Por SERGIO MONSALVO C.

ELVIN BISHOP
EL RUDO APRENDIZAJE
Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.
https://www.babelxxi.com/695-elvin-bishop-el-rudo-aprendizaje/

Por SERGIO MONSALVO C.

ELVIN BISHOP
EL RUDO APRENDIZAJE
Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.
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Por SERGIO MONSALVO C.

LA BRUJA KÓZMICA
A mediados de los años sesenta llegó Janis Joplin a San Francisco para ser cantante de The Big Brother and The Holding Company. Aquella ciudad ya tenía fama de albergar a marginados voluntarios que rechazaban los convencionalismos de una vida integrada al American way of life. Janis se convertiría en heroína de aquella contracultura, en la que ardería hasta consumirse.
Para hablar de Janis Joplin se requiere hacerlo a partir de tres premisas: la primera, saber que la historia del rock son sus mitos; segunda, que el blues se interpreta en carne viva; y tercera, que para escucharla se necesita mucho, pero mucho, corazón. Una vez alertados, destapemos el velo de esa definitiva presencia conocida como “La Bruja Kózmica” por el público y “Perla” por sus amigos cercanos.
Janis Lyn Joplin nació el 19 de enero de 1943 en Texas, como la primogénita de una familia de clase media. A la luz de su biografía posterior resulta difícil imaginarla en ese ambiente. Ella misma no lo hizo.
Creció durante los años cincuenta, con la adolescencia recién descubierta en los Estados Unidos: violenta, ingenua, plena de incontrolables energías. Tal época trajo a James Dean y su sueño de juventud eterna que iba a permear poco a poco al establishment, bajo la consigna de vivir rápido, morir pronto y dejar un cadáver resplandeciente.
Asistió a distintos colegios superiores para estudiar arte. En todos se mostró con una actitud rebelde y con maneras que la alejaban de la forma de ser tradicional de una mujer. Externaba de manera abierta sus opiniones sobre las cosas al igual que su contundente liberación sexual, antes de que las feministas siquiera pensaran en ello. Su peinado, su estrafalaria vestimenta y su lenguaje callejero pronto la hicieron notable y repudiada.
En 1961, descontenta con su entorno, viajó a Los Ángeles, donde trabajó de telefonista. Regresó a Port Arthur en 1962 y comenzó a cantar en público. Retornó varias veces a California y actuó en diversos sitios. En 1963, la Costa Occidental de la Unión Americana atestiguó el brote del movimiento hippie. Janis por supuesto fue absorbida por él.
En San Francisco, Venice Beach fue su segundo hogar y ahí se inició en el camino de la incandescencia: “Quería experimentarlo todo, ingerirlo todo, y lo hice. Todo lo tomé, lo chupé, lo lamí, lo fumé, me lo inyecté, lo tragué, me enamoré de ello” —confesó tiempo después— y mucho alcohol. En 1965 regresó por una breve temporada a Port Arthur con su familia. Y si bien trató de readaptarse al ambiente del poblado muy pronto se dio cuenta de que no sería posible hacerlo.
Por aquel entonces, Chet Helms, un tipo al que había conocido en los bares de Texas, se convirtió en el publicista y mánager de un grupo de San Francisco: The Big Brother and The Holding Company. Andaban en busca de un o una cantante, así que Helms les recomendó a Janis. Aceptaron la idea y Helms la convenció de mudarse a la bahía, que en esos momentos florecía como utópico paraíso juvenil y bohemio.

