MILI BERMEJO

Por SERGIO MONSALVO C.

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UNA VIDA CON LA MÚSICA*

La historia comenzó hace muchos, muchos años cuando Mili Bermejo, procedente del Cono Sur, de Buenos Aires —para ser más precisos y donde había nacido en 1951—, llegó a la ciudad de México junto con su familia. Tenía ocho años de edad. Desde ese momento, por la influencia paterna, abrevó de la música mexicana integrándola a su herencia argentina.

Luego, las décadas de los sesenta y setenta le otorgaron muchas experiencias enriquecedoras y fundamentales: el llamado “canto nuevo”, las peñas, los clubes, los amigos de diversas naciones latinoamericanas exiliados por causas políticas y feroces dictaduras, la poesía de Nicolás Guillén, Jaime Sabines, César Vallejo, José Ramón Enríquez, Odri Lorde, Ernesto Cardenal, Gabriel Zaid y Octavio Paz; además de la ideología del compromiso social del artista y el gusto por los conciertos al aire libre.

El talento musical de Mili Bermejo le permitió obtener en el curso de los años varias becas. La primera de ellas otorgada por lo que antes era conocido como el Fondo Nacional para las Actividades Sociales (Fonapas), y luego por parte de la escuela donde se encontraba. Entonces, la vida se le modificó sustancialmente. Casi al finalizar los años colegiales y lista para saltar al profesionalismo, su hermano (Miguel, guitarrista y bajista) la introdujo en los misterios y las sorpresas de la obra de Miles Davis. Es decir: descubrió el jazz.

Habla Mili:

“El jazz representó un gran cambio para mí: el de cantante a músico. Lo cual quiere decir que debía empezar a pensar en mi voz como instrumento, en la armonía. A tener un pensamiento inteligente en cuanto a cómo abordar una pieza, o sea un pensamiento analítico y además —por si fuera poco— aprender el arte de la improvisación. No puede ser de otra manera. Es muy difícil ser un buen intérprete del jazz debido a las exigencias que esto requiere satisfacer. Se debe saber leer todo tipo de partituras, con sus claves, invertir miles de horas de práctica para desarrollar el nivel competitivo necesario. Y asimismo, es preciso actuar constantemente para mantener en forma las habilidades musicales y desarrollar las cualidades individuales en la improvisación”.

Por aquel tiempo, Mili tuvo la oportunidad de conocer al pianista Ran Blake, pionero del avant-garde y del Third Stream, quien la llevó consigo como invitada para unas presentaciones que haría durante el programa jazzístico veraniego en la ciudad de Boston, en 1978. El viaje la motivó sobremanera para el aprendizaje del género. A la postre entró a tomar clases con el ya desaparecido pianista y destacado jazzista veracruzano Juan José Calatayud.

Con una voz siempre emotiva, Mili gusta de contar lo que la música sincopada le ha dado: “El jazz me proporcionó un método, me abrió las puertas tanto mentales como emocionales. La disciplina inherente en él siempre resulta difícil, hasta que la conviertes en tu forma de vida. Cuando das ese paso todo se vuelve  fascinante porque te sientes por fin un pasajero legítimo en el tren del aprendizaje, en una dinámica de evolución estética. Es un desafío, cada minuto debes entender por qué unas notas funcionan y por qué otras no. Para mí fue descubrir un mundo vital“.

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En México, Mili supo crearse una carrera como intérprete, pero en este punto y por recomendación del maestro Juan José Calatayud, decidió irse a estudiar a la Berklee School of Music de Boston, llevando como único equipaje su amor por el jazz: “El jazz me poseyó por completo, era como un fuego por dentro que no podía acallar“. Quería aprenderlo todo de él: tanto el lenguaje verbal como el musical. Esto es lo que la condujo a buscar las fuentes y a conocer a sus generadores. Debía aprender a cantar con aquellos jazzistas, en su propia tierra.

En México, Mili dejaba el reconocimiento logrado hasta entonces, sus amigos, su trabajo de muchos años en Radio Educación, a su padre —el compositor e instrumentista— Guillermo Bermejo, a su tío Miguel, ambos fundadores del famoso trío de música vernácula Los Calaveras, que en tantas giras y películas acompañara al legendario Jorge Negrete y, desde luego a su madre Luz, una cantante argentina de tangos. “Al irme a Estados Unidos dejé toda esa parte”, ha comentado con añoranza.

Así que se trasladó a Boston a vivir de manera permanente en 1980. Tras cinco años de recoger conocimientos, de mostrar el talento personal a su vez, se graduó en aquella institución. Aunaba de esta manera a su vida académica la savia del jazz estadounidense, misma savia que sumó a sus acervos producto de los estudios en la Escuela Nacional de Música, con los compositores mexicanos Julio Estrada y Federico Ibarra, y de técnica vocal con la especialista Elisabeth Phinney y Jerry Bergonzi.

El ejemplo de su creatividad al darle forma a un jazz ecléctico, con la intención constante de buscar trascender las fronteras entre los géneros y culturas, hizo que las autoridades de Berklee le ofrecieran impartir clases de canto en dicha institución. Cosa que ha hecho desde entonces. Sin embargo, después de algún tiempo, Mili sintió también la necesidad de expresar a flor de piel sus raíces musicales y los conocimientos adquiridos con el jazz, así que se alió con su esposo, el contrabajista Dan Greenspan —al que conoció en esa escuela en 1981—,  para realizar una obra donde se fusionaran el sentir cubano, argentino, mexicano y jazzístico, y otorgar al escucha una lluvia de ritmos en la que su estilo encontraba un cauce perfecto.

Hoy, esta mujer ha logrado el reconocimiento de músicos y crítica de la Unión Americana al aparecer en las páginas de revistas especializadas como Down Beat y Jazziz, donde se analizan constantemente los álbumes que genera. Desde Ay Amor (de 1992), hasta la noticia del nuevo disco que está a punto de salir, A Time for Love (del 2004), su discografía, que abarca ya ocho volúmenes, ha sido descrita como “el lugar donde se encuentra el jazz con la elegancia del alma latina”.

