*Texto tomado de la antología de textos varios, Por amor al sax (poemas, cuentos, aforismos, reseñas, etcétera), de 15 letraheridos mexicanos, entre escritores, periodistas, editores, poetas confesos, dibujantes gráficos, críticos cinematográficos, literarios y musicales y algún científico, teniendo como personaje central al saxofón. Ese instrumento musical del que Ciorán dijo lo siguiente: “Por qué frecuentar a Platón, si un sax puede igualmente hacernos entrever otro mundo”.
La bicicleta es uno de los transportes más antiguos en el mundo. Hay testimonios de su uso que se remontan hasta la antigüedad egipcia, china e india. Su desarrollo ha sido ininterrumpido y cada día hay modernidades que se le agregan a su diseño. Sin embargo, fue el italiano Leonardo da Vinci quien preludió en sus bocetos el aparato de la actualidad
El modelo contemporáneo, del artilugio con rayos y todo lo demás, tiene más de cien años y se sabe que hoy existen más de mil millones de bicicletas en el planeta, aproximadamente. Los chinos y los holandeses son quienes más las usan.
De los segundos (los holandeses), se sabe que más de un millón de ejemplares de tal instrumento mecánico, más o menos, se desplazan por Ámsterdam, tan sólo. Prácticamente cada habitante tiene una y los turistas enseguida de llegar alquilan una.
La bicicleta es el transporte ideal para la ciudad. No hace ruido, no se embotella, no contamina, ocupa un espacio reducido y crea un mercado muy particular (por sus diseños originales o colectivos; por sus variopintos enseres, y por la industria que crea su mantenimiento y su expansión como ocio dinámico).
Con ella se va a trabajar, a la escuela, de compras, al café, a la disco, al bar, de paseo, para hacer ejercicio o como trasporte de objetos diversos, etcétera. El tráfico está organizado a su favor con reglamentación y carriles especiales en las avenidas, calles y parques, con semáforos, señales, estacionamientos y rutas establecidas.
Pasear en ella es toda una experiencia. Es fácil, divertido, barato, va al ritmo de cada uno y de manera segura (con las debidas precauciones, claro).
Por añadidura, ser ciclista en esta ciudad brinda, además de ventajas, muchos placeres. Uno de ellos es el de conocer sus recovecos. Y si es detrás del pedaleo de una suculenta lugareña tatuada, pues más.
Son raras aquellas jóvenes amsterdamesas que no porten sobre sí un tatuaje (entre los 16 y los 30 años: el 75%, según las estadísticas). La moda en el vestir ofrece además la posibilidad de mirar esta galería corporal ambulante en toda su extensión.
Las camisetas cortas, entalladas, y los pantalones bajos en la cadera amplían el campo del observador para admirar a plenitud la estética del tatoo. Los vientres planos o ligeramente curvos son fantásticos expositores en este sentido, así como los escotes, hombros, antebrazos, nucas, muslos y tobillos (entre lo visible). Sin embargo, también la espalda baja y el principio del coxis revelan auténticas maravillas para el estudioso.
El escritor mexicano Julio Torri (nacido en Saltillo, Coahuila, en 1889 y fallecido en la Ciudad de México en 1970), gustador de los andares bicicleteros (tenía fama de ligarse, encima de tal artefacto, tanto a las ayudantes domésticas como a las secretarias taquimecanógrafas de los más diversos barrios de la capital en su época, a pesar de su proverbial timidez), se hubiera vuelto loco de la emoción ante este panorama general.
Este Doctor en Letras, maestro universitario, reconocido talento por su labor literaria (algunos títulos de sus obras son: Ensayos y Poemas, Romances viejos, De fusilamientos, Sentimientos y lugares comunes, La literatura española, Antología y Prosas dispersas), escribió poco debido a su exacerbado perfeccionismo y quienes lo conocieron agregan, además, que “era tan afecto a los placeres que se distraía con facilidad” (aunque también han debido reconocer las obsesiones a las que siempre les fue fiel: a las mujeres –como una veleidad de naturalista curioso– y la relación entre vida y arte; a sí mismo y a su estética).