A este lugar llegó Janis Joplin el 4 de junio de 1966. Surgía la comuna urbana conocida como Family Dog y sus eventos fantásticos; el nombre de Bill Graham se asociaba a los mejores conciertos en el Fillmore Auditorium; Ken Kesey promovía sus pruebas de ácido con LSD y Chet Helms dirigía el Avalon Room, donde Big Brother era el grupo de casa.
En dicho ambiente de alucine irrumpió Janis y comenzó a dar vida a una leyenda en medio de otras; a una mitología particular inmersa en un Shan-gri-la generalizado. Había depurado su estilo y el blues la abrazaba de la cabeza a los pies. Con Big Brother inició el fluir de canciones trabajando en el Avalon y algunos bares de alrededor. Soltó las amarras de su voz de torbellino y aprendió a fusionar el blues con la fuerza eléctrica de los amplificadores de una banda de rock. Cantó libre y salvajemente.
El grupo pronto recibió ofertas para grabar. Tras un conflictivo periplo con una compañía fraudulenta firmaron con la Columbia. Luego vino la mítica aparición en el Monterey Pop Festival de junio de 1967. Ocasión para presentarse en plan grande junto a luminarias como Otis Redding, The Who, Animals, Jimi Hendrix y Jefferson Airplane, entre otros muchos.
La interpretación que hizo Janis de “Ball and Chain”, un tema de Big Mama Thornton, con su ruda y áspera voz, hizo polvo a todos los concurrentes. Se erigió en la nueva figura femenina con los sentimientos fluyendo en forma total, candente, veraz y profunda. Fue el nacimiento de una estrella con aura.
Todo mundo se preguntó quién era esa mujer y así surgió la información importante: una vocalista que vivía lo que cantaba; una estudiosa que hacía esfuerzos por poner al día la tradición de la bluesera clásica, tan olvidada, con Bessie Smith como materia prima de la cual abrevar; era una mujer liberada que le entraba duro al alcohol y a la pasión, dándole con ello un matiz propio a la era psicodélica; era una bebedora famosa en medio de una cultura consumidora de ácido.
VIDEO: Janis Joplin – Ball And Chain (Amazing Performance at Monterey), YouTube (RollingStones50yrs)
A la par de esto, su cabello orgullosamente largo y revuelto, ropa de segunda mano y emociones a flor de piel la convirtieron en una heroína prefeminista. Pero, sobre todo, su voz denotaba un dolor auténtico y el deseo de comunicarse con su público.
En enero de 1968 Janis y Big Brother firmaron con el empresario Albert Grossman. Estaban listos para viajar. Sus giras incluyeron los más importantes auditorios de la Unión Americana. Janis era una auténtica bluesera que no dejaba de gritar su doliente herida empapada de whisky, agitando las plumas, los collares y otros adornos. Era todo un espectáculo.
“Cantar es tomar un sentimiento y convertirlo en algo terminado, bien hecho, que luego pasado por las cuerdas vocales trate de crear un sentimiento igual en la gente que te ve y oye”, comentaba al respecto. Con esa idea fundamental entró al estudio con el grupo para grabar un disco que llevaría por nombre Cheap Thrills, con portada de Robert Crumb y cuatro temas incombustibles, memorables y definitorios de su carisma: “Ball and Chain”, “Piece of My Heart”, “Turtle Blues” y Summertime”. Se convirtió en Álbum de Oro y a la postre en un clásico.
Tras haber lanzado el magnífico disco Kozmic Blues y luego de su actuación en Woodstock, llegó la fatídica madrugada del 4 de octubre de 1970, cuando sorpresivamente Janis murió de una sobredosis de heroína en el Motel Landmark de Hollywood. El disco titulado Pearl —sobrenombre de Janis— salió a la venta de manera póstuma con dos tracks instrumentales para los que no tuvo la oportunidad de grabar la voz. Uno de ellos era la composición premonitoria “Buried Alive in the Blues” (Enterrada viva en el blues). El LP llegó al número uno de las listas y el sencillo “Me and Bobby McGee” (tema de Kris Kristofferson) también lo fue.
Se le lloró mucho. Su cuerpo fue cremado y sus cenizas esparcidas sobre la costa californiana, según sus deseos. Su voz encarnó la pasión de una época y desde entonces no ha tenido rival. Janis entró al Salón de la Fama del Rock en 1995. Su imagen permanece fija como personificación del espíritu sesentero: sensual, joven, fiero y delirante, acompañada de sus sueños y fantasmas. Aún se le considera la mejor cantante de blues blanca de todos los tiempos.
“Cuando comencé con esto de la música me fijé un objetivo: jamás mentir con mis canciones”, dijo en entrevista unos cuantos meses antes de su fallecimiento. A Janis dicha música le sonaba por todo el cuerpo, en la torturada canción de su existencia.
VIDEO: Janis Joplin – Kozmic Blues (live 1970), YouTube (Michael Martins)


Por SERGIO MONSALVO C.