Sin concebir limitante alguna, Mili Bermejo ha laborado en distintos formatos, como el trío (en Ay Amor y A Time for Love), el cuarteto (en Casa Corazón, de 1994, o Identidad, de 1996)), el sexteto (en Pienso el Sur, del 2001), el octeto (con la agrupación de Günter Schuller, en Orange then Blue). No obstante, la quintaesemcia de su quehacer artístico se puede encontrar en Dúo, de 1997, al lado de su esposo y bajista Dan Greenspan, donde la compenetración con el concepto y el trabajo constante se presentan sin más ropaje que las cualidades íntimas y personales.

Entre más vida yo siento / más pronto me voy muriendo / más cercano está el momento / de abandonar este arroyo / y más requiero el apoyo / de aquél que me está queriendo….” Así reza el track “Décimas de muerte”, una composición de esta cantante que a base de estudio, de esfuerzo, de talento, ha sobresalido en el terreno del jazz. En Dúo, Mili se presenta en el escenario del Music Room de Cambridge para dar a conocer a los entendidos su sensibilidad y bagaje. Ella le entrega al escucha su comprensión de la música y beneplácito con el canto.

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Para hablar de este trabajo de Mili hay que mencionar, en primerísimo lugar, el grado de retención y elaboración de los elementos básicos que han alimentado a la cantante a lo largo de su carrera. Elementos afroamericanos, latinos, caribeños, que gracias a su ductilidad y aprovechamiento se establecen en ella, en su voz, en su acompañamiento, como una mancomunidad experimental de carácter multicultural sintetizada en el jazz. Eso es el jazz. Así se forjó y así continuará en el futuro.

Ella reelabora la música a partir de su particular concepción enriquecida de estos elementos en términos de esa estructura de raíces y sus variables. Esto es: conoce su música, no sólo como ente regional sino continental, y la relaciona, la mezcla, la recrea, con el gran fenómeno del jazz y lo que éste a su vez trae aparejado consigo: la composición europea, la métrica hispana, el lied alemán, el folklore anglosajón y la referencia sobreentendida de la expresividad vocal.

Todas las variables son aprovechadas por su voz, por su temática, empapada del romanticismo del “canto nuevo”, muy bien acompañada por Greenspan, músico que muestra sus capacidades multifacéticas al proporcionarle un soporte sincopado a la rítmica voz de Mili. Las composiciones de Abbey Lincoln, Bill Evans, Lee Morgan, Johnny Mercer, Duke Ellington y de la propia Bermejo, se suceden a lo largo del CD dando rienda suelta a su estilo que en todo momento evoca las referencias de su experiencia musical con interpretaciones muy sentidas, las cuales con los artilugios de la magia vocal ubican en atmósferas y ambientes hiperreales al escucha atento.

Las interpretaciones que hace Mili Bermejo de la balada van más allá de lo simplemente emotivo. Sus cualidades, técnica y referencias vitales que carga dentro de sí, le añaden a cada tema presentado el plus que debe contener cada pieza de su repertorio. Es una cantante de jazz llena de expresividad y recursos, color y textura. En este disco, producido por ella misma, ejecuta una catorcena de tracks en los que la existencia y el arte se amalgaman para regocijar al público. Greenspan, como buen bajista, le pone los acentos, los soportes, las plataformas. De esta manera, las composiciones de todos los mencionados brillan como si fueran nuevas.

Los informes sobre Mili Bermejo dicen que ella se fue a la Unión Americana en 1980, con el claro objetivo de estudiar jazz en la que hoy por hoy se considera la mejor escuela en este sentido: el Berklee College of Music de Boston. Actualmente es profesora en esa misma institución, además de miembro de varias asociaciones para el fomento de las artes en los Estados Unidos. Mili Bermejo es una cantante que a base de trabajar su talento, de disciplinarlo y conducirlo, ha llegado a ser escuchada en los mejores escenarios y a recibir premios y menciones, porque además de estudio y trabajo tiene propuesta y capacidad para manifestarse en el comprometido terreno del jazz. La suya es una magnífica historia, plasmada en concreto en varios álbumes a los que sigue sumando nombres.

 

* Este texto es fundamentalmente el guión literario del programa número 82 de la serie “Ellazz”, que se trasmitió por Radio Educación en los años cero (primera década del siglo XXI), del que fui creador del nombre, entrevistador, investigador, guionista y musicalizador. El programa se realizó con la entrevista que le hice tras la publicación del disco  Dúo (Jimena Music) en 1997. Éste se uniría a la enriquecedora discografía de la cantante, compositora, pedagoga y divulgadora del jazz, con De tierra, Identidad y el postrer Arte del Dúo, además de los ya mencionados en el texto. Todos discos a los que la artista dotó con canciones propias, standards del jazz y composiciones de diversos creadores latinoamericanos, siempre incluyendo sus emociones y las cuestiones sociales de todo lo que la afectaba. Mili murió el 21 de febrero del 2017. Aún no sé si ya se publicó el libro que tenía listo sobre técnica vocal en el que tenía tiempo  trabajando.

 

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CARRERA CON LA FUGACIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

Carrera con la fugacidad (foto 1)

 Ella acababa de cumplir años. Estaba aburrida y harta de todo. Necesitaba algo, lo que fuera, para volver a sentirse viva.

Aquella mañana estaba peor que nunca, a punto de enloquecer. Las pesadillas recurrentes de ahogo, sofocamiento y persecución no la habían dejado dormir bien. Se despertó varias veces sobresaltada durante la noche, para sólo tornar a otro mal sueño, pesado y amenazador. Por eso cuando sonó el despertador no pudo oírlo. Era tardísimo y los demás seguían durmiendo.

Su marido farfulló algún reclamo que de tan conocido murió al llegarle a los oídos. Corrió a despertar a los niños entre un punzante dolor de cabeza y la angustia del retardo. Como siempre, les habló suave primero, apurándolos, para luego pasar al grito fuerte y a las amenazas. Apenas tuvo la oportunidad se puso los jeans, una camiseta, un suéter y los tenis. Prendió la luz de la cocina y sacó rápido las cosas del refrigerador para preparar el desayuno y el lunch. Sentía amarga la boca y la mente embotada.