Este narrador fino y delicado de principios del siglo XX elaboró una obra corta pero llena de fulgores que “apuró con sabiduría su porción del tiempo”, según Alfonso Reyes. Dicha obra fue resultado de la curiosidad por el espectáculo de la vida: “Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira”—escribió Torri—. Él, al que tanto le gustaba deambular sobre la entonces novedad modernista de las dos ruedas, con la intención de observar a las mujeres que veía por las calles de su época (como haría también el uruguayo Horacio Quiroga quien exprofeso viajó a París para hacerlo), sería el acompañante perfecto para dialogar con respecto a lo que ante nuestra vista se presenta en los citadinos rumbos de la antigua Mokum (el cariñoso y añejo apelativo de la capital neerlandesa).
*Fragmento del libro Julio Torri (Rodar y Rodar), publicado por la Editorial Doble A.
VIDEO SUGERIDO: Amsterdam Cycling, YouTube (markenlei)]
La puerta del cementerio estaba abierta y supo entonces que habían salido a mover la cuerda. Ahí, justo a la vuelta de la esquina, donde terminaba el camposanto. Le intrigó saber cuál sería el mensaje cifrado en esta ocasión y cómo lo interpretaría para sí. No le serviría el I Ching, ni consultar a una médium espiritista. Eran idiomas diferentes, lo intuía. Era el lenguaje de un no-vivo (o casi), que buscaba a su propio interlocutor, que quizá no era él o sí, Who knows?
De cualquier manera, el asunto ya llevaba semanas así, los meses del invierno, que en esta ocasión había sido crudo y más oscuro de lo habitual, con temperaturas de -10 bajo cero, con nieve y viento. Esas que obligan a ponerse una desmesurada cantidad de ropa extra y aditamentos. Tenía la chamarra adecuada, pero tuvo que comprarse gorra, bufanda, guantes, underweare largo y botas impermeables. Todo ello para volvérselo a quitar a la hora de hacer ejercicio en aquel gimnasio y luego ponérselo de nuevo. Ridículo.
En fin. Aquello comenzó cuando cierta madrugada (se acostumbró a ir al gimnasio a esas horas, desde que ampliaron los horarios para atraer clientes) pasó frente al lugar, que estaba en su camino, y la puerta estaba abierta. Cosa rara, por la hora, y no sólo, pues nunca lo había visto así anteriormente. Creía que era un cementerio privado o clausurado, que únicamente admitía visitas con cita previa. Era un sitio extraño, en medio de un barrio de clase media, con nuevas construcciones por doquier.
Como estaba abierto aprovechó para echar una mirada desde la reja. A lo lejos veía una necrópolis al parecer bien diseñada con tumbas, criptas y mausoleos de la más variada índole, pero de las que no distinguía mayor cosa por estar rodeado de sombras (no quiso prender la lámpara del teléfono e iluminar a la distancia para no llamar la atención). Sin embargo, sentía una atmósfera cercana, a la cual decidió volver en otra ocasión, de día, para poder recorrer el sitio con calma, tomar algunas fotos y hasta algún video.
Retrocedió sobre sus pasos, se alejó del panteón y caminó de nuevo por la solitaria banqueta de costumbre, bien iluminada por la luz pública cenital. Llegó a la esquina y ahí se topó con el pedazo de cuerda por primera vez. Estaba sobre una de las tapas metálicas del alcantarillado que permitían la limpieza del desagüe a los camiones cisterna destinados a ello. Era una cuerda ordinaria, de color pardo. Pero lo que llamó su atención fue la figura que formaba, era el signo de interrogación con el que abren o cierran las preguntas (según el lado por el que se le mirara).