“Quedábanse sus ojos sin expresión, mientras su voz, por lo general ricamente atenorada, se elevaba hasta un timbre atiplado, que hubiera parecido petulante de no ser por la ponderación y completa claridad de su pronunciación. A menudo, viéndolo en tales disposiciones de ánimo, meditaba yo acerca de la antigua filosofía del alma doble, y me divertía la idea de un doble Dupin: el creador y el analítico», relata el narrador de Los crímenes de la calle Morgue.
La excentricidad de Dupin delata su procedencia de los cánones del personaje romántico; sin embargo, es ante todo expresión de sus facultades extraordinarias. Edgar Allan Poe, para reflejarse a sí mismo en él, le procuró una nueva analogía con el poeta.
Éste y el detective están en una contraposición apartada respecto a la vida de las personas normales y tienen, precisamente por eso, la misma inteligencia, clarividente, en su cohesión oculta.
Dupin da idea de su agudeza fuera de serie durante un paseo con su amigo y narrador: Sin decir palabra han caminado uno junto al otro por espacio de un cuarto de hora. Repentinamente Dupin dice algo que es una contestación acertada a lo que en aquel momento está pensando su compañero. Parece algo sobrenatural.
No obstante, Dupin describe exactamente cómo le es posible seguir el pensamiento del otro en sus reacciones ante las excitaciones variables del ambiente.
Es decir, poseía conocimientos previos de la cultura de su amigo y algunas concesiones asociativas de motivos por conversaciones anteriores que, probablemente, se hallaban también a disposición de la conciencia del otro. Y esto le bastaba para deducir continuamente de la observación de los sucesos superficiales la estructura profunda del proceso. Una «simplicidad”.
*Fragmento del ensayo “Edgar Allan Poe: La Poesía en el Crimen” del libro El Lugar del crimen, de la editorial Times Editores, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

El lugar del crimen
(Ensayos sobre la novela policiaca)
Sergio Monsalvo C.
Times Editores,
México, 1999
ÍNDICE
Introducción: La novela policiaca, vestida para matar
Edgar Allan Poe: La poesía en el crimen
Arthur Conan Doyle: Creador del cliché intacto
Raymond Chandler: Testimonio de una época
Mickey Spillane: Muerte al enemigo
Friedrich Dürrenmatt: El azar y el crimen cotidiano
Patricia Highsmith: El shock de la normalidad
Elmore Leonard: El discurso callejero
La literatura criminal: Una víctima de las circunstancias

Por SERGIO MONSALVO C.

INFINITO DE BELLEZA SUBLIME
Hyperium, más que otra cosa, fue un lugar de encuentro entre músicas y universos diferentes: electroacústico, gregoriano, orquestal, dark, techno-pop, atmosférico, visual, abstracto, medieval, futurista, avant-garde, neoclásico-barroco, hypnobeat, advanced contemplative music, angélico…
¿Cómo permanecer indiferente ante esta gran apertura, ante la música y riqueza sensual de lo sonoro? ¿Cómo no admitir una música sin topes formales o genéricos, de aportaciones y propuestas estéticas sin fronteras? Este sello brindó un infinito al mundo, de belleza sublime y contraste percusivo. Fue la utopía que moldeó su reflejo en grupos ambiciosos y creadores de corrientes derivadas (ethereal, dark wave, gloom gothic, etcétera).
La poeticidad que ellos ofrecieron, con su aura cibernética, difundió y englobó espacios de líneas fuertes, redes de comunicación (en donde la imagen se convirtió en ícono), estructuras habitables, estableciendo entre su naturaleza exterior y los dominios de la introspección más cultivados una multitud de interrelaciones, de intercambios y de lazos de todo tipo.
Entre otros diversos motivos, la voz en dicha marca fue un trazo que afectó a lo musical, enmarcó sus conceptos en coordenadas donde apareció el resquicio de la individualidad y hasta un “nuevo” humanismo.
Grupos como ATTRITION, CHANDEEN, LOVE IS COLDER THAN DEATH o STOA, por mencionar algunos, hablaron de las posibilidades constructivas del sello y de su influyente simbolismo. En su catálogo, horizonte en que se inscribió la línea ideal de cielo y tierra, convergió la inventiva y la experimentación de autores que recogieron el germen de la promesa supramusical. Un sendero de búsqueda, por medio de la música, por la libertad en la elección de los lenguajes.
En Hyperium hubo intenciones evocadoras que hicieron énfasis en la reproducción de sentimientos delicados y en las sutilezas de percepción y sensación. Los integrantes del catálogo se inspiraron en traducir el mismo sentimiento de los versos en sus creaciones musicales. Existió también entre ellos la intención pictórica que los llevó a reproducir en sus temas, paisajes, situaciones y fenómenos de la naturaleza humana. Técnicamente la música de esta disquera abundó en etéreos contrastes. Usados con originalidad y en ascenso a progresiones imprevisibles.
VIDEO: Attrition – The Voice of Truth, YouTube (Coventry UK City of Culture 2021)


Por SERGIO MONSALVO C.