Arrancó la camioneta, subieron los niños y salió disparada rumbo al Viaducto. Por primera vez en mucho tiempo no se puso furibunda con los gritos, peleas y olvidos de cosas de sus hijos. Éstos pasaron a un tercer plano y a un segundo el ruido de afuera, el tránsito, los claxonazos, el olor a gasolina. El dolor de cabeza se acentuó un poco más. Intuyó que el cuerpo le pedía algo, que la mente estaba a punto de explotar, pero no tenía ni idea de qué hacer. Sólo podía pensar en cuánto le gustaría acelerar…acelerar…acelerar.

Llegaron a la escuela. Coches en segunda y tercera fila. Más claxonazos. Les repitió a los niños lo usual y esperó a que entraran, lo mismo que las otras decenas de padres de familia.

Justo cuando cruzaron la puerta, ella quiso arrancar en medio del caos vehicular. En ese momento un coche deportivo rojo se le cruzó. Enfrenó bruscamente y la camioneta se apagó. Estampó las manos en el claxon. Del auto rojo salió un niño corriendo hacia la entrada de la escuela sin hacer caso alguno. Ella intentó arrancar de nuevo, pero con el acoso de quienes estaban detrás de ella sonando las bocinas y vociferando, no lo pudo hacer. Con las premuras ahogó el motor.

El coche rojo se echó en reversa y el tipo que iba manejando se asomó para decirle algo a quien tocaba el claxon de esa manera. Sin embargo, al ver el llanto de aquella neurasténica señora, optó por acomodar su coche y bajar a organizar la circulación. Era un joven veinteañero, con una sonrisa burlona en el rostro. En cuestión de minutos logró desenredar el nudo de vehículos y calmar a los desesperados conductores. Hecho eso se dirigió a la camioneta que seguía sin poder arrancar.

Luego de oír con cierto cinismo los reiterados insultos de ella, le preguntó si quería que le ayudara o no. De los ojos de ella salía lumbre y guardó silencio. Él entonces abrió la portezuela, jaló una palanca y el cofre se abrió. Unos instantes después le pidió que lo intentara de nuevo. El motor rugió a plenitud. Se acercó a la ventanilla y le solicitó unos pañuelos desechables para limpiarse las manos. “Servida, señora”, le dijo, al mismo tiempo que observaba lo bien que aún estaba la mujer. Al mismo tiempo que ella sintió un cosquilleo en el cuerpo.

El idilio no tardó en comenzar. Los primeros días fueron de observación por ambas partes.

A partir del incidente aquél, ella procuró levantarse con anticipación para tener tiempo de arreglarse. No demasiado, pero sí lo suficiente para ya no parecerse al resto de esas mamás patéticas que aparecen en las escuelas por las mañanas. Incluso logró la hazaña de llegar al colegio con antelación, estacionarse tranquilamente a una cuadra y acompañar a los niños hasta la puerta y despedirse de ellos toda amorosa y esperar discreta y casual la llegada del coche rojo.

El muchacho por su parte, se ofreció a llevar a su hermano menor a diario sin ningún problema y con mucho gusto. Ante el inesperado gesto, su papá le aumentó de manera sustancial el dinero que le daba semanalmente. Estaba feliz y la mamá ni se diga. Ya no tendría que levantarse temprano. Procuraba llegar unos cuantos minutos antes de la hora de entrada y fraternalmente acompañar a su hermano hasta la puerta del colegio, donde por casualidad se volvió a topar con aquella mujer.

Se saludaron amablemente, y él la acompañó hasta la camioneta para cerciorarse de que no tuviera problemas con el arranque. Comenzaron cada uno a indagar por sus vidas y a interesarse por la del otro. Luego ella le tendía la mano y se despedían con un anhelante “hasta mañana”. Él se quedaba viendo cómo nerviosa y rápida salía disparada la camioneta y se fijaba en las placas tratando de descubrir alguna señal, algún indicio.

Ella, mientras tanto, se ajustaba los anteojos para el sol que comenzaba a salir, y ponía un gesto de seriedad al poner las manos en el volante, sin dejar de observarlo por el rabillo del ojo y luego por el espejo retrovisor cuando ya estaba lejos de él.

Le llevó una semana irse despojando una por una de sus reticencias, miedos, prejuicios y demás escrúpulos al respecto. Le daba vueltas a la situación y como a una cebolla le fue quitando las sucesivas capas, hasta concluir que al final nada importaba, salvo la emoción del momento. Esa emoción que no había sentido en años y que ahora se le presentaba para saldar cuentas con el tiempo. Era hora de ocuparse sólo de ella misma.

Al siguiente lunes ya tenía toda la intención de aceptar la propuesta más indecorosa. Se había comprado nueva lencería, coqueta y atrevida, la suficiente para esperar el momento que sabía llegaría tarde o temprano. Buscó vestirse y verse lo más juvenil posible, aunque en realidad no lo necesitara. Se sentía joven, de hecho era más joven. Un nuevo color también le inundó la cara y la vida en general. Así mantendría las cosas.

La espera no resultó larga, el miércoles de esa semana, el joven aquél le habló de sus deseos. Un poco atropellado, pero directa y hasta tiernamente, según ella lo consideró después. Pensaba enojarse un poco, negarse casi rotundamente para luego terminar aceptando debido a los ruegos de él. Las cosas salieron más o menos así, excepto lo de los ruegos. Se mostró más maduro de lo esperado y eso le infundió confianza para lanzarse a la aventura.

La Calzada que recorrieron con todos sus hoteles les pareció corta luego de unas semanas.

El tiempo medido para ella poco a poco fue ensanchando sus límites, lo mismo que las audacias de todo tipo. Luego de dejar ambos a los respectivos infantes, se iban en el coche de él a buscar nuevos terrenos para el combate. Un día él la invitó a que lo acompañara una noche al lugar donde se realizaban clandestinamente arrancones y carreras de autos, de las cuales era asiduo. Ella aceptó encantada. Quería conocer todo lo que significara incrementar la aventura.

Tras encargar a los niños y convencer a su marido con una reunión de exalumnas, se quedó de ver con él en un restaurante cercano. En el trayecto ella se imaginó algo como American Graffiti, donde los tipos involucrados se retarían luego de llamarse “gallinas” y la policía fuera la bestia omnipresente.

