáinz también debió irse, se retiraron los ejemplares que se pudo, y de un miércoles para otro el suplemento desapareció, obviamente sin la menor explicación oficial. De los pocos ejemplares que lograron repartirse, se sacaron miles de fotocopias de la nota en cuestión, que circuló de mano en mano. A mí me llegó y también pasé algunas, para no cortar la cadena.
Hace un par de años, Sáinz contó su versión de los hechos en el diario La Jornada, y es tan sencilla que se me ocurre que es cierta.
“Conocí a José Tlatelpas –a quien Sáinz menciona– por allí de 1980. Tenía una especie de taller de poesía, un grupo de jóvenes que se reunía en una librería a la que yo era adicto –me hacían buenos descuentos–, y me invitó a participar. Fui un par de veces, la primera por curiosidad y la segunda por compromiso. Leyó algunos de mis poemas, le gustaron –allí empezó a no gustarme el asunto– y me dijo que había chance de publicarlos no sé dónde. Antes de mi primer libro sólo publiqué tres o cuatro textos en revistas, y esos poemas no estuvieron entre ellos.
“Busco en Google cualquier referencia a María Velázquez Pallares y no la encuentro. ¿Sería un pseudónimo? ¿O tan grave fue lo de la nota?”
*Texto extraído del blog “Tribulaciones y Asteriscos” del escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa (San Salvador 1959-2011), del 17 de julio del 2007.
**Entre1978-1980 fui Coordinador, redactor y reportero de La Semana de Bellas Artes, suplemento cultural editado por la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes.
La necesidad de situaciones extrañas, de nuevas experiencias, de estados inexplicables, amenazadores y fantásticos en la novela detectivesca merece una explicación. Contemplando la historia de este género puede reconocerse una tendencia a escenificar perturbaciones cada vez mayores, más irritantes, y más abismales de una realidad familiar.
Esto es comprensible como un movimiento inmanente a la literatura. El género va desarrollándose porque el valor de excitación de los viejos modelos se desgasta y debe ser superado por los nuevos. Sin embargo, el hecho de que este desarrollo transcurra en esa dirección también tiene, a todas luces, motivos sociales.
La inseguridad ha ido en aumento. La sociedad es un sistema que se transforma a sí mismo, y el cambio social significa desestabilización de viejas formas de conducta y pensamiento: la extinción de informaciones anticuadas o su reordenación en contacto con el nuevo saber que confluye en nuevos conjuntos parcialmente hipotéticos o utópicos.
Al significarse la reordenación como un proceso arriesgado, en un principio se limita al campo pre práctico. La novela policiaca es eso: un campo donde se desarrollan planes de transformación aunados al placer que se amalgama con el miedo que produce el cambio.
El lector de novelas policiacas está interesado en la problematización transitoria de lo acostumbrado. El género pretende evadirse del lugar común manteniendo en forma constante las innovaciones, y tan pronto como éstas se han normalizado por el uso, se separa de sí misma con nuevos distanciamientos, al igual que en un proceso social, cuyas fórmulas son destruidas al envejecer para facilitar nuevas experiencias.
Como fenómeno literario, el género policiaco resulta también interesante: ha demostrado lo duradero de sus efectos y ha mantenido un éxito sin par. Su eficacia es tal que incluso las versiones de segunda o tercera categoría pueden tenerlo y convertirse en películas o en series de televisión.
Sin embargo, su función propia es ubicar al hombre en su medio, enfrentarlo a la perturbación de su realidad y verlo padecer, reflexionar, decidir y actuar en torno a ella. Los siguientes ensayos son eslabones en la cadena de este razonamiento. La literatura policiaca se presenta como un medio en el que la vida humana no sólo intenta comprenderse, sino que se pone en juego con vista en las inseguridades del acontecer cotidiano.
A través de las épocas por las que ha transitado la novela policiaca, la vida común y corriente ha estado dominada por costumbres, usos y exigencias de trato social que proporcionan seguridad y mantienen una aparente realidad colectiva. El género del que trata este libro ha pretendido exponer esos lineamientos y desplazarlos para facilitar nuevas experiencias en la relación del hombre con su medio y con su época.
Por las plumas de los siete autores (Poe, Doyle, Chandler, Spillane, Dürrenmatt, Highsmith y Leonard) el enigma se ha trasladado de la alternativa esquemática hacia la complejidad de un fatalismo colectivo, transformándose literariamente y poetizando de paso la voluntad de comprender la realidad.
*Fragmento de la introducción al libro El Lugar del crimen, de la editorial Times Editores, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.
El lugar del crimen
(Ensayos sobre la novela policiaca)
Sergio Monsalvo C.
Times Editores,
México, 1999
ÍNDICE
Introducción: La novela policiaca, vestida para matar
Edgar Allan Poe: La poesía en el crimen
Arthur Conan Doyle: Creador del cliché intacto
Raymond Chandler: Testimonio de una época
Mickey Spillane: Muerte al enemigo
Friedrich Dürrenmatt: El azar y el crimen cotidiano
Patricia Highsmith: El shock de la normalidad
Elmore Leonard: El discurso callejero
La literatura criminal: Una víctima de las circunstancias
Ry Cooder (nacido en Los Ángeles, California, en 1947) es una especie de antropólogo de la música popular contemporánea. Es un explorador que gusta de aventurarse por horizontes ignotos para el mainstream. Busca tesoros ocultos, estudia sus orígenes, se involucra en sus historias, descubre gente, pasados, héroes, leyendas, tradiciones, falsedades, injusticias, epopeyas y desventuras. Y luego de hacerlo reúne, graba, promueve y proyecta sus descubrimientos a través de compañías selectas, independientes, a las que acuden luego hambrientas las gigantescas trasnacionales hastiadas de lo mismo.
Esto lo ha hecho siempre, desde su temprana juventud allá por los años sesenta, cuando se adjudicó el compromiso artístico de la independencia, las causas perdidas y los caminos alternativos. Se forjó como un caminante solitario y justiciero (la cinematografía misma le ha pedido sonorizarla: Paris, Texas, como exégesis) al que le gusta poner las cosas en su sitio (acción que conlleva en sí la crítica del observador profundo y la obra fecunda).
*Fragmento de la Introducción al libro Ry Cooder (El Outsider Justiciero) de la Editorial Doble A, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.