OuLiPo
Y
LOS SONIDOS POTENCIALES
(LIBRO CANÓNICOS 45)
Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.
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Por SERGIO MONSALVO C.

(‘ROUND MIDNIGHT)
Durante los años cincuenta y los sesenta, los estudios hollywoodenses tendieron a concentrarse cada vez en mayor medida en temas relacionados con el crimen, la violencia, la soledad, la alienación, las adicciones, los conflictos raciales y generacionales, la delincuencia juvenil y los antagonismos irritables que resultaban de una existencia llena de estrés. Al mismo tiempo, musicalizaciones y soundtracks con sabor a jazz se volvieron sinónimos de estos temas y con las producciones del film noir surgió un ejército de compositores, arreglistas y orquestadores cinematográficos para proporcionar gran parte de las composiciones originales y la música con influencia jazzística.
A comienzos de tal década, el trabajo innovador de músicos y compositores como Benny Carter, Elmer Bernstein, David Raksin, Duke Ellington y Shorty Rogers, empezaron a dominar dichas musicalizaciones. A Streetcar Named Desire, The Glass Wall, On the Waterfront o The Man with the Golden Arm, entre otras, eran dramas sociales y psicológicos; y la música con sabor a jazz fue acomodada al ambiente creado por su contenido dramático.
A fines de los cincuenta, esta tendencia se vio reflejada en la música de cintas como The Wild Party, Anatomy of a Murder, Odds Against Tomorrow o Shadows. Pero la cereza del pastel apareció en el soundtrack para Ascenseur pour l’échafaud (1957, dirigida por Louis Malle), donde Miles Davis improvisó una obra maestra.
El «descubrimiento» del jazz por los productores cinematográficos y televisivos durante esos años pronto condujo a un uso excesivo. Surgieron, y con razón, las quejas de críticos, fans e incluso músicos con respecto a la creciente asociación del jazz con el vicio, la violencia y todo lo sórdido.
Sin embargo, esta tendencia se prolongó hasta el final de la década con cintas como I Want to Live (1958, dirigida por Robert Wise) y Touch of Evil (1958, dirigida por Orson Welles) que reforzaron de manera eficaz la atmósfera decadente y vil del drama.
La violencia, la alienación, el sexo, las drogas y la rebelión ocuparon también un destacado lugar en las películas producidas durante las dos décadas siguientes. El jazz se adecuaba bien a estos temas y la lista de compositores y arreglistas encargados de los soundtracks se alargó al incluir a compositores y músicos desde Lalo Schifrin y Quincy Jones, hasta Herbie Hancock.
Empapado por ese cine surgió el gusto estético del director francés Bertrand Tavernier (nacido en Lyon en 1941 y fallecido el 25 de marzo del 2021). Él fue un director de cine con título de ejemplar, que se mantuvo cercano a la realidad social durante toda su carrera cinematográfica. Siempre realizó filmes en este sentido. “Nunca he trabajado a partir de problemáticas sociales, sino de personajes. Una situación social nunca puede ser el tema de una película”, aseguraba. Por ello se le identifica detrás de muchos de sus personajes: perplejos ante la realidad, llenos de contradicciones, sobrevivientes tercos y sin tregua contra sistemas deshumanizados.
Tavernier fue parte de a una camada de cineastas que surgió después de la Nouvelle Vague, y se caracterizó por “reinstaurar el relato tradicional y el registro realista como formas cinematográficas válidas y estimulantes”, según los estudiosos.
Y siempre, también, fue un reconocido conocedor y seguidor del jazz estadounidense, un gourmet y un divulgador cultural que luchó por el reconocimiento de la excepcionalidad del cine europeo, tanto como director del Instituto Lumière, como guía de varias generaciones de hacedores de cine y como escritor e investigador de filmografías y ensayos analíticos, al respecto.
Por ello, a Tavernier se le reconoce como un hombre que quiso al séptimo arte por sobre de todas las cosas. Es decir, amó la vida y nada más, siempre que ésta incluyera al cine, la historia, el compromiso social, el jazz y la gastronomía. Todas estas instancias quedaron impresas en la que para mí es su película más característica: ‘Round Midnight (de 1986)