Se quedó con dicha imagen el resto del tiempo, incluso mientras se ejercitaba. Era como cuando uno no se puede quitar de la mente una melodía que aparece sin más y se repite hasta el cansancio y la desesperación y que luego desaparece por igual, tal como llegó. Al salir del gimnasio volvió a pasar por la alcantarilla, pero la cuerda ya no estaba. Había desaparecido. La buscó alrededor pero nada, se había ido. Pero no del sueño que tuvo luego de bañarse y meterse a la cama por un par de horas.
Lo sobresaltó el ruido del despertador. Tenía que ir a trabajar, pero se reportó enfermo. Se vistió rápido y salió sin desayunar. La puerta del fosal estaba cerrada, pero la baja altura de las bardas de la entrada le permitió divisar el interior sin problemas. En esta ocasión su mirada se topó con una diminuta caseta (seguramente del guarda o vigilante), que parecía más muerta que los inquilinos del lugar. Tomó nota del descuido, que complementó con algunas fotos. Caronte andaba de vacaciones, al parecer.
Asimismo las tumbas estaban llenas de hojas secas, basura que traía el viento y el lodo que cubría a la mayor parte de ellas. Todo lucía un largo abandono y descuido. No había señal de inhumaciones recientes, sólo espectros funerarios. No obstante, justo cuando había decidido retirarse, vio a lo lejos un montículo de tierra. Rodeó la cerca y comprobó que el agujero para la tumba era reciente, muy bien trazado y listo para el entierro. No había huella del vehículo que las abría ni rastro de alguna pala. Tomó otras fotos de diversos sepulcros y se fue.
Las demás madrugadas fueron semejantes, pero con la cuerda sobre la tapa de la alcantarilla con una forma diferente. Algunas veces era una letra (m, l, v, s, o), otras un signo (como de ampersand, de rayo, flecha o el de interrogación que se repitió varias veces). Lo veía al pasar, pero al regreso había desaparecido. Nunca de sus sueños. Al final de febrero, tras un día particularmente frío, una pesada sesión de ejercicios y un sueño reiterativo, decidió volver a salir y retomar el consabido recorrido.
Se dio cuenta cabal de que de noche las calles siempre son más largas, como las sombras. De que los gatos sustituyen a las personas en su tránsito noctívago por ellas. De que febrero es el peor mes del año porque no perdona la tristeza y de que despertarse, hacer todas las abluciones higiénicas y el ejercicio para mantener el cuerpo o alimentarse, las relaciones mismas, son cosas absurdas y una pesada carga cotidiana. Llegó así a la puerta del cementerio. La puerta estaba abierta. Entró.
El jazz (en su forma más free) es aquello que permanece de un sueño en la vigilia. Es una reverberación mental completamente afectiva que se anida en la memoria. Si no, ¿cómo explicar que podamos captar, de manera precisa, el eco de una música de la cual no se escribe ni una sola nota, ni se pinte su color?
Es un desdoblamiento poético que se fija en el espíritu como un goce fugaz de recuerdo imperecedero. Algunos mortales son capaces de recrearse en ello. Uno de éstos lleva por nombre Ana Ruiz. Es una pianista, pionera del género en un país reacio, que nació en la Ciudad de México el 2 de agosto de 1952.
Ella sabe que sólo equivale a la intimidad de un pianista la voluntad de comunicación. Una paradoja. Una sublime paradoja. Más aún cuando los aplausos estallan a causa del silencio tras su música. Los polvos mágicos que se disuelven en el fondo de un licor divino.
Ella sabe que su sueño jazzístico es forma pura y virgen, al que va levantándole sus arquitecturas sobre tinieblas frescas y significativas de las que surgirá flora y a veces lienzos alegóricos. Como el personaje de la Cantante Calva de Ionesco, que siempre se apresura a recomenzar.
Ana alguna vez fue calva. Por lo tanto comprende que el más hermoso de los ejercicios físicos y espirituales es la peregrinación por esas formas territoriales de circulación personal, secreta, de virginidad en los signos.
El viaje con todos los sentidos despiertos, con el cuerpo aligerado por la marcha: estado en el que todos los dispositivos de la intuición funcionan. La tarea es dejarlos despertar, flotar, emerger de sí misma, como un desprendimiento astral.