Se imaginó los estéreos de los coches a todo volumen tocando rock and roll, y a las acompañantes de los valerosos conductores dándoles algún objeto personal como amuleto. Todo era velocidad y excitación en medio de autos arreglados espectacularmente, motores rugientes y romanticismo a diestra y siniestra. Incluso recordó una escena de la película donde el joven, a quien se le ha pegado una adolescentita, luego de haber ganado la reñida y peligrosa competencia y de haber peleado durante toda la noche, la lleva a su casa, le regala la pieza de un pistón que usa como palanca de velocidades y le da un beso lleno de ruda ternura. Ella se sentía como aquella niña.

La noche comenzó promisoria cuando lo vio entrar al restaurante con la llamativa chamarra roja, los ajustados pantalones negros y las botas que tanto le gustaban. Se tomaron otro café y salieron tomados de la mano.

Llegaron a un lejano tramo del Periférico. Las calles aledañas estaban llenas de coches y gente. Muchachos recargados en las carrocerías, hablando con otros y pactando retos. Contrario a lo que pensaba, la bestia policiaca no era problema alguno. Los organizadores tenían por ahí una patrulla arrendada, para calmar a los rijosos o a los ebrios escandalosos.

Pudo darse cuenta de ello mientras esperaba que él regresara de enlistarse en alguna carrera. En el ambiente se olía el dinero, mucho dinero y la soberbia de los competidores. Los coches se estacionaban en batería conforme iban llegando y de ellos bajaban grupos de jóvenes o parejas que iban a observar o acompañar a un piloto. La música también permeaba el lugar, lo mismo que el rechinido de llantas y los acelerones.

Los propietarios de los coches que competían aportaban dinero en efectivo, principalmente. Esto, junto con las apuestas, se repartía entre los organizadores, el piloto vencedor y quien hubiera ganado la apuesta.

Ella observó cómo se realizaba una de las carreras y vio también la calle llena de curiosos. Los organizadores fungían como jueces y no daban el banderazo hasta que todo lo relacionado con el dinero estuviera en orden. Antes, los pilotos se daban la mano, lo mismo que al juez. Mientras, algunos espectadores examinaban los coches que se disponían a correr. Se cruzaban las apuestas finales.

El juez arrojaba una moneda al aire para decidir en qué lado de la calle correría cada conductor. Al auto que más bonito le pareció de aquéllos, le tocó el lado derecho, el más alejado de su vista. Arrancaron. Se oyó el rechinar de llantas y el rugido de la gente reunida.

Los faros proyectaban sus luces sobre las relucientes salpicaderas de los coches estacionados. Todo era ruido, velocidad, gritos, euforia, ilegalidad y la ilusión de furtividad nocturna.

A él pronto le llegó su turno. Ella se quedó en la banqueta luego de darle un gran beso y desearle suerte. Él colocó el coche en la línea de salida y aceleró sin soltar el clutch. Ambos autos salieron desbocados rumbo a un punto lejano donde también había gran cantidad de gente. Inconscientemente ella cruzó los dedos y no le quitó la vista al coche rojo. La cábala le resultó. Él ganó la carrera.

Brincando y gritando como niño llegó con ella, la abrazó y besó. Sus amigos y conocidos lo felicitaron. Él la presentó y alguno de ellos le preguntó si también competiría. Ella dijo que no, con los ojos muy abiertos. Él dijo que sí extendiéndole las llaves de su coche.

La inscribió en la categoría de mujeres principiantes y él comenzó a darle instrucciones e infundirle confianza. Ella no escuchó nada. Sólo atinaba a apretar las manos dentro de la chamarra de piel que llevaba. El sueño rebasaba ya en mucho sus límites. Se sentía otra, lejana, lejanísima de su realidad. Veía la calle ancha, iluminada y el punto distante de la meta. El corazón le latía al ritmo de los bajos contundentes de un estéreo cercano.

Nerviosa y excitada se subió al deportivo rojo. Sintió que era la primera vez que lo hacía. Mientras él le indicaba cómo realizar la salida y hacer los cambios de velocidades, ella intentaba relacionarse con el extraño tablero, el ruido de la piel del asiento del conductor, con los pedales rarísimos, con el aire que entraba agitado a sus pulmones, con la situación misma.

Apenas pudo darse cuenta del roce de los labios de él; de cómo avanzó hacia la línea de salida. Acomodó los espejos retrovisores, interior y exterior mecánicamente, y se dispuso a llevar más allá la experiencia. Con la emoción ni se fijó en contra de quién iba a competir, ni del color del otro coche. El mundo desapareció y sólo se concentró en el punto distante de la meta. Por fin podría acelerar…acelerar…acelerar…

Lo hizo a la señal y la vida como la conocía dejo de tener sentido.

Su cuerpo y espíritu se sintieron libres, sin peso, ligeros. Iba feliz y riendo con los puños apretados en el volante. Tanto que no se percató del hombre que salió de quién sabe dónde y se atravesó en su camino. Apenas sintió el golpe. Y mientras volteaba al retrovisor y veía el cuerpo aquél tirado en medio de la calle, quiso ser de nuevo como aquella adolescente de la película a la que el galán debía llevar a su casa.

 

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AFTER HOURS

Por SERGIO MONSALVO C.

AFTER HOURS (FOTO 1)

(para Yuko Fujino)

 

Crear en la vigilia del sueño

el quehacer que viene de lejos

          /en el tiempo

sin el bullicio de la fiesta

sin el orden del trabajo

 

Sus constructores

interpretan y comparten

          /el momento del placer

relajados los sentidos

deleitada la caricia

 

Un lugar en el hábitat íntimo

de la existencia

          /sin accesos

bajadas las persianas

los tragos escanciados

 

Tocar ser y sentir

el leño en el corazón

          /sin sets, ni relojes

el mundo detiene su marcha

en ese acto único, para escuchar

 

 

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OLIVIA REVUELTAS

Por SERGIO MONSALVO C.

OLIVIA REVUELTAS (FOTO 1)

EL ESPÍRITU DE LA MÚSICA*

Durante la mayor parte de la historia del jazz, aparentemente han sido pocas las mujeres que han formado parte de la comunidad de músicos. En el pasado, una mujer decidida a no dejarse intimidar para acceder al ambiente tuvo que pagar precios tendentes a ponerla en su lugar: la pérdida de su respetabilidad encabezaba la lista, además de la desaprobación general o familiar y a veces el ostracismo.