En los círculos jazzísticos, los comentarios sobre la película –fundamentalmente una canción de amor dedicada al bebop en el exilio europeo hacia fines de los años cincuenta–, fueron ambivalentes: los críticos aborrecían la película por continuar con el tópico jazzístico en el cine; pero los músicos, se sintieron halagados al ver a uno de los suyos sobre la pantalla grande, la adoraban por dar validez a su existencia. (Se trató del mismo impulso del «me estoy viendo en Technicolor, luego existo» que hizo a los travellers sesenteros abrazar el filme Easy Rider, por ejemplo).
‘Round Midnight –con la actuación del saxofonista tenor Dexter Gordon como el personaje de Dale Turner, una mezcla ficticia de las historias de Lester Young y Bud Powell– trata sobre el jazz como experiencia mística, y presenta todos los estigmas y las caídas de un santón del género de una manera revuelta y vagamente sacrílega.
En la interpretación de Gordon, Dale Turner es un atormentado músico innovador negro que como Young se aprende las letras de las canciones de memoria antes de ejecutarlas en el instrumento; se dirige incluso a los hombres entre sus conocidos como «Lady», y es quien durante la Segunda Guerra Mundial pasó tiempo en la prisión militar por cargar fotografías de su esposa blanca, una represalia de racismo puro y duro.
Asimismo, al igual que Bud Powell, Turner recibió varios golpes de macana en la cabeza y, como muchos músicos de la generación de Powell, es presa fácil para obsequiosos traficantes de drogas y promotores de dudosa seriedad (retratado aquí con la actuación de Martin Scorsese). Dale tiene un viejo amigo apodado Hersch (probablemente Herschel Evans, compañero de Young en la orquesta de Count Basie), una hija llamada Chan (por Chan Richardson, la novia de Charlie Parker), una amiga llamada Buttercup (como la viuda de Powell) y otra que canta con una gardenia blanca en el cabello, aunque Lonette McKee realmente no recuerde a Billie Holiday.
Es decir, Turner es el Jazzista arquetípico, es un personaje que acumula hechos y mitos históricos. Por ello, ‘Round Midnight, a lo largo de sus pasajes, es más una película de jazz que otra cinta sobre músicos tortuosos.
Por todo ello resulta fácil entender por qué a los músicos les gusta. Con clichés y todo es el relato mejor intencionado sobre la vida del jazz que jamás se haya presentado en un largometraje; hay compasión y no explotación por las circunstancias; y se muestra abierto al sentimiento, y no al sensacionalismo de la situación del protagonista.
La inseguridad evidente en Gordon al pronunciar sus líneas delata que no era actor, pero se le proporcionó a un personaje verdadero para el trabajo, contradictorio y luchador. Sin embargo, su presencia y dignidad –la delicadeza en un hombre de gran tamaño, sus imprecaciones rasposas y apariencia atractiva, aunque derrotada– rescatan a la película de cualquier banalidad.
Gordon, en la vida real fue un antiguo alcohólico, drogadicto y durante mucho tiempo un expatriado, que evidentemente recurrió a su experiencia personal para presentar una actuación que uno sospecha hubiera rebasado las capacidades de un actor más experimentado (Marlon Brando señaló el mérito). Otros músicos se pudieron reconocer a sí mismos en él y estar conformes con lo que vieron.
La atingencia de poner a Gordon en el papel principal fue de tipo musical. En sus mejores momentos, el tono de Gordon es tan tonificante y aromático como un café recién hecho, aunque recuperándose de diversas enfermedades y de un extenso periodo de inactividad durante la filmación, como resultado de lo cual sus solos proyectan un aire gastado y vago.
En términos dramáticos el hecho fue muy importante, puesto que dio a entender que Dale Turner era un hombre que poco a poco se estaba apagando, capaz de evocar su brillantez antigua a destellos y convencido de que la amistad, el amor, la música y la misericordia son un buen y natural analgésico frente a la muerte cercana.
Gordon –por otro lado- participa igualmente en el soundtrack, donde la música incidental corre a cargo del tecladista largamente admirado del director: Herbie Hancock. Con esta película Tavernier cumplió coherentemente con todas las instancias que lo hicieron artista y maestro.
VIDEO SUGERIDO: Dexter Gordon – ‘Round Midnight, YouTube (Tzazilas)


Por SERGIO MONSALVO C.