Ella sabe que tales formas se convierten en manos sobre las teclas, con intenciones conmovedoras, ardientes, frágiles o fuertes. En libertad plena. Y lo sabe por sus ojos obsesivos, brillantes órganos de la adivinación.
La posibilidad de vidas múltiples y simultáneas, en notas diversas, como mundos en metamorfosis. Modalidades rítmicas, armónicas, melódicas. Cada una como objeto único que busca cabalgar en la imaginación. Pasa de uno a otro paisaje. El éxtasis está en la forma que los reúne: el free.
Todo cede ante su facultad de verse, de ver esas manos, de pasar de una vida a otra, de no consumirse en una sola. Ella lo sabe.
S.M.: Ana, ¿cómo se dio en tu caso el aprendizaje de la música?
A.R.: “En mi familia hay muchos músicos. Mi abuela era pianista, ella estudió el instrumento con [Alba Herrera] Ogazón y le encantaba tocar. Yo de muy chiquita le daba vuelta a las hojas mientras ella tocaba, iba leyendo la partitura y la disfrutaba con ella. Tocaba cosas maravillosas y las gozábamos. Un tío por parte de mi abuela era Carlos Chávez. Yo estudié música con Otilia, su esposa, y ésta nos dio clase a todos mis primos y hermanos. Yo aprendí a tocar con un teclado mudo. En él recibí toda la técnica. Una vez con estos elementos nos pasaba al piano, al piano acústico, nos daba solfeo y enseñaba a mover los dedos. Después me metí al Conservatorio Nacional junto con mi hermana Citlali, ella estudiaba viola. Mis otros hermanos estudiaron guitarra y oboe respectivamente. En la familia siempre oímos música clásica. La popular estaba vetada, aunque yo la escuchaba a escondidas”.
S.M.: ¿Cómo fuiste de niña, cómo fue la relación con tus padres?
A.R.: “Muy buena, muy amable. Siempre fui rebelde, siempre quise hacer cosas y todas mis emociones y demás iban a parar al piano, las volcaba en él. Mis padres gozaron mucho esta situación, siempre les gustó que tocara”.
S.M.: ¿Tu padre a qué se dedicaba, a qué se dedica?
A.R.: “Mi papá ya murió. Era campesino y fue compositor de boleros, de guarachas, etcétera. Le encantaba hablar sobre su pueblo, sobre el campo, las mujeres, el amor por Jalisco”.
S.M.: ¿Cuáles fueron tus discos favoritos primero como niña y luego como adolescente?
A.R.: “Beethoven me gustaba muchísimo, Dave Brubeck, lo mismo que los Rolling Stones. Los Beatles nunca fueron de mi agrado, no eran algo que me emocionara, como los Doors, por ejemplo. En la casa teníamos que oír otro tipo de cosas, pero en una recámara nos escondíamos todos los hermanos y poníamos el radio para oír a los Doors y cosas así, que eran raras o muy nuevas”.
S.M.: ¿Tienes algún disco entrañable para ti que haya causado cambios en tu vida?
A.R.: “Sí, claro. Los de Ornette Coleman y de Cecil Taylor. A este último lo entendí desde muy joven. La gente me decía: ‘Es un loco que nada más aporrea el piano’. Pero yo realmente siempre lo entendí. Tenía una estructura y un desarrollo. Había un juego y se reía del mundo, gozaba al hacerlo. A mí Cecil Taylor me cambió muchísimo. Sus primeros discos me hicieron decir: ‘¡Guau!, ¿qué es esto?’. Desde entonces he oído mucha música, pero ya no hay un disco que me llame la atención, en el que me haya clavado, ya no”.
S.M.: ¿Cuál es tu definición particular de la palabra jazz?
A.R.: “Es la forma que tienes para platicar sobre ti. Desde cómo te despertaste ese día hasta cuál es tu dolor más grande en el mundo. Es la manera de expresarlo y de decir ‘aquí estoy’”.