A pesar de todo, el amante de la música puede encontrar una lista larga y bastante sobresaliente de féminas que han participado en el jazz desde el nacimiento del género. Sin duda aún constituyen una minoría y probablemente lo seguirán siendo durante algún tiempo, pero en la actualidad quienes de ellas interpretan el jazz lo graban, dirigen grupos, componen, hacen arreglos musicales, producen álbumes, administran, presentan conciertos. Es decir, están involucradas en todo el proceso.

Si hay algo que las caracteriza en el jazz actual es su pronunciado individualismo y su dedicación a la música. Se encuentran ya perfectamente instaladas en todos los géneros derivados del jazz, el cual ha permitido el acercamiento de diferentes tipos de música entre sí, extendiendo sus límites hasta las fronteras de la imaginación y el talento de cada exponente.

Y es talento, y mucho, el que se da en el caso de la mexicana Olivia Revueltas, por ejemplo…

 

*Texto introductorio a la entrevista publicada en la Editorial Doble A.

 

OLIVIA REVUELTAS (FOTO 2)

Olivia Revueltas

Una entrevista de

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz” #4

México, 2000

 

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BLUES

Por SERGIO MONSALVO C.

BLUES FOTO 1

SOMERO ACERCAMIENTO*

El blues nació durante el turbulento periodo que siguió a la Guerra Civil estadounidense, al enfrentar los negros del sur del país un cambio total en los fundamentos de sus vidas bajo el duro yugo de la esclavitud, a causa de su repentina libertad. Cambio que no siempre fue para bien.

En muy poco tiempo, descubrieron que un sistema de opresión simplemente era reemplazado por otro (como la aparcería, el arrendamiento y otras formas de servidumbre económica), en última instancia no muy distinto de la anterior servidumbre física.

En algunos aspectos era mucho peor, al surgir una serie de presiones –económicas, psicológicas y culturales– que no estuvieron presentes, en el mismo grado o con las mismas implicaciones, durante el tiempo de la esclavitud.

En respuesta a estas últimas, una nueva forma musical lírica, el blues, tomó forma en medio de la cultura de las plantaciones del Sur, en Mississippi, Alabama, Arkansas, Louisiana, Tennessee, Missouri y Texas, regiones de las cuales provienen las noticias más tempranas de la nueva música.

Por medio de cantantes e instrumentistas errabundos, el blues se fue extendiendo desde esta área hacia un círculo cada vez más amplio, que finalmente abarcó cada rincón de la civilización negra del país, reemplazando a muchas formas más antiguas de expresión musical.

Arraigados en la cultura de la esclavitud, dichos géneros anteriores paulatinamente perdieron terreno en favor del naciente blues, el cual reflejaba con visión mucho más certera el cambio provocado por las experiencias, los estilos de vida, los valores culturales y la comunidad de intereses de la mayoría, si no es que todos los negros en los Estados Unidos durante estos difíciles tiempos.

El intérprete de blues se colocó a la vanguardia en la articulación de dichos sentimientos; destilaba, mediante una forma musical dotada de simplicidad, franqueza, flexibilidad e inmediatez sobresalientes, los anhelos, disgustos, desafectos, esperanzas y majestuoso carácter humano de toda una raza dedicada a la búsqueda de sí misma dentro de la matriz de una sociedad que en gran medida la había abandonado.

Su poder paliativo fue la clave del éxito del blues. Poca duda cabe que su mensaje ayudó a muchos negros a resistir a la debilitante denigración psicológica de la cual eran objeto por parte de la sociedad en general; a alzarse por encima y triunfar sobre ella.

El mensaje del blues era distinto, en un sentido significativo, del de los spirituals que lo precedieron, los cuales pregonaban poner la otra mejilla, desviar, negar o sublimar la dolorosa realidad de una vida que transcurría en la oscura sombra del sueño americano.

No, el blues miraba a la vida de frente, la comentaba con sinceridad y contaba las cosas tal como eran. Había que vivir la vida en el aquí y el ahora, proclamaba el blues; y por doloroso que esto fuera y siguiera siendo, era, en última instancia y en realidad, todo lo que había.

Esto resultaba mucho mejor, y más sano, que anhelar y fijar las esperanzas en un más allá que tal vez no llegara nunca. ¿Cínico? Quizá. ¿Honesto? Definitivamente.

En sus letras, el blues (desde entonces) trata sin vacilar todas las experiencias y sentimientos compartidos por los negros en los Estados Unidos. Si bien muchas veces son duros y brutales, en su ánimo no hay desolación, impotencia o desesperación, sino más bien una actitud irónica, desprendida, sensual y llena de humor negro. Y el humor, como bien se sabe, representa una forma particularmente eficaz de enfrentar el dolor psicológico, de distanciarse, elevarse por encima de él y voltearlo en beneficio propio.

Derivado de las canciones entonadas al trabajar, baladas y música country, se trata de la evolución de una mezcla de música popular europea y música tradicional africana. El blues rural forma la base de ello, pero es el blues “clásico” o “vaudeville” el que con su acompañamiento jazzístico se graba primero (1920).

El compositor más conocido de la época es W.C. Handy. El tiempo de gloria de esta forma del blues dura hasta 1926 y sus representantes de mayor importancia son las cantantes Ma Rainey y Bessie Smith.

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Durante los años siguientes, el country blues llega a su cúspide comercial y artística y se mantiene como corriente de peso hasta los años cincuenta. Los intérpretes de mayor éxito del periodo inicial son Blind Lemon Jefferson, Texas Alexander, Papa Charlie Jackson, Barbecue Bob, Charlie Patton y Blind Blake. En la época siguiente destacan Kokomo Arnold, Blind Boy Fuller, Memphis Minnie, Robert Johnson, Bo Carter, Buddy Moss, Sleepy John Estes y Big Joe Williams.

Alrededor de 1950 aparecen Big Boy Crudup, Lightnin’ Hopkins, John Lee Hooker, Muddy Waters, Smokey Hogg y Lil’ Son Jackson. Es afín al country blues de los guitarristas la música producida por las jugbands y los pianistas del barrelhouse.

Un gran número de jugbands toca en la región de Memphis y las más famosas son Gus Cannon’s Jug Stompers y la Memphis Jug Band. Algunos pianistas de barrelhouse y country blues de primera línea son Roosevelt Sykes, Walter Roland y Whistling Alex Moore.