En 1956, por más que la vieja guardia luchó, no tuvo defensas ante el rock and roll. Encabezando el ataque y respaldado por los poderosos recursos de la RCA, estaba Elvis Presley.
La compañía discográfica, que debía a Elvis casi la mitad de su total de ventas, saturó el mercado hasta agosto de aquel año, en un intento por satisfacer la insaciable demanda que éste había originado. Las ventas, que en ese momento superaban los 10 millones de copias, hicieron que ocho de sus canciones se situaran entre los 40 primeros lugares de las listas, incluyendo tres primeros con varias semanas de supremacía: «Heartbreak Hotel», «I Want You, I Need You, I Love You» y «Don’t Be Cruel».
De los Sun Records de Memphis, Elvis se trasladó a los estudios de la RCA en Nueva York, y hacia finales del año a Hollywood, en donde rodaría su primera película, Love Me Tender. 1956 fue todo de Elvis Presley, quien con «Hound Dog» logró un primer lugar en las listas, que permaneció por 11 semanas, un tema del rhythm and blues con el nombre de rock and roll.

Los primeros adversarios del rock entraron en acción al mismo tiempo que éste. En 1956, Asa E. Carter, autoerigido líder del Consejo de Ciudadanos del Norte de Alabama, apeló a los preocupados blancos para que aplastaran al rock, porque es «el ritmo de los negros. Conmueve lo más vil en el hombre; saca a relucir el animalismo y la vulgaridad».
El señor Carter tenía cierta razón en todo ello y estaba completamente de acuerdo con los paladines del rock; sólo que se distanciaba de ellos en su valoración moral de la forma. El rock significa, en primera y última instancia y para siempre, la búsqueda de lo primitivo. Cuando los blancos de los Estados Unidos descubrieron su música en el rhythm and blues negro, abrazaron el primitivismo como virtud. Y lo hicieron de modo voluntarioso y selectivo.
En ese año, el príncipe Rainiero de Mónaco se casó con la estrella de Hollywood Grace Kelly. El poeta español Juan Ramón Jiménez obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
VIDEO: Elvis Presley “Don’t Be Cruel” on The Ed Sullivan Show, YouTube (The Ed Sullivan Show)


Por SERGIO MONSALVO C.

EL RITMO DE LA PALABRA
El término inglés dub ha sufrido varias transformaciones con el transcurso del tiempo. Entre los siglos XVII al XIX significaba abrir, ampliar algo. De igual modo, en la heráldica de la Gran Bretaña, se ha utilizado para designar la acción de armar caballero a alguien. Las islas caribeñas, botín colonial anglosajón, retomaron popularmente la palabreja y dentro de los parámetros de la jerga musical contemporánea se le señala como preparar o arreglar algo.
En su uso práctico constituye remezclar cosas como música, diálogos u otros sonidos a una grabación previa. En el aspecto literario implica agregar a la voz principal toda clase de elementos ambientales, para crear una atmósfera determinada que hable de actos y situaciones de carácter social, sobre todo.
Al menos es un hecho que en la actualidad académicos y críticos literarios tanto de Europa como de los Estados Unidos dan énfasis en sus cursos universitarios al contenido poético de la mayor parte de la llamada dub poetry, mientras que los amantes de la música afrocaribeña manifiestan su preferencia por los textos más brutales de los DJ’s del raggamuffin, su manifestación mejor conocida y expresiva.
Ambas consideraciones otorgan crédito a los dogmas revolucionarios de los dub poets, quienes han reaccionado con un tono más individualista en sus textos. No obstante, para todos es indudable la importancia de la dub poetry como expresión de una realidad tercermundista.
Debido a ello Christian Habekost, autor del libro Verbal Riddim, The Politics and Aesthetics of African-Caribbean Dub Poetry (Editions Rodopi, Londres) considera que el género tiene futuro. Su esperanza se basa en la evolución actual del hip hop ragga y en el derrotero vanguardista que ha tomado el poeta del dancehall Yasus Afari, quien ofrece así el primer indicio de las posibilidades de esta poesía para el futuro.