*Fragmento de la entrevista, publicada originalmente en el blog Con los audífonos puestos, bajo el rubro Ana Ruiz de la Serie Ellazz (.mex), que realicé el día 20 de febrero del 2001. Tras la publicación del libro Tiempo de solos (que edité junto al fotógrafo Fernando Aceves) quería continuar el proyecto de hacer más perfiles de los jazzistas mexicanos, Ana era parte de esa continuación. Sin embargo, los planes cambiaron. Me vine a vivir al extranjero y aquello quedó trunco. Desde entonces no había tenido noticias de ella hasta que me encontré con una muy breve referencia on line en la revista número 17 del Instituto de Estudios Críticos y de la cual hago referencia a continuación:
“Pianista y compositora mexicana dedicada a la improvisación y el free jazz desde 1973. Ha formado parte de los grupos Jácara, Baile y Mojiganga, Atrás del Cosmos, La cocina, Radnectary La Sociedad Acústica de Capital Variable. Ha compuesto música para películas, coreografías, y documentales. Desde febrero de 2015 comienza, con el auspicio de la Fonoteca Nacional, la recuperación de la música del grupo Atrás del Cosmos para editar varios discos compactos con el interés de dejar una constancia histórica y dar a conocer este grupo al mundo”.
La historia del rock son sus mitos. Y los que contiene el del garage son de los más grandes. La serie “Las Llaves del Garage”, trata del rock como música y como idea. Vale la pena apuntar que como música no es más sencillo que como idea.
El rock de garage es la música más disponible de nuestra cultura global —una cultura más homogénea de lo que por lo común se quiere admitir—, pero disponible no es sinónimo de fácil. Aquí cabe apuntar que como idea surge de los veneros del romanticismo filosófico.
El rock y su mitología son profundamente románticos. Le otorgan el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada y víctima circunstancial del mundo circundante.
Y su constante es la necesidad del descubrimiento, de lo dinámico y de lo evolutivo. El papel que sus intérpretes y seguidores le asignan a la música se acerca mucho al de un credo pagano, por cuanto tiene la misión de hacer visible la intuición absoluta y su revelación.
La serie “LasLlaves del Garage” –que presenté en este blog a lo largo del año 2019— define la cualidad musical de un rock al que es imposible imitar por parte de quienes no comparten el espíritu del género, y explica el mundo y pensamiento en el que viven sus hacedores desde su primera manifestación hace varias décadas, un mundo literalmente impensable, que avanza a toda velocidad y en retrospectiva cuidando su precioso arcano contra viento y marea.
*Fragmento de la introducción al libro Las Llaves del Garage. La primera emisión fue trasmitida a finales de la primera década del siglo XXI (los años cero) a través de Radio Educación (México). La segunda, por entregas on line, bajo los auspicios de la Editorial Doble A (Países Bajos), en el blog Con los audífonos puestos en el año 2019, con motivo del 55 aniversario del emblemático rock de garage.
En abril de 1947, las fuerzas de ocupación norteamericana en Alemania, a través de su alto mando, clausuraron la revista Ruf y censuraron públicamente a sus editores, Alfred Andersch y Hans Werner Richter, por las opiniones expresadas en ella. Éstos decidieron entonces fundar una nueva revista, que llevaría el nombre de Skorpion, cuyo objetivo sería publicar el material que en previas reuniones leerían y discutirían con sus colaboradores.
Dos meses más tarde y ya con el proyecto del taller literario en marcha, durante una de las reuniones, Hans Georg Brenner los bautizó formalmente como Grupo 47. En él se buscaba crear una nueva literatura alemana. Por medio del experimento buscarían llegar hasta el límite de lo decible, con un nuevo lenguaje, adecuado para el tiempo amenazado y carente de ilusiones. No fue posible, sin embargo, publicar el primer número de la revista, proyectado para enero de 1948, debido a que las mismas fuerzas de ocupación les negaron la licencia de publicación, argumentando su reiterado “nihilismo”.