Una forma urbana de blues domina los años treinta y los principios de la década siguiente (Leroy Carr, Tampa Red, Washboard Sam, Big Bill Broonzy, John Lee “Sonny Boy” Williamson, Bumble Bee Slim, Big Maceo, Bill Gaither, Lonnie Johnson y Jazz Gillum).

Durante la Segunda Guerra Mundial aumenta la migración de la población negra de los estados del sur de la Unión Americana hacia las grandes ciudades septentrionales. El blues también viaja, adaptándose a su nuevo ambiente. Esta adaptación se manifiesta sobre todo en la transición del blues acústico al eléctrico y, en forma análoga, en el ascenso de los conjuntos a expensas de los solistas. La primera ciudad grande encontrada en el viaje desde Mississippi y Arkansas hacia el Norte es Memphis.

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VIDEO SUGERIDO: Legendary Country Blues Guitarists, YouTube (GtrWorkShp)

 

*Fragmento del ensayo publicado en el número 14 (pp. 3-10), de la revista Corriente Alterna (SMC).

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“EL COCODRILO DEL CAPITÁN GARFIO”

Por SERGIO MONSALVO C.

NIÑOS ORDINARIOS (FOTO 1)

El ambiente sofoca por la falta de oxígeno. Los olores a frenos gastados, a llantas quemadas, sudor, alguna vomitada recurrente, hacinamiento, o el de los malos modos, violencia explícita o reprimida, desprecio, no tienen cabida en sus narices. Ellos entran y salen de los vagones del Metro, convoy tras convoy, acompañándose, maldiciéndose, inventándose trabajos ahí bajo la tierra para comer o de perdida para inhalar thinner o pegamento, el chemo.

Las primeras horas de la mañana los descubren en el piso de la estación. Ahí juntos pueden dormir y tal vez protegerse del agandalle de unos y de la posible violación de parte de otros, de esos tipos mañosos que se pasan de lanzas. De cualquier modo, le tienen que entrar con una lana para el o los policías que les dan chance de quedarse a pernoctar. El frío cala menos y las ratas no molestan, como en aquellos mercados a los que a veces hay que recurrir.

El frío es quizá uno de sus temores, pero no el principal.

Ya saben que a la llegada de los vigilantes tienen que abandonar de volada la cama de piedra y evitar que los atropelle la multitud impaciente, ya iracunda, que retacará los pasillos del andén y los del vagón y sus asientos. Hombres por aquí, mujeres por allá. Ni a cuál rumbo irle. Y bueno, luego de desamodorrarse, pactar el acuerdo para la rutina del día: ¿payasos…cantantes…malabaristas o simples y llanos pedigüeños? ¿O la combinación de dos, tres o más cosas, estamos en una era hipermoderna, no? Y a darle.

Colarse por aquí, por allá, repetir el único chiste tras el chorreado maquillaje, la mugre. Ojos amarillentos o enrojecidos, sin atinar a fijarse en nada, utilizando las palabras como si otro las dijera, ajenas, utilitarias, sin más valor que un escupitajo.

Así pasan las horas, entre puertas que abren y cierran en escasos segundos, entre gente silenciosa, aburrida y tensa, que lucha encarnizadamente por algunos centímetros dentro del vagón. A los de los audífonos pegado a un teléfono ni acercarse, ¿para qué?, siempre están en otra onda.

No. Mejor buscar a las señoras con niños, a las solitarias, tal vez las agarren en medio de un pensamiento peregrino y logren sacarles algunas monedas. Tal vez alguien se descuide y puedan agenciarse una bolsa, un suéter, un paraguas, lo que sea.

La cosa es no irse en blanco luego de tantas horas, doce para ser precisos, antes de atreverse a emerger a la superficie.

Pasar entre los vendedores que se aposentan en las escaleras con sus chicles, chocolates, galletas, llaveros…¡ bara-bara! Entre las mujeres que se cubren casi por completo con el rebozo y sólo extienden una mano temblorosa y pálida. Piedades que cargan a un niño de meses o años siempre dormido o muerto.

Entre indígenas que tocan el violín, el acordeón, la armónica, mientras sus mujeres e hijos hacen sonar los botes o los sombreros en busca de unos centavos. Entre los voceadores de periódicos vespertinos con sus gigantescos titulares sobre la crisis, complots, secuestros, crímenes, ejecuciones, el último escándalo político o del narcotráfico.

Una vez superado todo ello, pisar por fin la calle o lo que han dejado de ella los vendedores ambulantes. Caminar entre los puestos de relojes, juguetes, videos, plumas, grabadoras, anteojos y otras miles de mercancías procedentes de Taiwán, Corea, Hong Kong, China, Japón y lugares circunvecinos del Lejano Oriente. Fritangas y aceite rancio, cebolla, cilantro, perros, muchachas que entran o salen de la escuela de computación más cercana. Tipos que sólo viven para picar la salsa  y secretarias temerosas. El afuera.

Además, hoy la lluvia cae sobre la ciudad. Opacándola, ahogándola un poco más. El gris metálico del agua acumulada se anega por doquier. Manchas que tardarán en desaparecer se abandonan a la pereza del hongo que deteriora. Los edificios se encogen al dolor del golpeteo constante. En los coches se encierran tufos de alientos discordantes. El cláxon irrumpe, sin transigir nunca. El lodo y la basura se acumulan en las alcantarillas. No importa, de cualquier manera siempre están tapadas acumulando los desperdicios de la antigua ciudad de la esperanza o de la diversión.

La banda de niños callejeros surge así de la estación del Metro, deambula por el arroyo y parte de la banqueta. Se avientan unos a otros hacia los charcos. Empapados lanzan entre sí filosas palabras inmundas que no hacen mella en ninguna de estas cabezas rapadas, apestosas, coronadas de cicatrices. Ni en las de ellas, las tres mujercitas del grupo, que traen el cráneo enmarañado en contraparte. Les gusta andar de pelo suelto.

En un aparente vagabundeo sin principio ni fin, con rumbo desconocido, golpean las cortinas metálicas de los comercios cerrados con artefactos diversos en competencia por lograr el ruido más extremoso, el rechinido más insultante, la muesca más profunda. Se acercan de este modo a las puertas de un bar tradicional del centro de la gran urbe.