El libro de Habekost es una versión editada de una tesis doctoral y publicada en una colección dedicada a la literatura poscolonial en idioma inglés. Por lo tanto, el énfasis se pone en las facetas literarias de este género poético. (La mitad del libro está dedicada a la «lectura concentrada» de unas diez canciones fundamentales de dicho movimiento literario.)
Afortunadamente, Habekost no comete el error de negar el aspecto musical y de performance ni mide los poemas con la regla de la crítica literaria occidental, y ubica la corriente surgida poco después de la muerte de Bob Marley dentro de la evolución del reggae, pero tampoco se olvida de su lugar en la historia de la literatura oral negra.
Asimismo, subraya el hecho de que el género no es asunto exclusivo de Jamaica, al analizar detenidamente el «raps», la variante de Trinidad basada en el calypso y ejecutada principalmente por la agrupación Brother Resistance, así como los discos de la sudafricana Mzwakhe Mbuli. Tampoco pasa por alto las actividades en este sentido de la población caribeña en el Canadá (dedica especial atención a las poetas mujeres Native Americans).
Se trata de un trabajo muy minucioso y completo, si bien algo intrincado para el lego en las músicas de mayor desarrollo en la región durante la segunda mitad del siglo XX, pero imprescindible para el interesado en el desarrollo de nuevas formas de la poesía.
Entre los considerados piedras angulares de dicho movimiento están los siguientes álbumes: Dread, Beat an’ Blood y LKJ in Dub de Linton Kwesi Johnson, Reflection In Red de Oku Onuora, Rasta de Benjamin Zaphania, Check It o The Ultimate Collection de Mutabaruka y Free Africa de los Twinkle Brothers, Strictly Dub Wise de Dennis “Blackbeard” Bovell y Revolutionary Tea Party de Lillian Allen, entre otros.
VIDEO SUGERIDO: Oku Onuora & Najavibes – I A Tell & Reflexions In Red (Live at Undertown), YouTube (Fruits Records)


Por SERGIO MONSALVO C.

Siete décadas de la cultura rockera han servido un festín de vidas trágicas y muertes para el análisis, una para cada momento y algunas para ocasiones que no sabíamos que existieran.
Aunque supusiéramos que los líderes políticos, las celebridades del cine, los boxeadores e incluso los corredores de autos y los pilotos del vuelo acrobático están expuestos a los mismos peligros y tasas de mortalidad, los diversos contextos en que se mueven jamás han incluido la misma invocación desenfrenada por la autodestrucción y muerte como en el rock, ese desafío escalofriante dirigido no sólo contra las limitantes físicas o de edad, sino también las metafísicas e igualmente sin importar la clase social. La Parca es democrática.
Entre los atavíos del género, existe un estigma en él al que han estado sujetos infinidad de sus intérpretes, y que Jason & The Scorchers supieron describir muy bien en su tema “Too Much, Too Young” (Demasiado, demasiado joven). Es decir, gente imberbe a la que repentinamente le llega el éxito, la fama y el dinero. Venenos todos peligrosos a cualquier edad, pero para los que empiezan temprano resultan ser las palas con las que cavan su propia tumba por falta de preparación.
A los principales integrantes de Stealers Wheel, Gerry Rafferty y Joe Egan, les sucedió. «Nunca tuvimos la intención de hacer dinero. Nuestra única intención al comenzar era vivir cantando, pero de repente empezamos a ganar 1,500 dólares por noche. Búscate a muchachos de veinte años y ponlos en esas condiciones… fue una fea experiencia; no habría tenido que suceder con el primer disco, no sabíamos cómo llevar el éxito, sólo éramos unos jóvenes salidos apenas de la adolescencia”, admitió Rafferty en una entrevista tras una década de tobogán existencial.
El que resultó peor parado fue él, efectivamente. Aún sin digerir lo que estaba sucediendo, se encontró de repente catapultado del anonimato a la fama nacional. Sin nada de por medio y sin esa progresión que hubiera podido darle alguna experiencia. Se encontró en la situación de quien es sorprendido por su propio éxito y el alcohol, al que se había aficionado, fue el hombro en el que se apoyó.
La bebida se convirtió, pues, en el talón de Aquiles de Gerry, hijo de un minero alcohólico y violento. De niño, tenía que esperar en la calle a que su padre se quedara dormido para subir a casa: el espectáculo era muy poco edificante escaleras arriba. En el trance se le unía otro niño, Joe Egan, un vecino, del que se haría amigo, hasta que dos décadas después los azotes del género los separaron para siempre.
¿Y cómo sucedió eso? Todo se desencadenó tras el lanzamiento de una pieza que está inscrita en el imaginario colectivo: “Stuck in the Middle with You”.
El estigma del Too much, Too Young, se cumplió sin menoscabo alguno. En el transcurso de una década Rafferty conoció el sube y baja vivencial que lo mostraría con presentaciones memorables, pero también bajo la influencia del alcohol en actuaciones miserables e impredecibles, patético o sublime, tanto en los Estados Unidos como en la Gran Bretaña.