A pesar de ello las reuniones continuaron en su calidad de taller, y por más de 20 años el Grupo 47 se erigió en factor preponderante de la industria literaria de Alemania Occidental, en una mezcla de reunión de amigos, mercado literario y club de debates políticos que giraba en torno a lo que todos tenían en común: la literatura. El interés compartido hacia la creación de una nueva literatura alemana fue decisivo para la fundación del grupo y garantizó su cohesión en el comienzo.
El Grupo 47 se formó en un momento en el que la restauración de las estructuras sociales, tras la derrota militar del fascismo, empezó a manifestarse perceptiblemente. Dadas estas circunstancias, los miembros del grupo opinaron que el medio literario era un campo adecuado para desarrollar y conservar su apreciación acerca de las posibilidades de crear una mejor sociedad, así como nuevos conceptos democráticos, mediante la transformación a largo plazo de la mentalidad del público alemán. La tarea impuesta se incorporó a las experiencias comunes de sus miembros en oposición a las manifestaciones del fascismo.
A partir de 1952 el Grupo 47 se estableció como un laboratorio de gran variedad estética, en la que cada texto novedoso y todo estilo podía afirmar una intención política, puesto que representaba una posibilidad literaria, ampliando la agilidad de la forma; no resultaba decisivo el sujeto, sino el lenguaje, el “cómo” era el criterio aplicado a la temática.
Coincidiendo con el auge literario del grupo, a finales de los cincuenta, se inició una modificación de la idea que el movimiento tenía de sí mismo: los conceptos diferentes, acerca de la función de la literatura y de la posición del escritor se enfrentaron, dando comienzo a una polémica estética entre sus miembros.
Durante los primeros años de la década de los sesenta surgieron en el grupo dos tipos de problemas: la disponibilidad del idioma en relación con una realidad determinada por la técnica y la burocracia, y la socialización del hombre en cuanto a sus efectos sobre la manera de ser de la literatura y sobre todo en cuanto a la posición de quienes la creaban.
Los autores más jóvenes no pusieron frente al hombre integrado a la sociedad, el ideal del individuo autónomo, sino buscaron crear con las posibilidades de la integración en la sociedad, la posibilidad de un progreso humano. Las formas de una literatura adecuada para la nueva situación fueron puestas a prueba mediante la literatura experimental y la concreta, que por medio de su ejercicio dieron una nueva definición al realismo y fueron consideradas como explícitamente políticas.
Las reacciones provocadas por esta nueva literatura se polarizaron y finalmente el grupo se dividió en dos fracciones: los estetas y formalistas de un lado, y del otro los narradores y los realistas. Mientras los autores de mayor edad fueron impulsados a la creación literaria por las experiencias de la guerra y la posguerra, los más jóvenes escribían a partir de las experiencias de una sociedad que había logrado olvidar el pasado. La reconciliación se hizo imposible, porque ya no existía la conciencia de una experiencia común.
Ante el hecho y previendo que al debatir sus diferencias se encontrara un fin poco digno, Hans Werner Richter, quien desde siempre fungió como director, a fines de los sesenta dejó de organizar las sesiones y, como nadie más tenía suficiente interés en revivir al grupo, éste dejó de existir como tal.
Los escritores presentados en este volumen fueron miembros importantes y puntales de alguno de los diversos momentos estéticos que dieron vida al Grupo 47, el cual contó además en sus filas y diferentes áreas con nombres tales como: Hans Werner Richter, Alfredo Andersch, Walter Guggenheimer, Nicolaus Sombart, Günter Eich, Walter Heist, Günter Grass, Paul Celan, Ingeborg Bachmann, Martin Walser, Uwe Johnson, Walter Jens, Peter Weiss, Helmut Heissenbüttel, Peter Härtling, Max Frisch, Friedrich Dürrenmatt, entre muchos otros.
Sergio Monsalvo C.
*La presentada aquí es la Nota Introductoria para la antología.