Con el escándalo ha salido un mesero y su presencia evita el desfogue contra el establecimiento. Los chiquillos pasan de largo cabuleando por lo bajo al malencarado que los enfrenta sin palabras. Gestos, señas y el insulto se cuelan por las rendijas del chubasco y de sus orejas sin dejar rastro. Al dar la vuelta a la calle un halo de silencio cubre de nuevo el asfalto renegrido. El mesero retrocede hacia las puertas abatibles.

Dentro, el dueño del lugar está en eso, en plan de dueño ante la escasa concurrencia de parroquianos acompañados de tristeza o agonía. Al sujeto le gusta mostrarse desde un principio con alaracas destinadas a todos y a cualquiera. Lo fatuo, la barba cerrada y la nariz prominente complementan su atuendo.

Como la noche está “de perros” ha decidido permanecer en su negocio: sentarse en una de las mesas con sus amigos de la Policía Judicial, jugar al dominó y echarse unos tragos de brandy entre pecho y espalda. En una mesita anexa se encuentran los hielos, las cocacolas y una botella de brandy junto a la suya, con poco menos de la mitad de su contenido.

“Te toca, Patán”, le dice uno de los caballeros de la mesa. Pero él está concentrado, no es cosa tampoco de dejarse humillar “por estos cabrones”, piensa, mientras selecciona la ficha adecuada. Es mal jugador pero no acepta tal cosa y la oculta bajo una eterna cháchara plagada de maldiciones, fabulosos negocios, apuestas, tugurios, menciones de amigos influyentes, coches, borracheras y mujeres a cual más.

Le gusta azotar las fichas, reclamar al compañero. En esta ocasión es un obeso trajeado al que la pistola le sobresale bajo el brazo y los abultados rollos de grasa de los costados. El mesero, servicial, se acerca de cuando en cuando para llenarle de nueva cuenta la copa coñaquera o surtir de hielos a los otros. En un impasse de silencio, entre jugada y jugada, entran al bar las tres mujercitas de aquella banda callejera que regresó a ver qué sacaba.

Visten como punks, pero no lo saben, están demacradas como darkies, pero tampoco lo saben. Creen que es hambre. Cada una toma un caminito diferente para acercarse a los solitarios bebedores de las mesas aledañas o que se encuentran en la barra, de pie, y mirándose al espejo.

Al descubrirlas el dueño les grita: “¡Fuera, carajo, ya les dije que no quiero basura por aquí!” Hasta el gato que dormitaba bajo el calendario de Cortés con la Malinche voltea a verlas. “Oooh, deje talonear pa’ un taco”, replica una. “¡Dije que se larguen, coño!”, y hace la finta de que va a levantarse.

Ellas abandonan el lugar. Con la interrupción, el tipo se distrajo de las fichas. Pierde la mano y tiene que pagar. Reclama y maldice, pero saca de la bolsa de su pantalón un fajo de dinero y arroja a la mesa dos billetes. “¡Puta madre!” Los judiciales, entre risotadas, preparan la sopa para la siguiente partida.

Ellas, mientras tanto, han salido de nueva cuenta a la noche. Los otros las esperan y todos se encaminan escandalosamente hacia la siguiente gran avenida. Ahí doblan a la izquierda y se enfilan rumbo a una plaza popular donde se dan cita muchos turistas. Ahí quizá no haya comida, pero el chemo es seguro; tal vez hasta puedan atracar a algún borracho eufórico o a un turista que se descuide. El Capitán Garfio, el líder del grupo, les prometió algo de todo ello.

En el caso de este Capitán Garfio no se trata sólo de perseguir tozudamente al niño que nunca fue o sostener con él grotescos enfrentamientos de capa y espada en sueños de pegamento, ni tampoco lidiar con un montón de marineros inútiles en un barco desorientado dentro de mares imposibles. El símil mayor con aquel personaje fantástico es una mano perdida que le fue sustituida por un gancho.

En el caso de este Capitán Garfio no se trató de una mano cortada por las terribles y peligrosas fauces de un cocodrilo empecinado, no. La mano le fue trozada por una vulgar guillotina para refinar papel, manejada por unos no menos vulgares mocosos que vieron en la acción cercenatoria una anécdota extra que se sumó a otras anteriores, ni más ni menos cruentas. Era pura diversión.

Desde entonces, la pérdida de tal parte fue apuntalada con la atribución de un nuevo apelativo. El anterior cayó en el olvido sin que nadie hiciera lo más mínimo por evitarlo; al contrario, el recién adquirido apodo llenó la boca de todos los que vivían a su alrededor y lo convencieron de que le sentaba mejor y hasta le proporcionaba una personalidad antaño inexistente.

Lo curioso es que él, asiduo habitante de terrenos baldíos en unas no menos baldías colonias, estaciones del Metro, alcantarillas o construcciones deshabitadas, no tiene ni la menor idea del personaje ficticio del que es homónimo. La carpeta de las cuestiones literarias no tiene cabida en su apretada agenda.

A pesar de su mutilación, este Capitán se ganaba la comida y algunos centavos matando ratas en algún mercado. No obstante, los peculiares vicios del ambiente lo avasallaron, los inhalaba en demasía, y el negocio se acabó. Lo echaron del mercado aquél y tornó a la vagancia, tierra de nadie donde se encontró con sus actuales compañeros de historias semejantes. Ahora, los espera la estridencia y los paliativos al rugido de sus hambres.

En la madrugada retornarán a la estación del Metro más cercana si lo logran, porque este Capitán Garfio, y el resto de sus acompañantes, siempre guardan en alguna parte de sí el temor y la sapiencia genética de que un día serán alcanzados por el animal, la siempre acechante bestia imaginada.

 

*Cuento extractado de la publicación Relatos para niños ordinarios de la Editorial Doble A.

Relatos para niños ordinarios 2 (foto 2)

Relatos para niños ordinarios

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A/ISY Records

Colección 2×1 (Words & Sounds)

The Netherlands, 2008

 

Exlibris 3 - kopie

JOHN COLTRANE

Por SERGIO MONSALVO C.

EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO (FOTO 1)

 EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO*

Ahí donde Charlie Parker dejó el sonido, John Coltrane tomó la estafeta y lo evolucionó con éxito. La muerte de Bird se ligó con el surgimiento de otros adalides. De las cenizas del Ave Fénix resurgía el espíritu creativo. Un fenómeno primigenio que comprende todo acto artístico.

Los músicos se trasmiten la verdad esencial del Ser y de las cosas, proyectan una corriente dinámica invisible y a ellos se debe la continuación de esta cultura. En sus obras habla el Espíritu Eterno. Mientras se mantenga viva la fuerza de su poesía, el jazz irá por buen camino. ¿Cómo uno no va a soñar con ello?

El “free jazz” libera las frases de los compases conocidos, los temas de interpretaciones habituales; asume y provoca riesgos. “Puedes hacer cualquier cosa con los acordes”, dice Coltrane. Los esquemas rítmicos deben ser tan naturales como la respiración.

La improvisación es la voz con sus solos turnados y sus comentarios libremente expresados por los músicos. Se hacen patentes las posibilidades técnicas de la polifonía implícitas en la música. El jazz llena de sustancia fresca su vida. Free. Para comprender a Coltrane hay que saber esto.

Cada compás tiene un ritmo diferente al anterior, esto causa al oyente desasosiego e inquietud. Las estructuras musicales adquieren otro concepto, otra conciencia. La movilidad continua y fluidez deslizante. La maestría que guía.

En 1957 nació el club Half Note. El público del club era muy diverso. Cada vez que pasaba Trane realmente parecía atraer a los negros de mayor conciencia política. Se entregaba a un largo solo, de casi una hora, y todos esos tipos prácticamente se manifestaban ahí mismo, gritando “¡Freedom Now!” Era como si utilizaran su música como grito para convocar todos los movimientos en los que militaban.

Un artista es un jefe, por pocos que sean sus seguidores, y la verdadera esencia del arte es la revolución, la puesta en tela de juicio y en ocasiones la subversión de la misma sociedad que lo cultiva. La conducta revolucionaria es a menudo la más constructiva de todas las conductas sociales, porque constituye una afirmación del derecho del individuo a existir individualmente en una estructura colectiva.

El artista presenta una visión de algo que puede ser mejor de lo que es, sobre la base del respeto a la libertad de cada uno.

John Coltrane fue el primero que mostró esta capacidad: tocar de manera multifónica, simultánea, varias notas o varios sonidos; la práctica de combinaciones rítmicas asimétricas, independientes de la pulsación básica, así como la elaboración de un sistema increíblemente sofisticado de acordes de sustitución.

Amplió prodigiosamente la extensión de su instrumento, de las diferentes texturas que era capaz de extraer de él, y de la cualidad humana de su sonido. Sobrepuso una serie de complicados acordes de paso y proyecciones armónicas sobre estructuras armónicas ya complejas.

Parecía dispuesto a tocar todas las notas posibles, a recorrer sonido a sonido, hasta sus últimas consecuencias, cada acorde con el que se enfrentaba, a buscar escalas, notas y sonidos imposibles en el sax, que parecía a punto de estallar de tanta tensión. El estilo “modal” de interpretación, que utiliza varios modos diferentes al mismo tiempo.

Cuatro de la madrugada: la hora más oscura antes del alba, la hora del interior. Otoño de 1964. John Coltrane se despierta a esta hora, como todas las mañanas.

Sentado en media posición de loto se concentra en sacar el aire. La habitación está silenciosa y no existe nada más en el mundo. No hay pensamientos. La comunicación directa con el cosmos, con la divinidad o lo que quieran. Busca un mensaje: saber si se encuentra sobre el buen camino. Trane se pone a rezar.

Es la meditación más larga que haya conocido.  Primero el silencio, luego la música que invade el espacio a su alrededor. Y todas las melodías, todas las armonías, todos los ritmos. El Verbo le sopla una composición consagrada a la gloria de su Esencia suprema.

Despierta, sale de la meditación: “Por primera vez en mi vida tuve en la cabeza la totalidad de lo que grabaría, de principio a fin.” Una arrebatadora confesión de fe en la inspiración. La distingue declarando que es la función básica del espíritu humano. Le otorga un rango superior a la imaginación. La poesía de la música es para él fuerza creadora divina.

Crear un sonido para los sentimientos nacientes. El primero, único y bueno para el Amor. “A Love Supreme”, grabada en diciembre de 1965, es la última ofrenda de Trane a lo Divino: “Humildemente Te ofrezco este álbum”. Trane ya no tiene que probar nada más. Se contenta con aullar, llorar, implorar y gozar.

“A Love Supreme” se basa en la cábala: “Ahí donde termina la filosofía comienza la sabiduría de la cábala”.

“A Love Supreme”: estas simples palabras recitadas 19 veces. 19: el “1” designa al hombre y la soledad que lo acompaña. El “9” significa lo universal. 1 + 9 = 10. Las diez manifestaciones del Eterno. Los placeres y la sabiduría. Lo exótico y lo próximo. Lo expuesto y lo oculto.

21 de julio de 1967. Nueva York. La iglesia luterana de San Pedro. Albert Ayler sopla en su sax sonidos de muerte: John Coltrane abandonó su cuerpo.

A pesar de que Trane tenía mucho tiempo de no probar droga alguna, los años de ésta y de alcohol dañaron su hígado en forma definitiva. Y Trane es por fin lo que siempre quiso ser: un santo.

Ahora es estrella que brilla en un cielo gris, en donde improvisa y el sonido se alarga interminable. Improvisa desatando cantos sucesivos y alternados, de otros semejantes sin distancia.

Improvisa mientras su instantaneidad reclama y su fugacidad extiende el momento. El sonido se oye porque viene de lo alto simplemente.

El Sonido invade no sólo el espacio, también el tiempo. Trane fue un hombre de consagración mágica que penetró en dichos secretos y corrió los riesgos con tal de apoderarse de ése su Amor Supremo.

*“El sonido que viene de lo alto”, ensayo incluido en la publicación colectiva John Coltrane de la Editorial Doble A.

EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO (FOTO 2)

John Coltrane:

“El sonido que viene de lo alto”

Sergio Monsalvo C.

John Coltrane

Colección “Palabra de jazz”

Editorial Doble A

México, 1995

 

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