Corría el año de 1973 y, entre el barullo de la escena musical de aquel entonces, se escuchó lo siguiente: “Es la mejor canción de todos los tiempos”. Quien lo dijo, Paul Simon, sabía muy bien de lo que hablaba y el peso que tal afirmación conllevaba.
La crítica musical la celebró con otra reafirmación: “Es el mejor single que se ha escuchado desde los de Dylan de 1966” (del que se percibe la influencia), escribió la revista Rolling Stone, considerada en esos momentos, la biblia del acontecer rockero.
Tiempo después, en 1992, un joven y audaz cineasta con oído superdotado e informado, Quentin Tarantino, la recicló para su película debut, Reservoir Dogs. Era un tema perfecto para establecer un contrapunto dentro del ambiente dramático, superviolento y con diversas implicaciones. Era una cinta que incorporaba muchos temas y estéticas (incluida la musical) que se transformarían en parte del lenguaje cinematográfico. La cinta desde entonces es considerada un importante e influyente hito del cine independiente.
De todo aquello fue protagonista la canción “Stuck in the Middle with You”, del grupo Stealers Wheel. Un tema ubicado estilísticamente dentro del triángulo rockero country-folk-soft que, en su momento, y con los comentarios antes citados comenzó a crecer exponencialmente.
La pieza fue interpretada por primera vez en público durante el programa Top of the Pops de la BBC británica en mayo de 1973, lo que le valió obtener un octavo lugar en las listas de aquellos lares.
En los Estados Unidos llegó al número seis del listado local de los mejores 100 del Billboard. De ahí pasó inmediatamente al estante de lo sublime y con ello –lastimosamente– la impaciente espera de nuevo material semejante. La canción versaba básicamente sobre el trato –muchas veces sin solución– con gente sin escrúpulos.
Quizá únicamente los melómanos más acuciosos la guardaron para sí y sus colecciones. Como fue el caso de Tarantino que, al escribir el guión de su primer filme, cayó en la cuenta de que le sentaba como anillo al dedo a una de sus escenas. De esta manera la canción fue recuperada para millones de oyentes, desde entonces.
El tema había sido compuesto por el tándem mencionado, que lideraba al grupo escocés Stealers Wheel, integrado por los amigos Gerry Rafferty y Joe Egan. A los que se les auguró un futuro promisorio. “Stuck in the Middle with You” (grabada para la compañía A & M, en noviembre de 1972, y con la producción de los legendarios Jerry Lieber y Mike Stoller) era una canción que venía inserta dentro de su álbum debut homónimo del nombre del grupo.
Sin embargo, luego de otros dos discos, Paisley Park (1973) y Right or Wrong (1975), todo se torció por las mismas cuestiones tópicas de todos los tiempos: alcohol, drogas, egos y enfrentamientos con los productores. “Éramos dos compositores enfrentados a otros dos compositores”, resumió gráficamente Rafferty. El grupo se separó, y los principales integrantes se fueron a hacer carrera como solistas.
Cuando este último murió a los 63 años de un fallo de hígado, en enero de 2011, la adicción lo había llevado casi a la miseria. Y eso que solo “Baker Street” (1978), el enorme éxito de su primer LP solista tras Stealers Wheel, le proporcionaba unos 90,000 dólares anuales en concepto de derechos de autor.
De cualquier manera, la canción “Stuck in the Middle with You” sigue siendo considerada, por músicos y estudiosos, como una de las mejores de la historia del subgénero y se ha mantenido incólume para diversas generaciones de escuchas.
VIDEO SUGERIDO: Stuck in the Middle with you – Stealers Wheel, YouTube (Magic Hat233)