Günter Grass
Nueva Narrativa Alemana
Selección y Nota Introductoria: Sergio Monsalvo C.
El dios nórdico de las pequeñas cosas me las ha obsequiado desde mi llegada a estos lares. Debo decir que lo ha hecho de forma infalible y en algunas ocasiones hasta en exceso, sobre todo cuando sus dádivas ya no son únicamente de visión sino con el complemento extra del arte, en alguna de sus formas: pintura, música, canto, arquitectura urbana…
En este último rubro con el escenario de la propia ciudad, Ámsterdam, cuyo nombre evoca en mí la imagen y el sentir táctil de la porcelana. Algo tan lejano de un dique. Esa alegórica porcelana puede ser el hecho de la caminata, una comida “exótica”, un café bebido al azar, un concierto esperado, una película en el interior de la filmoteca, una sorprendente exposición en un museo, esa tienda de discos que es mi nirvana, un canal bello e inesperado, el paisaje citadino mismo…
Ámsterdam es una gran dama, luminosa, malévola a veces, pero siempre generosa con sus despliegues. Se siente como escribiera Dayna Kurtz sobre ella: “September, whatever Amsterdam in the rain/ Walked around for miles/ No one here knows my name/ (…) Never felt so free all my life/ I know I’m a stranger here/ And I’m not looking down/ And if I am, it’s because of/ My Amsterdam Crown…”
*Texto introductorio al poemario inscrito en la Editorial Doble A y que he publicado también en el blog Con los audífonos puestos, por entregas, en la categoría “Tiempo del rápsoda”.
Se encontraron frente a frente, pero no echaron mano a sus fierros como queriendo pelear. No. Ambas se pararon en los extremos de la puerta del carro del metro que no tardaría en abrirse.
Primero vieron sus imágenes respectivas en el vidrio de la puerta. El espejo negro. Una acomodó la postura y el collar que se había ido de lado. Intentó una sonrisa ante sí de complacencia pero se contuvo. A cambio dio dos mascadas a su chicle para disimular la mueca.
La otra no hizo un solo movimiento. Quedó estática ante lo retratado por el cristal, quizá ni veía la figura, sólo el rápido paso de las paredes de aquel túnel.
Las dos voltearon al unísono y unos breves instantes les sirvieron a ambas para recortar el cuerpo entero que las confrontaba y para tratar de hacerse una idea, totalmente inútil, del mundo habitado por aquel ser.
Una: joven, con una apretada minifalda roja de piel, medias o pantimedias negras, botas Doc Martens igualmente negras, blusa del mismo color de la que cuelgan infinidad de collares con distintos motivos y de materiales diversos; a ello lo acompaña un chaleco negro con hebilla en la espalda y grecas en el frente, de tonos rojizos.
Pelo castaño con elaborado crepé y un moño sujeto a ése. De las orejas le cuelgan un par de aretes largos, labrados por los artezánganos de algún mercadillo. Maquillaje recargado en párpados y pestañas dentro de la corriente gótica, con tenues sombras negras bajo los pómulos. La boca es definitivamente roja. Las muñecas lucen una calidoscópica colección de pulseras de fantasía de chispeantes colores.
La otra es muy joven también. Se encuentra bajo una blusa blanca abotonada hasta el cuello, un pequeño crucifijo cuelga del mismo. Un suéter azul marino abierto. Falda de azul marino más intenso y larga, larga. Unos zapatos toscos y negros acompañan el atuendo monjil.
No hay atisbo de maquillaje ni aretes. El pelo muy corto y peinado hacia atrás, quizá con algunas gotas de naranja. Una bolsa de plástico con dos asas, como de mandado, cuelga de una de sus manos. La mirada es velada, curiosa y huidiza. Las puertas abiertas repentinamente interrumpen la mutua contemplación. Salen del convoy y parten hacia rumbos diferentes.
*El presentado aquí es uno de los dos textos míos que se incluyeron en el libro antológico Érase una vez en el D.F. bajo el título de Instantáneas del Metro (el otro es “Una bolsa de París”)